¡Lo siento! No tengo perdón, lo sé. He durado demasiado, pero más vale tarde que nunca. Aquí está, espero que les guste :c


Disclaimer. Personajes y demás pertenecen a ChiNoMiko y Beemov.


Capítulo seis.

—Nat—me llamaron—, ¿tienes un momento?

Hice un mohín. Quería irme a casa para poder darme un baño y quizá llorar toda la tarde. Me sentía terriblemente humillada por lo que había pasado con Ámber, y que Nathaniel quisiera hablar conmigo no ayudaba mucho, la verdad. Sabía que me veía desastrosa, y también me sentía así.

—Si no quieres…

—No, está bien—sonreí—. Sólo estaba pensando en volver a casa.

Se veía incómodo, y algo avergonzado. Probablemente estaba ahí para regañarme y no quería hacerlo, o quizá sólo no quería mirarme a la cara por la pelea que tuve con su hermana. En aquel momento no me importaba; no sólo él estaba decepcionado de mí, yo también lo estaba.

—Ken… me lo contó todo, ¿sabes?

Me encogí de hombros. Si era así, era casi obvio que me había hecho quedar como la heroína que notablemente no era. Nathaniel abrió la boca, como queriendo decir algo, pero volvió a cerrarla con rapidez. No quería escucharlo, no quería confirmar su decepción hacia mí.

—Espero que…

— ¡Nathaniel!—chilló una voz femenina. Melody estaba justo al lado del rubio, con una sonrisa de oreja a oreja y mirándole con toda la adoración del mundo—. ¿Vas a casa? ¿Nos vamos juntos?

«Carajo», pensé mosqueada, «en serio ésta tipa no se da cuenta de que actúa como la novia que no es.»

— ¿Nathaniel?—insistió, casi a punto de hacer berrinche. Fue imposible no hacer una mueca de desagrado que el delegado notó casi al instante, por lo que comenzó a reír—. ¿Por qué te…? Oh, estabas aquí, Nat. No te había visto.

La castaña forzó una sonrisa amable que me pareció tan hipócrita que no me vino en gana devolvérsela. Me quedé ahí, mirándola con un odio tan edulcorado que al final desechó esa sonrisita condescendiente. Miró a Nathaniel y le dijo algo como "¿Qué haces con ella?", y también mencionó algo sobre mi aspecto. Quise rodearla con mis brazos por primera vez, para ensuciarla un poco y darle un poco del amor que tanto me provocaba.

—Em… Bueno, yo me voy—me despedí con un movimiento de la cabeza y me volteé, nada dispuesta a ver a Nathaniel sufrir a manos de la princesita. Realmente creo que Melody y Ámber se llevarían bien; ambas quieren que me aleje del rubio.

—Te acompaño a casa—interrumpió Nathaniel. Puedo ver la mirada asesina de Melody traspasarme mil y un veces—. Tu aspecto es… eh…

—Diría que mi aspecto ayudará a que ningún tipo me haga comentarios indecorosos y/o intente algo—me reí—. Así que no es necesario. Melody quiere que la acompañes a casa, ¿no?

Nathaniel me envió una mirada claramente molesta. Él no quería estar a solas con Melody, pero sí hablar conmigo, el problema era que yo no tenía ganas de tener otra enemiga más en el instituto. Aún así, el rubio insistió y al final Melody y yo desistimos. Me acompañaría parte del camino, mientras que Melody volvería a casa sola.

Con un suspiro comencé a caminar, con Nathaniel a mi lado y sintiéndome realmente estúpida al caminar toda andrajosa por la ciudad. La gente me miraba entre asombrada y asqueada, y no sabía cuál de las dos me molesta más. El delegado sólo reía bajito, como para que no le escuchara.

—Amo mi aspecto—murmuré, con todo el sarcasmo que me fue posible.

—Ken dijo que le defendiste de Ámber—dijo, como tanteando si seguir o no—, y que ella… te golpeó.

—Golpear no, me haló el cabello más que nada—me encogí de hombros—. Este chico, Lysandro, intervino y me la quitó de encima. No hizo mucho daño, tranquilo.

—Su conducta no es correcta—insistió—. Lamento mucho que Ámber esté… portándose tan mal conmigo.

—Tampoco es como si yo no hiciera nada, ¿sabes? Es tu hermana, ponte de su lado.

—Sé que no eres inocente—se rió—, pero lo eres más que ella.

Me reí. Tal vez era cierto, tal vez no. Quizá sólo me había buscado el odio de aquella chica por defender a Ken, y por eso ahora ella estaba pasando dificultades con su hermano. Aunque, sinceramente, eso del cinismo no iba conmigo; Ámber era una bruja. Punto. Yo me había buscado los problemas, y ella con gusto me los daba.

Nathaniel me miraba como queriendo aguantarse la risa, y yo suspiré. Vamos, ¿Algún otro hecho vergonzoso que quisiera sucederme? ¿No? Bien, porque bastante pena sentía viéndome tan desastrosa frente al rubio. Aunque me hacía gracia que rechazara a Melody por acompañarme, pese a que la gente le mirara de manera confundida por el simple hecho de caminar junto a mí.

— ¿No crees que Melody se molestará?

—Tal vez—se encogió de hombros—. No me interesa, realmente.

Volví a reír.

— ¿Y esa risa?—inquirió.

—Tú—seguí riendo—. Es decir, pudiste haber caminado a casa con una pulcra y perfecta Melody, pero preferiste acompañar a casa a una desastrosa y horrible Nat. Increíble.

— ¿Acaso debe gustarme lo "pulcro y perfecto"?—preguntó. Justo cuando iba a responder, entendí sus palabras… Y él también. Nathaniel se puso tan rojo como un tomate y comenzó a tartamudear—. Yo… eh… lo que quiero decir es que… ¡No eres tan desastrosa! ¡NO! Eso tampoco… eh… Nat… yo…

— ¿Quieres decir que mi desastrosa compañía es más divertida que la pulcra de Melody?—murmuré, riendo.

En serio, jamás conocí un chico que se trabara tanto hablando con una chica. Pero en vez de ser molesto, me parecía tierno. Su sonrojo bajó un poco, y suspiró. Cuando se ponía así —como tomate— me daban ganas de pellizcar sus mejillas, pero como vivía ese dolor a diario con mi tía me abstenía de hacerlo. Además, era demasiado vergonzoso pellizcar las mejillas del delegado principal.

—Sí, eso.

—No sé si sentirme halagada u ofendida.

Él abrió los ojos, sorprendido.

— ¿Por qué ofendida?

—Digo, parece que me estás diciendo payaso.

—No lo digo en es…

Y antes de que pudiera terminar su frase, choqué contra algo y caí de bruces al suelo. Me golpeé la cabeza en la acera, por lo que ahora tenía una jaqueca digna de premio. Estaba debajo de algo, y ese mismo algo me golpeó nuevamente al levantarse. Cerré los ojos, quejándome audiblemente del dolor. Sin embargo, mientras yo me encogía en la vía pública, escuchaba a la perfección a dos personas gritándose:

— ¿No puedes ser un poco más delicado? ¡Es una chica, por Dios!

— ¡No es mi maldita culpa que ella no se fije por donde camina!

— ¡Pero la botaste!

— ¡Déjame en paz, mierda!

Abrí los ojos, y aunque veía medio borroso por la fuerza que había ejercido, pude ver una sombra rubia que reconocí como Nathaniel discutir con un tipo pelirrojo. No tuve siquiera que enfocarlo para saber quién era: Castiel. Aunque era nueva, para nadie era un secreto que Castiel y Nathaniel se llevaban como perro y gato. Y, la verdad, se avecinaba la tormenta.

—Enséñale a tu noviecita a caminar, delegaducho.

—N-no soy su novia—me quejé, sentándome en la acera—. Y, por lo que más quieran, no discutan.

— ¿Estás bien?—preguntó Nathaniel, mientras se arrodillaba para quedar a mi altura.

Castiel, quien nos miraba altivamente, se carcajeó. Su mirada tenía un «¿Segura?» escrito en su mirada, pero ya me caía bastante mal como para discutir por eso. El rubio me ayudó a ponerme de pie, y luego volvió a acercarse a Castiel. Ni siquiera con Ámber le había visto poner esa expresión de enfado.

Nathaniel reclamó sus pésimos modales, y Castiel comenzó a decirle que se metiera en sus asuntos. Quise gritarles, pero el dolor en mi cabeza era insoportable. Probablemente me había dado un porrazo, justo como el que le causé a Nathaniel el primer día… Sólo que un poco más fuerte.

Estaban a punto de darse de golpes —más que todo Castiel—, y yo me harté.

— ¡BASTA YA!—les grité—. Sean un poco maduros, ¿quieren? Si van a discutir, no lo hagan en plena calle.

Y comencé a caminar sola hasta mi casa. Por supuesto, Nathaniel le dijo unas cuantas cosas más a Castiel y luego se apresuró a alcanzarme. El dolor me taladraba el cráneo, por lo que andaba un humor de perros. Odiaba eso: cuando me sentía mal, automáticamente me ponía de mal humor… Y a veces era tal extremo que lloraba por todo.

Quiso decirme algo, pero levanté una mano en señal de enfado. Él suspiró. Faltaban sólo dos cuadras para llegar a mi casa, así que no duraría tanto ese trayecto con el incesante dolor. Él pareció notarlo, y quiso acercarse, pero no lo dejé.

— ¿Molesta?

—No, adolorida.

— ¿Te golpeaste?

— ¿Qué crees, genio?—gruñí.

—Hey, no la tomes conmigo.

Justo llegamos a la puerta de mi casa. Mi mal humor explotó.

— ¿Qué no la tome contigo? ¿En serio? Maldita sea, Nathaniel, tú también discutiste—reclamé, sintiendo la bilis recorrerme las venas y terminar en mi lengua como un veneno—. ¡TAMBIÉN FUISTE INMADURO! Y aunque hubieras logrado que Castiel se disculpara, eso no habría arreglado el hecho de que me golpeé contra el asfalto y tengo un dolor de cabeza del infierno. Es justo como el asunto entre tu hermana y yo: ambas somos culpables. Tú y Castiel son culpables. Y, ¿sabes qué, genio? ¡MELODY ESTÁ MALDITAMENTE ENAMORADA DE TI Y ME ODIARÁ DE POR VIDA POR LO QUE HICISTE HOY!

Nathaniel se quedó ahí, sin saber qué decir, mientras yo entraba a mi casa dando un portazo. Las lágrimas rodaron por mis mejillas: por enfado, porque fui demasiado grosera con un inocente; por dolor, mi cráneo iba a explotar; y por estúpida, porque estaba demasiado sensible.

En pocos segundos mi tía apareció, y pegó un grito cuando vio mi estado. «¡Dios mío! ¿Qué te pasó, mi niña?», fue lo que preguntó. Pero no pude responder, por lo que dejé que me llevara a mi habitación mientras seguía haciendo preguntas. Ese, quizá, era uno de los peores días de mi vida.

Era hora de aclarar un poco mi mente, y mi madre siempre me dijo que lo mejor era enumerar lo que me pasaba. Así entendería más rápido mis sentimientos.

Cosas que hice bien:

Defendí a Ken (por lo menos lo intenté).Pasé un poco de tiempo con Nathaniel (ay).Ámber tuvo que tragarse sus mentiras (já, batea esa, bruja).

Cosas que hice mal:

Pelearme con Ámber.Gritarle a Nathaniel.Meterme en la discusión con Castiel.Arruinar mi ropa.Levantarme cuando sonó el despertador.

Bien, las circunstancias eran deprimentes. Demasiado. Había arruinado las cosas con Nathaniel, y me deprimía en exceso. Es decir, el chico era tranquilo y simpático, pero a nadie le agradaba que le gritaran de la nada y por algo que no tuvo la culpa. Y también sabía que el rubio tenía su carácter… Y yo lo había arruinado todo.

Ay.

Por favor, que no me odie.

Maldito carácter.

Malditas hormonas.

Maldito —auch— golpe.


Ya, lo sé, un poquitín corto. Pero estoy bloqueadísima estos días.

Y, prometido, meteré más personajes en el siguiente.

¡Gracias por sus comentarios! Me animan a seguir :D

Saludos.