- La guardián de los secretos -


No había estado de acuerdo con aquello, esconder las ambiciones y la realidad bajo aquella pantomima, ella sabía perfectamente quien era Roy Mustang, era un soñador, un idealista, una mente brillante y un trabajador incansable, pero él había decidido esconderse tras una mascara, siempre le dio igual que pensasen de él. No le importaba que lo viesen como a un perezoso mujeriego, que sabía rodearse bien y hacía lo posible por ascender rangos, por ganar cuotas de poder. Se escondía en discursos fáciles y superficiales y así evitaba que los demás conociesen sus verdaderas intenciones. Él decía que si mostraba todas sus cartas su carrera acabaría antes de lo previsto y no estaba dispuesto a arriesgar sus sueños por cuidar su imagen personal. Solo Hughes conocía la verdad... y ella.

Pero aquella mañana su pequeño teatro estaba crispando sus nervios, no había movido un solo dedo, reía con alguien en la puerta mientras ella se dedicaba a colocar su nuevo despacho. Miró a su alrededor, al enorme desastre que se desplegaba ante su vista y se enfado aún mas. Cuando terminase de ordenar todo, si es que algún día lo conseguía, seria una anciana amargada, que acabaría en la cárcel por haber matado a su jefe.

- Teniente Coronel – masculló intentando camuflar la irritación de su voz. - Tal vez piense que tengo poderes mágicos y puedo colocar todo el despacho yo sola, pero siento informarle que está muy equivocado.

- Si, soldado, lo siento – contestó.

- ¿Hawkeye? - preguntó sorprendido la persona con la que estaba hablando - ¿Riza?

- ¿Havoc? - se apartó de la estantería en la que estaba colocando los libros y miró hacía la puerta. - ¿ Jean eres tú?

- ¡No me lo puedo creer! - corrió hacía ella y dándole un abrazo la levantó por los aires. - Hacía siglos que no te veía.

- ¿Qué haces aquí? - preguntó tras lograr que la depositase en el suelo de nuevo.

- Me acaban de trasladar – se llevó una mano al pelo y sonrió – Breda también está por aquí, ya veras cuando le diga que Los ojos del halcón está en el cuartel.

- Rebeca también esta aquí – contestó.

- ¿Rebeca está aquí? Tenemos que quedar y celebrarlo por los viejos tiempos, ¿Puedes está noche? - preguntó colocándose las manos en la cadera.

- Tengo bastante trabajo aquí, pero cuando termine me encantaría volver a veros – comentó sonriendo.

Se despidió de ella prometiéndose estar en contacto y salió del despacho canturreando. Al darse la vuelta se dio cuenta de que Roy la observaba con una mezcla de curiosidad y algo más que no sabía distinguir.

- ¿Un viejo amigo Hawkeye? - le preguntó una vez que se habían quedado solos.

- De la academia, Señor - contestó mientras abría otra de las cajas pensando donde colocar los libros.

- Parece un buen hombre – murmuró distraído mirando hacía la puerta.

- Lo es, Señor.

No había pensado en su años en la Academia en mucho tiempo, no después de Ishval. Ahora parecían muy lejanos, había sido feliz, quizás por primera vez en su vida. Por primera vez solo era una chica de dieciocho años, una mas, sin preocupaciones, mas allá de aprobar los exámenes, rodeada de gente de su edad, con amigos, gente con la que salir a divertirse y bailar, cuando aún tenía ganas de bailar, cuando aun podía dormir una noche entera sin pesadillas, antes de saber que soñar con un país mejor tenía consecuencias, antes de que la sangre manchase su manos, antes de Ishval.

Pero ya no tenía derecho a lamentarse, ella había escogido su camino, era su culpa, no era una víctima, era un verdugo y si alguna vez fue feliz, no tenía tiempo para regodearse en sus recuerdos.

Se sentó frente a la caja y dejó escapar un largo suspiro. No podía creerse las largas horas de trabajo que aún les quedaba por delante.

- ¿Sucede algo? - preguntó mientras colocaba una lampara sobre la mesa.

- No, señor – dijo levantando uno de los libros .- No se en que orden colocarlo, por orden alfabético, por temas, por autor...

- ¿Tiene mucha importancia? Colóquelos de cualquier manera, mientras estén ordenados...

- Por supuesto, Señor, Así cuando los necesitemos sabremos donde están exactamente, no pueden estar de cualquier forma, es muy importante como los ponemos...

- Es verdad., no lo recordaba...

- ¿El que señor?

- Que siempre quisiste tener una librería.

Apartó la vista de las cajas para observarlo a él, miraba fijamente uno de los archivos, perdido una vez más en su pensamientos, ¿Como podía recordar las cosas de esa manera? Solo eran unos niños cuando esas ideas pasaban por su cabeza. ¿Cuanto tiempo había pasado? ¿ diez años?

- Parece ser que no hecho más que alejarte de todo lo que querías – murmuró.

- He sido yo la que ha tomado mis propias decisiones – contestó poniéndose en pie y mirando hacía la estantería. - No es culpa de nadie mas que mía, Señor.

Él sonrió con tristeza y comenzó a colocar los archivadores al otro lado del despacho. A veces se preguntaba donde estaría si no le hubiese seguido, que clase de mujer sería. Que sueños e ilusiones tendría. Si aún viviría en su pequeño pueblo, si habría formado una familia o si aún le estaría esperando.

Se detuvo de nuevo frente a la estantería sin tener muy claro como ordenar los libros, y casi sin darse cuenta sintió su presencia detrás de ella. Tan cerca que podía olerlo, y sentir el calor que emanaba de su piel. Alargó el brazo y colocó el libro que ella tenía entre las manos en lo alto de la estantería.

- Creo que ordenarlos por temas estaría bien – dijo sin separarse de ella, con la mano sobre la suya.

- ¿Señor?- no se atrevía a moverse, cuando estaba tan cerca sus sentidos se nublaban y era incapaz de pensar en otra cosa. Pero ya no era una adolescente, ese tiempo había pasado para ellos.

- Se que no me culpas – dejó caer el brazo a lo largo de su cuerpo pero no se alejó. - Pero soy responsable de todo lo que te ha pasado, a veces, por más que lo pienso, no entiendo como sigues a mi lado. ¿ Es solo porque te culpas de haberme confiados los secretos de la alquimia? ¿Te estas castigando?

- Si - murmuró y sintió como él daba un pequeño paso atrás. - Pero no solo eso... yo... - se dio la vuelta para mirarlo a la cara, parecía desolado. - Cuando prometí seguirlo hasta el infierno, no lo hice para castigarme, ni para vigilar que mantuviera su palabra... fue...porque- se calló, no podía decirlo, no podía permitirse ser tan débil, ni tan irresponsable. - Es altamente inapropiado decirle esto a un superior, lo siento.

Sus ojos se abrieron de par en par, siempre había sabido entenderla sin palabras, y se sintió incomoda y fuera de lugar, como aquella niña que lo esperaba en la puerta de su casa, fascinada por aquel chico de ciudad que la hacía sentir viva. Apartó la vista avergonzada, pero él recorrió la distancia que los separaba y cogió su cara entre sus manos obligándola a mirarle.

- Riza – susurró con una sonrisa en lo labios, oír su nombre hizo que su corazón diese un vuelco, no la había llamado así desde que comenzara a trabajar para él, meses atrás. - También es altamente inapropiado para un superior decirlo.

Se inclinó con mucho cuidado sobre ella y posó lo labios sobre los suyos, fue un beso inocente y breve.

- ¿Señor? - preguntó confundida sin atreverse a abrir los ojos.

- De todos los secretos que nos hemos visto obligados a guardar, este es el único que me da fuerzas para seguir - acarició su mejilla y apoyó la cabeza en su frente. - Así que dime ¿Quieres que guardemos este secreto juntos? Aunque no lo merezcamos.

- Hasta el día que seas Fuhter – contestó abrazándose a él, la apretó contra él, respirando aliviado y estuchó como una risa nerviosa escapaba de sus labios. - Pero hasta entonces... - se separó de él. - No puede volver a abrazarme en su despacho como si nada, es una flagrante falta de respeto por las normas del Estado, Señor.

- Y usted es una obediente cumplidora, soldado, lo se – se dirigió de nuevo hacía su montón de cajas y comenzó a desempaquetar todos los trastos que aún les quedaban por ordenar.

Ella se dio la vuelta, intentando concentrarse de nuevo en los libros, pero las manos le temblaban, tenía el estomago revuelto, su corazón bombeaba tan frenético que no podía oírse pensar y aunque sabía que aquello no estaba bien, que no podía permitírselo, tenía ganas de echarse a reír. De pronto sintió como la agarraba del brazo y antes de darse cuenta estaba de nuevo entre sus brazos, en un nuevo beso, mucho mas salvaje y apasionado que el anterior.

-¿Señor?- logró tartamudear cuando se separó de ella. - Creía que... creía que había quedado claro.

- Si supieses las ganas que tenía de esto, serías mucho mas indulgente conmigo - se separó de nuevo de ella y como si nada hubiese pasado comenzó a colocar las cosas. - Y ahora póngase a trabajar, no puede quedarse ahí quieta como si fuese una estatua en medio del despacho.