Se que ha pasado tiempo, mucho tiempo. Pero en verdad me han pasado miles de problemas, si siguen en el grupo de facebook ( en mi perfil esta el link) sabrán todo. Si no están en el grupo aganlon porque subo adelantos e imágenes de los capítulos. No quiero hacerla larga pero les prometo que no las/los vuelvo a dejar sin capitulo. Ya mande el próximo capitulo a betear y ya estoy escribiendo el otro. NOS LEEMOS ABAJO!
Disclaimer: los personajes son de stephenie meyer. La historia es mía.
Capítulo beteado por Manuela Peralta, Beta FFAD: www facebook com / groups / betasffaddiction
Capitulo 6: Anthony Cullen
El lugar en el que me encontraba era hermoso, en la orilla de un lago. A lo lejos podía visualizar un barco pequeño de madera y en él una persona pescando con su caña.
Este lugar se me hizo familiar; la persona del barco me hizo señas de que me acercara, así que a mi lado apareció un muelle; mientras yo caminaba hacia el final, la persona del barco remaba también hacia nuestro encuentro. El muelle no parecía tener fin, cada vez era más y más largo. Finalmente llegué al final, levanté mi rostro para ver a la persona del barco y me encuentro con que era Charlie, mi papá. Las lágrimas empezaron a caer por mi rostro, quería abrazarlo y decirle cuánto lo extrañaba.
Y así lo hice.
—Hola, nena —saludó mi padre.
—Hola —dije entre llantos, hundiendo mi cara en su cuello.
—Déjame verte la cara, mi niña. —Suplicó.
—No quiero quiero que te vayas.
—No lo haré, te lo prometo.
Alcé mi rostro, deshaciendo el abrazo que nos unía.
—Así está mejor, estás hermosa, mi niña.
—Tu no has cambiado mucho.
—Acá no envejezco, nena, es una de las ventajas.
—Me quiero quedar contigo.
—Eso no se va a poder, tienes que regresar y vivir tu vida.
—No quiero vivir si tú no estás en ella, papá. Me siento muy sola, te extraño.
—Nunca más vas a estar sola, una persona te va a cuidar y se va a encargar que nunca más te sientas así.
—Solo te quiero a ti.
—No se puede y lo sabes, en un tiempo muy lejos vendrás a este lugar y estaremos juntos, pero ahora tienes que regresar.
—No quiero.
—Nena, por favor, no lo hagas más difícil. Tienes que volver y vivir tu vida, yo siempre voy a estar cerca de ti, nunca te voy a dejar desamparada.
—¿Me lo prometes, papá?
—Te lo prometo, mi niña. Ahora da media vuelta y camina.
—¿Te puedo dar un último abrazo?
—Claro, ven acá.
Nos abrazamos nuevamente.
—Ve.
Di media vuelta y caminé sin mirar atrás, una luz blanca y cegadora apareció y no me permitió ver nada, tan solo podía escuchar.
A lo lejos se escuchaban unos pitidos de un corazón, de a poco ese ruido se fue haciendo más y más fuerte, pronto se escuchaba como si estuviese a mi lado.
Mis párpados se sentían muy pesados, de tal modo que no los podía abrir. Hacía el intento, pero era en vano; me di por vencida, mejor intentaría escuchar algo, pero tampoco pude.
Escuché de pronto el ruido de una puerta abrirse y cerrarse, luego unos pasos caminar alrededor de la habitación.
Ocurrió el mismo sonido nuevamente y una persona empezó a hablar:
—¿Cómo se encuentra todo? ¿Sigue igual?
—Todo permanece igual, señor Cullen.
¿Señor Cullen? Yo no conocía a nadie con ese nombre. ¿Será que me encontraron los de servicios infantiles? Si era así ya no había más nada qué hacer, solo resignarme.
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No sabía cuánto tiempo había pasado, cada tanto escuchaba personas entrar y salir de la habitación, pero no escuché hablar o mencionar de nuevo al "señor Cullen" desde esa vez. ¿Se habrá ido?
Intenté abrir los ojos una vez más, cada tanto probaba, aunque hasta ahora no podía lograrlo, hice un poco de esfuerzo, sentía un pesadez sobre mis párpados pero no tanto como antes.
De a poco mis párpados se fueron abriendo y ante mí apareció un techo color crema. Parpadeé por unos segundos más hasta aclarar mi vista.
Giré mi cabeza para el lado derecho, encontrándome con un gran ventanal que mostraba un hermoso cielo azul, las paredes de la habitación era de un color crema; junto al ventanal había un sofá de tres cuerpos color blanco, también había un silla de un solo cuerpo. Giro la cabeza para la izquierda y me encuentro con una mesita pequeña y un teléfono negro sobre ella, al lado una especie de silla que tiene un apoya cabeza y un apoya pies, seguramente era para los pacientes, en este caso yo. Muevo un poco mi mano izquierda y me da una puntada suave, allí estoy canalizada y me pasan suero.
Se escucharon unos pasos afuera de la habitación, fingí estar dormida, no quería enfrentarme a lo que se venía. La puerta se abrió y yo cerré mis párpados, la persona que entró se acercó hasta donde me encontraba, unos sonidos se escucharon y luego la voz de la persona que entró se escuchó hablar, seguro estaría hablando por teléfono.
—Señor, todo sigue igual. —Se quedó en silencio por unos segundos—. Sí, señor.
Escuché cómo se movía una silla y cómo marcaban nuevamente el teléfono.
—¿Amor? —Silencio—. Yo también te quiero, pero ahora quiero hablar con tu mamá, hijo, pásame con ella.
…
—Hola, amor, te llamaba para saber cómo estaba todo por ahí.
…
—Me encuentro en el hospital, estoy haciendo una diligencia para el señor Cullen.
…
—No te preocupes, cariño, yo le mando tus saludos. Te tengo que dejar, dale mucho besos de mi parte a mi campeón.
No escuché la puerta abrirse, por lo tanto eso quería decir que el señor seguía en la habitación.
.
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Era otro día, o eso creía. La puerta se abrió pasando una persona a la habitación y yo volví a fingir estar dormida, desde hace rato que tenía hambre, pero eso significaba que supieran que había despertado, por lo que decidí que aguantaría.
Mi traicionero estómago gruñó.
—¿Tienes hambre? —Oh no. No duró mucho mi actuación de fingir—. Si quieres comer tendrás que contestar. —Se escuchó un risita disimulada.
No tenía otra opción, ya se sabía que estaba despierta, ¿para qué seguir fingiendo?
Abrí mis ojos.
—Hola.
—Hola —respondí. Era una enfermera, lo sabía por la vestimenta que llevaba.
—Bueno, ya estás despierta, voy a llamar al médico para que te revise. ¿De acuerdo? —preguntó la enfermera.
—Por favor no lo haga. —Le supliqué.
—¿Por qué no? —me preguntó extrañada.
—No quiero que me lleven a un orfanato. —Empecé a sollozar.
—Hey no, tranquila. Nadie te va hacer eso —me aseguró la enfermera acercándose a la cama y con una mano acariciando mi cabello.
—Sí lo van hacer.
—¿Por qué lo dices?
—Ese señor Cullen es de servicios infantiles, los escuché cuando fingía seguir inconsciente.
—No, querida. El señor Cullen no es de servicios infantiles y él no te va a llevar a ningún orfanato. Él es la persona que te trajo a urgencias cuando estabas inconsciente por el fuerte golpe que te diste en la cabeza. Yo he hablado con él y parece ser una persona muy agradable, te lo aseguro.
—No le creo.
—Hagamos una cosa, primero voy a llamar al doctor Roser para que te revise y luego te cuento todo, ¿te parece?
—Está bien.
La enfermera salió de la habitación y luego de unos minutos entró el doctor Roser, me hizo unas preguntas y me indicó una resonancia para descartar cualquier inconveniente en mi cabeza.
Cuando terminaron de hacerme el estudio, me llevaron de nuevo a la habitación y la enfermera me acomodó en la cama.
—Bien, ¿quieres que empiece?
—Adelante.
Y como prometió empezó a contar todo lo que sabía, me contó que el señor Cullen fue quien me trajo y se encargó de todo lo que se refería a mi identidad, para el hospital era una desconocida cuando me trajeron y el señor Cullen se ocupó que me atendieran sin problema alguno. Me dijo que, aparte de la lesión en la cabeza, tenía un par de cortes y astillada un hueso de la columna, por lo tanto estaba vendada. Comentó también que el señor Cullen le pidió explícitamente a ella que sea mi enfermera personal, y que cualquier cosa que surgiera conmigo le avisara directamente a él.
—Ayer mientras fingía estar inconsciente entró un señor a la habitación, ¿sabe quién es?
—La única persona que pudo entrar a esta habitación aparte del doctor Roser y yo es el señor Méndez, es chofer y guardaespaldas del señor Cullen. El señor Cullen no debe de tardar en venir, mientras te hacían la resonancia lo llamé y le informé que ya despertaste.
Por un lado tenía miedo de conocerlo, no sabía qué quería de mí, por qué se tomó tanta molestias. Bien pudo dejarme en el callejón y seguir su camino, o simplemente llamar a una ambulancia y ya está.
¿Sería viejo o joven? ¿Sería verdad lo que me dijo la enfermera, que él no era de servicios infantiles? ¿Sería yo su caridad del año?
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La puerta de la habitación se medio abrió dejando ver a un señor de edad avanzada, estaría rodando por los ochenta años. Tenía el cabello castaño oscuro y había varias arrugas en su cara típicas de la vejez, vestía un traje.
Dio unos pasos más adelante, detrás de él estaba otro hombre más joven, de unos cuarenta años, y también estaba vistiendo un traje, aunque un poco menos formal y elegante.
—Hola —saludó el señor de edad avanzada. ¿Sería el señor Cullen? Como si hubiese leído mi mente se presentó—. Soy la persona que te trajo a este hospital.
Una duda menos. Ahora quería saber qué era lo que quería de mí y si pertenecía a servicios infantiles.
—¿Cómo se encuentra?¿Cómo salió la resonancia magnética? —le preguntó a la enfermera que se hallaba sentada en el sillón de tres cuerpos. Ésta se levantó del asiento y extendió su mano hacia el señor Cullen en forma de saludo.
—Si me permite, señor Cullen, lo llevaré con el doctor Roser para que lo ponga al tanto de todo.
—Volveré en un minuto —anunció. Dio media vuelta para seguir a la enfermera, el guardaespaldas lo iba a seguir, pero este lo detuvo con un gesto de mano—. Quédate con ella por si necesita algo.
—¿Necesitas algo? —cuestionó, yo negué con mi cabeza—. ¿Te importa si miro un poco de televisión?
Negué nuevamente.
—¿Tú eres Méndez, el chofer y guardaespaldas del señor Cullen?
—Así es. Un gusto conocerla, señorita.
Méndez se dirigió hacia la mesita que había a mí lado y extrajo de un cajón el control remoto de la televisión, tomó asiento en el sillón y la encendió. Fue pasando de canal en canal, yo no dije nada, miraba lo que él miraba sin objetar nada.
Habrán pasado unos veinte minutos hasta que se abrió la puerta, dejando entrar al señor Cullen, la enfermera y al doctor Roser. De inmediato Méndez se levantó de su asiento y pagó el televisor.
—Antes que nada me gustaría llamarte por tu nombre. El señor Cullen te registró con un nombre hasta que recobraras el conocimiento, pero necesitas registrarte con tu verdadero nombre. ¿Cómo te llamas? —Todos se quedaron a la espectativa de mi respuesta, pero simplemente me quedé callada. Al notar que no quería decir nada el doctor retomó la palabra—. Queremos saber tu nombre completo para poder localizar a tus padres e informales de esto, señorita.
Negué con la cabeza.
—¿No quieres decirme tu nombre, o no quieres que les informe a tus padres de lo ocurrido? —preguntó nuevamente el doctor.
—N-No tengo padres —informé a todos los presentes.
—¿Fallecieron? —inquirió esta vez la enfermera.
—Mi papá murió hace unos meses y...mi mamá me abandonó a los pocos días —conté bajando mi rostro y empezando a llorar en silencio por el pasado.
—Pequeña, ¿cómo te llamas? —Levanté mi rostro y me encontré con el del señor Cullen esperando mi respuesta, hubo algo en su rostro que me inspiró confianza.
—Isabella Swan.
—Bueno, Isabella...
—Bella. —Lo corté de inmediato—. Me gusta que me llamen Bella. —El señor Cullen me miró por unos segundos.
—Bella, ¿cómo se llama tu mamá?
—¿Para qué quiere saber su nombre? —gruñí.
—Necesitamos informarle de tu situación, linda. Eres una niña y ella tiene que venir y hacerse cargo. —Habló la enfermera.
—Ella no va a venir, me dejó... ¡ME ABANDONÓ! —Grité. El señor cullen les dio una mirada al doctor Roser y la enfermera para que se fueran y nos dejaran solos.
—Sé que dijiste que querías estar sola, pero me gustaría quedarme, ¿puedo? —preguntó el señor Cullen, yo solo giré mi cabeza para el otro lado, ignorándolo.
—Méndez, te puedes retirar, cualquier cosa yo te llamo. —Y la puerta se escuchó cerrarse.
El señor Cullen tomó asiento en el sillón que estaba enfrente de mi vista, y permaneció observando el cuarto.
—Sabes, cuando te encontré en el callejón lo primero que se me vino a la mente fue ¿qué hace una niña en esta situación? ¿No tendría que estar en su casa? Después que te desmayaste Méndez se encargó de esos dos infelices. Antes de irse uno de ellos dijo: "tanto por una niña de la calle, si no soy yo algún otro la tendrá, y tu no podrás evitarlo". Esas palabras las tengo en mi cabeza repitiéndose una y otra y otra vez. ¿Hace mucho estás viviendo en la calle?
—Lo suficiente.
—¿Sola o con alguna otra persona?
—Antes vivía con un chico, pero él se marchó.
—Entonces no hay nadie buscándote allá afuera.
El recuerdo de Eli me vino a la mente, ella estaría preocupada.
—¿Cuántos días llevo en el hospital?
—Tres días.
—Hay una persona que puede estar preocupada por mi paradero.
—Dime quién es y dónde vive, yo me encargo de hacerle saber que te encuentras bien. ¿Es pariente tuyo?
—Se llama Eli. Ella me ayudado, me da de comer y yo la ayudo con su negocio. No recuerdo las calles, pero no queda muy lejos del callejón. No es pariente mío, aunque la quiero como si lo fuera.
—Está bien, Bella, me voy a encargar de que ella sepa qué fue lo que pasó.
—Muchas gracias, señor Cullen.
—¿Quieres comer?
—Sí, por favor.
—Le diré a la enfermera que te traiga algo.
El señor Cullen salió de la habitación, tardó unos minutos en regresar.
—Bella, sé que no quieres responder, pero necesito saber cómo se llama tu mamá.
—Renée Swan. Sin embargo, su apellido de soltera es Dwyer. No quiero verla, por favor. —Supliqué.
—No te preocupes, sino la quieres ver no lo harás, te lo prometo. Pero entende que eres menor de edad y alguien se tiene que hacer cargo de ti. En caso de que nadie se haga cargo de ti, el hospital llamará a servicios infantiles.
—¿No puede hacerlo usted? Lo ha hecho hasta ahora.
—Me encantaría, me recuerdas mucho a una persona, pero no soy familiar tuyo y, por lo tanto, no puedo decidir sobre ti.
—¿Cómo van a encontrar a mi mamá?
—No te preocupes, de eso se encargará Méndez.
—¿Pero él no es guardaespaldas?
—Sí es guardaespaldas y también hace otras cosas, es un ex-militar.
—Permiso —dijo la enfermera—. Traigo la comida.
La enfermera apoyó la bandeja en una mesa con rueditas, se acercó hacia la cama y tomó una especie de control remoto, presionó un botón haciendo que la cama se levantará dejándome en posición sentada. Una vez que ya estuve cómoda, acercó la mesa.
—¿Puedes comer tu sola o necesitas ayuda? —preguntó la enfermera.
—Creo que puedo yo sola, gracias.
—Cualquier cosa que necesites aprietas este botón y vendré enseguida —explicó y me mostró cuál botón apretar.
La comida consistía en un pedazo de pollo al horno acompañado de puré de batata, un par de galletitas de agua y un vaso de gaseosa. Sencillo.
Iba a empezar a comer cuando noto que el señor Cullen sigue en la habitación.
—¿Usted no comerá?
—Claro que lo haré, pero me voy a quedar por si necesitas algo, cuando termines me iré a comer algo.
—No hace falta que se quede, puedo llamar a la enfermera.
—En ese caso, no tardaré mucho.
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—Permiso —dijo Méndez—. El señor Cullen me pidió que le informara que no podrá venir, se le presentó un imprevisto, en cuanto lo solucione vendrá, señorita.
—De acuerdo.
—El señor Cullen me pidió que me quedara con usted por si necesitaba algo. Si le incomoda, puedo sentarme afuera.
—Está bien, puedes quedarte.
—Permiso —dijo tomando asiento en el sofá.
—Si quieres puedes ver televisión.
Él solo asintió.
El tiempo que se quedó conmigo la pasamos en silencio. En la tarde regresó la enfermera trayendo mi merienda, Méndez solo se fue de la habitación dos veces para atender su celular. Eran cerca de las ocho de la noche cuando la enfermera nuevamente entró, esta vez con mi cena; Méndez salió para comer algo en la cafetería.
Estaba terminando mi cena cuando la puerta se abrió, pensé que era Mendez, pero resultó ser el señor Cullen.
—Hola, estrellita —saludó.
—¿Estrellita? —pregunté intrigada.
—Lo siento. Es que te había dicho que me recuerdas mucho a una persona y...yo... e-espero que perdones mi falta de... —Antes que siguiese disculpándose lo interrumpí.
—No tengo problema que me llame así, es solo que me tomó por sorpresa, solo eso.
—Perdon que me haya ido, tuve una emergencia en mi empresa.
—¿Tu empresa?
El señor Cullen se despojó de su saco y tomó asiento en el sofa.
—Tengo mi propia empresa. ¿Cómo te has sentido?
—Bien, creo. Con los medicamentos que me dieron no siento ningún dolor.
—Perfecto, hablé con el médico y dijo que todo está saliendo bien, y si sigues así en un par de días podrás irte.
—¿No puede ser antes? Me dan terror los hospitales.
—Hablaré con el médico, pero me dijo que quiere observarte estos días por el golpe fuerte que recibiste en la cabeza.
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El señor Cullen habló con el doctor Roser para ver si me podía dar el alta antes, pero fue inútil, el doctor insistió en que tenía que quedarme como mínimo dos días más en el hospital.
Esos dos días parecieron no tener fin, todas las mañanas el señor Cullen venía a verme y se marchaba al caer la noche, solo se retiraba cuando la enfermera me traía el almuerzo y aprovechaba él también ir a comer.
El día de mi alta finalmente llegó, en un par de horas me podía ir del hospital. Eran las dos de la tarde y Méndez no había regresado de llevar al señor Cullen, que se marchó disculpándose porque tenía que hacer varias llamadas de trabajo.
—Permiso —anunció la enfermera entrando a la habitación—. Vengo a retirar la charola. Veo que te has comido todo —dijo con una sonrisa en su rostro. Desde que estoy en el hospital comía como una reina, la comida era riquísima.
—Sí, estuvo riquísimo como siempre.
—Me alegra escuchar eso. Cuídate mucho, eres una hermosa niña y no mereces pasar por lo que estás pasando, ningún niño lo merece, ellos son nuestra futura generación, van a seguir nuestra existencia en el mundo cuando nosotros los mayores ya no estemos. —Unas lágrimas estaban cayendo por sus ojos.
—No llore, por favor.
—Prométeme que te vas a cuidar mucho, ¿sí? Y que cuando estés cerca del hospital te pases andar una vuelta a visitar a esta señora llorona.
—Te lo prometo, María.
Después de eso se retiró a seguir con su trabajo. Eran cerca de las cinco de la tarde cuando entra a la habitación el doctor Roser, el señor Cullen y Méndez.
—Bella, oficialmente estás de alta, señorita —dijo el doctor, entregándome un papel—. Guarda bien ese papel y cuando pases por la recepción tienes que entregárselo, para que sepan que ya te puedes ir.
—Ok.
—No te metas en más problemas, niña, no me gustaría verte de nuevo en el estado en que llegaste —aseveró retirándose de la habitación.
—Ve a cambiarte —dijo el señor Cullen extendiéndome una bolsa que contenía ropa.
Me levanté de la cama y con la bolsa de ropa me dirigí al baño a cambiarme. A salir solo estaba el señor Cullen sentado en el sofá de tres cuerpos.
—¿Lista?
Asentí.
—Vámonos, entonces.
El señor Cullen se dirigió hacia la puerta y la dejó abierta para que yo pasara primero. Una vez llegamos a la recepción, el señor Cullen sacó de su bolsillo trasero el papel que me había dado el médico y se lo entregó a la recepcionista que estaba ahí. Se suponía que lo tenía que tener yo y entregarlo, pero con mi cabeza despistada no me acordé para nada del dichoso papel.
Una vez la chica lo revisó, extrajo un bolígrafo del bolsillo de arriba del lado izquierdo de su delantal verde e hizo un garabato sobre él y se lo entregó nuevamente al señor Cullen.
El señor Cullen retomó la caminata hacia la puerta de salida. Al salir en la calle estacionado había un Mercedes Benz CLS y sosteniendo la puerta de atrás se hallaba Méndez.
El señor Cullen me hizo una seña para que entrara mientras él pasaba por atrás del vehículo para dirigirse a la otra puerta trasera, tomé una rápida respiración profunda para calmar a mis nervios; al parecer Méndez notó cómo me sentía porque me guiñó el ojo, eso bastó para que entrara al vehículo de una buena vez.
Una vez acomodada en el asiento, Méndez arrancó el auto saliendo del hospital.
—¿Bella? —Llamó mi atención el señor Cullen.
—Dígame, señor Cullen.
—Oh, por favor, no me llames así. Llámame por mi nombre.
—¿Cuál es su nombre?
—¿No te lo dije? —Negué—. Bella, tendrás que perdonar a este viejo, es que a veces se me olvidan cosas, yo estaba seguro que te lo había dicho. —Soltó una pequeña risa—. Méndez, recuérdame ir al médico —le dijo a Méndez riéndose un poco más fuerte.
—Sí, señor.
—Bella, mi nombre es Anthony Charlie Cullen, pero dime solo Anthony.
—¿Charlie? —Repetí conmocionada.
—Así es. ¿Pasa algo, cariño?
—Es que...m-mi papá se llamaba así.
—Oh, cariño, lo siento mucho.
—No se preocupe, todavía no lo asimilo.
—Quería hablarte de varias cosas y proponerte algo, pero lo haremos en el hotel.
—¿Hotel?
—¿Tampoco te lo dije?
—¿Decirme qué?
—Yo no vivo aquí, solo vine de negocios y retrasé mi ida de vuelta a casa porque tú estabas en el hospital.
—¿Dónde vive?
—En Nueva York. De eso mismo te quiero hablar, pero lo haremos en el hotel. ¿Te apetece comer algo? —Asentí.
Méndez iba reduciendo la velocidad, observé por la ventana del auto un cartel grande que decía "Millennium Biltmore Hotel", por lo que se veía similaba un hotel muy lujoso y caro, típico de los ricachones. Sabía que Anthony era rico por su manera de vestir, y que además tenía chofer y guardaespaldas. El auto siguió su camino hasta una cochera en el subnivel del hotel, Méndez abre mi lado de la puerta.
—Señorita —dice ofreciéndome su mano para bajar, titubeando la tomo con un poco de vergüenza, el señor Cullen ya se encuentra a mi lado.
—Vamos, pequeña.
Anthony camina hasta el ascensor, Méndez y yo lo seguimos. Éste presiona el botón veintisiete, por suerte no le tenía miedo a las alturas. El trayecto fue en silencio, las puertas se abrieron de nuevo, descendimos del mismo y caminamos por el pasillo hasta toparnos con la puerta que decía "Suite".
Al entrar había una sala de estar grande. El piso tenía una alfombra color gris oscuro, las paredes también eran gris pero más claro y el techo de color blanco. Había un ventanal que mostraba todos los edificios de Los Ángeles. En el centro se hallaba una mesa redonda con sillas blancas, colgando arriba una lámpara redonda y blanca. Al lado de la mesa había un sofá en forma de L color crema, a su derecha una mesita de luz con una lámpara y al lado un sofá de un solo cuerpo azul fuerte. Al fondo una chimenea incrustada en la pared. La verdad muy lindo y moderno.
—Toma asiento, Bella.
Me acerqué al sofá en forma de L y me senté. Anthony se retiró el saco, lo colgó en una silla y se acomodó en el sofá junto a mí.
—Bien —dijo nervioso—. Esto me resulta medio complicado decirlo porque no sé cómo lo tomarás, Bella.
—¿Que es Anthony? —pregunté intrigada.
—Tú me dijiste que estás sola en la calle, y no sé si sabrás que si te encuentra servicios sociales te llevan a un orfanato. ¿Lo sabías?
—Sí —respondí nerviosa.
—Quiero hacer algo para remediar eso, pero solo si estás de acuerdo. ¿Qué te parece si…yo te adopto? —expuso al fin nervioso.
—¿Qué?
¿que les pareció el capitulo? Al fin llego Anthony, y encima quiere adoptar a bella, ¿ella aceptará? Habrá que esperar hasta el próximo capitulo. Ustedes que opinan.
Una cosa mas quiero hacer un pov Anthony, donde el cuente un poco por lo que vivió, ¿Les gusta la idea? Si me dicen que si me pongo en ello para hacerlo en el capitulo 8.
Muchos besos para todas.
