Disclaimer: Este fic es una adaptación de la Novela homónima de Elizabeth Rolls, con los personajes de la gran Stephenie Meyer.
Capítulo VII:
Al día siguiente después de comer, Isabella mandó a Alec a hacer sus tareas vespertinas y Renée se fue, como siempre, a descansar. Sabía que lo mejor que podía hacer era mantenerse ocupada, así que se fue a por cera de abejas y se dispuso a abrillantar los muebles del salón.
La mayoría eran piezas antiguas, que habían pertenecido a la familia de su padre y empezaban a desgastarse por el uso. Aun así, estaban brillantes y le daban a aquella estancia, un aire de hogar. Llevaba toda la vida viviendo con aquel mobiliario y sentía que le proporcionaba estabilidad y seguridad.
Abrió las ventanas y dejó que el aire entrara en la habitación. El jardín estaba lleno de flores y la brisa transportaba su aroma. Respiró hondo y se puso manos a la obra.
Uno a uno fue moviendo los muebles y untándolos de cera. Empezó a tararear y acabó cantando al compás de los pájaros. Después de encerar varios muebles, revisó el primero para comprobar si estaba seco sin dejar de cantar.
La visitante que subía por el sendero con su perro, se quedó inmóvil al escucharla cantar. Esperó unos minutos y luego continuó su camino, hasta llegar a la puerta. Estaba muy nerviosa, por ir a visitar a una desconocida, pero quiso saber qué canción era aquélla.
Justo cuando Isabella Jacobó un paño para sacar brillo, la campana de la puerta sonó. Frunció el ceño. No podía ser Cullen otra vez. Oyó los pasos de Heidi en el vestíbulo y a continuación, el sonido de la puerta al abrirse. Una voz femenina preguntó si la señorita Swan estaba en casa.
Antes de que Isabella pudiera guardar la cera y los trapos en un cajón, Heidi abrió la puerta del salón.
—Ha venido lady McCarty, señorita Isabella.
Sin tiempo para limpiarse, con un vestido viejo y manchas de cera en la cara, Isabella se acercó a saludar a su invitada.
A primera impresión, le pareció una mujer muy guapa. Era alta y delgada y llevaba un vestido azul oscuro, cuya falda sujetaba elegantemente con una mano. Unos rizos morenos asomaban bajo el sombrero que llevaba, que le sentaba muy bien.
Isabella trató de animarse. No tenía de qué avergonzarse. En un segundo vistazo, reparó en la mirada divertida y en la alegre sonrisa. De repente, Isabella se tranquilizó.
—Siento interrumpiros. ¿Queréis que vuelva en otra ocasión? No pretendía importunar, pero Cullen me dijo que lady Esme quería que os conociera. Vamos a cenar con ellos y me preguntará, qué me habéis parecido.
Isabella rompió a reír y su invitada también.
—Os habéis puesto tan seria que, por un momento, me he asustado. No encajaba en absoluto.
—¿No encajaba? —repitió Isabella.
—Con esa bonita canción que estabais cantando. Tenéis que cantarla de nuevo, para que me la aprenda —explicó la condesa.
—¿Por qué no os sentáis, lady McCarty? —preguntó Isabella, sin dejar de sonreír—. Heidi, trae unos sándwiches y té, por favor.
—Sí, señorita Isabella. ¿Qué hago con el perro?
—¿Perro? ¿Qué perro? —preguntó Isabella, sorprendida.
—El perro de lady McCarty está en el vestíbulo.
—¿Puede pasar, señorita Swan? —preguntó lady McCarty—. Es grande, pero está bien educado. También podría dejarlo fuera, con mi criado.
—Que pase —dijo Isabella—. Y, Heidi, dile al criado de lady McCarty que deje los caballos en los establos.
Lady McCarty emitió un silbido y un enorme perro apareció y se sentó junto a su dueña.
—¿Necesitáis que un criado os acompañe, para que os proteja cuando vais con él?
Había hecho la pregunta antes de pensarla. Seguramente, aquélla no era la manera correcta de dirigirse a una condesa. Pero aquella mujer, no parecía encajar en las ideas preconcebidas de Isabella.
—¡Qué va! Gelert sólo atacaría, si alguien pretendiera hacerme daño. Pero ya sabéis cómo son los hombres. McCarty insiste en que vaya acompañada, cuando salgo de nuestras tierras.
Isabella sonrió.
—Debe de ser agradable, que alguien se preocupe tanto por vos. Por favor, sentaos. Me alegro de que hayáis venido. Lord Cullen me avisó de que vendríais, pero no imaginé que sería tan pronto.
Lady McCarty se sentó con el perro a sus pies.
—¿Conocéis mucho a lady Esme?
—No demasiado —admitió Isabella—. Solía venir de vez en cuando, pero tengo entendido que ya no sale mucho.
—¿Y no vais a verla?
—No, eh… No creo que…
Isabella no sabía cómo decirle a lady McCarty, que no se le había ocurrido que pudiera ser bienvenida en Cullen Place. Aunque el vizconde anterior había sido muy amable, su esposa nunca le había hecho saber, que quisiera algún tipo de relación con ella.
—No queríais que pensaran, que os estabais inmiscuyendo, ¿verdad? —dijo lady McCarty, sonriendo comprensivamente—. La próxima vez que vaya a verla, iré en mi carruaje y vendré a recogeros. Le gustan las visitas, aunque siempre regaña por no ir a verla más a menudo. Deberíais haber oído lo que me dijo, cuando estuve un mes sin ir después de tener a mis gemelos.
Isabella estaba fascinada. No podía creer que aquella mujer esbelta, fuera madre de gemelos.
—Había oído que habíais tenido gemelos —dijo Isabella con timidez—. Me alegro mucho por vos.
Sintió un pellizco de envidia. Aquella mujer lo tenía todo: un marido que, por lo que se decía, estaba muy enamorado de ella y unos hijos.
Al menos ella tenía a Alec, pensó, apartando la imagen de lord Cullen. Fuera lo que fuese que pudiera ofrecer, el amor no estaba incluido. Al menos, no el amor como ella lo entendía.
—¿Qué estabais cantando? Nunca antes había oído esa canción. Es antigua, ¿verdad? —preguntó y se puso a tararear la melodía.
—Una de las criadas, me la enseñó cuando era una niña —dijo Isabella.
—¿Podéis tocarla para mí? —preguntó lady McCarty, señalando el clavicordio que había en un rincón.
Isabella sacudió la cabeza.
—Toco muy mal.
Lady McCarty se levantó y se acercó al instrumento. Levantó la tapa y se sentó.
—Venga, cantad. Tengo que aprenderme esa canción. A McCarty le gustará.
Algo cohibida, Isabella se puso a cantar y se sorprendió, cuando su invitada fue capaz de acompañarla al segundo verso.
—Otra vez —le pidió al acabar.
Esta vez tocó desde el principio, añadiendo algunos compases entre los versos.
Rosalie McCarty no había oído a nadie cantar así. La voz era cálida y vibrante y poseía una especial cualidad. Impresionada, tocó las últimas notas.
Sus ojos se encontraron. Estaban cautivadas por la magia del momento. En aquel instante, estaba naciendo una amistad entre ellas, gracias al poder de la música y a la capacidad de expresar cosas, que no podían ser dichas con palabras.
—Espero que vengáis a cenar una noche y, así, cantar para McCarty.
—No podría, lady McCarty —dijo Isabella horrorizada.
Rosalie rió.
—Claro que sí podréis. Le encantará. Y puesto que vamos a ser amigas, será mejor que dejes de llamarme lady McCarty. Todo el mundo me llama Rose.
—¿Quieres que te llame Rose?
Isabella nunca había imaginado, que una condesa pudiera ser tan natural y encantadora. Era cálida, simpática y, a la vez, transmitía una solemnidad que impedía que alguien se Jacobara libertades con ella.
Rosalie asintió. Le caía bien aquella muchacha de rizos morenos y ojos verdosos. Era mucho más agradable que la estirada lady Tanya. De pronto, cayó en la cuenta. ¿Acaso era eso lo que lady Esme pretendía? ¿Pensaba que Isabella Swan, haría que Cullen se olvidara de aquella insoportable mujer? Si la oyera cantar… Claro que, por lo que había escuchado, estaba a punto de comprometerse con Tanya.
—Sí, por favor. Ahora que nos hemos conocido, quiero que seamos amigas. Si a lady Esme le gustáis, ya tenemos algo en común. Es muy exigente.
—No sé por qué le caigo bien —le confesó Isabella—. La primera vez que vino a ver cómo estábamos, estuve a punto de hacerla caer al suelo, persiguiendo un cerdo por esta habitación. Mi lenguaje en aquel momento no era, precisamente, educado.
Rosalie estalló en carcajadas.
—Me lo imagino. Esos animales se mueven tan rápido, que son muy escurridizos. Es imposible sujetarlos. Pero no creo que lady Esme se molestara.
—Eso espero —dijo Isabella sonriendo.
—Y dime, ¿conoces a Cullen? —preguntó Rosalie.
A la espera de la respuesta, se quedó observándola con detenimiento y advirtió que el rostro expresivo de Isabella se iluminaba.
—No mucho —contestó—. Trae a Jane una vez por semana, para que juegue con mi sobrino y luego, otro día, se lo lleva a montar con ellos. A veces lo veo cuando viene. Está siendo muy bueno con Alec.
—Entiendo —dijo Rosalie pensativa.
¿Por qué iba a hacer Cullen aquello, si no estuviera interesado en Isabella? Y si sentía algo por ella, ¿por qué seguía cortejando a Tanya Anstey?
Era imposible que estuviera pensando ofrecerle carte blanche a Isabella, si estaba llevando a su sobrina allí. Además, ella no era la clase de mujer que un caballero Jacobaría por amante. Era de buena familia y Cullen tenía que ser un sinvergüenza, para hacerle daño. Rosalie no podía creer eso, de ninguno de los amigos de Emmett.
Charlaron un poco más sobre Cullen y llegó a la conclusión, de que Isabella se sentía incómoda. Su voz la delataba. Era demasiado expresiva, para ocultar sus sentimientos.
Discretamente, cambió el tema de conversación y le preguntó a Isabella sobre Alec.
—¿Es muy travieso? Mis hijos de dos años no paran quietos.
Para cuando, por fin, se fue, Rosalie estaba convencida de que Isabella Swan, no era indiferente a lord Cullen. Si era o no amor, no tenía ni idea, pero estaba segura de una cosa: la tía y los amigos de Cullen, preferirían a Isabella Swan como pareja de Cullen, antes que a Tanya Anstey. Incluso con el niño. Era incapaz de imaginarse a lady Tanya, haciéndose cargo del hijo de otra mujer.
—Adiós, Isabella —dijo Rosalie—. Ahora que nos conocemos, vendré a verte de vez en cuando. Y por favor, si pasas por mi casa, entra a verme. Le enviaré una carta a lady Esme, diciéndole lo agradecida que le estoy.
Su criado la ayudó a colocarse en la silla, como si de una muñeca de porcelana se tratara.
—Será mejor que nos demos prisa, milady. Al amo no le gusta que lleguéis tarde.
Y con esas, el hombre se subió a su caballo y se despidió de Isabella con una inclinación de cabeza.
Se pusieron en marcha y Isabella regresó a la casa, sintiendo como si un rayo de luz hubiera hecho su aparición entre las nubes. En sus circunstancias, se había mantenido al margen del resto de los nobles de la zona.
Excepto por lady Esme, ninguna de las mujeres se había molestado en visitarla más de una vez y ni siquiera le habían insinuado que se convirtiera en su amiga. Algunas tenían hijos en edad de merecer y habían dejado claro, que Isabella no sería aceptada entre sus amistades. Hasta que, tras la muerte de Ángela, se habían enterado de que tenía dinero. Entonces, una o dos habían ido a visitarla con sus hijos. Uno de ellos, incluso se había atrevido a proponerle matrimonio y ella le había contestado diciendo, que le exigiría que la mitad de su fortuna fuera reservada para Alec.
Al igual que a sir Riley, le había parecido innecesario y le había dicho que tendría que hablar con su madre, para Jacobar una decisión sobre esa condición.
Isabella le había sugerido que lo hablara y que volviera a hacerle la proposición, si su madre la aprobaba. Pero desde entonces, no había vuelto a saber de él ni de nadie más, excepto de sir Riley, que había tratado en varias ocasiones de que lo aceptara.
Mientras seguía abrillantando, continuó pensando en aquellas cosas. El dolor de su corazón se hizo más intenso. ¿Por qué el destino había puesto a Cullen en su camino? ¿Para atormentarla? Al menos le había mandado una amiga. Sin duda alguna, estaba intentando ser un buen vecino.
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Durante la semana siguiente, llovió sin cesar. El paisaje se extendía bajo un cielo gris y plomizo, en sintonía con el estado de ánimo depresivo de Isabella. Deseaba salir de la casa y dar un largo paseo para aplacar sus nervios, pero Renée no quería oír ni una palabra del asunto.
—Querida Isabella, pillarás una neumonía. Parará de llover y entonces podrás salir fuera.
Isabella se abstuvo de comentar que, probablemente, lloviera hasta Navidad y se conformó con tal resignación, que Renée se preguntó si le pasaría algo. Lo cierto era que esperaba que su antigua alumna, se pusiera las botas y el abrigo y saliera al prado.
Jane fue a jugar con Alec y no pararon de correr por la casa, lo que animó bastante a Isabella.
El lacayo de Cullen, Marcus, permaneció en la cocina, contándole a Heidi sus historias sobre el ejército y sobre Viena. No le extrañó la presencia de Isabella en la cocina. Se comportaba como una más y hacía tantas preguntas, sobre sus viajes y sus días en el ejército, como Heidi. Marcus se dio cuenta, de que no hacía preguntas sobre su señor, pero cuando hacía referencia a él, parecía escuchar con más atención. Era una lástima que su señoría no se hubiera dado cuenta, de lo buen partido que era Isabella y fuera a comprometerse con esa lady Tanya.
El nuevo horno fue instalado, en medio de una gran confusión y trastorno, pero después, Heidi se comportó como una niña con zapatos nuevos.
—Nunca había visto nada igual en toda mi vida —comentó la mujer—. Y pensar que lo ha mandado poner su señoría… No sé qué beneficio saca de ello.
A Isabella se le ocurrió que quizá pretendiera congraciarse con ella, pero por lo que sabía de él, no lo creía posible. Era la clase de hombre que no seduciría a una mujer, más que consigo mismo.
La lluvia cesó, justo el día antes de que Alec tuviera que salir a montar con Jane y Marcus. Pasó toda la mañana nervioso, incapaz de concentrarse en sus lecciones, hasta que Renée tuvo la buena idea de proponerle conversar en francés para practicar el idioma y eligió el tema de montar a caballo.
—Me ha sorprendido lo mucho que sabe, querida —le confió Renée a Isabella más tarde—. De verdad que lo ha hecho muy bien.
—Tía Bella —dijo Alec, mientras comía un pastel de manzana—. ¿Por qué no te vienes a montar con nosotros esta tarde? Podrías ir con Megs. Necesita hacer ejercicio. Marcus dice que esa yegua se está poniendo muy gorda.
—¿Que monte a Megs? —rió Isabella—. Hace mucho que nadie la monta.
Por todos era sabido, que a la yegua no le gustaba ser montada.
—Venga, ven. Si quieres, puedes cambiar de caballo con Marcus. A él no le importará. La semana pasada me dijo, que no sabía por qué no venías.
Isabella se sintió tentada. Había dejado de montar, porque le parecía muy injusto que ella pudiera hacerlo y Alec no. De hecho, antes del ofrecimiento de Cullen, había considerado seriamente vender la yegua y comprar otro caballo, que Alec pudiera montar, a pesar del cariño que le tenía al animal. Claro que comprar un caballo era un asunto arriesgado. Era fácil que a uno lo engañaran. Incluso había considerado la posibilidad de pedirle a Cullen que le aconsejara.
No había razón para no hacerlo. Cullen no iba a ir. Podía salir con los niños y disfrutar, pero no con el caballo de Marcus. No quería montar ninguno de los caballos de Cullen. Si Megs la tiraba al suelo, sería mala suerte.
Alec la miraba expectante. Parecía que iba a decir que sí. Podía adivinarlo por el modo en que su tía se frotaba la nariz. Siempre que estaba indecisa, hacía ese gesto.
—Por favor —insistió.
—Muy bien, Alec —dijo sonriendo, incapaz de resistirse—. Iré, pero espero que me untes árnica, en los cardenales que me saldrán luego.
—¡Hurra! —gritó Alec y se terminó el pastel—. Le pediré a Grigson que la vaya preparando.
El sonido de sus pisadas se perdió en la distancia. Renée miró a Isabella.
—¿De veras crees que deberías, querida? Me refiero a que si Megs es demasiado nerviosa…
Isabella sonrió.
—No tengo ninguna duda de que volveré cubierta de barro, pero el suelo está húmedo después de tanta lluvia y es más probable que me ahogue, a que vaya a romperme algo.
Cuando llegaron Marcus y Jane y le trajeron la yegua de los establos, no estaba tan segura. Hacía días que Megs no salía fuera y meses, desde que alguien la había montado. La silla le estaba molestando y, por el modo en que se movía, parecía estar muy nerviosa.
—¿Vais a acompañarnos, señorita Isabella? —preguntó Marcus, sin disimular su alegría—. Quizá sea mejor que cambiemos monturas. Yo montaré la yegua y vos podéis montar al viejo Ben.
—No hace falta, Marcus —dijo Isabella, con rotundidad—. Es culpa mía que Megs no esté habituada, por no montarla más a menudo.
No estaba dispuesta a montar uno de los caballos de Cullen.
Marcus sacudió la cabeza.
—Mi amo me matará, si os hacéis daño…
—Vais a ayudarme a montar, ¿sí o no? —preguntó Isabella, contrariada—. Megs se tranquilizará, en cuanto empecemos a movernos.
Lord Cullen no tenía por qué opinar, acerca del caballo que montara.
Marcus aceptó lo inevitable y la ayudó a subir. Tuvo que reconocer que controlaba bien al caballo y que llevaba las riendas sin problemas. Ya le gustaría ver a lady Tanya arreglándoselas así. Aunque sabía montar muy bien, estaba seguro de que no sería capaz de hacerlo en aquella yegua y que antes de que se diera cuenta, estaría en el suelo. Eso, si tenía el coraje de subirse a ella.
Atravesaron los prados en dirección al río y disfrutaron de un paseo muy agradable. Después de los primeros minutos, Megs estaba tan contenta de estar al aire libre, que parecía haberse olvidado de su jinete. Sólo en algunos momentos se agitó, pero Isabella fue capaz de controlarla.
—Megs debe estar volviéndose vieja. Pensé que a estas alturas, ya me habría tirado al suelo.
—No os confiéis, señorita Isabella. Si mi amo nos viera, tendría que esconderme. Aunque debo reconocer que montáis muy bien.
Iban de regreso a casa, cuando escucharon las voces de una cacería al otro lado de unos matorrales. Estaban a punto de tener compañía. Marcus se detuvo en seco. Había reconocido una de aquellas voces.
Uno tras otro, media docena de caballos cruzó por delante de los matorrales. Todos iban galopando excepto uno que, al ver al pequeño grupo, se detuvo.
Cullen estaba encantado de ver a su sobrina y a Alec. Había sugerido que los acompañaran en la cacería, pero a lady Tanya no le había agradado la idea. Le había parecido demasiado para unos niños. Ahora, podían volver todos juntos. Los caballos estaban cansados, después de un largo paseo. Marcus podía acompañar a casa a Alec y… ¡a Isabella!
Había pasado la última semana, tratando de no pensar en Isabella Swan. Había ignorado el sonido de su voz en su cabeza, repitiendo incesantemente su nombre. Había intentado convencerse de que, lo que sentía por ella, era tan sólo un capricho que desaparecería igual que había surgido. Por un instante, estuvo a punto de saludarlos y continuar su camino, pero su grupo se había acercado a ellos y Jessica Newton apareció a su lado.
—Hola, Jane. ¿Vas a volver con nosotros? Preséntanos a tus amigos.
Jane hizo los honores.
—Tía Bella, ellos son el señor y la señora Newton, lord Sam Uley, el capitán Black y lady Tanya Anstey —dijo, e hizo una pausa para Jacobar aliento—. Y ella es la señorita Swan y su sobrino Alec, y Marcus, el lacayo de tío Edward —añadió y se giró a Cullen—. ¿Lo he hecho bien, tío Edward?
—Perfectamente, cariño. Pero no hacía falta que presentaras a Marcus. A él ya lo conocen.
Los amigos de Cullen se las arreglaron para no inmutarse, al serle presentado el lacayo como a uno más. Excepto lady Tanya, que miraba con desagrado a la niña; no se sabía si por haber sido presentada la última o porque le hubiera presentado a Marcus.
—Por supuesto que lo conocemos, pero no nos lo habías presentado tan formalmente —dijo divertido su amigo Michael—. Encantado de conoceros, señorita Swan —añadió, mirándola con beneplácito—. Siento que no nos hayan acompañado esta tarde, ¿tú no, Jacob?
—Es una lástima —dijo el capitán Black, sonriendo a Isabella y a Alec.
Isabella se ruborizó al instante. El capitán no era especialmente guapo, pero tenía una expresión agradable y una divertida mirada.
De pronto, observó con más atención a Isabella.
—¿No nos conocemos, señorita Swan? —preguntó el capitán—. Vuestro rostro me resulta familiar, pero no me suena vuestro nombre. ¡Esperad! ¿No ha dicho Jane que el niño era Alec Vulturi?
—Así es, señor —dijo Isabella—. Si os resulto familiar, entonces imagino que conoceríais a mi cuñado, el comandante Vulturi, y a la madre de Alec, mi hermana Ángela. Nos parecíamos mucho.
Megs sacudió la cabeza, impaciente por volver a los establos. Isabella la acarició y le susurró algo para tranquilizarla.
—¡Claro! La esposa de Ben —dijo el capitán, dándose una palmada en el muslo—. Entonces, él es su hijo. ¡Qué casualidad conoceros de esta manera! —se acercó a Alec y desmontó—. Alec, me alegro de conocerte. Tu padre era muy buen amigo mío y es un orgullo conocer a su hijo. ¿Cómo está tu madre?
Alec alzó la cabeza con orgullo.
—Siento deciros, que mi madre murió el año pasado. Ahora me cuida tía Isabella.
—Siento oír eso. Por favor, aceptad mis condolencias —dijo, y se giró a Isabella—. Así que sois su tutora. Seguro que Strathallen estará siendo generoso, dadas las circunstancias.
Edward contuvo el aliento, a la espera de la reacción de Isabella. Por suerte, Black se había referido al asunto con más tacto que él.
—Lord Strathallen nunca ha mostrado interés por Alec. Creo que mi hermana le mandó una carta informándole de la muerte de su esposo y de que tenían un hijo, pero él nunca contestó. No aprobó el matrimonio.
—Entiendo —dijo el capitán Black y cambió de tema—. Esto sí que es una coincidencia. Espero volver a veros, señorita Swan. ¿Os parece bien que me acerque un día para visitaros?
Isabella sonrió.
—Estaré encantada, de recibir a un amigo de Ben y Ángela. Lord Cullen os dirá cómo llegar a Willowbank House.
De nuevo, tranquilizó a Megs, que trataba de bajar la cabeza. Con firmeza, Isabella tiró de las riendas y decidió que había llegado el momento de marcharse, antes de que la yegua se impacientara más. Siempre había sido arriesgado detenerse, teniendo a Megs ensillada. Además, ella misma se estaba empezando a poner nerviosa con Cullen allí.
—Se me ocurre una idea mejor —dijo Edward, al que no le había gustado el modo en que Isabella había sonreído a Black—. Os acompañaremos a casa. Está tan solo a tres kilómetros de aquí. ¿Está todo el mundo de acuerdo? —preguntó, sin esperar que alguien contestara.
Aquello era demasiado para lady Tanya. ¿Cómo podía Cullen sugerir que se desviaran de su camino, para acompañar a una provinciana montada en aquella birria de caballo? Además, no le había gustado el modo en que Cullen había mirado a aquella muchacha. Había algo, que no le resultaba apropiado en aquella cordialidad.
—He de admitir que estoy cansada y que preferiría volver directamente —dijo lady Tanya con voz débil, como si fuera incapaz de mantenerse por más tiempo en la silla de montar.
Edward se quedó sorprendido. Hacía tan sólo unos minutos, había retado a todos a saltar un seto. Pero sus modales le impedían objetar y estaba a punto de acceder a acompañarla a casa, cuando Jessica Newton intervino.
—Yo también estoy cansada, Cullen. Si la señorita Swan me asegura que no se molestará conmigo, entonces puedo acompañar de vuelta a Tanya, mientras los demás alargan su paseo todo lo que quieran —dijo con enorme dulzura, sin dar muestras de lo molesta que estaba.
Si Cullen acaba casándose con este monstruo, no querré volver a saber nada de él. ¡Que Michael lo visite solo!.
—Pero nos perderemos —protestó Tanya.
Jessica Newton, necesitaba una buena reprimenda. Pero el problema estaba, en que tenía la desagradable costumbre de rebatir.
—Si me permitís, milord —intervino Marcus—. Puesto que vos y los demás caballeros vais a escoltar a la señorita Isabella y a la señorita Jane, no hace falta que os acompañe. Yo mismo puedo encargarme, de que las damas regresen sanas y salvas a casa.
Antes de que Tanya pudiera abrir la boca, Jessica tomó la palabra.
—¡Cielos, qué honor para nosotras! El lacayo de Cullen va a acompañar a dos encantadoras damas y ninguna de ellas es una Masen. Venga, Tanya, ni siquiera mi abuela pondría pegas.
Cullen tuvo la sensación, de que estaba ocurriendo algo que no lograba entender. Jessica tenía una extraña expresión, que le resultaba tan peligrosa como la sonrisa que, últimamente, mostraba su tía Esme. Tanya la miraba con sus fríos ojos azules y los labios fruncidos.
—No hace falta que nadie nos acompañe —dijo Isabella, sintiéndose avergonzada—. Si Jane quiere volver vos, Cullen, estoy segura de que Alec y yo sabremos volver a casa.
Era evidente, que lady Tanya se sentía infravalorada por culpa de una provinciana. Isabella sintió una punzada de dolor, al conocer a la futura esposa de Cullen. Era la mujer más guapa que había visto jamás y sólo una estúpida, seguiría recreándose cada noche con unos sueños que la hacían llorar.
¡Boba estúpida! ¿Por qué iba a fijarse en ti, cuando la tiene a ella?.
Seguramente Megs percibió su enfado porque, de repente, empezó a sacudir su cabeza arriba y abajo, nerviosa. Isabella tiró de las riendas y consiguió apaciguar a la yegua.
—¡Marcus! —dijo Edward—. ¿En qué estabas pensando, para permitir que la señorita Isabella montara esa birria? ¿Por qué no cambiasteis la montura?
El lacayo no tuvo oportunidad de responder.
—Marcus me lo ofreció, pero no quise. Soy perfectamente capaz de controlar a Megs, gracias, Cullen. Bueno, ya es hora de que Alec y yo volvamos a casa. Buenas tardes. Ha sido un placer conocerlos a todos. Capitán Black, Alec y yo estaremos encantados de recibiros, si os decidís a venir a vernos.
—No vais a volver sola en esa yegua —dijo Edward, decidido—. Al menos yo iré con vos.
De pronto se puso nervioso, al pensar en Isabella montando en aquella enclenque yegua, con la única compañía de Alec. ¡Podía pasar cualquier cosa! Se convenció de que su preocupación no era por motivos personales, sino por razones de cortesía.
¿Y desde cuándo la cortesía desinteresada, había tenido algo que ver con sus relaciones con las mujeres?.
Enfadada, lady Tanya espoleó a su caballo, pero trató de que no se le notara. ¿Por qué Cullen se preocupaba tanto por la señorita Swan, como para acompañarla? Si no era capaz de controlar su montura, entonces no podría montar uno de los imponentes caballos de Cullen. ¡Y cómo se había atrevido a hablar así a un lord! Sobre todo, después de aquella invitación tan directa que le había hecho al capitán Black. ¡Qué descarada! Con razón su madre le había aconsejado, que cerrara los ojos a los caprichos de su señoría, antes y después de que se casaran.
Observándola, Jessica Newton comentó con lord Sam, el cambio que se había producido en el rostro de Tanya, por culpa de la ira. Se la veía guapa, pero tan rígida como de costumbre. Lord Sam no pudo contener la risa y se encontró con una gélida mirada azul. Enseguida se puso serio y le dijo entre dientes a Jessica que iba a estrangularla, si Michael no lo hacía antes.
—Está bien, volvamos pues —dijo lady Tanya—. Si todos prefieren alargar el paseo, no me importa volver más tarde —añadió y se acercó a Megs, para dirigirse a Isabella por primera vez—. Debéis ser una gran amazona. Yo prefiero la comodidad de un buen caballo. Mi padre, lord Denali, siempre los elige con cuidado.
Isabella se encontró con su altiva mirada.
—Tenéis mucha suerte —replicó—. Como clérigo e hijo de un obispo, mi padre siempre se preocupó más, de elegir un buen salmo para memorizar.
Lady Tanya abrió los ojos como platos. Aquella descarada se había atrevido a sugerir, que el conde de Stanford no era tan buen padre como un clérigo provinciano. ¿Cómo se atrevía a compararse con ella?
El capitán Black se acercó por el otro lado de Isabella, riendo.
—¿De veras? El mío hacía lo mismo, aunque no era clérigo. Decidme, señorita Swan, ¿cuándo murió vuestra hermana? Quería haber seguido en contacto con ella después de la muerte de Ben, pero por una cosa o por otra, perdí el rastro de ella.
El capitán Black estaba sintiendo lástima por ella, pensó lady Tanya. Miró con frialdad a Isabella, reparando en su vestimenta y en su sombrero pasados de moda. Tampoco podía hacer concesiones a su belleza. Su nariz no era aristocrática y aquel pelo… Era moreno y rizado, posiblemente como resultado de alguna técnica y no de la naturaleza. Además, sus ojos eran de un color irreconocible. Sin duda alguna, aquellas pestañas y cejas oscuras eran teñidas. Lady Tanya no podía entender por qué Cullen y los demás caballeros, le prestaban atención a aquella paleta pueblerina.
Aminoró el paso para trotar junto a Cullen y se sorprendió, al ver que él se acercaba a la señorita Swan. Antes de que pudiera avanzar para unirse a él, lord Sam se puso a su lado.
—¿Os apetece galopar, lady Tanya? Newton y yo vamos a correr un poco. Venid con nosotros.
—Por supuesto, lord Sam —convino lady Tanya, como si fuera una idea que se le hubiera ocurrido a ella—. Adelante, tengo que ajustar los estribos —dijo inclinándose hacia sus faldas de terciopelo—. Enseguida os alcanzaré.
—¿Puedo ayudaron? —preguntó lord Sam.
—No, no. Soy capaz de arreglármelas sola —dijo y continuó ajustando las tiras de cuero.
Lord Sam asintió y salió a galope para alcanzar a Newton.
Lady Tanya lanzó una rápida mirada a su alrededor. Jessica Newton, que parecía disfrutar de los momentos de soledad, iba pocos metros por delante del lacayo.
Nadie estaba mirando. Todavía inclinada hacia delante, se llevó la mano al sombrero y tomó uno de sus alfileres. El capitán Black había avanzado, para escuchar algún comentario que Jessica le había hecho. Lady Tanya vio la ocasión y espoleó su montura, mientras se enderezaba. Al llegar junto a los cuartos traseros de la montura de Isabella, se las arregló para golpear en la grupa al animal. Rápidamente, apartó su montura mientras dejaba caer el alfiler al hacerlo.
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No se ustedes, pero odio a Tanya! Y Jessica es uno de los pocos fics en el que me cae bien... La idea es terminar hoy de subir todos los capítulos
Gracias a zonihviolet por el apoyo!
