He aquí un poco más de Amy, para que pedían escenas con ella. :)

Disclaimer: Glee no me pertenece. La idea original y los personajes son propiedad de Ryan Murphy.

VII

Miró el reloj por millonésima vez aquella mañana, convencido de que el tiempo se había parado de alguna forma, y tomo el último trago del café que se había servido en un vaso de papel.

- ¿Sr. Hudson? El Dr. Rawson dice que puede pasar a verlo.- le indicó la secretaria. Finn murmuró un gracias, mientras tiraba el vaso vacío y se adentraba en el consultorio.

- Hola, Finn. Gusto en verte.- lo saludó el médico, tendiéndole una mano que Finn estrechó.

- Lamento haberlo molestado, doctor, pero no podía… necesitaba…-

- Te entiendo, te entiendo. Toma asiento, por favor.- le ordenó, señalándole la silla. Se sentó entonces detrás del escritorio, hurgando en los papeles que Finn reconoció como aquellos que él mismo le había dejado una semana atrás.- ¿Te molestaría repetirme un poco cuál es tu temor?- le pidió.

- Bueno… como sabe, yo tengo una hija de seis años (Amy) y… su madre murió en el parto. Nunca entendí que fue lo que le pasó, realmente, y yo quería… quería saber si existia la posibilidad de que Rachel…- Finn no pudo terminar, y el doctor pareció entenderlo, puesto que se quitó los anteojos y lo miró de forma tranquilizadora.

- Lo que esta muchacha tenía… ¿cómo era su nombre?

- Laura.

- Laura, gracias. Lo que Laura tenía era una deformación congénita en las paredes del corazón. Era casi imperceptible (me costó bastante encontrarla de hecho) pero básicamente esta pequeña malformación le provocó un paro cardio-respiratorio, posiblemente impulsado por el trabajo de parto.- le explicó. Buscó una de las pequeñas maquetas que tenía en el escritorio para ilustrarle más a Finn la idea, porque éste claramente no lograba entender.- Supongamos que yo tengo este globo al que inflo siempre del mismo tamaño. Digamos… una pelota de Baseball.- le dijo, inflando el globo del tamaño dicho.- Teniéndolo así, este globo me sirve y no tendría porque tener problemas con él. Pero un día se me ocurre que, tal vez, podría inflarlo del tamaño de una pelota de Basketball.- prosiguió, inflando el globo de ese tamaño y haciendo que éste estallara con un ruido estruendoso. Finn se sobresaltó.- ¿Entiendes lo que digo?

- Sí.- murmuró Finn.

- Rachel es una mujer sana y fuerte. No posee ninguna enfermedad ni siquiera similar a ésta. ¿Existen riesgos? Sí, claro que sí. En todo embarazo existen. Pero, ¿sabes que es lo que ella más necesita ahora, Finn?- le preguntó. Él sonrió, intuyendo la respuesta.

- De mí.- contestó, con total seguridad.

- Sí, de ti. Y de ropa un poco más grande.- bromeó el médico, poniéndose de pie y acompañándolo hasta la puerta.

- OO-

- ¡Eso es, Amy! ¡Excelente!- la alentó Rachel, mientras la niña daba giros al compás de la música que ella tocaba en el piano. Amy sonrió aún más, contenta de que su madre la elogiara. Rachel le alcanzó una pequeña toalla en cuanto terminó de tocar la clásica pieza.

- ¡Mamá, quiero seguir practicando!- se quejó la niña.

- ¿Qué es lo que mamá te dice siempre?- inquirió ella, con tono severo, mientras se sentaba en la pequeña mesa que habían colocado en el estudio y servía un poco de leche tibia en cada vaso.

- Que practicar demasiado es tan malo como no practicar nunca.- respondió Amy, con voz quejosa, sentándose ella también y comiéndose una galleta. Rachel la miró intrigada.

- ¿Te parece que papá está… cambiado en estos días?- le preguntó a su hija.

- Déjame pensarlo.- le contestó ésta, haciendo un ademán con la mano que hizo que Rachel tuviera que contener una risotada: siempre que tenían este tipo de conversaciones, Amy solía imitar a Kurt o a Mercedes, intentando parecer más grande.- Creo que está muy preocupado por perder el cabello.- dijo la niña, después de unos momentos. Rachel suspiró.

- Si. Tiene miedo de terminar calvo, ¿no?- dijo, acariciando distraídamente su vientre, dejando su mano libre allí.- ¿Tu que crees, pequeño?- le preguntó, con un susurro. Amy la miró de reojos, y a Rachel no se le perdió el tono celoso de la mirada de la niña. Sonrió.- ¿Porqué no le hablas al bebé? Se que está esperando que su hermana mayor se presente.

- No puede escucharme, mamá. Aún está adentro de tu panza.- dijo la niña, con tono aburrido. Rachel la miró por un segundo, tratando de comprender la situación. Se cambió de silla, para estar sentada al lado de su hija, y la invitó a sentarse en su falda.

- ¿Sabes que es lo que más quería en el mundo cuando tenía tu edad?- le preguntó, acariciándole los pequeños rizos. Amy negó con la cabeza.- Me moría de ganas por tener un hermano, o una hermana. Suponía… suponía que así nunca estaría sola, ¿sabes? Que, aun si no tuviera amigos, teniendo un hermano siempre sabía que iba a poder contar con alguien. Que siempre habría alguien para mi. Y rezaba todas las noches para que ese hermano llegara, porque sentía que esa era la solución para todos mis problemas. Después… la vida me dio muchos amigos, como el tío Kurt y el tío Blaine y Mercedes, y me dio a Finn… y a Amy.- le dijo, abrazándola. La niña sonrió, acomodándose más en los brazos de su madre.- No debes tener miedo, Amy. Ni papá, ni yo, ni tus tíos o tus abuelos vamos a quererte menos porque tengas un hermano. Siempre, siempre voy a amarte, cariño. Siempre seremos mejores amigas. Y realmente voy a necesitar que me ayudes cuando el o la bebé nazcan. Tú tendrás algo por lo que yo y tu papá pedimos toda la vida.- finalizó, llorando un poco (las hormonas del embarazo estaban comenzando a afectarle). Se quedaron en silencio unos momentos, mientras Rachel las balanceaba lentamente y Amy acariciaba el brazo de su madre.

- ¿Pueden ser mellizos?- le preguntó la niña entonces, con la voz cargada de emoción. Rachel sonrió.

- Hay chances. Uno de mis abuelos tenía un mellizo. ¿Porqué lo preguntas? ¿No es uno suficiente?- inquirió Rachel.

- No, si lo es. Pero si son mellizos, tal vez tengamos una hermana y un hermano, y eso sería genial. Si es sólo una niña, papá se pondría un poco triste, y si es sólo un varón no podré compartir mis cosas. Sin son dos… tal vez papá consiga su varón y nosotros consigamos a nuestra niña.- le explicó, como si fuera lo más simple del mundo, ó como si tener bebés fuera tan fácil como sacar caramelos de una máquina expendedora. Sin embargo, Rachel se encontró a sí misma pensando en cuán increíble y perfecto sería si el sueño de Amy se volviera realidad. La niña se bajó del regazo de su madre y se arrodilló en el suelo, nivelando su rostro con el vientre de Rachel.

- Hola, mi nombre es Amy y soy tu hermana mayor. Aún no nos conocemos pero mamá dice que puedo hablarte, así que te explicaré un par de cosas. Primero, no debes jugar con el control del televisor. Papá se enojará mucho, y no nos gusta cuando se enoja. Él es muy bueno, muy, muy bueno y muy gracioso y sabe un montón de juego increíbles. Habla mucho de Football, pero está bien, si eres un niño tal vez eso no te moleste tanto. Mamá es genial también. Ella me enseña un montón de cosas, como a cantar, y a bailar y a cocinar galletas. Es hermosa, ya la verás. Es la mamá más linda de todas, y a mi me encanta salir con ella y que todos la vean. No debes usar sus pinturas y su maquillaje sin su permiso. Y aquí en casa tenemos muchos juguetes, así que no creo que vayamos a pelearnos. Creo que eso es todo por hoy, mañana puedo contarte sobre el tío Kurt, si quieres.- le dijo, con voz animada, y Rachel sintió como dos lágrimas se le escapan por las mejillas. Amy se acercó más, bajando la voz para que Rachel no la oyera.- Al principio tenía miedo, pero ahora ya no. No puedo esperar a que salgas y nos encontremos. Vamos a compartir los juguetes y las galletas… y también a papá y a mamá. Adiós.- finalizó, dándole un pequeño beso. Miró a Rachel enseguida, buscando aprobación, y ésta escondió un poco su rostro, tratando de ocultar las lágrimas.

- Eso fue perfecto, cariño.- le dijo, acariciándole la mejilla.

- ¿Qué sucede aquí?- preguntó Finn, ingresando en la habitación, con una sonrisa. Amy corrió hasta su padre, estirando los brazos para que éste la alzara.

- Mamá y yo estábamos hablando con el bebé.- le explicó, en cuanto Finn la tomó en brazos. Rachel se acercó hasta ellos, llevando la bandeja con la merienda entre sus manos.

- ¿Porqué no ayudas a Amy a meterse en el baño mientras yo preparo la cena?- sugirió ella, después de darle un pequeño beso en los labios, y retirándose antes de que Finn le dijera nada.

- ¿Te parece que mamá esta cambiada en estos días?- inquirió, poniendo a su hija en el suelo y dirigiéndose hasta el dormitorio de ésta, buscando unos pijamas. Amy hizo un ademán con la mano y suspiró.

- ¡Papá, esto del bebé y Funny Girl… es demasiado para ella!- le dijo, con un tono exasperado que hizo que Finn reconociera al instante que aquella frase había sido copiada de su propio hermano.

- OO-

- ¡Perdón, perdón! Lo siento mucho.- se disculpó Finn, en cuanto entró al baño para ducharse y se encontró con Rachel, desnuda, metiéndose en la tina.

- Finn, soy tu esposa. No tienes que pedirme perdón, me has visto desnuda cientos de veces.- dijo ella, con tono hostil, haciendo unas maniobras graciosas para meterse en el agua.- Podrías ayudarme, en lugar de estar ahí parado mirándome.- Finn se acercó, dándole la mano y ayudándola a meterse. Se miraron por un segundo. ¿Cuándo había sido la última vez que habían estado así, cerca, en silencio?

- Voy a ir a ducharme al baño de abajo.- le dijo él, aún arrodillado en el piso y sosteniendo su mano.

- O podrías… podrías meterte conmigo.- propuso ella, con un tono mucho más dulce. Finn sonrió, mientras se incorporaba y se quitaba la ropa. Rachel se movió en la tina, poniendo unas sales aromáticas y ordenándole a Finn que bajara las luces. Él se sumergió lentamente en el agua, dejando que ella se recostara sobre su pecho y apoyando sus manos en el vientre de su esposa, sintiendo como ella se relajaba ante este simple contacto.

- Entonces… ¿has estado actuando rara por las hormonas o…?

- Yo estaba actuando rara porque tu estabas actuando raro.- explicó ella, en un susurro.

- ¿Yo?

- Si, tu.

- ¿Raro cómo?

- No sé. Es como si me evitaras todo el tiempo. No quieres tocarme, abrazarme… ni besarme siquiera. Se que estoy empezando a ponerme enorme y que probablemente no me consideres atractiva en este momento pero… no lo sé. Te extraño.- le dijo, con una voz pequeña y cargada de amargura. Finn tragó saliva: hubiera deseado poder pegarse una patada a él mismo.

- Estaba asustado… tenía mucho miedo de que algo pudiera pasarte. Tú sabes cuán idiota soy para éstas cosas, Rach…

- ¿Y yo no lo estoy, Finn? ¿Crees que no estoy asustada, nerviosa, aterrorizada? ¡Claro que lo estoy.- lo interrumpió ella, tratando de no subir la voz para no despertar a Amy.

- Yo lo sé, cariño, y lo siento. De veras que sí, no sabes como. Pero debía cerciorarme… de que no fuera a pasarte lo mismo que a Laura. Tenía miedo de lastimarte, de que algo saliera mal. Por eso fui a ver al doctor Rawson esta tarde. Porque necesitaba que él me dijera… que todo estaba bien.- le explicó, ahora utilizando él el murmullo frágil.

- ¿Entonces fue todo… un problema de comunicación?- resumió ella, volviendo a relajarse en los brazos de su marido. Este sonrió.

- Si… creo que si.- le dijo, corriéndole el cabello para besarle uno de los hombros mientras le acariciaba distraídamente el vientre con la otra mano. Rachel también sonrió, volteándose un poco para que Finn pudiera besarla en los labios. Él obedeció, quitándose de una vez aquellas ganas que lo habían perseguido durante días.

- Te amo.- le murmuró ella cuando se despegaron, apoyando su frente en la de su marido, y acariciándole una mejilla con la humedecida mano.

- Yo también te amo. Muchísimo.- le respondió él, besándola de nuevo y sintiendo como Rachel sonreía contra sus propios labios.- Y déjame decirte, cariño, que nunca estuviste tan sexy. Que en estos momentos eres lo más hermoso que vi en mi vida.- le murmuró, mientras ella volvía a la posición anterior, pero esta vez estirando uno de sus brazos por detrás de su cabeza para acariciar el cabello de su esposo. Se quedaron en silencio otro rato, disfrutando de la compañía, hasta que Finn estalló en una risa silenciosa.

- ¿Qué?- inquirió ella, contagiándose de la risa de su marido.

- ¡Es que somos realmente estúpidos!

- Lo sé, no puedo creer que ambos estuviéramos enojados sin atrevernos a hablar…

- No, no por eso. ¡Vivimos en esta casa desde hace casi dos años y nunca se nos ocurrió usar esta tina!- dijo él, conteniendo la risa, y abrazándola más fuerte. Rachel sonrió entonces, súbitamente enternecida por su marido, que apenas podía respirar detrás de sus mudas carcajadas. Por un segundo, todas sus dudas y sus miedos desaparecieron: allí, con Finn, las cosas solo podían salir bien.

Nos vemos en próximos capítulos. :)