Lo que tú quieres por lo que yo necesito.
7- Rendición, y entrega.
Una semana había transcurrido ya desde el regreso del ahora «Lord Kirito» a Territorio Undine. Y, tal a como era de esperarse, en aquel corto periodo de tiempo se produjeron enormes cambios en la vida de la princesa.
Asuna ya no estaba encerrada en su alcoba.
Kirito dispuso que su esposa fuera libre de deambular por los corredores, sin necesidad de una custodia que le pisara los talones de noche y de día. A ella le pareció muy grato gozar de semejantes privilegios, dada la condición de cautiva que había mantenido durante esas últimas semanas desde la usurpación de su reino.
De manera inimaginable, los dominios del palacio se transformaron completamente ante sus ojos: Se construyeron nuevos edificios, el palacio fue aprovisionado con comida en abundancia, y las viejas herrerías, que desde la muerte de su padre estuvieron abandonadas, ahora parecían nunca cesar en la fundición del precioso metal extraído de las minas para la producción de armas e indumentarias militares.
El cambio, profundo y arraigado, implementado por Kirito hizo parecer al gobierno de su madre como una burla a sus intentos de gobernar una nación. Había instaurado un sistema equitativo entre los pobladores; sin lugar a dudas aquel guerrero que poco debía saber de protocolos y parlamentos, sabía dirigir a su pueblo. Mantenerlos contentos y felices era una excelente estrategia de su parte para que todos aceptaran su mandato sin oposiciones.
No quedaban ni vestigios de lo que una vez había sido el castillo undine: Su hogar.
Ahora era el distinguido hogar de «Lord Kirito» como lo llamaban respetuosamente los habitantes del palacio, debía de admitir que en el aire se respiraba un ambiente de serenidad, satisfacción y bienestar.
Tal y como ordenó el rey Eugene, Kirito dio a los habitantes la oportunidad de exiliarse de la región en el caso de estar disconformes con el nuevo gobierno liderado por un él, un spriggan. Tras haber jurado fidelidad al nuevo señor los que decidieron quedarse en territorio Undine fueron organizados en grupos de combates y alistados en los ejércitos del rey Eugene.
Por primera vez, y luego de tantas décadas desde que ese territorio se hiciera pacifico, Asuna contempló antes sus ojos la belleza del ejército undine en todo su esplendor.
Kirito había reunido las cuadrillas en una especie de procesión festiva, para deleitar los ojos de los habitantes. Luego del breve pero duro entrenamiento que los soldados de su pueblo recibieron, el nuevo "señor" mandó a pulir las armaduras y monturas halladas en un viejo y olvidado edificio de piedra. Aquella indumentaria, que perteneció en épocas de antaño a los que alguna vez fueron guerreros de un territorio fértil, ahora eran portadas por una nueva generación de jóvenes al servicio del rey Eugene, quienes unían sus fuerzas a la lucha contra el mal que alteraba el equilibrio y la frágil paz de Alfheim.
La milicia desfilaba con un gran porte y elegancia por las calles empedradas del palacio; la luz del sol se reflejaba como un espejo en las brillantes armaduras esculpidas en plata con detalles en lapislázuli. Sumamente hermoso era el espectáculo que montaban. Desde las almenas, los muros y las escaleras, las doncellas del palacio arrojaban pétalos de flores y ondeaban en lo alto los estandartes de su pueblo. Asuna observaba boquiabierta desde su lugar junto a Kirito, tratando de no mostrarse demasiado interesada ni eufórica. Aunque ella mal lo disimulaba, Kirito se contentó con haberle arrancado una sonrisa de los labios, cuando por descuido no pudo evitar asomarse por el balcón para observar el espectáculo mucho más de cerca.
Las armaduras y monturas de los blancos corceles estaban acicaladas con plumas azules y exuberantes piedras preciosas que realzaban la ostentación y riqueza de aquella nación. Extasiada y enorgullecida por su procedencia, Asuna observó por el rabillo del ojo a su esposo antes de girarse completamente hacia él.
Entonces notó que Kirito ya no llevaba puesto el habitual traje de guerra. En su lugar un exquisito atuendo, digno de un príncipe, daba una clara señal respecto a la nueva posición y el nuevo rango que ocupaba en el palacio.
Kirito estaba sentado muy cerca del lugar que ella había abandonado y su mano retenía una dulce copa de licor que llevó a los labios. Asuna se percató que bebió hasta el fondo su contenido para disimular una sonrisa audaz antes de girar también su mirada hacia ella.
Entonces, una vez más, rehuyó esquivando lo que se había convertido en su mayor tentación: aquellos ojos color plata.
Todo en la personalidad de aquel hombre la confundía. Su carácter, la forma tan instruida de hablar, el porte de un caballero al caminar y su dudosa procedencia. Las piezas para revelar el misterio que escondía no encajaban y ella no sabía el por qué. Su corazón guardaba un secreto, pero leer la mente de su esposo era como intentar descifrar el destino en las estrellas. Difícil pero no imposible. Tarde o temprano, le encontraría una nueva debilidad; era consciente de que debía tener muchas, pero el poco contacto que mantenía con él no ayudaba a revelarlas.
Y, por el momento, era mucho mejor que las cosas fueran de aquella manera. Sin poder evitarlo, escapaba constantemente de su presencia y evitaba toparse con él en los corredores pues temía quedar involucrada con el dulce y tentador enemigo. Su propio demonio.
Kirito acechaba constantemente como una sombra sus pensamientos y no existía ni una sola noche en la que tampoco estuviera ausente en sus sueños. En las mañanas, cada vez que despertaba abrigada en el lecho, se sorprendía ella misma deslizando la mano por el mismo sitio, tibio y vacío, buscando la calidez de su cuerpo; o algún rastros de su presencia que le indicaran que hacía pocos instantes él también había permanecido allí.
Aunque si quería ser mucho más sincera consigo misma, debía de reconocer que cada vez se le hacía más y más difícil ignorarlo. Su hermana contribuía a aumentar su pesar y a reconsiderar un acercamiento...
La pequeña Yui le había tomado muchísimo cariño, en parte gracias a las caminatas a caballo que solían dar juntos por las tardes, luego de la cena, y a las cuales ella se negaba siempre a asistir. El hecho de que la más pequeña de las princesas adoraba a Kirito y se pasaba la mayor parte del tiempo hablando de él y de lo maravilloso que era, también la exasperaba.
Trataba a todo el mundo que dependía de él con justicia y protegía a su familia, tal y como había prometido. Había creado un hogar donde incluso su hermana pequeña se movía ahora segura y en libertad.
Todo el mundo parecía conocer su lugar, y se mostraban encantados con la protección y el control del nuevo señor. Todos menos ella.
Asuna porfiadamente seguía negándose a aceptar todo lo que él le ofrecía.
Y lo peor era que notaba cómo sus seres más queridos se alejaban. Se sentía cada vez más perdida e innecesaria. Su única razón de existir parecía ser recoger datos y hechos para contárselos a Kuradeel. Quien seguía insistiéndole a sol y sombra que ella siguiera en el papel de espía.
Tal vez si Kirito la presionara o la forzara a hacer uso del matrimonio se sentiría mejor espiando. Si pudiera odiarlo por el modo en que se comportaba con ella o con Yui, no se sentiría tan mal por transmitir información y por los subsiguientes ataques a sus hombres.
Pero él la trataba con exquisita educación. Después de aquel día en que proclamó a los presentes reunidos su nueva condición como señor de aquel palacio, no se volvió a dirigir a ella para tratar de asuntos personales ni mucho menos persistió en sus intentos de seducirla.
Ese hombre la estaba volviendo loca, y eso Asuna debía de admitirlo. Porque detrás de esa cortina invisible de indiferencia, percibía que era otra de sus estrategias para que ella al fin sucumbiera ante sus encantos. Cuanto intentó engatusarla con vagas promesas de recuperar sus salidas nocturnas a los jardines, negó su ofrecimiento pues ya estimaba el coste de lo que eso supondría y no aceptó el chantaje.
Y ahora, al verlo allí sentado con esa media sonrisa entre sus labios tan seductores y de brazos cruzados frente a ella...
Sentía que podía escapar de su presencia una y otra vez, podía escabullirse entre los sirvientes del palacio o simplemente negarse a acompañarlo en la hora de la cena; pero había algo que escapaba a su voluntad y ese algo, no era sino otra cosa que los recuerdos. No podía escapar de sus recuerdos.
De la dulzura de sus besos, del cálido aliento a canela mientras le rozaba su piel y se apoderaba sediento de sus labios, de las caricias de sus manos expertas y de cómo provocaron en ella el deseo abrasador para luego colmar todos sus sentidos...
Un recuerdo que peligrosamente surcaba el mero lugar de recuerdo e invadía en la intimidad de sus sueños.
Se sorprendía a ella misma, observando y suspirando al mismo tiempo, la manera en que blandía su elegante espada negra en el campo de entrenamiento o la forma en que asía la manita de la pequeña Yui cuando paseaban los tres juntos por los jardines del palacio. Se moría de ganas por acariciarle y besar el pequeño hoyuelo que había descubierto en su mejilla cuando sonreía, por sentir el calor de su ancho pecho y permanecer juntos abrazados bajo la luz de la luna.
Pero algo mucho más fuerte se lo impedía: El orgullo.
Y el temor.
Su primo la había acusado de prostituta y no quería que eso fuera cierto. De ninguna manera podía volver a yacer con el enemigo de su padre.
«El enemigo de su padre»... quien también era ahora su enemigo ¿O tal vez no? Y allí nuevamente estaba el miedo. Miedo que acechaba a la idea de convertirse en una traidora. Miedo de no poder permanecer junto a Kirito. Por más excitante que le pareciera la idea de estar a su lado, ella tenía que seguir intentando frustrar los planes de su rey y ganarse la absolución de su familia. De Koichirou... exiliado en algún lejano a su hogar. No debía olvidar eso.
—¿Regresamos a la sala?
—¿Eh?... Disculpa, es que no he prestado atención a tus últimas palabras.
—Princesa, estos últimos días he notado que luces distraída ¿Hay algo que quieras confiarme?— le preguntó acercándose a escasa distancia de su rostro.
—N no, solo que me gustaría regresar a mi cuarto.
Kirito dejó que se marchara. La incomodidad en su voz era una clara señal de que en cualquier momento ella bajaría la guardia. Y él estaba dispuesto a no dejar pasar esa grandiosa oportunidad para que al fin pudiera abrirle su corazón de una vez por todas. Asuna se había convertido en una obsesión. En una insoportable necesidad.
Alejarse de ella y parecerle indiferente era uno de los mayores retos que había tenido que afrontar a lo largo de su vida. Pero sabía en su interior que si forzaba la dura coraza que protegía sus temores, tarde o temprano terminaría cerrándose completamente a él. Y supo entonces que no podría soportarlo.
...
...
...
Era una cálida mañana de primavera. El día había amanecido claro y muy soleado, más cálido de lo habitual para ser una mañana de septiembre.
Luchando con el estado de ensoñación y pereza, lidió contra los impulsos de permanecer un rato más en el lecho. Cuando Yulier entró en la habitación con un recipiente con agua fresca para el aseo y el desayuno, Asuna ya se hallaba completamente vestida y lista para comenzar un nuevo día.
—Asuna, te has despertado muy temprano el día de hoy— señaló sorprendida la institutriz.
—Es que he tenido un sueño muy extraño. Una pesadilla— Asuna gimió—Fue un sueño espantoso y tuve miedo de volver a dormirme.
—¿Qué soñaste?
—Que algo horrible le pasaba a Yui.
—Deberías sacarte esos absurdos pensamientos de la mente. La pequeña princesa está bien y tú también lo estarás. Recuerda que Lord Kirito ahora cuida de ustedes.
Asuna desvió la mirada de su nana fastidiada por la mención de aquel nombre tan temprano en la mañana.
—Anímate, querida. El hecho de tener un esposo que cuide de ti no debería ser tan malo. Todas anhelamos de un valiente caballero que conquiste nuestro corazón y cuide de nosotras para siempre. Y tú eres afortunada en tenerlo ¿no crees?
—¿También insistes en que debería intentar un acercamiento con Kirito?
—Asuna, esa una decisión que solo te concierne a ti. Pero no te niegues un poco de felicidad. Recuerda que no hay mayor dicha en este mundo que el placer de amar y ser amado— la doncella le guiñó un ojo cuando se retiraba de sus aposentos. Y ella quedó allí varios minutos reconsiderando las palabras de su nana.
...
...
...
La mañana avanzó muy lenta y dedicó aquellas horas para concentrase en escribir sus pergaminos. No muy lejos Liz y Yulier estudiaban unos viejos manuscritos. Le encantaba realizar esa tarea aunque era pésima, pues encontraba en los minutos transcurridos, la tranquilidad para dialogar consigo misma.
Se escucharon unos pasos que avanzaban presurosos por el corredor antes de que la puerta de la sala se estrellara en la pared y una pequeñuela de cabellos negros entrara precipitadamente en el interior.
Yui entró corriendo con las mejillas arreboladas a la iluminada habitación situada en la torre sur del palacio. Asuna levantó la mirada afligida hacia ella y al ver la radiante sonrisa en el rostro de su hermana despejó de sus pensamientos cualquier rastro de preocupación.
Yui insistió mucho a su hermana para que la acompañara; al final, al no haber obtenido alguna respuesta de su parte lo intentó por última vez, esperanzada:
—Vamos, Asuna. Kirito quiere que te reúnas con nosotros en los establos— dijo Yui insistente tironeándole la mano para que la acompañase.
—Yui. Dile a Kirito que me disculpe esta vez, tengo... tengo cosas que escribir—le pidió soltándose.
Liz le dirigió una mirada resignada y Yulier suspiró exageradamente. Entonces Asuna comprendió el significado de aquellos reproches.
—Asuna, deberías acompañar a Yui y de paso refrescar tu mente. Eso te levantará los ánimos ya que hace días que no sales de estos muros— Dijo Liz sacándole de entre los dedos la pluma cargada de tinta.
—Y, de paso, eso te dará tiempo libre para estar a solas con Klein, ¿verdad? —atajó mordaz haciendo sonrojar a Liz
—Pues si deseas que te acompañe, gustosa aceptaré— replicó la pelirosa sofocándose antes de continuar—Sir Klein está ocupado en las caballerizas.
—No puedo creer que seas tan débil, Liz, él es el enemigo y tu simplemente... —empezó con expresión hiriente.
El brillo en la mirada de Liz cambió y emitió un murmullo apenas perceptible para que solo la princesa y la institutriz pudieran escuchar.
—Solo nosotros elegimos nuestro propio camino, Princesa. Por favor, que no seas tú la que me niegue esta felicidad.
Asuna se sintió pequeña y de un espíritu tan mezquino. ¿Era culpa de ella, o de la falta de carácter de su doncella? ¿Por qué todos podían adaptarse a su nueva vida; al nuevo imperio Undine y ella no?
Yui, quien se hallaba ajena a la conversación entablada por las mujeres, reclamó su atención tironeando su mano.
—Hermana, siempre podrás escribir luego. Ven, por favor— le volvió a rogar insistente con sus hermosos ojos grises tan similares a los de su esposo... Asuna desvió la mirada de su doncella con un marcado nudo en su garganta. Se sentía egoísta luego de haber escuchado la súplica de su amiga.
Se reclinó en la silla de madera y estiro su espalda. Tal vez después de todo una salida a los establos no sería tan mala idea. El aire fresco y el sol de primavera la ayudarían a relajarse un poco más. Además ¿hacía cuanto que no salía a dar un paseo por su territorio?
—Está bien, Yui. Dile a Kirito que los acompañaré a los establos para descubrir vuestro secreto— le dijo con una sonrisa en los labios— ¿Pero te ha dicho donde debemos esperarlo?
—Sí, él vendrá por nosotros. Por favor hermana, no te rastrases. —contestó Yui con una alegría contagiosa en la voz.
Asuna riendo, observó su pequeña hermana alejarse alegre por los corredores. No le gustaban las sorpresas, nunca le agradaron.
Se dirigió a una de las ventanas para intentar descubrir los planes que tenía preparado Kirito. La vista que arrojaba al mar y a los muelles se podía observar desde aquel sitio sin obstrucciones. Y entonces vio a Kirito, no en el muelle donde se encontraba el resto de sus ropajes, sino sumergido en las aguas turquesa del mar. Él salía del agua, al parecer como si recién hubiera estado dando brazadas y nadando. Y a cada paso que daba su torso desnudo iba descubriéndose ante sus ojos...
—No No puede ser...—pensaba Asuna, mientas él caminaba a paso lento y rompía con sus movimientos la sutil cortina de agua que se deslizaba por sus torneados y firmes músculos. Parte de su cuerpo estaba oculto todavía por el agua que le llegaba hasta su escultural musculatura por la cintura.
Los rayos dorados del sol se reflejaban en las gotas de agua salada retenidas en sus anchos hombros y en el dorado de su piel. Independientemente de la fuente incandescente de luz que lo iluminaba; su hermosa figura se hacía aún más incomparable. Dio dos pasos más hacia adelante y Asuna solo podía observar desde aquella posición el dorso de su espalda. Sus caderas eran estrechas, sus nalgas eran curvas apretadas y agraciadas que parecían crujir al menor movimiento de sus ligamentos. Una de sus perfectas piernas estaba flexionada...
Observándolo en silencio, el cuerpo de Asuna se contrajo. Los nudillos de sus manos se volvieron blancos cuando se aferró con fuerzas a las cortinas y luchó contra el impulso de llamarle. Sin rastros de cordura, se acercó más a la ventana y olvidó cubrir su presencia tras los doseles; ¡pero que importaba aquello! , no quería perderse más detalles del fabuloso espectáculo que tenía ante sus ojos. No podía apartar la vista de la desnuda figura masculina de Kirito. Se sintió lasciva por estar allí espiándolo, pero su curiosidad fue más fuerte... Un paso más adelante, y salieron a la luz sus dos piernas y los esculpidos muslos.
A ella se le secó la boca al recordar la fuerza contenida en esas extremidades cuando estuvo debajo suyo, entre las sabanas inmaculadas el día de su boda. Aun recordaba con claridad la calidez de sus brazos cuando estuvo completamente rendida ante él y el placer de haberse sentido tan llena y satisfecha con aquel glorioso cuerpo que la luz del día le revelaba.
Asuna jamás hizo un ruido, sin embargo Kirito giró el cuello levemente y descubrió su mirada... Él aparto el mechón húmedo sobre su frente y contuvo esa media sonrisa que hacía en ella que las piernas le tambaleasen.
—Entonces Asuna... ¿quieres que te acompañe a dar ese paseo?
La voz de Liz flotó hasta sus oídos.
Pero ella no le contestó. El corazón le saltaba en su pecho con agitación y las palabras nunca llegaban a sus labios. Una oleada de necesidad le recorrió de pies a cabeza, dejándose sentir en forma de palpitaciones en todo su cuerpo.
—Asuna ¿Qué te sucede?... ¿por qué no me respondes, acaso te sientes mal? —Preguntó Liz acercándose más al notar su agitación— ¿Será que tienes fiebre? —Dijo ella percibiendo el tono sonrosado en el rostro. Luego le puso el dorso de su mano sobre las mejillas para exclamar— ¡Estas hirviendo!
—No tengo fiebre, Liz. Déjame.
Asuna escapó de sus manos suplicando para que la dejase en paz. Ella no tenía fiebre. Bueno, por lo menos no ese tipo de fiebre que Liz se estaría imaginando en aquellos momentos.
Volvió otra vez la mirada hacia Kirito, pero este al escuchar el grito de júbilo de Yui, regresó al agua para cubrir su desnudez ante la niña que se acercaba corriendo hacia él por el muelle seguida de una doncella más joven.
—Sólo necesito un poco de aire —dijo para cambiar de tema.
¿Cómo iba a encararse a él ahora? Lo había estado observando y Kirito lo sabía. Pero, ¿cómo no iba a ir si lo había prometido?
De repente el grito de Yui en las afueras llamó la atención de Liz quien se asomó por las cortinas.
—Es Yui, Asuna. Espera por ti.
Ella se acercó hasta la ventana y saludó a la pequeña con su mano. Acomodó su cabello azul en una coleta y arregló su vestido tratando de que las arrugas desaparecieran como por arte de magia de la prenda.
Entonces Liz notó su preocupación y la apuró.
—De prisa, Asuna. Solo es un pequeño paseo... ¿o estas retrasando el momento por algo en especial?... ¿tal vez quieras verte deslumbrante para tu esposo? —le preguntó con picardía arrancándole a su princesa una sonrisita nerviosa que le esta le devolvió.
Antes de marcharse de la sala tomo aire con fuerza en sus pulmones. Se secó en el vestido las manos sudorosas y atravesando los corredores del palacio llegó junto a la entrada principal donde los guardias que custodiaban las puertas la saludaron con una solemne reverencia.
Kirito la estaba esperando junto a su hermana tras pasar el puente levadizo. Llevaba puesta una exquisita túnica color tinto, de una tela parecida al terciopelo. Su cabello azabache estaba húmedo aún, pequeñas gotas de agua se deslizaban humedeciendo el cuello de su camisa. El aspecto fresco y varonil evocaban a su mente los recuerdos de pocos instantes atrás.
¿Era absolutamente necesario que llevara tanta ropa puesta con lo bien que se veía sin ella? Mordió nerviosa su labio inferior apenada por sus propios pensamientos. Y se ruborizó.
Sabía que sus mejillas estaban coloradas porque le ardían, pero intentó saludarlo con naturalidad mientras Yui la arrastraba de la mano. Entonces su hermana de manera cómplice tomó también la mano de Kirito y la unió junto a las suya. Un gesto que la dejó perpleja y sin palabras.
—Hermana, Kirito. Tomaremos la delantera en los establos. Esperaremos allí. —la niña apretó la mano de su doncella y la instó a perderse por el camino que se abría ante ellos.
Asuna sentía el palpitar de su corazón latiendo a mil por hora, el contacto con la mano de Kirito le produjo ese delicioso choque eléctrico que solo él podía despertarle en las entrañas. Temblorosa y sin mirarlo a los ojos fue la primera en tomar la palabra para romper el silencio.
—Yui dijo que tienes un secreto para compartir con nosotros. —apenas si su voz era un susurro audible pues las palabras le costaban pronunciarla horrores por temor a que él notara su agitación.
Entonces Kirito hizo algo que ella no se esperó, sostuvo con delicadeza su barbilla y le dijo como en un ronroneo:
—Hay muchos secretos que quisiera compartir solo contigo— e inesperadamente besó con ternura la comisura de sus labios sin que ella opusiera ningún tipo de resistencia a la breve caricia.
Entonces ella dio un paso atrás y llevó una de sus manos hacia el lugar donde aquel beso fugaz le quemaba. Kirito temió haberla molestado, pero para su sorpresa ella solo quedó observándolo con un extraño brillo en la mirada y con las mejillas arreboladas tras el pequeñísimo encuentro con sus labios.
—Supongo que me lo merezco por ser una mirona. Pero es que no era mi intención espiarte, yo... —bajó la mirada avergonzada y enmudeció de repente por no tener más argumentos para disculparse de aquella conducta tan vergonzosa de su parte.
Kirito solo la miraba en silencio. Dio un respingo y sus labios se contorsionaron en una divertida sonrisa. Esperó a escuchar que otro argumento tenía para decirle, y cuando considero que la situación ya se estaba tornando demasiado embarazosa se paró junto a ella y le ofreció el brazo para emprender juntos el recorrido hacia los establos.
Fue un gesto que Asuna agradeció y sin protestar caminaron en silencio aquel mediano trecho hasta encontrarse nuevamente con la niña. Estaban llegando a su destino cuando Kirito tuvo que sujetar con fuerza a Asuna para que no cayera de bruces al suelo. Había tropezado con una pequeña piedra y sus pies se habían enredado en su vestido. Ella se aferró con fuerza al brazo que la sujetaba. Un preocupado Kirito examinó el rostro de la princesa cuando esta levantó la mirada para encontrarse reflejada en sus ojos de acero.
—¿Estas bien? —le preguntó ayudándola a incorporarse lentamente sin que ninguno de los dos apartara su mirada del otro. Asuna asintió con la cabeza en silencio y muy apenada giró hacía donde venía la voz de su hermana que les decía:
—¡Oigan, si van a besarse háganlo de inmediato!... ¡Keiko y yo queremos ver la sorpresa! —exclamó metiendo a su propia doncella.
Ambos se sonrojaron y emprendieron el poco trayecto que tenían por delante sin hablar.
—¿Me vas a decir de que se trata todo esto? —preguntó ella llevada por la curiosidad, cuando él sacaba de su túnica una llave de bronce y la introducía en las cerraduras de los establos.
—Es mi regalo de cumpleaños para Yui. Sé que faltan un par de semanas, pero quería darle el presente si tú me lo permites.
¿Consultarle?... ¿Acaso Kirito estaba consultándole sobre el obsequio que iba a darle a su hermana? ¿La estaba tratando como una verdadera esposa?
—¡¿Un obsequio para mí?... ¡Genial! —el alborozo de la pequeña era indiscutible.
—Pero esperen un momento aquí. Primero Asuna debe decidir. —Señaló Kirito con rotundidad impidiendo que Yui avanzara hacia el interior del edificio.
—¡Pero yo quiero ver! —se quejó la pelinegra tironeando la mano de su hermana para que le permitieran pasar.
—Ten paciencia. De seguro, nuestra princesa querrá que Lord Kirito te enseñen la sorpresa. —La doncella intervino poniendo una mano en el hombro de la niña para apaciguarle.
Kirito cerró las puertas a sus espaldas y tomó a Asuna del brazo para conducirla al lugar donde aguardaba el obsequio. Ella quedó sin palabras cuando llegaron al cobertizo y dejó que escapara de sus labios una pequeña y divertida carcajada.
—¡De seguro es un corcel! Uno como el que posee Kirito para luchar en el campo de batalla. — dijo Yui a su doncella, con muchísima ilusión en la voz. —Espero que sea enorme...
—Yui... — llamó la voz de su hermana mayor —Puedes pasar a ver tu obsequio siempre y cuando entras tomada de mi mano. Y procurar no alejarse de mí. Allí adentro es muy grande y peligroso.
La expectativa de una aventura puso eufórica a la pequeña. No tardó en obedecer y los cuatro se internaron en el edificio. Allí adentro olía a humedad y estiércol.
Pero el corazón de Yui latía con fuerza y tuvo ganas de correr junto a Kirito cuando lo divisó parado cerca del cobertizo.
—¿Y bien, que te parece? —le preguntó Kirito sujetando sus pequeños hombros cuando llegó a él.
—Es... es un pony.
—¡Pero es hermoso, Yui! —la doncella admiraba al potrillo muy entusiasmada.
—Oh... si. Muchas gracias.
—Sencillamente pensé que te encantaría . Este animal es muy curioso, no te dejes llevar por las apariencias... —Entonces Asuna sujetó el brazo de Kirito para que callara pues notó tensión en la postura de la pequeña Yui.
Kirito comprendió el motivo y se hincó a su lado para obligarla a mirarlo a los ojos. Bajó su mirada hacia a la altura de la pequeña y lo tomó por los hombros en un gesto tan paternal que Yui no tuvo más alternativas que escucharlo cuando en realidad quería salir huyendo.
—¿Sabes cual fue mi primer corcel, Yui? —le preguntó, pero el nudo en la garganta de la niña le impidió responderle, con lo cual Kirito tuvo que proseguir. —Fue un pequeñuelo así como este. Claro, yo esperaba algo mucho mejor, pero mi madre nunca tuvo el dinero suficiente para obsequiarme un corcel como el que yo pretendía. Pero dado que esto no viene al caso lo importante que quería decirte sobre este animal es que; crecerá contigo... Sabes que aún no estás capacitada para montar un corcel ¿verdad?
—¡Pero sé andar a caballo! ¡Koichirou me enseñó...!
—Eres muy pequeña para manejar un animal de semejante envergadura...
—Quiero estar sola —le dijo, reteniendo en vano las lágrimas. Asuna se acercó a ella con simpatía.
—Yui...
—¡Quiero estar sola! —gritó tratando de soltarse del amarre de Kirito. Pero se detuvo cuando un grupo de hombres entró como un torbellino de cuerdas, lazos y ardides tratando de mantener el control y sujetar con todas sus fuerzas al corcel más hermoso que los ojos acerados de Yui jamás contemplaron en su corta vida.
Era enorme, de un pelaje negro tan brillante como el infinito. Tenía poderosas extremidades que se le marcaban y crujían con cada embistes que daba para intentar liberarse de las cadenas que le sujetaban.
Kirito tomó en sus brazos a la pequeña y Asuna se sujetó de su brazo para dar lugar a que los hombres que pasaron a su lado, por el estrecho camino, hacia el cobertizo más lejano que se situaba en el fondo.
—Es precioso... —lanzó al aire Yui completamente maravillada ante el espectáculo que libraba el corcel quien luchaba para liberarse de los lazos que lo sujetaban.
—Pero es peligroso—la retuvo Asuna al ver que había abandonado los brazos de Kirito y fascinada seguía la huella por donde el animal se había alejado.
—Pero, yo solo quiero ver...
—Te lo prohíbo. Reitero que es peligroso y no quiero que te acerques. Sabes que moriría si algo malo llegara a ocurrirte... ¿lo sabes, verdad? —dijo Asuna jalándola hacia ella. —Prométeme que no iras a ese lugar.
—Pero, Asuna...
—Promételo.
Está bien. Prometo que no iré. —Dijo cruzando los dedos detrás de sus espaldas.
...
...
...
Yui no mencionó nuevamente el deseo de acercarse a la salvaje criatura durante el resto de la tarde que permanecieron en los establos. Pero la curiosidad no satisfecha se reflejaba en su tensa postura y en el fastidio de su voz que mal podía disimular. El obsequio de Kirito no era totalmente de su agrado. Ella esperaba, por ser una princesa heredera, un digno corcel como la hermosa yegua blanca que su padre le obsequió a Asuna.
Sin embargo, Kirito quería que se contentase con un pequeño potrillo de escasas semanas de vida que a duras penas podía mantenerse en pie.
Tal vez, si le demostraba a su tutor de que merecía un caballo como la fiera salvaje que sus ojos habían contemplado unos instantes atrás... si le demostraba que estaba equivocado en su elección y, pese a ser una niña, podía montar ese corcel como lo hacía con el caballo de su hermana, y que era el animal indicado para ella, tal vez Kirito cambiaría de opinión y recapacitaría sobre la oferta del potrillo.
...
...
...
Se pasaron el resto de la tarde en aquel sitio y decidieron volver cuando sintieron que la corriente de aire se hacía cada vez más fría.
Mientras retomaban el camino por el sendero, la actitud distante de Yui llamó la atención de Keiko. La pequeña y su cuidadora avanzaban a paso lento, y muy pronto Asuna y Kirito se les adelantaron dejándolos un buen trecho por detrás, sin percatarse de que su hermana se había detenido a contemplar el extraño movimiento de una sombra entre los matorrales.
Se sintió observada y la sensación de que las cosas no marchaban del todo bien llamó la atención de Keiko quien corrió junto a ella en el preciso momento en que un hombre encapuchado se descubrió interponiéndose en el camino.
—¡Quien eres tú! aléjate de la señorita Yui— escupió la muchacha de corto cabello castaño. con tal muestra de valentía impropia para una niña de tan solo catorce años. —Revélate, intruso. ¿Qué quieres con la princesa?
La figura encubierta reveló su rostro. La piel del intruso era pálida como la luna, al igual que su largo cabello azul plata y el atuendo que vestía.
—Espera, Keiko. Le conozco.
—¿Qué cosas dices, Yui?... ¿conoces a este intruso?, entonces ¿por qué se niega a identificarse? Solo mantente detrás de mí.
—Es mi primo. —Keiko no pronunció otra palabra más y completamente desconcertada observó como Yui se acercó hacia el desconocido a pacitos cortos, pero sin temor.
—Vaya, pequeña Yui. Veo que sabes reconocer a los que llevan tu misma sangre. Me pregunto si realmente la infiel Asuna es tu hermana.
—Más que una hermana. Es como mi madre. —le respondió con decisión.
—Ya veo... y supongo ahora, que al lugar de tu padre lo ha ocupado ese Spriggan sucio, ¿o me equivoco? —Yui percibió en aquella voz un halo de maldad y la desconfianza afloró en su corazón.
—Kirito es muy bueno. Mientras el resto de nuestra familia nos ha dado la espalda, él ha sido el único que nunca nos ha abandonado—replicó con decisión —Ahora cuida de nosotros.
Kuradeel blasfemó entre dientes la actitud tan leal que profesaba su pequeña prima hacia el spriggan. Aquellas palabras le perforaron los intestinos y un amargo sabor a bilis se apoderó de su boca. Si la más joven de las princesas estaba aliada al enemigo echaba a perder sus planes con la hermosa Asuna..., mejor era que desapareciera.
Y que mejor, que hacer que la estúpida niña muriera en ese mismo instante...
Por supuesto, no podría hacerlo con sus propias manos, pues semejante acto de imprudencia de su parte provocaría que se revelara al instante su presencia. Por otra parte si los undine llegaran a enterarse de que fue él, Kuradeel, su propio primo quien asesinó a la pequeña princesa a sangre fría entonces sería muy difícil recuperar la lealtad del propio pueblo.
La niña debía de tener alguna debilidad. Y como él parecía tener el don de mirar en los corazones de sus víctimas, acertó en sus palabras metiendo el dedo en la llaga recién abierta. Nada se le escapaba al príncipe de las sombras... lo había estado observando en los establos durante todo el transcurso de la tarde. Viendo como esos tres se comportaban como si fueran una familia feliz.
¡Que estúpidos eran!
—Ya veo... si ese sucio spriggan es tan maravilloso como tú dices, entonces dime ¿Por qué te ha regalado un simple caballejo cuando en realidad ya estás en óptimas condiciones para montar tú sola en un precioso corcel como el que sus hombres encontraron en las llanuras? Tu hermana Asuna a los cinco años ya era toda una amazona...
Las palabras de su primo fueron un golpe bajo para Yui. Era cierto. Kuradeel había sacado a la luz aquella espina que le molestaba. Era el mismo reproche interno que se negó en reclamarle al propio Kirito en persona. Pero escucharlo en la boca de un cuasi -desconocido era mucho peor que la rabieta que la carcomía por dentro.
—No lo escuches, Yui. Sus palabras son como el veneno de una serpiente e intenta confundirte. —Keiko percibió la duda en sus ojos y se alarmó con amargura.
—¿Lo ves? Él no confía en tus habilidades. Te apuesto que te prohibió que te acerques a aquel corcel que guarda en las caballerizas. Pero yo, mi queridísima prima, te ayudaré a demostrarle a ese que tienes agallas para merecer algo mucho mejor. Imagínate el rostro que pondrá cuando te vea flamante sobre la grupa del magnífico animal.
—De hecho, fue su hermana quien le ha prohibido que se acerque. Y la señorita Yui cumplirá esa promesa. —dijo Keiko desafiante tomando el brazo de la niña para que reaccionara.
Kuradeel parecía haberle leído el pensamiento. Nunca había sentido correr tanta adrenalina por sus venas como en aquellos escasos instantes. La perspectiva de montar ese caballo era un deseo mucho más fuerte que la vaga promesa hecha a su hermana. De todas formas con o sin su primo eran sus intenciones desobedecer las órdenes de los adultos. Y no veía las horas de llevar a cabo su cometido.
—Primo, quiero demostrarle a Kirito que estaba equivocado ¿tu podrías enseñarme a manejar ese animal?
—Yui, no esta bien... ¡Esto no esta bien!, vayámonos de aquí de inmediato. —Keiko la tironeó de los hombros pero Yui se clavó en el suelo suplicándole a Kuradeel con la mirada que le enseñase a montar al indomable animal.
—Será nuestro secreto. —le susurró al oído en una cínica y diabólica sonrisa.
...
...
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—Fue un lindo gesto de tu parte.
—¿Eh? ... perdona, es que he estado distraído.
—El potrillo. De seguro Yui ya se ha dado cuenta que la yegua salvaje capturada y amarrada en los cobertizos era su madre.
—Lo dudo, estaba demasiado molesta cuando intenté aclarárselo. Pero se lo diré en la cena. Será como una segunda parte de la sorpresa, supongo— le contestó observándola por el rabillo del ojo y sonriendo satisfecho.
Ambos contemplaban en silencio como el sol se ponía en el horizonte reflejando sus rayos dorados en los movimientos de las aguas turquesas del mar. La sal dulce del aire hizo cosquillas a los sentidos de Asuna. Respiró el crujiente perfume profundamente y lo sostuvo en sus pulmones todo lo que pudo resistir antes de exhalar una vez más.
Cómo amaba estar allí, en el viejo muelle de antaño... Cómo deseaba poder quedarse exactamente así para siempre observando el mar y en compañía de aquel hombre, quien le había revelado una nueva faceta de su carácter.
Pero ella, de entre todos los seres que habitaban el universo, sabía que nada, absolutamente nada, podía durar para siempre.
El último grito de terror que pudo emitir Yui los sacó de aquel estado de ensoñación en el que ambos estaban sumergidos.
Como en la pesadilla que acechó sus sueños la noche anterior, su aterrada hermanita cabalgaba en la grupa de la bestia salvaje quien luchaba por arrojarla de su montura.
Como una fiera endemoniada se lanzó a la carrera hacia las costas del mar embravecido. No pararía su recorrido, por lo menos no lo haría hasta quitarse de encima a la niña que luchaba por mantenerse firme para no caer por los suelos y ser embestida por el animal enfurecido.
Asuna palideció al ver a su hermana en semejante situación de riesgo.
La última imagen que contempló la undine, con sus ojos celestes y desorbitados por el pánico, fue cuando la criatura se dirigió hacia el muelle donde ella y Kirito observaban el mar en silencio pocos instantes atrás, para luego saltar por sobre sus cabezas y arrojarse a las turbias aguas del mar con su pequeña hermana aún aferrada en el lomo de la criatura.
La escena más espantosa de toda su vida se sucedió ante sus ojos como en cámara lenta. Su adorada hermana... la que no tenía su sangre pero a la cual amaba como si fuera su hija...
Su rastro se perdió bajo las aguas del océano dejando, en el corazón de la princesa el más espantoso vacío de la muerte.
La voz distorsionada de Kirito y la de sus hombres que la llamaban se escucharon como un eco incomprensible y distorsionado en lo más hondo de su conciencia. Al menos cinco hombres se lanzaban al océano para rescatar a su hermana. Pero las imágenes eran tan obscuras y confusas...
Debía de ser nuevamente una pesadilla.
Yui no sabía nadar... pero cuando ella despertara sabría que todo fue producto de un mal sueño. Supo cuan equivocada estaba cuando los fuertes brazos de Kirito la sostuvieron y un grito desgarrador salió de su garganta.
Su hermano no sabía nadar... Ni ella tampoco. No podía salvarla y las penumbras también la consumían a ella.
—¡Kirito! —Gritó impotente.
Y luego todo se hizo oscuro.
...
...
...
Se maldijo el mismo por ser tan estúpido.
¿Cómo no se había dado cuenta de que faltaba Yui?...se suponía que él debía cuidar de ambas; no apartarle nunca los ojos de encima. Otro error como aquel no debía ocurrir nunca jamás.
Ahora estaba arrodillado en el muelle al lado de Asuna, esperando a que abriera los ojos y recuperara la conciencia.
—Yui... —susurró ella intentando incorporarse el suelo, buscando con la mirada el lugar donde su hermana fue arrojada.
—Shhh...—la mandó a callar Kirito depositando un dedo sobre los fríos y pálidos labios acunándola también entre sus brazos —Yui ya está a salvo. Klein se ha encargado de recostarla en su alcoba para que se recupere de semejante susto. Ahora está con Yulier.
—Pensé... pensé que mi hermana iba a morir. ¿Y qué iba a decirle a Kouchiru si eso ocurría? La vi caer al agua y pensé que... —sollozó desconsolada muy débilmente y no fue capaz de concluir la frase. Un estremecimiento la recorrió de pies a cabeza y entonces Kirito la atrajo aún más a su cuerpo en un abrazo protector permitiendo que llorara en silencio sus peores miedos y temores.
—Llora cuanto quieras,... no te guardes nada. Simplemente sácalo.
—Lo único que quería era mantenerla siempre a salvo... por eso... por eso la envié fuera de los muros el día de la batalla, la escondí entre el pueblo. Pensé que la matarías si la encontrabas conmigo...
Completamente desconcertado por el cambio de tema, Kirito se dio cuenta de que el impacto de creer que su hermana había estado en peligro sacó muchas más cosas a la luz.
—Cuando supe que venían los salamander a atacarnos, tuve miedo... nos habían dicho tantas cosas de Eugene... de lo que nos harían si llegábamos a ser capturados como prisioneros. Intente... intente ponerla a salvo... lo intenté...
—Está a salvo —reiteró una y otra vez con voz firme y una dulzura paternal desbordante —Yui está a salvo. Y tú también estas a salvo. Ya no temas. Aquí estoy yo para protegerte. Siempre.
Ella reaccionó a su ternura empañando sus ojos una vez más. Se echó hacia atrás y lo observó como si fuera la primera vez que lo veía.
—¿Por qué?... Eres tan distinto a lo que esperaba de un enemigo.
—Y tú también. —le aseguró Kirito devolviéndole la mirada con intensidad.
Entonces se puso de pie y la ayudó a incorporarse para tomarla en brazos. Tenía la ropa mojada porque había caído desmayada en la orilla. En lugar de protestar o de intentar zafarse, Asuna se rindió contra su pecho. Cuando llegaron al puente levadizo, Kirito dio unas cuantas órdenes y, cuando llegaron a su cuarto Liz estaba preparada con paños de lino secos y agua caliente.
Asuna estuvo bajo los cuidados de Liz, pero él no se alejó de su lado ni por un instante. De su baúl sacó unos pantalones secos y se los colocó. Para cuando se vistió aquella escasa ropa encima, pues su torso quedó al completamente descubierto, envolvió a Asuna con una manta gruesa.
Despidió a la servidumbre con un gesto amable y se quedó a solas con ella en la habitación. Con movimientos suaves alimento el fuego de la chimenea arrojando un madero al fuego débil que amenazaba con apagarse.
Se arrodillo junto a ella y acarició su mejilla esperando que ella también lo mirara.
—Habría sido mejor que me hubieras forzado —susurró.
—¿Qué quieres decir? —preguntó sorprendido.
—Deberías haber tomado mi hogar por la fuerza. Y a mí| también.
—Sabes que esa no es mi manera de proceder, jamás me he comportado de semejante manera y no pensaban mostrarme como un animal cuando te tuve esa noche entre mis brazos. Yo no actúo así. —respondió Kirito negando seriamente con la cabeza.
—Lo que dices no es cierto —Le dijo Asuna mirándolo a los ojos. —Tu manipulas a las personas. Con astucia colocas a todo el mundo de parte tuya. ES por eso, que al no forzarme... pusiste a todo mi reino de tu lado.
—Excepto a una persona. —reconoció él al fin delineando la forma de sus labios con un dedo— Y por esa persona soy capaz de renunciar al resto.
—No puedo entregarme a ti, Kirito. —le murmuró con pesar. Aquellas palabras costaban horrores en salir de sus labios pues eran contrarias a los profundos deseos de su corazón. —No puedo ser la esposa que deseas sin traicionar todo lo que soy...
Un ligero temblor en la voz escapó de los labios de la princesa cuando le confesó a Kirito la raíz del problema. Lo que aquejaba su corazón no era sino otra cosa que la dignidad que arraigaba en su naturaleza. Había más honor en el corazón de la hermosa undine que en la de la mayoría de los guerreros que compartían con él el campo de batalla.
Aquella mujer, su esposa, luchaba con fervor con su conciencia mientras todos los demás vendían la suya.
Ambos se parecían demasiado.
—Entonces no me dejas otra alternativa que forzarte —le dijo ayudándola a ponerse de pie.
Asuna se aferró a un más a la manta, sabiendo que consistía ahora en la única coraza en la cual podría refugiarse de la presencia de su esposo. Sin embargo no se rebeló ante él y permaneció en su lugar sin articular movimiento, temblando como una hoja. Sintió un remolino en el vientre. Oh, Maldicion, ella era ahora como un libro abierto para él. Incluso mucho más que eso. Cerró los ojos, soltó un suspiro. Luego otro. Su mente trabajaba a toda marcha.
—Los hombres... la gente de honor, como tú y yo, puede servir a un lado u otro de la batalla— comenzó a decir, inclinando su torso desnudo hacia ella, levantándole la barbilla y acercándole tanto la boca que la princesa sentía su cálido aliento en las mejillas. Asuna se derritió con una mezcla de sorpresa y deseo, excitada ante el abrumador atractivo de su esposo. —Esta batalla no es entre tú y yo. Es entre Sugou y Alfheim.
Kirito comenzó a besarle el cuello, hasta donde comenzaba los bordes de la manta. Ella tenía los nudillos blancos sobre la frisa debido a la fuerza con la que se resistía a sus caricias. El corazón comenzó a palpitarle. Asuna se volvió a estremecer y contuvo un gemido cuando él la estrecho con más fuerza.
A pesar de la cálida sensación, los estremecimientos le recorrieron la piel y sintió que le bajaba un escalofrío por la espalda. Kirito se comportaba como todo un guerrero dispuesto a arrebatarle el corazón cuando se le antojara.
—Eugene apoya a Alfheim del mismo modo que tu apoyas a tu pueblo... —le aseguró, apresándola contra el marco de la ventana con sus fuertes brazos. Estaba acorralada. Sin embargo ,cuando él beso el nacimiento de sus senos supo ya que no quería seguir escapando más. —Con honor...— culminó él, mirándola con sensual violencia.
El cuerpo de Kirito despertó ante el contacto de la cálida piel de Asuna entre sus labios. La fragancia dulce que ella despedía era como una droga a sus sentidos.
Oh Dios... cuanto necesitaba tenerla nuevamente rendida en el lecho. Su cuerpo clamaba para que la tomara por la fuerza en aquel instante, pero sabía que cometería un error. Debía ser ella quien tomara la iniciativa. Simplemente debía de ser así.
—¿Acaso no he cumplido mi promesa? —le preguntó a Asuna. Contra su voluntad, la ronquedad se apoderó de su voz. —¿No he cumplido con todo lo que te prometí desde que llegué a este sitio consumando las ordenes de mi rey?
—N-No puedo pensar con claridad si me besas de esta forma...—protestó ella.
Con cada palabra que decía, Kirito la hacía ser más consciente de que él era un hombre —muy hombre— y ella una mujer. Él tenía la clase de personalidad poderosa que la atraía. Sentía un aleteo en el estómago cuando él hablaba. Se le hinchaban los labios y otras zonas que no quería ni recordar. Se sentía nerviosa e insegura cuando él estaba demasiado cerca. Asuna se tragó un nudo tan grande que pensó que se ahogaría e intentó apartarse de él.
Kirito no se movió... ni la soltó. Él era consciente del escalofrío que ella sentía con su contacto.
—Asuna, tu problema es que lo único que has hecho durante todo este tiempo es pensar... Es hora de que confíes. —Le aseguró tomando su delicado rostro entre las manos. —¿Podrás algún día confiar en mí?
Kirito rogaba con toda su alma no haberse equivocado nuevamente al juzgarla. Ojalá su instinto fuera el acertado pues no estaba dispuesto a perderla, eso jamás.
Asuna enmudeció enseguida, las palabras perforaban en su mente, pero ya no le quedaban casi fuerzas para seguir luchando. Lentamente asintió con su cabeza.
Kirito la besó entonces con la boca entreabierta, dando rienda suelta a la pasión que sentía durante semanas. La saboreó con delicadeza y firmeza. Le robó hasta el último de sus alientos y suspiros...
—N-No me obligues a escoger, Kirito. Mi corazón no podría soportarlo. —le suplicó muy cerca de sus labios. —No... por favor...— gimió agarrándole temblorosa las muñecas.
—No me respetarías ni confiarías en mí si te obligara a hacerlo. Debe ser tu elección.
Kirito bajó los brazos que la apresaban y dio un paso hacia atrás. Su pecho subía y bajaba a toda velocidad, cada fibra de su cuerpo le exigía regresar junto a ella, pero no lo hizo.
Confiaba con el alma en que ella supiera que no la traicionaría. Que cuidaría de ella y la protegería. Que podían vivir juntos y que él velaría hasta sus sueños.
—Por lo que más quieras...mira dentro de tuyo y decide. Por el bien de tu pueblo, por tu propio bien y el mío... ¿continuas luchando contra mi o aceptas de una vez por todas el amor que te entrego junto con mi corazón y todo lo que te ofrezco?
No sabía qué hacer. Kirito le hablaba con la ternura impropia de un guerrero, con tanta pasión contenida en la garganta; pero sobre toda las cosas le hablaba con todo su amor... Ya no podía seguir resistiéndose.
Tal vez si solo esa noche accediera a sus deseos...
La manta de lino rodó sobre sus hombros y cayó a sus pies en un gesto de derrota. Se arrojó en los brazos de Kirito y fue ahora ella quien, en puntillas de pie, buscó con desesperación el sabor de sus besos. Se perdió en aquella mirada de acero. El tenue brillo de las velas, que rodeaban la habitación y la chimenea, se reflejaban en sus pupilas abiertas, brillantes, como las cientos de estrellas suspendidas en el infinito...
Esa noche, solo por esa noche, nada se interpondría entre él y ella.
Esa noche, solo por esa noche, sería total y completamente suya.
Un poco de fanservice de Kirito tomando un baño en el mar :O ¡disfrutenlo! Y finalmente el kiriasu ha salido a relucir!
y el proximo cap vendra a mediados de mes si todo sale bien. Y ya veré a quien meto entre este par, aunque me sugirieron a Alice, creo que Shino sigue siendo mi favorita ^^
Y un error terrible mío... nombré Keiko a Silica, no me di cuenta, ya luego lo corrijo.
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