Capítulo 7

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No debería haberse parado en la casa. Si no lo hubiera hecho, no se habría enterado. No habría visto la palidez de Esme, ni oído el temblor de su voz al decirle que tenía contracciones.

—¡No puede ser! —le contestó, como si pudiera detenerlo con sólo decírselo.

—Pues lo es —contestó ella—. Llevo todo el día con contracciones.

—¿Has llamado al médico?

Negó con la cabeza.

—No creí que fuese a ocurrir. Me faltan dos meses.

—Pues eso díselo al bebé —contestó él—. Vamos, túmbate en el sofá.

Edward tomó su brazo y la acompañó en esa dirección. No fue fácil. Carecía de equilibrio desde que le habían quitado la escayola. Además, ¿qué demonios tenía que hacer él con su madrastra? Lo último que quería era tener algo que ver con la nueva familia de su padre.

—¿Dónde está mi padre? —le preguntó con aspereza.

—Cullen está en Atenas —dijo Esme débilmente, y subió los pies al sofá.

—Ya —Cullen nunca estaba cuando se le necesitaba—. ¿Lo has llamado?

—No… no lo encuentro.

—¿Que no lo encuentras?

—Es que tenía una reunión de altos vuelos con una empresa que quiere comprar. Dice que era todo secreto, y no me dijo dónde iba a estar.

—¡De entre todas las cosas más absurdas que…!

—¡Edward! —se sujetó el vientre con una mano—. ¡Otra!

Edward lanzó un juramento y llamó al médico, y después al hospital. El médico le dijo que se encontrarían allí. Que la llevase él.

—¿Yo?

¿Quién si no?

¡Aquello no era cosa suya, sino de Cullen! Pero Cullen estaba al otro lado del mundo.

—Pobre Cullen —murmuró Esme mientras la metía en el coche—. Va a ser como la última vez.

Edward no sabía qué quería decir. ¿Habría estado su padre también al otro lado del mundo cuando nació Emm?

La llevó al hospital en tiempo récord, la dejó en manos de las enfermeras y dio la vuelta para marcharse.

—Llamaré a Adrianos a ver si él puede localizar a mi padre.

Ella asintió.

—Y a Emm. Tienes que decírselo a Emm.

—¿Yo?

—Eres su hermano.

Qué momento tan estupendo para recordárselo.

—¿Dónde está? ¿Sigue con Bella Swan? —preguntó, aunque sabía la respuesta.

Esme asintió y le dio la dirección de sus tías.

—Le dejaré un mensaje. Tengo que irme al aeropuerto.

Esme le sujetó por una mano y le miró con unos ojos tan grandes como la luna llena.

—No permitas que sea para ti como fue para él, Edward —le rogó—. ¡Por favor!

¿Cómo fue para él? No sabía de qué estaba hablando.

—Ve a buscarlo. ¡Tráele a mi lado!

Estaba clavándole las uñas en la muñeca.

—Mi padre…

—¡Yo no soy tu padre, Edward, y no te lo estoy pidiendo por él, sino por mí y por Emm! ¡Por favor!

El médico llegó justo en aquel momento con su mejor sonrisa competente y profesional.

—Veamos si este pequeño es serio, Esme.

Ella ni siquiera lo miró. Sólo miró a Edward.

—Por favor.

Así que fue a buscar a Bella.

La vio en el muelle antes de entrar en la casa, y sólo con verla se sintió mejor, como si ya no llevase el peso del mundo sobre los hombros. O al menos, como si no lo llevase solo.

—¿Esme? —le preguntó, palideciendo ante las noticias.

—Quiere que vaya Emm.

—Por supuesto. Le traeré —echó a correr hacia la casa—. Enseguida venimos.

—No puedo quedarme. He de tomar un avión. Sólo he venido para decírtelo.

—¿Para decírmelo? —se volvió—. ¿Y eso es todo?

No le gustó la expresión de su cara. Le pedía cosas que él no estaba dispuesto a dar.

—No es mi mujer.

—Emm es tu hermano.

—Es curioso que todo el mundo me lo recuerde en este momento —dijo con amargura.

—¿Cómo?

—No importa —murmuró.

Justo entonces, el sonido de unas pisadas corriendo llegó hasta ellos.

—¡Bella! ¡La cena está…! —Emm se paró en seco al ver a su hermano—. ¿Edward?

—Hola, Emm.

El niño los miró a ambos, confundido y preocupado, pero Edward no quería verlo. No quería ver tampoco el brillo de esperanza. Le recordaba demasiado a sus esperanzas de la infancia continuamente defraudadas.

—Escucha, Emm —le dijo—. He venido a buscarte. Tu madre te necesita. Ha tenido que ir al hospital.

—¿Al hospital?

Emm miró a Bella.

—Ha tenido unas cuantas contracciones —le explicó ella—. ¿Te acuerdas cuando te dejó poner la mano en su barriga y la sentiste toda dura?

Emm asintió.

—¿Y por qué ha tenido que ir al hospital?

—Pues verás, es que si empieza a tener contracciones con regularidad, puede que vaya a tener el niño. Ha sido una sorpresa, porque tu hermanito se ha adelantado, así que quiere que vayas a verla por si tiene que quedarse y tener el niño.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¿Y la cena?

—La tía Rosie puede ponérnosla en unas fiambreras de plástico y nos la llevaremos. Podemos tomárnosla en tu casa después de ver a tu mamá. Será como ir de excursión.

Los ojos de Emm se iluminaron.

—¿De verdad?

Bella sonrió.

—Sí. Corre, ve a decirle a tía Rosie que tenemos que irnos.

Edward estaba maravillado. Bella parecía saber exactamente lo que tenía que decir, y cómo decirlo. No le había hecho a Emm ninguna promesa que no pudiera o quisiera cumplir. No había intentado quitarle los temores, sino ofrecerle apoyo y amistad.

—¿Dónde estabas tú cuando crecía yo? —murmuró Edward.

—Era demasiado joven para haberte sido útil —contestó, y echó a andar hacia la casa. Edward la siguió. Sentía curiosidad por conocer a sus tías.

Entonces comprendió por qué Bella era como era: sus tías eran dos mujeres cálidas, hospitalarias, amables y sensibles. Le dijeron que era un chico muy guapo y lo mucho que Emm se parecía a él, y lo divertido que era que se llamase Edward.

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—¿Sabes? —le confió tía Em—, en un principio, Bella creía que el niño del que tenía que ocuparse se llamaba Edward. ¡Imagínate, tú con una niñera!

—Pues sí… —contestó Edward. Bella fingió no haberlo oído.

—Tenemos que irnos —dijo, llevándose a Emm hacia la puerta. Llevaba una bolsa que tía Alice les había preparado—. Da las gracias, Emm.

—Gracias —repitió el niño, pero se volvió y le dio un abrazo a sus tías—. Gracias por las galletas, por jugar a las cartas y por dejarme subir en vuestro barco. ¿Puedo venir otro día?

—Por supuesto, tesoro —dijo tía Rosie.

—Claro que sí. Además, un marino tan bueno como tú, debe montar a menudo en barco —dijo tía Alice, mirando a Edward a hurtadillas—. Y tráete a tu hermano la próxima vez.

Bella le dio un beso a cada una y con Emm en una mano y la bolsa en otra, salió apresuradamente.

Edward se encaminó hacia el Jaguar.

—Yo te seguiré —dijo Bella—. Y no esperes que te siga si conduces muy deprisa —se volvió a Emm—. Tú asegúrate de que no corre para que yo no me pierda, ¿vale?

El niño la miró, atónito.

Y el grande, también.

—Un momento… —empezó Edward.

Pero Bella le clavó con la mirada.

—Estoy segura de que Emm preferirá ir en un coche como el tuyo y no en un trasto como el mío —dijo, y abrió la puerta del acompañante para que subiera el niño—. Vamos, Emm.

—¿Pero qué maldita…?

—¡Ejem! —tosió Bella.

—Está bien —murmuró él—. Nos veremos allí.

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El Jaguar siempre le había parecido un buen coche. Cuando le acompañaba una mujer hermosa, era casi demasiado grande, pero cuando el acompañante era Emm, era demasiado pequeño. ¡Era como si lo llevase en las rodillas!

Edward conducía rápido, pero no mucho, ya que las carreteras que recorren Long Island de norte a sur tienen muchas curvas. Detrás de él, veía las luces del coche de Bella en el retrovisor.

A su lado, Emm iba inmóvil, mirando por la ventanilla, y sólo cuando vieron el hospital, le oyó decir algo. Y no fue una palabra, sino un pequeño suspiro.

Dejándose llevar por el instinto, Edward puso su mano sobre la manita del niño, y Emm se aferró a él.

Aparcó el coche y paró el motor. Sólo entonces el niño se volvió hacia él con sus enormes ojos llenos de temor.

—Quiero que venga mi papá —susurró.

Edward sintió que la garganta se le colapsaba, y apretó los dientes.

—Lo sé —dijo con voz ahogada—. Pero tu papá no está aquí ahora. Si quieres, Bella y yo entraremos contigo.

¿Por qué demonios le habría dicho eso? Bueno, en realidad, sabía bien por qué. Se lo había dicho porque eran las palabras que él habría necesitado oír cuando era un niño y llevaban a su madre al hospital y…

Qué extraño. Hasta aquel momento, ni siquiera se acordaba de que su madre hubiera estado en el hospital. Pero en aquel momento recordó los largos pasillos, y unos extraños ruidos metálicos. Gente que hablaba en voz baja. Recordó estar sentado allí, solo, con gente que pasaba por delante de él, que le hablaba, que le olvidaba.

Pero era como si no hubiera sido él quien estaba allí.

Aunque… su padre era quien faltaba. Igual que en aquel momento.

Se bajó del coche y tomó la mano de Emm.

—Vamos —le dijo.

Nadie le iba a hacer a Emm lo que le habían hecho a él.

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Bella no sabía qué había podido ocurrir entre Edward y el niño durante el camino, pero al bajarse del coche y acudir en su encuentro, supo que algo había cambiado.

Edward estaba completamente distinto. Era palpable en la forma en que estaba junto a Emm, casi protegiéndole. Lo oyó en la firmeza de la voz con que habló con el personal del hospital, la serenidad con que acompañó al niño por el pasillo a ver a su madre.

Aquel era el Edward que Cullen siempre había querido, pero que temía no existiese: un hombre responsable, capaz y bondadoso.

Bella no dijo una palabra, sino que se limitó a observar. Entró con ellos a ver a Esme porque la expresión de Edward la incluyó a ella al decir:

—Queremos ver a la señora Cullen.

Bella habló con Esme con serenidad y optimismo, porque en la habitación, Edward casi no despegó los labios.

Pero estuvo allí, dándole la mano a Emm mientras ella hablaba con Esme. Esme acarició la cara de su hijo y lo besó, explicándole que el bebé podía llegar antes de lo previsto y que tenía que quedarse allí.

—¿Puedo quedarme yo también?

Esme sonrió.

—Sólo hay una cama aquí, y Bella dice que pasará la noche contigo en casa. Es mejor que quedarse aquí. Y mañana ya sabremos si viene el bebé o no. Si no viene, podré volver a casa. ¿De acuerdo?

Emm se mordió el labio primero y después asintió.

—Bueno —dijo, y miró hacia atrás—. ¿Edward va a venir también?

Edward estaba de pie junto a ella y Bella sintió la tensión emanar de él en oleadas. Pero no era de ira, sino más bien una intensa vibración personal. Una especie de campo magnético, y casi sin darse cuenta, Bella se acercó a él.

Sus brazos se rozaron, y sintió que Edward tomaba su mano. Tenía la palma fría y húmeda.

—¿Vas a venir, Edward? —insistió Emm.

—Si tú quieres…

Emm asintió solemnemente.

—Sí quiero.

Bella no debería haber pensado en una boda, porque se trataba de un niño de cuatro años y su hermano mayor, pero había percibido algo, digamos, sacramental. Una promesa.

Apretó la mano de Edward y él le devolvió el apretón.

—¿Edward? —lo llamó Esme, y Edward la miró a los ojos—. Gracias —le dijo con una húmeda sonrisa.

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Desde luego, había perdido la cabeza.

Él no debería estar allí, en la casa de su padre, esperando a que Emm se pusiera el pijama y se metiera en la cama.

Pero también sabía que no había ningún otro lugar en el que pudiera estar.

Él lo sabía, y Bella lo sabía también.

Después de hablar con Esme, había salido de la mano de Emm del hospital, y después se les había unido Bella y con una alegre sonrisa, había dicho:

—¿Estáis listos para el picnic, los dos?

Emm, que había estado bostezando sin soltar la mano de Edward, se despertó de inmediato.

—Sí. Me muero de hambre.

Bella ni siquiera se molestó en calentar la cena; simplemente la sirvió poniendo un mantel en la terraza que daba a la piscina. Edward la miró dudoso, pero ella sabía bien lo que hacía, porque de aquel modo consiguió que Emm se tomase al menos la mitad de la cena antes de que se quedara dormido.

—Sabías que no iba a aguantar, ¿eh? —dijo Edward.

—Ha sido un día duro para él. Y para ti también. ¿Qué tal la cabeza? ¿Y la pierna? Ni siquiera he tenido tiempo de preguntarte.

Edward se encogió de hombros.

—Bien.

—Has sido muy… amable quedándote.

Hizo una mueca de medio lado.

—Así soy yo: amable.

—No te menosprecies —contestó—. Sé lo duro que ha sido para ti.

«No tienes ni idea», hubiera querido decirle, pero extrañamente tenía la sensación de que sí lo sabía.

—Sí —musitó mirando hacia el agua turquesa de la piscina. Mejor no mirarla a ella, porque si lo hacía, recordaría sus besos, la suavidad de su pelo, la respuesta de su cuerpo.

El suyo propio ya estaba respondiendo…

Se puso de pie y tomó al niño en brazos.

—Voy a llevarle dentro. ¿Quieres abrir su cama, por favor?

Bella le precedió, y Edward entró detrás de ella intentando distanciarse de aquel momento, de estar junto a la piscina, de llevar el cálido peso de su hermano en los brazos.

«Piensa en Cornwall», se dijo. «Piensa en Victor y Claudia, en Carruthers y en la clase de vida que quieres».

Pero aquella noche quería otra cosa, algo que no podía tener.

¿Y al día siguiente? Ojalá hubiera dejado de desearlo.

¿Y si no era así?

No se permitiría pensar en ello.

—¿Qué quieres qué?

—No grites. Vas a despertar a Emm —le advirtió Bella.

Estaba en el salón de la casa principal. Edward acababa de dejar al niño en la cama y había vuelto al salón decidido a marcharse de allí antes de que hiciese algo que fuera a lamentar.

¡Y ahora a Bella se le ocurría pedirle la cosa que más lamentaría en el mundo hacer!

—¿Llamar a Cullen? ¡Estás loca! —bramó—. No lo dirás en serio, ¿verdad?

—Esme sí. Me ha rogado que te lo pidiese.

—¡Que me lo hubiera pedido ella!

—No se ha atrevido.

—¡Porque es una idiotez!

—Lo sé, pero hay que hacerlo. Alguien tiene que llamarlo.

¿Cómo demonios se le habría ocurrido a su padre marcharse estando su mujer a punto de tener un hijo?

—Pues llámalo tú —sugirió.

—No creo que a mí me hicieran caso. A ti, sí.

—¿A Edward, el playboy?

—A ese Edward puede que no, pero sí al Edward responsable que yo he visto en el hospital.

Edward siguió relatando entre dientes, pero Bella no dijo nada más. Ojalá lo hiciera. Era más fácil discutir con otra persona que hacerlo con uno mismo.

—Se merece perdérselo —espetó—. Si no es capaz de estar cuando se le necesita, se lo merece.

—¿Pero se merece Esme no contar con su apoyo?

¡Maldita fuera Esme… y maldita fuese ella y su lógica! ¡Maldita fuese su convicción de que todo el mundo debía hacer lo correcto!

Porque él no quería hacer lo correcto. Quería que Cullen sufriera… pero no que sufriera Esme. Ni Emm. No era culpa suya.

Edward descolgó el auricular del teléfono de un tirón y salió de la habitación. Encontraría a su padre aunque tuviese que volar a Atenas y revolver el Partenón.

Era muy temprano en Atenas y muy tarde en Nueva York cuando por fin consiguió sortear al montón de burócratas y llegar hasta Adrianos, uno de los ayudantes de su padre.

—¿Qué quiere de él? —le preguntaban todos.

—No es asunto suyo —espetaba.

Al final fue Adrianos quien consiguió poner a su padre al teléfono.

Cullen estaba indignado.

—Ah, Edward, ¿a qué debo el placer de tu llamada? ¿Es que la niñera está siendo demasiado dura contigo?

Edward dejó pasar su sarcasmo.

—Tu mujer está en el hospital —dijo sin más—. Mueve el culo y ven.

Ya está.

Había hecho todo lo que le habían pedido: había llevado a Esme al hospital. Había llevado a Emm a verla. Había comido con su hermano. Le había acostado. Apretando los dientes, se había tirado tres horas localizando a su padre, y ya estaba de camino a casa.

Y él, de camino a la suya.

¿Qué más podían pedirle?

—¿Qué quieres decir con que tengo que ir a recogerle? — le preguntó a Bella, horrorizado y furioso—. ¡No pienso ir a buscarle! Que vaya Thomas.

—Es su día libre.

—Pues que llame a un taxi.

—No puede.

—Sí que puede permitírselo.

—No es cuestión de si puede o no permitírselo económicamente. Es que necesita que alguien vaya a esperarle.

—¡Pues no seré yo!

—Parecía destrozado cuando llamó desde Londres. Dice…

—¡Y destrozado es como debería estar!

—Estoy de acuerdo, pero hasta él necesita apoyo —continuó Bella con firmeza—. Necesita contar con su familia. Contigo.

Se miraron el uno al otro.

—Ve tú a buscarlo —dijo Edward, tras pasarse la mano por el pelo.

—Yo no soy su familia y tengo que quedarme con Emm. No ha dormido bien. Vino a mi habitación a media noche. Necesita volver a la normalidad.

Edward iba a discutírselo, pero cambió de opinión, porque sabía que era cierto. Hundió las manos en los bolsillos del pantalón y se volvió a mirar el mar. ¡No quería ir a buscar a su padre!

—¿Bella? —la llamó una vocecita desde el recibidor. Emm estaba allí de pie, con su conejito de peluche bajo el brazo.

Bella sonrió.

—¡Hombre, Emm! Buenos días.

—Buenos días —dijo, e inmediatamente miró a Edward. Luego sonrió tímidamente y le dijo—: Hola.

Edward se pasó la mano por el pelo.

—Hola —le dijo a su hermano con voz áspera, aunque sí consiguió sonreír—. Está bien —dijo, dirigiéndose a Bella—. Tú ganas.