CAPÍTULO 7: Promesa de noche
—Por favor, Syaoran, tengo que saberlo, ¿cortaste tú alguna vez una flor del jardín y me la regalaste? —
—Estaba tan enamorado de ti en ese entonces que te habría dado todas las flores del mundo, de haber podido. —
—¿Tú... estabas enamorado de mí? —Se quedó sin aire.
No necesitó de palabras, leyó la respuesta en sus ojos, deleitándose con el fervor que él le dedicaba. Lentamente, él se inclinó y la besó, provocando que ella se derritiese al contacto de esos labios cálidos y hambrientos.
Con un gruñido ronco, Syaoran la estrechó entre sus brazos y la atrajo hacia él, ahondando esa unión de forma casi desesperada.
Con un envite de su lengua la incitó a abrir los labios para él, saboreando el néctar de su boca. Gimiendo de placer, Sakura se dejó llevar por ese momento, abriendo la boca para permitirle a él explorar a sus anchas, gozando con su sabor y el jugueteo travieso de su lengua.
Percibió el contacto de las almohadas a su espalda cuando ambos cayeron sobre las sábanas, sus cuerpos entrelazados en una unión frenética de caricias y besos. Era como si no bastara el tiempo para estar juntos, aprovechando cada segundo para sosegar la sed del otro.
Sakura se dejó envolver por su abrazo, sintiéndose perder en el mar de emociones que despertaba en su cuerpo con cada una de sus caricias, el roce suave y firme de sus labios sobre los suyos, los envites de su lengua, jugueteando con la suya.
Y quería más, oh Dios, quería mucho más...
Alzando los brazos desde su cuello, enredó los dedos en su sedoso y oscuro cabello, atrayéndolo más a ella, deleitándose con la proximidad de su cuerpo, el calor que transmitía su piel, a pesar de las capas de ropa que los separaban.
Él se apartó un momento, sus ojos encendidos por la pasión buscando la respuesta a una pregunta muda que apareció entre ellos.
Sakura asintió, un movimiento sutil que habría pasado desapercibido para cualquier otro que no fuese él.
Con dedos apurados, Syaoran comenzó a desabotonar el cuello de su camisón, y con un movimiento ágil desnudó sus hombros y lo bajó hasta su cintura. El contacto de la calidez de sus manos ásperas sobre su piel desnuda la hizo estremecer de pies a cabeza.
Sakura, con un respingo, se apartó, cubriéndose con los brazos. —¿Podrías apagar las luces? —suplicó, cuidando de cubrirse bien.
—Deseo verte, mi amor... —
—Syaoran, por favor... —ella bajó la mirada, incapaz de mirarlo a los ojos—. No quiero que me veas desnuda. —
Él soltó una risita, provocando que ella alzara los ojos, confundida.
—Mi amor, si ya te he visto desnuda. —
—¿Qué...? —La boca de Sakura cayó hasta su barbilla, dedicándole una mirada incrédula.
—Cuando te traje aquí tuve que darte un baño, te lo dije. —
—Supuse que lo habían hecho las doncellas, o Fuutie... —
—Era el día libre de las doncellas y mis hermanas no estaban en casa, y no iba a permitir que ningún mozo te viera desnuda. Así pues... —se encogió de hombros, dejando la frase en el aire.
—¿Cómo has podido? —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Es horrible... —
—No pretendía ofenderte, Sakura —ahuecó la mano en su mejilla en una caricia colmada de ternura.
—No tú, me refiero a mí... cuerpo. Soy horrible —hipó—. Tengo el cuerpo cubierto de cicatrices por las quemaduras, los golpes, por las operaciones tras el accidente... Soy un monstruo. —
—No digas eso —su voz retumbó en la habitación, sorprendiéndola por la forma dura en que le habló—. Eres hermosa, que quede muy claro. Nada podrá cambiar eso jamás. Ese maldito accidente no te cambió, Sakura. Es sólo lo que tú crees. Lo que los demás te han hecho creer... —
—Me he visto en un espejo —replicó ella, sintiendo la suave caricia de Syaoran sobre su rostro, secando sus lágrimas.
—Eres hermosa, Sakura. Siempre serás hermosa, sin importar qué —la besó suavemente en los labios—. Ni el tiempo —la volvió a besar—, ni las circunstancias —otro beso—, ni las arrugas —un nuevo beso, esta vez descendiendo por su cuello— , ni ninguna marca —besó la cicatriz de su cuello, que ella hasta entonces había mantenido cubierta con una gruesa cinta—, será capaz de mancillar la belleza de mi dulce Sakura. La mujer más hermosa que ha existido y que me enamoró como un loco —se enderezó para mirarla a los ojos—, y de la que sigo enamorado —volvió a apoderarse de sus labios, besándola con una pasión renovada que le abrasaba el alma.
Sakura se dejó llevar una vez más por sus caricias, esta vez sin reservas, deleitándose con ese momento que nunca creyó posible podría llegar para ella.
Syaoran ahuecó las manos sobre sus pechos, retomando el camino que hacía poco había abandonado. El camisón se interpuso una vez más en la trayectoria de su piel, y con dedos algo desesperados Syaoran se dispuso a apartarlo, desabotonándolo hasta desprenderla completamente de él, dejándola desnuda.
Sakura, se estremeció por una sensación que nada tenía que ver con el frío cuando él apartó sus brazos, con los que intentaba cubrirse, estudiándola detenidamente desde los hombros hasta la punta de los pies, acariciando cada parte de su cuerpo con una lentitud abrumadora.
—Eres tan hermosa —susurró en su oído antes de colmarla de besos, descendiendo con sus labios por su cuello, dejando un camino húmedo de besos marcados en su piel hasta que sus labios se toparon con uno de sus pezones.
Sakura debió reprimir un grito cuando él se lo metió en la boca y jugueteó con su lengua con él, mordiendo y tirando hasta que ella sintió que no podría evitar por más tiempo gritar de placer.
Syaoran rió de gozo, alzando la vista para verla estremecer bajo sus caricias.
—Eres preciosa —le dijo Syaoran, sin dejar de observarla, plantándole un beso en el vientre, donde una marca rojiza surcaba su piel—. Preciosa, siempre hermosa... —continuó, besando otra cicatriz, y otra, hasta que su cuerpo ardió.
Sakura lo observó con lágrimas en los ojos. Lentamente estiró las manos, incapaz de soportar esa tortura más tiempo, tiró del chaleco y la camisa de Syaoran, intentando despojarlo de su vestimenta. Él la ayudó, y pronto estuvo desnudo en su esplendor ante ella. Era hermoso, algunas marcas surcaban su piel, antiguas, mucho más que las de ella.
Sin embargo, no restaban en absoluto su belleza. Al contrario, resultaban en cierta forma salvajes y atractivas...
Syaoran se inclinó sobre ella, apoderándose de su boca una vez más, al tiempo que sus manos exploraban cada curva de su ser.
Una de sus manos se ahuecó en su pecho, masajeando y tocando con urgencia, al tiempo que la otra se perdía en el rincón más privado de su cuerpo. Ella soltó una exclamación ahogada al sentirlo llegar al centro de su feminidad con sus fuertes y ásperos dedos, pero él no le permitió reclamar, ahogando su voz con los envites de su lengua jugueteando con la suya. Syaoran continuó tocándola, volviéndola loca de placer con sus caricias, masajeando y jugando, deleitándose con el placer que leía en sus ojos.
—Por favor... —suplicó Sakura con un gemido ahogado, creyendo que iba a morir de placer.
Sintiéndolo tan natural como respirar, tiró de él, invitándolo. Con un rugido ronco, Sakura se apoderó una vez más de sus labios, envolviéndola con sus caricias.
Sakura sentía su cuerpo arder bajo la piel cálida de Syaoran. Su cuerpo parecía de acero cubierto de terciopelo, sus músculos, firmes y duros, reaccionaban bajo el tacto de sus manos, explorando su cuerpo masculino, deleitándose con él.
Con un movimiento diestro, Syaoran abrió sus piernas con su rodilla, situándose en su entrada. Sakura vibró al percibir la presión de su miembro húmedo y tibio contra ella.
—Todo va a estar bien, cariño —le susurró Syaoran, mirándola a los ojos, y la penetró.
Sakura soltó una ligera exclamación ante la invasión, sentirlo en su interior era un deleite, su miembro caliente palpitando en su interior, su rostro marcado por el placer prometido en esa unión.
Actuando por sí solo, su cuerpo se acopló a él. Syaoran la miró con veneración, besándola con pasión al tiempo que comenzaba a moverse en su interior.
—Sakura—susurró sobre sus labios, recorriendo sus brazos con la yema de sus dedos hasta enlazar sus dedos con los de ella—. Mi hermosa, mi preciosa Sakura...—le dijo, apoderándose una vez más de su boca, al tiempo que aumentaba el vigor de sus movimientos.
—Oh, Syaoran... —gimió Sakura, moviéndose con él, acoplándose a su ritmo, deleitándose con cada embestida hasta que creyó que no podría soportarlo más.
Y de pronto, una oleada de placer la sacudió hasta la médula de los huesos, haciéndola gritar desde lo más profundo de su alma. Syaoran la acompañó en el éxtasis, sacudiéndose en su interior al tiempo que un rugido ronco hacía eco a su grito antes de que sus labios se apoderaron una vez más de su boca, silenciando el escándalo a coro que estaban propiciando en su lecho.
Poco a poco volvieron a retomar el curso normal de sus respiraciones. Syaoran aún se encontraba sobre ella, aplastándola un poco, pero no le importó. Nunca en su vida se había sentido más dichosa. Se dejó llevar por ese momento maravilloso, percibiendo el palpitar agitado del corazón de Syaoran contra su pecho.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Syaoran, notando que ella se había quedado muy callada.
Sakura sonrió, abrazándolo por el cuello, impidiendo que él se alejara.
—Ha sido fantástico —confesó en voz baja, como si le estuviera contando un secreto.
Syaoran rió a carcajadas, besándola en los labios, contagiando con ese gesto la risa en ella.
—¿Te gustaría intentarlo de nuevo? —le preguntó, apartándose lo suficiente para dedicarle una sonrisa pícara que a ella le subió los colores en las mejillas.
—¿Es que se puede hacer otra vez? —Ella arqueó las cejas, sorprendida, provocando que la risa de Syaoran se intensificara.
—Cariño mío, permíteme demostrártelo —le dijo entre risas, volviendo a besarla, dispuesto a llevarla con él de vuelta al clímax.
¡Mamá!
Sakura abrió bruscamente los ojos al escuchar esa voz. Un lamento que bien pudo atravesarle el corazón.
¡Quiero a mi madre!
Era un sonido apenas audible, pero real. Ella lo había escuchado, estaba segura esta vez. Era la voz de un niño llorando...
Intentó incorporarse, pero los brazos de Syaoran la mantenían firmemente sujeta contra su cuerpo.
—Syaoran... —lo llamó, meciéndolo suavemente—. Syaoran, despierta.. —.
Él abrió los ojos lentamente, parecía descansado. Las marcas oscuras bajo sus ojos habían desaparecido y, al verla, un brillo singular apareció en sus hermosos iris dorados.
¡Mamá! ¡¿Dónde estás, mamá?!
El rostro de Syaoran palideció al escuchar esa llamada; en esta ocasión Sakura estaba segura de que él no podría rebatirlo.
Un quejido atormentado resonó contra las paredes de la alcoba al tiempo que todas las ventanas de la habitación se abrían de par en par.
Sakura y Syaoran se separaron, ambos buscando en vano la fuente del sonido.
—¿Qué ha sido eso? —se atrevió al fin a preguntar Sakura.
—No es nada —Syaoran se puso de pie, sin dejar de observar en derredor con los ojos muy abiertos—. Será mejor que cierre las ventanas, está comenzando a llover.—
—¿Cómo puedes decir que no ha sido nada? Se escuchó una voz, un lamento... —
—Es una casa grande, Sakura. El viento suele hacernos jugarretas —Syaoran cerró bruscamente las ventanas y corrió las cortinas—. No lo tomes en serio. —
Un nuevo lamento llegó hasta sus oídos, un quejido apagado, alguien llorando...
—Syaoran... —Sakura se llevó una mano al pecho, sintiendo su corazón acelerado—. No mientas, sé que lo has escuchado. Es un quejido, alguien está llorando. Un niño... —
—Han sido demasiadas emociones por un día, Sakura. Debes descansar —él la interrumpió, llegando a su lado y recostándose junto a ella.
—Pero Syaoran, ¿no deberíamos ir a ver si alguien está herido? —
—Confía en mí, no hay nadie herido —sus ojos parecían extraviados en otro lugar, lejos de allí—. Al menos, no ahora... —
—¿Qué quieres decir? —
—¿Nunca has escuchado de las casas embrujadas? —
Sakura palideció.
—Estás bromeando. —
—No suelo bromear con esa clase de cosas. Ésta es una casa vieja, Sakura. Es natural que haya un espíritu o dos vagando por sus corredores. —
—¿Y no se puede hacer algo? ¿Cómo puedes decirlo tan tranquilo? —
—Cariño, ayudar a esa gente está más allá de mi mano. Y de la tuya —la besó en los labios, obligándola con ese beso a esfumar sus temores—. Vamos, duerme, cariño —le pidió en un susurro, rodeándola entre sus brazos y plantándole un suave beso en los labios—.Yo me quedaré despierto y velaré tu sueño—.
Sakura sencillamente no pudo replicar, permitiéndole envolverla en ese cálido abrazo. Sus manos la acariciaban con una ternura indescriptible, transmitiéndole una calma que jamás pensó llegar a poseer. Se sentía extasiada ante ese gesto tan dulce. Quién hubiera imaginado que el conde de Leagrave, el hombre de semblante adusto e impasible, aquel al que la sociedad londinense asociaba con un asesinato, podía llegar a ser tan tierno.
Antes de darse cuenta, Sakura cayó en un profundo sueño, protegida entre los fuertes brazos de Syaoran.
Por primera vez, desde que podía recordar, se sentía completamente en paz.
Aún puedo recordar la forma en que me miró al confesarme sus tormentos. Mi dulce Sakura..., de haber conocido antes su sufrimiento no la habría dejado sola.
Sus lágrimas me conmovieron, ella nunca fue de llanto fácil. El dolor era casi palpable en su mirada. Se veía tan sola, tan confundida, tan dolida... ¿Qué es lo que hemos hecho todos al apartarla del mundo?
Del diario de Syaoran Li
Sakura mantenía la mirada fija en la ventana abierta. Sentada en una silla, observaba a las hermanas de Syaoran reír en los jardines, correteando como un par de niñas pequeñas. Eran un par de chicas encantadoras. De no ser por su estúpida enfermedad, se habría sentido encantada de correr con ellas y disfrutar de la libertad de ese hermoso día de verano, del canto de los pájaros y del aroma de las flores de los hermosos jardines de Paradise Hall.
Aunque estar en esa habitación no era tan terriblemente aburrido desde que Syaoran había cambiado el sentido que esa cama tenía para ella.
Un sonrojo apareció en sus mejillas al recordar lo vivido la noche anterior.
Había sido maravilloso.
Syaoran se despidió al amanecer, prometiendo regresar más tarde esa misma mañana. No deseaba incomodarla, cosa que sucedería sin duda si sus hermanas llegaban a encontrarlos en el mismo lecho. Ella estuvo de acuerdo con su idea de que mantener en secreto el encuentro que habían tenido la noche anterior sería mejor. No quería despertar rumores.
Prefería guardar ese maravilloso momento en su memoria como un tesoro hermoso para ella sola.
Uno de los pocos que tendría en su vida. Si no el único...
Todavía podía recordar las caricias de Syaoran como si las estuviera reviviendo. Él había sido tan tierno, tan cálido... tan diferente a como pudo llegar a pensar que un hombre podría ser.
Era increíble que alguien osara hablar de él y manchar su nombre sin motivo.
Ahora comprendía muy bien por qué Tomoyo se molestó tanto al escuchar esos chismes sobre Syaoran.
Sin duda su amiga no se había equivocado, Syaoran era un hombre excelente, se lo había probado con acciones y palabras desde su primer encuentro. La había procurado y atendido en su propio hogar, siendo no sólo el más amable de los médicos, sino el más dulce de los anfitriones.
Y sí, puede ser que los anfitriones no compartieran con sus invitadas la intimidad que ellos habían tenido, pero si estaba mal o no era correcto, no le importaba. De alguna forma sabía que todo cuanto tuviera que ver con Syaoran tenía que ser bueno, era como si una parte de su alma se lo dijera. Tal vez una parte de sí misma realmente lo recordaba, a pesar de que su memoria lo había borrado completamente. Y esa parte de ella le decía, le gritaba, que Syaoran era sin duda, un grandioso ser humano.
No tenía memoria, pero tenía aquella parte de sí misma que no iba a ignorar.
La puerta se abrió sin anunciarse, y se sorprendió bastante al encontrar a Syaoran de pie en el umbral. Y se dio cuenta del motivo que había tenido para no llamar.
—Yo... he venido a leerte —le explicó al tiempo que levantaba ligeramente los brazos cargados de una torrecilla de libros, como si ella no los hubiera notado ya.
Sakura sonrió, poniéndose de pie para llegar a su encuentro.
—¿La biblioteca completa de tu casa? —bromeó Sakura, tomando uno de los libros que él dejaba sobre la mesita de té.
Syaoran se volvió hacia ella y la tomó entre sus brazos, plantándole un apasionado beso en los labios.
—Te he echado de menos —le dijo en un susurro ronco, ahuecando las palmas sobre sus mejillas, en una caricia suave y llena de ternura.
—Si nos hemos visto hace un par de horas —replicó ella, sin poder evitar sonreír ante sus palabras.
—Es demasiado tiempo para estar lejos de ti —Syaoran volvió a besarla. Sus manos descendieron por su cuello, bajando hasta las curvas de sus nalgas, donde se posaron con feroz posesión.
—Syaoran, es pleno día... —musitó ella, con el aliento cortado en la garganta.
—Las chicas han salido, no volverán hasta dentro de un par de horas. Nadie nos molestará —le hizo saber Syaoran, tomándola en brazos y llevándola hasta la cama.
—Syaoran... —sonrió cuando él comenzó a desabotonar su camisón, sin dejar de besarla apasionadamente, como si él fuera un hombre sediento en el desierto y ella su oasis personal.
Hicieron el amor lentamente, disfrutando cada roce, cada caricia, cada uno de sus enérgicos envites. Juntos alcanzaron el clímax, gozando de esa unión que parecía fundada en la fantasía. Esos encuentros eran magia pura.
Recostados en la cama, desnudos, abrazados el uno al otro, hablaron de cualquier cosa poco trascendental, hasta que la conversación fluyó hacia las familias de cada uno.
Syaoran habló sobre sus hermanos. Tenía tres, además de Fuutie y Fanren. Eriol, el que le seguía en edad y que tenía una hija pequeña llamada Daisy; Fanren que era la tercera; después estaban Yue y Yukito, quienes seguían estudiando y en ese momento se encontraban en la universidad en Oxford y que probablemente vendrían a casa para Navidad, y por último Fuutie, la más pequeña de la familia.
Cuando llegó el turno de Sakura para hablar sobre su familia, prefirió cambiar de tema.
Enfundándose en su bata, se dirigió a la mesita de té donde Syaoran había dejado los libros.
—Has sido tan amable al traerme todos estos libros —le dijo, hablando por encima del hombro. Syaoran se había levantado también, dejando al descubierto su hermoso cuerpo desnudo.
Sakura sintió que le faltaba la respiración cuando él la estrechó entre sus brazos, provocando que el deseo naciera una vez más en sus entrañas.
—En realidad, son sólo una excusa para venir a verte —Syaoran le susurró al oído, recorriendo a besos el camino desde el lóbulo de su oreja hasta la pequeña hendidura ubicada en el centro de sus clavículas—. Fanren sigue insistiendo en que debo hacerte compañía. —
—Debo admitir que tu compañía ha resultado ser mucho más... interesante de lo que pude imaginar —sonrió ella, palpando los fuertes músculos de sus brazos—. Quizá puedas volver más tarde y hacerme compañía una vez más... —
—¿Por qué no aprovechar la oportunidad, ya que estamos aquí? —preguntó él, derritiéndola con el fuego de su mirada—. Estoy seguro de que aún tenemos tiempo —con manos diestras, deslizó la bata por sus hombros, dejándola desnuda ante él.
—Syaoran, pronto tus hermanas estarán de vuelta en casa... —Sakura no pudo evitar estremecerse cuando sus labios se posaron sobre su pecho y su lengua jugueteó con su pezón, transmitiéndole toda clase de sensaciones placenteras.
Ya no pudo decir nada más, se sintió derretir bajo sus brazos como mantequilla bajo el sol.
Syaoran la tomó por las nalgas y la sentó en la mesa. Una de sus manos descendió hasta el sitio más escondido de su feminidad, provocándola con sus hábiles dedos a abrirse a él.
Sakura se sintió morir de placer allí mismo. Y cuando pensaba que no podría más, él separó sus piernas y la penetró con una embestida tan sorpresiva como placentera, que le arrancó el aire y a la vez la llevó hasta la cúspide del clímax.
Syaoran comenzó a moverse en su interior, llevándola lentamente con él a un nuevo orgasmo.
Se escuchó gemir de placer entre sus fuertes brazos, enrollando las piernas alrededor de su estrecha cadera, permitiéndole llegar a lo más hondo de ella,
acompañándose juntos en un movimiento frenético que los alzó a lo más alto de la cima del placer.
Arqueándose contra ella, Syaoran emitió un gruñido ronco al tiempo que temblaba, derramándose en su interior. Sakura gimió al sentir cómo se entregaba en su interior, los últimos estertores de placer contra su cuerpo.
Aún unidos el uno con el otro, se quedaron quietos, sus respiraciones calmándose poco a poco. Sakura nunca creyó que podría ser más feliz, su mejilla yaciendo contra el firme torso de Syaoran, su piel cálida y sudorosa en contacto directo con la suya.
—Gracias... —se escuchó musitar entre labios, dejándose llevar por ese momento maravilloso.
Syaoran ahuecó las palmas en sus mejillas y le levantó el rostro para mirarla a los ojos.
—¿Por qué me agradeces? —
Ella sonrió al notar lo ridículo de la situación, sintiendo que las mejillas se le encendían.
—Por todo... —musitó, rodeándole la cintura con los brazos—. Por hacerme tan feliz. —
—En ese caso, soy yo quien debería agradecerte a ti —le dijo en un susurro bajo, inclinándose para besarla. Sakura se dejó transportar por ese beso, capaz de trasladarla a un mundo que hasta hacía poco había sido completamente desconocido para ella.
—Creo que ya me has demostrado que estás agradecido —bromeó ella, separándose en busca de aire.
Él rio, tomándola una vez más entre sus brazos.
—No estoy ni cerca —le dijo en un gruñido que a ella le encendió las entrañas, llevándola con él de vuelta a la cama.
Anochecía cuando escucharon el sonido del trote de caballos. Fuutie y Fanren debían estar de vuelta.
Apresurados y riendo como una pareja de jóvenes enamorados, Syaoran y Sakura se vistieron, procurando dejar presentable todo a su alrededor, de forma que no despertaran sospechas en las chicas.
—Tal vez deberías sentarte a leerme uno de los libros —sugirió Sakura—, en caso de que entren. —
—Seguro, es una buena idea —Syaoran se puso de pie y se dirigió a la mesa, pero los libros habían caído al suelo en medio de su encuentro apasionado.
Con una risita traviesa, Sakura se levantó de la cama y se acercó a ayudarle a recoger los libros, dejándolos de vuelta en una torre sobre la mesa.
—Creo que nunca volveré a ver con los mismos ojos esta mesa —musitó él, dedicándole una mirada llena de deseo que encendió las mejillas de Sakura.
—Yo tampoco —ella sonrió, poniéndose de pie con uno de los libros en la mano. Al echarle un ojo a la portada, el título le llamó la atención—: Las pasiones de lady Carolina —leyó en voz alta—. No sabía que te gustaran esta clase de novelas. —
Syaoran arqueó una ceja, al tiempo que el rubor le encendía el rostro.
—No me gustan —aclaró con tanta rapidez que las palabras le salieron a trompicones—. Estos libros los seleccionaron para ti Fanren y Fuutie. Me temo que mis elecciones sobre la anatomía humana y el sistema nervioso central les parecieron demasiado aburridos para leerte. —
—¿Aburridos? Creo que han de ser interesantes —confesó ella, al tiempo que un brillo peculiar se encendía en su mirada—. ¿Qué tipo de descripciones había en ellos? —
Syaoran alzó una ceja, deteniéndose en una posición bastante cómica, medio inclinado al ordenar los libros sobre la mesita.
—¿Me estás tomando el pelo o es que realmente estás interesada? —
—Me interesa —contestó ella con sinceridad—. ¿Crees que podrías enseñármelos?—
—Eh... sí —tartamudeó, como si no pudiera terminar de dar credibilidad a sus palabras—. Iré a por ellos. Enseguida regreso. —
—¿Crees que podría acompañarte? Me siento hastiada de estar encerrada en esta habitación. —
—Es una bonita habitación —replicó él.
—Sin duda, y te aseguro que tu compañía es lo más interesante en ella — aclaró Sakura, con una sonrisa pícara, al tiempo que el color encendía sus mejillas—. No obstante, quisiera dar una vuelta. Por favor, Syaoran. Sabes que si estoy lo bastante fuerte como para... nuestros encuentros —carraspeó—, podré dar una vuelta por la biblioteca. No es que vaya a desmayarme por falta de energías. Al contrario, creo que nunca en mi vida me he sentido tan vigorosa. —
—En ese caso, podríamos aprovechar ese vigor para otras cosas más tarde — él la abrazó por la cintura, atrayéndola para robarle un beso.
—Más tarde —prometió ella, alejándose un paso con un ojo puesto en la puerta cerrada.
Las hermanas de Syaoran podían entrar en cualquier momento.
—Bien, más tarde —él suspiró, enredando los dedos en uno de sus rizos rojos—. ¿Estás segura de que deseas hacer esto? Temo que te aburrirás enormemente. —
—¿Bromeas? Me encantan los libros de medicina. Papá... —se interrumpió, borrando el entusiasmo de su tono de voz—solía enseñarme algunas cosas cuando vivía en casa. —
—¿Y te resultaba interesante o es que sólo tienes un sentido de atracción morboso por la sangre? —bromeó él, provocando que la sonrisa volviera a nacer en su rostro.
—Oh, me encanta la sangre. ¿No te lo he contado? Provengo de una familia de vampiros, y mi mayor deseo es conocer la anatomía humana para convertirme en una asesina eficaz. Ya sabes, soy una chica buena de campo, no me gusta hacer sufrir a mis víctimas —le siguió la broma, haciéndole reír ahora a él.
—Eres una traviesa, Sakura —dijo Syaoran entre risas—. De acuerdo, ven conmigo, pero te apoyarás en mi brazo en todo momento y te mantendrás sentada durante todo el tiempo que estemos en la biblioteca —se alejó de ella para tomar algo de un armario.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó cuando Syaoran la alcanzó en dos zancadas y la envolvió en un chal.
—Si hemos de ir a la biblioteca por un par de minutos y regresar aquí, no necesitas cambiarte de ropa para volver a desvestirte. Sólo será una pérdida de tiempo y terminarás exhausta. Lo mejor será que vayas así, después de todo está a solo unos pasos, e irás conmigo. Ningún sirviente se atreverá a mirarle.
—¿Es que acaso los espantarás con tu imponente presencia? —bromeó ella, aferrándose al brazo que Syaoran le tendía.
—Tenlo por seguro —le dijo Syaoran, esbozando una ligera sonrisa mientras la conducía por el pasillo rumbo a las escaleras—. Nadie que no sea yo tiene permiso para verte en camisón. —
—¿Y qué hay de tus hermanas? —
Él permaneció pensativo un par de segundos antes de contestar.
—Bien, aclaremos el asunto. Nadie que no sea yo tiene permiso para ver lo que hay debajo de ese camisón —las mejillas de Sakura se encendieron.
—Syaoran Li, eres... —no pudo acabar la frase, él la tomó por la cintura y la llevó tras una puerta. Antes de que Sakura pudiera preguntar qué se traía entre manos, vio pasar a un anciano mayordomo por el corredor, llevando consigo algunos libros.
—Creo que mis hermanas están decididas a surtirte de provisiones para todo el año —bromeó Syoaran.
—No pienso quedarme en esa cama todo un año. —
—Ya lo veremos —susurró Syaoran en su oído, provocando que el color de sus mejillas se encendiera todavía más.
El aire fresco de una ventana abierta le dio en el rostro, refrescándola.
—Es un hermoso día, ¿no te parece? —le preguntó a Syaoran, buscando cambiar la conversación—. ¿Crees que estaría bien si vamos a dar una vuelta por los jardines?—
—Tal vez mañana, si te sientes con fuerzas. Y te pones un vestido —añadió de mala gana —. Es una lástima, es agradable verte en camisón de dormir. Aunque tenemos toda la noche para ello... —la abrazó por los hombros, provocando que el calor subiera una vez más, a pesar de la brisa fresca.
—Eso me agradaría —Sakura sonrió, apoyando la cabeza en el hombro de Syaoran, perdiéndose en la belleza del paisaje que tenía delante—. Me encantan esas colinas, siempre verdes en verano, siempre blancas en invierno. De niña imaginaba cómo sería verlas a través de las ventanas de esta casa, pero nunca creí posible realmente poder estar aquí dentro alguna vez, contemplando las bellezas de la naturaleza que Dios puso ante nosotros para poder deleitarnos y admirar... Lo siento, comienzo a hablar como mi madre —bromeó, pero él no rio.
Se giró hacia Syaoran, quien en lugar de contemplar el paisaje ante él, parecía absorto en ella.
—¿Qué es lo que ves en mí que pareces tan inmerso? ¿Es que acaso tengo una hoja de espinaca entre los dientes y no me lo has dicho? —preguntó Sakura, en son de broma.
Syaoran sonrió, negando con la cabeza, pero sin apartar la vista de ella.
—Sólo contemplaba la belleza de lo que Dios ha puesto ante mí para deleitarme y admirar. —
Las mejillas de Sakura se encendieron al máximo y una sonrisa curvó sus labios.
—Eres un mentiroso, Syaoran. O necesitas gafas —bromeó, cerrándose el chal contra el pecho en un gesto nervioso.
—Ninguna de las dos cosas —Syaoran posó un par de dedos en su barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos—. Creo que eres preciosa, Sakura. Siempre lo has sido.—
Sakura lo miró a los ojos, embelesada por la intensa mirada que él le dedicaba.
—Cada día que te veía en casa de tu padre, aguardaba impaciente que tú me vieras también. Una sola de tus miradas me hacía feliz durante todo el día. Un rayo de esperanza que me ayudaba a creer que tú también podrías llegar a quererme algún día... —
—Eso fue hace mucho tiempo, Syaoran —Sakura apartó el rostro, retrocediendo un par de pasos—. La mujer que fui entonces no es la misma que tienes de pie ante ti.—
—Creo que eras maravillosa —él volvió a acercarse, su presencia imponiéndose ante ella igual que un león acechando a su presa—, y creo que aún lo eres. —
Sakura sintió que el corazón se le paraba al escuchar esas palabras.
Había esperado toda la vida por alguien como Syaoran, alguien que la hiciera sentir en el cielo con su sola cercanía, alguien cuyas palabras de amor le hicieran latir a toda velocidad el corazón.
Alguien que la amara...
Pero Syaoran no la amaba.
Él era un conde, ella una plebeya. Puede que alguna vez se sintiera atraído por ella, como le aseguraba, mas esos días habían quedado muy atrás.
Ahora ella era distinta. Una mujer que nadie podía amar. Una mujer con un pasado que no recordaba, pero que había sido el causante del repudio de su familia.
Y el mismo repudio provocaría en alguien como Syaoran, cuya vida dependía en muchas maneras de la sociedad a la que pertenecía como conde. Y si ellos llegaban a enterarse...
Lo repudiarían tanto como a ella.
No podía hacerle eso a Syaoran.
No iba a arruinar su vida, del mismo modo en que ella arruinó la suya años atrás.
Él podía decir palabras bonitas, podía amarla por la noche, a escondidas de todos, pero nunca la haría suya en verdad.
Nunca la convertiría en su esposa.
Era algo que ella sabía desde un principio. Y había aceptado las reglas del juego de ese modo...
—¿Estás bien, Sakura? —le preguntó Syaoran, cogiéndola por una mano—. Te has puesto seria de repente—
Ella se sintió obligada a volver a centrarse en la realidad. Buscó algo inteligente que decir, quizá algo que habría dicho Tomoyo...
—Sólo pensaba en lo maravilloso que es este lugar —mintió—. Estoy segura de que el día que te desposes, tu mujer será muy feliz de que la traigas a vivir aquí. —
En ese caso, me hace feliz saber que a ti te gusta este lugar —él tomó su mano y besó sus nudillos.
—Eres un conde muy osado, Syaoran Li —habló a toda velocidad, intentando aparentar una calma que no sentía—. Quizá sería mejor que guardaras esos argumentos para las jovencitas casaderas que han de estar esperando gozar de tus atenciones en la siguiente temporada —desvió la vista a los jardines una vez más—Después de todo, es a una de ellas a la que has de decidir cortejar para convertir en tu condesa. —
—Tal vez no desee como mi esposa a ninguna otra mujer que no sea a la que estoy contemplando ahora—
Sakura se volvió a mirarlo con el ceño fruncido, dispuesta a enfrentar su descaro. Ella no era material para esposa. Lo sabía bien.
Su familia la había rechazado, repudiado prácticamente, por algo que había hecho en el pasado.
Y no iba a enturbiar a Syaoran con ese mismo pasado.
Además, él merecía una esposa joven, bella, alguien nacida en buena cuna, educada para ser la digna compañera de un conde. No alguien como ella...
No obstante, al volverse, notó algo en los ojos de Syaoran que le quitó el habla.
Todo cuanto pudo ver en él fue una mirada sincera y unos ojos rebosantes de amor...
De pronto se sintió mareada, el suelo se movió bajo sus pies al tiempo que su mente parecía dividirse en dos. La bruma nublando su mente pareció resquebrajarse y una luz se coló por una pequeña abertura, acompañada de una fugaz imagen;
Syaoran.
Sólo que este Syaoran era más joven. Tenía el cabello arreglado, más corto, se sentía sedoso entre sus dedos... Los ojos de Syaoran se encontraron con los de ella antes de que él la abrazara, envolviéndola en su cuerpo desnudo con pasión y ternura.
«Te amo», le dijo antes de darle un beso feroz y apasionado, robándole el aliento y la razón...
—¡Sakura...! —escuchó la voz de Syaoran, devolviéndola a la realidad.
Él la llamaba por encima de la bruma, sosteniéndola por los hombros, ayudándola a regresar a salvo junto a él desde aquel lugar recóndito de su mente.
De pronto, el suelo dejó de moverse y la bruma volvió a su lugar, ocultando todo rastro de esa imagen.
—¡Sakura, ¿estás bien?! —
Sakura abrió los ojos, mirando en derredor, confundida.
Se hallaba envuelta por los fuertes brazos de Syaoran, que había impedido que cayera al suelo, desmayada.
Al mirarlo, notó la viva preocupación reflejada en las facciones de su rostro, ahora más maduro... y cansado, en comparación al rostro del Syaoran que había visto.
—Yo... No sé qué pasó... —musitó, llevándose una mano a la sien, sintiéndose todavía bastante mareada—. ¡Syaoran!, ¿qué haces...?! —chilló al percatarse de que Syaoran la había levantado en volandas y caminaba a rápidas zancadas de vuelta a su habitación, dando órdenes a los escasos sirvientes de la casa, que se asomaron desde donde fuera que se encontraran, atraídos por sus gritos.
—Tranquila, Sakura, te pondrás bien —le dijo él volviendo a adoptar un tono dulce, llevándola hasta su cama y recostándola con sumo cuidado sobre las sábanas. No se detuvo en eso, con unos dedos ágiles y precisos, comenzó a desabotonar su camisón de dormir.
—¿Qué crees que estás haciendo? ¡Aparta, está frío...! —Sakura apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que él colara una mano con un trapo húmedo por su pecho.
—Te ha subido la fiebre, Sakura. ¡Sabía que no debías levantarte! He sido un idiota por permitirlo... —su voz sonaba ronca, preocupada—. ¡Rápido, coloquen la bañera! —le gritó a un par de sirvientes que traían una bañera de cobre en ese momento—. ¡El agua, de prisa! —
—¿Qué ha sucedido? —Fanren se coló por la puerta entre un par de sirvientes, acompañada por Fuutie y un hombre al que Sakura no había visto antes.
—Ha recaído. Debo darle un baño, esperen afuera —ordenó Syaoran, moderando ligeramente el tono de voz ahora que trataba con sus hermanos. Sin detenerse a esperar a que se fueran, continuó remojando con el paño húmedo la frente y cuello de Sakura, sin hacer caso a sus protestas.
—Vamos, Eriol —Fanren se agarró del brazo del hombre que había entrado con ellas y lo condujo fuera de la habitación.
—Syaoran, tal vez sería mejor que yo te ayudara. Soy enfermera, después de todo —sugirió Fuutie, dedicándole a Sakura una mirada afligida.
—Está bien, supongo que estará más cómoda contigo —Syaoran se puso de pie, cediéndole el sitio a su hermana.
Sin decir palabra, cogió uno de los cubos de agua que traían los sirvientes y comenzó a llenar por sí mismo la tina de cobre.
—Está lista. Salgan de aquí todos, excepto Fuutie —ordenó, remangándose la camisa.
En cuanto hubieron cerrado la puerta, Syaoran cogió a Sakura y la sumergió en la tina con camisón y todo. Sakura gritó al contacto del agua helada, aferrándose con manos temblorosas al cuello de Syaoran, como si buscara el calor de su cuerpo para menguar el daño que el frío del agua le provocaba.
—Tranquila, todo estará bien —le dijo Syaoran al oído con una voz tan cálida que Sakura sintió que le calentaba el alma—. Sólo unos minutos y te sacaré de este infierno. Lo prometo. —
—¿Cómo es que se ha puesto mal tan de repente? —preguntó Fuutie, remojando la frente de Sakura con un paño húmedo.
—No lo sé —Syaoran miró a su mujer, quien mantenía los ojos cerrados, en un estado de semiinconsciencia—. He sido un idiota por permitirle levantarse. —
—Estaba bastante bien, no debes culparte, hermano. Sólo caminasteis unos pasos hasta el pasillo, no pudo ser eso lo que le provocara tanto mal.
—¿Entonces qué fue? —espetó, impotente, asumiendo que todo cuanto había hecho había sido descuidado. No debió forzarla a estar a su lado del modo en que lo había hecho...—. No permitiré que se vuelva a mover de esta cama hasta que esté completamente aliviada. Aunque tarde un año, no la dejaré ir... —
—No te atormentes, Syaoran. En un par de días estará bien. Aunque no me opongo a la idea de no dejarla ir —Fuutie le guiñó un ojo, alejándose lo suficiente para permitirle a su hermano estar a solas con ella.
Sakura apenas escuchaba nada, perdida en la mirada de Syaora. Esos ojos ámbar parecían tan intensos al fijarse sobre ella...
Ahora que Syaoran no mantenía esa máscara tras la que ocultaba sus sentimientos, estos eran tan claros como el cielo de verano, y de alguna forma ella sentía como si pudiera leer todo lo que reflejaba su alma: preocupación, ternura, cariño... incluso amor.
¿Pero cómo iba a saber ella eso? ¡Ojos rebosantes de amor! ¡Es ridículo! Ella no conocía nada del amor...
Debía de tener realmente la temperatura por las nubes y estaba delirando. Ningún hombre podría mirarla con amor, no a ella, no con su cuerpo marcado como estaba...
Syaoran se perdió una vez más en su esposa. Sus pezones erectos por el frío rozaban la piel del antebrazo por el que la mantenía sujeta en la tina. Ese contacto tan íntimo encendía su sangre, aunque se forzaba por mantenerlo a raya.
Amaba a Sakura mucho más allá de una atracción carnal, todo cuanto le importaba era que ella estuviera bien, a salvo, que de una maldita vez se recuperara de esa enfermedad y volviera a ser la mujer feliz y sana de siempre.
—¡Ha recordado algo, estoy seguro! —
—Eso es imposible —Fuutie se cruzó de brazos—. Sakura no ha recordado nada en años, ¿por qué lo haría ahora? Sólo intentas inventarte excusas sin sentido para permanecer alejado de ella. Estoy segura de que sólo ha sido una recaída sin contratiempos —lo contradijo Fuutie, mirándolo preocupada.
Syaoran pudo adivinar por la angustia en su rostro, que realmente no estaba tan segura de lo que decía.
NOTA DE CAMIKO:
Pensé que sólo publicar un capítulo el día de hoy sería irrelevante, puesto que no había muchos avances en el capítulo anterior. Así que me he esforzado por darles dos.
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