Los personajes no me pertenecen a mí, sino a la gloriosa señora Meyer. La historia sí es mía.
Capítulo 6: ¿Qué tú y yo qué?
Había pasado una semana desde que me atacaron en mi apartamento. Estuve varios días de baja, alegando que me encontraba enferma. No quería que nadie me viera e hiciese preguntas sobre la horrible herida que sanaba poco a poco en mi sien.
La investigación continuaba y habíamos conseguido sacar varias pruebas en contra del novio de Jessica Stanley, cosa que me frustraba. Según lo que me había dicho Cullen, las pruebas habían sido colocadas en el cuerpo de Jessica con el fin de que su novio pudiera ser incriminado sin levantar sospechas en contra de otro posible asesino.
La policía no había tenido más remedio que detener al pobre chico de la manera más cruel: se presentaron en el instituto y se lo llevaron a la comisaría acusado de homicidio. Desde luego, si Bob hubiera sabido que aquella mañana iba a salir del instituto con las manos esposadas, no se hubiera levantado de la cama. La noticia corrió como la pólvora, por supuesto, y cuando la policía no llevaba ni diez minutos en la oficina del director, la entrada principal se abarrotó de periodistas deseosos de obtener una captura del posible asesino de Jessica Stanley.
Cuando vi la noticia en la televisión no sentí otra cosa que pena y asco. Pena porque estaban metiendo a un inocente en prisión y no había cosa en este mundo que odiara más que eso, y asco porque estaba viendo ante mis propias narices cómo se escapaban los verdaderos culpables del asesinato de Jessica. Al final, no importaba que los padres de Bob tuvieran poder y dinero: él no era más que un adolescente involucrado en algo que le quedaba grande. La vida no podía ser más injusta
Mi compañero había vuelto un par de veces a la guarida de los Vulturi, pero no me había dejado acompañarlo bajo ningún concepto, cosa que yo consideraba totalmente temeraria y suicida. Carlisle no tenía más remedio que colaborar con él, y le había proporcionado un par de cámaras ocultas y un micrófono para poder tener pruebas para incriminar a esa gentuza.
Era un miércoles a mediodía. Cullen y yo nos hallábamos en el despacho de Carlisle entre un montón de grabaciones en DVDs y fotografías que había conseguido mi compañero.
—Es increíble el daño que puede hacer esta gente… —comentó en voz alta Carlisle—. Si lo pensáis con frialdad, los Vulturi tienen más poder que la policía y el FBI juntos.
—Sí, pero alguna vez habrá que pararles los pies, y ese momento ha llegado —dijo Edward con firmeza.
Carlisle asintió con seriedad. Me fijé en una fotografía que llamó mi atención. Era una niña de unos trece o catorce años, rubia de ojos azules y con aspecto angelical. Sin embargo había algo en su mirada que me daba escalofríos, aunque no sabía exactamente el qué.
—¿Quién es esta? —pregunté a Edward. Él se acercó y en cuanto vio la foto hizo una mueca.
—Esa es Jane, la hija de Aro Vulturi —explicó Cullen—. Y a sus trece añitos es la peor de todos.
—¿La peor? —se extrañó Carlisle.
—Oh sí, su padre le ha enseñado muy bien el negocio —suspiró—. Ella y su mellizo, Alec, se encargan muchas veces de hacer el trabajo sucio. Debido a sus trece años la policía no tiene sus huellas. Han matado y torturado a más tipos que su propio padre.
—Dios… —susurré. No podía llegar a creerme que dos niños que tendrían que estar jugando con sus amigos en el colegio pudieran llegar a hacer tales atrocidades.
—Es horrible… —dijo Carlisle.
—Lo sé —asintió Edward.
—Desde luego, Aro Vulturi no se va a llevar el premio al mejor padre del año… —resoplé.
Seguimos un par de horas viendo grabaciones y horrorizándonos por la maldad y crueldad de todas aquellas personas, si es que pudieran ser consideradas personas. ¿Cómo alguien podría tener la sangre fría de mandar a sus propios hijos a asesinar a otros seres humanos? Era espeluznante.
Al parecer los Vulturis se establecieron en Nueva York en los años treinta, cuando la mafia italiana estaba en todo su esplendor y eran los únicos que jamás habían sido detenidos, a pesar de que toda la ciudad conocía su existencia, incluso la policía. Sin embargo, habían conseguido sobrevivir más de setenta años gracias a los chantajes y a los sobornos. Esa gente no se andaba con ningún tipo de escrúpulos a la hora de conseguir lo que querían, y si tenían que matar a media ciudad para conseguir sus propósitos, lo harían.
Dos horas más tarde, llamaron a la puerta. Recogimos todo en un par de segundos, lo guardamos en unas cajas debajo de la mesa e intentamos actuar con la máxima naturalidad posible, a pesar de que estábamos sin aliento.
—Adelante —contestó Carlisle.
Entró una chica rubia, joven y con ropa muy provocativa. Su mirada se cruzó con la de Edward y él le dedicó una sonrisa arrebatadora, consiguiendo ruborizarla.
—Perdón por interrumpir —dijo la chica—, pero ha llegado el cartero y ha traído una carta para el agente Cullen.
—¿Qué es, Lauren? —dijo Edward con voz seductora. Bufé y puse los ojos en blanco. No me sorprendió que se supiera el nombre de la chica, es más, hasta podía apostar que ya había pasado por su cama. Miré de reojo a Carlisle y vi que se mordía el labio para evitar reír.
Lauren se acercó a Edward y le dio un sobre de color amarillo.
—El cartero dijo que era urgente —comentó Lauren encogiéndose de hombros.
—Gracias —contestó mi compañero. Lauren se marchó por donde había venido, no sin antes menear el trasero todo lo que podía ante la atenta mirada de mi compañero.
Edward abrió el sobre y su rostro se tornó de una palidez extrema. Sacó un papel arrugado, de color amarillento y se puso a hiperventilar, como si estuviera leyendo una noticia muy mala. Carlisle y yo lo miramos con preocupación. ¿Qué podría haber escrito en esa carta?
—¿Edward? ¿Algo va mal?
Mi compañero asintió con la cabeza mientras sus ojos no apartaban la vista de la carta. Susurró algo que no logré entender, así que decidí acercarme a él y leer por mí misma la carta. Me levanté y me coloqué a su lado mientras le quitaba la carta, preocupada por su reacción. Pero lo que no podía esperarme de ninguna manera era el contenido.
La carta estaba arrugada y manchada de grasa, pero lo que más llamaba la atención era que no estaba escrita a mano, si no que se habían limitado a recortar las letras de un periódico y formar solo tres palabras "SaBeMoS QuIeNeS SoIs".
Me quedé sin aliento y noté como el aire se me escapa de los pulmones. Aquello que estaba temiendo durante las últimas dos semanas se había hecho realidad: los Vulturis nos habían descubierto y probablemente ya estarían maquinando un plan para acabar con nosotros. La realidad me golpeó de repente y noté como las lágrimas se agolpaban en mis ojos. ¿Cómo era posible que nos hubieran descubierto? Habíamos sido muy discretos y cuidadosos, e incluso tenía entendido que Cullen había utilizado diferentes vehículos en sus expediciones. Entonces, ¿cómo demonios sabían lo que tramábamos?
—¿Qué os pasa? —preguntó Carlisle mientras se levantaba de su silla y se dirigía a nosotros.
Edward me miró con sus brillantes ojos verdes, ahora lleno de interrogantes. Probablemente estaría pensando lo mismo que yo y eso me aterró aún más. Si había alguna posibilidad de que yo estuviera equivocada, los ojos de mi compañero me decían todo lo contrario.
Carlisle nos miró con preocupación y consiguió arrebatarle el papel a Edward. Si el rostro de Cullen era la viva imagen del terror, el de Carlisle no se quedaba atrás. Cuando leyó la carta, la arrojó encima de la mesa como si se tratara de un objeto inútil e inservible. A continuación cerró las cortinillas de su despacho e hizo lo mismo con las ventanas.
Mi jefe se paseaba por el despacho como un león encerrado. Me asusté y de repente tuve uno de esos deja vù, aquello ya lo había vivido. Mi jefe me recordaba demasiado al Carlisle que había visto en su caro apartamento del barrio de Chelsea, un Carlisle furioso muy diferente al de mi día a día.
—Por favor, decidme que esto es una broma pesada…—susurró mi jefe para sí mismo.
Ni Cullen ni yo nos atrevíamos a contestar, simplemente nos limitamos a mirar el suelo mientras él seguía sumido en sus pensamientos. Debieron pasar minutos, pero a mí se me hicieron eternos. No sabía como actuar, ni si lo correcto era seguir allí o dejarlo a solas para que pudiera pensar. Tampoco sabía si decir algo o quedarme callada, así que opté por lo segundo. No quería decir nada inapropiado y mi compañero pensaba lo mismo, de modo que nos limitamos a quedarnos en silencio.
—¡Os lo dije! —gritó mi jefe—. ¡Maldita sea! ¡Tendríais que haberme escuchado cuando os dije que esa gente era peligrosa!
—Carlisle, ya lo sabemos…—intervine—. Hemos cometido un error, ¿de acuerdo? Pero ya está hecho, no hay nada que podamos hacer para volver a atrás, así que vamos a ser prudentes y a buscar una solución.
—¿No lo entiendes, Isabella? —volvió a gritar Carlisle—. ¡Estáis muertos!
—¿Muertos? —bufó Edward—. Carlisle, me parece que estás…
—No, no estoy exagerando, Cullen —soltó Carlisle—. Seguramente los Vulturi sabrán toda la historia de vuestra vida. Tienen infiltrados en sitios que ni os podríais imaginar, incluso me atrevería decir que aquí mismo.
—Carlisle, eso es…—empecé a decir, pero él levantó una mano para que me mantuviera en silencio y obedecí al instante.
—No hables de lo que no sabes, te lo suplico —dijo mi jefe—. Esto se sale de mi jurisdicción —dio un fuerte suspiro antes de añadir—: Creo que es hora de llamar a otro departamento.
***
Cullen y yo nos encontrábamos sentados en el despacho de Carlisle, uno junto al otro y sin atrevernos a mirar otro sitio que no fuera al frente. Crucé las piernas y miré el reloj en un vago intento por distraerme; hacía más de media hora que mi jefe se había marchado y mi desconcierto aumentaba cada segundo que pasaba. ¿Qué estaría tramando?
Miré de reojo a Cullen mientras jugueteaba con un mechón de mi pelo. Movía la pierna izquierda con nerviosismo y sus brazos estaban cruzados en su pecho. Su pierna estaba rozando con la mía y el movimiento me estaba poniendo de los nervios, así que la aparté con rudeza para que se percatara de que me estaba molestando, pero no sirvió de nada: su pierna seguía con un ritmo frenético y gemí por la frustración.
—¿Qué pasa? —preguntó Cullen desconcertado.
—¿Puedes dejar de moverte? —resoplé—, me estás poniendo de los nervios…
—Te molesta todo…—refunfuñó mientras cruzaba las piernas—. Eres la mujer más quejica sobre la faz de la Tierra, ¿te lo ha dicho alguien alguna vez?
—Tú —solté—. Y varias veces, además.
—Pues será porque es verdad.
—Cullen, eres el único que piensa eso.
—Será porque soy el único que dice la verdad.
—Con los demás suelo ser un encanto —bufé—. Tú tienes la increíble capacidad de sacar lo peor de mí.
—O puede ser que conmigo te muestres tal y como eres —añadió, guiñándome el ojo.
Resoplé con fuerza mientras ponía los ojos en blanco.
—¿Por qué me irritas tanto, Cullen?
—Es un don.
— ¿Un don? Yo diría que más bien una maldición.
Se volvió a reír y tuve que morderme el labio para no acompañarlo. Lo que le había dicho a Edward era cierto, pero sólo a medias, él tenía la capacidad para sacar lo peor de mí, pero también lo mejor. Con Cullen los silencios no eran incómodos, habíamos pasado muchas horas juntos en el coche sin decir una palabra, pero ninguno de los dos habíamos sentido la necesidad de llenar el silencio con frases vacías o superficiales. Con el paso del tiempo habíamos llegado a acostumbrarnos el uno al otro y a comprendernos sin que las palabras estuvieran de por medio. Pero claro, eso es algo que nunca reconocería en voz alta.
—Swan, te encanta que te saque de quicio —sonrió Edward.
—Bésame el culo, Cullen —bufé y él se rió.
—Lo haría encantado, créeme.
En ese momento, se abrió la puerta con rudeza. Carlisle y otros dos hombres irrumpieron en la habitación sin decir una palabra; supuse los que acompañaban a mi jefe eran policías debido a su altura y complexión física. Carlisle nos miró con severidad y se aproximó al escritorio con lentitud para sentarse.
—¿Va todo bien, Carlisle?—pregunté.
—No —suspiró Carlisle—. La situación está muy lejos de estar bien. Veréis, chicos, estos son los agentes Sam Uley y Quil Alteara. Pertenecen al programa de Protección de Testigos.
—¡¿Protección de testigos?!—gritó Edward.
Nos miramos con horror, temiéndonos lo peor.
— ¿Esto es una broma, verdad? —pregunté temerosa.
— ¿Tengo cara de bromear, Swan?—dijo Carlisle con severidad. Un escalofrío recorrió mi espalda. El rostro de mi jefe reflejaba no dejaba duda a que estaba hablando en serio.
Era increíble lo lejos que había llegado este asunto. Podía reconocer que Cullen y yo habíamos puesto en peligro toda la investigación, pero de ahí a que nos mandaran a cualquier lugar del mundo con otro nombre e identidad me parecía excesivo. Al menos esperaba que nos mandaran por separado, soportar a Cullen a diario podía llegar a ser una auténtica tortura, sobre todo cuando me irritaba constantemente. No quería ni imaginarme que nos ordenaran vivir juntos.
Carlisle hizo una señal los agentes Uley y Alteara. Éstos se acercaron y sacaron un par de carpetas de un tono amarillento suave y un montón de documentos falsos: carnés de identidad, pasaportes, permisos de conducir, y algunos otros carnés cuyos logotipos no reconocí.
—Bien, supongo que no hará falta que os explique de qué se trata el Programa de Protección de Testigos, ¿verdad?—preguntó el agente Uley.
Gemí. Así que todo este asunto iba en serio. ¡No me lo podía creer! Ni Cullen ni yo contestamos, ambos nos limitamos a quedarnos en silencio y con la desagradable sensación que si se me provocaban, no iba a contestar precisamente con amabilidad.
Para disimular, miré mis carnés falsos y me fijé en la foto. Era de hacía unos seis años y no tenía ni idea de dónde se la había sacado. Tenía el pelo más corto y no salía precisamente muy favorecida; casi ni parecía yo.
—Por vuestro silencio, supongo que sí —continuó Uley. Cogió una de las carpetas y nos fue repartiendo los documentos falsos—. Os llamáis Edward e Isabella Masen, sois de Nueva York. Tenéis 27 y 28 años y ambos sois profesores de…
— ¡Un momento! —interrumpí—. ¿Edward e Isabella Masen? ¿Es que somos hermanos?
—Estáis casados —intervino el agente Alteara.
— ¡Casados! —bufé.
—Sí, casados —dijo Uley con brusquedad—. Sois profesores de Ciencias en el instituto…
—Siempre odié las ciencias —bufó Edward.
—Y yo —asentí.
—¡Bien! ¿Qué tal Literatura?, ¿os parece mejor? —inquirió Uley con sarcasmo
—Definitivamente —dijo Edward afirmando con la cabeza.
—Mucho mejor—corroboré.
—¿Puedo terminar, por favor?— Cullen y yo asentimos—. Espero que no interrumpáis más.
—No os comportéis como críos —nos llamó la atención Carlisle.
Me mordí la lengua. No quería responderle una grosería a pesar de que me moría de ganas de decirle de que no estábamos en el colegio y que él era nuestro jefe, no un educador.
—Sois profesores de Literatura y os conocisteis en la Universidad de Stanford, donde os enamorasteis y os casasteis después de acabar la facultad. Los aniversarios, motes cariñosos y detalles románticos os lo dejaré a vosotros.
—No tendremos que darnos besos ni abrazos en público, ¿verdad?—inquirí aterrorizada.
—Se supone que estáis casados—comentó Alteara—, los matrimonios suelen hacer eso.
—Los matrimonios reales sí, no los ficticios —hizo incapié Cullen.
—Los únicos que sabréis que es ficticio sois vosotros —aportó Carlisle.
Me levanté de la silla totalmente enfadada y me dediqué a pasear por la habitación durante unos segundos. Ya no me podía callar más, una cosa era fingir ser otra persona, pero otra era fingir un matrimonio con amor.
—¡Esto es demasiado, Carlisle!—chillé—. ¡Ya es bastante duro tener que huir como para que encima nos obliguéis a fingir estar enamorados!
—Es lo mejor para todos, Isabella —dijo mi jefe con calma—. No podemos poneros en peligro y mientras estemos investigando a los Vulturi tendréis que permanecer lejos de Nueva York.
—Pues mándanos, yo que sé… ¡A Nueva Jersey, por ejemplo!—grité.
—Está demasiado cerca —negó Uley con la cabeza.
—¿Entonces?—preguntó Edward—. ¿A dónde nos pensáis mandar?
Carlisle intercambió una rápida mirada con los agentes y dijo:
—A Texas, con mi hija Alice.
Vale, vale, vale, no me mateis por favor. He tardo más de lo que suelo hacer, pero ya sabéis lo poco que me gusta eso de escribir por capítulos y estoy haciendo un gran esfuerzo por ponerme al día. Ya voy por el capítulo 9, chicas, así que no os desesperéis.
Bueno, ¿os ha gustado? ¿Se merece un review o un tomatazo? ¡Decidme! Os agradezco todos y cada uno de los reviews que recibo. No os podéis imaginar lo feliz que me hacéis, así que ¡seguid así! Me animan un montón en mis horas más bajas ^^
Un besazo como siempre a mis dos lauritas y a mis sales, que las quiero un montón y que hacen que mis noches sean mejores que mis días =)
Hasta pronto mis soles!!
