LA VENGANZA DEL CORSARIO

CAPITULO VII ADIOS AL CORSARIO ROJO

-¡Corran!-Grito Nicolás, mientras se dirigía a la única calle que se encontraba libre de guardias. Cuando estos se dieron por enterados, los filibusteros ya estaban lejos; corrían por varias calles sin saber en donde se encontraban, la patrulla estaba distante, pero el Corsario Fantasma decidió hacerles perder la pista. Se encontraban frente a una casa de dos pisos. Ahora solo estaban el Corsario y Hernán, ya que Nicolás les había ganado terreno para llevar el cuerpo inerte del Corsario Rojo a bordo del "Trueno".

-Hernán.-dijo Darien.- ¡Entremos aquí!-y acto seguido dio un disparo a la cerradura de la puerta y esta se abrió. Los dos hombres entraron apresuradamente y cerraron la puerta tras de si. No bien habían logrado entrar, cuando escucharon a la guardia pasar corriendo. A tientas dieron con una escalera y subieron por ella. De pronto escucharon una voz

-¡Ladrones¡Voy a hacer que los cuelguen!

-¡De ninguna forma , señor! —le gritó el Corsario desde lo alto del corredor.

-¿Quién lo dice¿Un bandido que asesina a traición a las personas?

-No. Lo dice Darien Chiba, señor de Rosetti y Troyes

-¿Es usted un noble? Quisiera saber por qué ha entrado así a mi casa y trataba de hacerme asesinar por sus criados.

- Nadie quiere asesinarle, solamente retenerlo como prisionero. Para evitar que usted advierta a las autoridades de mi presencia.

-Un noble con problemas¡No entiendo!

-¡Entréguese!

-¿Quién es usted?

-¡Debió haberlo adivinado! Somos filibusteros de las Tortugas. ¡Defiéndase; porque lo mataré!

-¡Usted no conoce el brazo del Conde de Irujo!

-Ni usted el del señor de Rosetti ¡Defiéndase, conde!

-Sólo una pregunta¿Qué ha hecho usted con mis sirvientes?

-Están presos. No se inquiete por ellos. Mañana estarán libres.

-¡Gracias, caballero!

Instantes después, sólo se oía en el corredor el ruido de los aceros. El conde se batía de un modo admirable, como un espadachín valiente, pero pronto se dio cuenta de que su adversario era uno de los más temibles. De improviso, el Corsario dio un golpe seco a la hoja del conde y la hizo caer al suelo.

Al verse desarmado, éste se puso pálido. La hoja de la espada del Corsario, que le amenazaba el pecho, se levantó.

-¡Es usted un valiente! —Dijo el Corsario, —. Usted no quería ceder el arma: ahora yo me la tomo, pero le dejo la vida.

Un profundo asombro dominaba al hombre. No creía estar vivo aún.

-Mis compatriotas dicen que los filibusteros son hombres sin fe ni ley, dedicados sólo al robo en el mar; ahora puedo decir que entre ellos también hay valientes que, en lo que a caballerosidad se refiere, pueden dar punto y raya a los más cumplidos caballeros de Europa. Señor caballero, permítame estrechar su mano. ¡Gracias!

El Corsario se la estrechó cordialmente, y recogiendo la espada caída, se la alargó al conde.

-Conserve su arma, señor. A mí me basta con que me prometa usted no esgrimirla contra nosotros hasta mañana.

-¡Se lo prometo por mi honor, caballero.

-Ahora, por favor, déjese atar. Me disgusta recurrir a este extremo, pero no puedo hacer otra cosa.

-¡Haga usted lo que quiera!

- Pero antes…dígame ¿Cuál es su nombre Conde?

-Zafiro… Zafiro Conde de Irujo

Pronto la casa se vio envuelta en una gran operación de fortificación. Nicolás llego de pronto en compañía de Artemis, llevaron hasta el portal los muebles más pesados de la casa. Cajas, armarios y mesas quedaron obstruyendo la puerta. Además, los filibusteros levantaron una segunda barricada en la parte baja de la escalera.

Apenas habían terminado los preparativos de defensa, cuando Hernán, que montaba guardia junto a los prisioneros, bajó corriendo la escalera.

-¡Comandante! —Gritó—, los vecinos se están agrupando frente a la casa.

El Corsario no se inmutó... Alrededor de cincuenta personas señalaban la casa del conde

-¡Va a suceder lo que me temía! —murmuró el Corsario—. Estaba escrito también que yo debía morir en Maracaibo. Pobres hermanos míos, muertos sin que pueda vengarlos¡Maldición¡Artemis!

-¡Aquí estoy, comandante!

-¿Dijiste que encontraste municiones?

-Sí; un barril de pólvora como de ocho o diez libras, un arcabuz y municiones.

-Coloca el barril en el portal, detrás de la puerta, y ponle una mecha.

-¡Relámpagos¿Va a volar la casa¿Y los prisioneros?

-Peor para ellos si los soldados quieren prendernos. ¡Tenemos derecho a defendernos y lo haremos sin vacilar!

Frente a la casa del notario, un pelotón de soldados, perfectamente armados para el combate se colocó en línea, con las escopetas listas para hacer fuego.

-¡Abran, en nombre del gobernador! —gritó el teniente que comandaba el pelotón.

-¿Están ustedes dispuestos, mis valientes? —preguntó el Corsario.

-¡Sí señor! —contestaron Hernán, Nicólas y Artemis

-¡Hernán, sube al piso alto y busca algún lugar que nos permita escapar por los tejados. ¡Nicolás, Artemis! Ustedes permanecerán aquí. Conmigo.

Dicho esto, abrió la ventana y preguntó:

-¿Qué desea, señor?

-¿Quién es usted? Yo pregunto por el Conde de Irujo

-El no puede atenderos. Lo hago yo por el.

-Tengo orden de averiguar qué le ha pasado al señor Conde y sus sirvientes.

-Si le interesa saberlo, le digo que ellos están sanos y de muy buen humor.

-¡Mándelos usted bajar!

-¡imposible! —contestó el Corsario.

-¡Obedezca¡Oh haré derribar la puerta!

-¡Hágalo! Pero le advierto que hay un barril de pólvora detrás de la puerta. Al primer intento que usted haga para forzarla, pondré fuego a la mecha y volará la casa con todos sus ocupantes.

-¿Pero, quién es usted? —gritó frenético el teniente.

-Un hombre que no quiere ser molestado —respondió con calma el Corsario.

-¡Un loco!

-¡Tan loco como usted!

-¡Eso es un insulto¡Concluyamos¡La broma ha durado demasiado!

-¿Si eso es lo que desea¡Eh, Artemis; anda a poner fuego a la pólvora!

Al oír la terrible amenaza, los vecinos corrieron a ponerse a salvo; otros entraban en sus casas para rescatar sus objetos de más valor. Hasta los soldados retrocedieron.

-¡Deténgase, señor! —Gritó el teniente— ¡Está usted loco!

-¡Déjeme usted en paz! Retire a la tropa. -Dicho estoe entró en la habitación y sin más explicaciones cortó las amarras del Conde, a quien invitó a compartir la improvisada comida y a mantener la promesa de no intervenir en el asunto.

-¿Qué hacen mis compatriotas? He oído un vocerío ensordecedor —preguntó el conde.

-Por ahora, se limitan a sitiarnos.

-Lamento decírselo, pero el asedio continuará, y tarde o temprano tendrá usted que rendirse. Y le aseguro que sería un disgusto para mí ver a un hombre amable y valiente como usted en manos del gobernador. ¡El no perdona a los filibusteros!

-¡No me cogerá! Es preciso que arregle cuentas con el.

-¿Lo conoce usted?

-Ha sido un hombre fatal para mi familia, y si me he hecho filibustero, a él se lo debo. Pero no hablemos de esto, me lleno de odio y me vuelvo triste. ¡Beba usted, conde!

La comida terminó en silencio, sin que nada la interrumpiera. Los soldados, a pesar de sus ganas de quemar vivos a los filibusteros, no habían tomado ninguna determinación. No les faltaba el valor, ni los espantaba el barril de pólvora, pero temían por el Conde. Al caer la noche, Hernán vio llegar más soldados a la calleja. Rápidamente llamaron a Hernán, quien había logrado hundir una parte del techo haciendo un, boquete de escape.

En aquel momento sonó una descarga y la casa se estremeció. Las balas horadaron las murallas y el techo.

—Les he prometido la vida —dijo el Corsario al conde—, y suceda lo que quiera, sostendré mi palabra, pero ustedes deben jurar que no se rebelarán.

—Hable usted, caballero —dijo el conde—. Siento mucho que los asaltantes sean mis compatriotas. Si no lo fuesen, le aseguro que tendría el placer de combatir a su lado.

—Tienen ustedes que seguirme si no quieren volar.

En la calle sonó otra explosión de disparos

-¡Nicólas, la mecha¡Adelante, hombres del mar! —gritó el Corsario.

Ya en el desván, Hernán, mostró el boquete. El Corsario entró por él y salió al tejado. Cuatro tejados más adelante, se veía un muro al lado de una palmera.

-¿Por allí debemos descender?

-Sí, señor.

-¿Se podrá salir por el jardín?

-¡Eso espero!

-¡Pronto! —Gritó Artemis—. ¡La casa se va a hundir bajo nuestros pies!

Los filibusteros llegaron en pocos instantes al borde del último tejado, junto a la palmera. Había allí un jardín que parecía prolongarse en dirección del campo.

-Yo conozco este jardín —dijo el conde

-¡Bajemos pronto! —Apuró Nicolás—. ¡La explosión puede lanzarnos al vacío!

Apenas había terminado de decir esto, cuando se vio brillar un enorme relámpago, al cual siguió un horroroso estampido. Inmediatamente cayeron sobre ellos trozos de maderas, muebles deshechos, pedazos de tela ardiendo.

-¿Están todos vivos? —preguntó el Corsario.

-Eso creo —respondió Artemis

Ya caminaban hacia el muro que cercaba el jardín, cuando unos hombres armados de arcabuces se lanzaron fuera de la espesura gritando:

-¡Quietos, o hacemos fuego!

El Corsario empuñó la espada con la diestra y con la otra mano se quitó la pistola del cinto, dispuesto a abrirse paso; el conde lo detuvo con un gesto y adelantándose gritó:

-¡Cómo¿Acaso no conocen a los amigos de su amo?

-¡El señor Conde! —exclamaron atónitos.

-Perdone usted, señor conde —dijo uno de los criados—; hemos oído una detonación espantosa, y como sabíamos que los soldados cercaban a unos corsarios, hemos acudido para impedirles la fuga.

-Los filibusteros han escapado ya; por lo tanto, ustedes pueden regresar. ¿No hay alguna puerta en la tapia del jardín?

-Sí, señor conde.

-Pues, ábranla, para que mis amigos y yo podamos salir.

El conde guió a los filibusteros unos doscientos pasos fuera del jardín.

-Caballero —dijo luego, deteniéndose—; usted me ha concedido la vida y yo me felicito de haberle podido prestar este pequeño servicio. Hombres tan valerosos como usted no pueden morir en la horca y le aseguro que no habría perdonado al gobernador si usted hubiese caído en sus manos. ¡Vaya usted, aborde su navío!

-Gracias, Conde —contestó el Corsario.

Los dos nobles se estrecharon las manos cordialmente y se separaron quitándose el sombrero.

Se detuvieron unos cuantos minutos a la sombra de un gigantesco árbol. Cuando estuvieron ciertos de que ningún español exploraba la campiña, avanzaron a escape, siempre bajo los árboles.

-¡Andando: el tiempo apremia! —apuró. El Corsario y sus hombres llegaron a las orillas del mar y abordaron una chalupa en la cual estaba les esperaba el cuerpo inerte del Corsario Rojo. Los dos hombres que le acompañaban comenzaron a remar lo más rápido posible mientras Darien solo observaba inmóvil el horizonte. Cuando sintió que la proa del bote chocaba contra el casco del barco, hizo un movimiento como si despertara de tétricos pensamientos. Estaba asombrado de verse junto a su nave. Una vez que izaron el bote a bordo, tomó el cadáver de su hermano y fue a depositarlo junto al palo mayor.

Al ver al muerto, la tripulación que estaba escalonada, se descubrió.

Andrew, el segundo comandante, descendió del puente de órdenes y se dirigió al encuentro del Corsario Fantasma

-¡A sus órdenes, señor! —dijo.

-¡Ya sabes que hacer! —respondió el Corsario con rabia y tristeza.

Comenzaba a clarear con una luz pesada como hierro. El Corsario llegó al puente y allí se quedó inmóvil. Su bandera había sido puesta a media asta, en señal de luto. Toda la tripulación estaba en cubierta. La campana resonó en la toldilla de popa y la tripulación en masa se arrodilló. En aquel momento parecía que la formidable figura del Corsario adquiría gigantescas proporciones. Su voz metálica rompió de improviso el fúnebre silencio que reinaba.

-¡Hombres de mar! —gritó y se arrodillo junto al cadáver —. ¡Oídme¡Juro por Dios, y por mi alma, que no gozaré de bien y afecto alguno sobre la tierra hasta que haya vengado a mis hermanos muertos¡Que los rayos incendien mi barco y los abismos los traguen a todos si no mato a ese maldito gobernador y no extermino a toda su familia, así como él ha exterminado la mía¿Me han oído?

-¡Sí, comandante! —gritó la tripulación al unísono. Después de ver a su tripulación, el Corsario quito la manta que cubría aquel cuerpo y dio un beso en la frente de este. Se levanto y dijo

-¡Al agua el cadáver! —ordenó con voz sombría.

El contramaestre y tres marinos tomaron la hamaca con el cadáver y la dejaron caer. El fúnebre bulto se precipitó entre las olas, levantando un chorro de espuma como una llamarada.

El día que siguió al entierro del Corsario Rojo fue tranquilo. El comandante no se había dejado ver, había dejado el mando a Andrew, para encerrarse en su camarote.

Llegada la noche, y mientras El Rayo recogía parte de sus velas, Nicólas y Artemis, que rondaban cerca de la cámara, vieron salir por la escotilla a Hernán.

-El comandante me ha pedido datos precisos. Piensa atacar la ciudad con una flota numerosa.-Dijo Nicolás

-¡Mírale¿No da miedo ese hombre?

Allí, sobre el puente, estaba el Corsario con su atuendo negro.

-¡Parece un espectro! —murmuró en voz baja Hernán

—Y Andrew no le va en menos —dijo Artemis—Si uno en verdad parece un fantasma, el otro es tan tétrico como la noche. El Trueno siguió con la ruta. Ahora va rumbo a Tortugas, para después, llevar a cabo la tan ansiada venganza del Corsario Fantasma.

Continuara…….

Hola de nuevo!

Aqui me tienen con otro capitulo de La Venganza del Corsario, espero que este sea de su agrado y me sigan honrando con su lectura. Como siempre, estare esperando sus comentarios.

Hasta pronto

Senshivisa