Esta historia es de Krazyk85, yo sólo traduzco.
Aclaración: Los personajes y lugares reconocibles son propiedad de Stephenie Meyer. El argumento y demás ingredientes de esta obra, son de la autora.
Capitulo siete
Disparar un arma estaba haciendo maravillas con mi frustración. El "casi beso" se repetía una y otra vez en mi cabeza. Una y otra vez… tentándome y riéndose de mí al considerar que me veía como algo más que una niña.
De vez en cuando, él disparaba conmigo o me decía algunas técnicas y consejos, pero sobre todo, mantenía su distancia.
La clase de tiro cerrada y personal era cosa del pasado. Mierda.
Cerré mis ojos y fantaseé acerca de cada rasgo de su rostro, recordando lo cerca que sus labios habían estado de los míos. Unos simples tres centímetros, si no era menos. Entonces, se alejó por "los valores" que él creía tener.
Edward era hombre con moral, una ética que debía mantener.
¡Sí, claro!
Él era una persona que ponía un arma en el rostro de un hombre solo para verlo retorcerse. Este tipo era un traficante y criminal orgulloso. Tenía más tatuajes que piel en su cuerpo y esa era la lista corta. Estaba segura que sus infracciones no se quedaban ahí.
Pero yo, ¿estaba prohibida para que me tomara?
¡Eso era una estupidez! Toda esta situación conducía a un brote psicótico. ¡Todo lo que quería era que me besara!
¡Bang!
Quería sentir la aspereza de sus manos. ¡Quería que el piercing de su boca rodara por mis labios y tomarlo entre mis dientes!
¡Bang!
Quería que me cogiera y me tirara contra el capó de su coche.
¡Bang! ¡Bang!
Quería que me arrancara la ropa y presionara su cuerpo duro como la roca contra el mío, murmurándome al oído cuanto me deseaba. ¡Justo aquí y ahora!
¡Bang. Bang. Bang. Bang. Bang!
Cerrando mis ojos seguí apretando el jodido gatillo, pero no pasaba nada, sólo hacia clic. El arma estaba vacía. Era la tercera ronda que había vaciado a modo de terapia.
Me volteé hacia Edward.
—Se me acabaron otra vez.
Estaba apoyado contra su coche, mirándome con una expresión divertida. Estaba diciendo algo, pero no podía escucharlo.
—¿Qué? —grité.
Se echó a reír, sacudiendo su cabeza mientras caminaba hacia mí. Me dio otro cargador de su bolsillo trasero.
—Dije —alzó la voz, pero se ahogaba en un zumbido en mis oídos— ¿ya estás sorda?
Esto era lo más cerca que habíamos estado desde el beso fallido. Todavía podía ver su distancia en los ojos. Me molestaba.
Era estúpido. ¿Por qué me importaba tanto? No conocía a Edward. Habían pasado, ¿qué? ¿Dieciocho horas desde que nos conocimos? Era una locura tener estos sentimientos por él. Tan fuertes y… mierda, todo era complicado. Sabía que sentía algo más que un simple flechazo. No entendía el porqué, pero ansiaba su cercanía más que al aire.
—Acércate, no puedo escucharte —dije, tomando su camiseta y tirando de ella.
Él cedió y me permitió acercarlo a mí. Nuestros rostros estaban a centímetros de distancia y miré hacia su boca fijando mi vista con fascinación lasciva cómo mordía su piercing.
—¿Puedes oírme? —susurró.
Asentí, hipnotizada por sus palabras.
—Bien —dijo, sonriendo tímidamente. Se alejó, mis dedos perdieron su agarre y fruncí el ceño—. Deberíamos irnos.
Tomó la pistola de mi mano y la envolvió en un paño blanco, cuidadosamente. La manera con que mimaba esa arma, su bebé, me hacía sentir celos.
—Lo hiciste bueno, Kid —dijo, dándome una palmada en mi espalda.
Rodé mis ojos, sin siquiera dejar el sarcasmo de mi voz.
—Lo hiciste bien.
—¿Qué? —preguntó, ladeando su cabeza, sorprendido—. Espera… ¿estás corrigiendo mi maldita gramática?
—Olvídalo —dije, pasando a su lado y dirigiéndome hacia el coche, murmurando en voz baja.
Edward no tenía idea de lo que me hacía. Claro, yo estaba siendo un poco impaciente, pero era sólo porque él seguía jugando conmigo. En un minuto iba a besarme y al siguiente me da palmaditas en el hombro como si fuera un amigo.
Si supiera de alguna manera qué siente por mí, al menos podría actuar apropiadamente a su alrededor.
Me di la vuelta para enfrentarme al idiota, encontrándolo junto a mí con una sonrisa satisfecha en su rostro.
—¿Por qué me trajiste a disparar? —pregunté, alejándome de él e irritada por su cercanía.
Caminó hacia mí como si fuera su presa y empezamos a dar vueltas alrededor del coche.
—Porque… ¿querías que lo hiciera?
Bufé.
—¿Esa es la única razón? ¿No hay nada más?
Hicimos una vuelta completa y estábamos otra vez en la puerta del pasajero. Edward aprovechó su oportunidad para acorralarme allí, apretando su cuerpo contra el mío y poniendo sus manos sobre el coche. Estaba rodeada por él. Podía oler la pólvora y la tierra, pero debajo de todo eso estaba Edward y olía… increíble. Era confuso y embriagador. Era una adicta.
—Pregúntame lo que realmente quieres preguntar —dijo, sus ojos estaban oscuros y demandantes.
Se me estaba yendo el coraje y se me hacía difícil mantener mi respiración bajo control. Él me consumía más que nunca. No podía pensar o hablar. Solo me quedé observándolo.
—Sólo pregunta —dijo con firmeza, dándose cuenta de mi reticencia.
Desde algún lugar profundo de mi mente me las arreglé para armarme de valor y solamente decirlo.
—¿Por qué no me besaste?
Eso lo sorprendió.
—¿Qué?
—Ibas a besarme, pero en el último momento no lo hiciste, ¿por qué? ¿Acaso es por la edad? Porque si estás preocupado por eso, tienes que saber que cumpliré dieciocho en menos de dos meses… cuarenta y cuatro días para ser exactos.
Listo, lo había dicho.
—Me aseguraré de marcarlo en mi calendario.
—No me importa que seas viejo.
Entrecerró sus ojos.
—No soy viejo.
—Tienes veintiocho. Estás a dos años de los treinta. Eso es viejo.
—Entonces, ¿por qué quieres ser besada por un viejo como yo, eh? —preguntó, acercándose y flotando sus labios cerca de los míos.
—¿Por qué tengo problemas de papá?
Se rió.
—Dios, Kid, ¿qué voy a hacer contigo?
Bueno, tengo algunas ideas, Edward. Y por la forma que me tienes atrapada al coche, diría que estamos a mitad de camino.
Eso es lo que debería haber dicho, pero no lo hice, me acobardé y deje brillar mi inseguridad.
—¿Realmente es por mi edad o hay algo más?
Gimió, apoyando su frente contra la mía.
—No quieras mezclarte con gente como yo, Bella.
—Ya lo estoy.
Levantó su cabeza y me fulminó con la mirada.
—No, no lo estás. Todavía eres buena. No quiero arruinar eso.
—No soy tan buena como dices —dije, empujándolo.
Se tambaleó hacia atrás.
—No, estoy seguro que lo eres.
—¿En serio? Bueno, creo que anoche me atrapaste intentando robar tu coche, Edward. ¡Chicas buenas no roban coches!
—Sí, pero tienes técnicas sacadas de películas, no de experiencia previa.
—¿Y? ¿Cuál es la diferencia? Si estás preocupado por mis habilidades de amateur, ¿por qué no me enseñas?
Se pellizcó el puente de su nariz, frustrado.
—Robar coches no es algo que puedes poner en tu currículum, Kid.
Solté un bufido.
—Estoy segura de que eso no pasará.
Sus ojos se abrieron sorprendidos.
—¿Ahora estás eligiendo una vida de crimen? ¿Sabes lo loco que suena eso, Bella? Nadie elige esta puta vida, Bella, ¿okey? Te escoge a ti.
—Oh, ¿sí?
—Sí.
—Dime, ¿por qué te escogió a ti?
—No lo hizo —sonrió maliciosamente—. Soy la excepción.
Sean cuales sean las circunstancias que lo habían conducido hasta aquí, no eran porque no tuviera otra opción. Al parecer él lo hizo y allí fue cuando me di cuenta que yo también tomé las mismas decisiones: huir de casa, vivir en la calle, mezclarse con la gente equivocada, tomar el trabajo de Jake y decidir confiar en un criminal.
—Yo lo elegí —dije con un simple asentimiento—. Así que, creo que eso también hace de mí una excepción.
Mi decisión estaba tomada. No había vuelta atrás. Puede discutir y mirarme enojado todo lo que quiera, pero no iba a cambiar de parecer.
Y creo que él lo sabía.
—¡Está bien! —gruñó alto, accediendo a mis demandas. Se dirigió de nuevo hacia mí—. ¿Tienes hambre?
Traté de esconder mi sonrisa de victoria y me encogí de hombros con indiferencia.
—Un poco.
—Bueno, yo estoy jodidamente hambriento. Marchémonos de aquí antes de que alguien llame a la policía y vayamos a comer algo. Y luego, pequeña valiente —dijo, abriendo la puerta para mí—, te llevaré a conocer a mi familia.
