Los personajes le pertencen a la siempre inigualable Stephenie Meyer, yo solo me divierto con ellos un rato.
Capítulo beteado por Manue Peralta, Beta FFAD; www facebook com / groups / betasffaddiction
.
Capítulo 7: ¿Una, dos o tres razones?
.
Shadows on the Road
—¿No hace demasiado frío como para estar semidesnudo?
Despegué la vista de mis apuntes frunciendo el ceño sin entender a qué se refería Riley. Habíamos quedado para repasar los últimos temas dados en matemáticas. Los exámenes finales se acercaban y todavía no terminaba de comprender algunas fórmulas, por eso le pedí el favor a Riley que me explicara, después de todo él era un jodido genio para los números.
Arqueé una ceja, sonriendo entre dientes.
—¿Quieres quitarte la ropa o algo? Puedo salirme un rato al jardín para darte privacidad —dije en son de burla, haciendo que me mirara con los labios fruncidos pero divertido.
—No estoy hablando de mí, tonta. Me refiero a tu primo —rectificó señalando por la ventana. Eso sí que llamó mi atención. Me puse en pie acudiendo a su lado en el resquicio de la ventana, solo para encontrarme con una escena que se grabaría con sangre dentro de mi cráneo: Edward se encontraba tendido sobre una de las sillas playeras al borde de la piscina de brazos cruzados tras su cabeza, mostrando los apetecibles bíceps contraídos por la posición en la que se encontraba. Sus pectorales, al aire y sin ninguna clase de pudor, así como sus increíbles pero no exagerados abdominales, simplemente deliciosos. Me encontré perdida y alucinada mientras repasaba su figura masculina. Sintiéndome más avariciosa dejé vagar mí mirada un poquitín más hacia el sur, un poco más abajo donde un trozo de tela negra resguardaba su miembro. ¡Dios! ¡Qué espécimen de hombre más glorioso, hermoso, sexy y caliente! ¡Mierda! No pienses así Bella… Es, ¡es el cabrón de Edward, por todos los cielos! Mi ex-mejor amigo, el huésped innecesario de tu casa…
El chico que te pidió perdón hace algunos días…
Negué con la cabeza, con las mejillas sonrojadas de la excitación que me produjo la imagen.
—Ummm, sí, debe estar loco para estarse allí con este frío —comenté todavía medio descontrolada, desprendí la mirada de ese trozo de carne ardiente sentándome sobre mi cama, en un intento de retomar la compostura. Paseé nerviosa las manos por mis jeans. Riley asintió acercándose también.
—¿Por dónde íbamos? —Rebusqué rápido en mi mente para lucir normal. Recordé que era sobre los números imaginarios lo que repasábamos antes. Riley siguió explicándome pero no había caso, cualquier oportunidad de concentración se esfumó con la imagen de Edward viéndose más apetecible que nunca. Mi amigo hablaba y hablaba pero yo poco le escuché.
Se sentía tan raro. No podía negar que él me atraía, su evidente hermosura, su sonrisa…. ¡Dios, su perfecta sonrisa! Era una chica ingenua, no estúpida. Podía darme cuenta que Edward poseía un físico increíble, lo admitía, pero de allí a querer saltarle encima había un gran trecho. Lamentablemente era así como me sentía en este momento. Pero era Edward estúpido Cullen. Arrogante, grosero, fastidioso, energúmeno… Idiota, altivista, marrano elitista. Y como que me llamaba Isabella Swan, él estaba tan bueno como un modelo de Calvin Klein.
Gemí internamente sin tener argumentos para contradecir lo último.
Riley se fue dos horas después. Tenía que llevar a su madre de nuevo a Seattle para algunos chequeos médicos de rutina, así que se despidió deprisa prometiéndome llamarme en la noche. Me quedé un buen rato tumbada sobre la cama intentando no pensar demasiado en Cullen, no era bueno para mi salud mental el que estuviese tantas horas absorta rememorando aquella imagen del pecado.
El resto del domingo lo pasé repasando los condenados números que no me querían entrar en la cabeza, o más bien intentando hacerlo.
A eso de las siete de la noche Charlie tocó a mi puerta.
—Adelante.
—Hola, hija. —Arqueé una ceja. Su saludo había sonado como un discurso aprendido, más que algo espontáneo. Nunca me acostumbraría a eso; de todas formas al fin y al cabo era mi padre, no un conocido para tratarme así con ese tono modesto—. ¿Cómo va todo en la escuela? —Bajó la vista hasta los apuntes regados por toda la colcha morada.
No supe a qué venía esta conversación banal pero no me molesté en averiguarlo, aunque se me hiciera extraño proviniendo de él.
—Bien. Estuve repasando con Riley para los exámenes de fin de semestre, ya sabes —murmuré como respuesta sin mirarlo. El ejercicio doceavo no me daba igual que a Riley y eso me tenía preocupada. ¿Cómo era entonces? Miré los demás revisando qué podría haber realizado mal.
Sino fuera porque sentí el colchón hundirse, podría haber pensado que Charlie no estaba. Lo miré despegando la vista de los números.
—Me alegra escuchar eso.
Me quedé atónita y muy sorprendida.
—¿En serio? ¿Por qué? —Antes de que lo pensara bien, las palabras habían salido disparadas como unos jodidos dardos venenosos de mi boca—. Lo siento, no quise sonar como una arpía —dije apresurada porque no se lo tomara a mal. Tenía que luchar con la costumbre cuando se trataba de Charlie. Nuestra relación siempre ha sido de palabras secas o hirientes, mezcladas con indirectas de lado y lado. Pero algo había cambiado en él las dos últimas semanas, se veía más interesado y atento conmigo; lo cual me hacía sentir insegura sobre cómo actuar con él, sin herirlo ni contestarle de malas formas.
Charlie suspiró con cansancio.
—Lo sé. Supongo que me lo merezco. —Abrí los ojos más sorprendida todavía, me mordí el labio sin saber que decir a ello—. Y no te culpo, Bella. Me he forjado esto yo solo. —Volteó a ver el techo con mirada triste por unos segundos; para luego murmurar algo tan bajo que no le entendí.
—Charlie… —le llamé al no saber qué más decir.
Volvió su mirada, pareció contrariado al encontrarse con la mía.
—Está bien, Bella. Sé perfectamente que lo he arruinado contigo desde el principio. Incluso antes de que…de que Renée falleciera; nunca he sido un buen padre para ti y lo siento. Pero no puedo devolver el tiempo ni remediar todo el daño que te he causado con mi forma de actuar. Perdóname por abandonarte y dejarte sola cuando más me necesitabas.
Un taco de acero se atoró en mi garganta, llenándome los ojos con lágrimas contenidas. No podía creer que esas palabras estuviesen saliendo de su boca. Estaba estática, luchando contra las ganas de sollozar que sentía, mirándolo como si le hubiese salido una segunda o tercera cabeza.
Me tomó de la mano y le dio un pequeño apretón antes de salir por la puerta, dejándome sin palabras, con la cabeza bloqueada. Sé que debí decirle algo, aunque fuese un asentimiento de cabeza, pero no tuve tiempo de reaccionar. No sé por cuanto tiempo estuve en la misma posición, viendo hacia la puerta, esperando despertar de ese extraño aunque necesitado sueño.
Pero esto último nunca sucedió.
.
.
—¿Cómo te fue? —Ángela me miraba esperando una respuesta. Habíamos salido del puto examen de matemáticas hace solo minutos y apenas podía mantener la atención en algo diferente que no fuera repasar las preguntas en la cabeza.
—No estoy segura, estaba más complicado de lo que creí —dije tímida.
—Uff, pensé que era la única. ¡Ese examen estaba hecho para reprobar! —chistó haciendo un mohín en la boca como una nena frustrada, me reí de su cara y me sacó la lengua terminando de ahogarse en su mini papelón.
—Ni que lo digas.
Andamos hasta la cafetería donde el grupo se encontraba comiendo y nos unimos a ellos. Ya eran más de las doce del día, por lo que quedaba poco del receso.
—Hola, chicas. ¿Cómo les fue? —La sonrisa de suficiencia de Riley me produjo mal humor enseguida. Él no tenía nada de qué preocuparse, era un estúpido nerd para las matemáticas, tenía ese examen asegurado desde el inicio.
—Bien —respondí seca.
—No suenas como que te fue bien. —Mike se burló al lado mío y bufé rodando los ojos.
—No todos tenemos la audacia de un come libros, Mike. Soy una estudiante promedio, así que sí, creo que me fue bien.
—¡Hey! No soy un come libros —me reprochó Riley sabiendo que estábamos hablando de él y su enorme cerebro.
Hice un gesto con la mano, provocando las carcajadas de los chicos y la mirada airada de mi mejor amigo.
Cuando llegué a casa, por fin, después de una exhaustiva prueba de atletismo creí que me desmayaría subiendo las escaleras; me dolían horrores las piernas y las pantorrillas por el ejercicio. Sue me saludó desde la cocina y le grité un hola desde los peldaños. Tenía hambre, pero el cansancio era mayor. Así que decidí que mejor dormiría por el resto de la tarde.
Abrí la puerta de mi habitación, encontrándome a Edward desparramado sobre mi cama.
Gruñí.
—¿Qué demonios haces en mi cama? —Tiré mi mochila al suelo, caminando hacia él con las manos en jarras.
Dejó de mirar hacia arriba, al techo y soldó su mirada sobre la mía, como si nada pasara. Sonrió mostrándome sus dientes perfectos; acribillé su rostro y bufé. ¡Quiero dormir! ¡Ya!
—Solo descansaba un rato.
—Ya. ¿No tienes una cama propia en tu cuarto?
—Sí, pero la tuya es mucho más cómoda que esa —Achiqué los ojos impaciente. Él me miraba, yo lo miraba a él, pero ninguno daba el brazo a torcer. Sus ojos verdes centellaron con diversión al verme enfadada y algo desesperada. No iba a perder ese reto de miradas, estaba dispuesta a todo. Lo estaba… Hasta que el cansancio me recordó que mi cuerpo no se encontraba en condiciones para pelear ahorita.
—Mueve tu trasero, ahora no tengo fuerzas para hacer esto contigo. —Elevó una ceja cobriza en mi dirección, sonriendo como si hubiese ganado veinte mil dólares en vez de haber triunfado en un tonto juego de miradas—. ¡Que estoy molida! ¡Aparta tu trasero, ya!
Siendo inesperadamente obediente se rodó al otro lado haciéndome campo. Me lancé como peso muerto. Solté un suspiro de satisfacción cerrando los ojos. Amé la sensación de descaso que llenó mi cuerpo, se sentía tan bien después de todo el estrés…
—¿Día pesado? —inquirió moviéndose, seguramente para ubicarse de lado.
—No tienes una jodida idea.
Rió y el sonido de su voz me relajó todavía más. Una sonrisa se pintó sobre mis labios.
—Espero que no hayas esculcado en mis cosas, Cullen. Te podría ir muy mal si me entero.
—No tienes por qué preocuparte por eso. —Sentí un cosquilleo sobre mi rostro. Edward me miraba fijo, no podía verlo porque tenía los párpados cerrados, sin embargo, lo sentía. Sus ojos transmitían demasiada intensidad.
—Aja —dije quedito, sintiendo mi cuerpo desvanecerse lento en la oscuridad.
.
Desperté aturdida. El atardecer se escabullía por las puertas corredizas de vidrio, tornando todo de un color naranja quemado en mi habitación. Los ojos los sentía pesados e hinchados, como si hubiese dormido por muchas horas. ¿Cuándo me había quedado dormida? Solté un bostezo cerrando de nuevo los ojos. No lo recordaba, pero todavía dolía un poco en los muslos y la fatiga aún no desaparecía.
Me dispuse a conciliar el sueño de nuevo, no tenía exámenes el día de mañana por lo que podía dormir unas horas más antes de la cena. Pero algo me impidió sumergirme de nuevo en el mundo de Morfeo. El tacto cálido y tierno de una mano, repasando mi abdomen como una caricia me espabiló entera. Abrí los ojos ya completamente consiente de lo que pasaba. El corazón se me contrajo. ¿Qué…? Miré hacia abajo para ver qué era lo que pasaba y descubrí la silueta de una mano bajo mi blusa moviéndose de forma acompasada sobre mí, provocando que la piel se me erizara. Seguí con los ojos el resto de la extremidad que descansaba sobre la curva de mi cintura. No tuve que indagar mucho sobre quién podría ser el dueño de ese brazo blanquecino, adornado con pequeños bellos cobrizos. Los dedos se movieron de nuevo, provocaron otro terrible cosquilleo. Cerré los ojos y me mordí el labio disfrutando.
De alguna manera yo también había rodado de medio lado, dándole la espalda a él.
—Ed…
—Umm —murmuró dejando caer su aliento cálido sobre mi oído. Me estremecí sin quererlo, todo mi cuerpo reaccionó de forma sobre extendida a ese pequeño gesto de Edward. Dios…
—Vamos, Edward. Suéltame. —Probé de nuevo poniendo mi mano sobre la suya. Si alguien llegaba a entrar justo ahora, si Sue o Charlie venían… solo Dios sabe el infierno que nos caería a los dos, sin mencionar que su cercanía me trastornaba demasiado y me inhabilitaba de varias maneras.
Me removí esperando que con eso despertara, pero en lugar de ello su mano me aplastó contra su pecho, eliminando cualquier distancia entre nuestros cuerpos. Gemí al sentir la dureza de su abdomen, el mismo con el que estuve delirando durante horas el día de ayer adherido a mi espalda, duro, fuerte…caliente. Todo aire abandonó mis pulmones debido a su agarre; me retuvo inmovilizada contra el suyo, e idiotizada por su aroma a limpio y a menta.
—Edward, no es gracioso. ¡Despierta! ¡Anda ya! —Lo empujé con mi espalda para separarnos. Sin embargo, fue mi trasero el que golpeó contra su pelvis. Gemí por la sensación desconocida que me recorrió las entrañas, calor profundo adentrándose en cada fibra de mi piel, atizándome al percibir su condición. Apreté la mandíbula al percatarme que no solo se encontraba duro en su abdomen, sino también más bajo y tenía la evidencia justo entre mis glúteos. ¡Iría al infierno por esto! Pero noté que algo bien dotado oprimía contra mí de manera insistente. No debería estar disfrutando de su cercanía, pero es que ¡ush! No pude evitar el pálpito que me bajó entre las piernas. No podía controlar eso. Estás muy mal, Bella, me dije cerrando los ojos por un segundo.
Después del momento de letargo en el que me sumergí apreciando lo que se apretujaba en contra de sus pantalones de mezclilla, me las arreglé para apartar nuestros cuerpos, lo suficiente como para no tener que sentir su erección machacar contra mí.
Me mordí el labio conteniendo un suspiro de frustración. Aunque no lo quisiera admitir, me sentía sobre excitada hasta el cabello; acalorada, sudorosa…y sucia por no detener sus caricias aún cuando podía.
Deseché el pensamiento cerrando las piernas con fuerza para aplacar las pulsaciones que me invadieron de repente por su toque sinuoso. Pero el calor no se disminuyó ni un gramo, peor aún, seguía y seguía en aumento, enloqueciéndome. Tomé una profunda respiración y agarré fuerzas de donde no las tenía para apartarlo de un tirón quedando al fin libre de su hechizo perverso.
Me puse en pie tan deprisa como dieron mis piernas magulladas por el ejercicio. No podía escuchar nada más que no fuera mi respiración irregular tapándome los oídos y la palpitación exagerada de mi corazón. Me apoyé contra las puertas de vidrio para equilibrarme.
Cuando lo vi removerse sobre mi cama, mordí mi labio hasta casi hacerlo sangre al notar como se estiraba en toda su capacidad dejando al aire un trozo de su delicioso abdomen. Lo desperté. ¡Carajo!
Me sonrojé. Sus ojos se abrieron frunciendo el ceño como si no supiera donde se encontraba, sostuvo su cabello enmarañado entre sus manos y entrecerró los ojos notando todo lo que le rodeaba. Medio segundo después posó la mano en el lugar donde antes me encontraba. Tragué en seco. Palpé el cristal a mi espalda nerviosa.
Frunció el ceño por algún motivo, sus ojos esmeraldas me rastrearon por la estancia y quise desaparecer enterita, todo en jodida cámara lenta. Nuestras miradas se encontraron eventualmente, porque ¡rayos!, era obvio que me iba a encontrar de todas formas.
Hizo una mueca con la boca que gritó: ¡sexy!
—¿Por qué te levantaste de la cama? —me preguntó con voz rasposa, debido al sueño anterior. La piel alrededor de sus ojos tenía un matiz sonrosado, tenía la camiseta arrugada. Parecía salido de una revista porno, solo que a Edward le sobraba un poco de ropa también debajo de sus caderas.
—Yo… —Me tomó fuera de base, ¡lo sé! Debí haber pensado en algo pero verán… Edward era un jodido objeto de distracción muy poderoso para mí. Además, juro que lo intenté, no obstante, nada salió de mi boca más allá de unos tontos balbuceos que me hicieron parecer más estúpida.
Me observó con atención girando todo su cuerpo en mi dirección, como si no existiera nada más en la habitación y solo quedáramos él y yo levitando sobre la puta nada. Mi pie sobre el tapete negro comenzó a moverse deprisa sin saber qué hacer, esquivando la mirada por el ambiente tan…íntimo.
—¿Qué sucedió? —Bostezó mientras restregaba sus ojos un poco hinchados. ¡Awww, qué hermoso! Contuve las expresiones de mi cara para que no se notara la miel que él producía en mí—. ¿Te desperté o algo? Tengo muy mal dormir, no suelo respetar el espacio personal —dijo incómodo, como avergonzado de sus mañas al dormir. Y yo solo deseé gritarle como respuesta un ¡dah! ¡Lo sé, prácticamente me follaste en seco! Pero en vez de eso, solté un alarido de negación demasiado impetuoso.
—¡No! No es…no es eso…
Eso solo terminó de hundirme.
—Entonces, ¿qué es? —Se puso en pie. ¡M-i-e-r-d-a! Lo miré después de largos segundos sin hacerlo. Todo su metro ochenta se irguió incorporándose de mi cama, para acercarse rápidamente y sin contemplaciones hacia mí. Sus ojos verdes centellaron con algo que no capté, porque era una tarea muy difícil concentrarse en algo que fuese su rostro contraído y su cabello de sexo escabullándose por su frente.
—Me dio hambre —dije en un suspiro, dándole un significado más profundo de lo que pretendí. Mordí mi labio de nuevo sintiéndome tonta. ¿Por qué no podía sonar como alguien normal?
Estuvo al frente mío en cuestión de segundos, su altura y su belleza me intimidaban demasiado, me hacían sentir como una pequeña indefensa lanzada a los lobos.
Y él no paró de mirarme en ningún momento. Sus ojos verdes fijos en los míos con intensidad, poniéndome más incómoda, provocando que transpirara. Si, ¡Dios soy tan bochornosa! Como instinto me adherí todo lo que pude al cristal para sostenerme de algo firme, ya que no confiaba en mis piernas.
—Dime la verdad. No soporto que me mientan —aseveró cortante, arrugando el ceño con profundidad, obviamente molesto. Me mordí el labio mientras mis ojos se desviaban hacia algún punto en su camiseta gris.
Ni por todo el oro del mundo, gritó mi consciencia.
De la nada me sentí enrojecer toda, mejillas, cara, cuello y parte de mi pecho todo empezó arder en calor, pero me negué en rotundo. Sobre-mi-jodido-torpe-cadáver iba contestarle eso; más sabiendo lo idiota perverso que era, de decírselo no pararía de atosigarme de por vida. Y además, ¡porque era humillante como el infierno! Es decir, Edward se había propasado, inconscientemente, pero lo había hecho dormido, y yo, yo lo disfruté sin mucho remordimiento. El muy idiota pudo poner sus manos sobre mí, pero lo hizo dormido, al contrario de mí que me encontraba despierta y en todos mis sentidos mientras lo dejaba hacer y deshacer.
Así que no teniendo otra salida, decidí retomar un poco de esa irritación que siempre nos envolvía a los dos.
—Ya te dije la verdad, me desperté porque tengo hambre. ¡Dios! ¿Por qué siempre tienes que ser un grano en el trasero? —Hice un mohín y me crucé de brazos, apartando la mirada de sus ojos llenos de sospecha.
Era molesto, ya que Edward se encontraba demasiado cerca; su respiración caía sobre el tope de mi cabeza cada pocos segundos, y yo no tenía hacia dónde mirar más que él. Pero como pude lo ignoré, tomando cada onza de mi fuerza, pero lo logré.
Resopló soltando un sonido para nada caballeroso.
Fruncí mis labios porque me había soplado encima, no era que me quejara, Edward tenía siempre aliento a menta y canela, lo que me enfureció fue que no me respetara. Riley siempre tenía esos gestos mal educados y no los soportaba demasiado, así que en mi defensa solo lo miré para reprocharle su mala conducta; sin embargo no dije nada al fin, él no lo permitió.
Sus manos grandes se aferraron de mi cintura y con un movimiento brusco me atrajo contra su cuerpo, provocando que mi cara impactara de lleno contra su pecho. Por mi mente pasaron muchas cosas, pero ninguna de ellas pareció tener sentido. Edward me estaba apretando contra él como si todo en el mundo dependiera de ello, no tenía una maldita idea de qué pasaba en ese momento con él. Aunque, ¿cuándo lo sabía realmente? Edward siempre me impresionaba con todo lo que hacía o dejaba de hacer y jamás, nunca, desde que llegó, había podido averiguar qué es eso que pasaba por su mente. Él era como una bóveda ultra secreta para mí; por más que lo intentara, jamás podía obtener la clave para penetrar en su cabeza.
Ahora me impactaba haciendo esto.
Como reflejo, desprendí mi rostro de su camiseta, tuve que tirar de mi cabeza hacia atrás para poder verle a los ojos y saber qué pasaba, pero la respiración se me atoró en la garganta al descubrir en los suyos un océano oscuro y tentador lleno de deseo; no me esperaba eso, aquella…lujuria no se hallaba allí hace tres, cuatro, cinco segundos atrás. ¡Lo juro! No podía creer ese cambio tan repentino. Pero ahora sí está, me dijo la parte racional, la más endeble que me quedaba. Subí los brazos a sus hombros sin pensarlo, necesité de un puerto seguro donde estabilizarme antes de perderme por completo en la negrura que destilaban los ojos de Edward.
—Eres tan mala mentirosa, Isabella —dijo sin dejar de mirarme de esa forma que no debería ser legal ni adecuada entre nosotros. Pero allí estaba, no se iba, más bien aumentaba; ese calor, el profundo deseo que proyectaban sus esmeraldas, que amenazaba con tragarme por completo. Estaba paralizada más que nada, imposibilitada por sus manos y además atrapada por aquella intensidad que transmitían sus ojos. Pero aunque no me sujetara, en ese momento no podría apartarme de él, me atraía como un poderoso magneto y me hacía querer estar pegada contra él todo el tiempo aún en contra de lo lógico.
Bajó la cabeza, encorvándose para acercar nuestros rostros más todavía.
—Edward, yo no… — balbuceé al notar cómo se acercaba peligrosamente a mis labios. ¡Esto no era…! ¡No sabía ni qué era esto! ¿Qué demonios sucedía? Hace un momento esto era una conversación, extraña, pero lo era. Y ahora, nada parecía tener sentido para mí, más que sus manos apretando sutilmente contra mi piel. ¿En verdad pasaría? Lo miré buscando respuestas, pero su rostro perfecto no hacía más que acercarse más, más y más.
Me sonrojé furiosamente cuando Edward hizo lo que tanto me temía o en otras palabras, lo que más anhelaba que sucediera. Mantuve los ojos abiertos porque cerrarlos… en ese momento no podía. Tenía que ver esto. Sus labios presionaron contra los míos de forma superficial, un roce sin movimiento alguno, solo posando sus apetecibles labios contra los míos con tanta delicadeza que me contuve para no suspirar y quedar como una idiota romántica frente a él.
Edward me miraba, no había cerrado los ojos tampoco y me observaba con detenimiento, analizando mis reacciones mientras se alejaba imperceptiblemente para después volver presionar con más decisión. Mis rodillas se doblaron un poco, pero mi rostro jamás cambió de expresión. Bueno, eso quiso creer mi orgullo, por lo menos eso esperaba. Todo dentro de mí estalló al mismo tiempo, miles de sensaciones pulularon por mis venas haciendo picar cada terminación nerviosa en mi cuerpo. Los sonidos dejaron de ser sonidos, los colores dejaron de existir, mi mente abortó todo lo que no era necesario en ese instante tan magnífico para concentrarse en las suevas caricias que Edward empezó a regalar a mis labios.
Era mi primer beso.
Y lo estaba teniendo con Edward Cullen, mi ex-mejor amigo.
Su lengua salió entre sus labios, engreída, para también rozar mi labio inferior como un claro y persuasivo permiso.
Oh, Dios. Era tan cálida como todo él.
Algo hizo "click" en mi cabeza y entonces me puse en puntas también presionando contra su boca, no puede decir si sus ojos brillaron debido a la sorpresa o por el egocentrismo tan chapado en su culo, pero no me importó. Quizás era más lo segundo.
Le devolví el beso con todo lo que tenía, mirándolo también fijamente mientras nuestras bocas empezaban a urgir el paso, a medida que trascurría el tiempo. Él gruñó en contra de mi boca como poseído por algo, haciéndome gemir en respuesta. Sus manos rodaron por mis costados hasta alcanzar mis caderas en donde presionó sus largos dedos, provocando que nos pegáramos más. Estuve empapada de excitación enseguida.
—Déjame probarte —susurró después de succionar mi labio inferior con un leve ronroneo.
—¿Umm?
Él se rio de mí, por supuesto, golpeando su aliento contra mis labios hinchados por su exquisito tratamiento anterior.
Entrecerré los ojos enojada por su burla y retiré mis manos de sus hombros dónde antes se apoyaban. Al ver mi intención de alejarme por completo me atajó sosteniéndome de las caderas y me levantó en el aire. Pegué un grito por su osadía y me obligué a sostenerme de sus caderas rodeándolo con mis piernas.
—¡Demonios!
—Edward… —susurré cerrando sin poder contener los ojos por la sensación. Su nada pequeña y dura erección quedó atrapada entre los dos cuando me aferré a él, hundiéndose en mi centro mojado cubierto por los jeans. Mis ojos fueron a dar la parte posterior de mi cabeza. El fuego y placer se propagaron como dinamita por todo dentro de mí, produciendo una reacción en cadena. Todo mi cuerpo se arqueó contra el duro de Edward, pegué mis senos contra su pecho, restregando mi centro contra su miembro. Mi cabeza se hizo hacia atrás sintiendo todo palpitar.
—Tan putamente bueno —murmuró con los labios pegados en la piel sensible de mi cuello.
Mi corazón saltó, pero me concentré en tomar bocanadas de aire para mantenerme viva y consciente.
—Sí… —dije mientras enderezaba mi cabeza para mirarlo. Él se dio cuenta de eso así que retiró su boca de mi cuello. Nos miramos concentrados, con la respiración desigual, más yo que él; es decir, no podía ignorar la vara que se incrustaba entre las piernas tan fácilmente como él.
Sentí una de sus manos moverse desde mi espalda, hasta tomar mi nuca con algunos mechones de cabello, para jalarme cerca de sus labios. No me dolió el gesto, más bien me calentó a niveles insospechados.
¿Dónde había quedado mi consciencia?
Me encogí de hombros interiormente.
—Dame una sola razón, y te dejaré en paz. No te volveré a tocar, no te volveré a mirar de nuevo ni me acercaré más de lo necesario. Pero tienes que decírmelo ahora.
Su voz sonó rasposa, gentil, pero con un toque demandante, mientras sus ojos no paraban de mirarme de aquella manera ilegal.
Él me estaba dando una salida. De olvidar lo que estaba sucediendo, de evitar que esto pasara a un nivel más peligroso que simples besos y roces encandilados. Bueno, la verdad era que no sabía si sería así con todos los chicos, porque era la primera vez que lo hacía con alguno, pero esto de simple no tenía nada.
Su ceño se frunció cuando dejé caer mi frente en su hombro. Tragué pesado. Él me estaba ofreciendo una salida, pero yo no me encontraba demasiado cuerda en ese momento para decidir de forma apropiada.
Lo abracé de los hombros, y escondí mi rostro en su cuello. No sabía qué hacer, era obvio que no tenía la cabeza fría, mis manos todavía picaban por tocarle el cabello, y mi cuerpo entero me dictaba que me rozara una vez más contra lo que estaba entre nuestros cuerpos, aprisionado.
Suspiré, haciendo que se tensara. Había olvidado que estaba contra su cuello.
—Charlie pondría una bala en tu cabeza y tu padre mataría al mío eventualmente por eso. —Me obligué a contestar, aunque no era mucho pude deducir dos razones.
—No son las razones que esperaba escuchar —gruñó, mientras nos apoyaba en el cristal.
Ambos dejamos escapar un gemido por la posición, la cual nos hacía rozarnos con cada respiración.
—¿Cuáles son, entonces? —Alcé la cabeza, la cercanía que manteníamos nos obligaba a medio rozar nuestros labios al hablar.
—¿Te gusta alguien? —indagó.
—Si —respondí sin dudar.
Frunció sus cejas, me acribilló con la mirada.
—¿Quién? —rugió exigente. No supe de qué iba y lo miré sin entender. ¿Por qué actuaba así?
—Tú.
Bastó con eso para que su rostro se volviera un poema de emociones. Primero rabia contenida, luego paso a la pura incredulidad y para rematar después en una expresión llena de orgullo y ego.
—Tú también me gustas, Isabella. Más de lo que alguna vez podrías llegar a imaginarte.
Sus labios estuvieron en los míos sin perder el tiempo, nuestras lenguas salieron a su primer encuentro entrelazándose desesperadas, húmedas y competitivas. El calor volvió a mis venas con más fuerzas y sin pudor alguno me restregué contra su cuerpo, tratando de mantenerlo más cerca y poder sentirlo duro contra mis pliegues empapados por culpa de él. Cerré los ojos justo un momento después que él, para disfrutar mejor de ese beso tan embriagador.
—Vamos a la cama. —No respondí, solo dejé ir un jadeo como afirmación. Nos llevó hasta mi cama dejándome debajo de él. ¡Dios! ¿Esto estaba realmente sucediendo? ¿En verdad tenía a Edward encima de mí? Sentí su mano posarse en la curva baja de mi espalda, levantándome para rozarnos más cómodamente. Él empezó a embestir contra mis jeans, con fuerza. Dejó un beso tierno en mis labios y desprendió su rostro del mío para gemir.
Me aseguré de alcanzar sus embistes para mejorar la fricción, lo que me agradeció con un suave ronroneo.
Una bola enorme se posó en mi vientre bajo, encima del lugar donde Edward no paraba de moler su erección, algo estaba por suceder y no sabía qué era.
Dejé ir mis manos a las sábanas arrugadas y las apreté con fuerzas. Sentía miedo; excitación por lo desconocido. Tenía ganas de llorar de las sensaciones que me recorrían de punta a punta.
—Edward… —jadeé llena de aprensión. Edward, que había cerrado los ojos, me miró con tormento, como si él tampoco pudiese entender que sucedía entre los dos. Eso me asustó.
—Shhh, Bella. Solo siente, no pienses en más —me dijo con voz estrangulada. Bajó su rostro de nuevo y tomó mis labios con urgencia, destilando posesión en cada movimiento. Por loco que sonara, eso me pareció buena señal.
Pude ver las venas sobresaliendo en su cuello blanquecino por el esfuerzo, su rostro concentrado portaba también una mueca de placer, que me encegueció por un momento, todo dentro de mí se contrajo, los dedos de mis pies de doblaron y mis manos volaron a su cabello para agarrar sus mechones sueltos. Lo necesitaba más cerca.
—Déjalo ir, hermosa.
Mi espalda se dobló contra el colchón y todo exploto a mí alrededor, siendo arrasado todo por un espléndido orgasmo que me hizo ver estrellitas, fuegos pirotécnicos y un mar de colores tras mis párpados cerrados. Me mordí el labio a la vez que era recorrida por réplicas de aquella sensación sublime por cada trozo de mi piel. Todo era nuevo y me sentí volar alto y caer en picada, libre y sin ataduras, solo siendo recibida por los brazos fuertes de Edward. Segundos luego, escuché a Edward rugir al aire, antes de caer sobre mí sin fuerzas. Los dos jadeábamos por aire, mis pulmones no cedían y tampoco contenían el aire por demasiado tiempo. Todavía sentía algunas pequeñas repeticiones de aquel orgasmo cuando él levantó la cabeza de mi pecho agitado.
—¿Estás bien?
Sonreí como tonta y le acaricié el cabello, mis manos no lo habían dejado libre.
Iba a contestarle cuando una voz femenina y lejanamente conocida nos interrumpió a través de la puerta.
—¿Bella? ¿Estás despierta?
—¿Alice? —susurró un espantado Edward.
Continuará.
Hola niñas, gracias por sus mensajitos muaxxx especialemente a mi Manue que me acompaña en esta locura, a Alejandra RL, Yasmin-Cullen y a Luna Rk, mis niñas espero que lo hayan difrutado, creo que ahora si empieza a moverse más la trama. muajajajajajajaja
Besos!
Att: MarieelizabethCS
