Comentarios iniciales:
Por varias razones, dejaré mis comentarios al inicio. Primero, unas sinceras disculpas por el mes de retraso, tuve varios asuntos personales que tuve que atender, y que sinceramente eran tan absorbentes e importantes que ni tiempo o siquiera ganas me dejaban para escribir.
También comencé recientemente la universidad así que, Yay, pero también significa más responsabilidades y pendientes a los que tendré que acoplarme. En fin, espero, que disfruten de la lectura :D
Capítulo VII
"Quédate conmigo"
El miedo. Para algunos, es el camino de incertidumbre que lleva a la sabiduría; para otros es una enfermedad que nos lleva a ver las cosas peor de lo que realmente son.
Escuché, y llegué a creer, que el miedo era un abismo sin salida. Que te lleva sin escapatoria a la desesperación, la desesperación a la ira, la ira al sufrimiento, el sufrimiento al odio, y el odio nos hunde a las tinieblas del don con el que fuimos bendecidos.
¿Realmente es el miedo una vía sin retorno a la oscuridad?
El denso olor a sangre la despertó, junto con una desesperante sensación de ahogo. Se levantó de la cama temblando mientras miraba con recelo la aparente calma que la rodeaba. Para su desgracia, siempre lograba recordar a la perfección las angustiosas pesadillas que la despertaban, pero en esa ocasión era distinto; no era un miedo que se difuminaba al despertar, sino que era un poderoso sentir.
Todo se confirmó al oír un poderoso dueto de rugidos bestiales de lo que parecían felinos, que literalmente hicieron temblar con fuerza el suelo. Escuchó seguidamente un fulgurante chirrido ígneo. No solo podía oírlo, podía sentirlo.
El cuchicheo de intriga se hizo presente en el pueblo, seguido de gritos de espanto por lo que habían visto a la distancia. Abrigándose con lo primero que encontró, Zelda abrió la puerta de su cabaña para ver la multitud de pueblerinos en las entradas de sus hogares, perturbados por los acontecimientos. No entendían qué pasaba; todo eran preguntas sobre qué causó el temblor, esa llamarada que vieron a unos cientos de metros entre los árboles, y el rugir de dos fieras. El pánico comenzaba a hundirlos, y los llantos de miedo de los niños solo causaban angustia. Zelda podía observar impotente que la nevaba nocturna se había detenido para dar paso a una extraña lluvia de cenizas…
A decenas de metros uno de los centaleones se mantenía encima de Link con un gesto de placer y satisfacción; tal bestia estaba consciente del dolor que le causaba al hyliano al aplastarlo sin piedad, y eso le excitaba.
Por su parte, Link estaba inmóvil, tendido en el suelo y conteniendo con todas su fuerzas el impulso de seguir quejándose del dolor. Se mordió el labio inferior con tanta fuerza que incluso se sacó sangre; intentaba resistir, como una clara provocación a la bestia. No iba a darle el gusto de verlo sufrir del dolor, y eso causó una reacción errática en el demonio.
Con una gran impulsividad y sumido en su ira, la bestia tomó su Espada Colosal con ambas manos para hacer amago de hacer trizas el cráneo de Link. Pero el guerrero se mantuvo estoico, mirando al centaleón directamente a los ojos con desdén, incluso con una sonrisa ladina, y eso fue la gota que derramó el vaso. El centaleón intentó clavar la espada entre las cejas del hylian con la intención de sacarle las vísceras y llenar de rojo la nieve después de varios hachazos.
Con agilidad guerrero hizo a un lado lo más que pudo su cabeza, evitando por completo la agresión y causando que la mortífera arma se clavara en el suelo donde instantes antes tenía puesta su cráneo. Link tomó la Espada Final que tenía al alcance de su mano izquierda y la enterró sin miramientos en la mano del centaleón, y en instantánea sucesión tomó la Espada del más allá con su mano derecha y esta la enterró a un lateral de la pata que tenía encima de su pecho, perforándole por completo la extremidad.
En menos de un segundo Link sacó sus dos espadas ensangrentadas de negro, y por el dolor la bestia levantó la pata herida, oportunidad que el hechicero no desaprovechó para girar por el suelo y librarse. El rubio se puso de pie y en guardia, ignorando por completo el punzante dolor de su tórax. En cuestión de instante recibió un hachazo un brutal ascendente de parte del centaleón que se mostraba completamente descontrolado en furia por las heridas recibidas.
Colocando sus espadas entrecruzadas Link logró bloquear el ataque, pero la fuerza bruta le hizo retroceder y casi caer de espaldas. Apenas pudo reponerse ya el demonio le había lanzado un tajo horizontal al cual Link no tuvo más opción que esquivar de un salto hacia atrás. Apenas tocó el suelo Link dio pasos apresurados hacia adelante al mismo tiempo que tomaba sus dos sables de forma inversa. De un salto acrobático dio dos cortes apuntando al pecho de su inmenso oponente que lo duplicaba en estatura, pero el centaleón bloqueó sin ningún problema el doble tajo con su Escudo Colosal, y aprovechó para dar un contrataque y arremeter contra Link con el filo del mismo escudo.
El guerrero dio un quejido de dolor en el aire mientras caía en el suelo, viendo cómo el filo del escudo de ese demonio había traspasado su capa verde y la armadura que portaba, y el corte de su pectoral comenzaron a fluir sangre. De soslayo observó como el segundo centaleón se dirigía hacia el pueblo, atraído por la esencia única de Zelda. Link quiso hacer algo al respecto, pero escuchó a su oponente principal, quien ya se había puesto en posición de embestida. Comenzó a correr frenético para empalar al hylian con sus cuernos.
Link susurró el hechizo de Nayru de forma mecánica, conjurando lo más rápido que podía el cristal defensivo el cual lo rodeó por completo. Inconscientemente cerró los ojos esperando el golpe...
Los cuernos del centaleón se hundieron en la barrera celeste y la destrozó sin dificultad alguna, y el impacto hizo retroceder aún más a Link, aturdido y con la defensa completamente abierta. Rodó por la nieve sobre su espalda, hasta finalmente lograr ponerse de pie y levantar la mirada. Pero lo único que vio fue el instante en el que el centaleón lanzó con todas sus fuerzas su Escudo Colosal directo hacia Link para mutilarlo en dos. La mirada del rubio se enfocó únicamente en el mortal filo que venía directamente a su rostro…
No tuvo siquiera oportunidad de cerrar por reflejo sus ojos en esa ocasión, así que vio a la perfección cómo una sombra se interpuso delante de él, y de un tajo seco con un enorme mandoble desvió por completo el escudo. Link pudo reconocer fácilmente que se trataba de Izak, blandiendo un Mandoble de la Guardia. El azabache miró a Link sobre su hombro, para asegurarse de que estuviera entero.
El centaleón los observó con complacencia, y ambos hechiceros solo se quedaron tensamente quietos, aunque Izak se puso en guardia, retando al demonio.
—Ve por Zelda, trataré de detenerlo lo más que pueda—murmuró Izak mirando a los ojos a la bestia, tragando grueso y suspirando con dificultad, notablemente asustado por lo que enfrentaban.
Sin rechistar Link se vio rodeado en un aura sombría, en la cual su cuerpo sufrió la metamorfosis hasta convertirse en su forma de lobo bestial, y sin esperar más comenzó a correr frenético detrás del demonio que iba por Zelda.
Al ver cómo una de sus presas comenzaba a perseguir a su igual, el primer centaleón hizo amago de intentar perseguir a Link, pero por reflejo se cubrió con su espada al recibir un inesperado sablazo de parte de Izak, que lo frenó en seco e incluso hizo retroceder ligeramente al demonio. Impactado por la fuerza que su oponente no aparentaba tener, el centaleón vio como Izak giraba sobre sí para propinarle un segundo tajo con su inmensa arma.
El chirrido del acero se hizo presente al protegerse con su arma, y de nuevo la extremidad del demonio sufrió un latigazo por la fuerza de Izak. Consternado y ahora más enardecido por haber subestimado al hechicero, el demonio comenzó a lanzar tajos frenéticos uno tras otro tratando de destajar al joven.
El azabache simplemente esquivó cada ataque con movimientos sincrónicos y justos, no obstante no pudo eludir el último sablazo vertical viéndose obligado a poner su espada en posición horizontal para bloquear la ofensa.
El centaleón comenzó a dar porrazos consecutivos a Izak de forma descontrolada y demencial. El hyliano mantenía su defensa horizontal recibiendo todo el brutal ataque, causando que sus pies se enterraran en la nieve con cada golpe. Cuando la bestia estaba por dar el último golpe, Izak se apresuró para dar un contrataque, saltando para buscar enterrar su arma en el pecho de su oponente usando toda su fuerza para atravesar el torso del demonio. Pero el centaleón previó el movimiento y con su mano libre agarró la hoja del azabache justo cuando este iba a clavarse en su pecho.
Izak soltó con rapidez su arma solo para ver como su oponente había lanzado un nuevo corte horizontal con su espada, movimiento que el hechicero esquivó saltando hacia arriba; pero para su desgracia el demonio alzó también el Mandoble que aun sostenía por la hoja y sin piedad alguna le propinó un brutal golpe a Izak en el aire, usando su propia espada como un garrote.
Dando un quejido de dolor, el azabache cayó tendido en el suelo, arrastrándose por la nieve. Al ver a su víctima así de vulnerable el centaleón giró el Mandoble de Izak agarrándolo por la empuñadura, y lo lanzó como si se tratara de una jabalina apuntando directamente a la cabeza del hyliano.
El arma giró impulsada por el aire, y finalmente se enterró en el blanco, instantes después de que Izak hiciera a un lado su cabeza para evitar que su cráneo quedara empalado en el suelo. Miró con espanto como su Mandoble quedó clavado limpiamente en el suelo. Y al centaleón no pareció sorprenderle que su enemigo lograra esquivar el daño, más bien, parecía que ya lo veía venir. Con simpleza el demonio dio unos pasos para acercarse a donde había quedado su Escudo Colosal, y lo agarró para ponerse en guardia de nuevo.
Izak por su parte se levantó una vez más y sin mucha dificultad arrancó su arma de la nieve, mirando directamente a los ojos su oponente. Por su parte, el centaleón sonrió de manera macabra, y solo le hizo un ademán de "Ven" al hechicero de negro.
La ansiedad comenzaba a crecer entre los aldeanos, realmente asustados y hartos de estar en ignorancia, solo oían gritos, choque de armas, gruñidos de ultratumba, ligeros temblores y ese maldito olor a sangre y a cenizas. No sabían qué hacer, si huir o esperar, el miedo los paralizaba, y nadie se atrevía a ir a averiguar la verdad. Estaban desarmados, ninguno siquiera conocían el arte de la espada para combatir, y lo más remotamente cercano a un arma blanca que tenían a la mano eran sus herramientas de agricultura, y sus frágiles arcos que usaban para presas pequeñas.
Unas potentes zancadas retumbaban el suelo e incluso hacía que perdieran el equilibrio.
—Huyan…—dijo repentinamente Zelda a los que tenían cerca, en un tono entre dientes. Su mandíbula tintineaba, y no era por el frío, sino por el miedo. No sabía qué sucedía, qué se acercaba, pero estaba temblando de pavor, sudaba en medio del frío, y tenía su mano derecha dolorosamente acalambrada; su mirada vidriosa se enfocaba al lugar del que provenía ese ruido de persecución, de donde se escuchaban esos bramidos demoníacos.
— ¡Vayan a los bosques!—gritó Zelda exasperada al ver que los aldeanos no lograban reaccionar.
No sabía si era una crisis de nervios en medio del estrés traumático, o un dejavú que no lograba rememorar. Más bien era como si ya conociera las sensaciones que estaba experimentando, un presentimiento de lo que se aproximaba, aunque la ignorancia nublaba tal verdad. Esa intuición obstinada se sobreponía a su más primitivo instinto de huir y sobrevivir; no era un impulso suicida o estupor morboso; no, era algo que la estaba llamando.
Las pisadas de esa fiera se sentían más cercanas, los gruñidos más deseosos, esa esencia maligna se aproximaba desde la profundidad del bosque; los macizos robles caían como ramas quebradizas. Las personas corrían por sus vidas, alejándose de ahí, y Zelda simplemente se quedó paralizada sin poder oír a su impulso involuntario de supervivencia.
Ojos fulgurantes comenzaban a visualizarse entre la oscuridad mientras el pesado trote de esa bestia se hacía más lento, cauteloso.
Lo que sentía no se comparaba a ninguna otra que alguna vez había sentido, pero se le hacía tan inquietantemente conocido, cada vez más intenso conforme el peligro se acercaba, y ella por alguna razón no era capaz de retroceder. Su depredador salió a la luz de la luna armado con un grotesca Lanza Colosal desbalanceado y de hoja prácticamente sin filo. El demonio fijó su mirada en Zelda sin importarle en absoluto los que huían, fijándose en la figura débil y endeble de la noble, indefensa.
Por su parte Zelda no pudo procesar lo que sus ojos veían, su razón y también la cordura la habían abandonado por completo. Su cuerpo no recibía estímulo alguno, solo temblaba como animalillo herido, como una criatura resignada a morir. El único de sus sentidos que estaba sobrecargado no pertenecía a ninguno de los cinco que conocía; podía sentir dentro de sus entrañas el mismísimo latir de los dos corazones que tenía aquel fiera, su profunda respiración silbante; incluso podía sentir en sus lánguidos músculos los espasmos de cada movimiento del demonio.
Pudo sentir en su propia piel una asquerosa sensación que la envolvía, una esencia en el que estaba imbuido aquella criatura, una oscuridad malsana y sedienta, palpitante y corrosiva que incluso le produjo nauseas; sus piernas cedieran cayendo de rodillas. El centaleón no pudo contener un jadeo placentero al ver a su presa entregarse por completo, estando a punto de comenzar con ella…
Sin embargo, el iracundo gruñido de un lobo interrumpió por completo aquel instante de exasperante calma. Transformado Link alcanzó desde atrás al centaleón colgándose de la nuca del mismo al clavarle las fauces con una voracidad enfermiza y una furia rozando la demencia. Zelda cayó sentada y de forma lerda comenzó a arrastrarse hacia atrás con pavor mientras que lágrimas comenzaban a correr sus mejillas, hiperventilada sin poder apartar la mirada de la brutal escena que observaba.
La sangre negra del centaleón chorreaba y salpicaba la nieve, brotando a chorros cada vez que Link hundía sus colmillos en su cuello, usando el peso de su cuerpo bestial para desequilibrar al demonio. Haciendo un especial acopio de fuerzas el lobo jaló al centaleón con tal fuerza que el colosal demonio trastabilló en sus cuatro patas y cayó de lado en el suelo. Colocándose sobre el oponente, Link comenzó a enterrar sin piedad alguna sus garras en el tórax fornido del demonio, mientras que arrancaba a tajos trozos de carne del cuello de su ahora víctima. El centaleón trataba desesperado de protegerse con sus antebrazos, pero de poco le servía.
Zelda contemplaba esa violencia que sobrepasaba a un instinto animal o bestial, ambos oponentes parecían tener una sed inagotable de sangre, y un poderoso deseo de mutilarse uno al otro hasta hundirse en sus vísceras. La dama solo podía hacerse para atrás entre la nieve teñida de negro, jadeando de terror mientras veía cómo el centaleón alzaba su mano para alcanzar su lanza, y en un certero contrataque la bestia alcanzó a acertarle al hocico del lobo con el mango de su arma. La boca del canino comenzó a chorrear sangre carmín que tiñó la nieve, y antes de poder reaccionar el centaleón agarró del cuello al lobo, causando que este diera un chillido de dolor.
Sin mucha dificultad el centaleón se puso de pie sobre su segmento equino cuadrúpedo teniendo en su puño a su oponente, y una vez así azotó el cuerpo del lobo contra el piso, asfixiándolo contra el mismo. La trasformación de Link se deshizo tomando de nuevo su forma hylian, completamente al merced del demonio. Este último expresaba el placer de dominar la pelea, sonriendo complacido. Su cuello había quedado completamente expuesto de la cual fluía sangre espesa y pestilente que caía sobre Link. La bestia no se inmutaba ante el hecho de estar expuesto de esa manera, que su carne estuviera abierta y que parte de su mandíbula fuera arrancada. Los centaleones tenían un impulso depredador mucho más fuerte que su raciocinio, o su instinto de auto preservación, y esa era una de las razones fundamentales en la que eran asesinos temidos; demonios hambrientos de muerte.
—Co-co… rre…—balbuceó Link con poco aliento, mirando de soslayo lo peligrosamente cerca que estaba Zelda… pero ella no podía escucharle por mucho que se esforzara, el más grande enemigo que siempre los había acosado en cada vida los estaba dominando, y ese no era ningún otro más que el miedo.
El miedo era la sombra que siempre los acechaba, y el que incitaba en Link su rabia, su odio, y también ese cínico instinto primitivo de prevalecer, sin importar qué. Sobrecargado de estímulos al sentir el dolor físico, la humillación, la repugnancia de sentir sobre su cuerpo la esencia de Ganon, y la expresión desvalida de Zelda, tan indefensa y hundida en el terror bastó para que su propia voluntad se sobrepusiera ante la debilidad.
Link conjuró de nuevo sus dos espadas y sin esperar ni un instante antes de que el centaleón pudiera actuar las puso en forma de tijera y de un movimiento rápido tosco cercenó la carne de la mano que lo estaba ahorcando, pero el filo de las armas ni la fuerza bruta de Link no fueron suficientes para cortar el hueso para mutilar completamente la extremidad.
No obstante el dolor fue más que suficiente para que el demonio soltara ligeramente el agarre al verse agredido, y fue la oportunidad que Link necesitaba para zafarse y finalmente respirar con dificultad. Al ponerse de pie se apoyó del antebrazo de su oponente como si fuera un escalón y al saltar logró ponerse sobre los hombros del centaleón. Rápidamente se agarró del cuello de su oponente, trepado a la nuca de la fiera y con su otra mano giró su espada para realizar un corte limpio que le sacó un ojo al demonio.
El gruñido de dolor del centaleón aturdió a Zelda y también casi derriba a Link; mientras que sufría por la agresión el demonio trató de alcanzar al hechicero sin éxito. Logró agarrar parte de la capa de Link con la mano que tenía malherida, y de otro corte rápido el rubio le mutiló por completo la extremidad la cual cayó en la nieve sangrando y retorciéndose.
En pleno estupor por la nueva herida, Link siguió el ritmo y de un segundo corte terminó por sacar el segundo ojo al centaleón, para luego saltar acrobáticamente desde los hombros de la fiera hasta el suelo. Link se apoyó sobre una de sus rodillas momentáneamente exhausto, mirando como su demoníaco oponente vociferaba de rabia y agonía, con su rostro y cuello bañado en sangre negra, completamente desprovisto del sentido de la vista.
A paso trastabillante por sus heridas, Link comenzó a retroceder, especialmente cuando comenzó a sentir al segundo centaleón que Izak estaba enfrentando a la distancia se acercaba a paso apresurado. Podía sentir incluso cómo su alumno trataba con desesperación de detenerlo; poco algunos robles del bosque fueron derribados por el brutal combate que estaban llevando a cabo el hechicero de negro y el demonio a varios cientos de metros.
Finalmente Link se dio media vuelta con un enorme peso y sensación de vacío; estaba por encarar a lo que más le tenía miedo en todo el mundo. Debía enfrentar a la encarnación que lo había acompañado desde el inicio de los tiempos. Fue así como se enfrentó a la imagen que tanto horror le causaba, y se había hecho realidad.
Se trataba de ella, completamente entregada a las lágrimas y al pavor, derrotada. Desparramada en el suelo contemplando como la muerte estaba alcanzándola; una expresión horrorizada, un aura lúgubre y deprimente, ahogada en desgracia y una miseria profunda al caer en las garras de una agonía espiritual. Ella estaba perdiendo los resquicios de cordura que le quedaba al contemplar lo imposible, y con una crudeza enfermiza.
Parecía una pequeña criatura desnuda y lastimada que no tenía manera alguna para huir de su depredador; lloraba sin gimotear, sus ojos estaban hundidos y de pupilas dilatadas, con una palidez insana mientras temblaba intensamente.
Lo que los ojos de Zelda apreciaban era un completo vacío; ya nada de lo que veía o sentía lo consideraba real, todo debía ser un sueño, una espantosa pesadillas que ya debía acabar. Lo único que deseaba con todas sus fuerzas en esos instantes era despertar. Se le hacía nauseabundo toda la sangre que la rodeaba y más por su putrefacto olor. Trataba desesperadamente de arrastrarse por la nieve con sus manos y pies que ya se encontraban entumecidos, dolorosamente irritados por el frío de la nieve.
Le tenía recelo a todo, le tenía miedo incluso a ese hombre de capa verde que instantes antes había tenido la forma de un lobo bestial. Sus oídos zumbaban, y poco después vio cómo los pies de ese misterioso hombre se acercaban algo urgido a ella, y por cada zancada que él daba, la mano derecha de la joven se encalambraba con mayor fuerza...
Zelda solo intentó retroceder sin querer mirarlo a los ojos, pero tuvo que hacerlo cuando ese individuo la agarró del antebrazo con brusquedad, y la levantó casi arrastras para sacarla de ahí. Zelda dio un gemido de dolor, terminando por encararlo en un intento de suplicarle. Al contemplarlo a esa cercanía su respiración se cortó, observando con una obsesiva atención los orbes azules intenso inundados en adrenalina, y sus ojos intensamente enrojecidos. Su rostro de mentón afilado y prolijo se encontraba pálido, con la mandíbula tensa por el dolor y la presión que tenía. Su expresión mostraba lo mismo que el de ella: Miedo.
Link comenzó a caminar apresurado, jalando a Zelda sin ninguna delicadeza mientras veía de reojo como el centaleón que había dejado sin ojos comenzaba a reponerse y a olfatear con fuerza, dependiendo únicamente de su oído y olfato. Por su parte la dama trataba de zafarse desesperada del agarre, jaloneando y dando torpes manotazos a la espalda de Link.
—Suéltame…—murmuró ella entre sollozos a forma de súplica. El rubio no le prestó atención alguna, jalándola de forma más brusca para obligarla a caminar. Instantes después escucharon el gruñido del centaleón tras de ellos. Iracundo el demonio volvió a tomar su lanza, girando ligeramente su cabeza para escuchar con claridad los pasos de sus presas, y olfateando el sudor de ambos para ubicarlos.
La bestia se lanzó tras ellos dando una estocada para tratar de empalar a alguno de ellos. Como reacción inmediata Link agarró a Zelda de la nuca y la empujó para adelante, poniendo él entre ella y el centaleón. Invocando de nuevo sus dos sables Link desvió la punta de la lanza con un tajo seco, y girando sobre sus pies se acercó más a su oponente con tal de agredirlo con una estocada en respuesta.
No obstante Link cometió el grave error de repetir la táctica, y se hizo patente cuando el centaleón ciego esquivó el sablazo que lanzó Link simplemente haciendo su torso a un lado, y golpeó con fuerza el rostro de Link con su antebrazo manco.
El hechicero de verde rodó por el suelo por el impacto, dándose cuenta que ahora Zelda estaba por completo a la merced de la bestia que se acercaba a ella atraído por el meloso olor de la sangre de ella…
Pero el centaleón se detuvo abruptamente al sentir la cercanía de un nuevo oponente desde su retaguardia. Guiado por el sonido de las apresuradas pisadas que apenas tocaban el piso, el demonio se dio media vuelta y con el mango de su lanza bloqueó el tajo que Izak intentó propinarle con su mandoble.
La bestia en consecuencia empujó su arma para hacer retroceder al segundo hechicero y así ganar algo de espacio; comenzó a olfatear con más fuerza para reconocer a su nuevo oponente. Link se puso de pie de nuevo, volviendo a ponerse entre Zelda y el centaleón, acorralando al demonio entre él e Izak.
Aunque poco duró la ventaja de ambos hechiceros, ya que el otro demonio se acercó lo más rápido que pudo para igualar la balanza y ubicarse detrás de Izak. El silencio se hizo presente, mientras que ambos guerreros se miraban uno al otro con expresiones indescifrables estando en guardia y atentos a cada movimientos que hacían los dos centaleones. La quietud también era angustiante para todos, y Zelda solo podía observar tendida en la nieve, contemplando lo que alguna vez creyó imposible…
Izak dio inicio al combate con un acrobático sablazo diagonal directo hacia el centaleón lancero. El resultado fue obvio, la bestia bloqueó el ataque con su Lanza Colosal y volvió a empujar a Izak para hacerle retroceder, e inmediatamente agarró su arma por la base del mango para usar la lanza a modo de hacha.
El hechicero de negro esquivó el ataque sin ninguna dificultad al hacer ligeramente su torso hacia atrás, pero inmediatamente se dio media vuelta y puso su mandoble de frente para bloquear el sablazo que le quería dar el segundo centaleón armado con espada y escudo y con todos sus sentidos a la perfección.
Teniendo la atención de ambos demonios, Izak miró de soslayo a Link para darle una indicación muda que el rubio captó sin rechistar. Fue apresurado hacia Zelda y la cargó entre sus brazos para comenzar a correr con ella y alejarla lo más posible de ahí, quería llevarla hacia los bosque directo por donde estaban huyendo los demás aldeanos, en ese momento era la mejor opción.
Inmersa en el frenesí de sensaciones amargas e intensas Zelda se agarró con dureza, manchándose las manos de la sangre que aun emanaba del pecho de él. Link por su parte no quería mirar hacia atrás, porque estaba seguro que si lo hacía se detendría para apoyar a Izak; pero simplemente no podía desperdiciar la oportunidad y el riesgo al cual su alumno estaba más que dispuesto a tomar.
Finalmente se aproximaron al inicio del bosque, y Link bajó a la dama de sus brazos para encararla una vez más, pero sin poder mirarla a los ojos.
—No importa qué pase, no dejes de correr, ellos no se detendrán hasta tenerte…—Le indicó Link a Zelda, dándose media vuelta para ver a la distancia a Izak enfrentando con extrema dificultad a ambos demonios. La noble se quedó paralizada, y eso fue lo que terminó de quebrar la calma gélida del guerrero.
— ¡QUE TE LARGUES! —gritó Link a Zelda fuera de sus cabales, perdiendo por completo la compostura que siempre demostraba. Al oírlo Zelda retrocedió violentamente, trastabillando con los árboles que la rodeaban. Comenzó a correr lo más lejos que podía de él, siendo finalmente libre de huir hasta que sus pulmones le permitieran.
Link volvió a enfocar su mirada hacia los centaleones a la distancia, y comenzó a correr hacia ellos para volver a igualar la batalla. Mientras iba de zancada en zancada a través de la nieve podía ver cómo Izak básicamente se dedicaba a evadir con una elegante combinación de movimientos armónicos cada uno de los brutales y certeros sablazos y estocadas de lanza que daba el centaleón ciego, así como los preciso y rápidos tajos mortales del centaleón espadachín.
Ambos demonios parecían frustrados al ver que no lograban alcanzar a la presa que estaban enfrentando con ventaja numérica. Pero esa frustración pasó a sorpresa al ver que Izak retrocedía aún más para realizar unos extraños símbolos con sus manos a la par que recitaba un tétrico réquiem que conocía de memoria. Ese extraño ritual concluyó una vez que Izak hizo un sincrónico movimiento de manos apuntando hacia arriba, y el suelo que los rodeaba comenzó a agrietarse y abrirse.
De esas fisuras emergieron huesudas manos, gruesas y desproporcionadas que comenzaron a treparse para sacar sus cuerpos. Los entes que ahora salían del suelo gracias al conjuro de Izak eran nada menos que tres stalfos, espeluznantes esqueletos que superaban los dos metros de alto aunque uno de los tres era particularmente inmenso. Estaban poseídos y rodeados de extrañas lenguas de fuego celestes fantasmagóricas. Eran almas en pena que necesitaban siempre servir a un amo, y este era Izak.
Los tres espíritus se pusieron en guardia armados con toscas espadas, y sin esperar más se pusieron en posición de diamante para proteger a su amo, y por supuesto, atacar. El primer esqueleto fue por el centaleón lancero saltando sobre él. Estando abrazado del torso del demonio, un segundo stalfo aprovechó la distracción de su compañero para ir y enterrar su espada por completo en el tórax equino de la bestia, en donde debía estar su primer corazón.
Pero la ventaja le duró poco tiempo ya que el centaleón espadachín fue al auxilio de su semejante y de un tajó quebró el cráneo del stalfo que había acertado la estocada crítica, y este se desvaneció en una nube de humo negro. El centaleón agredido clavó su lanza en el suelo y teniendo su única mano finalmente disponible, agarró de la cabeza al esqueleto que lo tenía firmemente asido, y de un jalón se lo arrancó de encima para luego lanzarlo con potencia desmedida.
Haciéndose camino en ese frenético intercambio de ataques, Izak fue a dar un tajo descendente hacia el centaleón espadachín, pero este se protegió sin problema alguno con su escudo. Iba a responder con un sablazo hacia Izak, pero se vio obligado a usar su espada también como defensa al recibir otro ataque del último stalfo que quedaba en pie.
El centaleón lancero sintió el movimiento por su oído; aprovechando que estaba en la retaguardia del hechicero y su fantasmagórico sirviente la bestia giró su Lanza Colosal con intensión de empalar a Izak.
El stalfo intervino para defender a su amo, dándose media para encarar al lancero y con su propia mano desproporcionada y huesuda detuvo la estocada de la lanza para comenzar a forcejear con su oponente. La situación estaba peligrosamente igualada, cuando repentinamente escucharon un gruñido de un lobezno.
Transformado en lobo Link saltó directo hacia el centaleón espadachín apuntando sus fauces directo a la cabeza del demonio. Enterró sus colmillos de filo tosco en la cara de centaleón sujetándola con extrema fuerza, y lo único que faltaba es que latiguera su cuerpo para desgarrar con su fuerza y pesa. De forma grotesca Link le arrancó por completo la parte inferior de la mandíbula y la lengua, lo que causó otro espeso chorro de sangre que salpicó el hocico del lobo.
Link retrocedió luego de caer al suelo y escupir la dentadura del centaleón, dejando una ventana que Izak no desaprovechó al girar sobre sus tobillos para acertar un corte horizontal con toda la fuerza que tenía, y acertó justo en un costado del tórax del centaleón, abriendo una profunda herida y quebrándole varias de las costillas. El filo de estos huesos rotos desgarraron aún más su pecho, y por el impacto del golpe el centaleón trastabilló sobre sus patas y cayó tendido en el suelo.
Al unísono Link volvió a tomar su forma natural y conjuró sus espadas, y de un saltó intentó clavar ambas en el segundo y último corazón del centaleón lancero para terminar de eliminarlo.
Sin embargo el demonio se protegió de la agresión dejando de forcejear con el stalfo para bloquear las dos espadas de Link con el tubo metálico de su lanza, para luego empujarlo. Link retrocedió en el aire y a duras penas cayó de pie, solo para ver como el centaleón lancero tomaba su arma desde el extremo contrario de la punta y usándolo como garrote dio un certero golpe al stalfo y a Izak quienes por el impacto cayeron en los pies de Link.
Antes que el trío de guerreros lograran ponerse en guardia, ya el centaleón espadachín se había puesto de pies con su olvidado arco ya en mano, y tensando una flecha imbuida en electricidad a quemarropa. Las tres flechas se incrustaron en el stalfo, decapitándolo y haciendo que su cuerpo se desvaneciera en una nube de humo celeste dejando solos a Link e Izak.
Sus sentidos se alertaron al ver que el centaleón preparaba otra ronda de flechas. Ambos guerreros se hicieron a un lado para esquivar las tres flechas que por poco los acribillan, y se colocaron de nuevo en guardia. Sin embargo, descuidaron por completo su flanco derecho, oportunidad que el centaleón lancero aprovechó.
Corriendo a una velocidad extrema se llevó por delante a Link e Izak, golpeándolos a ambos con la vara metálica de su lanza a forma de garrote, y ambos hechiceros rodaron por el impacto. Al tener el camino libre, el centaleón espadachín comenzó a correr hacia Zelda dejando que su semejante se encargara de las dos molestias.
Apenas Link e Izak se pusieron de pie pese a estar adoloridos, el centaleón lancero se puso en frente de ellos olfateándolos con fuerza y ladeando la cabeza para escucharlos. Ambos hechiceros pusieron en guardia sus armas, con el espíritu intacto pero sus cuerpos exhaustos.
Zelda huía lo más rápido que podía evadiendo los gruesos troncos y las raíces que sobresalían del suelo y más de una vez la habían hecho tropezar en su escape. Tenía las rodillas destrozadas de raspones, las manos laceradas y toda su ropa desgarrada. Se había encontrado con algunos de los aldeanos en su huida, algunos exhaustos, o lastimados; sin dudarlo se había dedicado a ayudarlos e indicarles que siguieran huyendo.
Iba ahora acompañada de unos pocos pueblerinos, todos ayudándose para seguir adelante sin querer mirar a atrás por ninguna razón, pero a diferencia de los demás Zelda podía sentir algo más: las potentes pisadas de ese demonio que los estaba persiguiendo, su respiración ansiosa, y su clara impaciencia de alcanzarla a ella, solo a ella y a nadie más. Los árboles detrás de ellos comenzaban a caerse mientras que el centaleón la perseguía, atraído por su aura.
Finalmente el grupo de personas con el que iba Zelda se encontraron con una saliente de roca que les obstruía el paso, y sentían los pesados pasos que hacían temblar el suelo acercándose directamente hacia ellos. Estaban acorralados.
Ellos no se detendrán hasta tenerte…
Esas palabras resonaban dentro de la mente de Zelda, y por impulso actuó. Sin avisar o decir absolutamente nada comenzó a correr a un lateral alejándose por completo de los aldeanos.
Al hacerlo, inmediatamente la bestia se frenó en seco justo en frente de esas personas, entre ellas niños y ancianos, pero como si no existieran el demonio ladeó la cabeza y comenzó a correr directamente hacia Zelda dejando completamente ilesos a los pueblerinos que se encontraban en shock.
Estaba segura que no iba a salir con vida; solo le quedaba tratar de alejar lo más que podía de esas personas indefensas, igual que ella.
Nunca tendría respuesta a esa necesidad que tenía de ayudar a otros aunque eso significara sacrificarse; sus últimos segundos de vida se estaban extinguiendo mientras que sentía a su depredador acercándose, derribando todo a su paso con tal de alcanzarla.
Pero el aliento la abandonó al sentir un vacío a sus pies. Tropezó con una raíz de roble sobresaliente justo a la orilla de un desnivel que los árboles habían camuflado. La dama cayó sobre la nieve estrepitosamente sin lograr cubrirse del golpe, y comenzó a descender con violencia sobre la nieve sin lograr detenerse y golpeándose con los frágiles troncos que había. No pudo contener un impulsivo grito de dolor al sentí cómo se había aporreado el codo al caer sobre el mismo.
Su delgada figura recibía un raspón tras otro hasta que en su camino se llevó por delante un peligroso arbusto de espinas que detuvo dolorosamente su caída, pero que incrustó sus salientes en las manos de Zelda, parte de su rostro y antebrazos. Además, su cabello largo se había enredado entre las ramas.
El centaleón se dedicó simplemente a ver cómo su presa caía a sus pies, patéticamente consumida por el miedo, completamente desprovista de fuerzas. La criatura en otras vidas había enfrentado a la elegida de Nayru, y podía recordarla como una figura regia, superior e incluso imponía respeto para los de su especie, y pero en el ahora, no era nada. Comenzó a descender con calma, tomando su espada con muchas ansias.
Tendida he incapaz de moverse, Zelda veía cómo la muerte se le acercaba, así la había bautizado; esa era la parca que la buscaba. Aun así su cuerpo trataba de moverse pero las espinas se clavaban con más fuerzas en su piel, y esas heridas superficiales no hacían más que sangrar. El dolor de su brazo la hacía respirar con más desesperación al sentir su codo fuera de su lugar. Creía que ya había huido suficiente de lo inevitable… Tal vez aceptarlo era la manera de despertar de esa pesadilla.
Observaba a esa bestia con el hocico mutilado, y eso no parecía importarle, estaba entretenido con contemplarla, casi como si fuera una obsesión y compulsión.
El momento se vio interrumpido cuando una espada salió impulsada desde el flanco derecho del centaleón y se incrustó en uno de los pectorales de la bestia salpicando de nuevo de sangre todo a su alrededor. La bestia no había salido del estupor, mucho menos había logrado vociferar del dolor cuando el culpable dio la cara. Link dio un salto trepándose al torso del demonio y arrancó su espada bañada en sangre negra y ahí mismo le dio un sablazo en el cuello al centaleón causándole una seria hemorragia.
Inmediatamente Link saltó para retroceder y se puso entre la bestia y Zelda, dándole la cara al demonio.
Este último gruñó con furia y alzó su arma para destajar a Link, pero éste ni se inmutó. Del mismo flanco derecho venía Izak para dar otro golpe consecutivo. De un salto quedó a la altura del centaleón. Inhaló tanto como pudo y de su boca salió una poderosa llamarada de color celeste de aura draconiana que impactó a quemarropa la cara del demonio a forma de venganza por ese primer ataque cobarde que le habían dado. Link se dio media vuelta para acercarse a Zelda ignorando por completo el brutal daño que recibió el enemigo. El centaleón retrocedió, volviendo a caer al suelo al no poder conservar el equilibrio.
La sensación de victoria duró poco menos que unos segundos, ya que pudieron oír cómo a la distancia se acercaba el centaleón lancero a toda velocidad, atraído por Zelda y también por el estruendo.
Con esa presión encima, Izak sacó de nuevo su mandoble poniéndose en guardia para encarar a la bestia que estaba a acercándose peligrosamente rápidos hacia ellos. Presuroso Link se acercó a Zelda a ver que también el centaleón espadachín ya estaba dando señales de intentar levantarse.
Con su espada Link comenzó a cortar las ramas espinosas para no herir aún más a Zelda, pero esto era imposible. Fuera de sí por el shock ella trataba torpemente de moverse y con eso solo lograba lastimarse aún más. El tiempo se les acababa y lo único que los detenía era el maldito arbusto que se había enzarzado con los cabellos de ella y las espinas se clavaban en su delicado cuero cabelludo. Era inútil tratar de soltarla, mucho menos tirar de ella.
Zelda dio un chillido de horror al ver cómo Link se acercaba a la cara su espada, pero lo siguiente que él hizo la dejó profundamente perturbada. Sin dudarlo, Link le mutiló su largo cabello rubio de un corte rápido, cayendo al suelo las hebras doradas, todo bajo la mirada llorosa de Zelda y un nudo que no le dejó gritar de la indignación.
Justo después Izak bloqueó el garrotazo que le propinó el centaleón lancero, y en esos pocos instantes el otro demonio había logrado reponerse a medias y sin aun haberse puesto de pie tomó su escudo y lo lanzó directo hacia Link y Zelda.
Link repelió el mortífero filo con un tajo ascendente consecutivo de sus dos espadas, e Izak empujó al centaleón ciego para ganar algo de espacio para moverse. El rubio reunió la poca energía que le quedaba para transformase de nuevo en el inmenso lobo, y en esa ocasión fue Izak quien tomó a Zelda en brazos y la sentó en el lomo del canino.
—No te sueltes, ¿Sí?—Le pidió el azabache a Zelda con su usual tono amable y sonriéndole en medio de esa situación, y poco después Izak se dio media vuelta para bloquear otro ataque del centaleón lancero que por poco alcanza a la dama.
Por reflejo Zelda se agarró de la melena gris de esa bestia, y fue ahí que Link comenzó a correr lo más rápido que podía pese a estar muy debilitado. Lo único que lo impulsaba en esos momentos era la convicción de no permitir que le sucediera algo a la única que podría entender lo demencial que era el bucle de sus destinos.
Al ver cómo se alejaban sus objetivos, el centaleón lancero intento alcanzar a Izak con una estocada que el hechicero evadió con una media vuelta elegante. Inmediatamente intentó alcanzarlo con un zarpazo lineal con su arma, pero Izak volvió a evadirlo con un salto mortal hacia atrás. Cuando sus pies tocaron el suelo y una vez había tomado estabilidad para contra atacar, el centaleón que permanecía tendido en el suelo vio su oportunidad y agarró con su puño ambos pies de Izak y tiró de ellos.
Ante eso el centaleón lancero comenzó a correr realmente impaciente detrás de Link, mientras Izak veía todo eso siendo jalado por el otro demonio. Teniéndolo firmemente agarrado la bestia se puso de pie en sus cuatro patas y con sumo placer azotó el cuerpo del azabache contra la superficie de piedra recubierta de nieve, y luego lo lanzó contra otros árboles los cuales fueron derribados con el impacto de su cuerpo.
Izak se repuso tan rápido como lo derribaron; su mirada se dirigió hacia el centaleón que le pisaba los talones a Zelda y Link, y para cubrirlos comenzó inhalar y disparar una llamarada de fuego que pudiera detener al demonio en su persecución. Pero poco antes de poder lanzar el ataque, su actual oponente lo alcanzó y con su grotesca mano agarró la cara de Izak tapándole la boca antes de que escupiera el chorro de fuego.
Teniéndolo de nuevo en sus garras lo levantó tomándolo de la cara y lo azotó contra el suelo con una fuerza desmedida. Izak veía a su oponente con asco, mientras este seguía sosteniéndolo de la cara tapándole la boca. Al tenerlo dominado el centaleón tomó su espada con su mano libre, y comenzó a acercar su rostro sin mandíbula a la de él…
Zelda escondía su rostro entre el abundante pelaje del lobo, agarrándose con su mano izquierda con todas las fuerzas que podía. No quería ver, pero podía sentir de forma intensa la respiración y también el palpitar frenético del corazón de Link. El centaleón lancero los perseguía guiándose únicamente por los sonidos y el aroma de sus dos objetivos, destrozando con su cuerpo los obstáculos que Link esquivaba ágilmente en su transformación. A la distancia pudo visualizar un pequeño túnel rocoso levemente estrecho al que no dudo en entrar con tal de obstaculizar la persecución al demonio.
Link salió del túnel en el que a duras penas cabía, y de reojo pudo ver cómo el centaleón sufría para lograr atravesar ese mismo camino. Aunque la ventaja no les duró nada.
El lobo se frenó con desesperación deslizándose un poco en la nieve al encontrarse con un nuevo problema: la enorme pendiente a la orilla de la meseta, de bastantes metros de caída con una pared rocosa relativamente lisa y empinada. Transformándose una vez más en hylian, Link volvió a tomar a Zelda entre sus brazos manteniéndola unos instantes recostados en su regazo. Pero se alarmó al ver cómo los ojos de ella comenzaban a cerrarse.
—Oye… No cierres los ojos—le pidió a Zelda en un susurro, dándole unas muy suaves palmaditas en la mejilla ella; no podía dejar que cerrara los ojos. Zelda mosqueó ligeramente, mirándolo ya sin fuerzas como para resistirse o tratar de alejarlo. Fue ahí que por un mal movimiento el centaleón derribó parte del túnel en el que estaba atrapado y en consecuencia un deslave de la colina le había caído encima. Eso lo retrasaría, pero no por mucho, y ahora solo les quedaba bajar.
Aprovechando esos valiosos segundos en los que el demonio demoraría saliendo de su propia sepultura de escombros, Link se sacó por completo la capa con la que vestía que solo le estorbaría para lo que estaba a punto de hacer. Tomó una vez más a Zelda en brazos haciendo que ella se sujetara de su cuello con su único brazo sano; con algo de sobreesfuerzo y sobre todo con el intenso dolor en torso Link logró ponerse de pie con ella, pero eso no era nada comparado con lo que sentiría al hacer lo que estaba pensando. El centaleón logró sacar parte de su torso y fue en ese instante que Link se dejó caer al vacío con Zelda sujetada con un brazo, y mientras caían sacó su espada y la enterró en la pared de piedra.
Esto no los frenó de golpe sino que continuaron deslizándose mientras que el sable desaceleraba la caída progresivamente a la par que Link gruñía por el intenso dolor en su lesión. Finalmente se frenaron de golpe más o menos a la mitad de vacío, sosteniéndose únicamente de la espada. Link estaba a punto de dejarse caer y amortiguar la caída con una ráfaga de aire que podía conjurar con la escasa energía mágica que le quedaba, pero eso fue antes de oír al centaleón a la orilla del precipicio.
Se había liberado, y no solo eso, los tenía a su merced una vez más. La bestia podía escuchar las respiraciones copiosas de ambos hylianos, y sin esperar más giró su lanza con la única mano que le quedaba y reuniendo energía piroquinética, la clavó en el borde de la pendiente causando una explosión que destrozó toda la pared de piedra. La estructura natural comenzó a agrietarse y la meseta cedió en ese costado formándose así una avalancha de rocas y también nieve.
Al ver lo que se les venía encima, Link soltó la espada comenzando a caer los dos juntos mientras que el repentino grito de Zelda se perdía entre el estruendo del derrumbe. Como había planeado, Link frenó la caída de ambos con una muy débil ráfaga de aire que a duras penas los contuvo lo suficiente como para caer rodando en la nieve sin lastimarse. Sin necesitar ver la ola de escombros que se les venía encima, Link se puso de pie y tomó de la mano a Zelda obligándola a levantarse.
—Vamos… Muévete—dijo Link con las palabras arrastradas por el estupor, apoyando el brazo de Zelda sobre su cuello para ayudar a andar. Justo en frente de ellos se veía la entrada a una cueva congelada que en esos momentos era el único refugio. Con pasos tambaleantes por el temblor, ambos comenzaron a andar apresurados antes de que el derrumbe los barriera. Finalmente se acercaron a la entrada de la cueva, y sin esperar más Link empujó a Zelda hacia dentro de la misma y se paró en el umbral de la caverna. Sabía que lo que iba a hacer era estúpido, pero no le quedaba más opción. Su trifuerza del valor comenzó a destellar con más fuerza a la par que recitaba muy bajo palabras en un idioma que tal vez solo los más ancianos de los gorons en la época podrían entender, y rodeado por una aura ígnea, Link dio un puñetazo al suelo lo que hizo que emergiera un enorme muro de roca que bloqueó por completo la cueva antes de que la avalancha los aplastara.
El conjuro cumplió la función, ya que sirvió como barrera y desde adentro de la caverna se sintió el temblor de todo el desastre, hasta que finalmente se detuvo. La calma era engañosa; estaban encerrados y debían moverse.
Zelda se encontraba apoyada al suelo, con un poco más de color en el rostro y recuperando algo de consciencia luego de varios amagos de desmayarse. Por costumbre tomó un trozo de la poca ropa que aún le quedaba encima, y sin necesitar ayuda se hizo un improvisado cabestrillo para su brazo lastimado. Mientras tanto Link cayó sobre sus rodillas, respirando desesperado para recobrar el aliento por muy urgido que estuviera por seguir en movimiento.
Zelda simplemente se quedó momentáneamente sentada en el suelo, contemplando a ese sujeto que la había salvado más veces de las que podía contar.
— ¿Esto es una pesadilla?—preguntó ella con la voz quebrada con una extraña sensación de querer reír, pero a la vez sollozar, y a la final lo que podía soltar eran lágrimas mudas.
Como estaba dándole la espalda, Link la miró de reojo con amargura.
—Ojalá lo fuera…—respondió él con desgano, casi con resignación.
Pero en ese momento el puño del centaleón atravesó por completo el muro de roca que Link había formado, horrorizando a ambos hylianos. Apresurado Link se acercó a Zelda para ayudarla a ponerse de pie y seguirlo. Estaban atrapado, y frente a ellos lo único que estaba eran las entrañas heladas de la cueva. Estaban rodeados de inmensas estalactitas y también paredes de hielo sólido, lo que le daba a todo un aspecto tan laberintico.
El demonio sacó su mano y volvió a meterla, agrietando la única barrera que protegía a ambos jóvenes, y Link entraba cada vez más hondo en su pánico al no encontrar alguna salida.
Finalmente el centaleón lancero terminó por derribar el muro con su cuerpo a punta de azotes, derribando la roca y también parte del techo de estalactitas de la caverna. Abriéndose paso por los escombros comenzó a olfatear sonoramente para encontrar a esos dos, los sentía ahí, pero sus oídos no lograban detectar sonido alguno más que el provocado por su propia respiración. La bestia comenzó a adentrarse lentamente a las anchas de la caverna helada, llena de muros de hielo traslúcidos e incluso reflectantes. Los sonidos generaban eco, lo que dificultaba aún más para el centaleón tratar de ubicar por el sonido a sus presas. Continuó buscando con calma, olfateando con más cuidado para tratar de orientarse… Pero el olor de ambos estaba impregnado por todas partes.
El demonio pasó cerca de una pared de hielo, oliendo a sus alrededores, sin saber que justo detrás de ese muro de agua y sedimento sólido y opaco se encontraban escondidos ambos jóvenes. Estaban de pie, Zelda recostando su espalda en la pared de roca de la cueva, teniendo arrimado sobre sí el cuerpo de Link quien estaba frente a frente con ella, tan cerca que la punta de sus narices rozaban. La mano de Link estaba sobre la boca de Zelda para que no soltara sonido alguno.
Link se puso pálido al sentir cómo el centaleón les pasaba justo a un lado, peligrosamente cerca al tratar de ubicarlos. Estaban incluso manteniendo la respiración, y ese lapso se estaba haciendo angustiantemente largo…
El centaleón comenzó a alejarse unos cuantos pasos, al no sentirlos ahí. Poco a poco su trote comenzó a oírse más distante, y fue ahí cuando Link apartó su mano de la boca de ella, pero aun sin soltar la respiración. Se quedaron quietos por unos segundos, en lo que oían cómo las zancadas y gruñidos del demonio se hacía cada vez más lejano; esperaban la oportunidad en la que estuviera suficientemente lejos como para salir de ahí por la amplia entrada que el centaleón había abierto a porrazos; incluso podían ver de reojo el camino a la salida, estaba demasiado cerca, pero al mismo tiempo tan lejos.
Uno junto al otro se miraban a los ojos mientras escuchaban al cazador buscarlos de un lado a otro. Link podía sentirla temblar, estremecerse en silencio ante el suspenso. Finalmente los pasos se hicieron cada vez más lejanos… Hasta casi no oírse. Soltaron silenciosamente la respiración por la nariz y retomaron aire para de nuevo contenerlo, mientras Link observaba de soslayo que la criatura les daba la espalda a metros de ellos, buscando en la dirección contraria.
Link volvió a mirar a Zelda estando en esa comprometedora cercanía, y ladeando la cabeza le indicó de manera no verbal que debía salir de ahí en cualquier momento. Zelda asintió, preparándose para hacerlo…
Pero el desgarrador grito de ambos destrozó por completo el silencio tenso. Tanto Link como Zelda exclamaron a todo pulmón a causa del dolor que los atravesó de un instante a otro. La sangre de ambos comenzó a chorrear una con la otra al estar sus cuerpos pegados, bañando de nuevo el piso de ese tono carmín. Link daba bufidos desesperados, mientras veía con horror cómo la punta inversa de la Lanza Colosal les había atravesado a ambos sus hombros, empalándolos juntos a la pared de piedra. Zelda se ahogaba en su propia hiperventilación, de nuevo shock, gimiendo en sollozos secos y cediendo ante ese brutal dolor.
Pero no fue nada comparado a los gritos con los que vociferaron cuando el centaleón agarró su lanza que había lanzado como jabalina, sin ninguna piedra arrancó la punta de la pared; levantó su arma para que Link y Zelda colgaran desde sus heridas, frente a frente en la vara metálica que había atravesado por completo el hombro de ambos. Las hemorragias empeorabas, chorreando con mayor fuerza y rapidez. El centaleón sonrió al escucharlos, y para que siguieran gritando inclinó su lanza hacia arriba, causando que Link y Zelda se deslizaran por la vara del arma y que sus desgarros se abrieran más. Incluso comenzó a agitarlos con rudeza, gozando de seguir escuchando su agonía y la sangre chorrear contra el suelo.
No obstante, el sonido chirriante de un sablazo detuvo en seco el centaleón. Por reflejo estaba a punto de darse media vuelta para enfrentar directamente el ataque, pero no le dio oportunidad alguna de defenderse. El autor no era otro que Izak, quien reunió todas sus fuerzas, e impulsado por la rapidez de sus pasos, la adrenalina que lo envolvía y la ira que sentía, alzó su inmensa arma y de un corte certero alcanzó el cuello del demonio.
El corte no fue limpio, pero llegó hasta el hueso, causando que la cabeza del centaleón quedara colgando. La fuente de sangre negra bañó por completo el torso de la bestia, quien comenzó a tambalear y caer sobre sus cuatro patas. Soltó la lanza que tenía empalados a Link y Zelda, dejándolos caer de forma dolorosa, y consecutivamente, el cuerpo del centaleón cayó inerte en el suelo, con sus extremidades retorciéndose mientras que sus dos corazones terminaban de sacar toda su sangre por su cabeza cercenada.
La expresión de Izak mostraba terror al ver la grotesca herida que tenían Link y Zelda, y el cómo se estaban impregnados de sus propios fluidos. Link tenía una respiración errática, y sentía su brazo derecho completamente tieso, no lo sentía siquiera. Pero eso poco le importaba al ver a Zelda inerte, pálida y con una respiración extremadamente débil y copiosa, su mirada perdida y sus balbuceos incoherentes a causa de la pérdida de sangre.
Izak estaba a punto de auxiliarlos, pero el estruendoso rugido del último centaleón en pie lo detuvo en seco… Se dio media vuelta, y pudo observar al demonio que quedaba a lo alto de la meseta que su semejante por poco derrumba. La bestia tomó su espada con una sola mano, sonriendo con complacencia, para luego saltar al vacío, apuntando su trayecto para aterrizar en entrada a la caverna en la que estaban.
En el aire la bestia sostuvo su espada lo más alto que pudo, preparándose para clavarla en el suelo al caer y producir una explosión de fuego y así acabar de una vez por todas con esos tres. Izak sabía que lo que vendría no solo sería un ataque; estaban en una cordillera, y ese impacto iba a causar sin ninguna duda una avalancha titánica que probablemente iba a sepultarlos junto con el centaleón.
Por reflejo involuntario, Izak recitó lo más rápido que podía un conjuro que inmediatamente formó una barrera de energía celeste alrededor de ellos rodeado de runas. El azabache cerró los ojos con resignación, porque estaba consciente que esa barrera no resistiría lo suficiente. Link observaba toda la situación desde el rabillo de sus ojos, al límite de quedar inconsciente. Apartó la mirada de lo que venía, abrazando a Zelda. Los ojos de ella estaban cediendo, poco a poco se estaba desmallando, y lo último que sus ojos estaban observando, eran los de él.
—Quédate conmigo…—Le pidió Link en un susurro, instantes antes de que el suelo temblara, y todo lo que los rodeaba comenzaran a caer sobre ellos…
