Nota: Siguiendo el consejo dejado en los reviews este capítulo contiene lemon, o por lo meno se intento XD.

Séptimo pecado: Lujuria

Amaba su perfume, el brillo de sus ojos, el sabor de sus labios al que en poco tiempo se había hecho adicto, amaba sus risas sinceras y radiantes. En si, la amaba solamente y únicamente a ella.

Amaba a Kagome Higurashi y, aunque sonara como el típico y tonto hombre que estaba bajo el efecto del amor, al que siempre de alguna manera se negó a pertenecer, quería; ¡no! necesitaba propagar a los cuatro vientos el amor que sentía por ella.

Y lo demás podía irse al infierno porque a él no le importaba.

Sólo había un "pequeñísimo" e "ínfimo" problema…No era el momento y mucho menos el lugar para tentar a su novia. Aunque, hablando de tentaciones, su mente no le jugaba una buena pasada desde hacia varios días, por no decir semanas.

Pero en este caso, estaba hablando de algo inocente; pero no por eso menos tentador para él.

¿Quién podía imaginarse que Kagome podía ser tan cosquilluda?

«Nadie»

En clase pocas veces formaban grupo, y raras eran las oportunidades de tenerla para el hogar. Eran en casos particulares donde por situaciones ajenas a ellos se veían en la obligación de hacer algún trabajo grupal, no menos meritorio que los trabajo que hacían casi siempre de forma individual. Pero reconocía que la gran mayoría de los profesores encontraba gratificante torturarlos con trabajos de ese tipo para solo el placer de ellos. Estaba seguro que ni siquiera servía para la materia que cursaban.

Pero hoy parecía que estaba de suerte.

Hoy había amanecido con el pie derecho.

Contra todos los pronósticos dados, y mucho más al tratarse de su antipático profesor de derecho, estaba sentado al lado de Kagome y burlándose con su sonrisa, sin que ella lo viera, del estúpido que lo observaba de reojo desde la otra punta del salón.

No tenía ni idea de qué se trataba esta nueva tarea, pero lo único que tenía claro es que antes de que la joven pudiera replicar algo ya había tomada las cosas que descansaban en su banco y estaba a su lado para formar grupo con ella.

Kagome estaba tan ensimismada con aquel texto que no notaba las claras y evidentes intenciones de su compañero de banco momentáneo.

Inuyasha dibujó una traviesa sonrisa… ¡Por Kami, como iba a disfrutar este momento!

Miró de soslayo a su alrededor para cerciorarse de no levantar sospechas ni miradas entrometidas. Todo era perfecto.

Acercó una de sus manos hasta la cabellera de la chica, notando como eran suaves las hebras al simple tacto. Descorrió el pelo que le molestaba para poder llevar a cabo su pequeña travesura. Kagome al parecer no le había prestado importancia, ya que no era la primera vez que hacia ese movimiento, solo que esta vez eran otras las intenciones.

No era un santo, y mucho menos ahora quería serlo.

Con cuidado dejó que todo el cabello de ella descansara sobre su espalda, dejando libre aquel níveo y perfumado pedazo de piel que pertenecía a su cuello. El perfume de ella lo respiraba a grandes bocanadas de aire, no había otra cosa en el mundo más exquisito que aquel perfume a jazmines.

Pero, ayudándose de todo su auto-control, volvió a centrarse en su objetivo.

Se acercó un poco más a ella sin que Kagome lo notara, lo suficiente para que su brazo rodeada la cintura de ella con delicadeza pero con convicción en su acto.

La muchacha lo miró de reojo notando el semblante relajado y hasta concentrado de Inuyasha, que al parecer leía los apuntes que tenía delante de su rostro. Le extrañó un poco, pero pasó eso de alto y volvió a la lectura. No le molestaba en lo absoluto que él la abrazara, pero moriría de vergüenza si alguien los veía.

La escuchó suspirar de forma profunda y él volvió a verla con disimulo notando la extrema concentración en su rostro fruncido al intentar entender ciertas palabras. La mano que estaba sobre la cintura de la chica se movió ligeramente con suavidad.

Casi al mismo tiempo Kagome se había movido en su asiento, pero no volteó a mirarlo.

Inuyasha sonrió de forma arrogante y volvió a mover la mano para obtener la misma reacción en ella que la vez anterior.

Kagome se movió otra vez inquieta y algo enojada por lo que él se atrevía a hacerle. Estaba tocando un punto sensible en ella, donde tenía cosquillas si se sabía como hacerlo. Detestaba que él supiera como hacer eso.

Esta vez casi pego un salto de su asiento conteniendo la risa de forma estoica. El sutil ruido hizo eco en el lugar y trato de tranquilizarse mordiéndose el labio inferior para que una risita no se le escapara.

Por suerte ninguno de sus compañeros, o el profesor, se intereso por el ruido.

Sin voltear a verlo sujetó la atrevida mano de él que se había abierto paso entre medio de su remera para ahora provocar directamente las cosquillas sobre su piel.

—¿Qué haces? —masculló ella entre dientes girando un poco su rostro y mirándolo de forma amenazante. Pero él la miraba impávido, como si de verdad no se encontrara haciendo nada del otro mundo. No tenía que responderle porque la mirada que le devolvía era la suficiente respuesta que podía recibir—. Concéntrate y deja de hacerme cosquillas.

El profesor los miró directo, mientras Inuyasha solamente asentía y ella carraspeó un poco para salir del paso y no dejar entrever que su pequeña conversación no tenía nada que ver con el tema. Suspiró cuando el profesor volvió a voltease y, aunque la afirmación de Inuyasha no la convencía en lo absoluto, por el momento lo dejaría pasar. Tal vez él le haría caso.

Pero que equivocada que estaba.

Él solamente estaba comenzando.

Aquel blanquecino pedazo de piel lo estaba tentando para ser besado desde que lo dejó a la vista solo y nada más que para él. Acercó lo suficiente el rostro mientras ahora le pasaba ambas manos por la cintura, una por su espalda y otra por su estomago, para dejarla apresada y sin escape de sus brazos. Inuyasha pronto sintió la tensión en el cuerpo de la chica al quedarse quieta entre sus brazos sin moverse, como esperando a lo que él tenía en mente.

Y juraba que le encantaba aquello de ella.

Rozó con insistencia su nariz en el cuello de ella, mientras escuchaba como dejaba escapar una diminuta risa de niña y se revolvía en sus brazos nuevamente relajando un poco más su cuerpo.

No sabía si le estaba haciendo cosquillas a Kagome o se las estaba asiendo a él mismo, porque podía sentir como su piel se erizaba ante ese contacto.

—Inuyasha —murmuró ella en un suspiro que realmente distaba mucho de demostrar enfado, pero es que no podía enfadarse con él a pesar de todo. A una parte de ella le encantaba lo que le estaba haciendo, a pesar de no ser el lugar correcto y solamente provocarle cosquillas.

Ese murmullo lo alentó a besar su piel y volver a probar el sabor de ésta, obteniendo como resultado un suspiro totalmente rejado de la chica que tenía presa en sus brazos. Ya no eran unas simples cosquillas para molestarla, era algo más y no quería detenerse. Hasta esto era mucho para él, pero no le importaba.

Notó como ella oprimía con fuerza la mano que le había sujetado con anterioridad, y él en replica mordió con sutiliza la piel que momento atrás adormeció por sus besos, sintiéndose extasiado por lo que un simple contacto podía despertar en su cuerpo.

Ella era suya y él la necesitaba, y ella…ella….

Ella lo apartó de su lado de un fuerte empujón que enfrió todo lo que estaba sintiendo en un segundo.

«Mierda»

—Ustedes —dijo el profesor mientras los observaba con malestar. Kagome sintió que la sangre en su cuerpo se congelaba ante la sola mirada de él—. Los quiero ahora mismo fuera de mi clase.

El rostro de Kagome se tornó escarlata y todas las miradas las sentía sobre ella como agujas clavándose en la piel. Como detestaba ésto y como lo detestaba a él, quien sonreía como siempre enfrentado al profesor.

—No sabe con que gusto —vociferó Inuyasha para que toda la clase pudiera oírlo claramente y disfrutar en primera fija de la cara colérica de su queridísimo profesor de derecho. Hubiera querido tener una cámara para tomarle una foto. Por Kami, esos momentos eran únicos e irrepetibles.

Se paró del asiento como si nada sucediera y tomó del brazo a una desorientada, aturdida y muy sonrojada Kagome, quien volteó a mirarlo tratando de entender lo que pasaba. La jaló para terminar de ponerse de pie, mientras con la otra mano agarraba la mochila tanto de ella como de él.

Simplemente salió de ese salón como siempre, con todas las miradas clavadas en él; solo que esta vez arrastraba a su pálida novia.

Juraba por Kami que nunca más volvería a reprimir a partir de este día ninguna otra travesura que se pasara por su mente y que incumbiera a la chica de ojos chocolates.

Para él este día había comenzado demasiado bien.

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Le cerró la puerta en la cara.

Quería gritar hasta que su garganta ardiera y disipar todo el malestar que sentía con ella misma, pero mucho más con él.

¡¿Por Kami, cómo se había atrevido a tanto?! Y ¡¿Dónde demonios quedaba su fuerza de voluntad?!

Ella se había rendido tan fácil a sus besos que hasta se había olvidado en donde se encontraba. Por suerte algo de raciocinio le quedaba aún y supo separarlo justo a tiempo, sino hubiera cedido sin ninguna duda.

Lo detestaba, pero al mismo tiempo lo amaba.

Nunca nadie le había dicho que el amor era tan contradictorio.

¿Es que acaso él no se daba cuanta de lo que sentía?

Por Kami, otra vez las ganas de gritar volvieron a ella, y a diferencia de la vez anterior lo hizo sin importarle el sobresalto del resto de los miembros de la familia.

Cayó de forma estrepitosa acomodando su espalda en la puerta y tapando su cara con ambas manos. Tenía tantas cosas en mente…sentía tantas cosas nuevas.

—Síndrome adolescente.

Kagome destapó el rostro y sus manos cayeron pesadamente a los costados de su cuerpo. Miró a su hermano que devoraba una bolsa de papas fritas.

Ella suspiró sin dirigirle la palabra, no deseaba hacerlo por ahora. Souta se llevó a la boca un nuevo puñado de aquello a lo se había vuelto ahora adicto y se arrodillo al lado de su hermana.

—Eso déjaselos a los adolescentes, Kag —comentó en forma de burla sonriendo. Esperando que su hermana le digiera algo al respecto como siempre, pero la respuesta nunca llego—. ¿Pasa algo con Inuyasha?

Kagome solamente echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, como si todo el peso del mundo los sintiera en sus hombros. Le sonaba extraño que su hermano no estuviera diciéndole cosas acerca de él, pero la verdad que luego de aquella primera impresión ambos se llevaban de maravilla. Aunque había días en que su hermano no estaba de acuerdo con la forma tan libre y desinhibida en la que Inuyasha la trataba estando en su casa.

Le enternecía saber el cariño que su hermano le profesaba, a pesar de las rutinarias peleas que tenían por tontos motivos. Pero así eran ellos y así eran muchos de los hermanos.

—No, él no tiene nada que ver en ésto —mintió—, soy yo la del problema.

—Pero, hermana —dijo Souta con un tono de asombro mezclado con el de burla—, siempre tienes problemas.

Y ahí se rompió para Kagome toda la magia del momento.

Souta se rió de forma estrepitosa al ver el nulo intento de su hermana por pegarle. La verdad que era mala, más que eso…era pésima. Ella se levantó con rapidez concentrada en nada más que alcanzar a su objetivo, pero como siempre él resultaba ser más rápido que ella y antes de poder alcanzarlo Souta estaba encerrado en su habitación riéndose de buena gana.

La señora Higurashi se acercó el principio de la escalera mirando con detenimiento el segundo piso de la casa, donde al parecer se podía escuchar una batalla campal. No tenía que pensar mucho el por qué del problema.

Sonrió con devoción.

Por más que pasaran los años, había cosas que jamás cambiarían. Y sus hijos eran unas de esas cosas.

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La maldijo mental y verbalmente.

Se había atrevido a cerrarle la puerta en la cara a ¡él!

Cayó pesadamente sobre el sillón llevando ambas manos detrás de la nuca. Quería entenderla, pero algunas veces no la comprendía, cada día ella le demostraba que era muy diferente al resto de las mujeres que alguna vez tuvieron relación con él.

A él le encantaba esa diferencia que la hacia única…perfecta para él.

Llevaban alrededor de un mes y medio juntos, la relación más duradera que alguna vez tuvo; y la relación que él anhelaba que fuera para siempre. Pero su ex prontuario no lo beneficiaba mucho.

Podía sentir tan claras las dudas de ella, que eso le causaba temor; tenía miedo que ella lo dejara. No era fácil seguramente para Kagome confiar del todo en él, y podía entenderla.

Se había ganado con creses en estos dos años los calificativos que adornaron su modo de vida gracias a su famosa lista que solo existía en su mente. Tenía el respeto y adoración de algunos, pero la desconfianza y el recelo de otros.

Y Kagome por mucho tiempo se encontró en el segundo grupo de personas.

Por eso era que entendía sus miedos y dudas, por eso es que no se entregaba plenamente a la relación que compartían. Por eso es que ella siempre lo interrumpía cuando intentaba decirle solamente en dos palabras todas las emociones y sentimientos que albergaba por ella.

No solo su vida anterior influía en sus miedos, sino también el trato que había tenido para con ella la vez anterior. Tenía su perdón, pero sabía que ella aún dudaba, y aunque él omitió hacer pregunta sobre aquellos dos hombres, eso no quería decir que no sintiera un cierto receso cada vez que los veía cerca de ella. Por eso actuó de la forma que actuó cuando volvió a ver al tonto ese que se había atrevido a besarla.

Tenía miedo de que alguno de ellos terminara arrebatándosela.

Por aquellos miedos era que su relación no tenía un nombre específico. Simplemente intentaban estar la mayor parte del tiempo juntos, aforrándose como un salvavidas al otro para darse cuenta que esa era la realidad y que de verdad estaban juntos. Él actuaba muchas veces como un celoso empedernido, pero es que de verdad le molestaba la cercanía de ese tan Houyo y, al parecer, a ella no le molestaba para nada que él la rondara.

Quería que ella entendiera que esta vez era la única, que no habría ninguna otra mujer en su vida más que ella. Pero ella se empecinaba en desconfiar un poco todavía de él, a no creerle.

Y por más que la tenía eso le dolía.

Hasta el séquito de mujeres que siempre lo perseguían entendió que ya no había ni siquiera un lugar para ellas, pero la persona que más lo había entendido fue la misma Kikyo. Era como si ella supiera de ante mano los claros sentimientos que sentía por Kagome, pero que le costo entender y aceptar.

«—Ambos tienen que aprender a confiar»

Esas fueron las simples palabras de Miroku, cuando le comentó por primera vez acerca de aquellos miedos e inseguridades que sentía también por primera vez.

Por primera vez en mucho tiempo su amigo tenía razón.

Hoy haría que ella confiara plenamente en él al igual que él en ella.

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Miró nuevamente con esperanzas renovadas la pantalla de su teléfono móvil, otra vez sintió su mundo desvanecerse cuando comprobó ninguna llamada entrante por parte de Inuyasha. ¿Acaso se había enojado con ella?

Gimió de pura angustia escondiendo otra la vez la cabeza entre sus piernas que eran apresadas por sus brazos. Tenía tanto deseos de llorar, pero se contenía. Solamente era una tonta.

Pero es que deseaba que él la comprendiera a pesar de no expresárselo con palabras. ¿Acaso Inuyasha no notaba lo vulnerable que era ante sus besos? ¿No notaba ese deseo que crecía en ella cada vez que la tocaba?

Las cosas entre ellos no estaban del todo claras, y a eso le sumaba esos sentimientos que él le provocaba casi dejándola sin aire. Ella sabía que lo amaba, pero tenía dudas respecto a él; y aunque muchas veces ella interrumpió su confesión era solo por una simple razón.

Si él decía que la amaba y jugaba con ella para después dejarla, jamás lo soportaría.

Ella no quería ser una de las tantas mujeres que "alguna vez" había logrado estar con Inuyasha. Quería dejar una huella en él, quería tener una relación con nombre y no ser algo anónimo; aunque a su vez era obvio, para el resto de sus compañeros, amigos y familiares.

Casi se cae del sillón por el susto al escuchar la insistencia del timbre. Hoy nuevamente su familia había decidido abandonarla, pero esta vez ni siquiera Buyo se encontraba para hacerle algo de compañía por lo menos.

Dio otra nueva y rápida mirada a la pantalla de su móvil comprobando sin éxito que seguía igual que la última vez que lo había observarlo. Ya había descubierto que aunque se pasara minutos y minutos con la vista fija en el aparato electrónico, éste no cumpliría sus demandas.

Como si realmente el ¡gran Inuyasha! Pudiera acordarse de ella.

Por Kami, eso era la cosa más absurda que alguna vez pensó.

La tonada particular del timbre de la casa llenó cada uno de los rincones. Con pesadez se levantó alisando con sus manos su cabello que se encontraba bastante desordenado. Tenía la ilusión de que Sango haya encontrado un poco de tiempo para ella, y a pesar de no poder responder sus mensajes, que acudiera a ayudarla en este dilema que cada segundo se volvía para ella más complicado.

—¡Un segundo! —gritó al escuchar como esta vez ya el timbre no sonaba, sino que ahora golpeaban la puerta con insistencia. Lo único que esperaba que sea quien sea tenga una buena y creíble excusa para tocar de esa forma la puerta. Estaba a punto de derivarla y juraba por sí misma que lo haría pagar la reparación de la misma si sucedía.

Se arregló la falda y la remera antes de abrir la puerta.

Sólo haba podido girar la perilla y abrir un centímetro antes que la persona del otro lado ejerciera más fuerza que ella y terminara de abrirla de golpe, logrando que Kagome caminara unos pasos hacia atrás y el desconocido avanzada dentro de la casa en menos de un segundo.

Kagome gritó al no poder reconocer al intruso y pronto éste la arrinconó contra la pared más próxima y tapó su boca con una de sus manos.

—¡Maldita sea, Kagome! —masculló indignado Inuyasha cuando pudo callar a la chica y quitarse la capucha que cubría su cabeza. Sólo en ese momento el nerviosismo que notaba en los ojos de la joven se apagó como una llama extinta—. ¿Querías dejarme sordo?

Ella lo miró ceñuda y con solo poner ambas manos en el pecho de él logro alejarlo al hacer la fuerza necesaria. Inuyasha no dijo nada a pesar que toda su espalda colisiono de forma sonada con la pared que tenía detrás.

—¡Casi me matas de un susto, tonto! —ahora era ella la que gritaba. Ella sí tenía porque gritar, no como él que se había metido como un vándalo a su casa. Por Kami, todavía sentía el corazón en la garganta a punto de salirle por la boca. Suspiró para recuperar la calma y lo observó un poco mejor, no tenía buen aspecto—. ¿Qué sucede?

Inuyasha no se sentía muy cómodo bajo el ojo sagaz de ella y el tono de voz que había usado para preguntar por su estado, seguramente era por lo de recién. Bien, ella en algo tenía razón, no había querido meterse de ese modo a su casa y muchos menos cuando al parecer estaba sola. Era una conclusión apresurada, pero es que nadie se había ni siquiera asomado cuando grito ella despavorida.

—Tenía ganas de verte…Oh qué, ¿también me prohibirás eso?

Kagome entrecerró los ojos y decidió que era mejor contar mentalmente hasta diez antes de sacarlo con lo primero que tenía a mano de su casa. Lo amaba demasiado, pero estas actitudes de él como la desesperaban.

—Yo no te prohibí nada —respondió ella cortante cuando su cuenta mental había finalizada y no le quedaba más alternativa. Tampoco podía dejarlo nuevamente en la calle como esta mañana, pero una parte de él se lo merecía.

—¿Están tan segura que puedes apostarlo?

Ella volvió a prestarle toda la atención, momentos atrás no lo había hecho. A pesar de la pequeña y escasa luz que iluminaba el pasillo, ponía notar el rostro de Inuyasha serio y seguro en cada uno de sus palabras. ¿Estaba jugando con ella?...Ella no dejaría que él jugara con ella, tenía que entender que no era igual a las otras mujeres con las que se relacionaba.

Simplemente pensó que era mejor omitir su pregunta, deseo hacerlo y lo hizo. No iba a permitir que él jugara con ella o con su mente. Él tenía que saber diferenciarla si de verdad quería que esto poco que tenían saliera a delante.

Ella le dio una última mirada, tan profunda que podía cortar la propia piel, y salió por fin de ese pasillo que servía como pequeño recibidor. Kagome dejó atrás el acogedor sillón y se internó directo en la cocina de la casa esperando, a pesar de que sonara tonto, poder alejarse o huir un poco de él.

No entendía ese comportamiento de él, la atacaba con peguntas irracionales; ¡todo para enredarla en sus pensamientos! Suspiró como si todo el peso del mundo estuviera sobre sus hombros y apoyó ambas manos sobre la mesada.

—Llevamos casi dos malditos meses de este juego, Kagome —agregó Inuyasha cuando dio por fin con su pequeña liebre escurridiza que no se había volteado a verlo—. Un maldito día estamos bien y seis mal. Me estoy cansando de ésto.

El agarre que tenía sobre la mesada se hizo más fuerte al escuchar sus palabras, sonaba cansado, desganado; pero ella lo estaba más o igual que él. Era ella la que tenía que lidiar con las miradas, con los murmullos del resto de las personas. A ella nunca le había gustado ser el centro de atención, pero todos y cada una de las personas se daban cuanta que Inuyasha y ella había dejado de ser nada más que compañeros de universidad.

Tenía presente el episodio de hace solo una semana donde tuvo que intervenir para que Kouga e Inuyasha casi no se mataran. Y por supuesto eso había servido para alimentar los chismes y ser el centro de atención por todos.

Algunos se compadecían de ella y otros la celaban. Toda su vida estaba hecha un caos desde que Inuysaha entro en su vida como algo más que un compañero.

Pero, sobre todo, lo que sentía cuando estaba en sus brazos o él la besaba. Y eso le daba tanta rabia consigo mismo hasta puntos inimaginables.

—Yo también estoy cansada de ésto, Inuyasha —dijo en un hondo suspiro que al parecer le cortaba el aire. El agarre de sus manos se suavizo y el sentimiento de sentirse desamparada al estar lejos de él la golpeo con brutalidad. ¿Por qué el amor sería tan contradictorio?

Cuando Inuyasha la abrazó en esos abrazos perpetuos que solo él era el único de proporcionarle sintió que las fuerzas abandonaban su cuerpo. Él pareció saber eso porque la pegó más contra su pecho y el agarre que mantenía en su espalda se intensificó.

Se congeló al instante cuando escucho las palabras de ella y sólo fue consciente que la estaba abrazando cuando la escucho con claridad sollozar sobre su pecho. No había querido decir aquello en realidad, solamente quería que ella ya no corra de él como si de verdad le temiera. Él era nuevo en ésto y no sabia como comportarse con Kagome.

Acarició el cabello de ella con ternura, algo que había aprendido en este tiempo y que servia para apaciguar y calmar el llanto de la joven en sus brazos.

Kagome gimoteó un par de veces aspirando y exhalando grandes cantidades de aire hasta por fin recuperarse. No quería separarse de él, no quería experimentar nuevamente lo que era estar sin él aunque sea por un instante. Lo amaba demasiado como para perderlo por una tontería, porque esto no era más que una tontería.

La joven salió de aquel escondite que eran sus brazos y lo miró fijo. Ella podía notar un sin fin de palabras escondidas en la mirada de él, pero sobre todo podía notar dos en particular que ella le había casi prohibido pronunciar. Pero hoy se terminaba aquella absurda prohibición, para ella la prueba mayor de fuego ya estaba pasada aunque después vinieran muchas más.

—Te amo —susurró ella con simpleza y voz aterciopelada, poniendo énfasis en cada una de las palabras para que él se de cuanta de la magnitud y peso de lo dicho por ella. Todo le decía que estaba haciendo lo correcto.

Inuyasha se quedó estático, con una mirada turbia y confundida puesta sobre la de ella; no era para menos.

A él le había prohibido decirle aquello y ella se lo lanzaba en la cara con una total simpleza que era indignante.

Kagome puedo notar que del asombro y la sorpresa paso al enojo y la ira en menos de dos segundos. Ella lo observó boquiabierta cuando él la alejó de sí como si la despreciara.

No podía creer lo que estaba viendo y muchos menos pensando.

—Inuyasha —lo llamó Kagome aún sorprendía por su actitud al notar la espalda de él y como caminaba a paso lento hasta la puerta de la cocina para irse como si nada pasara. Esto de verdad no podía estar pasando.

Ella corrió hasta él y lo abrazó por la espalda en un protector abrazo, antes de que el cuerpo de Inuyasha pasara el umbral de la puerta.

—¿Por qué soy débil ante ti? —preguntó él más para si mismo que para ella en un total tono de resignación, pero Kagome logró escucharlo y soltó una cálida risa casi juguetona. La tensión que había en el ambiente y en su cuerpo disminuyó por completo en el mismo momentos en que aquellas pequeñas manos se cerraron sobre su estomago—. ¿Lo sabes?

Ella volvió a reír ante el noto cómplice de su pregunta, y negó frenética con la cabeza varias veces. Él no podía verla, pero podía sentir el moviendo de aquel pequeño cuerpo femenino pegado al suyo desde su espalda; de igual forma escucho nuevamente la voz de ella.

—No lo sé, pero deseo saberlo.

Podía jurar que por lo menos para sus oídos el tono de ella había sonado sensual y hasta con un tinte de lujuria que lograba hacer reaccionar con facilidad a su cuerpo. La calidez de las manos de ella traspasó las capas de ropa e hicieron contacto con su piel, atormentándolo, quedándolo para sus adentros. ¿Cómo era posible que una siempre palabra despertara tanto en él? Estaba pasando mucho tiempo con el pervertido de su amigo.

Se giró en el abrazo con facilidad y ella lo mantuvo unos segundos hasta que él lo correspondiera. La acercó tanto a su cuerpo que podía sentir cada curva de ella como un tatuaje recién hecho. Tenía los sentimientos de amor y deseo a flor de piel. Quería que uno de ellos y el más importante quedara por siempre grabado en la memoria de ella, porque era a la primera mujer que se lo diría y esperaba que a la última.

—Porque también te amo, pequeña —susurró en su odio sintiendo como todo él se movilizaba en su interior y ella se aferraba más a ese abrazo que ambos compartían. Ambos habían dejado atrás sus miedos y ahora podían comenzar por fin una relación con todas las letras.

De forma desesperada él busco los labios de ella, sorprendiéndose al darse cuanta que ella buscaba los de él con la misma desesperación. La forma en que él la devoraba con sus besos la hacia temblar, era un cúmulo de sentimientos mezclados entre el amor y el deseo que aumentaba conforme a como los segundos pasaran.

No fue muy consciente cuando Inuyasha giró con ella hasta arrinconarla entre el umbral de la puerta y su masculino cuerpo. Los besos eran cada vez más desesperados y anhelantes, como si escasearan a la hora de transmitir todas las emociones que ambos sentían por el otro. Dio un suspiro tan profundo incrementando la sensación de vértigo que sentía en su estomago cuando Inuyasha descendió hasta su cuello depositando húmedos besos. Recorrió los fuertes brazos que la tenían aprisionada hasta poder hundir sus manos en la cabellera negra de él e inconscientemente hacer presesión para que no abandonara su cuello.

Era endemoniadamente exquisita, endemoniadamente tan ella…endemoniadamente perfecta para él que lograba solo con un suspiro volverlo loco. La apretó más contra el umbral y su cuerpo cuando escuchó con total libertad un gemido salirse de los labios de Kagome al morder su cuello. Su piel se erizo, y la sangre en su cuerpo la sintió más espesa en las venas, le costaba mantener un ritmo de respiración continuo y al parecer el aire de toda la habitación no alcanzaba para ambos. La mujer en sus brazos estaba en las mismas condiciones que él, escuchaba, como un bálsamo para sus emociones, el irregular y pausado respirar que llevaba.

Ella se estremeció por completo cuando sintió las manos ásperas y varoniles de él colarse por debajo de aquella remera blanca que llevaba puesta ese día. Inuyasha volvió a besarla sin dar tregua a que otro pensamiento ocupara su mente y poder experimentar nuevamente lo que era el sabor incomparable de la boca de él. Las manos de él le quemaban la piel de forma agradable y placentera. Muy en el fondo de su cabeza quedaban los ecos del raciocinio que siempre tenia.

Inuyasha se detuvo un momento y se separó lo suficiente para contemplarla, podía sonar arrogante pero quería ver cada pequeño detalle de ella. Los labios rosados y húmedos por los besos recién dados, las mejillas sonrosadas hasta niveles inimaginables, pero había algo que lo dejaba completamente sin habla…era aquel brillo nuevo que descubrió en sus ojos. Esos ojos que podían mirarlo con reproche, enfado o cariño; esta vez guardaban un brillo nuevo que por primera vez pudo observar.

Podía notar su miedo por lo desconocido, pero también aquella pequeña llama de lujuria que crecía en el fondo de su mirada.

La levantó en vilo observando en primer plano el sobresalto en las facciones de la muchacha que hasta había logrado soltar un grito por la sorpresa. Siguiendo un instinto, ella sujeto la cintura de él con sus piernas. Aquella posición trajo nuevamente algo de cordura a su mente.

—Inu…yasha —ella balbució su nombre tratando de formar una oración completa. Quería decirle que se detuviera, aunque una parte de ella le gritaba que se abandonara a la marea de sentimientos.

Kagome se volvió a sentir tan vulnerable como una hoja a merced del viento, cuando él rozo con suavidad sus labios con los de ella.

—Te amo demasiado.

Y volvió a besarla acallando no solo las palabras que salían de su boca sino aquel eco en su cabeza.

Aquel sentimiento de sentirse correspondida removió su mente y cuerpo al mismo tiempo. Era la segunda vez que se lo decía, y aunque ambas veces las había escuchado el mismo día, quería que él mil veces más se lo repitiera. Fue ella quien hizo el beso más profundo todavía con aquel mágico sentimiento a flor de piel.

El contacto del cuerpo de ella con el de él en aquella posición era torturante, podría sentir cada curva con plenitud, el calor único que despedía el cuerpo femenino marcando una nueva diferente entre ella y el resto de las mujeres que pasaron por su vida.

Las manos de él volvieron a colarse por debajo de la remera de ella, retomando el trabajo y tratando de apaciguar al calor que barría su cuerpo. Notó como ella contrajo el vientre y suspiraba con labor. Apretó más su cuerpo con el de la muchacha, y Kagome ejercían más presión en el abrazo que la mantenía sujetada a ese hombre para no caer. Ella lo escuchó gruñir con fuerza mientras besaba su clavícula con fervor. Era un contacto tan íntimo el que mantenían, ambos sexos rozándose a pesar de la ropa. Ropa que ahora parecía solamente atormentar a ambos.

Era tan suave la piel de Kagome bajo la rudeza de sus yemas que no era fácil mantener la compostura. Si se tratara de otra mujer a esta altura ya estaría a punto de tomarla, pero algo lo obligaba a llevar las cosas un poco más lento y apaciguar esa lado puramente instintivo que poseía. Quería demostrarle por completo que podía ser por ella una persona diferente.

Pero, por Kami, que tenerla así no ayudaba mucho.

Su cuerpo la reclamaba bajo algún instinto de posesión que nunca experimento. Pese a la negativa de una parte de él, su cuerpo actuó bajo los dominios de otra persona. Se frotó contra ella en un fervor agónico que lo dejaba a la deriva de sus sentimientos. Esta vez Kagome gimió sin tapujos y brindándose al placer que durante semanas se había negado a experimentar con la única persona que amaba.

El ambiente era demasiado perturbador, demasiado erótico…demasiado lujurioso para ella.

El sabor de la piel de Kagome era intoxicante para su sistema, aquel mismo que lamía de su cuello y clavícula sin poder tener acceso a más piel. Una palma de su mano llego por fin al preciado objetivo…poder abarcar un seno de ella. La vio y sintió retorcerse con un placer inusitado, que hasta juraba que destilaba por cada uno de los poros de su piel perfumada. A pesar de no poder sentir para su deleite la piel de aquel monte blanquecino, era suficientemente torturante sentir el pezón erecto por la excitación que tenía su dueña bajo el claro respirar irregular.

Pese a su estado, un escalofrió recorrió su espalda y los vellos de la nuca se le erizaron.

No era buena señal.

—¡Kagome Higurashi!

Ambos se tensaron al instante y se miraron profundamente sin atreverse a voltear. Toda la atmósfera se había congelado, incluyo ellos mismos. Inuyasha no hizo ningún ademán por bajar a Kagome de aquella comprometedora posición. Podía sentir el nerviosismo de Kagome porque él también lo sentía

«Otra vez no»

Definitivamente él no era un hombre con suerte.

Volteó el rostro y, si antes estaba nervioso, palideció al instante al ver quién era la persona que esta vez los había interrumpido.

—No es lo que parece.

Y se le tenía que haber ocurrido la peor excusa de todas. La mujer frunció el seño indignada.

Él no iba por muy buen camino. Estaba vez si estaba a punto de ser castrado.

«Maldita sea»

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Ella sabía porque estaba ahí. Ambos sabían porque estaban. Las palabras sobraban.

Las miradas eran profundas, las respiraciones entrecortadas. Los cuerpos tensos pero a la vez relajados. No era necesario que sus cuerpos se rozaran, porque el contacto nulo que ambos tenían era suficiente para que las sensaciones se desencadenaran en el preludio de lo que se aproximaba.

Cuando Inuyasha le propuso acompañarlo, ella no lo negó. Era un hecho, ambos se amaban y ambos se deseaban.

Él estiró su mano y entrelazó sus dedos con los de ella sin palabras de por medio, solamente mirándose de manera profunda y cómplice. Ella había sonreído, estaba segura.

Al parecer siempre él encontraba la forma de ser su guía. Estaba vez no era la excepción. La conducía con calma, sin prisa alguna; hoy era el principio y el final de muchas cosas. El principio de un amor que él consideraba eterno y perpetuo, porque había encontrado a ese alguien sin saberlo. El final de esa agónica búsqueda en la que se había convertido, también sin saber, en la presa de la mujer que ahora él conducía con total tranquilidad hasta su propio cuarto.

La atmósfera los invitaba a ambos a adentrarse en terrenos desconocidos, para él todo esto también era desconocido. Experimentar nuevas sensaciones…experimentar lo que era por primera vez hacer el amor con la persona amaba.

Los ojos de Kagome ya se habían acostumbrado a la penumbra que iluminaba cada rincón de aquella masculina habitación. Su cuerpo se estremecía con solo sentir la calidez del embriagante ambiente provocando, a pesar de su seguridad, la casi afiebrada tonalidad que sus mejillas poseían.

Él la abrazó por la espalda y pudo sentir aquella magnifica corriente eléctrica que provocaba el roce del cuerpo masculino con el suyo. Un hondo suspiro escapo de sus labios, y su pecho se infló al instante tomando a grandes bocanas el aire con anhelo.

—Sólo déjame demostrarte lo mucho que te amo.

La voz de Inuyasha no había podido sonar más ronca y sensual mientras caía sobre su oído despertando un centenar de cosquillas. Su aliento caliente al tocar su piel le causaban cosquillas.

Él quería ver sus ojos.

Esos que días atrás pudo notar el brillo, la chispa de deseo, de pasión, de lujuria y amor que aquella mujer poseía en su interior. Sabía que solo él era el dueño de aquellas sensaciones, como ella era la causante de aquellas mismas sensaciones en él.

Kagome se giró en aquel abrazo con una gentileza y ternura admirable, entonces solo en ese momento el pudo notar aquel brillo en sus ojos. Su mirada era tan profunda que podía verse reflejado en aquel mar chocolate que lo llamaba en silencio. Su piel, su aliento, sus labios, toda aquella mujer lo llamaba en silencio, pero a la vez a gritos.

Fue ella quien tomó el impulso de acortar la poca distancia que los separaba y acercar sus labios, ofreciéndolos para que él los tomara. Inuyasha dibujó una diminuta sonrisa y terminó la tortura de ella. La tortura de ambos.

Los finos brazos femeninos no perdieron tiempo y se cerraron alrededor de su cuello jugando con las hebras negras de cabello que tenía a corto alcance. Las manos masculinas se aferraron en la pequeña cintura con delicadeza pero seguridad. Él estaba dejando en claro a quien ella pertenecía.

Hoy más que nunca ella pertenecía a él, y él a ella.

Él beso se volvía desesperado mientras ambos degustaban nuevamente el sabor de la boca que los besaba. La sangre ardía en las venas…quemaba en el cuerpo. La respiración se volvía pesada y sonora.

La tierna forma en la que Inuyasha acariciaba la piel de su espalda logró que soltara un suspiro placentero. Ella se estremeció bajo el caliente tacto de sus yemas, y el vértigo en su estomago parecía dejarla sin reacción alguna.

Ya no sabía si podía seguir el ritmo de aquel beso que él marcaba, demandante, pasional…salvaje como solo él era. Era plena la sensación efervescente que Inuyasha lograba en su cuerpo con un simple y gentil toque.

Todavía no entendía qué era aquello que lograba ella para hacerle perder la cordura. Pero no le importaba, ahora no quería saberlo; quería que la magia que ella tenía sobre él nunca se extinga. La necesidad de poder sentir las pequeñas y delicadas manos de Kagome recorrer su cuerpo con deseo era algo que lo hacia excitar con tanta facilidad ante el solo pensamiento. Quería sentirla. Necesitaba hacerlo.

Kagome pareció leerle el pensamiento porque con temor las delicadas manos de ella se abrieron paso entre la camisa blanca, experimentando, conociendo cada parte del pecho masculino. Delineaba con cuidado cada músculo, tratando de guardarlo en su memoria por siempre. Asombrándose por la calidez plena que ahora sentía provenir de aquel cuerpo que la turbaba desde hacia semanas enteras.

Él gruñó de forma ronca sobre su cuello extasiado en la tímida caricia con la que se disponía ella a tocar y conocer su cuerpo. Jamás había experimentado aquel ardor, aquella necesidad de posesión que solo con ella experimentaba.

Con un ademán desesperado se desprendió completamente de aquella camisa para poder permitir, y sentir, con mayor plenitud que ella lo recorría solamente con su tacto.

Su pecho, su espalda, sus brazos. Cada pedazo de piel visible ella la tocaba de una forma enloquecedora y endemoniadamente excitante.

Volvió a besarla con fervor mientras aferraba con ambas manos los bordes de la remera de tirantes de ella y la arrestaba por su piel pasando por sobre su cabeza y hombros; viéndose en la obligación de rompes el beso por ese acto.

No importaba donde quedaba esparcida la ropa, mientras sea lejos de sus cuerpos.

Besó su cuello y hombros deleitándose, intoxicándose con el aroma de su cabello y piel. Ese aroma a jazmines que lo volvía loco.

—Inuyasha —ella suspiró su nombre con fuerza cuando él la liberó de aquella prisión que mantenía cautivo su pecho. Erizándose su piel ante el simple contacto de la fría noche que los cubría como un manto de complicidad.

Supo que su nombre jamás había sonado más hermoso, más erótico en los labios de otra mujer que como en los de ella.

Solamente desea dos cosas en este mundo. La primera había sido poder besar con plenitud los labios de la mujer que se brindaba sin reservaras a sus carias, y la segunda fue poder saborear, tocar, sentir los senos de ella.

Kagome cerró los ojos de golpe, cuando la sensible piel de su pecho sintió la boca de su amante recorrerla. No sabía con exactitud desde hacia cuanto tiempo deseaba experimentar aquella única sensación.

Ella jadeó más alto llenando los oídos de él, dándole a entender cuanto le agradaba aquella caricia mientras él sólo se disponía a torturar a la dueña jugando con el pezón erectado de su seno derecho, mamándolo, mordiéndolo con delicadeza. Una de sus manos se encargaba de atender al otro seno que bajo su tacto se estremecía por completo, mientras la otra mano estaba aferrada a la cintura de ella para evitar que se alejara. Pero él sabía que ella no se alejaría.

Él estaba excitado, más de lo que alguna vez logro excitarse con otra mujer. El dolor torturante de su hombría se lo dejaba en claro, y nada más habían sido unas simples caricias a lo que él estaba acostumbrado. Pero ella podía hacer que perdiera la razón con tanta facilidad. Era una extraña sensación de morir y vivir al mismo tiempo.

Kagome tomó el rostro de él con ambas manos y logró hacer que él volviera a mirarla perdiéndose nuevamente en los ojos del otro. Ella pegó por completo su cuerpo al de él, escuchando un gemido por parte de Inuyasha. Los senos de ella aplastados en el fornido pecho y la tirantes que sentían en su bajo vientre dándole a entender el estado de su amante. Ella sentía una extraña punzada en su feminidad que lograba hacerla navegar en un mar de sensaciones placenteras.

—Ámame, ámame, Inuyasha —dejó caer con su aliento rozando el cuello del hombre con sus besos. Sus manos recorrían con presión los brazos que descansaban al lado del cuerpo masculino. Y él dejó escapar un jadeo—, ahora solamente ámame —ella volvió a besar su cuello, y como días atrás en su casa él había hecho, mordió un pedazo de piel—. Quiero sentirme tuya…quiero sentirte mío.

Ella no sabía porqué había dicho aquello último, pero no se arrepentía en lo absoluto. Aquel instinto dormido, aquella lujuria que Inuyasha despertaba en ella la hacia también reclamarlo.

Cuando él volvió a mirarla fue como si su cuerpo hubiera sido puesto sobre una hoguera. La besó de una forma tan profunda y pasional que pensó que desfallecería en sus brazos presa del color y la pasión que recientemente comenzaba a experimentar y descubrir.

No puso resistencia alguna cuando el termino de desnudarla por completo. Estaba incomoda, nunca antes había estado alguna vez con un hombre; pero a pesar de eso, cada vez que recibía un nuevo beso por parte de quien pronto se convertiría en su primer hombre y amante, era como si su mente quedara completamente vacía y ella se encontrara a la deriva.

Sintió las frías sabanas de la cama en su espalda y el caliente cuerpo masculino sobre ella ejerciendo presión para que terminara de recostarse.

Inuyasha buscó nuevamente la boca de la mujer mientras sus manos bajaron por los costados del cuerpo femenino hasta llegar a sus muslos y abrirlos. Él se posición entre medio de aquellas piernas torneadas y blanquecinas. Su mente y cuerpo no estaban para soportar un nuevo e íntimo juego, ya habría tiempo más adelante para eso. Ahora sólo quería tenerla.

Cuando él se rozó contra ella comprobando la humedad de su excitación, Kagome pensó que moría en ese mismo instante. No fue consciente en qué momento Inuyasha había quedado en la misma igualdad de condiciones, lo único que tenía claro es el jadeo que escapó de sus labios y el gemido de él. Se arqueó contra el hombre y, en un acto instintivo, sus piernas sujetaron la cintura de su pronto amante.

Inuyasha aferró con fuerza las sabanas de la cama y contrajo el rostro por el placer al sentirse acogido poco a poco por los pliegues de la intimidad de Kagome. Entraba lento en ella, sabía que le dolía y lo que menos deseaba era prolongar su dolor.

Ella sollozó y clavó con fuerza las uñas en la espalda musculosa de él; un grito escapó de su garganta cuando entro de una sola envestida en ella terminando con aquel martirio. La respiración de Kagome se había vuelto más dificultosa, él permaneció quieto sin moverse para que ella terminara de acostumbrarse a aquella sensación.

La muchacha movió sus caderas invitando a que él continuara lo que ambos comenzaron, el pulsante dolor de su sexo poco a poco disminuía. Buscó aferrarse mejor a su espalda cuando comenzó a envestirla con lentitud. Ambos mantenían los ojos cerrados y rozaban sus bocas sin llegar a besarse. Todo lo que se sentían se perdía por cada poro de su piel.

—E-eres toda mía, pe…pequeña —jadeó él en el odio de ella de forma posesiva, demandante; buscando un mejor apoyo con sus brazos para envestirla más profundamente. La escuchaba y sentía gemir y retorcerse con insistencia, esa mujer podía llevarlo al límite de todos sus sentidos.

Era torturante, enloquecedor y placentero sentirse acogido por el interior cálido de ella; se expandía y se contraria con total facilidad solo y para él.

No supo cuantas veces más logro envestirla, no supo su midió o no su fuerza. Las veces que ambos jadearon o gimieron sus nombres. Sólo fue consciente cuando los pliegues de ella se contrajeron de forma dolorosamente placentera sobre su miembro y la tensión en ambos cuerpos sudorosos y acalorados era evidente.

Ella gimió el nombre de él llegado al clímax y dejando que su cuerpo sea barrido por aquella sensación que nació desde la unión que ambos compartían. Los músculos de su cara estaban tensos por el placer pero, a pesar de mantener los ojos cerrados, la besó con torpeza mientras lograba envestirla una última vez más con una fuerza descomunal que ni el mismo reconocía y terminaba derramándose dentro de ella.

Inuyasha cayó pesadamente sobre ella mientras ambos intentaban normalizar la respiración y el correr loco de ambos corazones. No tenía deseos de separarse de ella, mucho menos ahora que era suya por completo.

Y, sin previo aviso, Kagome comenzó a reírse olvidando el momento que compartían.

—Mi madre va a matarnos por ésto —dijo ella aún entre risas abrazando a Inuyasha por la espalda. Estaba actuando de una forma tan natural que hasta a ella misma le sorprendía.

Él también se rió entendiendo plenamente el porqué. Después del incidente donde nada más ni nada menos su propia suegra los había encontrado en una situación no muy casta, le prometió a ésta que, por el momento, no intentaría nada subido de tono con su hija.

¿Cuándo había pasado de aquello?

Nada más ni nada menos que una semana.

No era muy bueno a la hora de cumplir promesas que no sean a la mujer que tenía en sus brazos.

Giró lo suficiente con ella hasta que su espalda tocara el colchón y Kagome descansara sobre su pecho. Aquella mujer pasaba de la risa a los brazos de Morfeo demasiado rápido.

La abrazó con cuidado escuchando el acompasado respirar de ella. Miró el techo de su habitación recordando las palabras que ella le había dicho antes de que la tomara.

—Pequeña lujuriosa —susurró en su oído y ella en sueños pareció molestarse. Contuvo estoicamente una risa y volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada.

Como aquella noche de hace meses atrás el aroma a jazmines inundaba el lugar al igual que la sonrisa de la azabache. Pero estaba vez era diferente, no tenía que evocarla para poder verla o sentirla.

Estaba vez sólo tenía que abrazarla un poco más. Ella era de él.

Cerró los ojos y dejó que los brazos de Morfeo también lo acunaran inhalando por última vez el perfume que lo volvía loco.

Al igual que aquella noche él pensó en un solo nombre, en una sola mujer antes de dormir

«Kagome»


Hi...bueno la verdad que no soy de poner notas el principio de los capítulos pero como no estoy bajo la letrita "M" creo que es lo mas justo. Primero y lo mas importante como siempre gracias por los reviews en el capitulo anterior y también a los que se toman la molestia de leer. Como dije en un principio se intento en el caso que no sea lo que muchos esperaban, concidero un lemon apropiado para la condición de Kagome y sobre todo en una primera unión.

Ok pasando de largo eso, perdón por la demora. Estaba vez me tomo mas tiempo en subir un nuevo capitulo pero es que como puse en mi msn estoy bajo el "síndrome de cerebro frito", me gusta errores hacer un capitulo XD. Pero ya volverá a cien por cien la inspiración o por lo menos eso es lo que espero.

Bien quiero recordarles que este no es el ultimo capitulo, solamente nos queda uno que seria como una especie de epilogo. Asi que a desesperar.

Otra vez miles de gracias por tomarse su tiempo y pasar. Nos vemos ahora si en el ultimo capitulo. Cuidence mucho. Saludos enormes.

Lis-sama