Dedicado a kazuyaryo Yi Jie-san y Noemitg-chan
CAPÍTULO CINCO
La fecha de la boda se fijó para la semana siguiente, y Sasuke llegó al umbral de los Haruno a las
diez en punto de la mañana designada para convertir a Sakura en su legítima esposa. El plan
parecía bastante sencillo: un matrimonio rápido, pasaría unos cuantos meses cuidando de Sakura, y
luego devolvería a la joven a casa de sus padres. ¿Qué podría salir mal? A Sasuke le parecía que la
respuesta a esta pregunta era: todo. Desde el instante mismo en que entró en la casa, empezó a
tener dudas, muchísimas dudas.
Como una niña curiosa obligada a subir al piso de arriba mientras había invitados en casa, Sakura
se encontraba sentada en el rellano que daba al recibidor. Su pequeño rostro quedaba enmarcado
por los balaustres de caoba y sus ojos estaban exageradamente abiertos por la perplejidad,
mientras observaba todo lo que estaba pasando abajo. El reverendo Hiuga, el pastor que iba a oficiar la ceremonia, había llegado apenas unos segundos antes que Sasuke y un criado lo conducía al
salón. Dos peones transportaban uno de los baúles de Sakura a la planta baja. Las criadas corrían de
aquí para allá. Cualquiera podría darse cuenta de que algo fuera de lo común estaba a punto de
suceder allí.
Cuando Sasuke entró en el recibidor, Sakura se quedó completamente paralizada y su rostro
pareció perder hasta la última gota de sangre. No se necesitaba ser un genio para comprender que
la pobre chiquilla creía que era Itachi. Dada su incapacidad intelectual, él no sabía cómo sacarla
de ese error. Como tanto le gustaba a la gente recordarle, él era la viva imagen de su hermano. A Sasuke no le parecía que la semejanza fuese tan acusada; pero para Sakura, quien sin duda recordaba
todo lo relacionado con Itachi como una imagen borrosa, de pesadilla, las diferencias entre ellos
no parecían ser tan evidentes.
Temeroso de que la novia sufriera un ataque de pánico, Sasuke paró en seco. Aun a una distancia
de siete metros, él podía sentir el miedo de ella. Electrizante, flotaba en el aire que había entre
ambos, poniéndole la carne de gallina.
Con su metro ochenta y ocho de estatura, el criador de caballos era una cabeza más alto que la mayoría de los hombres. Por infinidad de razones, en distintas ocasiones deseó ser más bajo, pero
nunca tanto como en aquel momento. Se había quitado el sombrero antes de entrar en la casa, de
manera que en aquel instante no podía descubrirse de golpe para parecer más bajo. A juzgar por
el terror que se reflejaba en los ojos de Sakura, encorvar los hombros tampoco le estaba ayudando
mucho. Era un hombre grande. Había muy poco que pudiera hacer para ocultar ese hecho. Con
una chica como Sakura, que tenía todas las razones del mundo para estar asustada, éste era un
incuestionable punto en contra.
Si ella fuese capaz de hablar, de entender, Sasuke habría podido tranquilizarla. Tal y como estaban
las cosas, todo lo que podía hacer era quedarse allí e intentar expresar con su mirada lo que no
podía decirle con palabras; concretamente, que él no era Itachi y que no había sido cortado con
la misma tijera que su hermano. A él nunca se le ocurriría hacerle daño, ni tampoco permitiría que
ninguna otra persona se lo hiciera.
—Hola, Sakura —dijo al fin en voz baja.
Cuando Sasuke habló, ella pasó a fijar toda su atención en la boca de él, y una expresión de
absoluto desconcierto cruzó por su rostro. A Sasuke se le cayó el alma a los pies, pues había esperado
que ella pudiera entender al menos unas pocas palabras. Convencido de que no era así, metió las
manos en los bolsillos de su pantalón y cerró los puños.
La manera en que ella lo miraba hacía que se sintiera como un monstruo. Un monstruo gigante.
Esbozó lo que esperaba que fuese una sonrisa de apariencia inofensiva, pero sentía su rostro tan
rígido que temía que más bien pareciese una mueca. Por si ella podría caer en la cuenta de que él no era Itachi si lograba verlo bien, se acercó un poco más.
Por alguna razón, él, que nunca la había tenido tan cerca, no la había imaginado tan menuda.
Tenía los hombros estrechos, los pies pequeños y los miembros frágiles. Dudaba de que pesara
siquiera 45 kilos, con ropa y todo.
A lo largo de los años, había conocido a varias mujeres que podría describir como delicadas,
pero incluso éste parecía ser un adjetivo demasiado fuerte para Sakura. Le recordaba a una figura
de cristal delicado. Su rostro tenía la forma de un corazón, sus rasgos estaban finamente
cincelados y eran casi perfectos. La nariz, pequeña y recta, nacía entre las cejas rosas y
elegantemente arqueadas.
Cuando él se acercó, ella cambió ligeramente de posición. Por la tensión de todo su cuerpo,
supuso que la muchacha estaba dispuesta a salir corriendo si él hacía algún movimiento brusco.
Una sonrisa contenida hizo que una ola de calor invadiera su pecho, cuando de repente vio que Sakura había alzado levemente una rodilla. Desde la ventajosa posición en que se encontraba, la
joven podía pensar que estaba muy bien cubierta. Pero, al mirarla desde abajo, las cosas eran
totalmente diferentes. Como la mayoría de los calzones bombachos, los de Sakura también tenían una abertura en la entrepierna, y ella no llevaba enaguas que obstaculizaran la vista.
Volvió a fijar su atención en el rostro de Sakura. Un calor abrasador subía lentamente por su
cuello. Mirándola a los ojos, intentó establecer si ella se habría dado cuenta de que su mirada se había extraviado en aquel lugar de su cuerpo. Vio sus ojos. Extraordinariamente grandes y del
color de un campo de un día de verano. No había malicia alguna en ellos.
Hombre práctico hasta la médula, Sasuke nunca había creído en las tonterías que los hombres decían cuando estaban enamorados. Sólo había estado a punto de morir ahogado al mirar los ojos
de una mujer, en una ocasión en que empezó a sudar a chorros, y ello exclusivamente a causa del deseo. Pero los ojos de Sakura eran diferentes. No es que estuviera ahogándose en ellos esta vez.
Pero casi. Se sentía como un pez enganchado por las dos agallas, y los grandes ojos verdes de la
joven eran como el sedal que lo arrastraba hacia ella.
Era una criatura tan indefensa y tan terriblemente vulnerable... Sin duda alguna, casarse con
Sakura era el menor de dos males. Pero, aun así, odiaba la idea de que pudiera contribuir a causarle más dolor. Era como tener a un cervatillo tembloroso en la mira del rifle y apretar el gatillo.
Mientras la observaba, Sasuke advirtió una mancha azul en un balaustre que se encontraba a la
derecha de Annie. Para su sorpresa, vio que ella había puesto su cinta de pelo alrededor de la
columna, formando una espiral perfecta. Parecía una delicada golosina. Se preguntó si a ella le
gustarían los dulces para niños y tomó nota mentalmente de que debía comprarle algunos la próxima vez que fuese al pueblo.
Dulces golosinas para la dulce...
—Sasuke, amigo mío...
Este inesperado saludo hizo que Sasuke se sobresaltara. Se volvió para ver a Kizashi Haruno saliendo del salón. Dado el motivo de aquella fiesta, no podía entender por qué el hombre estaba
sonriendo de oreja a oreja. Que Sasuke supiera, aquélla no era una ocasión para especiales celebraciones, y por eso respondió al saludo con voz neutra.
—Kizashi.
Sasuke sabía que probablemente debía decir algo más a manera de saludo cordial, pero en ese momento le resultaba imposible ser cortés con aquel hombre. ¿Qué podría decirle? ¿Que se
alegraba de verlo? Francamente, no era así. A lo largo de la última semana, durante la cual se produjeron diversos encuentros, el padre de Sakura le había resultado cada vez menos simpático.
Había admirado a este hombre durante muchos años, pero ahora que lo conocía mejor, sabía que en realidad era un bellaco egocéntrico e insensible. Y no eran sus peores atributos.
Deteniéndose junto a Sasuke, Haruno enganchó sus dedos pulgares bajo la solapa de su chaqueta,
se echó hacia atrás meciéndose sobre sus talones y habló, muy satisfecho.
—Es una hermosa mañana para una boda, ¿no te parece? Sí, ya lo creo, verdaderamente
perfecta.
Al ver que el novio no mostraba su acuerdo, la sonrisa del juez titubeó y, con ese don especial
que tienen los políticos verdaderos para las evasivas, dio marcha atrás.
—Bueno, quizás, un poco calurosa. Pero al menos podemos estar seguros de que no lloverá.
Aunque no nos vendría mal un buen aguacero.
Para Sasuke no era, de ningún modo, una hermosa mañana. En realidad, por lo que a él se refería, toda aquella semana había sido pésima. Estaba a punto de casarse con una mujer sin su
consentimiento. Independientemente de que Sakura lo entendiese o no, él sí lo tenía del todo claro. Noche tras noche había permanecido despierto mirando fijamente el techo, diciéndose que
el fin justificaría los medios, que estaba haciendo lo correcto. Pero ¿era la verdad? Esta era una pregunta que Sasuke no podía responder con certeza, al menos sin la ayuda de una bola de cristal y
un vidente que predijera el futuro. Aunque la verdad era que él no creía en tales gilipolleces.
Echó un vistazo sarcástico al atuendo de su futuro suegro. Con total falta de consideración por
la importancia del momento, Haruno llevaba una chaqueta canela bastante amplia sobre una camisa blanca ligeramente almidonada, y un jersey de algodón de color rosa, de cuello de pico. Su corbata, a juego, era de un rosa de tono más oscuro. Era indudablemente un traje poco elegante,
más apropiado para recibir a invitados en el jardín que para una boda, aunque se tratara de una boda tan informal.
Sasuke, en cambio, había sido excepcionalmente meticuloso en la elección de la ropa que llevaría
aquella mañana. Había terminado por escoger un traje hecho a medida, de color gris oscuro, y una camisa blanca muy almidonada, cuya parte delantera estaba tan tiesa que amenazaba con agrietarse cuando él se moviera. Dado que odiaba el olor del almidón para camisas, que inundaba
las ventanas de su nariz y se aferraba implacablemente a la parte posterior de su lengua, no pudo
menos que ofenderse, algo resentido, por la informalidad del otro hombre.
Sonriendo de oreja a oreja nuevamente, Kizashi le dio a Sasuke una palmada en el brazo.
—Te has puesto nervioso, ¿no es verdad? Vamos al salón. Tengo el remedio que necesitas. —Con un guiño de complicidad, se inclinó hacia Sasuke—. Mi pócima especial. Brandy de melocotón. Nunca en tu vida has probado nada igual.
Mientras el juez lo arrastraba hacia el salón, Sasuke miró a Sakura por encima del hombro. Aún tenía sus grandes ojos verdes clavados en él. Le sonrió de nuevo, esperando tranquilizarla. Antes de que pudiera ver su reacción, Kizashi ya lo estaba conduciendo al otro salón a través del corredor abovedado.
Coñac e imbéciles presuntuosos. Una mezcla particularmente repugnante, decidió Sasuke unos pocos minutos después. Ni Haruno ni el pastor parecían comprender la envergadura de lo que
estaban a punto de hacer. Sasuke no podía pensar en otra cosa. Era verdad que tenía las mejores intenciones, pero esto no atenuaría el impacto que todo aquello tendría sobre Sakura. Poco
después de que tuviera lugar aquella parodia de boda, un hombre que la aterrorizaba la sacaría
del único hogar que ella conocía. Cuanto más pensaba Sasuke en ello, más se inclinaba a estar de acuerdo con su ama de llaves, Tsunade, quien decía que aquel acuerdo era un pecado contra Dios y todo lo que había de sagrado en el mundo.
Tras terminar su brandy, el pastor sacó un reloj del bolsillo. Hombre alto y corpulento, de pelo
negro del mismo tono que su traje, el ministro le hizo pensar a Sasuke en un funeral. Comprendió por qué cuando advirtió que llevaba el alzacuello negro, en lugar del tradicional de color blanco.
—Bueno, Kizashi —dijo—. Empecemos de una vez. Como ya te dije cuando hablamos la semana
pasada, mi agenda está muy apretada. Casi no logro encontrar tiempo para celebrar este
matrimonio. Tengo dos bautizos y otra boda esta tarde, además de un funeral esta misma
mañana, con el que no contaba. —Soltó una estentórea carcajada—. Es el problema que tienen los feligreses agonizantes. Nunca escogen el momento oportuno para morir.
A Sasuke le empezó a temblar un músculo debajo del ojo, reacción nerviosa que experimentaba al
enfadarse, una de las pocas muecas que no había aprendido a controlar con los años. Comprendió que aquella boda no era más que una obligación molesta para aquellos dos hombres, una
necesidad engorrosa que debían quitarse de en medio con el menor alboroto posible.
—En cuestión de agendas apretadas, nadie más entendido que yo. —Kizashi puso su copa medio vacía sobre la repisa de la chimenea—. ¿Y bien, Sasuke? ¿El brandy te ha dado suficiente valor para decir las dos palabras más temidas del hombre? —Se rio a carcajadas y le guiñó un ojo al reverendo—. Aún no he conocido a un soltero que pueda decir: «Sí, quiero», sin asustarse.
Sasuke apretó la copa con fuerza y se mordió la lengua para no decir nada de lo que pudiera
arrepentirse. Mientras Kizashi se dirigía al corredor abovedado para llamar a su esposa, el
angustiado novio dirigió la vista hacia la chimenea.
¿Le habrían comunicado al buen reverendo las razones para la celebración de aquella repentina boda? Dada la actitud confiada de Kizashi, Sasuke tenía la desagradable sospecha de que su futuro suegro había garantizado la colaboración del pastor haciéndole una donación importante a su iglesia. Los vitrales y las lujosas campanas de la torre no eran nada baratos. La sola idea de que pudiera ser así le asqueaba. El dinero hablaba con elocuencia; nadie sabía esto mejor que él. Pero
se suponía que los clérigos debían estar por encima de los sobornos.
Olores de cocina —canela, vainilla y masa de levadura— llegaron al salón, procedentes de la
parte de atrás de la casa, para mezclarse de manera repugnante con la viscosa dulzura de su
brandy. Por un vertiginoso instante, habría podido jurar que las rosas de la alfombrilla de lana se
estaban moviendo. Parpadeó, anhelando sentir el efecto vigorizante del licor, pero temiendo también que su estómago pudiera rebelarse si bebía el resto.
Sakura... Sin duda, una joven a la que sus padres no apreciaban mucho. Más que una mujer, era como un secreto bien guardado, que estaba a punto de desaparecer de una casa, por arte de magia, para aparecer en otra. Y en unos pocos meses, cuando su hijo haya nacido, volverá a
aparecer en su casa, se recordó a sí mismo.
Este pensamiento y el resto del brandy fortalecieron su desfallecida voluntad. Una semana
atrás había tomado una decisión por el bien de Sakura y de su hijo. Todas las razones para llegar a esa decisión aún eran válidas. No podía permitir que su sobrino, o sobrina, fuera etiquetado de inadoptable y criado en un orfanato. Esto era totalmente inaceptable.
Cuando Mebuki Haruno entró en el salón, arrastrando a su hija tras ella, Sasuke apretó con tal fuerza su copa vacía que el cristal estuvo a punto de hacerse añicos. Con aquellos ojos enormes en su
rostro pálido, Sakura primero lo miró a él, luego al pastor y, por último, a su padre. Era evidente que no estaba acostumbrada a estar en presencia de invitados, y mucho menos de un hombre que se parecía tanto a aquel que la había violado. Tirando desesperadamente de los dedos de su madre para intentar liberarse de la mano que la agarraba con fuerza, la joven clavó sus talones en el suelo y puso todo su peso, aunque escaso, en el empeño de impedir el avance.
Mebuki recompensó los esfuerzos de Sakura clavando los dedos en su brazo y dándole una sacudida violenta.
—¡Ya basta! —gritó.
Sakura se estremeció y enseguida alzó instintivamente el otro brazo para protegerse la cara.
Para Sasuke, era más que evidente que, de no haber nadie en la habitación, Mebuki le habría dado una
bofetada. Dirigió la mirada hacia las huellas rojas que los dedos de la mujer habían dejado en el brazo de la joven. Con movimientos precisos, puso su copa sobre la repisa de la chimenea y se volvió hacia el pastor, al que habló con un enfado mal disimulado.
—Terminemos ya con todo este asunto.
Mebuki, perfectamente vestida para la ocasión, con una blusa rosa y una falda del mismo color que combinaba muy bien con el traje de su esposo, le lanzó a éste una mirada de asombro. Sasuke la miró a la cara. Le importaba un bledo que adivinase lo que él estaba pensando. El hecho de que
nunca le hubiera pegado a una mujer, y de que no tuviese ninguna intención de empezar con ella,
no significaba que no pudiera contemplar la idea en un caso excepcional.
Mientras se acercaba al pastor a grandes zancadas, le echó un detenido vistazo al raído vestido azul de Sakura. Sin ninguna duda, un hombre con la posición económica de Haruno podría haberle comprado a su hija un vestido mejor, especialmente el día de su boda. Aunque sólo fuese una farsa, no dejaba de ser una boda. Las puntas de los zapatos negros de la chica estaban tan
desgastadas que sólo quedaba algo así como un cuero áspero. Sus medias blancas que se dejaban
ver a partir de las espinillas, debido a que el vestido tenía la longitud del de una colegiala, tenían
manchas de hierba. Había visto a algunos huérfanos mejor vestidos que aquella niña.
Cuando él se acercó, Sakura empezó a forcejear de nuevo con la mano de su madre. Sasuke se detuvo a varios metros de distancia del punto al que originalmente planeaba dirigirse. Con su pelo
convertido en una salvaje maraña de rizos rosas alrededor del rostro y vestida de aquella
manera, parecía más una niña que una mujer.
Una niña aterrorizada.
No queriendo asustarla aún más con su mirada, Sasuke apartó la vista y centró toda su atención
en el pastor, que había abierto su devocionario y lo estaba hojeando rápidamente. Advirtió que el
traje negro del clérigo estaba medio estropeado y, como se encontraba tan cerca de él, percibió el
olor acre del sudor rancio que salía de su chaqueta de pana. Puesto que era una mañana calurosa,
aquel fétido olor era casi insoportable. Era suficiente para revolverle el estómago. Lanzó una
mirada de preocupación a Sakura. ¿Afectaría aquella pestilencia a la joven embarazada?
Manifiestamente turbada por su mirada inquisidora, ella inclinó la cabeza, ocultando el rostro
detrás de la gruesa cortina de pelo rosa. Sasuke se preguntó qué estaría pensando, y si tendría
alguna idea de lo que estaba a punto de suceder. Cuando su madre le soltó la muñeca, ella miró
con ansia hacia atrás, a la puerta. Luego, obviamente temerosa de poner a prueba el mal genio de Mebuki huyendo de aquel lugar, empezó a moverse nerviosamente: frotaba las puntas de sus botines
contra la lana de la alfombrilla con estampados de rosas y tiraba de los botones de su canesú. Sasukeno tuvo más remedio que sonreír cuando ella de repente entrelazó los dedos, volvió las palmas de sus manos hacia fuera y extendió los brazos para hacer crujir los nudillos. Puesto que a él también
le gustaba hacer esto, entendía perfectamente lo tranquilizadora que podía ser esta acción cuando una persona estaba nerviosa.
—Sakura, ¡ya basta! —gritó Mebuki.
—Déjela en paz —ordenó Sasuke en voz baja.
Las cejas de Mebuki, tan parecidas a las de su hija, se arquearon hasta casi alcanzar el nacimiento
del pelo.
—¿Cómo dice?
—No le está haciendo daño a nadie. —Miró al pastor—: Hiuga, dadas las circunstancias,
saltémonos todas las partes innecesarias y vayamos al grano.
Más que feliz de complacerlo, el reverendo encontró la página que estaba buscando y la marcó
con una cinta roja hecha jirones. Con sonrisa vacua e impersonal, tosió para aclararse la garganta
y, con voz cantarina, empezó a celebrar la boda.
Cuando finalmente llegó el momento de que Sakura dijese: «Sí, quiero», Mebuki Haruno cogió la cara de la joven entre sus manos y, con brusquedad, la obligó a asentir con la cabeza. El pastor no
hizo ni la más breve pausa, y terminó la corta ceremonia a toda prisa.
Renunciando al privilegio de besar a la novia, Sasuke se mantuvo lejos de ella, y siguió a sus
suegros y al pastor hasta un pequeño escritorio, donde esperaban los documentos matrimoniales.
Después de garabatear su nombre en la línea indicada, Sasuke dio un paso hacia atrás para que Sakura
pudiera acercarse sin sentirse amenazada. Con todos los allí presentes como testigos, su marca, que hizo con la ayuda de su padre, fue suficiente para cumplir con el requisito de la firma.
Así de sencillo. Ya estaban casados. Sasuke apenas podía creerlo. Ignoró las caras sonrientes del
pastor y de los padres de Sakura, y clavó los ojos en la novia. Manteniéndose cerca de su madre en
todo momento, ella había dejado caer la cabeza de nuevo; postura de abatimiento que, si bien le partía el corazón, empezaba a sacarle de quicio. Se le ocurrió que era posible que la chica
estuviera empezando a cansarse y, dada su condición de embarazada, esto no debía ser nada
bueno para ella.
Miró a Mebuki Haruno a la cara.
—Como acordamos que todo debía estar listo después de la ceremonia, le ordené a mi cochero
que aparcara el carruaje frente a la puerta principal y que se ocupara de guardar los baúles. Si
vamos directamente a Uchiha Hall, Sakura tendrá casi todo el día para instalarse antes de que la deje usted allí sola esta noche.
Mebuki se mordió el labio inferior y lanzó una mirada de preocupación a su esposo. Kizashi Haruno, que se encontraba justo detrás de Sasuke, tosió nerviosamente.
—¡Dios mío! ¿Acaso olvidé decirte que ha habido un cambio de planes?
Sasuke lo miró asombrado.
—¿Qué cambio de planes?
—Bueno, pues verás, Sasuke, olvidé mirar mi agenda cuando acordamos celebrar la boda hoy por
la mañana. —Echó una mirada al pastor—. Como sin duda pudiste deducir por la conversación que tuvimos anteriormente, el reverendo Hiuga tenía todos los demás días de la semana ocupados,
de manera que no logramos cambiar la fecha de la ceremonia.
—¿Qué me estás diciendo exactamente, Haruno?
—Hoy por la tarde ofrezco una comida en el jardín. Me temo que Mebuki va a estar muy ocupada. Tendrás que arreglártelas sin ella hasta mañana.
—¿Arreglármelas sin ella? —Sasuke sabía perfectamente que estaba subiendo la voz, pero no podía evitarlo—. El problema no es que yo me las arregle sin ella, Kizashi, y tú lo sabes muy bien. Si Mebuki va a estar ocupada hoy, dejaré a Sakura aquí hasta mañana. Su madre debe estar con ella
cuando se mude a Uchiha Hall. Todos estuvimos de acuerdo en este punto.
Kizashi se rascó una oreja. Luego, miró el suelo, la pared, el techo... miró todos los sitios y
objetos, pero eludió la mirada de Sasuke.
—Bueno, verás, las cosas son un poco más complicadas. Algunos de mis invitados vienen de
otros pueblos, y yo los he invitado a dormir en casa. La habitación de Sakura estará ocupada. —Alzó las manos con gesto de impotencia—. Pensé que ella iba a quedarse en tu casa.
Un tenso silencio se asentó en la habitación; un silencio terrible, interrumpido tan sólo por el monótono tictac del reloj de péndulo colocado en una de las paredes. Cuando vio a Kizashi aquella
mañana, Sasuke pensó que su atavío era poco apropiado. Pero no era así. El hombre estaba
perfectamente vestido para la reunión que planeaba ofrecer en el jardín. Iba vestido como un político, para asistir a un encuentro de puro politiqueo.
Una reunión política que a todas luces tenía preferencia sobre Sakura. Al parecer, casi todo era
más importante que Sakura, pensó Sasuke con sarcasmo. Los funerales. Las reuniones en el jardín. Los
invitados que se quedaban a pasar la noche. ¡Maldición! Sasuke no esperaba una boda con todo el
boato ceremonial de costumbre. Pensar tal cosa sería ridículo. Pero le parecía que había un
principio que debía tenerse en cuenta, un principio que Kizashi Haruno había pasado por alto: el
respeto. Cuando de su hija se trataba, éste era un atributo que él parecía no tener.
—Déjame tratar de entender lo que me estás diciendo. —Sasuke hablaba en voz baja, con ira
contenida—. Mebuki no puede acompañar a Sakura para ayudarla a instalarse en Uchiha Hall, pero la chica tampoco puede quedarse aquí.
Kizashi asintió con la cabeza, con un aspecto de profunda aflicción.
—Nada de esto ha sido intencionado, Uchiha. Es sólo una de esas... —tosió de nuevo—
situaciones inevitables.
Una situación inevitable. Hacía mucho tiempo que Sasuke había clasificado a Kizashi Haruno como
un hombre egocéntrico e insensible, pero esto superaba todas sus expectativas. Sentía un
irrefrenable deseo de coger a aquel truhán presuntuoso de las solapas y sacudirlo hasta que los
ojos se le salieran de las órbitas. De no haber sido por el hecho de que un comportamiento
semejante asustaría a Sakura, eso es exactamente lo que habría hecho.
Volviéndose hacia Mebuki, Sasuke logró decir con voz relativamente serena.
—Usted me prometió que acompañaría a Sakura a Uchiha Hall para ayudarme a instalarla,
señora Haruno. No es posible que no pueda venir, aunque sólo sea durante un par de horas.
Mebuki miró a Sasuke con aire de culpabilidad, luego a su esposo, y empezó a retorcerse las manos.
—Sé que se lo prometí, señor Uchiha, pero lo hice antes de enterarme de que había una
recepción en el jardín. Kizashi necesita que yo esté aquí para que sea la anfitriona. Esta comida es importantísima. Para su carrera política, como debe usted imaginar. Yo, sencillamente... —Dejó de hablar y tragó saliva—. En fin, con todos los invitados que vienen, me es totalmente imposible
ausentarme durante dos horas.
—¿Qué espera usted que yo haga, señora? ¿Coger a su hija del pelo y sacarla de aquí a rastras?
Kizashi dirigió su mirada pensativa hacia la cabeza inclinada de Sakura.
—Tengo una idea. Mebuki, sube corriendo y trae el láudano.
—¿El láudano? —Sasuke apretó los dientes. Después de un tormentoso silencio, finalmente dijo—
: No permitiré que se drogue a la chica. Está embarazada, por el amor de Dios. Podría hacerle daño al niño.
—¡Tonterías! Sólo la aturdirá un poco.
Claramente incómodo con la creciente tensión, el pastor eligió aquel preciso instante para
tenderle una mano a Kizashi.
—Yo debo marcharme, Haruno. Tengo un funeral, como ya sabes. —Se dirigió a Sasuke—: Ha sido
un placer, señor Uchiha. Que su esposa y usted sean muy felices.
Sasuke estaba demasiado indignado para responder. Guardando siempre las apariencias, Kizashi
pidió que lo disculparan para acompañar al pastor al recibidor. Cuando los dos hombres salieron
de la habitación, Sasuke esperaba que Mebuki Haruno tuviera algo que decir.
—¿Y bien? ¿Es eso lo que quiere, señora Haruno? ¿Quiere que droguemos a la chica con
láudano? ¿O prefiere que yo simplemente la saque a rastras?
—No será necesario que la arrastre usted a ningún sitio. Tampoco es necesario que recurramos al láudano. Yo misma me ocuparé de que se instale cómodamente en el carruaje. Una vez hecho
esto, el viaje a su casa es bastante corto. Cuando llegue allí, puede dejar que la cuidadora se ocupe de ella. Yo iré mañana por la tarde, tal y como planeamos en un principio. Se está comportando usted como si esto le estuviera causando una terrible molestia.
Sasuke entendió que era inútil intentar razonar con aquellas personas.
—Forcejear con una chica histérica no será ninguna molestia para mí. Soy más que capaz de manejar esa situación. Mi única preocupación es cómo se sentirá ella.
La madre se mordió el labio inferior. Parecía tener el ánimo por los suelos.
—Kizashi es muy... exigente. —Ahora susurraba, obviamente temiendo que su esposo la oyera—
. Insiste en que yo me quede aquí para atender a los invitados, y yo no puedo oponerme a sus
deseos. Si lo hiciera... se enfadaría muchísimo.
—¿Y eso sería catastrófico? —Le haría mucho bien al corazón de Sasuke ver a Haruno ponerse tan
furioso como para empezar a romper cosas. Colmada su paciencia, señaló la puerta de entrada—.
Mi cochero está esperando. Si pudiera usted ayudarme a llevar a su hija al carruaje, se lo agradecería enormemente. Parece estar agotada, y quiero llevarla a casa para que pueda descansar.
—Desde luego.
Una vez dicho esto, Mebuki puso un brazo alrededor de los hombros de Sakura y la condujo fuera
de aquella habitación. Sasuke las siguió, preguntándose a cada paso cómo pensaba la mujer hacer
que la chica entrara en el vehículo sin forcejear.
Kizashi, que acababa de despedirse del pastor, se encontraba aún en el recibidor cuando ellos
salieron del salón. Hablando para sí, se dirigió precipitadamente a su estudio para buscar algo antes de reunirse con Sasuke y las mujeres en el porche.
—Espero sinceramente que entiendas la situación: ya habíamos hecho preparativos para esta noche —le dijo a Sasuke—. Nada de esto ha sido intencionado, te lo aseguro. Cuando fijamos la boda
para hoy por la mañana, olvidé completamente todo lo relacionado con la recepción.
Sasuke habría podido creer que el juez realmente cometió un error, de no ser por el hecho de que
había prometido darle el cuarto de Sakura a uno de sus invitados. Si no se hubiera celebrado la
boda, su hija estaría ocupando el dormitorio. ¡Sasuke lo entendía todo, por supuesto! Quizá
demasiado bien. Y dado que todo aquello era tan irritante, prefería no tratar el tema con ese truhán.
Tras bajar las escaleras, abrió la puerta del carruaje y enseguida se apartó. Para su sorpresa, la señora Haruno logró hacer que Sakura bajara las escaleras y se dirigiera al vehículo sin incidentes.
Sasuke echó una mirada a la joven, que estaba examinando el desconocido carruaje con gran
curiosidad, y concluyó que posiblemente ella era demasiado tonta para entender lo que estaba a
punto de pasar.
Mebuki Haruno se recogió la falda y simuló que se disponía a entrar en el carruaje. Desprevenido,
Sasuke enseguida dio un paso adelante para prestarle ayuda. Al percibir este brusco movimiento,
Sakura retrocedió tambaleándose y estuvo a punto de tropezar con el escalón que se encontraba
detrás de ella. Sólo los rápidos reflejos de Sasuke impidieron una desagradable caída. Cogiéndola del
brazo, la sujetó hasta que la muchacha recobró el equilibrio. En el instante mismo en que lo consiguió, retrocedió con la intención de alejarse de él. Consciente de su temor y de los motivos
de éste, Sasuke la soltó.
Luego se volvió para ayudar a la señora Haruno.
—¿Ha decidido usted acompañarnos, después de todo?
—¡Por Dios! Desde luego que no. —Mebuki se dejó caer en el asiento delantero. Luego, se inclinó
hacia adelante para mirar por detrás del hombro de Sasuke. Dando palmaditas en el asiento, dijo—:
Ven, Sakura. Vamos a dar un paseo. ¿No te parece divertido?
A Sasuke se le hizo un nudo en la garganta. Era totalmente inconcebible que Mebuki Haruno
estuviera planeando engañar a la chica. Le parecía indescriptiblemente cruel. No obstante, esto
fue exactamente lo que Mebuki hizo, con Sasuke allí presente, observando la escena. Fingiendo que iba a acompañarlos a dar un paseo, hizo que Sakura entrara en el vehículo, esperó a que el recién casado también entrara y tomara asiento y luego salió del carruaje por la otra puerta.
A pesar de su discapacidad mental, Sakura pareció comprender enseguida el aprieto en el que se
encontraba. Lanzó una mirada a Sasuke y, acto seguido, intentó echar a correr detrás de su madre.
Puesto que no le quedaba otra opción, o al menos ninguna en la que pudiera pensar, Sasuke se lo impidió bloqueándole el camino con el brazo y cerrando la puerta de un tirón. Mientras él echaba
el pestillo a toda prisa, Kizashi Haruno cerraba la otra puerta. Como un cordero conducido hacia un
corral, Sakura había sido atrapada hábilmente y con el menor escándalo posible, tal y como
prometió su madre.
Haruno apoyó un brazo sobre el borde de la ventanilla abierta del carruaje. Esbozaba una
sonrisa que le provocaba arrugas en el rostro.
—¿Has visto, Sasuke? Ha sido muy fácil.
Sasuke miró a Sakura que sacudía desesperadamente el pestillo de la puerta, y sintió la tentación
de darle un puñetazo en la boca a su padre. Y lo habría hecho si no hubiese oído el ruidito seco
proveniente del pestillo. Alargando el brazo frente a Sakura, volvió a bloquear el mecanismo para impedir que la chica huyera.
Mientras Sasuke volvía a acomodarse en su asiento, Kizashi añadió:
—Como último recurso, puedes usar esto. —Metió una tira de piel a través de la ventana y se la puso a Sasuke en la mano—. Por lo general, es suficiente con mostrársela para que obedezca. Pero
cuando se ponga muy terca, no dudes en usarla.
Mudo de asombro, Sasuke ya había cerrado la mano en torno a la tira de piel cuando cayó en la cuenta de lo que era: un asentador de navajas de afeitar, útil también como látigo. Sakura
reconoció el instrumento casi al mismo tiempo que él. No siguió intentando abrir la puerta y se echó atrás para acomodarse en el asiento. El dudaba de que alguna vez pudiera olvidar la expresión que vio en su rostro. No era sólo de temor. Lo que le partió el corazón no fue el gesto de miedo, que ya esperaba, fue la confianza destruida que vio reflejada en sus ojos. Como cualquier niño, ella había confiado en sus padres, y los dos la habían traicionado.
De repente, el carruaje dio un bandazo. El movimiento fue suficiente para que a Sakura le entrara un pánico incontrolable. Se abalanzó sobre la puerta de nuevo. Sus dedos delgados intentaron desesperadamente agarrar la cerradura. Antes de que pudiera alcanzar el pestillo, Sasuke se arrojó sobre ella.
Al rodear el cuerpo de Sakura con sus brazos, a Sasuke le sorprendió constatar lo menuda que era su complexión. En su trabajo cotidiano, él muchas veces se veía obligado a forcejear con caballos que eran seis veces más pesados que él, y necesitaba recurrir a todas sus fuerzas para poder dominarlos. Con la chica, tenía que hacer un esfuerzo consciente para contenerse. El miedo a
hacerle daño le impedía apretarla demasiado con sus manos o abrazarla con excesiva fuerza.
Sakura, por su parte, no tenía escrúpulo alguno. Con la flexibilidad de una contorsionista, logró
escabullirse de sus brazos; y no una sola vez, sino en repetidas ocasiones: se retorcía y doblaba el
cuerpo de una manera que Sasuke hasta aquel momento había creído que era imposible para un ser humano. De niño, intentó una vez atrapar a un cerdo engrasado en la feria del condado. Tratar de agarrar a esta chica era igual de frustrante. Además de vergonzoso. Él era mucho más grande y fuerte que la muchacha, por Dios.
Al final, Sasuke comprendió que no tenía más remedio que jugar a la lucha libre, y aprovechar cualquier oportunidad que pudiera presentársele. El carruaje se estaba moviendo a demasiada velocidad como para correr riesgos. Si ella lograba abrir una puerta e intentaba saltar, podría sufrir grave daño.
Impidió a duras penas que sus uñas le laceraran la cara. Le cogió las dos muñecas con una mano, puso un brazo alrededor de su estómago y, no sin alguna dificultad, hizo que ella se volviera
y se sentara entre sus piernas abiertas, con la espalda contra su pecho. Pasando una pierna por
encima de las de Sakura, logró impedir que siguiera clavándole los tacones de los zapatos en las espinillas. Aunque era un poco tarde para salvar sus tibias por completo, no dejó de ser un alivio.
Estaba seguro de que la chica tenía al menos doce codos y seis rodillas.
Durante el forcejeo, el único sonido que Sakura emitió fue un jadeo superficial. Sasuke apenas notó su silencio cuando logró dominarla, pero ni siquiera entonces reflexionó mucho al respecto. Estaba
demasiado ocupado desplomándose en el asiento y tratando de recobrar el aliento.
¡Cataplum! Algo estalló dentro de su cerebro. Un dolor, cuyo centro neurálgico era la
hendidura de la barbilla, se irradió por las mandíbulas, subió y le estalló en las sienes. Infinidad de puntos empezaron a bailar frente a sus ojos. Momentáneamente aturdido a causa del golpe, parpadeó para intentar desesperadamente aclarar su visión.
—¡Qué demonios...!
En una imagen borrosa, vio a Sakura meter la barbilla y encorvar los hombros. Logró apartarse justo a tiempo de evitar un nuevo cabezazo de la fierecilla. Apartó la cara y la nuca de la chiquilla se estrelló contra su hombro.
¡La muy picara! Él había recibido unos cuantos puñetazos en su vida propinados por hombres robustos, pero nunca se había sentido tan aturdido por un golpe. A medio camino entre la
indignación y el asombro, Sasuke la miró boquiabierto, sin poder dar crédito a su audacia. ¡Había sido noqueado! Y nada menos que por una muchacha. ¡Por Dios! Si fácilmente podría romperle el cuello con un golpe bien asestado. ¿Acaso ella no lo entendía?
Obviamente, no. Cayendo en la cuenta de que su blanco se había movido, ella lanzó la cabeza de lado y le golpeó en la oreja.
—¡Ay! Eres una...
¿Quién había dicho que el lóbulo de la oreja no tenía sensibilidad?
La muchacha volvió a tomar impulso.
—Sakura, no...
¡Cataplum! Un dolor muy fuerte recorrió su mejilla. Puso la barbilla sobre el hombro de la chica
para intentar disminuir su libertad de acción. La sien de ella de inmediato se acopló en un lado de
su cráneo, y eso la desasosegaba, Sasuke estaba seguro de ello.
—Sakura... ¡Vale ya, cariño! No voy a hacerte daño. Ya basta.
Pum... pum... cataplum. Sasuke apretó los dientes. Empezaba a creer que sus sesos eran canicas metidas y agitadas en una bolsa. Se mordió la lengua para contener una maldición. Aunque no le
entendiera, decir palabrotas frente a una mujer iba en contra de sus principios.
Como si se hubiera dado cuenta de la futilidad de tratar de golpearlo con la cabeza, ella tensó
su cuerpo en un último y valeroso esfuerzo por liberarse. Luego, se estremeció con tal fuerza que las vibraciones atravesaron el cuerpo de Sasuke. De esta forma expresó el terror que sentía con más
elocuencia que con palabras.
Sasuke cerró los ojos, agobiado por una mezcla de culpa y arrepentimiento. Después de lo que
Itachi le había hecho, era vergonzoso hacerla sufrir de aquella manera. Sus padres se merecían
que les pegasen un tiro, y él también.
—No te haré daño, cariño. Tranquilízate.
Ella se estremeció de nuevo. Luego, relajó los músculos. Sasuke hubiera querido conocer alguna manera de aliviar sus temores. Pero no se le ocurrió nada que decir ni hacer. Nada.
Después de unos pocos minutos, el rítmico bamboleo del carruaje pareció arrullarla hasta
dormirla. Estimando que no corría ningún riesgo, Sasuke se atrevió a erguirse. En el fondo, esperaba que ella volviera a liarse a cabezazos, pero no pasó nada. Mirando la lánguida postración de sus delgados hombros, concluyó que el agotamiento había acabado con toda resistencia.
Examinó la parte posterior de su cabeza inclinada, y no pudo dejar de notar la dulce curva de la nuca allí donde se formaba la raya que dividía su pelo rosado. Su piel parecía ser tan suave como la seda. Al recordar el momento en que la vio sentada en el rellano aquel mismo día, sonrió
ligeramente.
A pesar de la expresión de desorientación y perplejidad de sus grandes ojos verdes, la chiquilla tenía un rostro precioso.
Un hermoso caparazón vacío, eso era Sakura. No había manera alguna de que él pudiera
establecer con precisión su grado de inteligencia, pero suponía que tenía la mente de una niña de seis años, poco más o menos, y, además, una niña pequeña no muy inteligente. ¡Qué desperdicio!
¡Qué terrible desperdicio!
Arrullado por la calma de la joven y absorto en sus pensamientos, la sujetó con un poco menos
de fuerza. De pronto, como si intuyese que se le presentaba una oportunidad de escapar, ella hizo un movimiento brusco y se retorció violentamente entre sus brazos. Sasuke forcejeó para restablecer su dominio. Al hacerlo, la mano que la sujetaba por las costillas se movió y tropezó con un seno.
Mucho después de apartar la mano, la fugaz impresión de la suavidad femenina seguía
abrasándole.
Del cuello para abajo está perfectamente bien, dijo alguna vez Itachi al hablar de ella; y,
ahora que tenía las manos sobre su cuerpo, Sasuke estaba completamente de acuerdo, aunque muy
a su pesar. Sakura Haruno seguramente tenía muchas carencias en su cabeza, pero la naturaleza la había compensado con generosidad por esta deficiencia. Ocultas bajo los vestidos informes que solía llevar, las tentadoras curvas de su cuerpo no podían apreciarse a simple vista. No obstante, sí
podían apreciarse con el tacto.
En proporción al cuerpo, los pechos no eran tan pequeños como él había pensado en un
principio y, a pesar de su embarazo, aún tenía una cintura fina, realzada por sus dulcemente
redondeadas caderas. A juzgar por lo que había visto en el recibidor, una camiseta y calzones
bombachos eran la única ropa interior que ella solía llevar. Además de las medias, por supuesto.
Durante el forcejeo, había notado una liga ciñendo uno de sus muslos. Un muslo muy cálido y suave.
La garganta se le cerró, y un brillo de sudor apareció en su frente. ¡Por Dios! Sólo un
despreciable sinvergüenza tendría esos pensamientos con una niña como Sakura. Totalmente
asqueado consigo mismo, Sasuke intentó recordar la última vez que había pasado una noche con una
prostituta en el pueblo. Entre la primavera y el otoño no tenía mucho tiempo para esa clase de cosas. Por lo general, ni siquiera se percataba de esta privación. Pero era imposible no hacerlo con aquella mujer pegada a él como una etiqueta a una botella.
Sin duda esperando aún poder escapar, Sakura se retorció de nuevo. Sasuke estuvo a punto de gruñir. No había suficiente espacio entre ellos ni siquiera para que se moviera una pulga.
Lo que tenía que hacer, se dijo, era mirar por la ventanilla, contemplar el paisaje que pasaba
frente a sus ojos y fijar la atención en algo distinto. Árboles. Montañas. Cualquier cosa. Era un
sencillo caso del poder de la mente sobre el cuerpo. En el instante mismo en que llegaran a Uchiha Hall, se la entregaría a la señora Karin, la mujer que había contratado. Y, a partir de ese momento, procuraría verla lo menos posible.
«Ojos que no ven, corazón que no siente», como decía el antiguo refrán.
¡Holis! Y llegamos al quinto capítulo. Que horrible boda, no? Y realmente no creen que el padre de Sakura se lleva el premio al más cretino de la historia.
Nos leemos pronto.
