Es un fastidio que Rin vaya a la pescadería y Makoto no esté, pero tampoco se le va a hinchar la vena melodramática por eso. La señora Tachibana es una mujer encantadora y, como no podría ser de otra forma, adora a Rin con locura. Le dice una y otra vez que se pase por casa cuando quiera, que ella le preparará el mejor besugo que haya probado en su vida.
No es que el besugo le entusiasme mucho, pero sí que le consuela pensar que tendrá la oportunidad de comer de nuevo con Makoto. Aunque todo hay que decirlo, se estremece con tan solo imaginarse a los señores Tachibana dándose cuenta de que uno de sus clientes más fieles no tiene interés en hincarle el diente al pescado, sino a su hijo.
Tampoco les podría culpar. Si Rin tuviera un hijo —o novio, por qué no— como Makoto, lo protegería como oro en paño. Y si alguien pone en duda el celo con el que Rin cuida de sus seres queridos, que le pregunten a Gou.
Con la bolsa con el besugo colgando del brazo, vuelve corriendo con desgana hacia el Samezuka. Tarda un buen rato en llegar y no puede decir precisamente que se le haya pasado en un abrir y cerrar de ojos.
Quien cierra los ojos con espanto es el pobre Nitori, que ya dice que prefiere cenar en el comedor de la residencia.
Cuando Rin dice que las puertas del Samezuka siempre están abiertas, no miente. Ahí entra quien quiere, incluso Gou, a pesar de ser una chica, ha logrado infiltrarse en los pasillos de la residencia y entrar con éxito —no sin la ayuda de Nitori o del capitán Mikoshiba— en la habitación de Rin.
Pero una cosa es una visita y otra muy distinta es utilizar las instalaciones como si estuvieran abiertas al público. Sí que es cierto que trae con frecuencia a Haru, pero eso es, entre otras cosas, porque los nadadores de primer año pueden aprender de él con tan solo mirarlo. A Rin, en concreto, le motiva a seguir adelante.
El caso de Makoto es distinto. Él no sabe nadar, así que no sería de ninguna utilidad para el equipo. A Rin no le quedará otra que bailarle el agua a Mikoshiba para que le permita traer a su "invitado especial".
Rin llama a la puerta de la habitación de Mikoshiba nada más llegar de la pescadería. Prefiere quitarse este problema de encima lo más rápido posible.
—¡Ah, Matsuoka! ¡Ya sabía yo que no te ibas a olvidar de mi cumpleaños! ¿O sí? No me digas que te lo tuvo que recordar Nitori, ¡ay, Matsuoka, qué cabeza tienes! Pero no pasa nada; la intención es lo que cuenta. ¡Ah, pero si me has traído un regalo y todo!
Todo tipo de preguntas afloraron en la cabeza de Rin, como "¿hoy es el cumpleaños de Mikoshiba?", "¿cómo sería este de bebé?" y, sobre todo, "¡¿QUIÉN HA DROGADO AL CAPITÁN?!"
Pero no hay mal que por bien no venga, así que Mikoshiba se adueña de la bolsa de besugo como si fuera el regalo de Rin.
—¿Besugo? —pregunta Mikoshiba, perplejo— ¿Cómo sabías que era mi pescado favorito?
—Se te nota en la cara —responde Rin intentando no perder la calma—. Feliz cumpleaños, capitán. A todo esto, tengo que pedirte un favor.
—¡Dispara!
"No tientes a la suerte, Mikoshiba, que si tuviera una pistola…", piensa Rin con una sonrisilla burlona.
—¿El domingo puedo traer a un amigo? Es para enseñarle a nadar.
—No hay problema —Mikoshiba ilumina toda la residencia con su luz propia—. Y si lo conviertes en un nadador de élite y lo metes en nuestro equipo, mejor.
Dicho eso, Mikoshiba vuelve feliz como una perdiz a su cuarto, acompañado de su querido besugo, y le cierra la puerta en las narices a Rin.
Por cosas así Rin no quiere que ese chalado salga con Gou. ¡Si es que está como una regadera! Eso sí, no hay que olvidar la parte positiva de esta experiencia: Rin se ha deshecho con éxito del besugo y se ha ganado el favor de MIkoshiba.
Con una sonrisa victoriosa, Rin baja al comedor y busca a Nitori entre las mesas. Pocas cosas son mejores que cenar en condiciones y acompañado de un buen amigo.
Ese sábado tan extraño abre paso a un domingo que promete ser espectacular. Rin ya está fantaseando con la cara fascinada de Makoto al verle nadar o con la oportunidad de oro que tendrá para toquetearle el cuerpo mientras le enseña lo más básico.
Rin a veces maldice su mente calenturienta de adolescente.
El tren de Makoto llegará a la estación en breve. Rin se ha comprometido a irlo a buscar y a partir de ahí ya irán paseando al Samezuka.
Espera que no se note demasiado que se ha engalanado para ir a buscar a Makoto. Es un esfuerzo absurdo, si después de todo va a tener que desvestirse para entrar en la piscina, pero aun así quiere que Makoto sepa lo atractivo que puede llegar a verse Rin tanto con ropa como sin ella.
O con solo el bañador, que a todos los efectos es lo mismo que estar desnudo.
Para matar un poco el tiempo, Rin se compra una bolsa de patatas fritas y contempla aburrido la marea de gente que entra y sale de los trenes. Siente cómo las miguitas manchan su camiseta, así que se la sacude frenéticamente mientras hace un chasquido con la lengua. Es justo ahí, el momento en que Rin está en lo más alto de la fealdad y la poca elegancia, cuando Makoto baja de su tren.
Llega destellando a Rin con una sonrisa cautivadora. Lleva una mochila colgada del hombro, donde probablemente lleve la toalla y el bañador para después. No está tan acicalado como Rin, ni mucho menos, pero se nota que ha pasado delante del espejo cuidando su cabello revuelto y probándose ropa que realce su gracia angelical.
Se acerca a Rin como un niño que acaba de regresar de la mejor excursión de su vida.
—¡Rin! —exclama con una alegría contagiosa.
—Buenas. Veo que vienes preparado —Rin señala la mochila. Intenta parecer lo más relajado posible.
A partir de ahí, Makoto saca varios temas de conversación, como los exámenes que tendrá la próxima semana, el buen tiempo que hace últimamente o cómo Haru casi se quedó dormido en la clase de Japonés. Entre chácharas y carcajadas llegan al Samezuka, un instituto que no tiene nada que ver ni en nivel ni en dimensiones con el modesto instituto público de Iwatobi. Makoto, que ya nota la diferencia a simple vista, se queda maravillado. Rin pone los brazos en jarra, orgulloso por primera vez de acudir a una academia de categoría.
—¡Rin, esto es genial!
—Tampoco es nada del otro mundo —pese a sus palabras, Rin hincha el pecho con satisfacción—, sobre todo puestos a comparar con la academia de Australia.
—¿Has estado en Australia? —la boca de Makoto está tan abierta que si Rin quisiera meterle el puño, cabría sin dificultad. No lo hará, que conste— ¡Eres increíble! Dime, ¿hay algo más que deba saber?
«Sí, que beso genial», piensa Rin con una sonrisa maliciosa. No responde, sino que suelta una risotada y empieza a relatar sus aventuras australianas de una forma casi idealizada. Makoto no necesita saber que a Rin lo ingresaron una vez en el hospital por la picadura de un bicho rarísimo o, peor aún, que perdió toda confianza en sí mismo.
Makoto no para de hacerle preguntas —algunas bastante tontas, todo sea dicho— mientras se infiltran en el Samezuka. No llegan en tardar a la piscina, tan inmensa y majestuosa como cabría esperar. Lo que sí es un poco extraño, o eso le parece a Rin, es la cara pálida lechosa de Makoto.
—¿Makoto? —chasquea los dedos ante los ojos de Makoto, para despertarlo de su trance.
—Es… es un poco grande, ¿no? —en algún momento, Makoto se ha convertido en un robot sin aceite— Quiero decir… ¿es muy profunda?
—Unos dos metros, más o menos.
Makoto pierde la fuerza por un momento, con las piernas temblándole y la bolsa cayéndole al suelo, y Rin lo tiene que sujetar por los hombros para que no ocurra una desgracia ahí mismo.
—Oye, Makoto, ¿estás bien? —Rin lo mira directo a los ojos, sin siquiera soltarlo.
—N-No es nada —Makoto finge una risita y, afortunadamente, Rin no se la cree ni por un segundo—. Estoy bien, gracias.
Lo único que le falta a Rin es que Makoto se piense que es tonto y que se va a tragar una mentira tan patética como esa.
—No tienes que hacerte el fuerte conmigo —Rin frunce el ceño y, por primera vez, siente que está enfadado con Makoto. Por intentar engañarle. Por intentarengañarse a sí mismo.
—Lo sé… —Makoto agacha la cabeza, un poco avergonzado, y sonríe con tristeza. Rin decide que es buen momento para soltarlo y aparta la mirada, aún indignado e incómodo.
Rin traga saliva y se prepara mentalmente para hacer de tripas corazón.
—Mira, si no quieres nadar, no nades. Tampoco tienes por qué hacer algo que no te apetece.
—¡Sí que me apetece! —Makoto da un paso al frente, con gesto y voz firmes. Rin mira con sorpresa esa faceta hasta ahora desconocida de Makoto— Rin, no sabes cuánto me alegré cuando me dijiste que me enseñarías a nadar… —esboza una sonrisa sincera— ¡Sí que quiero nadar! ¡Contigo!
Por muchas respuestas que busque, la cabeza de Rin está vacía y poco dispuesta a ponerse a cavilar. Lo único que siente es cómo su corazón lleva el nombre de Makoto con cada latido.
—Bien —dice al cabo de un rato de estar mirando a Makoto con cara de tonto—. Pero primero te hago una demostración, ¿entendido?
—¡Entendido! —responde Makoto con energía.
Menos mal que Rin ya se está desnudando a toda prisa para sentir el agua cubriendo su cuerpo cuanto antes. Ahora comprende a Haru cuando dice que el agua lo libera de sus problemas. Al menos el agua no le juzgará por estarse sonrojando como un bobo.
Si lo que quiere es sorprender a Makoto con su estilo de nadador casiprofesional, tendrá que recurrir a su punto fuerte: la mariposa. Él es el rey y la piscina su reino. No tendrá el control total y absoluto de sus emociones, pero sí de su cuerpo. Toca el muro de la piscina, sin parecer extenuado, y busca inmediatamente la aprobación de Makoto.
Makoto ya no solo le sonríe con los labios, sino con unos ojos desbordantes de ilusión y admiración. Es como si acabase de ir al circo por primera vez en su vida.
Rin responde con una sonrisa confiada.
—¿Piensas quedarte ahí pasmado todo el día? ¡Métete!
Tan tímido como un cachorrillo ante su nuevo dueño, Makoto señala la bolsa que lleva colgando del hombro. Rin le indica dónde están los vestuarios, molesto por perderse cómo Makoto se desnuda poco a poco, lentamente,despacio.
Para librarse de esos pensamientos sucios, Rin se sumerge con la esperanza de que el agua purifique su alma calenturienta. Lo peor de todo es que está más que acostumbrado a ver a chicos semidesnudos a diario y, aun así, se muere de vergüenza al imaginarse a Makoto desvistiéndose delante de él.
—¿Rin? —oye la voz de Makoto.
Rin considera que es el momento oportuno de resurgir a la superficie con toda la gracilidad del mundo, lanzarle una mirada seductora a Makoto y contestar con una frase ingeniosa.
Lo que sucede, muy a su pesar, es que parece un perro ahogándose. Mira a Makoto, que se está riendo de él, y la frase ingeniosa que tenía en mente se transformó, en cuestión de segundos, en un "¡¿qué?!" bastante lastimero.
—Nada, es que vine de los vestuarios y no te veía, así que…
Una parte de Rin quería conmoverse porque, al fin y al cabo, Makoto se estaba preocupando por él. Sin embargo, lo dulce de Makoto se convirtió en picante cuando Rin lo vio con el bañador puesto. El bañador en sí no era para lanzar cohetes, ni mucho menos; le llegaba a la altura de las rodillas, rojo chillón con unas rayas amarillas que hacían daño a la vista. Pero, tal y como piensa Rin, «Makoto es mucho Makoto» y logra que ese atentado contra el buen gusto le siente como un guante.
—¿Rin? ¿Estás bien? Es que estás poniendo una cara… —Makoto se pone el puño ante la boca, intentando ocultar la risita burlona que se escapa de sus labios.
Rin, como buen maestro que es, coge una goma de borrar y elimina todas sus ideas impuras. Ahora mismo solo tiene que centrarse en enseñar a Makoto lo mejor posible. Eso hará.
No, no lo hará. Es imposible. Makoto tiembla mientras está en el agua y Rin no para de repetirle que no tiene por qué pasar el mal trago. Makoto, que es un poco cabezón de más, insiste en que todo va bien y se esfuerza por seguir las indicaciones de Rin.
En el fondo, y aunque le moleste admitirlo, Rin admira a Makoto. Habría sido más fácil salirse del agua a la primera de cambio, pero ahí está él, como un elefante asustado, luchando por enfrentarse a sus miedos.
—Oye, ¿y si probamos con espalda? —propone Rin, omitiendo que es el estilo apropiado para la gente que tiene problemas con el agua.
—¿Espalda? ¿Eso es un estilo? —pregunta Makoto algo cohibido.
La única repuesta de Rin es una risotada.
Rin le va explicando como malamente puede los pasos a seguir para ser el mejor nadador estilo espalda jamás visto. Makoto, de vez en cuando, lo interrumpe con alguna pregunta o un comentario que no viene a cuento. Tras varias demostraciones por parte de Rin y algún que otro intento fallido de Makoto, llega el momento de la verdad.
Makoto va a tener que nadar solo. Sin la ayuda de su maestro. Rin sale de la piscina y lo observa nervioso desde los bordes, deseando con todas sus fuerzas que todo salga a pedir de boca.
Al principio Makoto va sin rumbo fijo, haciendo zigzag y sacándole una sonrisa burlona a Rin. Pronto, sin embargo, se va estabilizando un poco y en sus ojos se forma un brillo confiado, espectacular.
—¡Rin! ¡Lo he conseguido! —exclama eufórico, aún poniendo todo su empeño en nadar.
Rin está tan orgulloso y cautivado que ni sabe cómo contestar sin que se le quiebre la voz. Es un cursi sentimental para este tipo de trivialidades.
—¡Bien hecho! —logra gritar Rin en un arranque de emoción sin frenos.
Es cuestión de que diga eso para que Makoto deje de nadar, relaje su cuerpo como si estuviera haciendo el muerto, y se coma el muro de la piscina con toda la cabeza.
—¡Aaaay!
—¡MAKOTO!
Rin, la mamá pato, se zambulle de lleno en la piscina para proteger a su pequeño.
Su pequeño que le lleva varios centímetros de altura, pero su pequeño al fin y al cabo.
—¿Estás bien? ¿Te duele? —Rin palpa la cabeza de Makoto frenéticamente, como si temiese que ese coscorrón fuese a cambiar sus vidas para siempre.
—Rin, tranquilízate. No ha sido nada —Makoto, mucho más relajado, se está partiendo de la risa. Se seca las lágrimas con una mano mientras con la otra se aferra al borde de la piscina—. Pero lo has visto, ¿verdad? He nadado. Y gracias a ti.
Rin también se agarra al borde, mirando con los ojos abiertos de par en par el rostro sonriente y agradecido de Makoto. No sabe si quitarse el mérito de encima o darle palabras de ánimo o si decirle que ahora mismo se ha dado cuenta de que tal vez, casi como si fuera una hipótesis, se acaba de enamorar de él.
—Tampoco es para tanto —acaba por espetar Rin, sin saber él mismo siquiera a qué se refiere exactamente.
Apoya ambos brazos en el borde y hace presión para salir de la piscina y sentarse ahí un rato. Está confundido. Makoto lo imita y se sienta a su lado, sonriéndole, contemplándole como si quisiera derretirlo con la mirada.
—Sí que lo es, Rin.
—No hace falta que digas mi nombre en cada frase.
—Pero es que me gusta mucho tu nombre. Rin —ríe flojo, sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos—. Rinrin…
Makoto ladea la cabeza, acercándose con una lentitud dulcísima pero mortal a los labios de Rin.
Rin sopesa la posibilidad de lanzarle a la piscina. ¡Pero qué diantres, él quiere besar a Makoto! ¡Y quiere besarlo ya!
Así que nada de besos al paso de la tortuga, ni de ternura, ni de cursilería. Rin agarra la cara de Makoto y la atrae hacia sus labios. Le acaricia la mejilla con un pulgar, que tampoco es plan de parecer agresivo.
Es, sin duda alguna, el beso más extraño que Rin ha tenido el placer de experimentar. Se nota a la legua que la habilidad de Makoto es casi nula. Y, pese a ello, disfruta de ese beso efímero, pero cargado de sentimientos que empiezan a asentarse y palabras que se mueren por ser dichas. Rin no quiere pensar en nada de eso, sino saborear los labios carnosos de Makoto, morderlos suavemente, acariciarlos con su lengua.
Makoto pasa sus dedos por los cabellos de Rin, y ahí ya pierde toda la cordura.
