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Buena fortuna

Habían días, tal vez contados con una sola mano… días en los que, por algún motivo lo hacían pensar, envolverse en un silencio tan pacífico que se volvía inquebrantable. Lo hacían preguntarse cómo o cuándo habría cambiado todo; qué evento habría causado el desenlace que lo ubicaba en donde estaba ahora, y también qué sería de él si ese evento nunca hubiera ocurrido. Qué sería de ella, que prendida de su musculoso cuerpo, se vestía una amplia sonrisa desvergonzada, de esas que él jamás supo esbozar.

Allí, ajena de los pensamientos de su esposo, acariciaba su piel, segura y satisfecha. Ella en cambio no se preguntaba con desconcierto lo que los habría unido, ni pasaban por su mente la cantidad de destinos alternos que les tocaría vivir de no haberse conocido.

Acarició su cabello, besó la curva de su frente y suspiró como si su cuerpo no pudiera contener tanto amor.

— Qué suerte tienes, Vegeta. ¿Sabes cuantos hombres matarían por tener una esposa tan atractiva como yo? —soltó Bulma, y él sonrió de lado.

¿Y tú sabes a cuántos yo he matado? —contestó para sus adentros—. Estoy temblando —dijo y bufó una risa.

—Eres tan gracioso —replicó con un tono irónico y a sabiendas de que él no la veía directamente, sonrió más ampliamente. ¿Cómo no iba a sentirse afortunada?