Secretos del ayer
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen; son de la autoría de Stephenie Meyer. Y la historia a Kate Hewitt. Para mi amiga Luriana. Especialmente para ti! TQM!
Capítulo 5
—Bueno, bueno, bueno —dijo Richard Harrison, acercándose al coche de Emmett una vez ellos hubieron salido de éste—. Eres un taimado. Te la has estado guardando toda para ti.
—No recuerdo haberte invitado —contestó Emmett, dirigiéndole una despreciativa mirada.
—Estaba aburrido, y creo que es tu trabajo divertirme.
—Por mucho que te comportes como un niño, Richard, no lo eres.
—Necesitas hacer negocios conmigo, Cullen.
Emmett se rió secamente.
—Deberías haberte dado cuenta, Richard, de que hay muy pocas cosas que necesito. Y tu mediocre negocio no es una de ellas.
Richard se puso rojo y cerró los puños, medio levantando uno.
—Te arrepentirás de eso.
—Creo que no.
Rosalie oía cómo discutían los dos hombres, pero lo único que se le había quedado grabado en la mente era el comentario de Richard. Te la has estado guardando toda para ti.
Era obvio que habían hablado sobre ella.
Richard la miró con un descaro insultante, mirando durante un rato sus pechos y sus muslos.
—Es tan guapa como dije —dijo con la lujuria reflejada en los ojos.
—Creo que debes marcharte, Richard —dijo Emmett con la voz calmada. Pero sus ojos eran como hielo negro…
—¿Qué fue lo que dijiste? ¿Qué había mejores cosas con las que divertirse en Spoleto que con una mujerzuela barata? Pues parece que no las hay, amigo mío. Y creo que es el momento de que empieces a compartir —dijo Richard, acercándose a Rosalie.
Pero ella no se podía mover. No podía ni siquiera pensar en nada… aparte de lo que Emmett había dicho.
Una mujerzuela barata.
Aquello era lo que ella había sospechado y él le había negado.
Paralizada, observó cómo Richard se acercaba a ella con los labios abiertos y una lasciva mirada.
No logró tocarla ya que Emmett se movió con una gran certeza.
Más que ver, oyó cómo le daba un puñetazo a Richard en la mandíbula. Éste cayó al suelo.
—¡Te podría demandar! —espetó Richard, tocándose la boca. Estaba sangrando.
—No creo —dijo Emmett calmadamente—. Ahora será mejor que salgas de mi propiedad antes de que le haga algo peor a esa patética cara de bebé que tienes.
—Acabas de perder muchos negocios, Cullen. ¡Sé lo que este acuerdo significaba para Cullen Enterprises!
—Sobreviviré —dijo Emmett, sonriendo sarcásticamente. Le dio la espalda a Richard y se dirigió a abrazar a Rosalie por los hombros—. ¿Estás bien?
—Sí —contestó ella con dureza, apartándose de él—. Voy a por mis cosas.
Entonces subió a su habitación. Todo lo que le rodeaba estaba borroso. Se apresuró a meter en la mochila su arrugada camisa blanca y su falda negra. Podía devolverle más tarde a Emmett la ropa que llevaba. No tenía tiempo para cambiarse.
Estaba cerrando su mochila cuando Emmett entró en la habitación.
—¿Qué demonios estás haciendo?
En la distancia, ella pudo oír cómo el descapotable se marchaba de la propiedad.
—Me voy.
—¿Así?
—Así —contestó ella sin querer mirarlo a los ojos ya que si lo hacía sabía que no se iría…
—No puedes hacerlo.
—Sí, sí que puedo —contradijo ella, agarrando la mochila—. Si no me llevas en coche, iré andando.
—Hay más de cinco kilómetros hasta Spoleto —advirtió Emmett.
—No me puedes mantener prisionera aquí.
—¿Te sentiste como una prisionera en la cascada, durante la comida… durante todo el día? ¿Cuándo me suplicaste que te dejara quedar? No me vengas con ésas, Rosalie. No funcionará.
—Me lo he pasado bien hoy —dijo ella—. Pero no te supliqué.
Se sintió enferma y rezó para no vomitar, para no llorar.
—Ahora quiero marcharme.
—No.
—Pues iré andando…
—No —dijo él, agarrándola suavemente por los hombros—. Mírame, Rosalie.
De mala gana, ella tuvo que mirarlo a los ojos. —
¿Por qué estás haciendo esto? ¿Es por Richard? Él es un cerdo… porca…
—Una mujerzuela barata… —susurró ella.
—¿Crees lo que él dijo? —exigió saber Emmett con la voz quebrada.
—Dime que no es verdad. Dime que tú no dijiste eso.
Emmett mantuvo silencio y la soltó, acariciándose el pelo. Rosalie se sentó en la cama.
—Lo dije.
Las lágrimas asomaron a los ojos de ella, que había comenzado a pensar que quizá no fuese cierto.
—Pero entonces no te conocía —continuó Emmett con una calmada voz.
—Fue ayer, Emmett.
—Un día es mucho tiempo.
—No lo suficiente —dijo ella, levantándose cansinamente de la cama.
—¿Qué quieres de mí? —exigió saber él—. ¿Confianza plena… que tenga fe en ti incluso antes de conocerte?
—¿No te das cuenta? Me juzgaste, en el restaurante.
—Está bien. Lo admito. ¿Y qué pasa? —dijo, mirándola fijamente—. A Harrison le gustaste y quería invitarte a que nos sirvieras aquí para ver qué pasaba.
—Eso fue justo lo que hiciste tú.
—¡No lo es! Yo rechacé su oferta… me daba asco. Sí, dije que eras una mujerzuela barata, lo admito y no me voy a disculpar. En ese momento no te conocía, pero en cuanto lo hice, en cuanto te miré a los ojos, te deseé. No como camarera ni como mujerzuela, sino como mujer.
—Pero cuando me invitaste aquí era eso lo que pensabas de mí… ¿no es así? No fue hasta después…
—¿Qué importa eso? ¡Estamos discutiendo sobre detalles! —exclamó Emmett.
—No —dijo Rosalie con determinación—. No es eso lo que estamos haciendo. Todas esas encantadoras estupideces sobre la chica guapa a la que querías conocer sobre que necesitabas fingir algo debido a tu prestigio y riqueza… fue simplemente eso. Una estupidez. Mentiras. No dijiste en serio nada de ello.
—Lo dije.
—¡No me mientas! —exclamó Rosalie, frustrada—. Pensé que eras sincero. Estaba comenzando a creer… Pero tú eres tan mentiroso como todos los hombres que he conocido.
—No me compares con ese canalla que te utilizó —advirtió Emmett—. He tenido mucha paciencia contigo, Rosalie.
—¿Paciencia? ¿Por haber esperado veinticuatro horas para exigir ser servido? Yo creo que no.
—¿Te he exigido yo algo? —preguntó él, enfurecido.
—¿Debería estar agradecida? —gruñó ella, demasiado dolida como para preocuparse por las formas—. No voy a ser tu diversión nocturna —declaró.
—Por lo que yo recuerdo, no has estado proveyéndome de nada parecido. Quizá ése sea el problema —dijo, acercándose a ella.
Rosalie se echó para atrás y cayó sobre la cama de nuevo.
—¡No me toques!
Pero él siguió acercándose, y Rosalie se sintió completamente invadida por el pánico.
—No te voy a tocar —informó él suavemente—. No soy de esa clase de hombre. Pero te voy a decir cómo te tocaría si me dejaras, si quisieras.
Rosalie abrió la boca, pero no dijo nada. Se quedó mirándolo con los ojos como platos.
—¿Sabes cómo te tocaría, Rosalie? No, claro que no. No creo que nadie te haya tocado de esa manera Me imagino que el hombre que se llevó tu inocencia te utilizó para su propio placer. No pensó para nada en tus necesidades, en tus deseos. ¿Tengo razón?
Rosalie quería hablar, quería mandarlo al infierno. Pero no lo hizo.
—Cuando yo te toque, Rosalie… —continuó él—, será porque tú quieras. Lo querrás porque sabrás que te deseo y que tú puedes desearme… y que puede ser bueno. Nada vergonzoso ni sórdido.
—No… —dijo ella, que en realidad estaba fascinada por lo que estaba diciendo él.
Estaba cautivada por el deseo que él no tenía miedo sentir.
—Primero te tocaré los labios. Ya los he tocado… Pero quiero más. Quiero más de ti. Me encantará, ya que tus labios son suaves y sabrán a nueces y a pasas… muy, muy dulces.
Emmett comenzó a mirarle la garganta, y Rosalie sintió cómo se ruborizaba.
—Te tocaré la garganta justo ahí, donde puedo ver cómo te late el pulso. Ahora mismo está latiendo con fuerza —dijo, sonriendo y con el deseo reflejado en los ojos—. Entonces bajaré y te acariciaré los pechos. Me pregunto qué aspecto tendrán. Quiero sentirlos. Quiero tocarte por todas partes, acariciándote y besándote, quiero llevarte a la cima del placer… Y luego tú me tocarás a mí.
Rosalie no pudo evitar estremecerse.
—Me tocarás, y yo querré que me toques. Será como un regalo. Lo deseo fervientemente, Rosalie. Deseo que me toques.
Ella vio la desnuda vulnerabilidad que reflejaban los ojos de Emmett y se dio cuenta de que él le había descubierto sus sentimientos. Le había dado control… y era muy satisfactorio.
Despacio, con las piernas temblorosas, se levantó. Estaba tan cerca de él que podía sentir su respiración en la mejilla. Pero Emmett no se movió.
Entonces posó su mano sobre el pecho de él y pudo sentir lo acelerado que tenía el corazón.
—¿Ves el efecto que tienes sobre mí? —dijo él con la voz entrecortada.
Ella lo miró a los ojos y vio que reflejaban mucha necesidad, mucho dolor, mucho deseo… La dejó impresionada, sin aliento…
Pero él seguía sin moverse. Rosalie comenzó a acariciarle el cuello, jugueteando con el pelo de su nuca. Entonces se puso de puntillas y le sujetó la cabeza para acercar sus labios a los de él. Le sorprendió la delicadeza de éstos y deseó que él se moviera.
Entonces lo hizo.
La abrazó con delicadeza, pero dejando claro la ganas que tenía de ella. Su boca trasformó el leve roce de un beso en algo mucho más profundo y exigente.
Rosalie se rindió.
No supo cómo llegaron a la cama ni cómo terminaron allí tumbados con sus miembros entrelazados de tal manera que no se sabía dónde acababa ella ni dónde comenzaba Emmett. Él tenía las manos sobre ella, cálidas, seguras, exigentes…
—Eres tan bella —dijo al acariciarle un pecho.
Rosalie le acarició la espalda. No recordaba cuándo se había quitado él la camisa o si se la había quitado ella; todo era una neblina de deseo, de necesidad.
No importaba nada más que aquel momento.
Sintió cómo él comenzaba a acariciarle el estómago bajando entonces más la mano tentadoramente. Sintió cómo le besaba la garganta y cómo sonreía.
A continuación bajó a uno de sus pechos, tomándose su tiempo, incitándola con la lengua, riéndose levemente al gemir ella cuando se metió en la boca uno de sus pezones.
—Emmett… —dijo ella. Era como una súplica ya que era esclava de él.
Trató de tomar el control y bajó las manos, buscando el excitado miembro de aquel hombre.
—Mia gattina… ¡esas garras están muy afiladas! —dijo, agarrándole la mano—. Ya habrá tiempo… ya habrá tiempo…
Rosalie agitó la cabeza en señal de protesta. No quería refrenarse, no quería esperar. Sabía que, si esperaba, vacilaría. Comenzaría a dudar, a preguntarse cosas, a sentir miedo, vergüenza…
Lo único que quería era tocarlo… sentir… Y olvidar.
Entonces lo besó apasionadamente para borrar los recuerdos, los fantasmas.
Pero Emmett se apartó de ella y se puso de rodillas. Estaba ruborizado y tenía la respiración agitada.
—Tenemos que dejarlo.
Rosalie se quedó quieta, impresionada. Se vio invadida por un sentimiento de humillación y, repentinamente, fue consciente del aspecto que debía de tener. Estaba despeinada, ruborizada, con los labios hinchados. Pero lo peor era que él la estaba mirando con pena, hacía que lo que acababan de hacer pareciera algo sucio.
—¿Por qué? —preguntó, bajándose el jersey para taparse los pechos.
—No hagas eso. Eres preciosa.
—No me estás mirando como si fuera eso lo que estás pensando. ¿Qué ocurre?
—Nada —contestó Emmett, tumbándose al lado de ella y acariciándole el ombligo—. Estoy precipitando las cosas. Cuando hagamos el amor no será así.
—¿No será como qué?
—No será apresuradamente ni frenéticamente. Estamos enfadados.
—Si estaba enfadada, era conmigo misma. Por desearte.
Él se apoyó en un hombro para contemplarla. Acercó una mano para levantarle la barbilla y que lo tuviera que mirar a los ojos. Le acarició los labios con un dedo.
—Él te hizo mucho daño, ¿verdad?
—Sí, me lo hizo —se sinceró ella, impresionada ante aquella ternura. Sintió cómo las lágrimas escocían sus ojos—, ¿Qué quieres de mí?
Sabía que él quería su cuerpo, pero en aquel momento parecía que estaba pidiendo más, algo más profundo… como sus emociones, sus deseos, su alma.
Su corazón.
—Quiero que tú me desees —contestó por fin él con una vulnerabilidad camuflada.
—Te deseo —admitió ella, emitiendo una pequeña risita—. Creía que era obvio.
—Pero estás avergonzada —dijo Emmett—. Estás avergonzada de estar conmigo.
—No lo puedo evitar. Supongo que tengo… tengo muchas cosas que superar. Cuando me tocas quiero olvidarme de todo, quiero simplemente sentir y no pensar en nada.
—Pero eso es sólo la mitad de la experiencia —dijo él, mirándola y sonriendo con ternura—. Puedes hacer el amor con tu cuerpo y con tu mente.
—Supongo que tú eres el experto, ¿verdad? —dijo Rosalie medio bromeando.
—Quizá sea un experto con el cuerpo —Emmett le apartó el pelo de la frente—. Como tú, estoy esperando a que mi mente me acompañe.
Rosalie pensó que eran muy parecidos, pero a la vez muy diferentes.
—¿Y adónde nos lleva esto? —se forzó a decir, aunque en realidad no quería saberlo. No quería marcharse ni que él se marchara.
No sabía lo que quería.
—Esperaremos.
—¿Para qué?
—Para que tú vengas a mí voluntariamente, sin tener vergüenza, ni miedo, ni frenesí. Para que ambos nos entreguemos… completamente.
—Eso es pedir mucho.
—No me importa.
—Pero quizá a mí sí que me importa.
—¿Quieres marcharte? —preguntó él, levantando una ceja.
—No, pero debería —contestó ella, respirando profundamente.
—¿Por qué? ¿Por qué deberías?
—Emmett… —Rosalie cerró los ojos, sintiendo cómo él le acariciaba la cara— no hay futuro para nosotros, ¿no es así? Yo no soy…
—¿No eres qué?
—Pensaste que era una mujerzuela —dijo sin poder evitarlo, aunque sabía que no debía haberlo hecho. Pero sus viejas heridas estaban demasiado frescas, todavía no habían cicatrizado bien.
Emmett dejó de acariciarle la cara, y ella abrió los ojos, viendo cómo él se bajaba de la cama.
—Todavía crees que te invité aquí pensando que eras una mujerzuela, que te contraté para que hicieras el trabajo de una mujerzuela. Ya hemos hablado de ello, y yo me estoy cansando.
—¿De la misma manera en la que te estás cansando de mí?
—No sigas con lo mismo.
—Pero me juzgaste —susurró ella.
—Sí, lo hice. Pero ahora eres tú la que me está juzgando a mí —Emmett hizo una pausa—. No lo voy a soportar, Rosalie. No me vas a juzgar… a condenar basándote en antiguas evidencias. ¡Ya he aguantado suficiente al respecto! No voy a permitir que me eches en cara una y otra vez una cosa que dije. Nada de lo que diga o haga demostrará lo que soy. No voy a permitir que me condenes. Tú no… tú no.
Rosalie se quedó mirándolo, impresionada por la intensidad de las emociones de él.
—Debes ser responsable de tus propias acciones —continuó él, mirándola—. Deja de culparme a mí, o a ese otro hombre, por tus propios deseos. Quizá antes hayas sido una víctima, pero ahora ya no lo eres. Y no te voy a permitir que actúes como si lo fueras. Hay demasiadas sombras, Rosalie. Quizá para ambos. Te llevaré de vuelta a Spoleto, o a donde quieras ir, esta noche. Es mejor así.
¿Qué imaginan que sigue? Les prometo algo. Actualizare diariamente si al menos me dejan tres comentarios.
Por ahora estoy de vacaciones y estoy tratando de ponerme al día con todas las historias. Además, tengo una historia más adaptada de ellos. Se titula Esposa a la fuerza. Pero hare un maratón a partir de mañana. Además, una historia más sobre Alice y Jasper. Se titula Siempre mía
PIES PARA QUE LOS QUIERO, SI TENGO ALAS DE IMAGINACIÓN Y PUEDO VOLAR
Dejen su review
Hasta el próximo.
Besos a todos
Serena Princesita Hale
