"To know you is to hate you,
so loving you must be like suicide.
I don't mind if you don't mind,
I'm not the one that's going to die.
I guess i just can't listen,
to this one sided conversation again.
`Cause I don't care if I don't care,
no one ever said that life is fair."
Capítulo 7
"Victim to your own denial"
Martes. Otro día más. No tenía ganas de afrontar más días, quería desaparecer del planeta y que todo se acabara. No quería sufrir por amar a Draco Malfoy, no quería sufrir por no tener a mis amigos, no quería sufrir por extrañar a Cedric, y tampoco quería hacerlo por ser la persona más horrible que habitaba el mundo. Encima de todo, si mi comportamiento seguía siendo el de escapar de las clases, mis notas iban a comenzar a bajar, y no podía permitirme bajo ningún concepto que eso sucediera.
Hice mi rutina exactamente como el día anterior, sentada junto a Neville, y tratando de comer lo menos posible. Por suerte, la gelatina cambiaba de sabor: la de ese día era de naranja, la del lunes había sido de manzana. Tomé un té en lugar de jugo, porque sentía mucho frío. Por supuesto, Malfoy no quitó sus ojos de encima de mí. Se me aceleraba el pulso, y me ponía nerviosa. No podía evitarlo.
- ¿Por qué te fuiste de la clase así, Hermione? – preguntó Neville, quince minutos después de que empezáramos a desayunar.
- No me sentía muy bien, tenía un dolor de cabeza terrible.- mentí.
- Ah…- no sabía qué más decir. - ¿Te puedo preguntar algo? – me dijo. Mientras hizo esta pregunta, observó sin mucho disimulo al lugar en donde se encontraban Harry, Ron y Ginny, que por lo que se veía de lejos, estaban en completo silencio, con caras de dormidos, a unas diez personas de distancia.
Yo, sabiendo cuál sería la pregunta que venía, decidí restarle importancia a la situación.
- No es nada importante, - le dije, - solo un desacuerdo. Ya pasará. Pero por ahora, prefiero evitarlos. ¿Te molesta si me apego a ti mientras tanto? Será igual que antes, solo que me verás mucho más.- reí. – Y así tal vez pueda ayudarte en algunas materias.-
- Por supuesto que no me molesta, será un placer. Solo que… tampoco estás hablando con Luna, y bueno, ella es mi mejor amiga. – me explicó.
- Entonces ve con ella cada vez que quieras. En serio, no me molesta estar sola. Pero cuando tú estés solo, ya sabes a quién buscar para pasar el rato.- le dije, y le guiñé un ojo. El rió. Me costaba un esfuerzo enorme sonar relajada y convincente, pero tenía que conseguir la compañía de Neville a toda costa.
- No sé, no me convence dejarte mucho tiempo sola. ¿Por qué no tratas de arreglar las cosas? – sugirió.
- No.- dije sencillamente. El me miró, sorprendido. De repente le estaba guiñando el ojo jovialmente, y después le contestaba de esa manera tan tajante. No estaba siendo coherente. Ya no recordaba la última vez que algo de lo que pensaba tenía sentido, y no se contradecía con lo anterior.
Por suerte, el gryffindor no acotó nada más.
Durante los siguientes días me di cuenta de que Neville había aceptado mi realidad. No se separaba casi nunca de mí, e igual lograba pasar ratos con Luna. Se lo veía mucho más cansado, eso es cierto, pero nunca me dejaba por mucho rato sola. Me sentía más fuerte ante las miradas de Malfoy cuando estaba con Neville, y mi amigo tampoco era una molestia a la hora de comer. Me insistía un rato, pero luego me dejaba tranquila. Tranquilidad, paz, eso era todo lo que quería.
Pero no duró mucho.
Como era invierno, oscurecía muy temprano, y es por eso que los alumnos aprovechaban las horas de la tarde para ir a los jardines y tomar algo de sol. Así lo había hecho Neville, quien había acordado verse con Luna alrededor de las tres. Todavía no había vuelto. Era sábado por la noche, aproximadamente serían las siete, siete y media, y yo seguía sola, en la biblioteca, estudiando. El aburrimiento me estaba consumiendo, para ser sincera.
Decidí que tomarme un recreo sería lo mejor, ya que tanto pensar en las cosas que me estaban sucediendo no me dejaba estudiar. Apilé mis libros, corrí la silla perezosamente y me dispuse a dar una vuelta por el castillo. Recorrí los pasillos de este sin dirigirme a ningún sitio en especial. Estaba absorta en mis pensamientos cuando unos gemidos de dolor captaron repentinamente mi atención.
Corrí sin saber con exactitud hacia dónde, simplemente guiada por los gritos desgarradores de un chico. Empezaron a aumentar de intensidad, y finalmente llegué a su lugar de origen. Estaba parada frente a un baño, y había magia en el aire, como si una lucha acabase de finalizar. Sin despegar los ojos del agua que inundaba el piso, comencé a caminar lentamente. Cuando levanté la vista, mi corazón dio un vuelco. Allí estaba Draco sumamente herido, desangrándose en el piso, mientras que el profesor Snape, que se hallaba arrodillado junto a él, repetía un encantamiento con el único fin de sanar sus heridas.
La imagen me chocó fuertemente, pero decidí que lo mejor sería irme de allí lo antes posible. No tenía ganas de que el profesor de defensa contra las artes oscuras me viera, y que luego tuviera que andar dando explicaciones. Di la vuelta sobre mis talones y me dirigí a mi habitación con lágrimas en los ojos.
Entonces, la realidad cayó sobre mí cual balde de agua fría: no podía romper la promesa que había hecho con él.
Algo dentro de mí no me lo permitía, porque sabía que lo estaría desilusionando, que lo estaría lastimando. Y lo último que quería era verlo herido, y mucho menos por mi culpa. Porque la visión de su cuerpo sobre el suelo, y el agua llena de sangre, llena de su sangre, me había hecho hacer el clic. Me había ayudado a despertar, a darme cuenta de que Cedric tenía razón: debía hacerle caso a Draco Malfoy.
No por mí, sino por él. Mi obligación era cumplir con todo lo que él me pidiera, porque eso le generaba a él, cierto grado de satisfacción. Y en toda su oscuridad, complacerlo aunque sea un poquitito, haría que su infierno quemara un poco menos. Y a mi me gustaba colaborar con eso.
Sabía que verlo bien a él, significaría mi autodestrucción. En la última semana había logrado bajar cuatro o cinco kilos, y recuperarlos ahora significaría verme asquerosamente horrible. Pero eso era lo que él buscaba: y yo debía dárselo.
No podía parar de pensar qué estaría pasando con Draco en esos momentos, si Snape había llegado a curarlo a tiempo, y dónde estaría. La cabeza me daba vueltas sin parar, con millones de posibilidades barajadas en ella.
No pude con mi genio, y unas horas después estaba camino a la enfermería. Serian las doce de la noche creo yo. Estaba con ropa casual, y agradecía eso, porque llevaba un sweater que me había tejido la señora Weasley el año pasado, para mi cumpleaños. Era muy abrigado, y yo estaba tiritando. Lo mejor habría sido haberme dado una ducha caliente y luego haberme metido calentita en mi cama, pero la preocupación no me hubiera permitido dormir. Pensé en comer algo de camino al lugar, pero el solo pensarlo me dio repugnancia de mi misma: tenía que empezar a cambiar eso si quería ver a Malfoy feliz. Tenía que lograr desasociar la comida del asco.
Una vez que entré, vi las camas totalmente vacías (afortunadamente), y por eso me dispuse a salir. Pero cuando giré, vi detrás de mí a Malfoy, entrando.
Me miró fijamente por unos momentos, pero luego bajó la cabeza y se dirigió hacia su cama. Qué tonta, no me había dado cuenta de que una estaba deshecha. Le costaba horrores caminar, pobrecito. Sin pensarlo dos veces, me apresuré hacia él y lo tomé por el brazo, ayudándolo a caminar.
Al sentir mi tacto, me miró asombrado. Y en sus ojos vi un destello, pero solo por unos segundos: luego su mirada se transformó en algo desconocido para mí. Sin embargo, no se privó de mi ayuda. En mi mente cruzaron dos opciones. O bien no le molestaba que lo tocara, o bien estaba muy débil como para caminar por sí solo. Lo ayudé a sentarse, y luego él se acomodó entre las sábanas con mucho esfuerzo, apretando mi mano con fuerza, imagino que porque sentía muchísimo dolor al moverse. De todas maneras, una vez que se hubo acomodado, no me soltó. Entonces me senté en el borde de la cama, y me quedé mirándolo. El corazón se me desbocaba, y supongo que estaba roja como una manzana.
- ¿Cómo te sientes? – le pregunté.
- ¿Qué haces aquí? – me retrucó a modo de respuesta.
- Vine a buscarte. - le dije. – Quería saber cómo estabas.-
- ¿Cómo sabías que estaba herido? – cuestionó.
- Porque te vi en el baño, desangrándote. – le dije.
- Ah, ¿así que viste lo que tú queridísimo Potter me hizo? El muy desgraciado…- me dijo, con la voz temblándole de la rabia. Luego tosió.
- ¿Harry te hizo esto? – me asombré.
- ¿Siguen sin hablarse? - pregunto con un hilo de voz. - Pensé que el hecho de que me lastimara era motivo suficiente para que acudiera a su queridísima amiga para contarle la buena nueva.- dijo con ironía.
- No es una buena nueva, Malfoy. Te dejó destrozado. ¿Qué tipo de magia usó? –
- No lo sé, jamás había escuchado ese hechizo.- Se hizo un largo silencio, en el que el chico se quedó pensando.- Seguro que magia negra. - agregó. - Por suerte, el profesor Snape me salvó. – me dijo. Pensar en que a estas alturas podría haber estado muerto de no haber sido asistido a tiempo, hizo que se me erizara la piel. Una oleada de odio hacia Harry me recorrió por completo. Draco lo notó en mi mano. -¿Qué sucede? ¿Tienes frío? – me miró con preocupación.
- No, no es nada. – le dije. – Y solo para que sepas, no tengo en mente arreglarme con Harry ni con nadie. -
- Entonces no te molestará que lo mate ni bien pueda mantenerme en pie, ¿no es cierto? – me preguntó.
- No lo sé. Avísame cuando pienses hacerlo, así te diré mi opinión.- le dije. Draco quedó asombrado por mi respuesta. Jamás esperó algo así de mi parte.
- ¿Qué te hicieron, Granger? ¿Por qué los odias tanto? – me preguntó.
No sabía por qué la conversación se seguía prolongando. El rubio estaba muy débil, su voz era apenas audible, y sin embargo, allí seguía, charlando con la poca fuerza que tenía.
Tardé unos minutos que parecieron horas en contestarle, hasta que al final, cedí. Como sabía haría.
- Porque me dejaron sola.- le dije sencillamente. Me miró por unos segundos, segundos en los que no saqué mis ojos de los suyos. En ellos veía compasión, pena, ¿amor? No, estaba loca. Eran ilusiones mías, tan solo era una repulsión hacia mi persona, bien disfrazada. Dejó de clavarme los ojos, para analizar mi cuello, y luego el resto de mi cuerpo. No, por Merlín, que no hiciera eso: se daría cuenta de la gorda junto a quien estaba sentado, y retiraría su mano de la mía. Y no quería dejar de sentirlo.
Por fortuna, no bajó de mis clavículas, ya que una idea cruzó su mente.
- Granger, no estás cumpliendo con lo que me prometiste. – me informó. Que me recordara la promesa hizo que se despertara cierta ira en mi interior. Todo ese tema del análisis corporal, que me recordara los buenos amigos que tenía, lo asquerosa que era, todo eso, me hizo hablar sin siquiera pensar.
- ¿Y por qué debería? – le dije, desafiante. No me contestó. – ¡Vamos, Malfoy, dime! – le grité en susurros, soltando su mano.- ¿Por qué debería? Si al fin y al cabo, yo no te intereso. ¿Para qué comer? ¿Para ver cómo me transformo en la vaca que quieres que sea? No, gracias. – le dije. Me miró asombrado. No se esperaba esa reacción, no en ese momento. No tenía las fuerzas necesarias para pelear conmigo.
- Simplemente porque me lo prometiste. - dijo en un susurro. - ¿Es que acaso no tienes palabra, Granger? Una promesa es una promesa. Y tú…- comenzó a decir, levantando como pudo el brazo izquierdo y acariciando mi mano, que reposaba sobre mi falda, con mucha dulzura. Hablaba en un tono muy suave, tranquilizador. Produjo ese efecto en mí instantáneamente. - me prometiste comer. – terminó. Estaba agotado, así que cerró los ojos. No quise decirle nada más, tenía muchísimo miedo de que le sucediera algo. – Y yo necesito verte comer, ¿de acuerdo?- agregó casi en un suspiro.
Verlo así me desarmó. Estaba perdida. Sabía lo que debía hacer: iba a tratar de comer algo. Iba cumplir con mi promesa lo mejor que pudiera. Si él me lo pedía, entonces sus deseos serían órdenes. No podía permitirme verlo mal. Si de alguna forma podía colaborar con hacerlo sentir mejor, entonces eso haría.
Me quedé al lado de él, mirándolo. Se quedó dormido al instante. Volví a tomar su mano, y apoyé mi cabeza sobre mi brazo libre. Un rato después, me quedé profundamente dormida yo también.
Muchos besos a todos, ¡espero sus opiniones!
Noe.
