Antes de empezar: Mil disculpas por la tardanza, pero este es el primer día libre que tengo desde que empezaron las clases. No tienen una idea de la cantidad de tareas que me mandaron. La buena/mala noticia es que me enfermé el fin de semana, lo que significa que tengo la mañana libre. Supongo que me dará el tiempo suficiente para volver a escribir.
Disclaimer: Phineas y Ferb no me pertenecen, pero si así fuera… ¡Qué feliz sería!
En el capítulo anterior:
Era más que obvio que él sólo significaba para ella un niño. Nada más. Eso nunca cambiaría.
-Eso es todo. –susurró Ferb sin que nadie lo oyera.
La voz de Phineas interrumpió sus tristes pensamientos.
-Oye, Ferb. Está lista.
Ferb miró la máquina mientras la frase recién susurrada daba vueltas en su cabeza una y otra vez. "Eso es todo". El peliverde intentó concentrarse en la máquina, la miró fijamente. "Eso es todo… ¿o no?".
Ferb tenía una idea.
Capítulo VII: "4 – años – mayor"
De repente la tristeza de Ferb se esfumó. Algo había iluminado las tinieblas de sus heridas: esperanza. Aún no había perdido la esperanza, aún quedaba una chance, una mínima posibilidad.
Una figura de pirámide de tres lados se desplegaba sobre el césped de su jardín. Era una imagen preciosa, casi mágica para Ferb. El peliverde se paró y se acercó a donde estaban el resto de los chicos.
-Creo que exageramos un poco con el tamaño. –comentó Phineas puesto que el aparato llegaba a la altura de la ventana de Candace. –Pero lo que importa es que funcione. –concluyó.
Isabella acarició a Suami.
-Descuida, sólo cambiaremos tu edad un poco. –tranquilizó al unicornio.- Serás un poco más joven y podrás vivir en mi habitación todo lo que quieras. ¿Qué te parece eso?
Por supuesto el unicornio no respondió. Isabella lo empujó un poco para que se acercara a la máquina.
-Muy bien, Isabella. Sólo haz que se pose allí. –le indicó Phineas. Señaló el centro de la pirámide.
Isabella continuó empujando a Suami hasta hacerlo pararse en el exacto sitio que Phineas había señalado.
-Estamos listos. –dijo Phineas – Para comenzar sólo hagámoslo 2 años más joven. El pelirrojo presionó algunos botones y movió unas cuantas palancas. -¿Listo, Suami? –preguntó sin intención de recibir respuesta. Finalmente presionó un enorme botón rojo en el centro del tablero.
La pirámide se iluminó por completo. Dicha luz hizo que todos los chicos tuviesen que cerrar sus ojos. La fosforescencia también molestó a Candace, cuya ventana estaba extremadamente cerca de dicha pirámide.
-¡Funciona! –exclamó Phineas.
De un segundo a otro la irradiación se terminó y todos pudieron volver a abrir los ojos. La vista de todos los chicos se dirigió de inmediato al unicornio que había reducido su tamaño un poco, pero que seguía siendo demasiado grande para vivir en el cuarto de Isabella.
-¿Qué dicen si lo volvemos unos 2 años más? –preguntó Phineas.
La ventana de la habitación de Candace se abrió de repente.
-¡Phineas! –exclamó la voz de la pelirroja mientras intentaba sacar su cabeza por la ventana, cosa que no consiguió con gran éxito. Su rostro chocó de lleno con la estructura que sus hermanos habían creado y la chica se vio obligada a retroceder. -¿Qué rayos hicieron esta vez? ¿Qué era esa horrenda luz verde?
La chica salió despedida de su habitación y cruzó su casa a toda velocidad. Cuando por fin llegó al patio trasero se quedó muda ante la imponente presencia de la pirámide.
-¿Phineas, qué es eso? –dijo la chica atónita.
-Una máquina para cambiar la edad, Candace. Haremos que el unicornio de Isabella se vuelva un bebé. –contestó su hermano irradiando optimismo.
-No se saldrán con la suya. Los acusaré. –respondió la chica sin dudarlo un segundo. Entró corriendo y marcó rápidamente el número de su madre. -¡Mamá! –gritó cuando por fin la atendió. – No vas a creer lo que Phineas y Ferb hicieron. Es enorme e irradia una luz verde. –explicaba la chica. –Y además quieren convertir el unicornio de Isabella en un bebé. Sí, Isabella sí tiene un unicornio. –La chica se esforzaba, sin embargo no había forma de que su madre creyera que su pequeña vecina de 10 años no sólo poseía una criatura mitológica en su casa, sino que también sus propios hijos habían creado una enorme máquina fluorescente que le cambiaría la edad a dicha criatura. Candace colgó resignada. –No tiene caso. –suspiró –Jamás voy a atrapar a Phineas y Ferb. –concluyó tristemente mientras volvía a su habitación.
Una vez más el resplandor verde inundó el jardín y el unicornio se veía cada vez más pequeño.
-Ya estamos más cerca. –comentó Phineas. –Unos dos o tres años más y lo conseguiremos. –dijo contento.
-De acuerdo, Phineas. Hagámoslo.
Los chicos repitieron el proceso unas 2 veces más. El unicornio se había vuelto realmente pequeño. Isabella se acercó para poder verlo mejor.
-¿Sabes, Phineas? Creo que deberíamos hacerlo un año más grande. Parece que necesitara la atención de su madre. –comentó la chica.
-Un año más grande a la orden, Isabella. –dijo el muchacho de cabello rojo mientras volvía a mover unas cuantas palancas y a presionar algunos botones.
Ferb se mantuvo atento, quería ver si realmente funcionaría intentar volverse más grande. Phineas presionó el botón rojo. El unicornio era ahora chico, pero era evidente que no necesitaba del cuidado de su madre biológica.
-¡Perfecto! –exclamó Isabella. Corrió al interior de la pirámide para abrazar a su pequeño unicornio. Su cuerno era más pequeño, su cuerpo más corto y regordete y sus ojos parecían más grandes. –Se ve aún más lindo que antes. –ciertamente el verse más pequeño lo hacía verse más tierno. –Gracias, Phineas.
-No hay de qué, Isabella. –añadió Phineas. -¿Qué dices si le damos algo de comer a este pequeño? Cambiar de edad tantas veces en un mismo día debe dar muchísima hambre.
-Claro, Phineas. –aceptó la chica.
-Veamos qué hay en la cocina. –propuso el pelirrojo. –Vamos, Ferb.
Isabella, Phineas, Ferb y la tropa de niñas exploradoras entraron en la casa de los Flynn-Fletcher. Isabella continuaba abrazando a su pequeño unicornio blanco.
-Es tan tierno. –decía una y otra vez. –Oigan, ¿y Perry? –preguntó recordando lo tierno que también le resultaba el ornitorrinco de su amado Phineas.
El ornitorrinco se encontraba en su deslizador. La pantalla en la que siempre aparecía el Mayor Monograma se encendió y la imagen del canoso hombre que solía decirle que detuviera a Doofenshmirtz de pudo divisar.
-Oh, ahí estás, agente P. –advirtió el hombre. –Sabemos que Doofenshmirtz planea algo. Tu misión es ir y detenerlo a como dé lugar.
-Oiga, señor. –interrumpió la voz del interno. -¿Qué corbata cree que se verá mejor para su boda?
El agente P abrió los ojos sorprendido y el Mayor Monograma lo miró fijamente con gran incomodidad.
-Oh. –dijo Carl cuando notó que había metido la pata y que su jefe estaba hablando con Perry el ornitorrinco. –Hola, agente P.
-Bueno, esto es incómodo. –dijo el Mayor Monograma que intentaba salvar la situación. –Verás, agente P. Te hubiese invitado pero…-Perry lo continuaba mirando con algo de tristeza.- Es que mi futura esposa no quería que hubiese animales en la fiesta. Supongo que comprenderás, ¿cierto, agente P? Oh, bien. Además debes encargarte de Doofenshmirtz. ¿No te molestará no ir? –el Mayor Monograma dejó de dirigirse a Perry para reprochar a Carl. –Te dije que no habláramos frente a él, Carl.
-Lo siento, señor.
-Como sea, buena suerte, agente P. –concluyó mientras cortaba la comunicación lo más rápido que pudo.
El ornitorrinco intentó ignorar todo lo que había escuchado hacía unos momentos y aceleró su deslizador para llegar rápidamente al edificio de Doofenshmirtz malvados y asociados.
Ferb no podía despegar sus ojos del aparato que estaba en su jardín. Moría por utilizarlo y su cabeza intentaba maquinar un plan para que nadie notase que lo había hecho, cosa que resultaba muy difícil dado a la fluorescencia de dicho invento.
-¿Sucede algo, Ferb? –advirtió Isabella que a pesar de sus 10 años de edad notaba muy bien que algo le sucedía al chico. Ferb no contestó, pero dejó de mirar el aparato. –Interesante invento, ¿cierto? –continuó la chica. –Es fabuloso. Incluso tentador… -la intuición femenina de Isabella no fallaba, y ella lo sabía muy bien. Hacía todo lo posible para que Ferb confesara, pero no fue necesario. Con las últimas palabras Ferb se había puesto nervioso y había comenzado a dudar. La chica sonrió. –Lo supuse. –confirmó la chica. Acto seguido salió al jardín seguida de Phineas y de las chicas exploradoras.
Ferb se había quedado asombrado, jamás había notado la inteligencia de la chica y su increíble olfato para todo lo que estuviese relacionado con el amor. Cuando se repuso de la sorpresa siguió a sus amigas y hermano al jardín.
-Bueno, creo que ya le dimos bastante de comer a este pequeño. –dijo Phineas acariciando la cabeza del unicornio.
-Así es. Y por suerte no necesitamos mucha comida. –agregó Isabella. –Es una suerte, así podré tenerlo en mi habitación todo el tiempo que desee.
-Genial, Isabella. ¿Qué haremos ahora? –preguntó Phineas ansioso por seguir haciendo cosas. El día apenas comenzaba.
-Bueno, no sé si alguien más quiera utilizar la máquina. –dijo lanzándole una mirada a Ferb que se quedó inmóvil e ignoró por completo el comentario de la chica. –Por ahora iré a dejar a Suami en casa.
-Muy bien, Isabella. Deberíamos preguntar si alguien más tiene problemas con alguna cosa y deba cambiarle la edad a alguna masco o artefacto. Esta máquina funciona con cualquier cosa. Vamos, todos. –dijo Phineas pidiéndole a las niñas exploradoras y a Ferb que lo siguieran.
-Será mejor que nos separemos. –ofreció Holly, una de las niñas exploradoras.
-Buena idea. –celebró Phineas.
Los chicos se separaron y cada uno fue en una dirección diferente. Isabella fue a su casa prometiendo que luego de dejar a Suami iría a buscar más personas. Ferb le dio una vuelta a la cuadra de su casa y volvió a entrar por el jardín trasero. Su hermana Candace estaba en su habitación y había cerrado la cortina para que la luz fluorescente no le molestara más. Todo parecía óptimo para que Ferb pudiese utilizar la máquina mientras nadie miraba. El peliverde se acercó al tablero e investigó los botones y palancas. No estaba muy familiarizado con la máquina pues no la había construido él. Luego de muchas combinaciones consiguió lograr que la máquina indicara "4 – años – mayor" y que con sólo presionar el botón rojo cualquier cosa que estuviese en la pirámide fuese 4 años más viejo. La pregunta ahora era cómo presionaría el botón y estaría bajo la pirámide al mismo tiempo.
-Oye, Ferb, ¿qué estás haciendo? –dijo la dulce voz de una niña de 10 años detrás de él. Ferb se dio vuelta y pudo ver que Isabella no había ido a buscar personas que ayudar como dijo que lo haría. Era de esperarse, el chico se sintió avergonzado de no haberlo visto venir. -¿Quieres que lo presione por ti? –ofreció la chica que parecía buscar complicidad con él. Isabella se acercó lo suficiente como para leer lo que la máquina decía: "4 – años – mayor". –Sólo tengo una pregunta, Ferb. ¿Por qué quieres ser 4 años mayor?- la chica lo miró a los ojos, no hizo falta más. De hecho la chica suponía cuál era la respuesta antes de preguntárselo, mirar el brillo ilusionado y enamorado de los ojos de Ferb sólo confirmó lo obvio. –Ve, Ferb. Yo presionaré el botón por ti.
El muchacho obedeció y se posicionó en donde hacía un rato estaba Suami. La niña de largo cabello negro presionó el botón rojo y la luz verde colmó el patio trasero de la familia Flynn-Fletcher.
Perry bajó lentamente por el techo del edificio de Doofenshmirtz malvados y asociados. El hombre lo advirtió de inmediato.
-Llegas tarde, Perry el ornitorrinco. –dijo con enfado. –Creí que llegarías antes, después de todo es la boda de Mayor Monograma, pensé que querrías llegar a tiempo. –le reprochó.
El hombre llevaba un traje puesto, como si fuese a ir a una ceremonia realmente elegante, además sabía de la boda de Mayor Monograma. Perry sospechó que algo estaba sucediendo. ¿Sería posible? ¿El Dr. Heinz Doofenshmirtz había sido invitado a la boda de Mayor Monograma y él no?
-Oh, muy bien, Perry el ornitorrinco. Debemos apresurarnos si queremos llegar a tiempo a la boda. En especial tú que… un minuto, ¿por qué no traes puesto tu traje? Llegarás realmente tarde, Perry el ornitorrinco.
Sí, era posible. El Doofenshmirtz asistiría a la boda de Mayor Monograma y Perry no lo haría. No tenía sentido.
-¿Es que no te invitaron a la celebración? –inquirió Doofenshmirtz notando que los ojos de Perry estaban abiertos como platos y que parecía estar realmente shockeado. Doofenshmirtz dejó escapar una carcajada. -¿En verdad, Perry el ornitorrinco? –continuó aún riéndose. -¿Yo estoy invitado a la boda de Mayor Monograma y tú no? –siguió riéndose. Perry lo miró con tristeza. Doofenshmirtz se sintió un poco culpable y dejó de reírse. –Oh, descuida, Perry el ornitorrinco, estoy seguro de que no me hubiesen invitado si no conociera también a su prometida. –dijo intentando hacer que Perry se sintiera un poco mejor. El hecho de que Doofenshmirtz no fuese un invitado del novio tranquilizó un poco a Perry. –Creo que deberíamos comenzar con lo del plan malvado, así no llegaré tarde. Te contaré como estuvo la fiesta la próxima vez que vengas, Perry el ornitorrinco. En fin, lo haré rápido, no te robaré mucho tiempo. –sin dar más vueltas, Doofenshmirtz inició con la explicación de su plan. –Bueno, ayer te hablé de mi hija y de mis conclusiones y de su tristeza y todo eso. Bueno, resulta que me equivoqué… ¡Un segundo! –exclamó Heinz cuando notó que aún no había capturado a Perry el ornitorrinco. –Creo que con la prisa se me olvidó capturarte. –añadió mientras presionaba un botón y una jaula atrapaba a Perry en su interior. –Como sea. La cuestión es que ya descubrí la razón por la cual mi hija estaba tan triste. Estuve revisando las llamadas telefónicas que tuvo y leí todos los mensajes que… -Perry frunció el ceño. -¿Qué? –preguntó Doofenshmirtz ante la mirada acusadora del ornitorrinco. –Sé que es ilegal, pero es mi hija, ¿qué querías que hiciera? –Perry mantuvo su mirada firme. –Lo entenderás cuando tengas hijas, Perry el ornitorrinco. Como sea, averigüé que ese chico que tanto le gustaba. Ya sabes, Johnny, lo viste en su fiesta de cumpleaños. ¿Cierto? Bueno, ese chico está saliendo con otra y eso provocó que estuviese en una especie de "triángulo amoroso". Lo cual nos lleva a mi último invento. –Doofenshmirtz retiró una sábana blanca que cubría su último rayo. Era enorme y parecía peligroso. –El "destriangulizador". –lo presentó Heinz haciendo referencia al nombre que estaba escrito en enormes letras rojas. –Te estarás preguntando qué es lo que hace. Es muy simple de adivinar, Perry el ornitorrinco. Lanza un rayo que hará que cualquier cosa que tenga forma triangular desaparezca para siempre. Así me desharé de todos los triángulos en el área limítrofe, incluyendo a los "triángulos amorosos". Todo aquello que sea triangular será destruido. –Doofenshmirtz lanzó una carcajada nuevamente, esta vez mucho más siniestra que la anterior. Incluso parecía algo ensayada, a diferencia de la anterior que era totalmente espontánea.
A Perry se le cruzó una imagen por la mente que le generó escalofríos. Phineas. La forma de la cabeza de Phineas era la de un triángulo. Significaba que esa máquina destruiría a Phineas. Perry no podía permitirlo. Tomó su sombrero y cortó dos de las barras de la jaula. Las pudo doblar lo suficiente como para formar una especia de triángulo mientras Doofenshmirtz programaba su rayo.
-Bueno, Ferb. –dijo Isabella que no podía quitar los ojos de encima del chico. –Te ves bien.
Ciertamente se veía bien. Ferb Fletcher se veía mucho mayor, quizás porque ahora lo era, y se veía más que apuesto con su cuerpo de 16 años. Mucho más alto, atractivo y moderno.
-Estoy impresionada. –concluyó la chica cuando por fin se repuso del shock. –Seguro vas a gustarle a tu chica.
Ferb se sonrojó y se sorprendió, nunca había dicho realmente por qué hacía todo esto.
-Yo no dije… -comenzó Ferb.
-Pero lo sé. –dijo Isabella. La chica suspiró. –Se ve en tus ojos y en cómo actúas. No quieres que nadie lo sepa y te mueres porque alguien lo adivine. Sé lo que se siente. –la chica dejó escapar un suspiro. –Es muy triste saber que sólo te verá como una amiga…
-O un niño. –añadió el peliverde refiriéndose a su propia situación.
-Sí. Por eso quiero ayudarte. –dijo dejando de lado el tono depresivo con el que venía hablando. -¿Qué estás esperando? Ve por ella. –le ordenó la chica.
Ferb asintió y corrió unos pasos hacia la puerta, la abrió y se detuvo.
-Isabella… -comenzó a pedirle Ferb.
-Descuida, yo te cubro. –contestó la chica adivinando lo que Ferb iba a pedirle. –Ahora ve.
El peliverde sonrió y volvió a correr. Tenía una casa que encontrar y una chica que conquistar.
-Suerte, Ferb. –deseó la chica cuando Ferb ya no estuvo en el patio. –Ojalá seas más afortunado que yo. La chica volvió a escucharse triste.
A lo lejos la voz de su amado se oía cada vez más fuerte. El chico parecía contento. Isabella tenía algunos segundos para pensar en una explicación coherente de por qué Ferb había desaparecido.
Continuará…
Quizás delire… pero presiento un poco de Phinbella, ¿no lo creen?
