"Si tú me dices ven, yo te mando a la mierda"
'Capítulo 6
'Escaleras asesinas y sus terribles consecuencias'
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─ ¿Me das un poco?
─Una leche te voy a dar yo a ti, ¿es que no has tenido bastante?
─Encima que te traigo el helado… -le lloriqueó España al inglés.
─ Aquí falta medio helado y no me creo que se te hayan caído cuatro bolas de camino a casa. Ni siquiera tú eres tan torpe.
─Es que no me conozco los adoquines de tu calle, joder, si es que están mal puestos aposta, para que la gente se tropiece y se parta un tobillo. Esto en mi casa no pasaba.
─Desde luego que no, no tienes dinero para pagarte ni un helado, vas a pagarte unos adoquines, así que para el caso…- Inglaterra se encogió de hombros, pasándole de todos modos el cono al español, quien lo cogió con ansias, contento y sonriente.
─ ¿Esto significa que me perdonas?
─ ¿Tengo otro remedio? Es decir, te he pagado un billete de avión y el pasaporte de estancia indefinida en mi casa; te he hecho llamar a la Moncloa –aunque ni siquiera sé si eso ha servido de algo- y al Palacio Real… Y te he llevado a comprar calzoncillos. Si eso no te dice nada, yo ya no sé qué más hacer.
─Eres adorable.
Inglaterra hizo el amago de darle una patada, y España pegó un brinco de la sorpresa, miró al británico y, al ver la cara de circunstancias que tenía puesta, se meó de la risa él solo.
─Sí, sí; ahora te ríes, capullo.- Amonestó el inglés, arrugando la nariz.- No estabas tan feliz anoche, con mi policía asediándote en tu embajada y tú lloriqueando bajo alguna mesa de oficina.
─ ¡Yo no estaba lloriqueando bajo ninguna mesa de oficina! ¡Yo no lloriqueo, qué demonios!- Protestó España.- Es culpa vuestra, que os ponéis todos histéricos a la mínima.
─ Tiraste a la Reina por las escaleras del Palacio de Buckingham. –señaló Inglaterra, alzando las cejas con sarcasmo.
─Fue un tropezón tonto.- Se excusó el castellano, frunciendo los labios.- ¡Apenas si había rodado un par de escalones cuando la volví a coger!
─Y luego me metiste el pie para que me cayera yo.
─ ¡Oh! ¡Vamos, sabes que no fue aposta! ¡La abuela pesa más de lo que pensaba, ¿qué querías que hiciera?! ¿Qué lanzara a la Isabel por los aires y te cogiera a ti? Si no se me infartaba la vieja del susto al verse volando, lo hubiera hecho cuando se me hubiera caído en la bajada. Sabes que no soy muy bueno cogiendo cosas que caen del cielo.-España le dio un grosero lametón al helado.- Quizá por eso Romanito ha salido tan mohíno, se me cayó un par de veces al suelo antes de que Bélgica me prohibiera volver a alzarlo en volandas.
─ ¡A que te arreo con la muleta!- Bufó el rubio, indignado con la respuesta, alzando amenazante dicha muleta, de aluminio, con las pegatinas propias de la clínica de donde había sido comprada todavía pegadas en su armazón metálico.
España fue a alejarse de un salto, trastabilló torpemente con los cojines del sofá y se dio un trastazo de los tremendos contra el suelo, gritando. Inglaterra se rio entonces, como un loco, con su clásica carcajada de corsario.
─ ¡Mal me quieres, si te ríes así de mí, a mi costa!- Dramatizó España, aguantándose como un hombre las ganas de reírse él también. Una buena costumbre, esa, la de reírse de uno mismo.- ¡Vamos, para, para! –Exigió, soltando lagrimones y ya con dolor de estómago, lanzándole al inglés una pantufla a la cabeza. -¡Reírse del sufrimiento de un hombre honrado! ¡Menuda osadía!
─ Dios me perdonará, que es a eso a lo que se dedica. –satirizó el inglés, esquivando la zapatilla por los pelos. Muy a lo Shakespeare, el cejorrio.
─ Oh, meter a Dios en esto.- España entonces lanzó un cojín, intentando levantarse y resbalándose con los restos del helado en el suelo. Qué vergüenza, semejante despliegue de ridiculez española toda junta. A Inglaterra le iba a dar un síncope de todo lo que se estaba riendo.- ¿Cómo te atreves?
En serio, si el rubio no tuviera un yeso hasta la rodilla, muy probablemente estaría rodando por el suelo, meadito entero de la risa hasta tal punto que ya le costaba respirar.
Y qué bonita se ha quedado la tarde, ¿no? Con los dos lerdos esos ahí haciendo el borrico…
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Bien, la llegada a esta bizarra situación acontece, por poner un ejemplo… Un martes. Sí, un martes estará bien. Pues bueno, apenas le había bajado al inglés la hinchazón de la cara por culpa de cierto puñetazo fabricado en Península –que mira que las cosas que se fabrican en España son malas, pero de verdad no hay nada que se compare al jamón, los chorizos, las ensaimadas y las hostias de cualquier tipo; por lo menos, algún mérito ha de haber- cuando la señora Reina de Inglaterra telefoneó a su país, mencionándole causalmente una visitilla de nada a Palacio, así, como quien no quiere la cosa.
─ Pero, ¿cómo se ha enterado de que estoy aquí?
─Es la Reina de Inglaterra, tarugo, y tenemos el MI6, no sé si te suena. Tiene que saberlo a la fuerza.
─ ¡Ah! Lo del 007 y eso, dices.
─Eso mismo.
España asintió, alzando las cejas de impresión.- Que cosas… Vaya vueltas da la vida.
─Va a ser eso.
Lo primero fue que España se quedó flipando al ver el Rolls Royce que fue a recogerlos a la casa del rubio. Lo segundo, que tenían alcohol y equipo de música de lujo dentro del auto –que sí, alcohol repipi como el de Francia, el champán ese, y música en estéreo para dejar sordo a un elefante, pero eran operetas clásicas y aburridas en italiano impronunciable; así que meh, no estaba tan (mentira) impresionado-.
─Oye, Ru, ¿tú crees que si se lo pido al chófer, me ponga una zarzuela? ¿Tienes discos de zarzuela, ya sabes, casetes de los viejos, de los de rebobinar con un boli Bic de toda la vida…?
─Este es un coche oficial del Estado, España. Dudo mucho que tengan zarzuelas o casetes o yo qué sé qué cosas quieres que te pongan. –Oh, sí, Inglaterra estaba tenso como una tabla de planchar, acojonadillo sobre lo que pudiera querer su Reina con el mendrugo boquirrubio que tenía sentado al lado, sobeteando los cristales de la limusina con sus dedos todavía machados de la grasilla del desayuno. Inspiró fuerte, intentando calmarse y ser un poquito más amable con el castellano.- Puedo decirle al conductor que ponga la radio, si quieres. –Se ofreció, deseando estar conduciendo él esa maravilla de coche muy lejos de su destino actual.
─Los Beatles son muy famosos en tu casa, ¿no?
─ Los Beatles son de mi casa, España.
─Lo digo porque a lo mejor nos pueden poner música de esa, a ver si te calmas un poco y te sale solo ese palo que tienes metido en el culo, que estás muy histérico. No vaya a tener que sacártelo yo.
─No será necesario, pero gracias. –Y a pesar del siseo, Inglaterra le dio un apretón en la mano al castaño, agradecido.
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Lo mejor de todo, con sinceridad, fue ver la cara del españolito cuando se detuvieron frente al palacio.
─ ¡Pero tío! ¡Si aquí dentro cabe mi casa!
─Y la mía también, pedazo de bruto.- Le sermoneó Inglaterra, pescándole del brazo así a las bravas, y arrastrándole dentro. España le palmoteó la mano y, fingiéndose ofendido, le entrelazó los dedos para caminar, dejándole que le guiara y chillando como un niño cada vez que veía algo que relucía ínfimamente.
Pero la cosa no acabó ahí.
─ ¡Mira, mira!
─ ¿Qué te pasa ahora?
─ ¿Has visto esa habitación? ¡Mi casa entera entra dentro de ella!
─ Oh, sí…
Y luego:
─ ¡Bretaña, Bretaña!
─ ¿Qué?
─ ¿Recuerdas la habitación de antes, la de la recepción? ¿La que tenía un juego de té encima de una mesa?
─ Adivino que vas a decirme que tu casa cabe en esa habitación, también.
─ Encima de la jodida mesilla, amigo.- Aseguró el emocionadísimo español.
Y luego España se topó de bruces con la Reina. No es como que no la conociera, ya que se habían visto un montón de veces y eso, pero es que esa era la primera ocasión en la que se encontraban sin mediadores políticos de por medio, así que estaba tan feliz como un mandril con una naranja pelada. Y, claro, ante la impresión –por algún motivo que Inglaterra no llegaba a comprender, a España le encantaba hablar con los abuelillos, y la señora Isabel no iba a ser la excepción-, el castaño casi le salta a la mujer al regazo. Inglaterra estuvo dos horas escuchando la charla de España sobre no sé qué de la Sagrada Familia, de que si se edificaba por un lado, se terminaba desmoronando sobre el otro; o sobre un restaurante de degustación de carnes en el puerto de Barcelona; o sobre las nuevas noticias de fútbol…
A lo que Inglaterra, orgulloso señoritingo apasionado de dicho deporte, empezó a meter baza también. Y acabaron discutiendo a gritos sobre algo que se parecía demasiado a los hooligan y las estatuas de la plaza de Cibeles, o de Neptuno… Y otras así como que de fuentes… Y de árbitros comprados… Y de banderines y vuvuzelas… Y algo sobre el mundial de 1930… Y casi acaban a golpes de no ser porque tintineó la campanita de la comida y se tuvieron que ir a almorzar.
Precavida ante el escenario anterior, la Reina los puso enfrentados en la mesa, a sabiendas de que, con un tablero de por medio, no podían arrancarse la cara a arañazos. Lo que no suponía la mujer es que, con tantos años a cuestas en la espalda, y tanto carácter infantil competidor, se lucieron los dos anormales como soberbios comensales, eso sí, a base de patadas en las espinillas y gruñidos. Pero, eh, utilizando la cubertería que daba gusto verlos.
─¡Capullo! ¡Esa me ha dolido!
─ Te la has buscado tú solito.- Se defendía el inglés.- ¡Au!
─ ¡Ajá! ¡España ataca de nuevo!
─ ¡Eso era mi espinilla! –Protestó, devolviéndole el golpe.- A ver si así…
España saltó del dolor en su silla, pues el rubio le había doblado los dedillos de un muy certero y potente puntapié. ─¡Pero serás hijo de…!- Escupió, intentando saltarse la mesa por encima para ahorcar al taimado cejudo. Ah, pero Inglaterra siempre ha sido de esos que no juegan limpio, así que pateó a España por debajo de la mesa para tirarle al suelo, casi tumbado en su silla para alcanzarle, y que no se le viniera encima.
Tras una fructífera y algo más relajada tarde, y después de haberse tomado el té la señora y los dos magullados caballeros antropomórficos de un colectivo social, la Reina les ofreció un paseíto ligero por algún parque para bajar la comida y demás, así, en carroza de caballos y con la guardia real de acompañamiento. Nada que llamara demasiado la atención, dijo.
─Tenemos que retirarnos, Su Majestad.- Les excusó Inglaterra, tirando de la manga al castaño para que les siguiera el juego.- Me he dejado, eh… la televisión encendida esta mañana…
La abuelilla insistió en acompañarlos a ambos a la puerta, de tan contenta por lo divertido de su día que estaba; y, por mucho que peleó Inglaterra para convencerla de que no era necesario ni mucho menos, terminaron los tres en las puertas de palacio –no es como si realmente hubiera estado el inglés convencido de poder hacerlo, pues una no es Reina del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte por tantos y tan larguísimos años sin ser más tozuda que una mula coja; y siendo sinceros, el rubillo ya se lo veía venir desde antes-, frente a la gran escalinata.
España, con toda la obvia intención de acelerar las cosas, pilló a vieja Isabel de los hombros y le plantó dos besos en las mejillas, con tal desparpajo y tanta mala suerte que al separarse, la desafortunada mujer se pisó las faldas y… Decidió acompañarlos a las puertas para abrirles… Y lo hizo de una forma un tanto peculiar: Rodando.
Bien, España se lanzó a la carrera detrás de ella, intentando cogerla al vuelo antes de que se partiera la abuela la cadera contra un escalón o vete tú a saber por tal o cual motivo.
Inglaterra soltó el grito de su vida y sintió que se le iba el alma por la boca al ver a su señora Reina, su adorada, amada, queridísima Reina, cayéndose a plomo a lo largo de los interminables escalones de mármol de la larguísima gradería. Entonces pensó que estaban incumpliendo alguna normativa de seguridad o alguna cosa parecida sobre los barandales, o la separación de tramos entre cierto número de escalones, o la altura de los mismos, o su estrechez -que ni siquiera se podía poner bien el pie con comodidad sin que tuviera uno el miedo a darse de bruces contra la dura piedra y romperse las narices, cojones-, o cualquier asunto más.
─ ¡Pero cógela! –Rogó, histérico perdido, al castellano, viéndole lazarse a la carrera en pos de la señora y siguiéndole muy de cerca, casi pisándole los talones. De verdad que a Inglaterra se le paraba el corazón un día de estos, que ya era mayor, que no estaba para estos sustos tan horribles. Y la Reina todavía bajando la escalera, a gritos.
─ ¡Ya la tengo! ¡Ya la tengo! –Aseguraba el español, brincando a lo largo de la escalinata como un gamo silvestre, extendiendo los brazos al frente a ver si lograba atrapar a la Reina.- ¡Ish! ¡Por los pelos! ¡Casi la he cogido! –Se lamentaba, forzándose un poco más.- ¡Espere, señora! ¿Quiere usted dejar de rodar?
─ ¡Ay, España, que me la matas!
Pero no. España finalmente logró pescar a la mujer, afianzándola con los brazos, no se le fuera a resbalar otra vez que entonces sí que la liamos. Tenía, por cierto, a media estupefacta y horrorizada población de Londres parada delante de las rejas de Palacio, observando atónitos cómo trataban a su amadísima Reina igual que si fuera un saco de arpillera.
─ ¡Ya le he cogido! –Le aseguró al inglés.- La he cogido, ¿ves?
Y al ir a darse la vuelta para mostrarle su arrugado trofeo al británico, no le vio intentando parase a su lado, por lo que le metió un pie entre los suyos y, bueno…
Inglaterra chilló, peleando con las manos para agarrarse a lo que fuera a lo que pudiera asirse –a nada, en realidad- y bajando igual que lo había hecho su Reina la mitad de la escalera que faltaba, rodando como una elegante y trajeada croqueta de ceño rubio.
Los londinenses allí agrupados gritaron horrorizados, viendo con los ojos como platos de cocido a su magullada Reina y a su adorado país hecho una bola, escalones abajo, todavía cayendo… Hasta que se topó con el pavimento de los últimos escalones y soltó un terrible grito de dolor.
España se infartó al oírle. Diantre, de verdad le había escuchado gritar muchas veces –la mitad de ellas eran por culpa suya, de torturas medievales, o batallas, etc, así que tampoco se arrepentía mucho- pero aquello había sonado especialmente agonizante. Dejó a la Reina sentada en la gradería –con infinito cuidado, no fuéramos a tener otra desgracia, pues es que… lo que nos faltaba- y se lanzó hacia abajo como una liebre, brincando entre los pequeños sillares de piedras para alcanzarle.
─ ¡Bretaña, Bretaña! ¡Ay, Dios, que me lo he cargado! –Chillaba, viendo al rubio tirado en el suelo, encogido en una bola de ropa y mechones sucios, sin moverse.- ¡Ay, Señor! ¿Por qué Judas me odia? –Apanicado, se acercó corriendo al cuerpecillo acurrucado, toqueteándole la cara, en extremo nervioso.- Dime algo, Bretaña.- Le pidió.- Vamos, lo que sea, lo mínimo para que pueda defenderme en la ONU y no me manden matar a mí también…
─ Eres un jodido interesado, capullo.
─Dios, Dios… -siseó, aterrado todavía, con la angustia en el cuerpo.- Yo también te quiero, yo también.- repitió.- No me vuelvas a dar esos sustos.
Inglaterra rodó los ojos, frunciendo el ceño por el dolor, y le dio un golpecillo en la cara.- Sólo deja de llorar, idiota. Si sigo vivo- le aseguró, quitándose de encima de los labios una capa chiquitina de polvillo del suelo-, lo que necesito ahora es que llames a una ambulancia, que seguro que me he debido romper algo.
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─Así que la policía, ¿eh?
Sí, ese era España, todo gallito, escondido y atrincherado tras la puerta de su embajada, bien lejos de las fuerzas de la ley británica. Por si las moscas, claro, no es como que él estuviese preocupado sobre si debía tener una condena por lanzar a la Reina por las escaleras… O a Inglaterra.
─ ¡Ya lo creo!
─ Pero, ¿estáis seguros de verdad?
─ ¡Salga de ahí!- Exigió el agente. Llevaban por lo menos una hora así, con España dando respuestas estúpidas a cualquier acusación u orden que se le diera.
─ ¿Cómo está Bretaña? –preguntó a gritos. Ni loco salía de ahí.
─ ¡Hospitalizado!- Le respondió el capitán, sacudiendo un brazo.- ¡Usted, Reino de España, debe responder ante sus crímenes contra la realeza británica y contra nuestra honrosa nación!
─ ¡Pero si ha sido un accidente, joder! ¡Cómo os lo montáis aquí, pesados, que sois muy insistentes! –bufó, asomando la cabecita por el resquicio de la puerta, que le parecía algo maleducado estar a gritos con el oficial sin ni siquiera dar la cara. Que no se diga nada de la cobardía española, hombre… Que todos nos la conocemos ya bien.- ¡Honroso, dice! ¡Qué cachondo! ¡Inglaterra se reiría en tu cara si te oyera, majo!
─ ¡Basta ya de tanta tontería, se le ordena que…!
─ ¡Quiero ir a verle, señor policía! –impuso, pasándose las manos nerviosamente por el pelo y dando por fin la cara frente al cuerpo de seguridad de Londres. El hombre, un alto cargo de Scotland Yard –diantre, habían agredido a su nación, qué menos que alguien de elevado puesto se ocupara de manejar el asunto-, bajó el megáfono de su boca y observó atónito al país, que se mostraba con las manos alzadas por encima de su cabeza, como si el estuvieran apuntando con un arma, y sonriendo de forma tan estúpida como culpable.- ¿Me lleva al hospital, porfa?
─ ¡Al calabozo le voy a llevar yo!
─ Pero bueno, si es que todos en esta isla sois igual de bordes, ¿qué es lo que pasa con vosotros? –Bufó España.- Debe ser la lluvia…
De alguna bizarra e inexplicable manera, España acabó por convencer a los oficiales de llevarle a ver al británico. Para cuando llegó, se lo encontró tirado en una cama, cabreadísimo, con las muñecas y el tobillo que no tenía escayolado enganchado a los barandales de hierro con correas.
─Se resistía continuamente.- Fue la excusa del doctor, que no tenía ni idea de a quién estaba tratando –era de esos pocos desinformados, ya se sabe-.- Creemos que se ha golpeado la cabeza y que delira; no deja de ordenar que quiere ver a un tal España. Por mucho que le hemos intentado explicar que eso es una nación, sigue en sus trece y no recapacita. Lleva cerca de una hora insultándonos…
─ ¿Utiliza palabras del siglo XV que no usaría nadie hoy en día?
─ Ya lo creo, nos llama canallas…
─Deje, deje, que yo me encargo de aquí el corsario.
─ ¿De quién?
─Mi menda lerenda del payaso cejudo ese, hombre. El que tiene ahí amarrado a la cama.
Cuando se topó con Inglaterra, le pilló de los pelos del pescuezo y sin ninguna delicadeza le metió un morreo que para qué, dejándolo mudo de la impresión.
─ ¿Qué significa eso? –pidió saber el rubio, un tanto más –sorprendentemente- tranquilo.
─ Que me voy.
─ ¿A dónde?
─ A prisión, creo. O, bueno, a donde quiera que metan tus policías a los detenidos…
Le costó Dios y ayuda al británico el no sacarse las correas del cuerpo a mordiscos, histérico como él sólo podía ponerse. ¿Qué se le llevaban a España? ¡Una yoya de abuela! Dos horas más tarde, estaba arrasando por las comisarías de todo Londres, esgrimiendo la muleta y todavía en bata de hospital –con todo el culo al aire y esos asuntos, que vaya alegría le dio a España el verle ir a buscarle con esas fachas- y ordenando a viva voz que le devolvieran al castellano ese.
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Ea, ya cayó el siguiente. No tengo mucho tiempo, así que…
Capitulillo dedicado a la Jelen, que la estoy haciendo sufrir muchísimo últimamente. Amore, sabes que va a ser un año duro, peor incluso que el pasado, pero vamos a seguir intentándolo. Piensa en este fic como en un símbolo de que, sí, señor, seguimos luchando contra viento y marea para abolir el deficiente sistema educativo. ¡A por todas!
Dedicado a Kairy-Hitsugaya, Shah Jelen, Kirtasha, maildekris y, como ya es costumbre, a mi queridísimamente abandonada, Marta1234j.
Con todo el amor del mundo para vosotr s, ya lo sabéis.
