Capítulo VII | Don't know nothing


Kagura vaciló. Lo que estaba a punto de hacer, entrar a esa habitación, podría representar el fin de sus días como los conocía. Pero, ¿qué otra cosa podría hacer? Tenía que seguir. Ser valiente y seguir.

Debía pelear su propia batalla. Nadie más lo haría por ella. Y, además, estaba completamente decidida.

—Naraku —llamó, abriendo la puerta luego de los dos golpecitos suaves que la precedieron.

El hombre se giró en su sillón y colgó el teléfono con un «Luego».

—Kagura —murmuró, sonriendo apenas. La sola visión de los blancos dientes hizo temblar a la mujer—. ¿Qué ocurrió?

Ella sonrió, fingiendo como ya estaba acostumbrada a hacerlo. Entró a paso lento y sensual, y cerró la puerta detrás.

—Pon llave —ordenó él. Ella cumplió.

Naraku le hizo una seña para que se acercara. Y ella otra vez cumplió. Él se giró en la silla y la instó a sentarse sobre su regazo. Kagura se sentó con lentitud; el vestido oscuro se movía con delicadeza. Naraku envolvió su cintura con una mano, mientras con la otra acariciaba su mejilla, corriendo un mechón de cabello rebelde. Acercó el rostro y sonrió otra vez, y los dientes blancos refulgieron en los ojos de Kagura. La mirada de Naraku la abrasaba, le daba miedo otra vez.

—Y ahora, ¿a qué vienes? —murmuró él por fin, aún en aquella posición, con voz tranquila, ronca.

—Quería charlar contigo un momento.


Rin tomaba la mano derecha de Sesshōmaru mientras observaba con curiosidad el edificio frente a ellos. El hombre miró para los costados un momento, luego caminó a paso seguro hacia el frente, con Rin aún tomada de su mano.

—¿Es… aquí? —preguntó ella. El edificio, de apenas dos pisos, parecía a punto de caerse a pedazos. La pintura estaba descascarada, y entre esos y otros detalles, Rin le daba cerca de cien años de antigüedad. Resultaba gracioso que justo al lado hubiera un edificio de muchos pisos que se veía increíblemente bien. Parecía un accesorio mal elegido—. ¿No está en proceso de demolición o algo?

Sesshōmaru negó con la cabeza.

Rin no había detenido el torrente de preguntas desde que la rescató. Y como Sesshōmaru ni siquiera confiaba en su sombra, debía llevarla con él a todos lados. Pensaba salvaguardarla en Midoriko, supuso que podía confiar un poco en Kōga, o se aprovecharía de la bondad de la noviecita de su hermano. Todavía no podía encontrar a Jaken, aunque le pareció avistarlo al ir a buscar a Rin.

—Sesshōmaru —murmuró la jovencita, mirándolo con los ojos chocolates interrogantes—. ¿Qué rayos es este lugar?

—Cállate y entra —resopló él, empujándola levemente. Sin dejar de mirar sobre su hombro en intervalos regulares, ingresó al edificio con la chica delante de él.

Las expectativas de Rin de lo que esperaba encontrar ahí dentro se cumplieron a la perfección. El lugar parecía haber sufrido un incendio. Era todo negro, desmoronado, sucio. Ella se giró a verlo con el semblante de alguien preocupado por la salud mental del otro.

—Apresúrate —susurró Sesshōmaru con su voz siempre calma. Tomó la pequeña mano de la joven. En sus veintidós años de vida, Rin nunca se sintió tan ansiosa como en ese momento.

Avanzaron hasta pararse delante de una puerta, la única cosa que parecía mantenerse en pie en aquel lugar. Rin estaba a punto de preguntarle si había perdido la cabeza cuando Sesshōmaru acercó el rostro hasta la altura donde estaría el mirador de la puerta y una luz azulada le escaneó el ojo.

Rin parpadeó un par de veces. Una voz profunda de mujer resonó en el lugar. «Adelante». La puerta se abrió; era corrediza.

Sesshōmaru y Rin intercambiaron una mirada. La joven aún mantenía la boca abierta, sin entender lo que ocurría alrededor. Él le dedicó una sonrisa divertida y la invitó a pasar con un movimiento de manos.

Rin se adelantó, Sesshōmaru la siguió de cerca.

La sala era espaciosa y había una cantidad increíble de gente trabajando en cubículos, cubierto de papeles hasta la cabeza. Muchos otros llevaban cajas, armas y artefactos extraños en las manos, cruzando el lugar de lado a lado. Algunos gritaban por teléfonos, y había una pareja que había comenzado a dispararse con armas que tiraban rayos de colores.

Rin estuvo cerca de preguntar varias veces qué ocurría, pero Sesshōmaru la tenía tomada de la mano y la conducía rápidamente por todos lados. No le sorprendió que algunos saludaran al hombre con respeto, aunque la mayoría lo saludaba por un nombre diferente al que tenía. Nadie le preguntó qué hacía ella allí.

Llegaron finalmente a una oficina con grandes ventanales. Sesshōmaru la hizo sentar en un mullido sillón y de inmediato prendió la computadora. Miraba por las ventanas discretamente, buscando a alguien con la mirada. Rin lo observaba a él, indagando en su mente la próxima pregunta. Debía ser una correcta.

—De acuerdo, dime —dijo él. Los orbes dorados refulgieron fugazmente.

Rin se tomó dos segundos para pensar la mejor cuestión.

—¿Qué es este lugar?

Sesshōmaru torció el gesto, mientras sacaba de un bolsillo un pequeño pendrive negro.

—Este lugar es la sede principal de una organización secreta.

Le pareció la jodida mejor respuesta del universo. Rin soltó una risa que podría catalogarse de histérica y Sesshōmaru la miró con cautela.

—Claro, eres un espía —sonrió, cruzando una pierna. Aún llevaba sobre su remera roja y sus jeans gastados el uniforme del lugar donde trabajaba. Iba descalza, pues había dejado los rollers en el auto de su amigo.

Sesshōmaru sonrió un segundo.

—Es la conclusión más acertada.

Rin frunció el ceño y sintió deseos de pegarle con algo.

Sesshōmaru introdujo el pendrive en el puerto USB más cercano en su computadora y esperó dos segundos. Rin lo observó de manera crítica, y parecía realmente ansioso, incontrolablemente inquieto. La chica se preguntó vagamente qué escondería el pendrive. Estuvo a punto de interrumpir a Sesshōmaru en una ocasión, pero se lo pensó mejor y lo dejó continuar.

—¿Qué? —rezongó él, mirando la computadora con expresión vacía. Rin conocía bastante bien esa expresión, era la misma que usó esa mañana cuando disparó contra los tipos que la tenían agarrada de los brazos; la misma expresión que adoptaba cada vez que se enojaba—. ¿Qué?

—¿Qué ocurre?

Sesshōmaru se tomó el puente de la nariz con los dedos índice y pulgar, y respiró profundo. Una. Dos veces. Rin frunció el ceño a la tercera vez. Carraspeó para que la notara. Sesshōmaru levantó la vista, la fijó en ella dos segundos y volvió a repasar el contenido de la pantalla de la computadora. Rin se cruzó de brazos y se tiró contra el respaldo del sillón, enfurruñada.

Golpearon la ventana de su oficina dos veces. Sesshōmaru levantó la vista. Un hombre de piel morena y cabello corto, despeinado y negro, le sonrió desde el otro lado con buen humor.

Sesshōmaru también sonrió, aunque no por mucho tiempo, como siempre ocurría.

—Oye, tío —comentó el recién llegado, abriendo la puerta—, tu hermanito está en recepción con Kagome. ¿Es tan imbécil como parece?

—Incluso más —respondió Sesshōmaru con parsimonia. Mandó a imprimir el contenido del pendrive rápidamente, mientras el joven se quedaba de pie en la puerta.

Dirigió una mirada a Rin y le sonrió.

—¿También eres nueva?

La chica negó con la cabeza. El azul de los ojos de ese hombre la intimidaba un poco. Sesshōmaru lo observó de reojo sin una pizca de humor. Recibió en sus manos la copia del documento, y se apuró a retirar el pendrive y apagar la computadora.

—Hay muchas nuevas últimamente, todas bellas —sonrió el joven, hablando con Rin—. Entonces, ¿eres la novia? Sesshōmaru nunca habla con nosotros de esto. De hecho —siguió, llevándose una mano a la barbilla—, de hecho, casi nunca se pasa por acá. Tengo suerte de conocerlo.

Rin tenía una ceja levantada y media sonrisa nerviosa dibujada en su rostro. Sesshōmaru la ayudó a incorporarse tendiéndole una mano.

—¿Nunca te callas, Kōga?

—Lo siento, tío —rió—. Pero nos tienes a todos en ascuas. Es curioso que traigas a tu novia aquí.

Entre el sonrojo de las mejillas de Rin y el tic en el ojo de Sesshōmaru, Kōga había empezado a tener un ataque de risa. Sesshōmaru pasó al lado de él, sin detenerse a cruzar muchas más palabras.

—¿En recepción?

—Sí —respondió Kōga, observando cómo llevaba a Rin de la mano—. Escucha, ¿Kagome está en algo con ese tipo?

Sesshōmaru nunca le respondió.


—Entiendo —murmuró Kagome, apretándole el brazo—, pero no me importa, Inuyasha.

—¡Ja!, mujer —rugió él, intentando zafarse del agarre—. Ya…

Inuyasha calló al observar a su hermano acercarse. Parecía que acababa de venir de una guerra y apostó que había matado, mínimo, a dos tipos. Esa parecía ser la cuota diaria a cumplir dentro de ese loquero.

—¡Señorita! —sonrió Rin, acercándose a Kagome. La abrazó y Kagome, medio sorprendida, le correspondió el abrazo. Observó a Sesshōmaru preguntándole qué había pasado. Él alzó una ceja—. Dígame que usted no está metida en todo esto.

Kagome soltó una risita nerviosa e Inuyasha un «JA» gigante que lo resumió todo.

—Bienvenida al club —murmuró luego, cruzando los brazos—. Por cierto, genio, ¿ya has descubierto lo del condenado pendrive? —se dirigió luego a Sesshōmaru. Las cosas entre ellos aún no estaban muy bien. No lo estarían en mucho tiempo, en lo que respectaba a Inuyasha. Y, aparte, se caía del sueño, lo que no mejoraba su humor.

—Eso venía a hablar —respondió él. Rin pasó la mirada de uno a otro, y finalmente se separó de Kagome para pararse al lado del mayor de los hermanos Taishō—. Con Kikyō. ¿Dónde está ella?

Kagome sonrió con cierto nerviosismo que intentó ocultar con torpes movimientos de manos. Nada de eso pasó desapercibido para Sesshōmaru, aunque en su mayor parte, intentaba no prestarle mucha atención.

—Nos separamos cuando ocurrió el ataque —murmuró, acercándose otro paso a Inuyasha; el joven rodó los ojos. Su hermano apenas se inmutó, y eso lo cabreó más.

—¿Se comunicó?

—No, no hemos recibido ninguna noticia al respecto.

Sesshōmaru se giró en redondo.

—Rin. Nos vamos.

—Detente —soltó Kagome, fastidiada. Rin cambió miradas de uno a otro. El cabello negro de Sesshōmaru caía con delicadeza sobre su espalda. Más de una mujer lo envidiaría—. ¿Ya sabes lo que hay en el pendrive? Porque si es así...

—Por favor, niña, no hablaré de este tema contigo —respondió él con voz calma, apenas volteando para verla. Inuyasha se adelantó un paso en plan de pegarle, pero Kagome lo detuvo con una mano. Lo último que necesitaba era más problemas—. Hazme saber cuando vuelva Kikyō.

—Aquí estoy.

La voz era inconfundible, tan pacífica como siempre. La mujer de rostro serio observó a Kagome de arriba a abajo y le sonrió, cosa que ella hizo así mismo. Kikyō miró luego con cierto recelo a Rin, quien aún estaba a un lado de Sesshōmaru, sin saber exactamente qué hacer ni qué pensar (estaba muy asustada, carajo). Por último, se acercó otro paso y enfrentó a Sesshōmaru cara a cara.

—Kagome es parte de esto —aseguró. Parecía realmente peligrosa—. Te seguimos a tu oficina.

Sesshōmaru se mantenía impertérrito. Sin embargo, había pocas personas en las que confiaba actualmente, y Kikyō era una de ellas. Creyó conveniente, a pesar de apesadumbrarlo, que debía aceptar que la niña y su hermano terminaran enterándose de la novedad. Necesitaba a Kikyō de su lado en ese raro asunto.

Asintió al cabo de dos segundos y Kikyō pareció satisfecha. Por parte de Kagome, ya andaba con ganas de saltar y hacer palmas, pues era oro enterarse del contenido del jodido pendrive. Ya se imaginó desde un comienzo que la echarían a patadas de ahí en cuanto intentara asomar la nariz, y ahora incluso podría saber de una buena vez el secreto tan bien guardado, o, aunque sea, tan bien custodiado.

Cuando se disponían a volver a la oficina de Sesshōmaru, al otro lado (y bien oculto) del edificio, Kōga apareció en escena abrazando a Kagome por detrás. Las manos de él se amoldaron con soltura en el vientre plano de la joven e hizo que Inuyasha sintiera ganas de golpearle repetidamente la cabeza contra la pared, y ni siquiera estaba muy seguro del porqué.

—¡Ey! —exclamó, divertido—. Aquí estás, bella Kagome.

La chica rodó los ojos, estaba un poco más que acostumbrada a los incansables intentos del joven Kōga de hacerla su futura esposa o darle un lugar especial en su cama. Había pasado tantas veces por eso que empezaba a creer que lo de Kōga iba más en broma que otra cosa. Inuyasha, a su lado, se sonrojó y observó para otro lado. La sola visión de ellos dos abrazados le daban ganas de vomitar.

—¿Quieres soltarme, Kōga?

Por suerte, Kagome tenía un poco de sentido común y lo mandaba a volar. Una y otra vez.

—Algún día aceptarás lo que sientes por mí —rió él. Aceptaba que Kagome era muy hermosa, pero también era una buena amiga. Así que, ya saben. Aún rodeaba los hombros de Kagome con un brazo cuando se rascó la nariz con la mano libre y miró al diverso grupo. Inuyasha particularmente, le enviaba miradas no del todo cariñosas—. No eres muy sociable, famoso hermano de Sesshōmaru.

—¿Y tú qué?

Sesshōmaru resopló, molesto. Aquel teatrito que montaba Kōga cada vez que recordaba la existencia de Kagome estaba empezando a molestarlo de verdad. La última vez que había almorzado con él, se había pasado toda la comida charlando de lo bien que se veía la joven promesa de Midoriko a su lado. Aunque lo de «joven promesa» únicamente lo aplicaba el mismo, ya que la chica era un total desastre. O, bueno, en todo caso, bastante inexperta.

Y ahora con el tema de que su hermano más o menos se había hecho novia de la chica en cuestión, Kōga se mostraría insoportable el resto de su vida, o los próximos seis meses, aunque sea.

Inuyasha y Kōga habían iniciado una conversación que increíblemente finalizó en insultos. Por último, Inuyasha empujó a Kōga lejos y atrajo a Kagome hacia él, replicando algo que hizo colorear las mejillas de la chica.

—Contrólate, Inuyasha —murmuró ella, tomando ambos brazos del joven. Las fulminantes miradas que le echaba a Kōga se apaciguaron cuando se posaron en los tranquilos ojos de ella—. Kōga es medio imbécil, pero es mi amigo. Podemos confiar en él.

—Se comporta como un maldito perro —rugió el aludido, acercándose de nuevo a ellos dos—. Ponle correa.

Antes de que comenzara otra discusión, Kikyō hizo callar a Kōga e instó a Inuyasha y Kagome de seguir a Sesshōmaru, y su voz tranquila siempre finalizaba en orden. Realmente nadie pudo negarse. Fue el mismo Sesshōmaru quien invitó a Kōga a unirse, ya que también lo consideraba de confianza. No de los más inteligentes, pero sí de confianza y eso era suficiente por el momento. Sobre todo si no contaba con aliados de ningún tipo.

—Háganme el favor de no pelearse entre tanto —comentó el mayor de los Taishō con rostro serio.

Un par de personas los saludaron en el camino, en especial a Kagome y a Kikyō. Kōga frenó varias veces a saludar y otras varias veces se la pasó escondido de una chica de cabellos rojos.

—¿Sigues con eso de Ayame? —murmuró Kikyō con cansancio. Kōga bufó, pero siguió escondiéndose detrás de Inuyasha, quien no tardó en empujarlo.

—Ahora sale con Kohaku —aseguró Kagome, al tiempo que Sesshōmaru y Rin entraban de nuevo en la oficina de él. Kikyō e Inuyasha le siguieron dentro.

—Anda, Kagome —llamó su compañero de cabello corto—. Deja al imbécil fuera de paso.

—Muérete, Taishō —gruñó Kōga, enseñándole el dedo medio. Luego, volvió la vista a Kagome—. ¿En verdad Ayame está saliendo con el mequetrefe de Kohaku?

—Más te vale que no te oiga la hermana.

Ahora que Kagome conocía a Sango, empezaba a creer en todos los rumores y mitos. Así que no estaba de más amenazar a Kōga para que deje de ser tan imbécil.

—Calla —soltó, girando a ver detrás—. La exterminadora me da miedo.

—¡Kagome! —volvió a llamar Inuyasha, asomando a la puerta y tirando de la mano de la joven—. Apresúrate.

Al final, cuando Kōga también ingresó a la oficina, cerraron la puerta y se mantuvieron en silencio observándose mutuamente. Sesshōmaru se sacó del bolsillo una hoja de papel y la desdobló. Pasó a leerla en silencio otra vez y arrugó el entrecejo brevemente. Kikyō, sentada en el pequeño sofá junto a Rin, estaba perdiendo la paciencia. Kagome estaba entusiasmada, pero algo aturdida entre los musculosos brazos de Kōga, a la izquierda, e Inuyasha, a la derecha. Parecían tener una competencia secreta de quién estaba más cerca de ella y estaban empezando a ponerla nerviosa.

—De acuerdo —comenzó Sesshōmaru, levantando la vista.

Se dedicó a mirar a Rin durante un segundo, pero finalmente se decidió a que ella estaría de ahora en más bajo protección y una vez que todo eso terminara (que, por lo raro del mensaje, sería pronto), sería libre de alejarse de él, probablemente, yéndose a vivir a Alaska.

Kikyō se mantenía serena, pero los ojos oscuros lo miraban de manera penetrante. Kagome, como siempre, parecía encantada. Kōga estaba cruzado de brazos e Inuyasha le dedicaba pequeñas miradas tanto a su compañera como a Kōga. ¿Podría confiar en ellos, cuando dos de tres se comportaban como niños?

Bueno, de todos modos, aquella hoja de papel tampoco decía mucho, tal vez para todos ellos no significara nada jamás. Pero dos cabezas trabajan mejor que una, y así, ¿no? En todo caso, necesitaba a Kikyō de su lado, aunque se comportaba de manera rara y desconfiara de él. Su hermano y Kagome estaban metidos en eso desde hacía tiempo, no había marcha atrás. Y, por parte de Kōga, hasta podría considerarlo su amigo, si no sintiera esos deseos de matarlo cada vez que se ponía en plan de Die Hard *.

—¿Y bien?

—Fui a lo de Tōtōsai —respondió, mirando la hoja un segundo—, un contacto que resolvió las barreras que tenía el pendrive…

—Chico, ¿sigues con eso?

—Cállate —casi escupió Inuyasha, volviendo la vista a su medio hermano—. ¿Y?

Sesshōmaru lo miró seriamente unos segundos. Kagome se aseguró en ese mismo momento que los ojos de ambos hermanos eran idénticos, tal vez, el mayor era más gélido. Eso era obvio, Sesshōmaru estaba entrenado para mentir y guardar apariencias, guardar la calma era una gran virtud. Por otro lado, Inuyasha era un poco más… imprudente.

—Según me dijo, no era nada realmente difícil de descifrar —continuó—, apenas una barrera insignificante.

—Algo por demás raro —murmuró Kikyō, acomodándose el pelo con un movimiento rápido de la mano. Rin no le quitaba los ojos de encima al hombre frente a ella.

Sesshōmaru asintió.

—En verdad —concordó. Volvió la vista a la hoja y luego de nuevo al grupo. Lo mejor de esa maldita oficina era que nadie podía escuchar absolutamente ninguna palabra que se pronunciara dentro—. Le resultó extraño y se contactó de inmediato. Resulta que al poco tiempo los atacaron y Jaken me avisó para ayudarlos.

Kikyō frunció el ceño casi un segundo, pero no pasó desapercibida para la rápida inspección de Sesshōmaru.

—Así que recién ahora pude revisar el contenido. Aquí está —señaló, levantando la hoja de papel.

Kikyō, Kagome y Kōga hicieron un movimiento involuntario de acercarse a tomarlo, pero se mantuvieron en sus lugares. Sesshōmaru sonrió apenas. Le tendió el papel a Kikyō, quién se incorporó y lo tomó, alejándose unos pasos de ellos. Sesshōmaru se acercó al sofá y se sentó junto a Rin, quien le tomó una mano con total confianza.

Kagome, Kōga e Inuyasha observaban las expresiones de Kikyō al leer. No se decidieron en nada: la mujer permaneció tranquila, sin inmutarse en lo absoluto.

—¿Es una broma? —renegó, dirigiéndose a Sesshōmaru y tendiéndole la hoja a Kagome, quien de inmediato se vio asediada por las miradas interrogantes de Kōga e Inuyasha; de modo que terminaron compartiendo la lectura.

Primero lo miraron con miedo, luego con sorpresa y finalmente con cara de «¿qué mierda es esto?».

—¿Qué? —soltaron los tres al unísono.

El contenido de la hoja que Kagome sostenía sorprendida, era exactamente el siguiente:

Caldo de pollo

1. Lave, pele y corte en cubos las verduras.

2. En una olla, coloque cuatro litros de agua; cuando llegue a su punto de ebullición, agregue los huesos de ave y de cerdo, lavados previamente con abundante agua caliente.

3. Deje reducir por dos horas a fuego muy bajo, retirando la espuma de la superficie.

4. Pasadas las dos horas, agregue los vegetales, el jengibre rallado, la guindilla, los granos de pimienta de sechuan y lleve a reducción una hora más.

Fideos ramen

1. Coloque la harina en un bowl, haga un hueco en el centro y añada la sal, los huevos y el aceite. Mezcle bien hasta integrar, y luego amase hasta lograr una masa suave.

2. Pase por la máquina de pastas estirando hasta lograr una masa bien fina.

3. Espolvoreé bien con harina y luego doble la pasta en varias capas.

4. Con un cuchillo bien filoso corte fideos bien finos.

Enemigo.

—¡Ni siquiera está completa! —soltó Inuyasha, medio entre un ladrido. De repente, sintió hambre de nuevo—. Y faltan las guarniciones.

Kagome y Kikyō lo fulminaron con la mirada. Kikyō luego se dirigió a Sesshōmaru con expresión furibunda.

—¿Es una broma?

El hombre negó con la cabeza, varios supusieron que decaído, aunque no se podría deducir por la expresión de su rostro.

—Era el contenido del pendrive —aseguró—. Un documento con esas palabras, eso era lo único que tenía.

Inuyasha frunció el ceño y se adelantó un paso.

—No me digas que tanto lío por una maldita receta de ramen —gruñó, parándose frente a él. Sesshōmaru apenas recaía en su presencia, con su acostumbrada calma que ponía nervioso al resto. Kagome se acercó para sostener el brazo de Inuyasha, pues apostaba que lo golpearía de un momento a otro y realmente quería evitar eso.

No había que omitir el hecho de que le habían disparado y le pasaron muchas cosas por culpa de ese pendrive. De acuerdo, no lo pasaba tan mal con Kagome, pero no lo hacía menos peligroso. Por eso estaba tan enojado por el asunto. Todo lo que habían pasado, y lo importante del pendrive era una maldita receta para hacer ramen.

Sesshōmaru soltó una risa fría.

—¿Crees que una persona como Kagura guardaría esto con tanto empeño si no tuviera algo importante?

Kōga sonrió.

—Es mucho más fácil comprar ramen que hacer tanto lío, Sesshy.

—Vuelves a llamarme así y voy a meterte un tiro entre las cejas —musitó el aludido con el rostro sereno. Rin soltó una risita divertida.

—Aún tengo que hablar contigo, Sesshōmaru —interrumpió Kikyō, mientras Kagome e Inuyasha comenzaban a murmurar por lo bajo.

Sesshōmaru alzó las cejas y observó a la mujer con curiosidad. Kikyō parecía esconder permanentemente secretos a todos los presentes. Incluso Kagome, parada unos pasos más atrás de ella, la observaba expectante.

—No te preocupes, Sesshōmaru —habló Kagome, sacando la hoja de las manos de Kōga de un rápido movimiento. El hombre la observó ceñudo y se cruzó de brazos con molestia—. Descubriremos de qué va esto.

—Intentaré lo mismo —asintió el hombre, acercándose a la puerta. La abrió para que pasaran la pareja y Kōga detrás—. ¿Puedes estar con Rin un momento? —le preguntó a su amigo, llamando a la chica con un gesto de la mano.

—¿En serio? No necesito una maldita niñera —rezongó Rin, incorporándose.

Sesshōmaru hizo caso omiso, pero la orden que le dio a Kōga fue clara: «Le pasa algo y eres hombre muerto».

—No comenten de eso a nadie —agregó Sesshōmaru antes de cerrar la puerta.

Inuyasha y Kagome asintieron; ella se apuró a tomar a su compañero del brazo y llevarlo con rapidez al pequeño cubículo que tenía de oficina. Tenían algunas horas para trabajar en eso. Kōga los siguió de mal humor, con Rin haciendo fuerza para volver con su protector. Inuyasha se sintió feliz de que él tuviera algo importante que hacer junto a Kagome, y Kōga tuviera que hacer de criada. Era perfecto.

Sesshōmaru cerró la puerta. Se giró a ver a Kikyō y la observó con calma. Una calma inusual. Sabía que Kikyō era una mujer perspicaz incluso antes de conocerla por primera vez en aquel abandonado lugar. Y las malas lenguas habían hablado bien. Kikyō era una agente como pocas. Si no podía confiar en ella, tal vez no había nadie de real confianza en aquella organización.

—Estuve charlando con Jaken.

A Kikyō siempre le pareció que lo mejor era ir directo al grano, sea la situación que sea. Incluso decirle a ese tipo que había secuestrado a su pequeño e insípido espía y lo había hecho hablar.

—¿Jaken?

—No te hagas el desentendido, Sesshōmaru —reprochó ella con cierta indiferencia—. No sé qué escondes, pero estaría bien que empezaras a hablar.

—¿En serio? —sonrió él.

Kikyō lo observó con los ojos oscuros y penetrantes, y se quedaría mirándolo igual hasta que decidiera confiar en ella, si es que ella podía confiar tan solo un poco en él.

—Jaken me ha dicho que conseguiste información, respecto a que Kagura tenía ese pendrive.

Sesshōmaru no se inmutó.

—Estoy segura de que su encuentro no fue casual —continuó, sin apartar la mirada—. Obviamente, no te acostaste con ella. Lo tuyo con Rin es demasiado serio para eso.

Esta vez, el hombre torció un poco el gesto, pero recuperó la compostura de inmediato.

—Y a mí me gustaría saber —reanudó, limpiándose una pizca de tierra de los pantalones blancos—, cómo has sabido de eso.

Sesshōmaru no respondió.

—No hables tanto —sonrió ella, cínica—. ¿Trabajas para Naraku? Estoy segura de que Kagura está muerta ahora, ¿la mataste tú? ¿Ese era tu trabajo?

—Yo solamente tomé el pendrive, Kikyō. No seas ridícula.

Se acercó a ella un paso. Los ojos de ambos refulgían. Kikyō titubeó un momento, ¿podría creer en sus palabras? En esa organización todos estaban entrenados para mentir, no por nada la gran mayoría eran espías, dobles espías… y quién sabe qué más.

—¿Cuál era el trabajo entonces?

—Buscar el jodido pendrive, ¿de acuerdo? —resopló, corriéndose unos cabellos del rostro—. No sé qué ha sido de Kagura o de Naraku, y no sé qué pretende con esa… receta.

El rostro seguía impasible. Las expresiones de ambos seguían siendo una roca, impávidos.

—Confío en ti —aseguró el hombre.

—Lo sé.

De otro modo, nunca les hubiera confiado el contenido, ni siquiera a su hermano.

—¿Qué hay detrás de todo esto?

Sesshōmaru negó con la cabeza.

Se mantuvieron en silencio un rato. La verdad sea dicha, ya no tenían palabras. Las cosas aún estaban en el aire, y cada vez sabían menos de lo que pasaba. Pero si de algo estaban seguros, era que aquella simple receta de ramen escondía mucho más detrás. Y probablemente, Naraku estuviera a cargo de eso.

—¿Quién fue la que dio información? —preguntó ella de pronto, sin siquiera moverse del lugar.

Sesshōmaru levantó el rostro.

—Una mujer renegada de Naraku —respondió—. Tengo entendido que es una amante resentida o una cosa así.

Kikyō frunció el ceño. No me digas… Encima de un maldito bastardo y un buen grano en el trasero, Naraku resultaba ser un mujeriego. Pero ella no confiaba en ex amantes.

—¿Es una misión independiente?

—Surgió así —reconoció él—. Supuse que podría haber algo importante detrás.

—Entiendo —asintió Kikyō—. Eso es todo por ahora.

Pasó al lado de Sesshōmaru sin cambiar una última mirada y salió de la oficina. El hombre la observó marcharse y se pasó una mano por la cabellera, en gesto cansado. Sí, confiaba en Kikyō, pero no podía trabajar con total libertad con una persona que se mantenía oculta para sí. Además, siempre fue un lobo solitario.

La experiencia le había dejado en claro que había que guardarse ciertos secretos siempre. No por nada era el mejor agente de ese lugar.

Se acercó al escritorio y se sirvió un poco de agua en un vaso de cristal. Tomó un sorbo, taciturno. Golpearon tres veces el vidrio de la oficina. Se giró. Una joven voluptuosa y atrevidamente vestida, lo observaba con su corto cabello negro recuadrándole la cara, desde el otro lado de la puerta.

Ella le saludó graciosamente con un gesto de la mano. Él le hizo una señal para que ingresara y se giró a enfrentarla.

—Yura —saludó.

—Hoy tu cabello está precioso, Sesshōmaru —sonrió ella, mientras cerraba la puerta.

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* Die Hard (Duro de Matar): seguramente conozcan estas películas de acción sobre el agente John McClane (Bruce Willis) y lo jodidamente difícil que es siquiera dañarlo.