Abandonaron aquella sala ancha para encontrarse en una serie de pasillos angostos, con puertas laterales a cada pocos metros que daban a diversas habitaciones. El Último Doctor andaba decidido y sin mirar atrás, con Clara a su lado, y el Doctor un poco atrasado, haciendo mala cara y sin dejar de protestar.

– ¡No necesito una niñera!

– Quizás, pero yo necesito que salgas de aquí con vida. No me apetece ver como el universo arregla paradojas.

– ¿Qué clase de paradojas? – preguntó Clara.

– Las del tipo "si él muere, ¿qué demonios hago yo aquí?".

– Pero tú has llegado aquí; eso significa que el Doctor saldrá con vida de esto.

– No. Eso significa que en su momento yo salí con vida cuando era él, y mi línea temporal prosiguió. Ahora he vuelto; es como si el universo les diera una segunda oportunidad a los malos.

– Por tanto, si él muere…

– …Se interrumpirá su línea temporal y yo nunca habré existido. Ni siquiera moriré, Clara; simplemente me desvaneceré, y puede que tú también.

– ¿Y no puedes recordar lo que sucedió? – preguntó el Doctor.

– Créeme, me encantaría poder hacerlo y explicarte la historia completa, pero por desgracia sólo tengo flashes momentáneos y sensaciones puntuales. Que nos hayamos encontrado ya es una mala señal, y la sensación general que tengo es aún peor.

– ¿Mala señal? – dijo Clara.

– Siempre que varias encarnaciones nos encontramos de manera accidental suele ser la antesala de algo bastante gordo. Nuestra vida de por sí ya es movida, pero estas ocasiones son… – dijo sin acabar la frase, pero agitando mucho los brazos para enfatizar el significado.

De repente, llegaron a una pequeña sala de forma redonda que daba a dos nuevos pasillos. El Último Doctor detuvo al grupo con un gesto y se giró para darles instrucciones.

– Este sitio parece seguro. Esperad aquí mientras yo avanzo un poco para asegurarme. Doctor, ahí hay una consola de comunicaciones; ¿puedes mirar si hay algo útil en el armario anexo?

– Un momento… – dijo el Doctor para ponerse a buscar en el interior – Mira lo que he encontrado; ¿te parece bien?

– Dos comunicadores; perfecto – contestó el Último Doctor para después apuntar su destornillador sónico hacia ellos –. Voy a puentearlos para ajustarlos a la frecuencia de nuestros destornilladores y cifrar la comunicación; no me apetece que nadie pueda escuchar nuestras conversaciones.

– ¿Aún sigues empeñado en que hay alguien más?

– Hay alguien más, Doctor, créeme. No sé quién, ni cuántos, pero no creo que sean de los que te ofrecen una taza de té nada más verte. Ahora… Procurad permanecer vivos – dijo antes de cruzar la puerta.

Ante sí se extendía otro pasillo estrecho. Pensó que quizás hubiera sido buena idea ir por el otro camino, pero la posibilidad de encontrar un pasillo parecido le hizo desestimar tal pensamiento.

Avanzaba lentamente y en constante estado de alerta. Seguía encontrando puertas en los laterales, pero se limitaba a echar una rápida ojeada por las mirillas y seguía avanzando. Un compartimento para la tripulación, una cocina, un almacén,… Nada que en principio despertara su interés.

Cuando finalmente salió del pasillo llegó a una nueva sala de forma redonda, aunque de un tamaño mayor que aquélla donde había dejado a sus compañeros. En el centro se erigía una especie de consola, lo que le hizo recordar vagamente a la TARDIS. Avanzó hacia ella esquivando un par de androides que yacían en el suelo, y se puso en contacto con el Doctor.

– ¿Me escuchas, Doctor?

– Perfectamente. ¿Todo bien por ahí? ¿Dónde estás?

– Creo que he llegado a una sala de control menor. Trataré de conectarme para obtener información… Por cierto, hay un par de viejos amigos tuyos tirados por el suelo.

– ¿Androides?

– Androides. Por suerte, están desactivados; no eran un prodigio de amigabilidad…

– ¿Lo son alguna vez?

– Casi nunca. Confiemos en que todos estén igual de muertos… Voy a acceder a la consola; te mantendré informado.

Se acercó lentamente, blandiendo el destornillador sónico como si de un arma se tratara. Tenía forma de rueda dentada, con un círculo, posiblemente una compuerta, en su centro. En uno de los salientes vio una serie de botones luminosos, así que se acercó a ellos y pulsó el que tenía mayor tamaño, sin dejar de apuntar con su destornillador, temeroso de que algo pudiera surgir. Algo surgió.

Tal y como había imaginado, el círculo central era una compuerta de la que salió un brazo articulado que contenía un ojo humano en su extremo. Ojo y Doctor quedaron observándose mutuamente. Los botones que tenía enfrente no tenían ninguna indicación de su posible funcionalidad, así que probó la comunicación por voz.

– Información – dijo, confiando en que los comandos estándar estuvieran implementados.

– Nave generadora SS Madame de Pompadour – dijo una voz metálica –. Operatividad global, cincuenta por ciento…

– Estado.

– Sistema central, operativo, cincuenta por ciento. Aspiradores, operativo, ochenta por ciento. Generadores, operativo, setenta y cinco por ciento. Carga almacenada en baterías,…

– Localización.

La consola calló, y el ojo se transformó en un proyector holográfico que mostró al Último Doctor un mapa de la nave, con un punto parpadeante allá donde se encontraba. Sonrió ante este descubrimiento, apuntó el destornillador sónico al mapa y dictó la nueva orden

– Transferencia.

Cuando ésta hubo finalizado manipuló de nuevo los controles del destornillador, y contactó de nuevo con el Doctor y Clara.

– ¿Doctor? ¿Clara?

– Seguimos aquí – contestó el Doctor –. ¿Novedades?

– He descargado los mapas de la nave y los he transferido a nuestros destornilladores sónicos.

– Voy a mirar – dijo, mientras manipulaba el suyo hasta que proyectó los mapas recibidos –. Lo tengo.

– Bien… ¿Ves el pasillo por donde he continuado yo? Ahora fíjate en el otro.

– ¿Quieres que cojamos la otra puerta?

– Eso mismo… Verás que tras cruzar dos puertas hay una nueva bifurcación; si sigues la puerta de la derecha, acabarás encontrando la sala de control central. Llegad hasta allí, asegurad las puertas por lo que pueda pasar, y esperadme.

– ¿Qué harás tú?

– Quiero investigar un poco más, y desde donde estoy tengo un camino más corto que si diera media vuelta. Nos vemos en un rato, Doctor. Ándate con ojo…

– Entendido – dijo como despedida. Apagó el mapa, y junto a Clara cruzó la puerta que les había indicado.

El Último Doctor, mientras tanto, siguió observando el mapa y manipulando los controles para ir obteniendo información. Al cabo de un rato, localizó al Doctor y a Clara, al tiempo que vio aparecer un nuevo punto en pantalla.

Apuntaba a una sala pequeña, con una única puerta, no muy apartada de la ruta que pensaba trazar para reunirse con el Doctor. ¿Un almacén? ¿Alguna clase de despacho privado? Fuera lo que fuera, quería averiguarlo, y especialmente, averiguar quién estaba allí, y por qué.

Trazó mentalmente una ruta hacia su nuevo destino y se puso en marcha, avanzando aún más lentamente y atento a cualquier sonido que pudiera escuchar. Ocasionalmente encontraba a sus pies más androides, totalmente inertes, lo que le obligaba a extremar las precauciones al pasar por encima suyo para no provocar ningún ruido.

Finalmente alcanzó la puerta que había focalizado su interés. Antes de entrar observó por la mirilla y distinguió una figura humana agazapada en un rincón, temblorosa y cubriéndose la cara con las manos. La oscuridad reinante le impidió reconocer qué o quién se encontraba allí dentro, por lo que abrió la puerta y entró en la habitación.

– ¡Cierra esa maldita puerta! – gritó de repente una voz masculina.

El Último Doctor obedeció la orden de manera instintiva. Con la puerta ya cerrada, se acercó al desconocido y maldijo para sus adentros al reconocerlo.

– El doctor Yana, supongo…