Hola! Ya estoy aquí con un nuevo capítulo del fanfic. Muchas muchas gracias por los reviews, creía que ya os habíais olvidado de mí.

Una cosa: Caro: la verdad es que no estoy segura de dónde dije que Hannah tenía 25 años. Lo busque pero no lo encontré. Sólo decirte que en el último momento preferí cambiar ese detalle. Perdona por la confusión, no me acordaba de haberlo puesto.

Como siempre ninguno de los personajes es míos, sólo Hannah. Los demás son de J.K Rowling.

Espero que disfrutéis de este capítulo. Si queríais conocer más sobre Hannah, aquí lo tenéis!.

Un besazo!

CAPÍTULO 7: La primera profecía de Sybill

Después de aquella pequeña charla en el despacho de la enfermera, Severus Snape había salido para dirigirse a las mazmorras; tenía que preparar algunas cosas. Dejó a Hannah bajo los cuidados de la enfermera Pomfrey, que parecía sentir una gran compasión por la joven.

Dumbledore, junto con Lily y Remus, tras comprobar que el estado de Sirius era estable, se dirigió a su despacho para hablar con más calma, dónde ya les esperaba un nervioso James Potter acompañado de Tonks. El director dio la contraseña "ranas de chocolate" para que la estatua les diese paso. Remus tomó de la mano a Tonks y lo mismo hizo James con Lily, consiguiendo que al anciano mago se le escapase una sonrisa benevolente y un suspiro que sonó como "qué hermoso es el amor".

Ya en el despacho, Dumbledore conjuró cómodas sillas para cada uno de ellos, mientras que él mismo se dirigía al sillón situado tras la mesa. Durante unos minutos todos permanecieron en silencio, evaluando los últimos acontecimientos, a excepción de Lily, que entre susurros le contaba a su marido y a Tonks lo que habían descubierto. Finalmente, mesándose la barba, el director rompió el silencio.

-Realmente la aparición de esta joven ha sido toda una sorpresa- murmuró el anciano mago.

-¿Por qué?- preguntó Tonks que no entendía. Claro que había sido sorprendente descubrir que había alguien más a parte de Harry capaz de sobrevivir a un Adava Kedavra. Además, Snape había insinuado que aquella no era la primera vez que ocurría. Sin embargo, aquello no explicaba la consternación con la que había hablado Lily al contarles de quien era hija Hannah Raven.

-Porque Hannah Raven nunca llegó a nacer- explicó Lily, consiguiendo que Tonks abriese la boca sorprendida. Remus y James entendían la confusión de Lily, a ellos les pasaba lo mismo.

-Al menos eso es lo que nos hicieron creer- aclaró el director- Hace poco más de 17 años, la marca tenebrosa apareció sobre el domicilio de los Raven.

-Me acuerdo- comentó Remus- Fue extraño, porque en los últimos tiempos Voldemort se había centrado en atacar a aquellos magos que pertenecían a la Orden o al ministerio; atacaba a los que suponían una amenaza para sus planes.

-Pero los Raven no eran ni una cosa ni otra- confirmó Lily- Jade era maestra aquí en Hogwarts, y su marido tenía una pequeña tienda en Hogsmeade.

-Pero aquello no fue lo más extraño- continuó Dumbledore- Fue uno de los pocos casos en los que Voldemort se deshizo de los cuerpos. La casa explosionó y tan solo se encontraron unos pocos restos que hacían ver que había alguien en la casa cuando fue incendiada.

-Eso ocurrió el dos de septiembre- añadió James- Harry acababa de nacer.

-Y Jade Raven todavía no había salido de cuentas- continuó Lily- Así que Hannah todavía no existía.

El silencio se adueñó de ellos de nuevo. Aquel había sido uno de los peores ataques. Todos los crímenes perpetrados por Voldemort y sus infames mortífagos por aquel entonces conmocionaban a toda la comunidad mágica. Sin embargo, aquella vez más que asustarse, el mundo mágico se enfureció. Se atacó a gente sencilla; personas que vivían su vida sin inmiscuirse en sus planes ni interferir en sus movimientos. Fue la mayor muestra de violencia gratuita que Voldemort había ofrecido hasta el momento. El matrimonio Raven era muy querido en toda la comunidad mágica, y la hermosa niña que esperaban les había colmado de felicidad. Todos sus sueños se vieron truncados sin motivo alguno, solo porque un mago había decidido que quería gobernar sobre todo ser vivo.

-Me temo- murmuró Dumbledore- que la verdad esconde muchos misterios.


Harry observaba el lago desde el alféizar de la ventana de su cuarto. La melancolía se había adueñado de él desde que había entrado. Siempre lo había sabido, pero comprobarlo había sido todavía más doloroso; las palabras hirientes, los insultos, incluso los golpes hubiesen sido preferibles a que Ginny le ignorase. La indiferencia que había mostrado hacia su presencia le había mortificado más que cualquier otra cosa.

Pero era algo que no podía evitar. Con el tiempo se había acostumbrado a que era inevitable que Ron y Hermione insistiesen en acompañarle en todo momento, aunque eso les pudiese llevar a la muerte, y el había terminado por aceptarlo hasta cierto punto. Pero con Ginny era distinto. La quería demasiado como para siquiera pensar en que algo pudiese llegar a pasarle; estaba seguro de que si llegaba a ocurrir se volvería loco, no podría soportarlo.

Era consciente de que había sido duro con ella, incluso rudo, pero en aquel momento necesitaba alejarla de allí, ponerla fuera del alcance de Voldemort. Pese a que lo había intentado con todas sus fuerzas, sus sentimientos por la pelirroja seguían tan vivos como el primer día, y le aterrorizaba que Voldemort fuese capaz de verlos si ella estaba presente. Así que había hecho lo necesario para apartarla de él.

Bueno, después de todo, algo bueno había salido de aquello. Ahora Ginny se había enfadado, incluso podría llegar a odiarle. De este modo ella se alejaría de él y estaría a salvo, segura, aunque eso le destrozase por dentro.

Y después estaba aquella chica, Hannah. En un primer momento le había sorprendido la enorme fuerza que emanaba de aquella chica. Era fría, imperturbable, serena. Se había enfrentado sin mostrar siquiera un ápice de temor a un considerable grupo de mortífagos y al mismísimo lord Voldemort, sobreviviendo incluso al Adava Kedavra del Señor Tenebroso.

Pero ahora, pensándolo pausadamente, se daba cuenta que lo que más le había llamado la atención no era aquello. Era su mirada; aquellos ojos de un extraño color lila podían mostrarse fríos e impenetrables, como había visto al enfrentarse a Voldemort, pero después, cuando todo había acabado, había visto algo distinto. En sus ojos se podía observar aquella mirada prematuramente adulta, tal y como decían que él tenía a veces, que reflejaban un pasado lleno de un dolor y sufrimiento demasiado grande para su corta edad.

Voldemort había dicho algo que ahora rondaba su cabeza. Había dicho que ella había llegado demasiado lejos, solo para protegerle a él. Aquello le enfurecía. No quería que nadie le protegiese, no quería que nadie muriese por interponerse entre él y Voldemort. Si se suponía que él era el que debía enfrentarse a Voldemort ¿por qué todo el mundo insistía en interponerse entre ellos?


Definitivamente le gustaba aquel lugar. Los largos pasillos llenos de cuadros repletos de personajes interesantes. Las negras armaduras que más que miedo daban seguridad. Los hermosos tapices que cubrían las paredes. La calidez que iluminaba kilómetros y kilómetros de caminos de piedra. Era tan distinto a lo que había conocido ella.

Se había despertado sola en lo que suponía que era la enfermería. Veros le había hablado de aquel lugar. Era donde decía que debería estar cada una de aquellas veces en las que se "metía en problemas". Le había oído discutir el tema con Cissa mientras la miraban preocupados porque aquella vez había llegado demasiado lejos. Pero a ella no le importaba la incomodidad de la mazmorra. Había cosas más importantes. Su destino era más importante.

En la enfermería le pareció ver como una mujer regordeta dormitaba en un pequeño cuarto. No quería molestarla, así que lo más silenciosamente que pudo se levantó de la cama y salió de la estancia. Fuera le había recibido un ambiente radicalmente distinto, que le había encandilado enseguida; menos… limpio, por así decirlo.

Había empezado a recorrer pasillos y pasillos admirando los personajes de los cuadros. Unos la observaban extrañados, otros comentaban que no debería andar por los pasillos únicamente vestida con aquel pijama (era blanco; estaba segura de que Veros lo había elegido. Él siempre decía que algún día se encargaría de que ninguna tela negra rozase siquiera su piel nunca más). Sin embargo la mayoría la saludaban alegremente y la invitaban a tomar el té, a pasar un día en el campo o a echar una carrera por los pasillos.

Después de subir y bajar escaleras, girar en pasillos sin fijarse hacia que lado lo hacía, y cambiar una y otra vez de dirección, estuvo completamente segura de que no sabría volver al punto de partida, y aquel castillo no parecía pequeño exactamente. A partir de ese momento empezó a ir con más cuidado, atenta a cualquier indicio que le indicase cómo regresar a la enfermería. Al girar una esquina, vio un hermoso ventanal con una cristalera que estaba segura que durante el día reflejaba bellas formas; daba a un balcón que seguramente ofrecía unas vistas maravillosas. Pero no se atrevió a acercarse, porque el lugar ya estaba ocupado.

Acurrucada junto a la ventana estaba una chica. Parecía tener su misma edad. Era menuda, de largos cabellos rojos. Le gustó su pelo, era vivo, alegre, tan poco "oscuro". Por un momento tuvo tentaciones de acercarse, pero después se fijó en que la chica estaba llorando. Notó la gran tristeza que reflejaba su rostro, reflejo de una gran pena que seguro guardaba su corazón. No estaba segura de que hacer. Cuando a ella le pasaba eso prefería estar sola, que nadie la viese llorar, así que decidió darse la vuelta respetando la intimidad de aquella joven y volvió a perderse por los pasillos.

Siguió vagando por los suelos empedrados y bajando escaleras, hasta que el paisaje cambió. Seguía en el castillo, estaba segura, pero el aire se había vuelto más frío, y las paredes eran más oscuras y húmedas. Estaba en las mazmorras. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, pero pronto se disipó. Aquellas no eran como las mazmorras que había conocido, eran más "cálidas". El miedo y el dolor no llenaba sus sentidos, y el aire no estaba tan viciado que no le dejaba respirar.

Cuando el temor que la había dominado por un instante cedió, se aventuró a recorrer los pasillos sin miedo, fijándose en las armaduras que vigilaban su caminata, tan amenazadoras y protectoras al mismo tiempo. Se detuvo ante un cuadro. Le gustó porque contrastaba con la oscuridad que dominaba en aquellos parajes. Se trataba de la imagen de un unicornio, pastando en una verde pradera mientras el sol hacía brillar sus blancas crines bajo sus rayos. Sonrió. El animal levantó la cabeza y se quedó observándola, y Hannah habría jurado que sus ojos le devolvieron la sonrisa.

-Qué haces aquí- Aquella voz profunda la sobresaltó, pero enseguida reconoció a su dueño, y la tensión desapareció. Sonrió al notar como su huesuda y áspera mano se apoyaba en su hombro con total delicadeza. Siempre le había sorprendido la cantidad de emociones que un roce de aquel hombre era capaz de transmitir, quizás porque el contacto directo con otras personas no era algo que prodigase en demasía.

-Yo me he perdido- dijo todavía en su sonrisa- ¿Y tú que haces aquí Veros?

-No seas insolente- replicó él con voz neutra y susurrada, pero afilada- Sabes perfectamente que las mazmorras son mis dominios- después su tono se suavizó- ¿Qué haces levantada?

-Me desperté- respondió ella llanamente.

Severus Snape resopló frustrado. Siempre le habían gustado las respuestas simples y claras, pero aquella cualidad en poder de Hannah podía llegar a ser desesperante- Deberías estar descansando.

-Nunca antes me habías reñido por estar en pie cuanto antes.

-En primer lugar, no te estoy riñendo. En segundo lugar, antes necesitabas estar alerta. Ahora estas en casa, a salvo.

Hannah sonrió melancólica. Casa… era un concepto tan ajeno a ella. Sólo había conocido una casa, y a ese concepto no se asociaban emociones precisamente agradables.

-¿Y tú como estás?- dijo ella cambiando de tema- Antes vi como cojeabas.

Severus levantó una ceja suspicaz. Creyó que en el estado en el que estaba no se habría dado cuenta. Aunque debió haberlo sabido, ella siempre estaba atenta- No es nada, pequeños achaques que arrastro de nuestro brillante plan.

Al instante se arrepintió de haber sonado tan seco. A veces olvidaba lo dura y al mismo tiempo lo sensible que podía llegar a ser Hannah. Era capaz de aceptar que las cosas más horribles le pasasen a ella, pero solo imaginar en verle en peligro la llenaba de intranquilidad; por eso le había costado tanto aceptar su ayuda.

-No debía haberte pedido que me ayudaras a escapar.

Él negó- Era el momento. Tú misma lo dijiste. Además- añadió todavía a sus espaldas, apretando el agarre de su mano sobre su hombro- Durante más de 11 años te has negado a pedir ayuda, cuando podrías haber llevado una vida totalmente distinta. He visto como sufrías constantes torturas sin dudar siquiera un segundo que era lo correcto…

-Era mi destino- replicó ella- Era necesario.

-Es posible, pero eso no lo hace menos doloroso, sobretodo para los que te queremos y hemos callado.

-Yo os lo pedí.

Él mostró una sonrisa torcida- Más bien nos obligaste. El caso es que hemos pasado más de diez años tirándonos de los pelos por no poder sacarte de allí. Así que créeme cuando te digo que con que solo nos hubieses dicho "ayudadme a salir hasta el jardín" no habríamos parado hasta arrastrarte a Hogwarts.

Hannah se giró por primera vez en aquel rato para encararse con Severus Snape. Le acarició la mejilla y allí depositó un dulce beso. Ella era una de las únicas tres personas en el mundo que podían verle así. En aquellos momentos la máscara imperturbable que siempre mostraba desaparecía; se olvidaba del orgullo, de tener que aparentar calma absoluta, y entonces sus ojos dejaban translucir la verdad, todo el cariño y amor que era capaz de sentir. Sabía que la quería como si fuese su propia hija, y era consciente de todo el dolor que le había causado al rechazar una y otra vez su ayuda durante aquellos años. Pero a pesar de todo, él siempre había respetado su decisión, y le estaría eternamente agradecida por ello.

Severus apartó los largos bucles castaños que caían sobre la cara de Hannah para engancharlos detrás de su oreja, en un gesto sencillo pero lleno de una ternura que muy pocas veces dejaba aflorar. Ella sonrió, consciente de ello.

-Deberíamos subir. Dudo que hayas tenido el acierto de avisar a la enfermera Pomfrey de que estabas despierta.

-¿Había que hacerlo?- preguntó ella confusa. Él obvió la respuesta.

-Además, hay algunas personas ávidas de información que estoy seguro que nos estarán esperando.

Ella hizo una mueca- ¿Es necesario?

Snape se puso serio y la cogió por los hombros- Si no quieres no. No permitiré que se te acerquen hasta que estés preparada.

Hannah sabía que iba a decir eso. Se sentía feliz. Todos ellos habían tenido que ser muy cautos en las muestras de cariño que le habían profesado a lo largo de aquellos años por miedo a ser descubiertos; nunca sabían quien podía estar vigilando. Pero ahora no había peligro. Ese era otro tipo de libertad que había anhelado durante mucho tiempo.

-Creo que se merecen conocer la verdad- suspiró finalmente- Además, cuanto más lo retrase, más tardaremos en empezar. Y perder tiempo es algo que no podemos permitirle.

Severus Snape sonrió complacido. A pesar de todas las emociones que estaba seguro que ella había experimentado desde que había logrado la ansiada libertad, no había perdido de vista su objetivo. Debió imaginarlo.

-¿Entonces vamos?- preguntó Hannah sacándole de sus ensoñaciones.

-Vamos. Pero antes- añadió captando la atención de la castaña- hay algo que debo entregarte. Draco lo envió para ti.

Los ojos de la joven brillaron de ilusión. Con todo lo que había sufrido, lo que ambos habían sufrido, era increíble como Draco y ella habían sabido olvidar todo el dolor y el miedo para hacer espacio en su corazón para aquel sentimiento. A pesar de todo lo que pesaba sobre ellos para que fracasaran, Draco y Hannah se habían hecho amigos. La pureza de su amistad dentro de toda aquella corrupción era lo que había permitido a Severus creer en la esperanza cuando todo parecía perdido, porque ese mismo sentimiento era el que había tendido su mano para salvar a su ahijado del oscuro destino al que parecía avocado.


Aguardaban inquietos en el despacho de Dumbledore. Hacía poco menos de una hora Severus Snape había aparecido en la chimenea del director para solicitar una reunión con él. El momento había llegado. También había pedido que estuviesen presentes la familia Potter y Remus Lupin; aquello también les concernía a ellos.

Así que lo más rápido que pudieron todos se encontraban en el despacho. Habían encontrado a Harry en su habitación en la torre de Gryffindor y pese a que había mostrado un gran interés por asistir a aquella reunión, había algo que lo mantenía distraído. Era el único que parecía no notar el paso del tiempo, ya que los demás empezaban a impacientarse por el retraso del profesor de pociones.

Finalmente la puerta del despacho se abrió, dando paso a Snape, seguido de Hannah Raven. La joven llevaba puesta una hermosa túnica blanca que se ceñía a su delgada figura, de cuello cuadrado y mangas en pico. La falda hacía delicados movimientos al andar. Fuese quien fuese el que había escogido aquella prenda, tenía un gusto impecable.

Hannah observaba todo con curiosidad. Fijó su vista en los cuadros de los distintos directores, así como en las figurillas de plata que brillaban en los estantes, pero evitó las miradas de los magos presentes en la sala, que sí las mantenían fijas en ella. Severus Snape notó que su protegida estaba incómoda y les lanzó a todos una mirada de advertencia, con lo que consiguió que el ambiente se relajase.

Albus Dumbledore se levantó de su sillón con una sonrisa en los labios y otra en los ojos, para acercarse a la recién llegada. Se detuvo frente a ella, que le evaluó de arriba abajo. Snape se situó entre ellos y tosió.

-Albus Dumbledore, le presento a Hannah Raven- ella le tendió la mano al anciano, que la apretó sumando al agarre ambas manos. Sonrió benévolamente pero ella ni se inmutó. Severus Snape sonrió disimuladamente; le gustaba ver que no había cambiado. Le costaba confiar en la gente, y hasta que eso ocurría nunca se mostraba accesible. Era normal después de todo que se comportase así.

-Encantada- musitó ella. Dumbledore pareció entender la actitud de la joven y no comentó nada.

-Supongo que será apropiado presentarle al resto de los presentes- con un teatral gesto de su mano Dumbledore se dirigió a los demás, que habían permanecido de pie pero en un segundo plano- Estos son Lily Potter, James Potter, Remus Lupin y creo que ya ha tenido el placer de conocer a Harry Potter.

Hannah saludó a todos con un leve movimiento de cabeza conforme los iban presentando y si alguno provocó en ella algún sentimiento, no lo demostró. Una vez más Severus Snape sonrió interiormente; aquello lo había aprendido de Draco.

Una vez presentados, tomaron asiento, Hannah al lado de Severus, rodeada de todos los demás. Aunque no lo mostraba, el profesor de pociones podía sentir como estaba a punto de explotar por los nervios.

-Bueno. Deberíamos empezar. No todos tenemos todo el tiempo del mundo- dijo Snape. James estuvo a punto de responder algo, pero una mirada de Dumbledore le indicó que no sería apropiado. Hannah observaba todo con detalle y no parecía dispuesta a permitir que alguien se metiese con Severus- Quizás lo primero que deberían saber- continuó el jefe de la casa Slytherin- es la primera profecía que Sybill Trelawney dio.

James bufó con exasperación- Todos conocemos la dichosa profecía- Lily le dio un codazo, mientras Harry observaba divertido como en presencia de Snape su padre volvía a tener quince años.

-Esa no fue su primera profecía- replicó Hannah.

A Dumbledore se le escapó una risita.

-Profesor Dumbledore- murmuró Remus.

-Estoy pensando en quién me habló por primera vez de Sybill- explicó el director divertido. Después su rostro se tornó serio y sus ojos azules se clavaron en Hannah- Fue Jade Raven.

-Mi madre la conoció un día en el Caldero Chorreante. Se ofreció a acompañarla a dejar sus compras a su cuarto y entonces ocurrió.

-¿Cómo es que nadie oyó hablar nunca de aquello?- preguntó Harry- ¿No tendría que estar registrada como todas las profecías?

Los ojos de Hannah brillaron. Lo que le habían contado acerca de aquel chico era cierto.

-El padre de Jade- explicó Severus adelantándose a la joven- Él era un inefable. Se encargó de hacerla desaparecer.

-¿Por qué?- preguntó Lily.

-Porque no quería que su nieta naciese con el destino ya marcado de antemano.

Todos observaron a Hannah impacientes por saber más. No hizo falta que ninguno preguntase.

El momento llega. Las ruedas del destino empiezan a girar. Aquellos que han de acompañar al Elegido hasta el borde mismo de los infiernos han sido señalados.

Su escudo, fuerza inamovible, perseverancia y determinación, será el primero. Nacido de las entrañas de la misma sabiduría, el lavanda marcará su rostro. Él será el encargado de iniciar el camino.

La serpiente coronada. Será señalada por el escudo. Su conocimiento será la guía hacia la batalla final. Nacido entre dos mundos, no encontrará su lugar hasta que se lo muestren. Irá a la oscuridad pero volverá, con fuerzas renovadas.

El campeón griego. Servirá de apoyo y unión para conseguir la victoria. Nacido y criado para destacar, visible por todos pero su verdad oculta. Necesitará del conocimiento para encontrar su verdad.

Todos ellos ocultos, todos ellos valiosos. Guiarán al elegido a su destino al borde de lo que ya no es conocido.

La mirada lavanda marca el comienzo

Hannah terminó de recitar la profecía, tal y como se la habían contado a ella. nadie dijo nada, estaban inmersos en sus pensamientos intentando encontrar la lógica a aquellas palabras.

-Deduzco que tú eres el escudo- murmuró Dumbledore recordando la profecía- La mirada lavanda- Hannah asintió.

-¿Pero cómo lo supo Jade?- dijo Remus- ¿Cómo sabía que su hija era la señalada como el escudo?

-"Nacido de las mismas entrañas de la sabiduría"- replicó Snape con un deje de impaciencia.

Todos excepto Dumbledore le observaron igual de confusos que antes. Los ojos del director brillaron con inteligencia- Pocos saben que Rowena Ravenclaw formó una familia. Su descendencia sobrevivió a lo largo de los siglos y llegó hasta nuestros días. Sin embargo, permaneció oculta. Me temo que debió ocurrir lo que en otras tantas ocasiones, los tiempos cambian y los nombres sufren modificaciones.

-Raven- susurró Harry al darse cuenta de lo que Dumbledore quería decir- Ravenclaw.

-Mi madre conocía acerca de su descendencia- complacida porque lo hubiesen descifrado- Supo que yo era el escudo que señalaba la profecía. Y quiso protegerme para que cuando llegase la hora de cumplir mi destino estuviese preparada.

-Pero no lo consiguió- afirmó Lily. Hannah giró su cabeza para encontrarse con la mirada verde de la pelirroja y pudo ver compasión en aquellos ojos. No le gustaba la compasión, ella era más fuerte que eso. Pero por algún motivo, aquella mujer no le desagradó. En su mente permanecían las historias que su madre le había contado acerca de sus años de escuela; tiempos llenos de luz y sonrisas que enmascaraban el terror que les seguiría.

-Alguien más descubrió lo de la profecía- dijo Severus, consciente de que a Hannah le resultaría muy difícil relatar aquella parte de la historia, la que había marcado su vida- Y atacaron el hogar de los Raven. Mataron a Damian y al padre de Jade, y a ella se la llevaron.

-¿Por qué?- preguntó James.

-Voldemort pensó que ganaría más si criaba al escudo en la oscuridad, que si simplemente lo mataba- explicó Snape.

-Encerraron a mi madre y la mantuvieron con vida. Cuando dio a luz le permitieron estar conmigo para cuidarme y darme de comer.

-¿Tú lo sabías?- preguntó Remus suspicaz dirigiéndose a Snape.

Él no se mostró ofendido. Lupin siempre había sido el único cabal de aquel grupo de delincuentes y entendía perfectamente su pregunta, aunque no intentó justificarse- No- respondió- Lo descubrí después de que Trelawney hubiese profetizado la llegada del elegido.

Harry bufó. El le había contado la profecía a Voldemort. Por su culpa habían atacado a su familia. Su padre le miró suspicaz, pero una mirada de advertencia de Dumbledore le indicó que no era el momento apropiado para aquella conversación.

-Él intentó ayudar a mi madre- aclaró Hannah percibiendo la animadversión de Harry por su protector- Pero ella no quiso.

Aquella revelación provocó conmoción en los presentes. Estaba prisionera, con una hija recién nacida. Por qué no aprovechar la posibilidad de recuperar la libertad. Sin embargo, ni Hannah ni Severus mostraron indicios de querer explicarlo.

-La noche en la que Voldemort cayó- continuó Hannah- mi madre escapó conmigo.

-¿Por qué entonces sí quiso huir?- preguntó Dumbledore.

Ella sonrió con tristeza mientras negaba- No pretendía huir. Mamá supo aquella noche a quién señalaría Voldemort como su igual- explicó mirando significativamente a Harry, que le sostuvo la mirada. Después posó sus ojos lilas en Lily- Ella le tenía un gran aprecio. Los años de amistad en la escuela le dejaron un agradable recuero. La quería mucho y no quería que la familia Potter pasase por lo que nosotros habíamos pasado.

-¿Pero qué podía hacer ella?- preguntó Remus.

Severus Snape sonrió con astucia- Jade no podía hacer nada, pero Hannah sí. Aún siendo un bebé sus poderes estaban activos. Su destino era ser el escudo, proteger al elegido, y Jade confiaba en que aquello sirviese de algo.

-Entonces- murmuró James mirando asombrado a la joven- Fuiste tú. Tú nos salvaste.

Ella negó- Fue mi madre. Utilizó mi sangre para hacer el hechizo, para proteger a la familia del elegido. Eso, sumado al sacrificio de amor que Lily realizó al morir por salvar a su hijo permitió que funcionase. Lo único que yo hice fue despertaros cuando llegó el momento.

-¿Por qué no antes?- preguntó Harry. Había un deje de reproche e ira contenida en su voz que no pasó desapercibida a la castaña.

-Porque no estaba segura de cómo hacerlo. Yo no recuerdo qué hechizo hizo mi madre y ella nunca me lo dijo. Lo único que podía hacer era confiar en que algún día mi propio poder sería lo suficientemente fuerte como para revertir los efectos. Así que me entrené, durante todos estos años aprendí todo lo que pude para cumplir mi destino.

-¿Por qué no dijo nada entonces?- preguntó James Potter dirigiéndose a Snape.

-Porque me pareció divertido si te parece- Snape no se contuvo más- ¿Tú que crees Potter? Después de la muerte del señor Tenebroso los mortífagos fueron dispersados. Durante cinco años se mantuvo el silencio de la organización, cada uno haciendo su vida, cada uno ocultando su propio pasado. Después del hechizo de Jade, Lucius Malfoy la atrapó. Él sabía que su señor volvería, y que Hannah era una pieza importante en sus planes, así que la retuvo. Después de aquella noche yo le perdí la pista a Jade. No supe qué había sido de ella hasta que cinco años después Malfoy me llamó a su presencia.

-¿Y Jade?- preguntó Lily con el dolor reflejado en el rostro.

Hannah bajó la cabeza al suelo- Murió cuando tenía seis años.

-Desde ese momento Ver…- Snape le lanzó una mirada de advertencia. Ella sonrió internamente- Severus me enseñó todo lo que pudo, teniendo en cuenta que nos vigilaban. Cuidó de mí.

-Tendrías que haberla ayudado a escapar!- gritó James. Severus hizo una mueca de dolor y Hannah lanzó al antiguo merodeador una mirada reprobatoria.

-Yo no le dejé.

-¿Pero por…?

-No es de su incumbencia- la respuesta de Hannah a la pregunta inacabada de Dumbledore fue contundente- Era lo que tenía que hacer.

-Bien- dijo Snape levantándose de su asiento- Ya se ha desvelado el secreto de los orígenes de Hannah. Creo que ya es suficiente por hoy.

-Un momento- Dumbledore los retuvo- Ya conocemos los orígenes de la señorita Raven. Pero todavía no hemos podido entender por qué posee tanto poder.

Snape bufó en un gesto de impaciencia y Hannah, que se había situado al lado del profesor, lo instó a sentarse acariciando su brazo. Después observó con fría calma al director- Creí que había quedado claro. Soy el escudo. Un escudo protege. El Adava Kedavra es un hechizo que extrae la magia de aquel contra el que se dirige y con ello su vida. Mi magia está blindada, no puede ser liberada por medio de un hechizo. Soy inmune a los Adava.

-Es un decir- susurró sarcástico Snape, ganándose una mirada de reproche de su protegida.

-¿Y por qué puedes hacer magia sin varita?- preguntó Harry. Aquel hecho le había sorprendido mucho en su primer encuentro.

Pero Hannah se limitó a encogerse de hombros- Malfoy no estaba dispuesto a prestarme una varita, así que tuve que aprender sin una.

-Bien. Tu eres el escudo. ¿Quién es la guía?- Preguntó Dumbledore- Según la profecía el escudo señalará a segundo guardián.

Severus y Hannah. La joven esbozó la primera sonrisa franca que le habían visto y Severus tornó su rostro en una mueca arrogante.

-La serpiente coronada- susurró Harry- El príncipe mestizo!

Hannah observó al joven Gryffindor con admiración. Realmente era más intuitivo de lo que había esperado.

James se levantó como movido por un resorte, saltando de su silla.

-¡No voy a permitir que este grasiento esté cerca de mi hijo!- gritó fuera de sí.

Ella le observó de nuevo con enojo- La profecía le ha señalado.

-Es un mortífago- alegó él.

-Y usted era un abusón en la escuela y nadie se lo reprocha.

Las palabras afiladas de Hannah surcaron el aire y dieron de lleno en el blanco. James Potter no supo como replicar a aquello, máxime cuando vio como su hijo no parecía sorprendido ni ofendido por las palabras de la joven. ¿Acaso él sabría?

-Ya está bien- pidió Dumbledore- Todavía nos queda un guardián por conocer.

Severus Snape negó con afectación- Tardé demasiado en encontrarle. Ya era tarde para entonces.

-¿Quién…?- empezó a preguntar Remus Lupin.

-Cedric Diggory. Me temo que por una vez el inútil de Pettegrew hizo algo bien, aunque no fuese consciente de ello.

Los ojos de Harry se opacaron al recordar al buscador de Hufflepuf. Todavía le costaba recordarle sin que la culpa le embargase. Aquel no iba a ser un fantasma que desapareciera tan fácilmente.

El silencio se apoderó de la sala. Todos permanecían inmersos en sus propios pensamientos una vez más.

Harry observaba a aquella joven de reojo. La había impresionado al conocerla, pero ahora simplemente la admiraba. Siempre le habían dicho que su vida había sido difícil, pero ahora veía que no era el único que sufría. Hannah había vivido toda su vida encerrada. Voldemort tenía razón cuando dijo que no conocía nada del mundo que pretendía salvar.


Y aquí lo dejo por hoy. No lo hago más largo porque creo que sino el capítulo se haría demasiado denso.

Este chap se ha centrado en la historia de Hannah, pero era necesario. Ahora que ya conocéis su historia el fanfic podrá empezar de verdad .

Espero que os haya gustado. Si queréis hacerme muy feliz ya sabéis: reviews!