Ay porras, que he metido el gambazo colgando mi "Excalibur" por dos veces, ende luego no se dónde tengo la cabeza. Gracias por avisar
CAP VI
"He venido"
27 de marzo de 1988
Clear Lake, Iowa
John salió de la comisaría sin nada nuevo. Además esa noche se había vuelto a producir un ataque allí, en Clear Lake al noreste de Logan. Por fin había un patrón. Todos los ataques se habían producido la madrugada del sábado al domingo durante el último mes y medio.
Pero el ataque de Clear Lake había sido el peor, el niño había muerto. Esa mañana Will y él habían asistido a la autopsia del pobre crío. No se le iba de la cabeza. Definitivamente no era tan duro como pretendía. ¡Era igual de pequeño que su Sammy!
Harvelle y él tuvieron que ir a tomarse un par de copas. El rubio se había quedado pálido cuando el forense empezó a trabajar y aún no le había vuelto el color.
La música del local era estridente y metálica, las luces excesivamente brillantes y molestas. Ambos cazadores terminaron sus copas en silencio y salieron de allí.
- Mataré lo que sea que esté haciendo esto – William habló con rabia, masticando las palabras
John no dijo nada pero su amigo no lo necesitaba, ambos pensaban en lo mismo.
Blue Earth
Sam se levantó de un salto de la cama cuando el primer rayo de sol entró por la ventana. Preparó su ropita y corrió a lavarse la cara para desayunar. Cuando la señorita Bridget entró en la habitación para despertarlo, se lo encontró listo para desayunar y vestirse. Creía que el niño no recordaría su promesa pero iba a ser que sí la recordaba "quién me mandará a mí abrir la boca"
El chiquillo comenzó a tomarse las gachas que le había preparado cuando Maya entró por la puerta. Iba a quejarse de la hora pero con el crío delante no era plan de soltar las burradas que acudían a sus labios.
- Hola Bridg
- ¿qué tal la noche? – su voz tenía el tono irritado que su hermana supo reconocer e ignorar con su habilidad característica.
- Bueno, ya sabes… Hola Sammy, ¿cómo es que ya estás despierto?
- La señorita Bri me va a llevar a ver a Dean – le contó el chavalillo con la boca llena de gachas.
- Pues gracias hermanita – dijo la recién llegada tan fresca dando un beso a la mujer que la miraba con una cara de enfado que lo mejor hubiera sido salir corriendo – y yo que creía que hoy me tocaría a mi cuidar de Sammy, te debo una eh?, bueno, me voy a dormir que tengo sueño.
Asombrada por la cara tan dura que tenía su hermana pequeña Bridget se dio cuenta de que no sabía dónde estaba el tal Dean. Ni siquiera sabía el apellido de los chicos. Tuvo que llamar a James y preguntarle. Lo localizó antes de entrar a la misa dominical. El pastor, con la misma desfachatez que su hermana le dio las gracias por encargarse del niño.
- No creo que te pongan ninguna pega Bridg, en el internado te conocen prácticamente todos y si vas de mi parte… pero si tienes algún problema me lo dices.
- OK – contestó la mujer algo molesta – sabes Jim, me estoy hartando de ser la más tonta del pueblo…
- No eres tonta, eres buena.
- El resultado es el mismo – colgó la joven con un mohín de disgusto – vamos Sammy, a vestirse.
El niño no necesitó que se lo dijera dos veces, salió pitando a la habitación no fuera que su maestra cambiara de opinión.
Granada
Dean se había pasado Prácticamente todo el sábado sentado en aquella ventana. Por lo menos los otros chicos no le habían molestado. Hasta el fastidioso de Walter lo había dejado relativamente tranquilo.
El sábado entró y salió mucha más gente que hoy. Hoy sólo había llegado una mujer con un crío de la mano que se parecía mucho a Sammy ¿qué estaría haciendo el pequeño? Encogió las piernas, abrazó sus rodillas y apoyó la frente en el frío cristal de la ventana. Lo echaba de menos. Tanto que le pareció oír su voz en el pasillo.
- Dean, ¡Dean!
El chico bajó de un salto de la ventana y antes de llegar a la puerta un diminuto torbellino castaño se le subió encima como si fuera un mono.
- Dean, ¡He venido!, he venido.
- Has venido – dijo el chaval más grande sonriendo.
Bridget se sorprendió un poco de que aquel rubito fuera el Dean del que hablara el pequeño. De hecho había esperado que el chico tuviera trece o catorce años, y sin embargo ¿qué tendría? ¿nueve quizás? Apenas era un par de palmos más alto que el crío que se le había encaramado como un mono.
- ¿Le ha pasado algo a mi padre? – esa forma de hablar tampoco iba demasiado con el pelito rubio, las pecas y esos inocentes ojazos verdes.
- No que yo sepa – contestó la mujer sorprendida
- ¿quién es usted? – el niño prosiguió con su interrogatorio
- Me llamo Bridget Segura y soy la maestra de Sam
- ¿también han internado a Sam? ¿Dónde? – la voz del niño por fin parecía acorde con su edad al perder la frialdad con la que había comenzado a preguntar.
- No está interno Dean. Yo tengo una guardería y el Pastor Jim, que es amigo mío, me ha pedido que cuide de Sam unos días – algo le hizo explicarse, quizás la necesidad que podía percibir en aquél chiquillo – Al parecer tu padre prometió a Sam que lo traería a verte, y como le ha surgido un trabajo, pues he traído yo a tu hermano.
- Y me ha traído, ¿a que es chachi? – intervino el pequeño enganchado a la espalda de su hermano.
- Bueno Dean, tengo muchísimas cosas que hacer en este pueblo, y no son tareas entretenidas, así que he hablado con el director y Sammy puede quedarse contigo en el colegio en lugar de que vengáis ambos conmigo. Si te parece bien.
El chico asintió agradecido. Y la mujer se fue dejándolos solos, aunque no lo estuvieron mucho tiempo. Mientras le enseñaba al pequeño su litera, su taquilla y hasta el corcho vacío dónde podía poner lo que quisiera, aparecieron sus compañeros de habitación.
Los chicos mayores se portaron estupendamente con los dos críos, hasta Walter fue inusualmente amable. Jugaron a socker en el patio hasta la hora del almuerzo y pasaron la sobremesa en el dormitorio dibujando con el pequeño y admirados de las salidas que tenía el impredecible chiquillo. Su hermano estaba tan orgulloso que no cabía en su propio pecho, el pequeño se había ganado en un rato la simpatía de todos sus compañeros.
- ¿pones esta foto en el corcho? – dijo el chiquillo más pequeño dándole el dibujo que había hecho con toda la concentración de sus casi cinco años.
- Claro ¿somos nosotros?
En el papel había siete monigotes de colores con una pelota. El rubito sonrió al ver las cabezas aplastadas y las narices que se salían de las caras. Debajo de cada monigote había puesto una letra para que todos supieran quien era cada uno. La S, la D, la W, la T, la Z la R y la r.
- ¿y la r pequeña? – preguntó Walter
- Es Raúl, que es más pequeño que Rod – contestó el niño como si fuera lo más evidente del mundo – ya he terminado, ahora el "tofógrapo" tiene que descansar.
- Muy bien "tofógrapo", pero otro día nos haces una foto jugando al escondite ¿vale? – Le replicó el chico moreno aún riéndose de la explicación de las erres.
- Ya está – dijo el ocurrente chiquillo dándole un folio en blanco
- Pero aquí no hay nada…
- Pues claro, porque estáis escondidos – le explicó el niño nuevamente condescendiente con él, haciendo que sus compañeros se tronchasen de risa a su costa.
- Pues anda que no sabe nada el mocoso de tu hermano, principito – el chico no sabía si enfurruñarse o echarse a reír también, optó por lo segundo.
- ¿A que sí? – El rubito sonrió pícaramente, orgulloso del pequeño.
Cuando llegó la señorita Bridget por Sam no pudo evitar entristecerse, el pequeño comenzó a hacer pucheros, pero a la vez trataba de portarse bien y no llorar. La mujer escribió su número de teléfono en un papel y se lo dio al Winchester mayor, por si quería llamar a Sam algún día o por si necesitaba algo. También le prometió que si su padre no podía volvería a llevar al niño la semana siguiente.
