Como ya era costumbre, la parrilla reunía a los amigos más cercanos. Sería la primera donde Rick y Lisa no irían como pareja. Pero había un tema que especialmente a Roy, Rick y Max, no había dejado de darles vuelta desde principios de esa semana.

—Debe ser una broma —dijo Roy mientras colocaba los pedazos de carbón en la parrilla.

—El Almirante ya perdió la razón —Rick añadió vigilando que su hermano no fuera a cometer alguna tontería con la parrilla como en otras ocasiones.

—No sé —Max con su característico aire detectivesco trataba de buscar una respuesta lógica—. ¿Qué pretende?

Lunes a las 1100

¿Me estoy volviendo loco? Sí yo lo vi y lo escuché. Estoy seguro que salí completamente sobrio de ese bar. Rick se encontraba viendo despegar a los escuadrones Apollo y Panther cuando Roy se acercó por detrás dándole una fuerte palmada en la espalda que lo sacó de concentración.

—¿Otra vez en la luna, hermanito? ¿Pensando en Irina Zemanova? ¡Confiesa!

—¡Ya, Roy! ¡No hagas eso! —protestó sobándose la espalda.

—¡Ajajá, di en el blanco! A ver, cachorro, ¿qué tantas cosas sucias estás imaginando? No has vuelto a salir con nadie desde que terminaste con Lisa.

—Ninguna cosa como tu mente sucia sí hace. Y si no he vuelto a salir con nadie es porque lo de Lisa todavía está muy reciente. No me siento todavía seguro, Roy.

—¡Pretextos! ¡Puros pretextos!

—Además, parece que Lisa me lanzó una maldición o algo porque ninguna chica se me acerca desde que salí con Irina. Y tampoco nadie me llama la atención.

—Ya deberías ser más decidido con las mujeres.

—Pero no soy tú. Tengo mi forma de ser y quiero ir con calma. No precipitarme.

En eso, se acercó un soldado que les hizo el saludo militar.

—Mayor Focker, capitán Hunter. El almirante Gloval quiere hablar con ustedes y con el teniente Sterling y la teniente Parina. Que se presenten dentro de una hora en su despacho —Roy y Rick agradecieron la notificación y el soldado se fue por donde vino.

—¿Para qué nos querrá Gloval?

—No tengo idea, cachorro. Algo se trae entre manos ese viejo zorro.

En la oficina de Gloval, una hora después

Gloval estaba con el Dr. Lang, la capitana Lisa Hayes y la teniente comandante Claudia Grant esperando a los cuatro pilotos. Tocaron a la puerta y de uno en uno fueron pasando, siendo Miriya la primera.

—Mayor Focker, capitán Hunter, teniente Sterling y teniente Parina, reportándose —Roy fue el que habló en representación de los demás. Saludaron marcialmente a los presentes.

—Tomen asiento, por favor. Los mandé llamar para informarles que el miércoles de la próxima semana se llevará a cabo una prueba de vuelo y ustedes van participar en ella.

—¿Algún nuevo varitech, Almirante? —preguntó Max.

—No tanto así, teniente Sterling. Más bien un nuevo dispositivo para los varitech: una cámara fotográfica.

Los pilotos, Lisa y Claudia no entendieron las palabras de Gloval.

—El almirante Gloval pensó que con fotografía aérea obtendríamos mayor información en los patrullajes y en batalla —señaló el Dr. Lang.

—Pero nosotros conocemos lo básico de fotografía, Almirante —aclaró Roy.

—Lo sé, mayor Focker. Ninguno de ustedes volará el varitech con esas características, sino otro piloto.

Ése ha de ser el "misterioso piloto fantasma". Nada más dejen que le ponga las manos encima —Roy Focker se sentía insultado por haber quedado en ridículo durante una semana en la sala de simuladores.

Si es quien me imagino por la cara que acaba de poner el mayor Focker, debo conocerlo.

—¿Otro piloto? —atinó a cuestionar Rick.

—¿Acaba de salir de la Academia? —Miriya también estaba intrigada.

—Lo conocerán el día de la prueba. Ustedes tendrán otra tarea y sé que la cumplirán cabalmente. No por algo son los mejores pilotos de esta base.

Claudia y Lisa veían con orgullo y admiración a Roy y Rick. Éste último no la volteó a ver por estar pensando en quién podría ser el "misterioso piloto fantasma".

—¿En qué consiste, Almirante? —atinó a decir Miriya.

Gloval se levantó de su asiento y les dio la espalda mientras sacaba su pipa para inspirarse a decir las siguientes palabras.

—Deberán pelear contra él como si fuera una batalla real. Tomen en cuenta que existe la posibilidad que los zentraedis rebeldes ataquen a los escuadrones cuando realicen los nuevos patrullajes. Necesitamos ver que tan factible es que esas tomas puedan hacerse.

—¿O sea un simulacro?

—No tanto, mayor Focker. En un simulacro sabemos que hay un cierto grado de juego y llevan salvas y pintura. Aquí irán completamente armados. Me gustaría que sean extremadamente rudos. Necesito ver si nuestro piloto puede con eso y más.

—No parece difícil, Almirante. Cuente con ello —mencionó Rick.

—La prueba será a las 1100. Sus varitech ya estarán listos en cuanto se presenten —indicó Lisa.

—¿Otra cosa más, Almirante? —añadió Max.

—Sí. No se tienten el corazón. ¿Comprendido?

Los pilotos respondieron afirmativamente al unísono.

—¡Magnífico! Por favor, retírense. Me quedaré con el Dr. Lang a ultimar detalles.

Los seis militares saludaron a Gloval antes de salir de su despacho.

La duda quedó sembrada en las mentes de los pilotos. Buscaron a Lisa y Claudia con la mirada para encontrar alguna respuesta, un indicio.

—Apenas nos enteramos antes de que ustedes llegaran —dijo Lisa.

—Al parecer el proyecto comenzó hace dos meses —añadió Claudia.

—¿Por qué hasta el día de la prueba conoceremos al piloto? —preguntó Rick.

—Para mí que Gloval nos quiere probar como equipo.

—No, Mir. Él mismo dijo que somos los mejores. ¿Qué piensas, Max? —los cinco voltearon a ver al piloto de lentes.

—En una semana lo sabremos. Igual será divertido y tendremos otra historia que contar —el natural optimismo de Max tranquilizó a sus amigos en ese instante, pero hasta él tenía una enorme curiosidad.

Llegó el día de la parrillada y todavía tenían la pregunta royéndoles el cerebro.

—Cambiemos de tema antes de que me vuelva loco. ¿Supieron que Gloval ascendió al Ángel del Puente a teniente segunda? Yo también lo habría hecho —comentó Roy Focker dándole un trago a su cerveza—. Claudia dijo que aceptó venir y traerá el postre.

—Ojalá sean esas galletas. A Dana le gustaron mucho.

—A Dana y también a ti, Max Sterling —enfatizó Miriya trayendo a la bebé en brazos—. Le voy a pedir que me enseñe a hacerlas para que no estés esperando si las traigo o no.

El joven de lentes se sonrojó hasta las orejas provocando la risa de los demás.

—¿Qué sucede, Mir? —Max volteó hacia donde estaba Miriya.

—Vine a ver si ya habían encendido la parrilla.

—Todavía no. El Maestro del Fuego Focker lo hará en un segundo.

—En un segundo es como se te van a incendiar las cejas, hermano.

—Pura envidia que me tienes, Rick.

—Claudia también me pidió que te dijera que quiere verte, Roy —añadió Miriya.

—En ese caso, órdenes son órdenes —se acercó a Miriya para cargar a Dana—. Ven Dana, tú si sabes apreciar las habilidades del tío Roy —y le hizo muecas a la niña que ya empezaba a balbucear algunas palabras.

—Oy, Oy.

Max y Rick decidieron terminar de preparar la parrilla para encenderla: Fue cuando Max se dirigió a Rick.

—¿Cómo vas con lo de la capitana Hayes, jefe? Eres mi amigo y me preocupas.

Rick sintió la necesidad de sincerarse con Max que tanto lo había ayudado desde su salida al bar.

—Max, es extraño. Siempre creí que Lisa y yo nos casaríamos. Y míranos, separados. Te advierto que esta vez no hice nada.

—Exactamente, ¿qué pasó, jefe?

Rick le dio un trago a su cerveza y clavó la mirada en el césped.

—Me dijo que no la satisfacía sexualmente por tenerlo pequeño.

A Max se le cayeron los pedazos de carbón de las manos y volteó a verlo con los ojos muy abiertos.

—¿Qué? ¿La capitana Hayes te dijo eso? ¿No habrás escuchado mal?

—Se lo que escuché. Yo tampoco sigo sin creerlo. También me echó en cara que en todo este tiempo no supiera tocarla.

—¿Y eso es cierto?

—A Lisa parecía gustarle que la acariciara con ternura, pero siempre estaba tensa, como con la cabeza en otro lado. Le costaba mucho dejarse llevar. Varias veces le dije que la amaba y que me dijera si algo la molestaba; si era así, que encontraríamos la manera de solucionarlo. Jamás lo hizo, Max.

Lisa ya exageraba sus cuidados conmigo. Llegaba a mi barraca y estaba completamente limpia y ordenada a gusto de ella, no del mío. No niego que era agradable que la casa estuviera así, pero luego no hallaba qué hacer. Se lo toleré un tiempo por su manía de la limpieza y el orden; le agradecí y le pedí que sólo lo hiciera a veces. ¿Sabes qué me respondió? "¡Ay, Rick! Se nota que no sabes hacer nada. Siempre está todo tirado". —Max encendió el carbón escuchando a su amigo y sonrió divertido por la imitación que hizo de la capitana Hayes—. Vivo solo desde que Pops murió y sé hacer el quehacer de la casa, cocinar y todo eso. Para nada soy un inútil como me lo insinuó.

Lo que también ya no soportaba fue que se llevara los pleitos del trabajo a la casa y viceversa. Pero escucharla decir lo de, tú sabes, fue algo demasiado hiriente.

Max observó a Rick. Nunca lo había visto así, derrotado, dolido. Lo llevó a un rincón del jardín en lo que la llama tomaba fuerza.

—Jefe, cuando la capitana Hayes y tú discutían por la tacnet no niego que me causaba gracia. Igual que los demás, pensé que se querían, pero no sabían ni qué era ni cómo decirlo. Y no me equivoqué.

Después de muchos tropiezos, escogiste a la capitana Hayes luego de ver a Minmei realmente tal cual es. Y, con todo y eso, seguían peleándose. Me consta que te esforzaste, ¿recuerdas la vez que te atreviste a cantar en un karaoke para que te perdonara? —Rick se sonrojó nada más de acordarse de aquel penoso momento cuando demostró que el canto era una de las virtudes a las que llegó tarde a la hora de repartir talentos—. Iban y venían. Nunca te dije que debían de arreglar su relación antes que algo más ocurriera. Eran sus problemas. Maduraste, jefe, ya tampoco te pones como niño berrinchudo por no tener lo que quieres. Bueno, casi.

Te agradezco la confianza por lo que me acabas de contar. Que ustedes hayan terminado es lo mejor que pudieron hacer. Su relación estaba tan lastimada que seguir también los hubiera distanciado como amigos y compañeros de armas. Te apoyo, jefe. Deseo que de verdad seas feliz. Yo sé que encontrarás a esa mujer especial para ti.

—Gracias a ti, Max. Necesitaba hablarlo con alguien. Aunque Roy es muy cercano, no me habría escuchado así como tú lo las hecho. Cuando los veo a ti y a Mir, pienso que algo muy bueno hiciste para merecértela.

—También lo pienso, jefe. La vida tiene sus detalles mágicos.

—Por la vida y sus detalles mágicos —Rick, más animado, levantó su botella.

—Y porque te toque uno de ellos.

—¡Salud!

Roy Focker venía de la cocina donde estuvo "prisionero" de Claudia.

—¿Brindando sin mí? Eso no es de amigos —vio que el carbón seguía negro—. ¿Qué tanto estuvieron perdiendo el tiempo? Bueno, Max, tendré que hacerlo por ti —y se arremangó la camisa.

En la calle, Nicté caminaba rumbo a casa de los Sterling llevando una charola en las manos. Ojalá les guste. Al fin, conoceré a Focker, Sterling y Hunter. Cuando llegó, tocó el timbre con el codo.

—Hola, querida —Claudia abrió la puerta y la dejó pasar—. ¡Qué charola tan grande!

—Hola, Claudia. Es un postre sencillo, nada del otro mundo.

—Nicté —Miriya apareció con Dana en brazos y la saludó de beso—. ¿Te fue fácil llegar?

—Sí, Miriya. Fue muy fácil. Al menos aquí en Nueva Macross las calles y las casas tienen nombre y número —al ver a la pequeña dijo—. ¿Es Dana?

—Sí, nuestra hija. Saluda a Nicté, mi amor —la niña la veía con curiosidad—. ¿Quieres sostenerla?

—¿Cómo crees? ¿Y si llora? —la última vez que Nicté cargó a un bebé fue a su sobrino, hijo de su prima, mucho antes de la Lluvia de la muerte. Era normal que el chiquillo llorara cuando otras personas que no fueran su madre lo tenían en brazos.

—Entre todos nosotros la cuidamos —señaló la orgullosa mamá—. Por cierto, felicidades, teniente.

—Gracias, Miriya. ¿Están seguras? —las dos asintieron con una sonrisa—. En ese caso, Claus, ¿me ayudas, por favor? —Claudia estaba por tomar la charola cuando las tres escucharon un alarido. Nicté dejó el postre en la barra de la cocina para acompañarlas a ver qué fue aquello.

La escena no podía ser menos cómica: Roy Focker corriendo de un lado a otro del jardín con humo en su mano.

—¡Wauuuuu! ¡Mi manita, mi manita, mi manita! —Roy Focker se echaba aire en su mano para aliviar el ardor de su palma.

—Te dije que Max prendería el fuego. Al menos no te incendiaste las cejas como la última vez.

—¿Cómo se le ocurre remover el carbón sin las pinzas, mayor Focker? ¿Acaso no vio el humo? —Max trataba de contenerse la risa.

—¡No lo vi! ¡El carbón estaba negro! ¡Yiauuu, arde como el demonio!

—Y el Maestro del Fuego Focker lo hizo otra vez —Rick no pudo ser más oportuno.

—¡Claudia, Claudia! —y Roy se fue con su novia lloriqueando como niño chiquito.

Cuando Lisa llegó, Claudia le estaba curando la mano a Roy en la sala. Miriya le contó cómo pasaron los hechos y Lisa no pudo reprimir una risita. Dana, en brazos de su papá también reía. Rick se había quedado atendiendo el fuego.

—Con tanto escándalo, ni siquiera los he presentado. La teniente Nicté Andrade, mi novio y líder del escuadrón Skull, el mayor Roy Focker.

—Tanto gusto, mayor.

—Nada de mayor, Angelito. Estamos fuera de servicio. Puedes decirme Roy o Maestro del Fuego Focker —Roy le guiñó un ojo y exclamó con dolor—. ¡Ay, mi mano! —Claudia le dio un ligero apretón para que se comportara.

Max decidió presentarse él mismo.

—Teniente Maximilian Sterling —se estrecharon la mano—. Dime Max. Por cierto, muchas gracias por la otra vez.

—Un gusto, Max. Ya sabes, aquí estamos.

—Oigan, ¿dónde está el jefe? ¡Ah! Se quedó allá afuera. Voy por él.

—Pues ya conoces a la pandilla —afirmó Lisa sonriéndole con los brazos cruzados.

Nicté conversaba con Lisa, Miriya, Claudia y Roy cuando Max entró con Rick que venía sacudiéndose las manos de tizne.

—Teniente Andrade, el capitán Rick Hunter, nuestro líder del Bermellón —al tenderse la mano, Rick Hunter se topó con la mirada de Nicté y ambos se quedaron de una pieza sintiendo una descarga eléctrica. Por ese breve instante, el mundo dejó de existir para ellos.

¡Es más bonita que en la tacnet! ¡Qué ojos! ¡Su mano es tan pequeña! Rick vio a esa joven de ojos color miel y cabello castaño rojizo al hombro con reflejos dorado-cobrizos con un paliacate a manera de diadema. Vestía una playera blanca de tirantes delgados con una blusa arremangada, también blanca con pequeñas flores azules, como chaqueta; pantalón pescador de mezclilla índigo y alpargatas rojas de cintas con poco tacón. Al cuello llevaba un dije en forma de triángulo invertido sujeto por un lazo de cuero.

¡Ese azul! ¡Es increíble que exista en los ojos de una persona!

—¿Chicos? SDF-1 a la luna, ¿me escuchan? —ambos reaccionaron sonrojándose con la broma de Roy . Lisa se dio cuenta y sintió un dolor muy profundo en el pecho—. Cachorrito, ¿estás bien?

—Per-per-perfectamente, Roy —expresó tragando saliva sin dejar de verla—. Ya está el carbón, Max. Voy a poner la mesa.

Claudia y Max se vieron unos momentos como queriendo comprender lo que habían presenciado.

—¿Nos ayudas, Nicté? —la oportuna intervención de Miriya para salvar la situación demostró una vez más porque era la mejor guerrera meltran de su especie y de la RDF.

—Ssí, Miri —Nicté tampoco dejaba de ver a Rick mientras se encaminaban a la cocina.

Con jugosos cortes de carne y hamburguesas acompañados por la ensalada de lechugas, zanahorias y pepinos de Lisa, y cerveza bien fría, los amigos disfrutaron de su reunión.

—¡Por el Ángel del puente! ¡Y que siempre estés presente cuando te necesitemos! —todos brindaron por Nicté Andrade que ya no sabía como corresponder.

—Gracias. Pensé que nada más era una comida entre amigos.

—De no ser por ti, Max y yo no estaríamos aquí con Dana.

—Y tú que la andas castigando, Hayes —Roy le reclamó a Lisa con seriedad.

—¡Ya, ya, Focker! Sé que la teniente Andrade no volverá a llevarme la contraria.

—¿No se te hizo muy exagerado mandarla a barrer los hangares? —se sumó Claudia.

—Tal vez me extralimité, pero entiendan que me tomó por sorpresa lo que pasó.

—Pero ¿barrer los hangares, Lisa? —Rick habló esta vez.

—Necesitaban que le pasaran la escoba y quedaron muy bien —Claudia, Rick, Max, Roy y Miriya se vieron con complicidad—. Eres buena con la escoba, Andrade.

—Era un orden, mi capitana. Una desgraciada orden. Gracias almirante.

—Yo creo que ahora sí puedes cargar a Dana —Lisa se tapó los ojos. Estaba segura que Miriya iba a lanzarle a la niña como aquella vez con ella en el satélite-fábrica. Al escuchar los balbuceos, volvió a mirar: Nicté recibió a Dana de manos de su propio padre.

—Es una niña preciosa. Salió a los dos.

—Max y yo practicamos todos los días —Nicté vio que todos se sonrojaban ante la franqueza de Miriya sin entender que pasaba.

—¿Hay algún problema?

—Nnno, ninguno. Lo que pasa es que Miriya es meltran y todavía no termina de adaptarse a nuestras costumbres —Max salió al paso con una rápida disculpa.

—Eso merece otro brindis. ¡Por el amor! —y se lanzó a besar a Claudia.

—¡Oh, Roy! ¡Me haces cosquillas!

—Es el efecto Focker, mi amorrrrrr.

En el breve lapso que Dana estuvo con Nicté, la pequeña se quedó dormida con el suave murmullo con que la arrullaba. A Rick le despertó mucha ternura la escena.

—Max, Miriya —les dijo con la mirada lo que Dana había hecho.

—Má, má —la bebé se medio despertó llamando a su mamá.

—¡Oh, mi nena! —la tomó con cuidado para no volver a despertarla—. Voy a llevarla a su cuna. Ya vengo.

—Tienes madera con los niños —señaló Claudia.

—No sé. Simplemente se acurrucó.

—Dana jamás hizo eso conmigo la primera vez. Estuvo muy juguetona cuando fuimos al satélite-fábrica —recordó Lisa con un dejo de molestia en su voz.

—Cuando los zentraedis se fueron de espaldas al mostrarles el poder del amor —completó Max.

—¿El poder del amor?— Nicté se mostró muy contrariada.

Entre Claudia y Max narraron los pormenores de aquella misión, incluido el beso forzoso entre Lisa y Rick.

—¿Y han vuelto a tener otra misión similar?

—No. Eso de besar a alguien por una orden es muy extraño —dijo Rick mientras jugueteaba con unas tiras de zanahoria en su plato. Nada como hacerlo porque uno quiere.

—Era una orden del comandante Breetai. Había que cumplirla —recalcó Lisa y recordó el sabor de los labios de Rick, su cálido aliento. Se dio cuenta que ya no habría más.

—Debió ser algo penoso.

Vaya que sí. Hasta que llegué al puente recibí la orden y expresé mi molestia, pero había que cumplir —a Rick le pareció que eso fue hace muchísimos años. Eran otros tiempos, un recuerdo muy bello.

Claudia vio que la nostalgia se estaba apoderando de Lisa y Rick dijo:

—¿Dónde dejaste el postre, Nicté?

—En la barra de la cocina. Yo voy.

Nicté volvió con Miriya que traía los platos, las cucharas y un cuchillo. Le retiró a la charola el papel aluminio que la cubría. Rebanó el postre y Miriya lo repartió a sus invitados.

—¡Nunca había probado algo así! ¿Cómo se llama?

—Flan napolitano, Miriya —lo había decorado con cerezas—. Es un postre típico de mi tierra.

—¿Cómo se hace? Porque quiero preparárselo a mi Max y a Dana.

—Es muy sencillo. Todos los ingredientes los echas a la licuadora. Son cinco…

—Mejor enséñale cómo. Miriya apenas está aprendiendo a cocinar —aclaró Lisa—. Me parece que es demasiado dulce para mi gusto. Y eso que me gusta lo dulce.

—Para mí está muy rico —dijo Roy relamiéndose.

—Lo mismo digo —Max se unió a los comentarios de su superior.

—¿Tú que dices, Rick?¿Rick? —le preguntó Roy. Rick Hunter comía sin hablar, sumido en sus pensamientos.

¡Está exquisito! Nunca había probado algo igual.

—¿Estás con nosotros, cachorro?

—¿Eh, qué? ¿Decían?

—Ya me estás preocupando, cachorrito. Desde hace unos días estás muy distraído.

Nicté veía disimuladamente a Rick mientras conversaba con Miriya. Pero también notó que Lisa Hayes se veía molesta por algo.

—Yo sí me voy a servir otra rebanadita, ¿alguien más quiere? —dijo Claudia.

—Yo, Claudia —Rick pidió una tercera rebanada.

—¿No que estás a dieta, Claudia? —Lisa le susurró y volteó a ver a Rick, pero él ya no lo notó.

—No todos los días pruebas auténtica comida mexicana.

—¡Qué bueno que les gustó! Supongo que es por la buena compañía.

—Eso merece otro brindis. ¡Salud! —Roy Focker ya andaba algo tomado.

El resto de la comida transcurrió entre anécdotas de los pilotos, Lisa y Claudia y de la vida de Nicté en Nueva Ciudad de México y algunos chistes. Cuando menos lo pensaron, cayó el ocaso y salieron las primeras estrellas.

—Me divertí mucho. Gracias por invitarme.

—A ti, por aceptar. Esperamos seguirte viendo —dijo Max.

—Entonces la próxima en su casa.

—¿Cómo? —todos parecieron no entender esas palabras.

—Disculpen, yo también me estoy adaptando a sus costumbres. Quiero decir, la próxima vez en mi casa. Es una expresión para ofrecer hospitalidad.

—¡Ah, sí! Ya no recordaba esa frase —Roy todavía entendía perfectamente lo que escuchaba.

—¿Cuándo fuiste a México, Roy? —le preguntó Claudia.

—Nunca. Pero una vez Pops y yo conocimos a unos mexicanos que así nos dijeron por si alguna vez llegábamos a ir por allá. Muy amables.

A Nicté no se le hizo raro. De seguro fueron algunos paisanos de California.

Los invitados se despidieron de sus anfitriones, prometiendo repetir.

—Nos vemos el lunes. Que descansen —dijo Nicté.

Rick iba a ofrecerse a acompañarla, pero Claudia le pidió ayuda con Roy.

—Podemos dejarte de camino —señaló Claudia.

—No, gracias —declinó con amabilidad al ver a Lisa un tanto tensa—. Vivo cerca. Chau. Cuídense.

—¿Y tú Lisa?

—Necesito caminar, Claudia. Suerte con Roy.

Rick puso a su hermano en la parte trasera del jeep y condujo hasta casa de él. Al llegar, lo bajó y lo acomodó en la recámara.

—Esta vez sí se pasó. Roy no cambia. Nos vemos, Claudia.

—Si lo hiciera, dejaría de ser Roy Focker. Oye Rick, espera —el joven se detuvo a verla—. ¿Qué te pasó en la comida? Estabas muy distraído, ¿es por lo de Lisa?

—No, Claudia. Es otra cosa —mintió. ¿México, qué significa?

—¿Seguro? Cuando viste a Nicté te quedaste mudo.

—Estee —se rascó la nuca sonrojado—. Es una chica muy amable. Y muy linda.

—Si tú lo dices —Claudia sabía que había algo más—. Gracias por ayudarme con Roy.

—Por nada. Hasta el lunes.

Rick Hunter salió rumbó a su casa pensando en lo que vivió esa tarde. ¿Qué fue lo que me pasó hoy con Nicté? ¿Tanto se me notó? No, han de ser ideas de Claudia y de Roy. Un momento, Hunter. Acabas de salir de una relación. Si ya estoy libre.

Ya en su barraca, Nicté contemplaba las estrellas desde su barraca. ¡Qué apuesto es Rick Hunter! ¡Qué azules son sus ojos! La de chicas que han de estar haciendo fila por él. ¡Sí que me fui a Plutón! Nada que te fuiste, se fueron. ¿No viste cómo te miró?

Mientras caminaba, Lisa Hayes trataba de ordenar sus pensamientos. ¿Vi lo que creo que vi? Hayes, por favor, ya basta. ¡Déjalo ir! Es libre y tú también. Escucha a Claudia.