Atrévete a sonreír

Capítulo 7


Aún es de madrugada cuando sube a su camioneta con rumbo a la gran ciudad, Oliver tiene que volver a Londres y espera llegar a tiempo para comenzar con la práctica de ese día. Sabe que es muy probable que lo admitan de nuevo. Ottery le ha sentado de maravilla, ha descansado de verdad y gracias a la mamá de Percy, junto con sus comidas y consejos, lograría recuperar el peso que traía perdido desde hace meses, resultó ser mejor que esos nutriólogos que le asignaba el equipo.

Se iba satisfecho de Ottery.

Mira a su paso al pueblo quieto, no hay nadie en las calles por tan temprana hora y se siente perfecto. Intenta disfrutar esta calma, este regalo que solo Ottery puede dar; una calma que ha logrado disipar su ansiedad.

Pero no puede atribuirle todo a una ciudad, Oliver sabe que fue algo más lo que lo tiene tan embelesado con Ottery.

Como en las últimas dos noches, la imagen de la dueña del pub invade su mente sin proponérselo. No entiende cómo es que pensar en estar relajado es sinónimo de pensar en Hermione. No es como si la castaña tuviera la vida resuelta para él, pero ahí la tiene, metida en un rincón pequeño y casi olvidado de su mente. Se mira por el retrovisor y se descubre con una sonrisa genuina en el rostro, sin duda, en su pequeño viaje a ganado a una persona que espera poder llamar amiga.

Es curioso pensar eso, mas siendo él, que no tiene amigos. Para Oliver, ser solitario no importaba, pero ahora siente que necesita a personas como ella en su vida.

Se sorprende a sí mismo conduciendo por las calles que lo llevarían a la casa de Hermione y sus hijos. Solo dará un pequeño vistazo antes de irse y volver a su rutina. No planea hacer nada con eso, solo ver y seguir su rumbo.

Divisa la casa a lo lejos, es de dos pisos, perfectamente cuidada, con el viejo auto de Hermione estacionado en el porche. Frena la camioneta, se detiene a un par de casas de distancia, y solo observa.

Sabe que es incorrecto, pero una parte de él siente que debió decirle algo más, un gracias tan siquiera. Porque a pesar de haber compartido unas cuantas palabras en aquel almuerzo, se había sentido en perfecta sincronía consigo mismo. ¡Y qué decir de sus hijos! Rose era toda una bomba de alegría y alejaba los malos pensamientos con su mera presencia. Merecía decirles gracias al menos.

Suelta un suspiro resignado, en otra ocasión podría agradecerles.

Planea arrancar cuando la figura de una persona se acerca por la acera. Oliver la reconoce al instante, es Hermione. Va directo a su casa, si sigue caminando se topará con él. Se queda paralizado, no está haciendo nada malo, pero tampoco es normal que un desconocido esté mirando tu hogar de esa forma.

Hermione va enfundada en un abrigo negro, con gorro y bufanda de color café, es el mismo que la ha visto usar durante todo el fin de semana, ¿será su favorito? Se percata que lleva puesto un pantalón de pijama afelpado debajo del abrigo. Como si el sueño hubiera desaparecido y la solución fuera salir a caminar. Salir al exterior para calmar ideas. Oliver reconoce esa sensación, aunque él solo salía despavorido con la calma olvidada en casa.

—¿Oliver?

El futbolista vuelve a la realidad, Hermione está justo a un lado de él, baja el vidrio de la camioneta, frunciendo sus labios. La castaña ya hasta reconoce ese gesto, es el que hizo durante el fin de semana en señal de incomodidad o timidez.

—Hola Hermione, yo solo voy de paso, regreso a la ciudad —explica, aunque en el fondo sabe que debe dar una mejor explicación del porqué está desviándose hasta la casa de ella y se ha quedado observando como un completo psicópata. Pero la castaña no le pide explicaciones, al contrario, se nota sorprendida por la rápida partida de él.

—¿Tan pronto? —suena dolida y eso la sorprende a ella misma. Porque justo su partida puede ser bueno para ella y así dejar de lado todo lo que ha venido pensando respecto a como Oliver la hace sentir, pero aún así, parece doler.

—Tengo prácticas a las cuales reincorporarme —la castaña asiente, olvidaba quien era, el famoso futbolista Oliver Wood—. ¿Caminata nocturna? —pregunta Oliver sin dejar de mirarla fijamente y Hermione agradece una vez más, que el muchacho sepa sacar un tema que la distraiga de sus acelerados pensamientos.

—Es una de las ventajas de vivir en Ottery, puedes salir sola a mitad de la noche— Hermione no menciona su irrefrenable deseo por salir de las cuatro paredes de su habitación, donde se sentía observaba por Ron, asfixiada por la culpa, la cuál parecía tener que ver todo con él. Pero no iba a mencionarlo, esa sensación era un chiste, debía ser un chiste.

Oliver la mira notando que hay algo más en ella que no le quiere decir. Pero la entiende, él mismo se ha sentido de forma malditamente extraña, con su rutina, su ansiedad, su esposa, su empleo y ahora, con ella. Pero él tampoco mencionaría nada de eso.

—Cierto, Ottery es asombroso en ese aspecto, Londres es un caos —dice al fin para llevar el tema hacía otra dirección. Se da cuenta que ella está en plena calle, soportando el frío, mientras él está en la comodidad de su camioneta. No la invita a entrar, no cree que Hermione se sienta cómoda, por lo que decide salir él a la fría calle. Y si que hace frío, la castaña nota cómo al instante su nariz se pone roja, Oliver nunca sería bueno aparentando que no tiene frío—. Quería darte las gracias —comienza a hablar mirándola fijamente mientras trata de detener el temblor que le causa el frío—, por haberme recibido tan bien aquel día en el pub, sin duda fue el mejor desayuno que he tenido— desea terminar de hablar, porque a mitad de la oración sintió que perdió el control de sus palabras, hablando de más y lo que menos quiere es incomodarla—. En fin, solo quería darte las gracias y que cualquier cosa que necesites, no dudes en llamarme, nada me gustaría más que tener un pretexto para volver al pub.

Hermione se siente sorprendida por los latidos que sintió en su pecho al escucharlo decir aquello. Se regaña internamente mientras vuelve a recordar la culpa que la ha agobiado desde ayer, intenta estabilizar su ritmo cardiaco, pero es inútil. Oliver Wood se mira con buenas intenciones, nada que un buen amigo no pudiera hacer. Prefiere centrarse en esa idea, al menos, esa idea de Wood la hace sentir menos culpable por decir lo siguiente:

—No necesitas un pretexto, eres bienvenido las veces que desees —pronto siente que ha hablado de más, pero la sonrisa sincera del hombre la hacen tranquilizarse, tal y como lo hizo durante todo el fin de semana—. Rose estará encantada de volver a verte.

—¡Cierto! Le mandaré algunos obsequios del Puddlemere, se volverá loca —la comodidad con la que habla de la hija de Hermione lo asusta, pero no puede evitarlo, siente que conoció a unas personas asombrosas, y sabe que esas personas llegaron a aceptarlo a él. Es inevitable no sentirse parte de, aunque no lo sea—. Y a Hugo, aún no sé qué es lo que le gusta, pero también le mandaré algo.

Se siente emocionado al decir todo esto, motivado en convertirse en un mejor hombre, y por algún motivo, siente que ellos sacan lo mejor de él.

—No tienes que hacerlo —le dice Hermione, pero en el fondo está agradecida de que alguien más quiera tener ese tipo de atenciones para con ella y sus hijos.

—Pero quiero hacerlo, te avisaré cuando pueda mandar todo —Oliver la mira fijamente, es mucho más alto que ella, mira un poco hacía abajo para poder chocar con su mirada. Ambos lucen avergonzados, ¿por qué? ni ellos mismos lo saben—. Puedes... ¿puedes darme tu numero?

Después de convencer a sí misma de que solo le pide el número para informarle sobre cuándo enviará las cosas a sus hijos, lo hace. Hermione en todo momento lo ve temblar mientras apunta su número en su celular, no sabe si es por nervios o por el frío, puede que sea un poco de ambas y no puede evitar sentir que es adorable para darle paso inmediatamente a la culpa por pensar aquello.

Cuando hubo terminado, Oliver guarda su celular y levanta la vista para toparse con el rostro de Hermione. Es el momento de despedirse pero se queda paralizado al no saber cómo hacerlo. ¿Puede abrazarla? ¿Besar su mejilla? ¿Simplemente subir a su camioneta y decir adiós con la mano? Oliver nunca fue bueno en esto. Pero en esta ocasión, decide que puede atreverse un poco más.

—Nos veremos pronto —dice mientras da unos pasos al frente y se inclina un poco para abrazarla.

Jamás lo vió venir, pero es solo un abrazo. Un abrazo de despedida. Hermione atina a abrazarlo débilmente mientras su rostro es cubierto por el pecho del chico, ¿en verdad es tan alto? Pero solo dura un instante. El hombre le sonríe del modo amable, solo como él sabe hacerlo y sube a la camioneta satisfecho, pues se había atrevido a abrazarla y no murió de ansiedad.

Hermione se quedo plantada en la calle observando como la camioneta desaparecía a lo lejos. Rememorando el abrazo. Fue un gesto sencillo, pero jamas algo tan sencillo se sintió tan significativo.

Algo estaba cambiando.

Mira hacia su casa. Sabe que al entrar a ella, comenzará a sentirse juzgada, es por eso que salió de ella para una caminata nocturna, para evitar sentirse así. Cierra los ojos con fuerza, no quiere defraudar a nadie, pero de igual forma, es consciente que nada volverá a ser lo mismo.

Mientras tanto en la carretera, Oliver conduce con una sonrisa que se rehúsa a escapar de él. No sabe cuándo fue la última vez que sonrió por tanto tiempo, pero si sabe, que podría acostumbrarse a hacerlo, si el motivo volvía a ser el mismo que el de esa madrugada.

••••

Hermione se ve envuelta en una rutina sumamente alentadora. Estar ocupada se ha vuelto su terapia diaria. Sus hijos y el pub la mantenían completamente en movimiento. Y más ahora que el pub presentaba una afluencia de gente decente, consecuencias de haber incluido comida al menú. Había clientes que acudían temprano para probar lo que Hagrid tenía para ellos. Era delicioso, grasoso e ideal para acompañar con una cerveza. Nadie juzgaba a quien pidiera una a las tempranas diez de la mañana.

Hermione aún se escandalizaba por la cantidad de grasa con la que Hagrid cocinaba y por los clientes que pedían un trago a tan temprana hora del día; pero eso dejaba dinero, y ella debía adaptarse a ciertas costumbres de los bebedores de Ottery.

Trataba de distraerse con lo que fuera cada día, no solo para no pensar en la muerte de su esposo, si no para no pensar en Oliver Wood y detener los latidos acelerados que provocaba pensar en él. Aún no podía mirar al cielo sin sentir culpa y vergüenza. Por eso, planeaba estar ocupada en cada instante para no dejar que el recuerdo del futbolista inundara su mente.

Pero era tan complicado. Su pub tenía anuncios del Puddlemere pegados en algunas paredes, y obviamente era la cara de Oliver la que aparecía en cada folleto. En la televisión aparecía promocionando el próximo inicio de la temporada. Y por si fuera poco, Rose no dejaba de hablar de su jugador favorito en cada momento.

Pasó no más de una semana cuando dicho hombre comenzó a mandarle mensajes. Hermione miraba a la pantalla de su celular algo ajena, se sentía tan extraño que un hombre que no fuera un Weasley o su amigo Harry, le mandara un mensaje. No debía darle importancia, pero la castaña no podía dejar de hacerlo, había algo con él que era tan sencillo perderse en una charla por lo que al poco rato, su whatsapp tenía en primer lugar la conversación con Oliver Wood.

Hablaron mucho, hasta llegar a altas horas de la noche. Se encontraba en la intimidad de su cuarto conversando a través de su laptop. Con una sonrisa boba mirando la pantalla. Wood le estaba contando que ya había mandado un paquete con regalos para sus hijos, tal cual había prometido.

"Rose se pondrá muy contenta" escribió, "ayer llegó muy triste. Dice que nadie le cree en el kinder cuando cuenta que conoce a Oliver Wood"

Y era verdad, recuerda que Rose salió sumamente acongojada del preescolar, indignada ante el hecho de que ninguna de sus ilusas amiguitas le creyera que conocía al futbolista. Aunque, en realidad, Hermione creía que ninguna de esas niñas sabía ni siquiera quien era Wood. Nadie era como Rose.

"Con lo que le mandé, puede que empiecen a creerle"

"¿¡Qué le mandaste!?"

Hermione está emocionada, ya se imagina la reacción de su hija cuando reciba lo que Oliver ha mandado.

"Es sorpresa, también va algo para Hugo"

Hermione siente como esas palabras la han llenado dulcemente, la atención que ese hombre pone en sus pequeños es asombrosa. Son solo detalles, pero se sienten tan grandes que está completamente agradecida. Reconoce que sus hijos merecen esas sacudidas de alegría, y Oliver pudo darles momentos de real gozo, ¡era un jugador estrella!, ante los ojos de sus hijos era un héroe. Antes de darle las gracias, mira la última línea que le manda Oliver, logrando un total y desconcertante latido en su corazón.

"También mandé algo para ti"

••••

Hace más de una semana que ha vuelto a los entrenamientos, y nada se siente mejor que jugar con el pasto bajo sus tenis, de apoderarse del balón solo como él sabía hacerlo. Esta era su libertad, su terapia convertida en deporte.

Estaba tan tranquilo, que aquella mañana cuando miró a Katie partir hacía su trabajo supo cómo regalarle una sonrisa, y ni siquiera se inmutó cuando el gesto no fue correspondido por ella. Oliver había aprendido a sobrellevar esa carga.

Katie se había convertido en una carga. Cuando esa idea llegó a su mente, inmediatamente deja los cubiertos con los que está desayunando a un lado. Mueve sus ojos hacía la puerta por la que su esposa ha desaparecido y es ahí cuando se da cuenta que lo que él tiene con Katie ya no se parece nada a un matrimonio. La idea, lejos de hacerlo sentir triste, le da la más asombrosa de las realidades. Como si reconocer que lo que tiene con Katie ya no lo podía obligar a estar atado a algo que no le generaba bien.

Desde que volvió de Ottery, Katie se mantenía fuera del departamento, totalmente ajena a él; y tal vez fue por eso que se había animado a mandarle un regalo a Hermione.

Obviamente no significaba nada. No nada más allá de verla como una excelente amiga, una maravillosa persona que lograba hacer que su vida fuera más interesante. Nada incorrecto, ¿cómo podía ser incorrecto algo que se sentía tan bien?

Se encoge de hombros, como si con eso lograra restarle importancia a lo que Hermione comenzaba a representar.

Estuvo listo para partir a la práctica, enfundado en sus ropas deportivas y su maleta colgada al hombro. Antes de lograr salir del imponente edificio donde se ubicaba su departamento, se cruzó en el recibidor con el cartero que justo llegaba a dejar la correspondencia. El hombre lo reconoció enseguida, le entregó de inmediato todo lo que traía para él con euforia mal disimulada, a la vez que le pedía un autógrafo.

Oliver siguió su camino hasta entrar a su camioneta, cargado con toda su correspondencia. No planeaba abrir nada, eso podría esperar hasta que volviera a su departamento ya por la tarde. Pero antes de arrojar todo aquello al asiento trasero, ve una carta, la cual venía de los laboratorios. Esa era la carta con sus resultados.

Olvidó que tenía prisa por acudir a su entrenamiento. De pronto el aire dentro de la camioneta se volvió pesado y difícil de respirar, no pudo evitar sentir nervios por saber la respuesta dentro de ese sobre. Se había jurado que ésta sería la última prueba, el resultado definitivo. No más doctores, ni especialistas, ni medicamentos, ni pruebas. Este doctor era el mejor, y si él no veía un cálculo prometedor en Oliver, no había nada después. Pero si este era el doctor que veía grandes esperanzas en que el futbolista pudiera ser padre, tomaría esta oportunidad.

Abrió el sobre. Sin entender lo que decía, dado que estaba muy nervioso. Tuvo que leer una segunda vez, sintiéndose extraño al leer las siguientes líneas: "[]...resultado negativo... bajo conteo de esperma... no candidato para el programa de fertilidad".

Ahora el aire, había desaparecido completamente.