MI PRINCIPE ENCANTADO
Hola chicas aquí les traigo una adaptación de la novela de Julie Garwood con los personajes de Inu-Yasha de sensei Rumiko
Así que ACLARO: esta historia no es mía, pero cuando la leí solo pude imaginarme a Sessho y a Kag en estos personajes jejeje :)
SI VEN PALABRAS SEPARADAS EL CULPA D FANFICTION NO MIAS JEJEJEJEJEJE
DISCULPAS POR NO HABER SUBIDO AYER EL CAP. ENVERDAD NO TUVE TIEMPO, NI PARA COMER CASI, SOLO POR QUE ME OBLIGARON JEJEJE ASÍ QUE ESTE CAP. VA A SER UN POCO MÁS LARGO. BUEN FIN DE SEMANA!
AQUÍ EL NUEVO CAP. SALUDOSSSSSS
Cap. 7
No veía la hora de alejarse de ella. La atracción física que le inspiraba no había disminuido en todo el viaje. Durante la noche tempestuosa, cuando la tormenta parecía más amenazante, Sesshomaru había despertado encima de Kagome, hociqueándole el costado del cuello. No tenía la menor idea de cómo había llegado hasta allí. Sólo sa bía que la deseaba con una intensidad nunca antes experi mentada. El sueño había debilitado sus defensas; sin duda por eso la buscó instintivamente para satisfacer su apetito. Y desearla no sólo era doloroso: le producía un miedo mortal. Gracias a Dios, había despertado a tiem po, antes de arrancarle el camisón, con lo cual habría sido ella quien se llevara un susto de muerte. Por fortuna, Kagome nunca sospechó el peligro que había corrido. Exhausta como estaba, durmió durante todo ese ataque involuntario. Sólo despertó cuando él, cobrando con ciencia de lo que estaba haciendo, se apartó de ella. Y entonces no tuvo mejor idea que seguirlo al otro lado de la cama. Se acurrucó descaradamente contra él y siguió durmiendo. Esa mujer era demasiado confiada para su propio bien. Pero él era su esposo, aunque fuera sólo de nombre y por un breve período, y debía hacerla sentir segura. Su deber no era gozarla, sino protegerla.
Sesshomaru pasó el resto del cruce oceánico batallando con su lascivia. Cuando desembarcaron en Boston se sentía ya como un ogro libertino. Sólo a fuerza de disciplina lograba no actuar como tal. Kagome había querido que continuara durmiendo en su camarote todas las noches, aun pasada la tormenta. No se lo pidió directamente, por supuesto. No: dio vueltas alrededor del asunto durante más de una hora, elaborando un argumento que a él le pareció él más ilógico de todos los que hubiera escuchado; según ella, la conclusión era que él, por su propio bien, debía continuar compar tiendo amistosamente el alojamiento. Y tuvo el descaro de agregar que, en realidad, al permitírselo le hacía un favor enorme.
Según la traducción de Sesshomaru, esa confusa diserta ción significaba que ella tenía miedo de estar sola, aun que fuera demasiado terca para admitirlo. Obviamente, la tormenta la había asustado. Con él se sentía a salvo; aunque eso era en cierto modo un halago, tam bién resultaba endemoniadamente irónico, pues se ha bría sentido aterrorizada, de haber tenido alguna idea de lo que su compañero pensaba constantemente.
La noche más difícil fue la última que pasaron a bordo del Sengoku. Sesshomaru aguardó hasta asegurarse de que ella ya estaba dormida; luego entró en el camarote tan silenciosamente como pudo. Había estado dur miendo con sus mantas en el suelo. No era incómodo. En tantos años de vivir al aire libre había aprendido a dormir en cualquier parte. No, lo duro del suelo no era problema. El problema era Kagome. La encontró sentada en una silla, vestida con un camisón blanco, una bata y un par de pantuflas blancas, adornadas con ridículos lacitos de satén. Se estaba cepillando el pelo y tararea ba. Era hipnótico. Sesshomaru pasó un largo minuto mirán dola. Ella sonrió a manera de saludo. Él reaccionó con un gesto ceñudo; luego se volvió para retirarse. Habría querido echar a correr, pero caminó.
-¿Adónde va usted? -preguntó ella, dejando apre suradamente el cepillo en un baúl para levantarse.
Él respondió sin volverse: -Arriba, a cubierta.
-No se vaya, por favor. Necesito hablarle. Sesshomaru alargó la mano hacia el pomo de la puerta. Acuéstese a dormir, Kagome. Hablaremos mañana.
-Pero quiero que hablemos ahora.
Él rechinó los dientes, frustrado. Al parecer, no había modo de escapar de esa tortura. Tendría que mirarla otra vez, verla cubierta por ese camisón y esa bata delgados como el papel, y fingir que nada lo afectaba.
Ya comenzaba a imaginar lo que había debajo. -¡Diablos!
-¿Decía usted?
Sesshomaru giró hacia ella y se apoyó contra la puerta, con los brazos cruzados contra el pecho. Luego dejó escapar un suspiro tan fuerte que bien habría podido sacudir el buque.
-¿De qué desea hablar?
-De nosotros -barbotó ella.
Él enarcó una ceja. Kagome forzó una sonrisa: trata ba desesperadamente de no dejarse intimidar por esa actitud gruñona. No quería discutir con él. En realidad, detestaba cualquier tipo de confrontación. Siem pre había sido una pacificadora. Solía expresar su de seo de que todo el mundo se llevara bien, aunque su abuela le asegurara que eso era inalcanzable. Ahora, ya adulta, se imponía metas más accesibles; por el mo mento, lo único que deseaba era llevarse bien con Sesshomaru.
-¿He hecho o dicho algo que lo molestara? -pre guntó.
-No.
Trató de mantener la compostura. No quería de mostrar que el tema la preocupaba.
-¿Está usted seguro?
-Estoy seguro.
No le creyó.
-Pues ha pasado la mayor parte del viaje evitán dome. No hemos mantenido una sola conversación que durara más de cinco minutos, y no puedo sino pregun tarme si dije algo que...
Él le cortó la frase:
-Es tarde, Kagome. Duerma, que mañana... -La muchacha lo interrumpió.
-Mañana desembarcaremos. Es preciso que para entonces ya hayamos discutido nuestros planes. No quie ro hablar de algo tan privado delante de extraños.
Se retorcía las manos con obvia agitación. Además, comenzaba a enrojecer. Sesshomaru se sintió horriblemente cul pable, sabiendo que la causa de ese nerviosismo era él. Y Kagome tenía razón, por supuesto: la había estado evitando; había hecho todo lo posible para poner distancia con res pecto a ella. Pero no iba a explicarle por qué. Con la ver dad sólo habría logrado ponerla más incómoda.
Se estaba comportando con nobleza, por primera vez según creía, y ella jamás se enteraría de eso. Se apartó de la puerta para cruzar el camarote y sentarse en la silla que Kagome terminaba de desocupar. Reclinado, con las largas piernas estiradas, la miró con fijeza. Kagome fue a sentarse en el borde de la cama, con las manos cruzadas en el regazo, sin apartar la vista de él. Estaba resuelta a obtener algunas respuestas, aunque eso demandara toda la noche. Se estaba comportando con nobleza, por primera vez según creía, pues estaba decidida a enfrentarse con Sesshomaru Taisho, aunque eso ter minara en una verdadera reyerta. La mera posibilidad le revolvía el estómago.
Su bella e intocable esposa parecía angustiada, lo cual multiplicó por diez sus remordimientos. Decidió decirle una verdad a medias.
-Es cierto que la he estado evitando en lo posible -admitió. "Y ha sido una hazaña de todos los dia blos", agregó para sus adentros. Al fin y al cabo se en contraban a bordo de un barco, y el Sengoku parecía haberse ido encogiendo más y más desde la partida-. Y ha sido difícil -añadió.
-¿De veras?
-Sí.
-¿Por qué?
-Verá, Kagome: prometí a su abuela que cuida ría de usted. He tratado de que usted estuviera bien y que nadie la molestara, pero al mismo tiempo in tentaba mantener las distancias. Sí, ha sido más que difícil.
Ella, con aire de desconcierto, enhebró los dedos en su pelo. Sesshomaru habría querido pedirle que dejara de hacerlo. Era provocativo, excitante. Esa mujer era una seductora, sí, y ni siquiera lo sabía. Él sintió que estaba cerca de la santidad.
-Todavía no me ha explicado por qué sentía la necesidad de evitarme -le recordó ella.
Parecía un oso tras la miel: no iba a renunciar. Sesshomaru decidió que sólo tenía una alternativa: mentirle. -No quería que usted se apegara a mí.
Volvía a sentirse orgulloso de sí mismo, pues ha bía mentido sin reír.
Ella lo miró con el entrecejo fruncido.
-¿Habla usted en serio o está bromeando? -No le dio tiempo a responder-. Ocurre que soy su esposa -le recordó, casi gritando.
Y la condenada volvió a enhebrar los dedos en su cabellera. Él casi pudo sentir entre los suyos esa textura sedosa, casi percibió su fragancia, casi...
Cerró los ojos para no mirarla, completamente disgustado consigo mismo: tenía menos disciplina que una cabra.
-Por favor, perdone si le he levantado la voz-ro gó ella. Aspiró hondo y aflojó los hombros, obligándose a recobrar la serenidad. Nada lograría si no dominaba su mal genio. Obtener respuestas sinceras de Sesshomaru Taisho estaba resultando un verdadero desafío, irritante y enlo quecedor. Ese hombre decía cosas sin ningún sentido. Pero no convenía hacérselo saber, así que decidió enfo car las cosas de otro modo: utilizaría la diplomacia.
-Sé que usted no quería casarse.
-Preferiría la horca.
Kagome debería haberse sentido insultada o, cuan do menos, herida por esa actitud. Su reacción fue jus tamente la contraria. La sinceridad de Sesshomaru le pareció refrescante y humorística. No llegó a reír, pero no pudo disimular una sonrisa.
Él abrió los ojos para ver cómo reaccionaba a su brusquedad. La sonrisa lo tomó por sorpresa; se descu brió devolviéndola.
-Estamos en un verdadero embrollo, ¿no?
-No estoy segura de entender lo que eso significa.
Sesshomaru no tenía muchas ganas de explicárselo. Se inclinó hacia adelante para quitarse los zapatos. Luego, los calcetines. Finalmente se levantó, desabotonándose la camisa, y bostezó sin disimulos, para insinuar, sin mucha sutileza, que estaba cansado.
Kagome seguía sentada en el borde de la cama, obser vándolo sin decir palabra. Por Dios, qué hombre tan frustrante. Se preguntó si su abuela habría previsto lo terco que Sesshomaru podía ser: decía haber investigado a fondo al señor Taisho, con quien mantuvo largas discusio nes. Kagome estaba segura de que él habría respondido a todas las preguntas de la Señora. Conociendo el modo de actuar de su abuela, Kagome suponía que esas entrevis tas habían sido interrogatorios velados en los que, sin duda alguna, obtuvo todas las respuestas deseadas. Dejó escapar un fuerte suspiro, lamentando no haber hereda do ese rasgo de la Señora. Ser un poco prepotente de vez en cuando tenía sus méritos.
Sesshomaru, sin prestar la menor atención a su flamante esposa, se quitó la camisa, desenrolló sus mantas, apagó la lámpara y se estiró sobre el suelo. Su cama improvisada estaba al otro lado de la habitación. Cuando iba allí a dormir ponía entre ellos toda la distancia posible. Despertar encima de Kagome había sido un peligro extre mo, y no pensaba permitir que volviera a suceder.
Kagome renunció a todo intento de conversación. Se levantó para quitarse la bata y, después de esponjar las almohadas y quitar hasta la última arruga de sus cobertores, saludó:
-Buenas noches, señor Taisho.
Sabía perfectamente que él detestaba oírse llamar así. Por eso lo había hecho. Estaba obviamente furiosa., Murmuraba por lo bajo y hacía todo el barullo posible con sus almohadas, sólo para hacerle saber que estaba furiosa.
Esa mujercita era transparente como el aire. Al parecer, nunca había aprendido el arte de disimular sus sentimientos. Con su belleza y su inocencia, sería presa fácil para cualquier vividor de Boston. El humor de Sesshomaru se agrió con rapidez. Lo amargaba imaginar a Kagome con cualquier otro. ¿Qué demonios le pasaba: ¿Qué podía importarle a qué manos fuera a parar la muchacha, una vez que el matrimonio estuviera legal mente disuelto?
-¿Está durmiendo? -susurró Kagome en la os curidad.
La falta de respuesta no la amilanó. Se limitó a formular nuevamente la pregunta, en voz mucho más alta.
Él renunció a fingirse dormido. -¿Qué pasa?
Kagome se puso de costado, buscándolo en la os curidad.
-Quería recordarle nuestro compromiso con los banqueros. En cuanto lleguemos al hotel acorda ré una cita. Usted debe quedarse hasta que haya ha blado con ellos.
-Así se hará.
-Quizá deba quedarse en Boston uno o dos días más._
-Lo sé.
Durante largo rato ella no dijo nada. Cuando Sesshomaru comenzaba a pensar que se había dormido, la oyó susu rrar su nombre.
-¿Qué pasa ahora?
Kagome ignoró su tono irritado.
-Usted renunció a su futuro por mí. Fue un sa crificio muy noble.
-No lo hice por nobleza, Kagome. Ella no discutió.
-¿Podría prometerme una cosa?
-Si se la prometo, ¿me dejará dormir? -Sí -aceptó ella.
-De acuerdo. ¿Qué debo prometer? -Que no se irá sin despedirse.
La preocupación de su voz era muy evidente. -Lo prometo. No me iré a ninguna parte sin despedirme.
-Gracias.
Kagome cerró los ojos para rezar sus plegarias noctur nas. Sesshomaru cerró los ojos y trató de bloquear cualquier pensamiento libidinoso. Decidió hacer una lista con todos los motivos por los cuales no quería ser un hombre casado. En primer término, lo más importante: su liber tad. No era un hombre de hogar, sino un vagabundo. Una esposa era como una soga alrededor del cuello, una complicación que no quería ni necesitaba.
Una idea súbita interrumpió su concentración. ¿Por qué decía ella que él había renunciado a su futuro? Puesto que no tenía intenciones de casarse con nadie, una vez que Kagome saliera de su vida, el elogio era inmerecido. No era por nobleza por lo que había aceptado casarse con ella, sino por dinero, para poder comprar la liber tad de Souta.
Pero ¿cuáles eran los motivos de Kagome? Recordó con sorpresa y curiosidad que, durante la última noche pasada en Londres, ella se había quitado sus joyas para regalarlas. ¿Tan grande era su fortuna que podía reem plazar esas alhajas sin preocuparse por el costo?
Había algo equivocado en esa conclusión. En el tiempo pasado con Kagome, Sesshomaru había descubierto unas cuantas cosas. Por el modo en que ella cuidaba su ropa, plegando cada prenda para guardarla en el baúl, era obvio que estaba habituada a atenderse sola. Tampoco había insistido en llevar consigo a una doncella. Él no le habría permitido viajar con servidores, por supuesto. Pero el caso es que ella tampoco lo pidió.
El Sengoku ofrecía un servicio de ayuda de cá mara. Kagome nunca lo había solicitado. También lim piaba el camarote por sí misma, sin permitir que nadie lo hiciera por ella. En una mujer rica y mimada, esa conducta resultaba contradictoria.
-¿Kagome?
-¿Sí?
-Esa última noche, en Londres, ¿por qué entregó usted su collar a esa jovencita?
"Qué extraño que él esté pensando eso", se dijo ella. Y ahogó un bostezo antes de responder:
-Para ella era un placer lucirlo.
Sesshomaru no se conformó con esa respuesta a medias.
-Y yo sabía que ya no iba a necesitarlo más.
Él quedó ceñudo durante un minuto largo, anali zando esa explicación.
-¿En Boston no se usan collares costosos? -pre guntó.
-Supongo que algunas los usan.
La situación se había invertido nítidamente. A Sesshomaru le resultó frustrante no poder obtener de ella una respuesta sincera. Pero no iba a renunciar.
-Su abuela me dijo que debía casarla para prote ger la herencia de su tío.
-Sí, es verdad. ¿Qué más le dijo la Señora?
-Que cuidara de usted.
-Sé cuidarme sola.
Parecía indignada. Sesshomaru sonrió. ¡Qué inocente, pen sar que podía vérselas con el mundo y con todo el mal relacionado con él! Puso las manos tras la nuca y clavó la vista en el techo, mientras ordenaba sus pensamientos.
-Pero usted no se casó conmigo sólo por prote ger su herencia, ¿verdad?
-La Señora trabajó mucho para acumular esa fortuna y no quiere verla despilfarrada. Yo pienso lo mismo.
-En ese caso, ¿por qué se desprendió de su co llar? Supongo que era valioso. Eran piedras preciosas auténticas, ¿no?
-Sí.
-Explíqueme, pues...
-Ya se lo he explicado -insistió ella-. En ade lante no necesitaré de esos abalorios.
Estaban nuevamente como al principio. Sesshomaru, a regañadientes, debió admitir que Kagome era tan diestra como él cuando se trataba de dar respuestas evasivas.
-Aun así quiero saber... Ella lo interrumpió.
-Estoy muy cansada, señor Taisho. Déjeme dor mir, por favor. -Y se volvió hacia la pared, haciendo oír un bostezo completamente forzado.
Era de esperar que Sesshomaru captara la indirecta y abandonara esa actitud inquisitiva, que se durmiera. Tarde o temprano tendría que saber lo de las pequeñas, por supuesto, pero cuanto más tarde, mejor. Por el momento, no había ningún motivo para decírselo. Ya había demostrado ser algo empecinado; si descubría que ella pensaba seguirlo a Redención, tal vez tratara de impedírselo. Kagome dejó escapar un suspiro. Se lo im pediría, por supuesto, y con motivos nobles, por añadi dura. Estaba convencido de que ella sólo estaría bien en los salones de Boston, tomando té y actuando como una tonta. ¿Acaso no había dicho que Redención le pa recería detestable?
Kagome olvidó sus pensamientos al sentir que le estaban arrancando las mantas. Se volvió sobre la es palda, dejando escapar una pequeña exclamación de sorpresa. Sesshomaru se erguía muy alto a su lado. Aunque el camarote estaba a oscuras, su expresión ceñuda era visible.
-¿Qué hace usted? -preguntó.
El se sentó. La muchacha trató de apartarse, pero su camisón había quedado bajo el muslo de Sesshomaru. Mientras tironeaba para liberarlo, él le puso las manos sobre los hombros, ordenando:
-Míreme.
Su voz sonaba gruñona, llena de irritación. Kagome decidió mostrarse igualmente disgustada.
-¿Sabe usted, señor Taisho, que basta una nimie dad para irritarlo?
-Quiero que me responda a una pregunta.
-De acuerdo. ¿Cuál es?
-¿Por qué se casó conmigo?
No pudo mirarlo a los ojos al responder. Centró toda su atención en el cuello de Sesshomaru.
-Para proteger mi herencia.
-¿Y para qué más? -insistió él. La muchacha suspiró. Él era como un gato con un ovillo de lana: no abandonaría el tema mientras no hubiera logrado todas las respuestas.
-Para impedir que tío Naraku me casara con el primer truhán que encontrara.
Sesshomaru movió la cabeza en un gesto negativo. Ha bía aun más. Estaba seguro.
-¿Y por qué otro motivo?
-Me casé con usted por el mayor bien. Basta. Ya le he dicho todo lo que necesita saber.
-¿Qué mayor bien?
-No es decoroso que se siente en mi cama -a nunció ella, con toda la indignación que pudo-. Yo duermo bajo las mantas y usted, arriba, ¿recuerda?
-Estamos casados -le espetó él-. Todo es de coroso.
Ella abrió la boca para decir algo, pero la cerró con presteza. De su mente habían desaparecido todos los pensamientos. Levantó la vista hacia él y esperó para ver qué haría.
No le tenía miedo. En cuanto recordó ese hecho importante pudo volver a respirar.
No habría podido decir cuánto tiempo pasaron mirándose fijamente. A ella le pareció una eternidad. Sesshomaru parecía estar decidiendo algo importante y, a juzgar por su expresión ceñuda, lo que estaba estudiando no era muy agradable.
-Usted es mi esposa, Kagome.
A ella no le gustó el cariz de aquello.
-¿Quiere decirme que desea ejercer sus... dere chos maritales?
Apenas pudo pronunciar la pregunta. La sola idea la horrorizaba. Su reacción irritó a Sesshomaru, que de pron to sintió deseos de ahorcarla y besarla, todo a la vez.
De pronto percibió su error: se había acercado demasiado a ella. Sentía el calor de su piel en las manos y sólo podía pensar en tocarla. Quería sentir su sabor, devorarla. "Un beso, sólo un beso", se dijo. Con eso se conformaría.
Otra vez se estaba mintiendo a sí mismo. No que ría sólo un beso. Lo quería todo.
-No, no quiero ejercer mis derechos maritales. Parecía enfadado. Kagome no pudo evitar el sen tirse ofendida por su actitud: ese hombre no tenía por qué mostrarse tan horrorizado ante la perspecti va. Debería haberse sentido aliviada, por supuesto, pero no era así. Aunque no estaba dispuesta a entregar se a
Sesshomaru Taisho, quería parecerle un poco deseable, como cualquier esposa, ¿no? Kagome era lo bastante sincera como para admitirlo: deseaba que él la en contrara bonita, al menos.
En cambio él parecía asqueado por la sola idea de tocarla. Era ridículo sentirse ofendida, pero así era: esta ba desolada. Era por su cansancio, sin duda; sólo el cansancio justificaba que ese rechazo la hiciera sentir tan inepta. Esa noche estaba demasiado sensible, sí, y Sesshomaru Taisho era un patán insensible.
-Algunos hombres piensan que soy atractiva. -No había sido su intención decirlo en voz alta. Dejó escapar un suspiro-. Al menos, eso creo. A usted no le gusto, ¿verdad, Sesshomaru?
-Me gusta, sí -corrigió él.
Ella pareció no darle crédito. Por su expresión era evidente que estaba ofendida. Sesshomaru decidió tratar de hacerle comprender su posición.
-¿Sabe por qué no quiero tocarla?
-Sí -dijo ella-, Es muy simple: usted no me desea. Cualquier imbécil podría darse cuenta.
-No he dicho que no la desee.
-Sí que lo ha dicho.
-Claro que la deseo.
Ella dilató los ojos, sorprendida. Luego sacudió la cabeza. La conversación había tomado un giro extraño. Sesshomaru decidió poner fin a lo que había iniciado.
-Sí que la deseo, diablos -murmuró. Luego li mitó la respuesta-: Pero no quiero estar casado con usted.
-No puede tenerlo todo a su medida, Sesshomaru.
-¿Qué quiere decirme con eso?
Ella no estaba segura, pero comenzaba a sentirse mejor sabiendo que lo atraía. De pronto cayó en la cuenta de que él la había insultado veladamente.
-¿Tengo algún letrero en la frente que pida insul tos? -le espetó-. ¡Francamente! Primero me insulta Inu-Yasha, sugiriéndome que sea su querida; ahora usted, diciendo que desea... ya sabe qué, pero sin estar casado. ¿Y bien?.-
Sesshomaru comprendió que debía responder a esa pre gunta. Y ya que estaba, le diría que no le gustaba compar tir ningún tipo de categoría con ese malnacido de Inu-Yasha. Ella lo distrajo antes de que pudiera defenderse: lo tocó. Sobre su frente había caído un mechón de peló. Eso la distraía. Sin pensar siquiera en lo que hacía, Kagome le apartó la mano de su hombro y alzó la suya para acomodarle el pelo.
-Según mi abuela, los hombres se aparearían has ta con una piedra, si fuera posible. -Esa declaración absurda hizo que Sesshomaru volviera a prestarle toda su aten ción-. ¿Sabe usted porqué?
Él se ordenó no preguntar. Sin duda no le gustaría la respuesta. Pero se impuso la curiosidad.
-No, ¿por qué?
-Porque los hombres no piensan con la cabeza, sino con...
Sesshomaru le impidió acabar la explicación tapándole la boca con una mano.
-¡Kagome, por Dios, no hable así!
-Me limitaba a repetirle lo que me explicó la Señora -susurró la muchacha, en cuanto él retiró la mano-. Es cierto, ¿no? En la mente de todo hombre, la lujuria es siempre lo primero.
-No todos los hombres son así.
-¿Y usted?
Él le clavó una mirada fulminante. Luego apoyó una mano a cada lado de su cara y se inclinó lentamen te hacia adelante.
-Yo no. Quiero que comprenda algo, Kagome: us ted me ha vuelto loco, pero no pienso echar raíces, por mucho que me tiente la idea.
-¿Por eso está sentado en mi cama dándome ser mones, en medio de la noche? ¿Quiere hacerme enten der que no piensa echar raíces? Creo que ya lo ha pues to perfectamente en claro, Sesshomaru.
-También quería hacerle entender que conmigo no corre peligro. Aunque me atraiga, no voy a aprove charme de las circunstancias.
-Se comportará honorablemente.
-Sí.
Ella asintió con la cabeza. Sesshomaru se estaba sulfurando mucho. Su voz se había vuelto áspera; su expresión era dura y colérica. Decidió aliviar su preocupación.
-No quiero que se preocupe por mí -le dijo. Él negó con la cabeza.
-No me preocupo.
-Creo poder tranquilizarlo con respecto a esta atracción y lo estrecho de nuestro alojamiento.
-¿Cómo?
-Pregúnteme si quiero que me toque.
-¿Lo quiere?
-Preferiría la horca.
Sesshomaru dio un respingo, pero sólo por un segun do; luego rompió en una ancha sonrisa. La mucha cha parecía sincera, pero el chisporroteo de sus ojos revelaba que estaba bromeando. Era agradable, ese modo suyo de devolverle sus propias palabras. Se mostraba pícara y sagaz.
-¿Se burla de mí?
Ella le clavó esa mirada de ojos grandes que tanto lo embriagaba. Caramba, se estaba volviendo irresistible.
-Sí.
Él se echó a reír. Su acritud se evaporó. La miró sacudiendo la cabeza y luego se inclinó para depositar un casto beso en su frente.
A continuación le besó el puente de la nariz. La trataba como a una criatura a la que debiera arropar en la cama. Kagome no pensaba aceptar semejante cosa. De pronto, en su curiosidad por descubrir cómo sería un verdadero beso de Sesshomaru, olvidó toda cautela. Sin po der contenerse, le sujetó la cara con ambas manos y se estiró para rozarlo con la boca. Fue un toque ligero como una pluma, que duró lo que un latido del cora zón; a su modo de ver, resultó muy agradable, en ver dad. Le gustó sentir esa piel áspera contra los dedos. Sesshomaru necesitaba un afeitado, pero la sombra de barba le daba un aspecto muy recio.
Quedó contenta. Satisfecha su curiosidad, lo soltó y se dejó caer contra las almohadas.
Él la siguió, sujetándole la barbilla con una mano para obligarla a mirarlo.
-¿Por qué diablos ha hecho eso? Ella se apresuró a aplacarlo.
-Ha sido sólo un beso, Sesshomaru.
-No, Kagome -dijo él, negando con la cabeza-. Esto es un beso.
Su boca descendió con fuerza hasta la de ella. La posesión fue absoluta. Ella abrió la boca para protestar, cosa que él aprovechó de inmediato. Su lengua se deslizó adentro, para acoplarse a la de Kagome. Ella quedó estupefacta. No sabía si deseaba apartarlo de un empellón o estrecharlo contra sí. Y en el nombre de Dios, ¿qué hacía esa lengua dentro de su boca? Nunca había sabido que nadie besara así. Era demasiado íntimo, demasia do abrasador. Y que Dios la protegiera, porque en verdad le gustaba. Buscó su cuello con las manos para rodearlo.
Se aferró a él, dejándose atacar suavemente. Sin embar go, no pudo mantener la pasividad por mucho tiempo: empezó a devolver el beso, a frotar su lengua contra la de él: lentamente al principio, luego con más audacia. El beso se hizo carnal. El calor que ardía entre ellos era tan excitante como la mezcla de sus olores.
Sesshomaru parecía no cansarse de ella. A través de la fina tela del camisón, sentía sus pechos apretados contra el torso; eso lo enloqueció. La estrechó aun más, encerrándole la cabeza entre sus manos para inclinársela, a fin de que su lengua pudiera hacer una penetración más profunda. Temblaba de deseo. Ella sabía bien, sabía a dulce, y sus pequeños gemidos guturales destruyeron su autodominio. No quería detenerse nunca más. La idea lo devolvió bruscamente a la realidad, haciéndole poner fin al beso. Lograr que ella lo soltara le llevó más tiem po. Tuvo que apartarle las manos y empujarla suave mente hacia la cama. Estaba sin aliento.
Kagome sintió que no podía respirar. Sesshomaru la había sobrecogido. Aún percibía su sabor en los labios, aún sentía el calor de su boca al devorarla. El beso se había transformado por completo en cuestión de segundos. Sesshomaru sintió que el corazón seguía atronándolo en el pecho. La pasión tardaba en calmarse, y ella no estaba colaborando. Tenía los ojos nublados y los labios aún henchidos por el contacto. Se la veía desconcertada y demasiado tentadora, por desgracia.
-Usted es peligrosa, señora.
La frustración dio a su voz una densidad de enfado. Se levantó para recoger las botas, la camisa y las mantas y salió precipitadamente del camarote. No iba a correr más peligros. Estaba sobre ascuas, dolorido por la necesidad de plantarse sólidamente dentro de ella; puesto que no podía hacer lo que más deseaba, estaba decidido a huir.
Fue en busca de un cántaro de agua fría que vertir sobre su cabeza.
Holas chicas como están? Espero q muy bien. Dudas?
Gracias por sus reviews a hanniane, shinystar200, yam, azuldcullen, hinatita4eva, hekate ama, Llyl, Goshy, Iosi e Iuki, Anilem, goshi y Ayma secret.
GRACIAS POR LEER!
