Disclaimer:
Los personajes pertenecen a mi amiga S. Meyer quien me regalo a Emmet por mi cumple =0P. La historia tampoco es mía solo la adapto para mi diversión…
Que la disfruten…
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Capítulo 7
AUNQUE a pesar de la ansiedad Bella durmió aquella noche, no descansó porque Edward estuvo presente en cada uno de sus sueños. Cuando se despertó por la mañana hundió el rostro en la almohada con un gemido de frustración.
Todo lo que hasta entonces había estado claro de repente se había vuelto confuso. En vez de culpar a Edward no podía dejar de pensar en sus caricias y sus besos. Y en vez de odio sentía una emoción distinta y mucho más peligrosa que no se atrevía a examinar. ¿Y qué sentido tenía que pensase en ello cuando le había puesto fin?
Tampoco podía dejar de pensar en la conversación que habían tenido. Era verdad que todo el mundo había abandonado a James. Pero él no. Él había estado allí hasta el final. También era verdad lo que había dicho sobre el comportamiento autodestructivo de su hermano. Ella había querido salvarlo, había querido cambiarlo, pero no había podido, y le había enfurecido que él no se hubiera esforzado más por dejar las drogas.
Confundida, se bajó de la cama y abrió un armario del que extrajo su caja de zapatos. Levantó la tapa y se quedó mirando sus contenidos: las fotografías –lo único que le quedaba de James–, el estropeado conejito de peluche que su hermano le había regalado en un cumpleaños... Era todo lo que le quedaba de su pasado; eso, y los recuerdos.
Levantó las fotografías y sacó algo que relucía: un colgante. No se había permitido mirarlo desde hacía tres años. Tenía que dejar de pensar en todo aquello. Volvió a dejar el colgante dentro de la caja, la guardó de nuevo en el armario y entró al cuarto de baño.
Sin embargo, sabía que si se tumbaba en la bañera empezaría a pensar otra vez, así que se dio una ducha rápida y se puso un vestido de tirantes y unas manoletinas.
Luego salió del camarote y se dirigió a las cocinas. De todos los rincones del yate, estaba bastante segura de que Edward no iría allí.
Kate, que estaba troceando una zanahoria en palitos, soltó el cuchillo al verla y la saludó con una sonrisa.
–¿Te apetece un café? Puedo hacerte un cappuccino.
–Me encantaría, gracias.
Bella se sentó en una banqueta junto a la encimera, y la observó mientras preparaba el café.
–¿Qué hacías antes de esto? –le preguntó a Kate–. Seguro que Edward te secuestró de un restaurante de cinco tenedores o algo así.
Kate espolvoreó cacao en polvo sobre la espuma del café.
–No exactamente –contestó. Puso el café en la encimera, junto a Bella, y se encogió de hombros–. En realidad estaba metida en un lío. Si no hubiera sido por el jefe habría acabado en la cárcel.
Bella movió la espuma con la cucharilla.
–¿Por qué?, ¿qué hizo?
–Me dio una oportunidad –respondió Kate volviendo a su tarea–. Igual que la mayoría de la gente que trabaja para él.
–¿Qué quieres decir?
Kate puso una sartén en el fuego y añadió aceite y cebolla picada.
–Casi toda la gente a la que contrata tiene un pasado que dejar atrás. Supongo que lo hace porque él mismo creció en las calles –le explicó–. Si de verdad quieres una oportunidad, él te la da. El jefe está convencido de que la gente puede cambiar si se le da una oportunidad. Claro que sólo te da una. Si lo echas a perder estás fuera. Pero la mayoría de la gente no le falla. No sé, si te lanzan un salvavidas no lo desprecias, ¿no?
Bella pensó en su hermano.
–No siempre. Hay gente que no se deja ayudar.
Se frotó la frente con los dedos, intentando acallar los incómodos pensamientos que estaba teniendo. ¿Habría sido injusta con Edward?
–Bueno, sí, supongo que hay gente que está tan mal que no se puede hacer nada por ellos. O quizá no quieren que los ayuden. Pero así es la vida, ¿no? Pueden darte una escalera, pero eres tú quien tienes que subir por ella.
¿Podía ser que fuera así de simple? No, Edward debía haber sabido que James se gastaría el dinero en drogas. Debería haber sabido que su hermano no tendría la fuerza necesaria para resistir la tentación.
–¿Y por qué contrata a gente con problemas? –le preguntó a Kate–. ¿Es porque es mano de obra barata? Kate se rió.
–Eres aún más cínica que yo, y no, de hecho paga muy bien a todos sus empleados –le respondió mientras alcanzaba el aceite de oliva–. Cuando sales de prisión es difícil conseguir un trabajo. Nadie quiere darte una oportunidad, pero el jefe es distinto, no le importa tu pasado.
–Así que en el fondo es más blando de lo que parece.
–¿Blando? –repitió Kate volviendo a reírse. Acabó lo que estaba haciendo y se enjuagó las manos–. Tan blando como una plancha de acero. No, es un hombre justo, y muy listo. Al darle una oportunidad a gente que la necesita, consigue algo que el dinero no puede comprar: lealtad. Ninguno de sus empleados lo ha dejado para irse a trabajar a otra parte, ni lo ha vendido a la prensa. Jamás le harían algo así porque le deben mucho.
Bella estaba impresionada, pero nada de eso cambiaba el hecho de que si Edward no le hubiera dado el dinero a su hermano, tal vez aún estaría vivo.
–¿Te apetece otro café?
–No tiene tiempo para tomar otro café –Edward entró en la cocina en ese momento, y tomó la mano de Bella para hacerla bajar de la silla–. Tenemos al helicóptero esperándonos. Kate, tienes cinco minutos para prepararnos un almuerzo de picnic. Quiero algo especial.
–Sí, jefe.
Kate corrió al enorme frigorífico con una amplia sonrisa, feliz ante la oportunidad que le brindaba aquel reto de demostrar lo que sabía hacer.
A Bella le ardían las mejillas; en parte porque Edward la había pillado hablando de él, pero sobre todo porque se sentía vergonzosa después de lo que habían compartido la noche anterior. Los nervios le atenazaron el estómago y el pulso se le aceleró. No se atrevía a mirarlo, pero quería preguntarle dónde iban y por qué necesitaban un almuerzo de picnic. Edward no le había soltado la mano, y su calidez y su fuerza la hacían sentirse extraña. ¿No estaba enfadado con ella?
Ajena a la tensión que había entre ellos, Kate iba de un lado a otro, troceando, envolviendo, lavando lechuga, y añadiendo cosas a una nevera portátil.
Aparentemente ajeno a su escrutinio, Edward se llevó las manos a la cinturilla de los pantalones, y ella se apresuró a apartar la vista al tiempo que trataba de ignorar el calor que había aflorado en su vientre.
–¿Qué lugar es éste? ¿Dónde estamos?
Tenía la vista fija en el mar, pero sus hombros se tensaron cuando oyó que se estaba bajando la cremallera.
–Es mi madriguera, el sitio donde vengo cuando no quiero que nadie me moleste. Estamos solos.
Bella se estremeció por dentro cuando Edward se acercó a ella por detrás y le puso las manos en los hombros.
–Relájate –le dijo masajeándoselos–. Estás muy tensa.
¿Cómo no iba a estarlo?
–Edward, hay algo que debo decirte. Yo...
–Ya lo dijiste todo anoche –la cortó él, rodeándola para tenderle un bote de protección solar–. No te olvides de esto –le dijo con una sonrisa.
Bella le lanzó una mirada de frustración.
–¡Pero necesito que hablemos!
–Tenemos todo el día; no hay prisa. Abre el paquete, Bella.
Irritada, Bella dejó el bote en el suelo y cuando abrió el paquete se quedó mirando el minúsculo bikini dorado que había en su interior.
–Supongo que estarás de broma. Y te metías con mi vestido porque decías que era indecente...
Un brillo divertido asomó a los ojos de Edward.
–Esto va a ser un espectáculo privado. A menos que prefieras bañarte desnuda. Pensé que serías demasiado recatada para eso, pero puede que estuviera equivocado. Después de todo no haces más que repetirme que eres una mujer con mucha experiencia. En fin, la decisión es tuya.
Le regaló una sonrisa seductora, y corrió hacia la orilla del mar, lanzándose a sus relucientes aguas turquesa. Bella apretó el bikini en su mano. ¿Un espectáculo privado? Quería que se lo pusiera para él. Aunque era ridículo después de todo lo que habían hecho la noche anterior, le daba vergüenza.
En vez de cambiarse, se sentó en la estera, se rodeó las rodillas con los brazos, y esperó a que regresara. Estaba hecha un lío, y tenía la incómoda sensación de que le debía una disculpa. Edward sólo había intentado ayudar a James, igual que a toda esa gente a la que contrataba. Igual que a ella.
Cuando volvió junto a ella, al cabo de un rato, se preparó para la que sin duda sería una conversación difícil.
Edward se enjugó el agua del rostro con una mano, y se agachó para alcanzar una toalla que había dejado sobre la estera.
–¿No te queda bien?
Bella se dio cuenta de que aún tenía el bikini apretado en la mano y lo soltó.
–No lo sé. No me lo he probado. Edward, hay algo que debo decirte. Es importante.
Edward suspiró, se lió la toalla a la cintura y se sentó a su lado.
–Está bien, hablemos –dijo girándose para mirarla. Había algo tan hipnotizador en sus ojos, que a Bella le costaba respirar.
–No puedo concentrarme cuando me miras así.
–¿Cómo?
–Como si quisieras... –Bella se notó la boca seca de pronto.
Edward esbozó una sonrisa traviesa.
–Bueno, creo que anoche quedó bastante claro lo que quiero.
–¿Y no podrías sentarte un poco más lejos? –le pidió ella–. No puedo pensar cuando te tengo tan cerca.
Edward volvió a sonreír y se movió.
–¿Mejor?
–La verdad es que no –murmuró Bella apartando la vista, en un intento por resistirse a la tentación de devorarlo con los ojos.
–Bella... –lo llamó él, tomándola de la barbilla para obligarla a mirarlo.
Atrapada por sus verdes ojos, Bella sintió que se le aceleraba el pulso y que subía la temperatura de su cuerpo.
Durante un instante ninguno de los dos habló. Los ojos de Edward descendieron a los labios de Bella, se inclinó ligeramente hacia delante, como si fuera a besarla. Bella contuvo el aliento, pero Edward masculló algo en italiano y apartó la vista de ella, como si lo turbara aquella química increíble que había entre ellos.
–Bueno, ¿de qué querías hablar?
Aturdida, Bella se esforzó por concentrarse.
–Anoche te dije algunas cosas terribles respecto a James. Ahora me doy cuenta de que pensabas que estabas ayudándolo al darle ese dinero. Le diste una oportunidad, y él la rechazó.
–No trates de convertirme en un héroe, Bells –dijo él con voz áspera y una sonrisa amarga–. Le di el dinero porque lo tenía. No me supuso ningún sacrificio, y cometí un error tremendo al acceder a dárselo cuando me lo pidió. Me aseguró que iba a cambiar, que iba a dejar las drogas... y lo creí.
–James podía ser muy persuasivo –murmuró ella, obligándose a afrontar cosas que hasta entonces se había negado a ver–. Creo que es algo común a todos los adictos. Se vuelven egoístas, persuasivos, mentirosos... Hacen lo que sea para conseguir su dosis. ¿Sabes que me robaba dinero? Me negaba a darle dinero, así que lo tomaba sin decírmelo.
Desde la muerte de James había bloqueado aquello, prefiriendo recordar sólo las cosas buenas... y las cosas malas de Edward.
–Lo sé –respondió él. Las gotas de agua en sus hombros desnudos brillaban como diamantes con la luz del sol–. Ésa es otra de las razones por las que le di el dinero, porque me frustraba verte trabajar tanto para mantenerlo y que él te hiciera eso.
–Lo hiciste por mí...
–Sí. Resulta irónico, ¿no?, como aquello acabó volviéndose contra mí.
Sus ojos se oscurecieron, y Bella sintió que se derretía por dentro. Las yemas de los dedos le cosquilleaban por el deseo de tocar a Edward.
–Hora de darse un baño –dijo Edward poniéndose de pie–. ¿Vas ponerte el bikini o piensas nadar desnuda? –la provocó, agachándose para recoger el bikini de la estera–. Pensándolo mejor, creo que será mejor que te lo pongas si no quieres que se repita lo de anoche –le dijo lanzándoselo.
Bella lo atrapó, roja como una amapola.
–Pero es que no sé nadar. En el barrio donde crecí no contábamos precisamente con una piscina ni clases de natación.
–Yo te enseñaré –le dijo Edward, y salió corriendo de nuevo a zambullirse.
Esa vez Bella no vaciló. Se cambió rápidamente, antes de cambiar de opinión, y se dirigió a la orilla. La arena estaba caliente, y sintió un alivio delicioso al entrar en el agua, pero sólo se atrevió a meterse hasta las rodillas.
De pronto Edward salió de debajo del agua, fue hasta ella, y la alzó en volandas para llevarla más adentro. Bella se le agarró al cuello.
–Como me dejes caer no te lo perdonaré jamás –le advirtió.
–No voy a dejarte caer, pero no puedes aprender a nadar si no te llevo más adentro.
–Pero quiero poder hacer pie.
–Si nos quedamos donde hagas pie lo que harás será caminar, no nadar.
Sin soltarla, Edward la bajó al agua y Bella gimió asustada.
–Es muy profundo.
–Pues yo aún hago pie.
–¡Eso es porque eres más alto que yo! –le espetó ella irritada–. Lo digo en serio, Edward, si me sueltas me ahogaré.
–¿De verdad crees que dejaría que te ahogaras? –dijo él apretándola contra su cuerpo con una mirada casi feroz–. ¿De verdad crees que dejaría que te pasara algo malo si pudiera impedirlo?
Pegada como estaba a él, a Bella no le pasó desapercibido cómo afectaba su proximidad a Edward.
–¿Lo ves? –dijo él con sorna–. Ni siquiera el agua fría ayuda.
Antes de que Bella pudiera contestar, la separó de él y la hizo tumbarse boca abajo, mientras la sostenía con una mano bajo su estómago.
–No dejaré que te hundas. Ahora mueve las piernas.
Bella hizo lo que le decía, y durante la siguiente media hora, mientras él la instruía, se esforzó por concentrarse en mantenerse a flote en vez de en él.
–Prueba a soltarme –le dijo jadeante, y Edward se rió.
–Ya hace rato que te he soltado, tesoro. Estás nadando tú sola.
Bella, que no se lo esperaba, dejó de mover las piernas, y de inmediato se hundió como una piedra, tragando de paso una buena cantidad de agua. Las fuertes manos de Edward la agarraron por la cintura y la levantaron, y Bella aspiró, prorrumpiendo en toses.
–No intentes respirar bajo el agua –le dijo Edward, y ella se apartó el cabello de los ojos para mirarlo furibunda.
–Deberías haberme dicho que ibas a soltarme.
–¿Para qué? Estabas nadando sin problema. Sólo cuando te has parado a pensar en lo que te he dicho te has hundido. Tienes que tener más fe en ti misma, Bells.
La atrajo hacia sí, y Bella le rodeó la cintura con las piernas. Luego, cuando la besó suavemente en los labios, ella le respondió con tal ansia, que Edward gruñó y murmuró contra sus labios:
–Ten cuidado, o no te salvará ni toda el agua del mar.
Sorprendida por el comentario, Bella se apartó un poco para mirarlo.
–¿Por eso querías que nos metiéramos en el agua?
Edward esbozó una media sonrisa.
–Digamos que mi capacidad de autocontrol se esfuma cuando estoy contigo.
Bella deslizó los dedos por entre su cabello mojado.
–¿Estás diciendo que soy irresistible?
La mandíbula de Edward se puso tensa, como si estuviera apretando los dientes.
–Algo así. Y a menos que quieras torturarme, podías dejar de moverte.
Bella se quedó quieta, pero se moría por frotarse contra él.
–Podríamos volver a la playa... –sugirió.
–No –los labios de Edward rozaron los suyos lentamente, de un modo tentador–. Todavía no. Querías juegos preliminares, ¿no? Pues te los daré, aunque muera en el intento.
–Puede que todo eso esté sobrevalorado.
–No seas impaciente.
Edward trazó con su lengua la curva del labio inferior de Bella, y comenzó a provocarla con sensuales besos y caricias mientras le quitaba la parte superior del bikini. Bella se sentía como si estuviera ardiendo por dentro.
Incapaz de contenerse más, movió sus caderas contra las de él, arrancando un gemido de Edward, que gimió antes de deslizar las manos por su espalda. Se desviaron al llegar a la cintura, y Bella casi se desmayó de placer cuando sus hábiles dedos la tocaron entre las piernas.
–Esta vez no voy a hacerte daño –le prometió Edward, y Bella gimió desesperada.
–Si no haces algo pronto, seré yo quien te haga daño –masculló.
Edward se rió y tomó sus labios de nuevo con un beso muy explícito mientras sus dedos continuaban con aquella íntima exploración, pero Bella, demasiado excitada como para controlar sus movimientos, sacudió las caderas. No podía esperar.
Edward le quitó la parte de abajo del bikini, y Bella sintió primero el agua fría en la parte más íntima de su cuerpo, y luego a Edward, excitado y dispuesto.
Sin despegar sus labios de los de ella, le sujetó los muslos temblorosos y se introdujo lentamente entre sus pliegues. Bella gimió dentro de su boca al notar su miembro penetrándola, y trató de atraerlo más adentro, pero Edward la sostuvo con firmeza, impidiendo que se moviera.
Cuando empezó a sacudir las caderas, despacio, de un modo provocativo, como si estuviera decidido a torturarla.
Bella gimió su nombre desesperada.
–Ahora eres mía, Bella... Mía y de nadie más.
Ella iba a decirle que no quería ser de nadie más, pero justo en ese momento las manos de Edward se relajaron sobre sus caderas, dándole la libertad que ansiaba, y cerró los ojos y comenzó a moverse.
El ritmo de Edward era tan acompasado y suave que habría creído que no le costaba esfuerzo alguno controlarse si no hubiera sido porque al abrir los ojos vio lo tensas que estaban sus facciones. Lo besó con ardor, enredando su lengua con la de él.
–Edward... por favor... –suplicó contra sus labios.
¿Tan decidido estaba a demostrarle que podía mantener el control con ella? Si así era, al poco era evidente que había perdido la batalla, porque de su garganta escapó un gruñido, y comenzó a moverse más deprisa, llevándola cada vez más cerca del éxtasis. Bella no podía respirar, no podía pensar
Edward se hundió una última vez en ella, y Bella experimentó un placer tan sublime que fue como si en su mente se hubiera producido un cortocircuito.
Un profundo gemido de Edward le dijo que había alcanzado el orgasmo con ella, y juntos volaron hacia el mismo lugar.
Bella regresó gradualmente a la tierra, y apoyó la cabeza en el hombro de él, inspirando el aroma de su piel húmeda.
–Si me sueltas ahora seguro que me ahogo –le susurró.
Edward no contestó, pero un momento después la alzó en sus brazos, como si no pesara nada, y la llevó de regreso a la playa.
–No llevo puesto nada –murmuró Bella contra su cuello.
–Vete acostumbrando. Excepto en los actos públicos a los que tengamos que asistir, será así como estés todo el tiempo.
–¿Actos públicos? –repitió ella recordando la noche anterior–. Edward, no me siento cómoda con esa gente.
–Eso es porque anoche te dejé sola, pero eso no volverá a ocurrir –contestó él mientras la depositaba sobre la estera, con sus ojos fijos en los de ella–. Ahora todo es distinto. Ya no será una pantomima, no vamos a seguir actuando para la gente. Ahora seremos simplemente nosotros.
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Les pido un millón de disculpas por el retraso en la actualización. Me tome unas cortas vacaciones, lo que no me avisaron es que no tendría conexión a internet ni señal de celular. Extraño lo sé, pero que se puede hacer.
Bueno ya estamos entrando en la recta final de La Cantante y El Millonario. Sólo nos faltan nos capítulos para el final. Ya la próxima semana los estaré subiendo. Por el momento aquí les dejo la reseña de mi nueva adaptación:
Tres niños y un bebé
Reseña:
A los gemelos de ocho años de la doctora Bella Swan les encantaba alborotarlo todo. Pero cuando urdieron un plan con Anthony, el hijo del vecino, para desaparecer con un bebé que habían encontrado en el parque, fue la gota que colmó el vaso. La búsqueda de los niños hizo que la tranquila pediatra no sólo perdiera el control, sino que empezara a enamorarse de Edward Cullen, el padre divorciado de Anthony.
Quería un final feliz, pero entonces apareció la ex mujer de Cullen. Por supuesto, Bella estaba más que dispuesta a compartir a tres niños y un bebé, pero no iba a dejar que nadie más se acercara al hombre con el que pretendía casarse.
Finalmente, les quiero dar las gracias a todas mis lectoras y lectores (acabo de enterarme que tengo lectores varones) silenciosos. Y a los que me dejan reviews, gracias. Por sus follows y favorites.
Los quiero
Christianna.
