Palabras: 1,667.
Advertencia: Todo el universo de Harry Potter es propiedad de J. K Rowling y compañía. Y el universo de Carry On, propiedad de Rainbow Rowell. Este fic participa en el tópico "Duelos entre Potterhead" del foro "Hogwarts a través de los años".
Retada por RumiTaseme a escribir un Crossover entre Harry Potter y Carry On.
sueños
[simon snow]
Simon Snow nunca imaginó que se encontraría en una situación tan extraña como la que estaba viviendo en ese instante. Y eso que había vivido el tiempo suficiente para hallarse en más de un aprieto, especialmente si su mejor amiga o el idiota de su novio estaban involucrados. Pero, si tenía que ser sincero, nunca nada parecido a lo que estaba viendo con sus propios ojos.
Casi, porque era la verdad, se sentía un bicho raro. Y hacía muchísimo tiempo que no tenía esa sensación corriendo por sus venas. Sin embargo, aunque su instinto le pedía salir corriendo o volando de donde sea que estuviese, permaneció allí, como si le hubieran lanzado alguna especie de veneno paralizante. Quizá, había sido así. Tal vez el idiota de su novio, que sí que iba a ser idiota, le estaba gastando una broma de mal gusto.
Todas sus bromas eran de mal gusto, pero Baz acababa compensando sus errores en la cama. O en cualquier parte de la casa donde pudieran estar cómodos. Si es que se entiende lo que Simon está pensando, que no es un buen pensamiento para encontrarse en un lugar desconocido y rodeado de un aura vibrante. Ese maldito lugar tenía más magia retenida que él en sus peores momentos. Y eso era escalofriante, pero también estimulante.
Bastante.
Podía sentir un picor insistente acariciando su piel pálida. No intentó darle muchas vueltas, pero se sentía bien y no podía creer que ese lugar pudiera ser peligroso. Había estado en sitios peligrosos y este no era uno de ellos. Tampoco podía fiarse mucho, si Baz estuviera con él, le estaría lanzando una mirada asesina por confiado.
—¿Hola?
Su voz rebotó.
Y eso molaba, no lo podía negar.
Baz habría puesto los ojos en blanco.
Intentó moverse, podía moverse, así que dio un par de pasos tentativos y miró a su alrededor, casi esperando que un dragón saliera de alguna parte o, incluso, un vampiro. Sabía lidiar con vampiros, pero dudaba que a Baz le hiciera gracia que hiciese con ellos lo mismo que hacía con él. Ni pizca de gracia, vaya.
Estuvo un buen rato paseando por el castillo; por los interminables pasillos, asomándose en habitaciones vacías, mirando desconfiado los cuadros, que parecían que tenían vida propia, para llegar a la conclusión de que ese sitio mágico era una especie de escuela y que estaban en alguna parte de Escocia. ¿Qué como había llegado hasta allí? Ni idea, pero era tontería preocuparse por eso.
—¿Te has perdido? —la dulce voz de una niña captó su atención, se volvió con cuidado y se encontró con una chica de largos cabellos rubios, casi blancos, y sonrisa agradable. Había algo extraño en ella, cuando quiso darse cuenta estaba demasiado cerca—. La magia... oh, es diferente en ti.
La niña extraña acarició su rostro. Simon casi esperó que notase lo caliente que estaba, con eso de que sus poderes tenían vida propia, pero no pareció darse cuenta o le importó bien poco. El tacto de ese chica era agradable, pero incorrecto. Retrocedió.
—¿Te has perdido? —repitió calmada, como si Simon no pareciera un animal enjaulado a punto de salir corriendo—. Puedo ayudarte. Los nargles quieren.
—¿Los qué?
La chica sonrió aún más, si es posible. Y tomó su mano, así, sin permiso. Simon se dejó hacer, porque la niña no parecía peligroso y si lo fuese, podría usar su magia contra ella. Tampoco era tan complicado. Baz lo mataría, pero eso era lo de menos.
Coincidieron con más personas, pero nadie pareció reconocer su presencia al lado de la chica rubia y a ella sí que la veían. Todos, con sus ropas extrañas y sus objetos peculiares, prestaban atención a la muchacha como si fuese especial o un caso aparte. Tal vez así fuese, ¿pero por qué nadie le miraba a él? Comparado con los demás, sin querer sentirse inferior, era el extraño. Con su camiseta, sus pantalones vaqueros y, bueno, todos sabemos bien que es lo que hace a Simon especial.
—Te has perdido —no era una pregunta, pero Simon no le dio importancia, le parecía más relevante el lugar donde habían ido, que lo que la chica pudiera decir o no.
—¿Dónde estamos?
Se soltó de su mano y se adentró en la habitación. Era un lugar mágico -la palabra se le quedaba corta-, porque todo estaba rodeado por un manto de luces cálidas, eran velas flotantes, y una melodía armoniosa. Casi se sintió mal, porque Baz ni Penny estaban con él allí. Ellos merecían ver esa hermosura como él, quizá Baz estaría un poco enfurruñado por meterse en un sitio que podría ser peligroso, pero habría valido la pena por ver sus ojos brillar con el reconocimiento. Ese lugar era perfecto.
Era perfecto en muchos sentidos.
Se llevó la mano al pecho, ya no tenía una cruz colgando de su cuello, sino un anillo dorado. Fino y precioso. Era una alianza o intento de ella. Baz se la había entregado un mes atrás, después de una noche maravillosa y un desayuno espléndido. Fue torpe, a Baz no se le daban bien las palabras cuando estaba nervioso o muerto de miedo. Baz le había pedido que, cuando fuese, no importaba el día, el momento o el lugar, quería tener la oportunidad de pasar el resto de sus días como su marido. Simon casi se había echado a reír, porque no creía que eso pudiera ocurrir, que él pudiera ser tan dichoso, que los dos pudieran formalizar su relación de esa forma, pero así era.
Y nunca había sido tan feliz.
Nunca había amado tanto y llorado de esa forma.
Hasta hoy, porque ese lugar le hacía recrear con todo lujo de detalles todo lo que sintió esa noche. Todo lo que sintió cuando ese anillo, tan delicado, encajó en sus manos. Fue perfecto.
Se volvió hasta la chica rubia, pero ahora había otras personas junto a ella, una chica pelirroja, otro chico rubio, casi parecía hermano de la rubia, aunque una parte de él sabía que no era así, y otros tres más, una chica que se parecía a Penny, hasta un cierto punto o eso pensaba él, en ese momento, y dos chicos, un pelirrojo y alguien que parecía llamar la atención simplemente por estar ahí.
Todos sonreían, a su manera.
Sin embargo, eso no fue lo más interesante. Lo fue descubrir que había otras dos personas más allí, dos personas con las que pasaría el resto de su vida. Sonrió, esta vez fue una sonrisa genuina y llena de sentimientos descontrolados. Casi sin darse cuenta, de forma inconsciente, corrió hasta los brazos del chico de cabellos azabaches y reflejos azules. Estaba con el ceño fruncido, pero Simon lo conocía lo suficiente para saber que estaba feliz también.
Se abrazaron.
—¿Qué se supone que está pasando aquí? —era Penny quien hablaba—. ¿Qué es este lugar y cómo hemos llegado aquí?
—Ni idea —confesó Baz, tras soltarse del agarre de Simon, aunque mantuvo sus manos juntas—. A saber con lo que estás soñando. Es raro.
—¿Disculpa? —era el chico rubio—. Tu definición de raro está atrofiada, ¿te has visto en un espejo?
Baz frunció el ceño, Simon y Penny soltaron una carcajada.
—¿Te estás riendo de mí? —parecía indignado, el pelirrojo, que estaba a unos pasos de distancia, empezó a reírse a carcajada limpia. Era vulgar—. Comadreja, no me hagas hablar.
—¿Perdona? —chilló, Baz frunció aún más el ceño ante tal muestra de vulgaridad, el rubio idiota hizo exactamente lo mismo. Se parecían—. Hurón, atrévete a decirme eso en la cara.
—¿A eso llamas tú una cara? —el rubio sonrió con burla—. Pobre Granger, ¿cómo le miras sin sufrir un ataque o algo así?
—Malfoy, déjalo. No me metas en medio.
El aludido, Malfoy, se encogió de hombros. La otra chica, la de los pelos rizados y que se parecía a Penny, agarró al pelirrojo antes de que se echase encima del rubio Malfoy. El otro chico, el de cabellos azabaches y gafas redondos no estaba mirando la escena interesado ni de ninguna manera, le estaba mirando a él, a Simon.
Simon le devolvió la mirada y todos los gritos, insultos o palabras insignificantes quedaron relegadas a un segundo plano, como si se hubieran esfumado, pero él seguía sosteniendo la mano de Baz.
—¿Qué es esto?
—Es tu cabeza —comentó el chico más bajito—. Todo esto es tu cabeza.
—¿No sois reales?
—Sí, pero no aquí.
—¿Por qué?
—Nuestras mentes están conectadas. O, tal vez, lo estén nuestras magias —sonrió—. Es el destino.
—Que le den al destino.
—Sí, eso mismo digo yo.
Los dos chicos, sin saberlo, se comprendían mejor de lo que parecía. Simon nunca lo imaginó, pero estaba delante de otro chico que fue marcado sin quererlo; otro chico llamado El elegido y otro chico que, quizá, también estaba enamorado de la persona adecuada. Pero eso es otra historia, una que no se puede contar, porque, en ese momento, cuando Simon iba a preguntarle su nombre, la mano que sostenía como si fuese su ancla, que lo era, le dio un leve apretón y todo empezó a nublarse a su alrededor.
Lo último que vio, lo último que su cerebro pudo procesar, fue el destello de un rayo ¿o era una cicatriz? Simon no estaba del todo seguro, pero siempre era así cuando se despertaba de un sueño tan vivido y extraño. Pero pronto lo olvidó, ¿y cómo no olvidar si lo primero que vio, al abrir los ojos, fue la mirada oscura de Baz?
—Buenos días, dormilón. ¿Quiere, Su Alteza, algo para desayunar?
—Sí —le siguió el juego, mientras tiraba de su camiseta para atrapar sus labios en un beso—: a ti.
Los sueños son extraños, complejos y enigmáticos, pero son solo sueños, aunque estos se repitan constantemente, aunque esos ojos verdes y esa cicatriz estén siempre presentes, son simples sueños y, a lo sumo, pesadillas sin importancia. ¿Verdad?
—Tu aliento —le dio un pico— es horrible, Snow. Lávate los dientes.
—Idiota.
Los dos sonrieron.
