Siete: Ded Moroz

-¿Santa Claus aún no llega? –preguntó impaciente, mientras comía un poco de dulces navideños de un calcetín. Santa Claus ya había llegado a todo el edificio –lo sabía- pero a su departamento no.

En el fondo se rehusaba a dejar de creer en él. Y sin embargo tenía el regalo para el muchacho de Rusia guardado, esperando el momento indicado para dárselo.

Se consoló pensando en que Santa Claus no quería mostrarse ante el ruso. Pero, ¿por qué? Su lado maduro saltó internamente y gritó que era porque no existía. Calló sus pensamientos justo cuando Iván abrió la boca.

-No he oído que haya tocado la puerta…

Alfred volteó y dirigió su mirada, entre sorprendido y divertido, a Iván.

-¿Perdón? –dijo, seguramente había oído mal.

-Que no he oído a nadie que llamara a la puerta…

Era su turno de reír, para la sorpresa rusa.

-Santa Claus no toca la puerta; ¡él entra a las casas de todos los niños por las chimeneas! –se puso de pie y se dirigió a la susodicha, señalándola- ¡Chimeneas, lo ves!

-Ah… Pensé que tocaba las puertas de las casas, como Ded Moroz… -se quedó pensativo.

-¿The Moron? Dude, eso suena a nombre de película. ¿Quién es The Moron? –había escuchado mal el nombre, pensó que Iván no podía hablar inglés sin su acento ruso. Sin embargo le pareció interesante, por eso siguió preguntando.

Porque, cuando estaban en guerra, había aprendido qué clases de armas utilizaba, qué estudiaba, qué construía, cómo se movía, todo aparentemente, pero nada relacionado con su cultura. Ese campo de la investigación estaba vacío, era irrelevante para sus superiores. Pero para alguien curioso como Jones, por fin su sed se vería saciada, aunque sea en una parte.

-Es un señor muy grande en edad, con barba y trajes de colores, que lleva a los niños juguetes y cosas divertidas durante la Navidad rusa. Pero porque es muy anciano no se puede meter por la chimenea de las casas, sino que pasa de día y toca la puerta. A veces tenemos que ir a visitarlo porque está muy cansado, ¡Rusia es muy grande, da! –explicó entusiasmado, ¡por fin alguien le preguntaba sobre él!

-Oh~ Tu Santa Claus es algo viejo, por lo que veo… ¡Claro, él no es americano, por eso no hace cosas geniales! –rió una vez más.

-No, él no es americano, él es oriundo de las tundras de mi nación, donde el frío te cala los huesos y te congela la sangre. Yo comprendo que se sienta mal a veces, por eso lo visitamos. –le sonrió cálidamente, ese ataque no era nada comparado con otros.

-¿No tiene ayudantes? Santa Claus tiene duendes muy geniales que construyen todos los juguetes, una fábrica enorme –abrió los brazos, como queriendo representar la grandeza de aquélla- y muchos renos superpoderosos que vuelan por los cielos y ayudan a repartir los regalos a todos los niños que creen en él del mundo.

Lo había dejado sin palabras, sólo una expresión de cariño como cuando una madre ve a su hijo usar toda su creatividad en un relato, en un dibujo. Qué ganas de abrazarlo y sonreírle para siempre.

-Tu Ded Moroz es muy genial, justo como tú, Alfred. –habló sinceramente.

-Gracias.

Se dedicaron una sonrisa mutua antes de proseguir con la interesantísima charla navideña sobre personajes fantásticos que reparten regalos.

Mientras tantos, ambos internamente batallaban contra la indecisión de darse los regalos, aquellos que los había hecho correr para todos lados a último momento.