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Capítulo VIII

Sobre Una Rotunda Reconciliación

—¿Qué dirían acerca de éste? Es elegante y práctico. Además, el precio es asequible—enlistó Rio, girando el hermoso jarrón blanco de porcela y grabados florares entre sus frágiles manos. Leon admitió que la presentación y el acabado de la pieza eran exquisitos y que tal maravilla—elegida sabiamente por el gusto impecable y sofisticado de su adorada esposa—encajaría adecuadamente en el ambiente real que adoptaría a Len en las próximas semanas.

La tercera dama de la compañía agitó su cabeza.

—Tengo fundamentos para decir que el Palacio Real Japonés cuenta con una amplia y variada colección de jarros, jarrones, jarras, vasijas y demás ornamentos como para requerir otro más. Si su propósito de elaboración no puede ser consumado—objetó SeeU, deteniéndose a examinar un conjunto de portarretratos de peltre labrados con tanta habilidad y talento como el jarrón que había rechazado—, ¿con qué finalidad deberías de comprarlo? Sería inútil.

—Nos volveríamos millonarios si escribiésemos un libro sobre cómo ser padres de genios—comentó Rio suavemente, devolviendo el bellísimo jarrón de regreso al estante con el fin de evitar una discusión más profunda con su hija. Leon soltó una risa minúscula—. SeeU-chan, en verdad entiendo que encuentres el casamiento de tu hermano como un acto descuidado y sin sentido-

—Por no mencionar ridículo, inconcebible, patético, absurdo y despreciable—complementó con una absoluta seriedad.

—Pero Lenny ya ha tomado su decisión y lo mejor que podemos hacer, asumiendo nuestro papel como su familia, es respetarla.

—De tal forma, si Len hubiese tomado la decisión de suicidarse—contraatacó SeeU, manteniendo al margen su creciente indignación—, ¿también habríamos de respetarla, por tratarnos de familia?

—SeeU, eso es diferente.

—No, en esencia no lo es. La vida de Len—su futuro, en particular—está en juego en ambas circunstancias. ¿No opinas lo mismo, otoosan?

—Presumo que mi opinión no encontrará cabida entre ustedes, cariño. Prefiero ser imparcial.

—Otoosan, sé muy bien que piensas lo mismo que yo. Te conozco.

—También conoces a tu madre—replicó él—, y ella también me conoce a mí.

—Hija, por amor a todo lo bueno, lo único que estoy pidiendo de ti es aliviar el estrés y el dolor que esta inesperada situación ha propiciado en todos nosotros—habló con claridad la mujer. SeeU, viendo la difícil gentileza con la que Rio quería sobrellevar aquel desastre, decidió no reprochar de inmediato—. Si no somos capaces de cambiar la opinión de Lenny, por lo menos podemos resignarnos y llevar la fiesta en paz con él.

—Okaasan, pídeme todo menos eso—SeeU levantó uno de los marcos plateados para fotos y lo apretó en contra de su pecho—. Resignarse es sinónimo de renunciar, lo cual implica rendirse. Yo nunca me he permitido el lujo de rendirme. Los Hibiki nunca lo hemos hecho y no pretenderás que empecemos a hacerlo justo ahora—protestó la mayor de los hermanos.

—Rendirse supone torcer el brazo a la derrota durante una batalla. Aquí no había ninguna batalla que ganar para empezar—Rio observó a su hijo menor aproximándose con un manojo de toallas chiquitas y brillantes mientras que su completa atención se hincaba en el PSP que su tía Haku había desenvuelto como su regalo en su último cumpleaños—. Desde un principio, Lenny tenía planeado repeler todos nuestros esfuerzos por cancelar este compromiso. Cuando se lo propone, puede ser tan obstinado como tú. ¡Lui!—Reclamó al notar las piezas de baño extendidas en su dirección—, te pedí claramente que escogieses un juego de toallas matrimoniales. No esto.

La madre tomó las toallas disparejas y coloridas que el niño había elegido y suspiró exasperadamente. El joven rubio ni titubeó ante la reacción desfavorecida y lamentable de la mujer que le había entregado la vida. Por el contrario, al sentir que alguien retraía las toallas de su mano derecha, inmediatamente sostuvo la consola portátil y comenzó a jugar con ambos pulgares. Murmuró un tenue y sincero 'gracias', afianzándose a su política de siempre mostrar genuina gratitud a quien le concediese favores. Y, librarle del molesto peso que retenía a su mano derecha de unirse a las luchas fantásticas con las criaturas formidables de su juego había significado tanto para Lui como ser curado milagrosamente de lepra. Leon rio abiertamente mientras SeeU reprimía sus deseos de unírsele.

—¡Aish! Lui, te estoy hablando. Exigo respeto de tu parte, jovencito—Rio asió a Lui por una oreja y apartó la consola de sus manos, causando que un gemido horrendo escapase de los labios de su hijo. Él abrió sus ojos desmesuradamente cuando atisbó trágicamente cómo su personaje era asesinado durante los segundos en los que perdió el control sobre el juego.

—¡Okaasan! ¡Había trabajado muy duro para llegar hasta ahí!—Sollozó, estirando en vano sus brazos para recuperar su sagrada consola—, ¡ahora tendré que regresar al estúpido pueblo lleno de gente estúpida y necesitada de favores y hacer mi trabajo de héroe para que me entreguen la estúpida llave del estúpido templo donde acabo de ser estúpidamente asesinado!

—Por haber dicho estúpido más de tres veces en una oración, sumado al hecho de que me ignoraste cuando me dirigí hacia ti y trajiste contigo una pila de toallas que obviamente agarraste sin prestar atención—Rio escondió la consola en su cartera—, no jugarás más con esto por el resto del mes.

—¡Okaasan!

—Vamos, Lui. Yo te enseñaré el conjunto de toallas ideal para los futuros novios. Quizás tengamos éxito encontrando alguno con las incrispciones "suerte en el divorcio"—SeeU posó amablemente su mano en el hombro del menor, apartándole de su madre, a quien él veía con enorme remordimiento e inaudita súplica, y lo guio hasta la sección de vestimentas de camas y baños.

—Oneesan, ¿te he dicho que tu hostilidad espanta?—Procuró separarse de ella y determinar una distancia segura entre ambos cuerpos—, con lo linda que eres, das mucho miedo.

—Tienes suerte de no ser el motivo de mi enojo, Lui.

—Yo también he pensado lo mismo. Luego, recuerdo que yo estoy de parte del motivo de tu enojo y siento lástima por mi bienestar.

SeeU se sonrió. No había duda que aquel tenaz jovenzuelo era un foco de alegría imprescindible para su familia.

—Pequeño tonto, nunca desquitaría mi enojo contigo.

—Lo sé. Por eso eres mejor oneesan que Gala-chan. Pero no se lo digas, se pondrá celosa.

Sus padres continuaron con la labor de hallar el adorno perfecto para el nuevo hogar de Len—quien, actualmente, se hallaba deambulando con su tía Haku en busca de un regalo sencillo que presentar para la Princesa en la próxima reunión. Porque, de acuerdo a Haku, la mejor forma de alcanzar el corazón endurecido de una dama aristocrática era con detalles pequeños que guardasen grandes muestras de cariño. Len tenía varias objeciones en contra de la opinión de su tía, pero resultaba más tentador ir de compras con ella a unirse al resto de su familia y soportar el sermón interminable de SeeU.

Ninguno percibió la figura que, con las sombras a su favor, se movía de rincón en rincón y capturaba sus acciones.


Exhalando un suave suspiro de satisfacción, Galaco dejó que su cuerpo agotado se acomodara descuidadamente sobre una silla contigua al asiento largo de cuero que ocupaba Iroha. Su mejor amiga dormitaba con calma, con su pequeño cuerpo estirado con delicadeza, esforzándose por reponer las energías gastadas después de las innumerables e interminables rondas de órdenes de aquella tarde.

Un hombre flacucho y alto apareció en el área de las mesas, frotando sus manos con un trapo grisáceo mientras enseñaba una sonrisa de oreja a oreja; una de las más amplias y joviales que sus empleados pudiesen haber visto en él. Aclaró su garganta, pescando la atención del trío de meseros que encontraba demasiado inmersos en sus descansos. Iroha alzó su cabeza perezosamente, batallando por mantener sus pesados párpados abiertos, al tiempo en que Galaco se erguía. No deseaba dormirse durante el discurso de victoria, que auguraba sería largo y redudante, de su jefe Katsuo.

—Buen trabajo el día de hoy, equipo. Ha sido uno de los turnos más ajetreados que hemos tenido desde hacía bastante tiempo. Pero nuestra fuerza ha prevalecido, y por nuestra unión hemos conseguido lo que tanto ansiábamos—celebró él, sonriendo con orgullo a sus tres subordinados, quienes se hallaron muy aturdidos por el ruido y demasiado cansados por el trabajo entregado como para unirse a su canto de triunfo. La emoción carcomía a Katsuo, por lo que no había dejado de halagarse internamente por el alto rango de ventas que sus nuevas creaciones habían alcanzado. Pronto se encontró corto de palabras que manifestaran su inmenso orgullo. En este punto fue que Yuu, el sofisticado rubio de ojos claros que comandaba a Galaco y a Iroha en el servicio de limpieza de las mesas, contempló:

—Me parece que nuestro éxito de hoy se debe al escandaloso matrimonio del hermano de cierta persona con, nada más y nada menos, que la mismísima e inigualable Rinko Naishinnō—apuntó con una pizca de mofa, curvando sus labios en una sonrisa perspicaz.

—Por favor, no. Hablar de eso es lo que menos quiero, preferiblemente por el resto de mi existencia—suplicó suavemente, reclinándose sobre el respaldar de la silla—. Hoy quince de nuestros clientes frecuentes me felicitaron por el matrimonio de mi oniisan con Rinko Naishinnō… No acababan de repetir cuán emocionante será la ceremonia cuando yo intervenía para decirles que habían más personas esperando en la fila.

—Ahora que lo mencionas—interrumpió Katsuo, tornándose a verles de frente. Arrastró una silla y se acomodó a un lado de Galaco—. Tendrás que compartir detalles sobre esa fatua ceremonia luego de que acontezca, Galaco, ya que será tan exclusiva. Oí que solamente asistirán familiares cercanos de los novios.

—¿Por qué Iroha fue incluida en el paquete, entonces?—Hizo Yuu su interjección—. La última vez que revisé, ella no tenía vínculos sanguíneos ni políticos con los Hibiki.

—Porque Iro-chan es como una hermana adoptiva para todos nosotros. Es una tercera hija para otoosan y okaasan… Len oniisan convenció a Sus Majestades de permitirle asistir, como única excepción a la regla, porque ella había crecido como una Hibiki. Fue difícil para oniisan, pues son tan estrictos con sus normas, pero lo consiguió.

—De todas formas no parece justo.

—Solo estás celoso, Yuu-kun, porque fui invitada la boda del siglo y tú no—objetó Iroha, riéndose—. Pero, hablando en serio, nunca podría perderme la boda de Lenny-nii. Sería imperdonable. Más aún sabiendo que Gala-chan y SeeU-nee están presentes con el riesgo de sufrir de un derrame cerebral—repitió Iroha, asintiendo varias veces. Galaco dirigió un vistazo al exterior del local y notó el tenue brillo de las luceras en el cielo.

—Creo que ya podemos cerrar, aunque falten diez minutos antes de la hora. No hay más clientes por aquí cerca, así que…—propuso Katsuo y nadie se opuso a su sugerencia. La jornada de trabajo había sido exigente y extenuante, y la voluntad colectiva era la de marcharse a casa—. Yuu y Galaco, ustedes encárguense de cerrar la caja, subir las sillas sobre las mesas y limpiar el piso. Iroha, tú y yo nos haremos cargo de la cocina y el almacén.

La aludida se acercó a su jefe y ambos se perdieron detrás de la puerta de la cocina, dando inicio a la sesión de arreglo nocturno. Yuu pidió a Galaco adelantar el trabajo de acomodar las sillas mientras él se encaminaba hacia el armario de limpieza para proveerse de las herramientas necesarias. Galaco se encontraba, pues, alzando el respaldar de una silla cuando la campanilla sobre la puerta tintineó.

—¿Puede ser que ya esté cerrado?—Dijo el cliente que recién se había adentrado en el local. Galaco se detuvo a examinarlo detenidamente, curiosa por saber quién andaba por esos lares a tales horas. Vestía una gabardina pesada y negra, unos pantalones de vestir grises y un par de zapatos azabaches, impecables y relucientes. Era atípico observar a un ejecutivo de clase tan fina—porque tenía aires de ser más que importante—deteniéndose en aquel sencillo local, alejado de los centros urbanos y de las importantes oficinas, en medio de la noche—. Lamento si estoy generando algún tipo de disturbio, pero afuera no hay ningún aviso que indique que está cerrado. Aunque, viéndole recogiendo de esa manera, entiendo que debería marcharme, lo siento.

La joven se quedó callada por unos segundos más, con sus ojos ámbares clavados en la figura inmóvil del sujeto, ocasionándole cierta incomodidad. Antes de que el silencio se prolongase más, el cliente tosió adrede, llamando a la ida Galaco de regreso a la realidad. Obviamente él esperaba una confirmación o un rechazo. Ella agitó su cabeza impacientemente, tal cual estuviese ahuyentando la pereza después de despertar de un plácido sueño, y se inclinó, avergonzada por su despiste.

—Perdóneme, no quise mostrarme grosera... Aún quedan unos cuantos minutos antes de que sea la hora de cerrar. P-Puedo prepararle algo de inmediato—contestó súbitamente la muchacha, colocando la silla sobre el piso de nuevo, encaminándose después hacia la caja con una amigable sonrisa. Él asintió y le siguió—. Muy bien, ¿qué le apetecería llevar? Por recomendación de la casa, yo diría que debería de probar nuestro nuevo mocaccino con-

—Me llevaré un espresso doble, por favor—intervino él, con su rostro sereno y apaciguado, y su voz evidenciando lo agotado que se encontraba como para más discusiones. Enseñó una sonrisa con rastros de forcejeo; sus labios parecían demasiado cansados como para sostener la curvatura adecuadamente. Sus orbes dorados, por otro lado, titilaban con un misterioso resplandor que perturbaba a la intuitiva Galaco. Ella registró lentamente el pedido en la caja, cerró la venta al recibir el pago y procedió a preparar la orden.

Mientras Galaco, perdida en sus pensamientos sobre las peculiaridades de su inusual cliente, extraía de la cafetera expresa la muestra que le daría, su interlocutor aprovechó de asaltarle con una pregunta de las más extrañas para iniciar una conversación:

—¿Cómo es tu familia, pequeña?

La joven acabó de servir el expreso en el envase de cartón y limpió las gotas de café hirviendo que había desparramado sobre su mano al oír aquella inquisición. Sus cejas se juntaron con fuerza cuando soplaba sutilmente sobre su piel quemada. Ella se contuvo de responder con ironía, ya que no era correcto dirigirse a los clientes sin formalidades y cortesía, por más inesperadas que resultasen sus actitudes. Optó por aprovechar el instante en el que sellaba el envase para tratar de tranquilizar su agitación mientras su cerebro producía una respuesta apropiada.

"No entres en pánico, Galaco. Con suerte, no se tratará de algún criminal/acosador/asesino en serie."

—¿Disculpe? Me parece que a usted no le incumbe saber sobre ello—contestó educadamente, agachándose para extraer unas servilletas del dispensador debajo del mesón. El otro permaneció en silencio unos momentos, con aquel rostro cogitabundo que exasperaba a la ansiosa Galaco, y terminó diciendo:

—Simple curiosidad. Pensaba que debes de tener padres bastante liberales. Si fuesen sobreprotectores, jamás dejarían que una chica tan joven e indefensa trabajase hasta estas horas de la noche en un café lounge en el centro de Kōtō—explayó. Galaco se dio la vuelta y arqueó sus cejas, desconcertada. Extendió la bebida hacia su dueño, esperando que éste se marchase rápidamente para poder cerrar e irse a casa. Él examinó su compra escépticamente, evaluando hasta el más mínimo detalle de la presentación, y, al cabo de unos segundos que enervaron más a Galaco, la recibió con satisfacción. Ella había superado sus expectativas.

"Muchos psicópatas son perfeccionistas."

Tsk, Galaco apretó la costura de su falda antes de comenzar a rezar, mal momento para recordar uno de los datos curiosos de Len.

—Mis padres son lo suficientemente precavidos—retomó la discusión Galaco, aún agobiada por el comentario del sujeto y por el súbito e inoportuno recuerdo que floreció en su mente—. Solo me conceden ciertas libertades, ésas que me ayudarán a aprender y mejorar como persona. Ellos saben que estaré bien, después de todo, sé cómo cuidarme a mí misma… Mi familia es perfecta tal como es. Saben darme mi espacio.

—Galaco, Iroha necesita ayuda con-¡Oh! Un cliente, buenas noches—se cortó Yuu, apareciendo con una escoba, una pala y un trapeador entre sus brazos. Les dejó contra la pared y realizó una reverencia ante el molesto cliente, quien se había irritado por la interrupción—. Entonces, seré yo quien le ayude. Con permiso, que disfrute su pedido.

El extraño se regresó a Galaco, nuevamente interesado. Tan pronto como apareció, se esfuma mi esperanza der ser salvada.

—¿Qué hay sobre tus hermanos?—Insistió, probando un trago del amargo expreso. Galaco percibió en él una pizca de astucia, un determinado resplandor engañoso en su mirada, como si hubiese estado esperando que la conversación se desviase hasta aquella abertura—. ¿Acaso tienes hermanos mayores o menores? ¿Cómo son ellos?

—Con el debido respeto, señor, pero no encuentro razón coherente en ninguna de sus preguntas. ¿Qué tiene de especial saber sobre mi familia?

—Tu apellido es Hibiki, por lo que puedo ver en la identificación de tu uniforme. ¿No es ése, precisamente, el apellido del prometido de Rinko Naishinnō?—Galaco rodó sus ojos y suspiró pesadamente, entendiendo lo que el otro quería: un chisme más que contar. Le había subestimado por su apariencia discreta y refinada. Un chismoso era mejor que un psicópata, por lo menos—. Es intrigante. Me preguntaba cómo era la relación de Len Hibiki con sus hermanos y sus padres… La noticia ha sido una bomba en todo Japón. Ha debido de ser difícil para ustedes acarrear con el peso de los medios. Por ello consigo fascinante que te permitan salir de noche, con todos esos reporteros acosadores pisándote los talones por obtener información fresca. Son como animales cazando alimento.

—Estamos bien. Y, yo no culpo completamente a los periodistas… Después de todo, es su trabajo. Y, como usted sabrá, quien quiera comer, que trabaje. Quedará en sus conciencias que tanta deshonra decidan darle a sus trabajos al realizarlo—concluyó Galaco, decidiendo que sería prudente dejar la conversación hasta ese punto. El sujeto de traje introdujo una mano en su gabardina y extrajo de ella una tarjetita blanca. Galaco se paralizó.

—Tengo entendido que mañana, a solo dos días de la boda, será el primer ensayo. Necesito dos favores de su parte, señorita Hibiki. El primero es el siguiente...—Se inclinó hasta tomar el portafolios que descansaba de pie, en el piso, y lo levantó hasta posarlo sobre el mostrador. Buscó un sobre anaranjado, pequeño y oloroso a mandarinas, y lo colocó delante de la intrigada mitad rubia-mitad castaña—. Entréguele esto a Nariko. Supongo que Rinko estará demasiado ocupada ese día, así que déselo a ella. Lo segundo es un recado para su hermano…—Él soportó su peso sobre el mostrador, susurrando:— Alea iacta est. Eso es todo. Nos veremos después, Galaco.

Y, antes de que ella pudiese preguntar de qué rayos se trataba todo aquel complot, el hombre se había retirado del café, dejando a un lado del sobre naranja aquella tarjetita blanca que había sacado de su abrigo. Una estela de interrogantes quedó como rastro tras su partida.

¿Quién era aquel hombre? ¿Qué pretendía? ¿Cómo sabía su nombre?

Leyendo la tarjeta de presentación, Galaco sintió que su respiración se cortaba.

Rei Kagene.

—¿Aún está abierto?—Habló una voz dulce y conocida desde la entrada. Sus ojos se levantaron hasta posarse en la figura de su hermana mayor, quien traía en sus manos un paquete de envolturas con taiyaki—. Iba camino a la estación cuando vi las luces encendidas. Regresemos juntas a casa.

—¡O-O-Oneesan! ¡Nunca creerás lo que sucedió!


—Entonces, Kagene-san apareció de la nada y… me dijo… me dijo que te dijera… ¡Agh! ¿Cómo era? Sé que estaba en otro idioma—se reprochó Galaco mientras andaba de un lado al otro en el salón de su departamento, golpeando su cabeza para disipar los nubarrones de pánico formados en su mente. Len y SeeU esperaron pacientemente a que se tranquilizara y comenzara a pensar con claridad—. ¡No puedo recordarlo! ¡Oniisan, estoy frustrada y asustada por culpa de ese sujeto! Primero Iro-chan se topa con él, ¡y ahora esto!

—A ver, Gala-chan, relájate—SeeU habló primero, recuperando su amable comprensión de hermana mayor, indicándole que se acercara—. Ven, recuéstate a mi lado. Cierra los ojos y concéntrate en los sonidos. Están almacenados en tu memoria, solo necesitas desbloquearlos. Intentemos esto…—El dedo índice de SeeU viajó hasta la palma de la mano de su hermana, quien trataba de respirar armoniosamente, y trazó varias líneas sobre ésta. Aquélla era una técnica que habían aprendido durante las primeras terapias con Piko, un ejercicio que ayudaba a recordar palabras a través del tacto

—Visualiza la escena, Gala-chan—murmuró Len a su lado, frotando horizontalmente su frente y luego dirigiéndose a acariciar sus orejas—. Te encuentras en el café, a unos cuantos minutos después del atardecer y Katsuo les ordenó cerrar. Llega Rei Kagene y le atiendes. Comienzan a conversar…

—"A"—murmuró la mayor, repentinamente, cerca de su oído—. ¿Estaba 'a' entre los últimos sonidos de la plática? ¿Puedes ver al águila, Gala-chan?

—Sí—respondió tras una pausa, enfocándose en reconstruir los fragmentos traviesos que flotaban alrededor de sus lagunas mentales—, la escuché… sí, la escuché…

Para memorizar la correcta pronunciación de las letras y aprender su orden dentro del abecedario, sus hermanos le habían enseñado a asociarlas con imágenes de animales. Una vez que Galaco había aprendido a qué animal le correspondía cada letra, compusieron una canción para darles una secuencia. Ella era buena recordando ritmos, figuras y colores; además de que en aquella época soñaba con ser veterinaria, por lo que aquel conjunto de motivaciones particulares había resultado en un esfuerzo fructífero.

—¿Cuántas veces viste la imagen del águila?

—Cuatro—aseguró, aferrándose a las manos de SeeU. Ésta acarició su rostro, invitándole con algo gesto a liberar la tensión de sus músculos—. Hay cuatro de ellas, así que fueron cuatro veces. Eran tres palabras, puesto que hizo énfasis distintos en tres ocasiones…

—Está bien. ¿Qué hay sobre la letra 'b'?—Galaco negó un par de veces, sin hallar algo parecido a una ballena en las imágenes dispersas. Podía oír la voz de Rei repitiendo sonidos al azar en lo más hondo de su memoria, y no diferenciar perfectamente cada sílaba le exasperaba. Len movió el lápiz hasta su frente, pensando—, ¿qué hay sobre la 'c'?

—Dos veces, en la segunda y tercera palabra—Galaco mordió sus labios y SeeU asintió mientras Len anotaba las pistas que tenían—. Y la 'e' también, en la primera palabra, antes de la segunda 'a', y en la tercera… También estaba la 't', dos veces… Y… Ah… Se está formando un remolino.

—Respira y organiza tus ideas antes de precipitarte—le frenó SeeU—. No queremos que pierdas el hilo de los recuerdos, Gala-chan. Tampoco queremos causarte una jaqueca. Por ello te pedí que te relajaras; no te sobreesfuerces. Sabes que esta clase de maniobra psicológica solo funciona estando en calma. Ahora, ¿qué es lo que ves?

Ella arrugó la nariz.

—¿Entiendes el orden de las imágenes ahora, Gala-chan?—Acertó Len y ella afirmó, consiguiendo descubrir la secuencia que su memoria no quería prestar anteriormente. Parecía una cinta de una película—. ¿Qué puedes ver?

—Un águila, un león, un erizo, un águila… Alto, hay un espacio en negro. Una iguana, un águila, un cuervo, una tortuga, un águila. Alto. Un erizo, un salmón y una tortuga—dictó, perdiendo el aliento. Atrapó la muñeca de SeeU mientras se erguía, acalorada—. ¿Qué significa, oniisan?

Alea iacta est—él se puso de pie, frunciendo su ceño al notar la conexión de las palabras. Galaco parpadeó, confundida por la repentina expresión desconfiada de su hermano, y se tornó a SeeU, quien se mostraba tan seria y perturbada como él. Ella, por el contrario, no tenía ni la más mínima idea de qué significaba aquello.

—¿De qué trata?

—La suerte está echada. Es eso… ¿una advertencia?

—Siempre supe que este compromiso solo traería desgracias.


—¿Por qué Hōryū-ji, Nariko?—Preguntó Rinko. Su hermana enterró sus uñas en los brazos de su asiento, incómoda y mareada, y entreabrió sus labios para hablar. Su cara estaba pálida y deformada, y parecía que vomitaría en cualquier instante. Rinko se inclinó y escondió la cabeza de Neru en su hombro, sabiendo cómo le afectaba el estruendoso rugido del jet aterrizando. Pronto se escuchó la voz de la tripulación anunciando la llegada exitosa a la pista del Aeropuerto Itami, en Osaka.

Luka fue la primera en ponerse de pie cuando el piloto concedió el permiso de moverse dentro de la cabina. Ia y Yukari le imitaron, descendiendo junto a Misha y Mirai para preparar el traslado de Sus Majestades desde Itami hasta la Estación Ōji, donde seguirían la ruta de autobuses hasta el famoso templo Hōryū-ji. Cul reunió las maletas de mano que transportaban las Princesas y las entregó a dos hombres que viajarían en otro auto, escoltándoles. Luka enteró a Rinko y Nariko el itinerario del día.

—Haremos una visita rápida al templo, principalmente para que Sus Majestades observen y se familiaricen con los alrededores. Luego, Rinko Naishinnō y Nariko Naishinnō serán conducidas hasta el edificio principal del Hotel Nara, donde tendrá lugar la junta con Oliver-san y con Gackupo-san antes del almuerzo, y volverán al templo para tener una audiencia con uno de los monjes más ilustres del monasterio, Tonio-san, quien ha accedido a platicar con Nariko Naishinnō. Al anochecer, asistirán a una cena con el Gobernador y su familia. Mañana visitarán Hokki-ji y Hōrin-ji, almorzarán con unos miembros de la Dieta a las dos en punto y posteriormente se les dará un recorrido por la capital. Tennō Heika ha sugerido que vayan a los templos Kōfuku-ji y Tōdai-ji, y al Parque Nara, que se encuentran a pocos minutos del hotel. Es conveniente que se mezclen más con el público, así que se ha planeado avisar por televisión su visita a los dos últimos templos…

—Después de lo sucedido—se alteró Neru momentáneamente, otorgándole una mirada apagada a Luka—, ¿por qué darían tal noticia al público?

—Es una estrategia, Nariko Naishinnō—aclaró Luka—. La Agencia ha determinado que la mejor forma de combatir el pánico popular es mostrando seguridad y confianza. Dar por sentado que la Familia Real no tiene miedo, por lo que ellos tampoco deben de tenerlo.

—Pero tenemos miedo—aseguró la menor—. ¿Es indispensable que asistamos a tales lugares...?

Neru soltó un hipido.

—Lo lamento, pero no podemos cambiar la agenda. Y no debe preocuparse, Nariko Naishinnō. Hemos planificado hasta el más insignificante detalle. No corren ni correrán algún peligro.

—Es verdad. Lo siento, Luka. Me he portado como una ingrata e impertinente.

—No hay necesidad de disculparse.

—Hablado de la agenda—intervino Rinko, tratando de desviar el tema—. Me has agotado con su mera lectura. ¿Nunca han pensando en incluir visitas a centro de relajación?—Musitó Rinko, hundiéndose en su asiento con aquellos ojos de cordero sacrificado, lamentándose la fortuna tan desdichada con la que ambas eran acogidas en aquel presunto apartamiento de la vida agitada del Palacio. Nariko, en cambio, decidió asentir a todo lo que dijera Luka, intentando mostrar un entusiasmo que su semblante magullado negaba a gritos.

—Seguidamente a la visita de los templos, arribarán en el Aeropuerto Internacional Kansai, a las seis, y tomarán el vuelo a Tokio de las nueve de la noche, en la primera clase de la aerolínea Ha-

—Aguarda un momento, Luka—habló Rinko, recelosa y descontenta, irguiéndose en su asiento—. ¿Por qué no podremos regresar en un vuelo privado?

—Tennō Heika nos lo ha encomendado así. Hemos sido informados de que volará a Hong Kong mañana a primera hora del día. Los agentes chinos que trataron el caso de Nobuhito-sama le han citado urgentemente. Hicieron una llamada ayer, cerca de las tres de la tarde, a la oficina de la Agencia—un reflujo ácido quemó la garganta de Nariko apenas escuchó el nombre de su gemelo. Por consiguiente, terminó marchándose con Cul al instante en que Luka alargó la historia, huyendo rápidamente de la agónica realidad. Una vez a solas, Rinko explotó.

—¿Y los parlamentarios han cedido, sin una previa discusión? ¡Qué ridiculez! Podría tratarse de otra celada contra la Familia Imperial, contra el ya herido corazón de Japón. Ahí no tendrán la potestad para armar la defensa a nuestro favor. ¿Por qué han accedido a que hahaoya asista a semejante entrevista? ¿Qué detiene a esos detectives de presentarse en persona en el Palacio? ¡Ah! ¿Qué estaba pensando Haiiro-san al programar tal encuentro?

—Rinko Naishinnō, deténgase. Sus quejas no resolverán nada. Solo malgastan su saliva y su energía—la rubia gruñó y Luka le ayudó a levantarse, con aquel aire sereno e imperturbable que solía mostrar en presencia de Rin—. No cuestione las decisiones de los mayores, Rinko Naishinnō, mucho menos las de Tennō Heika. Si le causa disgusto tal concilio, piense en algo placentero. Puede detenerse a recapacitar en su matrimonio y su futura coronación, por ejemplo. Eso le ayudará a olvidar, le mantendrá distraída.

—¿Cómo podría ser eso placentero?


—Iroha, en verdad te agradezco que te hayas ofrecido a acompañarme—aseguró Len, guiando a la bajita adolescente a través de las escaleras metálicas que conducían a una avenida concurrida y abarrotada de empresarios. La joven, asida a la chaqueta del mayor con el fin de no extraviarse entre aquella multitud de pasajeros que se desplegaban como moscas por la calle al salir del metro, sonrió inocentemente.

—Está bien, oniisan. Quiero reponer el pañuelo que la señorita que acompañaba a Kagene-san me prestó la vez en la que me los topé en la calle… Además, tenía mucha curiosidad. He oído que las instalaciones de la sede principal del bufete de abogados Kagene son increíbles. Las fotos que han publicado en Tokyo Magazine son fabulosas. Pero, ya sabes, no perdonan las visitas sin justificaciones… Son muy estrictos cuando se trata de la seguridad.

—"La disciplina es la parte más importante del éxito". Ése es uno de los pensamientos que rigen la visión de la firma... Es comprensible que tomen previsiones. Siendo uno de los bufetes más destacados y reconocidos en gran parte de Asia y Europa, representa un objetivo bastante significativo para ataques. Ya ves, lo que pasó con el Príncipe solo ha agraviado nuestra rivalidad con otros países. Hay temor y vulnerabilidad.

Los dos saludaron a los vigilantes quienes, inexpresivos como piedras, les revisaron severamente de pies a cabezas. Len haló una de las puertas de vidrios oscuros que constituían la entrada de aquel rascacielos con el apellido Kagene coronando, como laurel de victoria, la cima del edificio. Unos cuantos hombres en trajes transitaban a sus costados, de adentro hacia afuera y viceversa, con sus manos ocupadas por folios y carpetas, tazas de café y teléfonos inteligentes vibrando frenéticamente. Iroha pareció desubicarse en aquel universo ajeno, plagado de rutinarios oficinistas y ocupados ejecutivos, todos pintados en óleos blancos, negros y grises dentro de aquel monótono lienzo.

Atravesaron el descomunal vestíbulo moderno, que era, literalmente, tres veces más grande que el apartamento de la familia Hibiki. Cuando Iroha era una niña, tenía la mala costumbre de doblar el cuello y observar el piso alrededor de sus pies mientras caminaba, siempre alegando que las criaturas microscópicas (que obviamente no podía ver) eran más divertidas que los humanos en sí. Ahora, después de casi siete años de haber superado aquel vicio, lo volvía a retomar. Iroha jamás había visto un horizonte tan deslumbrante como aquel mar crema marfil lustrado que se extendía debajo de sus zapatillas marrones. El mármol quedaba bañado exquisitamente por la poderosa luz blanca de las lámparas que caían como cascadas cuadrangulares del techo. Habían plantas y arbustos a los costados de las paredes, rodeadas por cómodos muebles minimalistas, donde, actualmente, descansaban posibles clientes de la empresa. Era un ambiente vivo y resplandeciente, contrastante con los aburridos actores que predominaban en escena.

—Buenas tardes. Bienvenidos sean a la Firma Internacional de Abogados Kagene. ¿En qué puedo ayudarles?—Les recibió una mujer que rondaría los veintiocho años, de cabellos grisáceos y ojos claros y pasivos, sentada detrás de un escritorio casi tan alto como Iroha. Utilizaba unos lentes pequeños, rectangulares y de montura delgada, además de un modesto foulard lila en su cuello. El resto de su atuendo era igual al de los demás: más blanco y negro.

—Queremos saber dónde podemos encontrar a Rei Kagene—contestó directamente Len, conservando su porte amable y diplomático, mientras Iroha se paraba de puntillas y ojeaba los papeles y las notas que la mujer tenía sobre su escritorio. Una agenda abierta convenientemente capturó su interés.

—¿Tienen una cita programa? De lo contrario, Kagene-san no podrá atenderles. Su agenda está abarrotada con pendientes, por lo que ser recibido sin previo aviso es un privilegio que nadie goza—replicó la dama, cerrando de golpe su libreta al percibir la mirada de Iroha inmiscuyéndose en asuntos privados. La chica sonrió, apenada—. Si desean planificar una junta con Kagene-san, les sugiero que hablen directamente con su asistente o rellenen este formulario. Aunque no garantizo que pueda recibirles. De acuerdo a la tipología y la prontitud de su caso, podríamos asignar a otro abogado adecuado.

—No estamos aquí porque requiramos de sus servicios, señorita Sekka—respondió el rubio, impasible, leyendo la identificación de la dama—. Solo necesito dejarle un recado. ¿Podría dárselo usted?

—¿Uh? Por supuesto—ella retiró de su nariz y limpió cuidadosamente sus lentes con un pañito rosado—. Si me da su nombre, puedo pasárselo cuando Kagene-san regrese y decida tomar su hora de almuerzo.

—¡Ah! ¿También podría entregarle esto de mi parte?—Iroha exhibió el pañuelo impecable, cuidadosamente doblado, en frente de la mujer—, dígale que le agradezco su ayuda.

Los dedos de Len tomaron la extravagante pluma morada que la recepcionista le ofreció, apoyaron su punta plateada contra un retazo de papel blanco y sobre ella dibujaron clásicas curvas latinas, de lectura incomprensible para la nipona. Len dio el papel a Yufu Sekka y llamó a Iroha, quien tenía su mirada sobre una pareja que se dirigía hacia los elevadores, y ambos se regresaron a la salida.

—¿Quiénes eran esas personas, Iro-chan?

—El hombre se llama Bruno y solía salir con mi mamá. Trabajaba en la compañía tecnológica Zero, pero tuvo problemas con su jefe y presentó una demanda en contra de la empresa. Okaasan dice que es un narcisista—explicó Iroha y Len asintió, lanzándole una mirada fugaz—. La mujer, por otro lado, me parece que es su asistente. Su nombre, si no me equivoco, es Clara… Me parece que ella es prima segunda o tercera del padre de Rei.

Salían de la lujosa fortaleza Kagene cuando el celular de Len comenzó a vibrar dentro de su pantalón. Mientras él se desolaba para contestarlo, Iroha permaneció en la cima de las escaleras, admirando el vaivén de las masas en aquella poblada avenida de Minato, esperando a que Len acabara la llamada. En el instante en que le escuchó jadear por la sorpresa, se regresó, perdiendo la oportunidad de apreciar cómo un modesto Chevrolet Cruze negro se estacionaba en frente del imponente rascacielos. Rei Kagene abrió la puerta del piloto, recogiendo su saco y su móvil antes de bajar, y fue emboscado por dos hombres que habían descendido de la cabina de pasajeros. Los susodichos repetían con afán los pendientes que debía de atender con urgencia. Una mujer bajó del lugar de copiloto con cuatro cafés balanceándose peligrosamente entre sus brazos y las llaves del auto colgando de sus dedos. Resolvió aventárselas gentilmente al guardia designado a estacionar los carros de las figuras más importantes de aquel estado jurídico antes de trotar para alcanzar el paso de su indolente jefe.

Rei y su insistente comitiva pasaron por un lado del escritorio principal, donde la educada secretaria les recibió con una sonrisa afable y respetuosa. Rei devolvió el saludo con prisa y sin profunda emoción. Antes de que pudiesen alejarse, ella recordó la espontánea visita de Len Hibiki, encabezado de los numerosos titulares recientes, y llamó repetidamente al reconocido pelinegro, quien decidió enviar a su desdichada asistente a recoger los mensajes que tuviese la recepcionista mientras él proseguía hacia los ascensores.

—Kagene-sama, su padre desea discutir lo más pronto posible los próximos movimientos de la campaña electoral—recordó uno de los hombres con un tono suplicante, a lo que Rei suspiró pesadamente, asintiendo. Continuaba leyendo los informes que tenía entre sus manos del siguiente caso, memorizando fácilmente datos cruciales y claves, cuando su asistente les alcanzó en el elevador. Sintiendo el fuerte perfume de la dama, sin apartar su mirada de los registros en sus manos, preguntó:

—¿Qué hay de nuevo para mí?

—Nada fuera de lo común, señor. Un regalo de agradecimiento de la viuda Kagamine, unos documentos de su abuelo, unos recados de su esposa—Rei apretó los papeles en sus manos y frunció el ceño—, un mensaje de un tal Len Hibiki y una invitación para la recepción del-

—Espera, ¿qué? ¿Un mensaje de quién?—Rei subió la cabeza al instante en que las puertas metálicas de la cabina comenzaban a cerrarse. Sus ojos, a los lejos, divisaron aquella melena rubia que había estado apareciendo en las primeras planas de los periódicos los últimos tres días. Incrédulo, se tornó hacia su asistente—. ¿Has dicho Len Hibiki?

—Sí. Um… Perdóneme, pero no sé muy bien en qué idioma está esto, señor. No es inglés ni japonés, por lo que desconozco la lengua—la mujer le enseñó el papelito que Yufu le había dado y Rei, intrigado, lo tomó y lo leyó.

"Aequam memento rebus in arduis servare mentem",

Audentes fortuna iuvat.

—Recuerda mantener la mente serena en los momentos más difíciles... A los audaces, la fortuna les ayuda. ¿A quién te refieres con este mensaje, Hibiki?


Rinko movió sus pies, con una desgana rígidamente escondida debajo de sus delicados modales, y sacudió la tierra que cubría las escaleras puntiagudas delante de las que se había detenido, único tipo de asiento libre alrededor de la pagoda de cinco pisos del templo. Desgastada ya por el recorrido que le habían ofrecido mientras su hermana tenía su sesión espiritual con el monje budista como guía, decidió despojarse de su elegante y clásico saco estilo Chanel, para colocarlo sobre la piedra y quedarse únicamente con su fresca blusa blanca y su falda lápiz color crema.

Se sintió en la gloria cuando consiguió que sus agonizantes pies dejasen de cargar con su peso encima de aquellas torturantes zapatillas de tacón que Luka había elegido. Sus damas-guardaespaldas se encontraban buscando una bebida para saciar su sed mientras Luka se despedía del trabajador del templo que les había dado el tour por cada rincón del Sai-in y el To-in, las alas principales, señalando hasta el detalle más insignificante sobre su estructura arquitectónica y su relación con antiguas técnicas coreanas y chinas, y el significado que el Príncipe Shotoku, fundador del proyecto de construcción de aquel templo, daba a cada esquina.

—Rinko Naishinnō, aquí tiene—Ia apareció a su lado, sobresaltándole momentáneamente, y le entregó una botella de agua fría. La rubia le agradeció calladamente y destapó lentamente el envase. Sin embargo, antes de que pudiese acercarlo a sus labios y beber de su fresca exquisitez, encontró a Yukari a unos cinco metros de ella hablando con una joven que competiría con su edad, castaña, de facciones finas y sonrisa resplandeciente.

—¿Quién es ésa?

—Nos ha estado siguiendo desde hace unos minutos. Es una turista, Su Majestad, que desea conocerle. Pero no se preocupe, Yukari está persuadiéndole para que se marche. Si le desagrada su presencia, podemos llamar a seguridad para que se la lleven en seguida—sugirió la dama de uniforme, consiguiendo que Rinko arrugase la frente y negase un par de veces con la cabeza, sorprendiendo totalmente a su interlocutora.

—Déjala acercarse. Me encuentro muy aburrida sin Nariko cerca, así que hablar con ella podría resultar entretenido—Ia permaneció en silencio, asombrada por la flexibilidad tan inusual de la Princesa—. ¿Qué esperas, Ia? Puedes ir a buscarle, ella no vendrá sola. Deberías de ser capaz de inferir mi indisposición para caminar después del recorrido que hemos dado.

—¡A-Ah! Claro, en seguida, Su Majestad.

Rinko delineaba suaves garabatos, gracias a la punta afilada de sus tacones, con los granitos de tierra esparcidos en torno a las escaleras de piedra donde se sentaba cuando fue emboscada por una cantarina y electrizante tonalidad, tan jovial que contagiaba ánimo y una sensación de lozanía. Una silueta larga e infinita se estiró sobre ella, encapotando sus indefinidas formas y obstruyendo su visión clara, y Rinko se vio en la necesidad de subir su cabeza para enfrentarse a la fuente desconocida de aquel eclipse artificial.

—Es un privilegio poder conocer a la Princesa Imperial de Japón—habló la joven de cabellos marrones, posicionándose delante de ella con una esplendorosa expresión de alegría. Era evidente que se trataba de una muchacha optimista, llena de vida y fortaleza, de espíritu libre y sincero. Libre…—Mi nombre es Ling. Ling Kiyoteru. Es un placer, Rinko Naishinnō.

—El placer es todo mío, Ling—respondió cortésmente, como dictan las normas de ética, aunque sutilmente distante—. ¿Acaso eres extranjera? Tu apellido es japonés, pero tu nombre suena foráneo. ¿Te agradaría enterarme del secreto detrás de ello?

—¡Oh! En verdad no es nada cercano a un secreto—rio con emoción la chica—. Para resumir las crónicas que llevaron a la elección de mi nombre, si me permite llamarles así, mis padres quisieron que lo tuviera en honor a una buena señora que acogió a mi madre en China hace mucho tiempo atrás. Mis padres son japoneses, de hecho, pero por cuestiones personales tuvieron que mudarse fuera del país. Yo también tengo nacionalidad japonesa.

Rinko asintió, sin saber qué añadir. No era común para ella interactuar con personas fuera de la corte y de la servidumbre, mucho menos con personas de su edad, por lo tanto, encontró las mejores respuestas en su prudente silencio. Aquel silencio que la gran mayoría consideraba como la prueba irrefutable de su frivolidad e indiferencia.

Viendo que la Princesa en su estado de incapacidad para socializar abiertamente, Ling decidió darle una mano para probarle.

—¡Ah! Antes de que lo olvide, Su Majestad, me gustaría felicitarle. Usted sabe, por su compromiso y su futura coronación como Emperatriz de Japón. Ha de sentirse realmente dichosa por ser una de las pocas mujeres en la historia de la Familia Imperial que alcanza ese prestigioso título—apuntó al anillo que Rinko, por obligación, llevaba en el dedo anular de su mano izquierda y sonrió ampliamente—. Debe de estar muy feliz, ¿no es cierto?

—¿Debería, no es así? Soy… afortunada—reiteró amargamente.

—¡Sí! Su futuro esposo, si me permite decirlo sin considerarme una insolente, es como la Octava Maravilla del Mundo Moderno—respondió amistosamente y no pudo evitar reírse de su propio chiste—. He oído bastante sobre él, sobre lo talentoso, dedicado y bueno que es. Es un partido prometedor para la Princesa.

—Cuéntame algo que no sepa ya—susurró ella, apuntando su mirada anhelante y distraída en las escurridizas aves que danzaban con el viento, que bailaban sin ataduras ni esclavitudes. Rinko suspiró.

—En mi opinión, Rinko Naishinnō, él y usted harán una linda pareja. Serán el sueño de muchos—comentó amablemente. Rin apretó los puños sobre su regazo y negó, disgustada por la idea—. ¿Acaso no le simpatiza su prometido?

—¿Puedo contarte un secreto?

Ling asintió.

—Siendo sincera, le desprecio—confesó, sin remorderse la lengua, endureciendo el aspecto de su rostro—. En mi vida alguien había jugado con mis nervios de la manera en la que él lo hace. Todo sobre él me indigna e irrita. Puedo acusarle de irrespetuoso, desvergonzado y arrogante. Se ha revelado como un idiota e ignorante.

—Por lo que sé, su prometido no tiene ni pizca de idiota e ignorante, Majestad. Por el contrario, ¡es un genio!—Reprochó Ling, sorprendida por el arrebato de ira que tuvo la joven rubia. La Princesa respiró, calmando sus aceleradas emociones, antes de dar su respuesta.

—Tienes razón, admito parcialmente mi error. Él es un verdadero genio, no hay quien pueda refutar ello. No obstante, su inteligencia es igual de inmensa que su zafiedad y osadía. Nadie nunca se había comportado tan atrevidamente delante de la Familia Imperial. Se portó como, y deberás de disculpar la expresión tan pueblerina, un patán.

—Si desea que su matrimonio funcione, Rinko Naishinnō, deberán arreglar sus diferencias lo más pronto posible. De otra forma, terminarán siendo el par de esposos más infeliz de este planeta—aconsejó la otra, compadeciéndose de los dos rubios, y Rinko calló unos momentos, dubitativa—. Podría perderle si continúa con tal actitud.

Quería decirlo en voz alta. Cómo añoraba contarle que, si en sus manos estuviese la alternativa, cancelaría de la boda y rechazaría el trono, solamente para dárselo a alguien más apto. Pero no había nadie más a quien pasar la Corona, no había nadie más a quien delegarle tal responsabilidad. Su hermana era su única esperanza… Esperanza que ahora poco a poco se desvanecía en la cumbre de la demencia. Tal situación le frustraba, le estresaba, le consumía lentamente. Era la primera vez que Rinko se sentía tan encerrada y limitada, en donde que no veía más caminos para escapar del laberinto. Casi podía distinguir los barrotes dorados de la jaula de cristal donde le mantenían cautiva.

—Si le perdiese—musitó para ella—, todo sería más sencillo.

—Oh, ya se está haciendo tarde—señaló Ling mientras revisaba qué hora marcaban las manecillas de su reloj de muñeca. La Princesa experimentó el extraño deseo de pedirle que se quedara unos momentos más, pues su amena y alegre plática le hacía, en parte, olvidar su represiva realidad—. Rinko Naishinnō, ha sido un placer tener unas palabras con usted, por más efímeras que resultasen—dijo, extendiendo su mano hasta estrecharla con la de rubia, quien respondió a su saludo incómodamente. Algo en ella se le hacía familiar, demasiado conocido—. Estoy segura de que nos volveremos a ver. Así que no le diré adiós, sino hasta pronto. Cuídese, Princesa.

Ling se retiró a través del Chumon, una de las principales puertas del templo, y se aglutinó a una niña de cortos cabellos oscuros, quien hacía hábiles malabares con manzanas en sus manos. Luka se aproximó antes de que pudiese continuar viéndoles desde lejos, envidiando aquella desenvoltura y libertad prescritas en su destino. ¿Por qué Nariko y ella no podían ser como ellas?

—Rinko Naishinnō, la sesión de Nariko Naishinnō ha concluido. Su hermana nos espera en la torre Shodo—declaró Luka y Rinko palideció al comprender el mensaje implícito detrás de sus palabras. Dicha torre, ceñida por una antigua campana, se hallaba a unos cuatrocientos metros al este. Rin tenía la certeza de que sus pies no aguatarían ni la mitad de semejante trayectoria sin sangrar… Rin sintió un escalofrío escalando por su espina dorsal.

—Luka, estoy fatigada. Mis talones serán corrompidos por llagas si continuamos… No me creo capaz de soportar cuatrocientos metros más. ¿No puede Nariko ser quien se dirija hasta acá? Además, ¿no se encuentra el auto estacionado Nandaimon? Estamos más cerca de esa puerta.

—El hecho es, Rinko Naishinnō, que Nariko Naishinnō se dobló el tobillo cuando salía del Salón de las Imágenes, tras su asamblea con Tonio-san, y han decidido mover el auto hasta Todaimon, a unos doscientos metros de aquí. Yukari e Ia, revisen cuidadosamente la piel de sus pies y traten cualquier ampolla. Masajeen si el músculo está tenso o si el tendón se ha inflamado. Yo hablaré con Cul.

—Entendido—exclamaron ambas cuando Luka retrocedía, con aquella expresión pensativa que probaba su tendencia por componer alguna solución rápida y factible que no perjudicara a nadie. Así de eficiente era Luka: astuta, sensata y decidida, una combinación perfecta para lidiar con los impredecibles cambios de humor de Rin.

Yukari e Ia retiraron los fatigantes zapatos y se toparon, efectivamente, con unas cuantas elevaciones de la piel inmaculada de la Princesa. Pequeñas burbujas adornaban el área de contacto, al ras del tacón; no tan grandes como para ser consideradas ampollas, más bien vesículas. A continuación, Ia se ausentó, con el fin de encontrar un botiquín en las oficinas del templo, y encargó a Yukari de frotar las plantas enrojecidas de la noble dama mientras regresaba.

Habían transcurrido unos vagos cinco minutos cuando aparecieron cuatro hombres de negro, cargando una litera arcaica, de ésas que se usaban en el pasado para transportar personas a través de peñascos y riscos, y la depositaron delante de Rinko. Yukari se puso de pie y cuestionó quiénes eran y qué pretendían trayendo aquella silla tan vieja. Uno de ellos realizó una reverencia ante la Princesa Imperial y contestó, con una voz tétrica a los oídos de Rinko, que habían sido mandados por Luka para cargarle hasta Todaimon, la puerta al este del templo, donde un vehículo esperaba para conducirles al Hotel Nara. Había habido un cambio de planes en el último minuto y debían de prepararse para una segunda junta con Gackupo-san, quien retornaba urgentemente al hotel.

Rinko no era una persona paranoica. Ella desconfiaba en la mayoría de los extraños por razones obvias, guiándose siempre por sus rigurosos y acertivos instintos, y era común que tendiese a dudar de la sinceridad de los demás. Sabía que detrás de toda luz, debe de haber oscuridad. Sus temores nunca habían sido injustificados.

El caso era que nadie, aparte de sus tres damas-guardaespaldas y de su padre, tenía conocimientos detallados sobre su agenda. Sin la anticipada autorización del Emperador o de Haiiro, nadie podía obtener información sobre sus compromisos ni citaciones. Luka, Yukari e Ia eran discretas cuando de discutir, programar y seguir los horarios de su día a día se trataba, igual que Cul, Misha y Mirai con respecto a los compromisos de Nariko. De igual modo, Luka era muy puntual e inflexible, en ocasiones tan extremista que era fatigante, y no permitía alteraciones ni errores; una conducta inculcada por su imperturbable mentor: Haiiro-san. Rinko sabía que del templo partirían a un fastuoso restorán en el centro de Nara, donde les esperarían el Gobernador y su familia. Por otra parte, Gackupo les había comentado, al finalizar la reunión con Oliver, que esa tarde atendería una reunión con partidarios demócratas en Kioto, donde recientemente habían asesinado a un militante de su partido, en los alrededores del Templo del Pabellón dorado. Había sido enviado personalmente por Tennō Heika para vigilar el inicio de las averiguaciones de aquel caso que parecían relacionarse con la muerte de Nobuhito.

Por ende, nada de lo que había garantizado aquel sujeto cobraba sentido dentro de sus rígidos y esquematizados movimientos. Rinko haló por una manga a Yukari, quien se hallaba tan extrañada y escéptica como ella a creer en las palabras de los otros, y le indicó que se inclinase hasta que su oído estuviese a milímetros de sus labios. Cubrió con su mano la corta distancia entre ambas, previendo que pudiesen leer las curvaturas de su boca, y susurró miserablemente:

Sácame de aquí.

Yukari noqueó a dos de los sujetos y bloqueó el camino de los otros tres mientras Rinko saltaba los tablones que impedían el paso al interior de la pagoda. Escuchando las exclamaciones de los que restaban ordenando que la rodeasen, Rinko se apresuró a la salida contraria que daba a uno de los costados del kondo, otro edificio importante del templo. Sus talones le ardían infernalmente, tanto como para reconsiderar huir a través de aquella pila de piedras calientes que conformaban el camino entre ambos ejemplares de arquitectura, pero no tenía otra opción; simplemente no podía morir ahí. Rinko escaló torpemente las tablas que obstaculizaban el paso hacia el exterior de la pagoda, haciendo crujir huecamente los tablones desgastados a causa de los siglos transcurridos, y saltó. Tenía miedo de romper con una mala movida aquellos pedazos de madera ancestral y verse atrapada por culpa de su propio descuido.

Rogando al guardián de aquel templo para que detuviese a esos sujetos de atraparla, Rin salió disparada. Alcanzó el kondo a pocos metros, con sus plantas gimiendo compasión. Rinko subió los peldaños de roca, lisos y tórridos, e intentó recuperar el aliento, dedicándole una mirada efímera a su entorno. Era curioso que no hubiese gente cerca que pudiese auxiliarla. No tenía ni idea de cuánto había recorrido, pero sabía que nunca había corrido con tanta rapidez. El miedo, definitivamente, era una fuerza poderosa. Rinko se introdujo en aquella edificación antigua.

¡Se ha metido en el kondo! ¡Búsquenla!

Necesitaba esconderse. Atormentada por la idea de revivir sus oscuras pesadillas, Rinko saltó la valla y el muro que le separaban del área de las imágenes religiosas. Así quedo de frente a los tesoros nacionales que resguardaba aquel santuario: el Kudara Kannon, el Yumedono Kannon y la Triada Shaka, estatuas que se levantaban imponentemente delante de ella. Por segundos se vio nublada por la frustración, dando por sentado que no tenía a quién más recurrir… ¿Dónde estaban los guardias? ¿Por qué nadie venía a socorrerla? ¿Por qué nadie se preocupaba por protegerla?

¡Que nadie se mueva o habrán heridos!

Tal aclamación fue seguida por una serie de disparos dados al azar en el aire. El terror de las masas rompió en exclamaciones escandalosas. Habían atraído a la pequeña multitud de turistas que visitaba el templo aquella inoportuna tarde y que, desafortunadamente, se incorporaba a la lista de rehenes al aglomerarse cerca del kondo. Rinko se horripiló aún más. Se postró delante de las imágenes y se arrastró detrás de ellas, sus lágrimas trazando caminos por sus mejillas hasta el suelo. No, no puedo morir aquí. Nariko aún me necesita… Kami-sama, Buda-sama, por favor…

¡Rinko Naishinnō está ahí adentro! ¡Búsquenla!

Luka, date prisa en regresar. Yukari está herida…


—¿Cómo sucedió?—Repitió Len al instante en que un guardia empujaba las puertas del aposento, sosteniéndolas para que sus cuatro hermanos pasasen, y devolvió su atención al hombre enseriado delante de él. Gackupo se puso de pie, recibió al resto de los Hibiki con una respetable inclinación, y retomó su puesto en el sillón.

—Cinco guardias designados hacían rondas alrededor de las murallas del templo. Todo parecía estar bien hasta que las señoritas Luka y Cul avisaron desesperadamente que Rinko Naishinnō estaba aprisionada en la pagoda y que Yukari, una de sus guardaespaldas, estaba gravemente herida por haberse defendido de unos infiltrados. Tres de los guardias corrieron a proteger a Nariko Naishinnō, quien reposaba en las escaleras del Yumedono, mientras los otros dos fueron a rescatar a Rinko Naishinnō.

—¿Cómo se encuentra Rinko Naishinnō?—Inquirió Len y, antes de que Gackupo pudiese responder, las puertas del recinto se abrieron de nuevo, suavemente, y por ella ingresaron Rinko, Luka e Ia.

—No es necesario que finjas preocupación por mí—estableció Rinko fríamente al sentir la cálida e intensa mirada de Len Hibiki sobre el vendaje de su brazo izquierdo. Se encaminó con sus calladas guardaespaldas hasta el sofá contrapuesto al de la familia Hibiki, irritada. Las dos damas saludaron cortésmente a los presentes y se localizaron detrás del respaldar de la Princesa. Gackupo cedió su puesto a Rin y permaneció de pie, al igual que las otras dos—. ¿Dónde están mis padres?

—Tennō Heika debía de concluir una reunión pautada con sus asesores jurídicos. Kōgō Heika viene en camino con Nariko Naishinnō—anunció Luka—. Estarán aquí en pocos minutos. Disculpen cualquier tipo de retraso.

La rubia lanzó a los desconocidos una mirada vacía y venenosa, típico recibimiento que concedía a los extraños que no representaban un beneficio para ella, y esperó a que alguno de los servidores de la Casa Imperial se dignase a introducir a los miembros de la familia Hibiki que estaban presentes.

—Rinko Naishinnō, concédame el honor de hacer las presentaciones—se adelantó Gackupo al percibir la expresión paralizante que enmascaraba el rostro de la Princesa—. Ellos son SeeU, Galaco y Lui Hibiki, hermanos de Len-san, e Iroha Nekomura, mejor amiga de la familia—los aludidos respondieron con largas y devotas reverencias, señales de respeto y temor equitativo, el tipo de reacción que ella recibía con frecuencia. Rinko asintió con cada una de ellas, acostumbrada al trato tan distante y cauteloso.

—Es un gusto conocerles—contestó sin más. Sus orbes penetrantes y confiados se conectaron con los profundos e impredecibles ojos de Len, causándole una sensación de incomodidad y molestia, arrebatándole toda seguridad construida con aquella tibia inquisición que titilaba en sus pupilas—. ¿Podrías tener la amabilidad de evitar observarme de esa forma tan indiscreta? Resulta grosero.

Los demás apartaron la mirada de la arrogante Princesa y la clavaron en el impávido y joven político, que continuaba calmado a pesar de la tempestad que auguraban Rinko Naishinnō preparaba para lanzar sobre él. Con su sonrisa pacífica y agradable quiso disminuir la tensión de sus hermanos.

—Que le desagrade, Princesa, no significa que sea una grosería. Al contrario, me encuentro preocupado por usted y por lo que le sucedió en Hōryū-ji. Es entendible que desee cerciorarme de que en verdad está a salvo—contestó educadamente y Rinko sintió que su sangre hervía de la rabia—. ¿Qué puede encontrar de malo en ello? Mis intenciones no eran perversas. No le he faltado al respeto ni he descuidado el tipo de atención que le doy. Por ende, no debería de ser considerado "grosero".

—Claro que sí me ha faltado al respeto, Hibiki-san—replicó Rinko—. Simular interés por el bien de alguien más cuando, en realidad, no se le tiene ni un granito de importancia es una bajeza reprochable. Que actúe de forma tan hipócrita delante de mí es un descaro imperdonable, ya que tengo más que presente que mi bienestar poco le concierne.

—¿Por qué no me concerniría, Majestad? Mi preocupación por usted es genuina y sincera, después de todo es mi prometida. No hay rastro de hipocresía en ello—razonó él, con aquella santa tranquilidad y cálida generosidad.

—¡Oh! Me parece que le preocupa más las consecuencias que pueda tener mi súbita muerte antes del compromiso, Hibiki-san. Si la boda se cancelara, perdería la pieza trascendental de su rompecabezas. El montaje se vendría abajo y con él, todas su ambiciones—rebatió ella, convencida de aquella cordialidad no era más que una careta—. Sería el fin del juego. ¿O me equivoco?

—Se equivoca—intervino SeeU en la plática, crispando los nervios de los menores con su tono desafiante, alarmando a sus conocidos de que no se contendría en ningún instante—. Es cierto que este absurdo juego, como lo ha llamado usted, llegaría a su fin, pero sería un punto a favor para Len: terminaría como un vencedor. Verá, sería como librarse de las cadenas que ataban a Andrómeda como un apetitoso sacrificio para la abominable bestia Ceto.

—¡Oneesan!—Chistaron los otros tres, incrédulos por el poco tacto de sus palabras. Len miró a SeeU seriamente, exigiéndole que se controlase. Rinko retuvo en su memoria cada una de las facciones inmutables de SeeU Hibiki, la serena, preciosa y lista hermana mayor de Len, hermana que entendía le detestaba profundamente.

—Rinko Naishinnō, le admiro bastante—prosiguió la mayor de los Hibiki sin quitar la mirada de la Princesa. Se asemejaba bastante a los ojos de piedra de Luka, irrompibles y fuertes contra la frivolidad de Rin. Respetable, le halagó la Princesa—. Su personalidad refleja complejidad y simpleza, claridad y misterio, crueldad y clemencia… Usted es todo un paradigma, una paradoja viviente. Lo más sorprendente es que aún no haya arremetido contra mi hermano, dado que tiene fama de no titubear para pedir la cabeza de cualquiera, aunque nunca se sepa lo que en realidad piensa, tal cual la princesa Salomé.

Luka no intervino en la discusión, a pesar de las miradas horrorizadas que Ia lanzaba en su dirección; simplemente se limitó a oír las razones que tenía por objetar SeeU Hibiki. Rinko Naishinnō no era la única persona que se oponía con tanta pasión al dichoso matrimonio arreglado. Y, como dicen, el enemigo de tu enemigo es tu amigo.

—¡Qué insolencia!—Se escandalizó la Princesa—, ¿es qué acaso toda la familia Hibiki consta de sarcásticos e irrespetuosos personajes?

—Relaciones con personas sarcásticas fomentan la creatividad, Su Majestad—habló entonces el menor de los hermanos, bajando su cabeza para presentar su contestación sin resentimiento personal—. Somos hermanos que trabajan en la creativa calidad del otro. Así que sí, diría que somos sarcásticos, pero de los buenos; mas no irrespetuosos. Somos inocentes como palomas, pero astutos como serpientes. La gente tiende a confundir nuestras astutas respuestas con insultos, por lo que nos tachan de irrespetuosos—Lui contrajo los hombros, sonriendo—. No es culpa nuestra que no sepan darnos una respuesta de regreso.

Rinko parpadeó, perpleja.

—No se tome nada de lo que ellos digan a pecho, Rinko Naishinnō—intervino Galaco, exasperada por los comentarios de sus hermanos—. En verdad le estimamos, puesto que es como una célebre eminencia de Japón, pero este compromiso ha generado controversias dentro de la familia. Suponemos que el estrés ha empezado a fugarse de la peor manera en la situación más inoportuna.

—Qué deducción tan exacta y sorprendente, oneesan—musitó Lui, a lo que Galaco respondió apretando firmemente su muñeca, advirtiéndole a través de su mirada fulminante que mantuviese su boca cerrada.

—Entiendo. ¿Dices que nuestro compromiso—señaló a Len despectivamente—ha generado controversias dentro de su familia? ¿Qué clase de controversias?—Indagó ella, en otro intento, quizás el último, de suspender aquella insensata unión. Galaco quería responderle, pero SeeU se adelantó.

—La clase de controversias que ocasionan incertidumbre, tirantez y tensión entre los miembros de una familia. Usted sabrá, Alteza, que solo Lui entiende y apoya la decisión de Len de aceptar este matrimonio comedido. Y antes de que añadas alguna cosa—SeeU levantó la palma de su mano y detuvo a Len de interrumpir su diálogo—, él intentó exponer y defender sus motivos, pero siguen sonando demasiado irracionales e ilógicos. No ha podido cambiar nuestra opinión: este compromiso tiene bajas probabilidades de éxito.

Rinko armó una mínima sonrisa al oír sus palabras. La hermana de Len parecía estar de su lado, aunque no comprendía exactamente por qué sentía tanta antipatía por ella si ambas perseguían los mismos fines. Con una esperanza renovada, Rinko se animó a proponerle una tregua.

—Yo comparto su opinión, SeeU-san. Este matrimonio no nos llevará a ningún lado, más que a una miseria compartida—aseguró la rubia y la mencionada se sorprendió esporádicamente, para luego recobrar su semblante tranquilo al recordar la forma en que su madre había descrito el comportamiento de Rinko con Len.

—Es preferible llevar la miseria y el dolor en conjunto, Rinko Naishinnō, a cargar con ello completamente solo, como usted lo hace. Sería menos infeliz si aprendiese de ese consejo tan humilde—le calló Len lentamente, sonriendo como lo hacía Lui. La rubia sintió que algo explotaba dentro de ella.

Luka evaluó la expresión certera y veraz del joven; majestuosa, fina y brillante, y sonrió, pues aquel matrimonio finalmente adquiría sentido. Len era intuitivo y perspicaz; había analizado a la Princesa cuidadosamente y por ello era capaz de entender aspectos de ella que solo un grupo reducido de personas hacía. Sorprendente, le halagó Luka con una discreta sonrisa sobre sus labios, ¿qué más trucos ocultas bajo las mangas, Len Hibiki?

—¿Con qué pruebas te atreves a decir que soy infeliz? Tú no me conoces, ¡no sabes absolutamente nada sobre mí!—Aclamó ella, retándole con aquellos ojos feroces que hacían recular—. ¡Tú, que no eres más que un simple subordinado, un insignificante súbdito!

—Suficiente—Luka suspiró, decidiendo intervenir antes de que se resbalase de sus manos el curso de la discusión. Len estaba muy cerca de dar con la verdad, pero aquél no era el lugar para que aprendiese y nutriese su teoría sobre Rinko—. ¿Les apetecería alguna bebida o aperitivo en particular?

Los Hibiki permanecieron callados. Galaco y Lui negaron efusivamente mientras Len y SeeU discutían a través de miradas.

—Tennō Heika, Kōgō Heika y Nariko Naishinnō han llegado—anunció de improviso uno de los guardias que resguardaban la entrada, con aquel tono monótono y templado. Los invitados se pusieron de pie inmediatamente, intercambiando miradas bañadas por aquel nerviosismo que se presenta cuando algo importante va a acontecer.

Tres cosas inesperadas sucedieron a continuación. Primero, escoltando a los miembros de su familia, venían tres figuras. La más alta de todas, larga y esbelta, pertenecía a la última persona que Rinko hubiese imaginado asistiría a semejante reunión. Sintiendo que su estómago daba revuelcos de pánico y confusión, y que su corazón golpeaba su pecho a un ritmo errático y desenfrenado, enterró sus uñas dentro de sus palmas. Estaba sudando frío.

¿Qué demonios hacía Rei Kagene en aquel recinto?

Detrás del imnombrable apareció una mujer adulta de resaltante y familiar hermosura, muy similar a la de su fallecida abuela cuando contaba con menos cantidad de años encima. Intentando procesar la repentina aparición de aquella señora, estuvo cerca de perderse la entrada solemne de Ling, la enérgica chica castaña con quien conversó en el templo el día anterior. La piel de Rinko palideció y sus labios se descoloraron a un morado enfermizo. ¿Qué hacía toda esa gente ahí?

—Miembros de la familia Hibiki—habló Tennō Heika finalmente—, debo de presentarles al asesor jurídico que tendrá este matrimonio cometido, el joven pero ilustre Rei Kagene—Iroha y Galaco parpadearon incontables veces, apegándose a la complexión indestructible de SeeU Hibiki, mientras oían al Emperador continuar como su monólogo. Rinko tuvo ganas de vomitar, pero pudo resistir gracias a la presencia conciliadora de su hermana a su lado.

Luka ojeó la expresión seria y desafiante que Len Hibiki había adoptado, y notó que Rei le rivalizaba con un semblante igual de atrevido. Intercambió miradas con Gackupo e Ia, claramente desorientados por las posiciones de los dos caballeros.

—Por otro lado, un acontecimiento que nadie había previsto ni esperado tuvp lugar durante mi estadía en Hong Kong. Me parece que ustedes gozan de ser los primeros en saber sobre el retorno de mi hermana mayor, Yuriko, a Japón. Con ella se presenta Ling, su hija mayor, presente ahora en la línea de sucesión después de Rinko Naishinnō.

Rinko se apoyó de Nariko cuando sintió que sus piernas desfallecían. Su rostro estaba lívido y su cara estaba adornada por facciones nauseabundas. Nariko gimoteó cuando sintió que las manos de su hermana se deslizaban por sus brazos al tiempo en que su cuerpo se desplomaba sobre ella.

—¡Rinko-ane!

Continuará...


Ya no sé ni que estoy escribiendo _ Es tarde, pero necesitaba acabarlo.

Espero que les haya gustado... fue realmente inesperado como surgió este capítulo.

Lamento el retraso :'( He estado ligeramente distraída con otros pendientes como para sentarme a escribir...

Tengan un día fantástico~!

XOXO,

Jess-chan.