Capítulo VI — "shining in the morning light"
Los ojos de Henry se abrieron de par en par, una vez más, desde que venía notando las señales en la historia, esas que le gritaban una verdad que él aún no parecía captar. La Autora se preguntó, mientras leía y casi llegaban a la mitad del libro, si el muchacho a su lado entendería del todo al final. El futuro podía ser confuso, sí, lo sabía; pero esa historia que ya llevaban horas leyendo, era más simple de lo que parecía.
—Espera —Henry la detuvo cuando iba a dar vuelta a la página. Ella así lo hizo y lo miró de reojo; el adolescente no podía quitar la mirada de la hoja, con el ceño fruncido—, ¿estás segura que esto es lo que va a ocurrir? —señaló el dibujo en el que se veía a sus madres en un cálido y firme abrazo, junto a la entrada de la casa. Emma se veía como si no hubiera nada en el mundo capaz de alejarla de esa mujer en ese momento; y Regina se veía frágil y entregada, y como un jarrón roto que alguien más sostenía entero. Pero había algo más que inquietaba al hijo de ambas, mientras observaba esa página.
—Sí —contestó la joven, con la simpleza de alguien que conoce todo lo que se puede conocer y más—. Escucha, si vas a estar interrumpiendo la historia con tantas dudas, ¿no preferirías que te contara el final y ya? —suspiró, con fingido cansancio.
Henry volvió la vista inmediatamente a ella, con el ceño fruncido y una expresión tan severa que era casi cómico.
—Eso no es correcto —sentenció, con firmeza, e hizo una seña con la mano para que la joven a su lado pasara página. La Autora abrió la boca para comenzar con la lectura, pero él volvió a interrumpirla.
—¿Ahora qué? —preguntó, exasperada, estirando la última letra de aquella pregunta, segundos extra en el tiempo.
—Ese dibujo —lo señaló, y la Autora simplemente esperó a ver con qué observación, o interpretación estúpida le saldría esa vez—. La forma en que mi mamá mira a Emma —arrugó el ceño, por unos segundos y, lentamente, la expresión en su entrecejo se fue suavizando hasta que lo único que había era sorpresa. Leer los sentimientos de su madre en simples miradas había sido parte de su entrenamiento para misiones súper secretas en las que Regina aún era malvada y cada pequeña expresión importaba—. Esa es su mirada de...
—¿De? —la joven morena no podía evitar sonreír. Quizá el chico no estuviera tan perdido después de todo.
—De... —repitió, y su boca se abrió tan solo un poco más, con su consciencia pisando una leve línea entre sorprendido, en shock, y absolutamente en lo correcto— Oh por Dios —suspiró.
De pronto la historia tomaba un giro que él había sido demasiado ciego para ver, hasta ese momento. Veía cosas que no había mirado con la debida atención, detalles en todas las páginas anteriores que había pasado por alto. Sus madres reparando en cosas como "manzanas", y una luz en el brazo, y aroma a chocolate sintiéndose como hogar. Se había tomado su preciado tiempo, en verdad, pero parecía estar captándolo ya.
—¿Sigo leyendo? —preguntó la Autora, riendo abiertamente. Henry sólo supo asentir y esperar.
Jueves por la mañana, y Regina se sentía asustada como pocas veces antes en su vida. Como se había sentido aquella primera vez que había visto a Emma y un "¿Tú eres la madre biológica de Henry?" era lo único que había salido de su boca. Miedo cuando el padre de Henry apareció y comenzó a robarle su tiempo y cariño. Miedo cuando su madre apareció en un establo y la encontró con Daniel. Tenía miedo de que le quitaran algo importante.
Robin regresaría cualquier día de esos, inclusive podía entrar por la puerta en ese mismo momento, y pretender tomar ese lugar que Emma ocupaba junto a ella —según la autoridad que un puñado de polvo de hadas le daba. Y la sola idea de no volver a dormir tranquila por las noches —porque estaba más que asumido que su tranquilidad provenía directamente de Emma— le aterraba. La idea de ya no poder despertar a mitad de la noche, luego de un mal sueño, y repetirse que todo estará bien, porque Emma seguía allí, era... inquietante. Tanto que, por momentos, le daban ganas de gritar.
Sonaría desagradecida con su destino, que tan amablemente le había reservado una única persona especialmente para ella, quisiera o no; pero ese lazo con Robin Hood que algún día le había dado esperanza, de repente se sentía como una atadura. Y ya no estaba tan segura de querer eso, para ella, nunca más. Aferrarse a alguien sólo porque alguien más te dijo que él es el indicado, se sentía casi absurdo y sin valor. Ella estaba acostumbrada a pelear por lo suyo, y en esa situación no tenía que hacerlo, porque había sido como un regalo en bandeja de plata. Algo que le decía que no importaba mucho lo que él hiciera, o lo que ella pensara, ni si querían a alguien más, o si esperaban algo diferente para sus vidas. Simplemente era así, y la idea de que su vida se definiera por algo tan arbitrario, le disgustaba.
Lo único que hacía, en lugar de pelear por él, como acostumbraba con todo lo que quería, era pelear con él. Y si tener un alma gemela se sentía así de obligatorio y tenso todo el tiempo, pasaba.
Esa mañana despertó con la tenue luz del amanecer acariciando el cabello de Emma. La morena se había rendido al sueño casi inmediatamente luego de que la rubia se metiera con ella bajo las sábanas. Era casi ridículo el sólo considerar que esa cantidad de seguridad la pudiera proporcionar una sola persona, con simplemente existir a su lado. Pero así era y la asustaba. No sólo el efecto morfina que la Salvadora tenía sobre su ser, sino el ser consciente de ello.
Cuando se es consciente de algo, es inevitable pensarlo, darle vueltas, y vueltas. Analizarlo a fondo en busca de un significado hasta el cansancio y, llegado el momento, se le daba un nombre a ese algo. Y Regina no quería darle un nombre. Lo venía evitando magistralmente por los últimos meses; pero entonces la situación caía sobre sus hombros con fuerza, y sólo se le ocurría una única forma de denominar aquello...
Suspiró con miedo mientras sentía todo su interior encenderse, y revolverse, al simplemente considerar aquella palabra que había aceptado como prohibida en su vida, mientras observaba como la luz parecía más brillante allí, donde conectaba con ella, sobre su piel, jugando a las sombras con sus facciones y volviendo su cabello rubio en un amarillo brillante, casi blanco. Era demasiada luz para proceder simplemente del sol.
Levantó una mano, la llevó hacia aquel rostro sereno y, con toda la delicadeza que era capaz de manejar, rozó las marcas que ahí se veían; esas que eran más finas que las del resto de su cuerpo. Al momento del contacto, sintió ese mismo cosquilleo cálido del día anterior conectar con la punta de sus dedos, expandiéndose por todo su cuerpo, calentando su interior de maneras absolutamente inexplicables e, inmediatamente, las marcas en la piel de Emma retrocedieron.
Era magia blanca. De alguna forma, Emma aún tenía magia blanca dentro de su cuerpo, y la oscuridad retrocedía ante ella.
Lo había visto suceder muchas veces, y había oído relatos de ello inclusive en más ocasiones. Su propia maldición oscura retrocediendo ante la llegada de la Salvadora era el mejor ejemplo que se le venía a la mente; pero no lo había considerado en esta ocasión de esa manera, sino hasta el día anterior.
Tan sólo unas cuantas horas antes, Emma la había ayudado a subir cada peldaño de la gran escalera de su casa, procurando que no se hiciera más dañó del ya sufrido, en dirección a su habitación. La había ayudado incluso a sentarse en la cama, con absoluta dedicación, y se había arrodillado delante de ella. Las manos de la rubia se habían posado directamente en sus piernas para ganar equilibrio y, seguido, la miró, directo a los ojos, no sin antes pasar con su vista por cada una de las heridas que adornaban su rostro.
Regina guardó silencio, esperando lo que tuviera que decir, si es que había algo que decir en lo absoluto.
—¿Por qué te hacen esto? —preguntó la rubia, levantando una de sus manos en dirección a la herida que estaba sobre su ceja, pero sin atreverse a tocarla. La punta de su dedo índice avanzó hasta quedar a tan solo milímetros del corte, y luego se contrajo, encerrándose en un puño que volvió a bajar inmediatamente a su posición inicial.
La pregunta no había sido directamente para ella, sino como una meditación en voz alta, llena de dolor, rabia, y frustración. Pero la morena de cualquier manera la tomó, encogiéndose de hombros en respuesta.
Ella no había hecho nada —nada que pudiera recordar y nada en ese año, al menos, pues venía con una conducta intachable hacía un tiempo— y no merecía ese pago. Pero ahí estaba, ese trato inmisericorde que le habían dado, tangible en la mitad de su cuerpo que mostraba moretones de todo tipo, tamaños y colores.
Emma suspiró, con molestia, fijando la vista en el suelo, como lo hacía Henry cuando no podía resolver una cuenta matemática de su tarea del colegio. Es de familia, pensó la morena, con cierto cariño innegable; esos Charming jamás sabían cuando rendirse. Si lo sabría ella, que había convivido con tres generaciones enteras de ellos. Había prácticamente criado a Snow White, como para no reconocer aquellas similitudes que se heredaban por sangre.
—Lo averiguaremos —dijo Regina, tratando de recuperar a Emma de su mundo interno en el que todo era dolor, y frustración, y gente lastimando a otra gente injustamente. La rubia la observó en silencio, por unos cuantos segundos, queriendo con toda su existencia creer aquello—. Por mucha oscuridad que esté cegando el corazón de tu madre, ella debe tener un motivo para todo esto. Algo de lo que esa misma oscuridad que necesita en ti un detonador, pueda aferrarse dentro de ella.
—Seguro —Emma medio sonrió, y pareció estarse convenciendo a sí misma de esas palabras. Volvió a ponerse seria casi al instante, y llevó una vez más su mano al rostro de la morena, esta vez sin detenerse ante el miedo de lastimarla—. Pero primero te curaré esas heridas —afirmó, con la seguridad que diría "mi nombre es Emma Swan". Regina asintió, apenas, siendo ese el único movimiento que podía manejar sin causar una cadena de agudos dolores por todo su cuerpo.
Emma dudó por un momento. No sabía por dónde empezar exactamente. La herida más grave que había tenido que sanar con sus aún inexpertos poderes fue aquel golpe que su madre se había dado en la cabeza por perseguir a dos dragones, y aún así su mejor logro fue arreglar lo superficial, mas no la herida interna. ¿Qué haría con Regina, cuando ésta tenía más de la mitad de su cuerpo en condiciones considerablemente peores que aquel simple golpe?
—Concéntrate en mi cuerpo entero —Regina tomó sus manos con firmeza, y le explicó una vez más lo que debía hacer, recordando inmediatamente aquellos días en los que le daba clases de magia—; en cada curva, cada relieve, cada textura y, sobre todo, cada golpe. Tú simplemente desea. Desea con todas tus fuerzas que ya no haya dolor, ni heridas. Desea mi bienestar pues, como te he explicado, la magia proviene de las emociones; si tus deseos sobre mi bienestar son verdaderos, eso debería cubrir lo más importante —terminó de decir, y la respuesta de la rubia fue un apretón gentil de manos, y un movimiento seguro y rígido de su cabeza, comunicándole que estaba lista.
Soltó sus manos un momento, las frotó una contra la otra, como haría en un día de invierno sin guantes para darles calor y, seguido, las sacudió en el aire, como quien se prepara para un gran esfuerzo físico.
Regina contuvo las ganas de reír de su actitud, porque reírte de un niño cuando trata de hacer algo bien, resulta siendo catastrófico para su autoestima, y Emma Swan no parecía diferir demasiado del modus operandi de un simple crío.
La Salvadora volvió a tomar las manos de la alcaldesa y cerró los ojos. Sus cejas se arrugaron instantáneamente, y Regina casi pudo oír sus pensamientos retumbar por toda la habitación: "deseo que esté bien, deseo que no le duela, deseo, deseo, deseo"; y de nuevo quiso reir, pero ésta vez con muchísimo más cariño y calidez llenándola. Sobrepasándola, en verdad. Si la calidez de su interior, fuera agua a su alrededor, estaba bastante segura que se estaría ahogando en esos momentos.
Un apretón de manos por parte de Regina, fue lo único que supo hacer para darle seguridad, pues temía hablar y desconcentrarla; luego de eso, inmediatamente después, algo demasiado similar a una descarga eléctrica cruzó por sus manos, subió por sus antebrazos, codos, hombros... su cuerpo entero, y una luz casi enceguecedora salió despedida del cuerpo de la rubia, con tanta fuerza que tuvo que cerrar sus ojos por un momento. Esa luz llenó todo su ser en un instante, y acarició cada una de sus heridas con la suavidad de un susurro. Curó con la gentileza de un beso cada raspón y corte de su cuerpo, y la llenó de una sensación brillante de calidez, tranquilidad, y luz.
Parpadeó un par de veces, sorprendida, mientras Emma seguía con los ojos firmemente apretados y aún no se movía de su lugar. Ciertamente no se esperaba esa reacción tan potente, ni mucho menos que fuera tan brillante cuando cualquier persona medianamente lógica hubiera esperado oscuridad salir del Oscuro. Ni hablar de ser testigo de como las marcas de cada extensión de piel que podía ver, se disipaban... Como la noche que huía de la luz del sol. ¿Qué demonios?, se preguntó aún en un leve estado de shock, ¿había el mundo cambiado en tan sólo unos minutos?
—¿Y bien? —preguntó, aún sin abrir los ojos— ¿Sientes que algo esté curándose ya?
Regina abrió la boca y la cerró un par de veces, sin estar completamente segura de qué decir aún. La Salvadora Oscura no podía ser luz y oscuridad al mismo tiempo, ¿o sí? Esas entidades se contradecían entre sí, no había lógica alguna en nada del misterio que les rodeaba.
—Ciertamente —consiguió murmurar al fin. Emma abrió los ojos y le sonrió al ver que en verdad lo había logrado; Regina pestañeó una sola vez, con lentitud, mientras tomaba cada segundo de la imagen delante de ella para sus memorias permanentes.
La luz en su rostro era tanta, y tan limpia, que un suspiro luchaba por escapar de su garganta. Era como si fuera la primera vez que en verdad la veía, a ella, a Emma, con toda esa luz abrumadora y pura que era capaz de retener en su cuerpo.
—¿Está todo bien? —preguntó la otra, batallando por no retorcerse con incomodidad bajo la forma en que la morena la observaba.
Las marcas regresaron con cautela y lentitud a ocupar su lugar en la piel de la sheriff, y eso fue suficiente para sacar a Regina de aquel trance.
—Perfecto —contestó, y forzó una sonrisa en su rostro. Emma movió la cabeza a un lado, y entornó los ojos, como lo hacía cuando no le creía una sola palabra, porque ella siempre sabía cuando mentía. Regina se aclaró la garganta—. Estoy verdaderamente agotada —admitió, y eso fue suficientemente cierto para desviar la atención de Emma a sus necesidades una vez más.
—Claro, ¿necesitas algo? —la rubia se apresuró a ponerse de pie, cortando el contacto con la morena. Regina miró sus manos un momento, y las abrió y cerró un par de veces, acostumbrándose al frío sentido de soledad que de pronto la alcanzó— ¿Tienes hambre? ¿Sed? ¿Henry? —siguió ofreciendo, y la otra mujer solamente negó con la cabeza.
—Dormir quizá ayude.
—Sí, por supuesto —Emma metió las manos en los bolsillos traseros del jean que le había conjurado la morena esa mañana, mientras gesticulaba hacia la puerta con la cabeza—. Si quieres tranquilidad puedo ir al cuarto de invitados, digo, porque sé que puedo ser un verdadero dolor en el trasero cuando duermo, mis manos tienden a moverse por sí solas y-
—Preferiría que te quedaras —alcanzó su muñeca con rapidez, antes de que pudiera girar para irse—, por motivos de seguridad —mintió un poco, y sabía que Emma lo sabría, pero decidió fingir que aquello había sido verdad, y también Emma lo hizo.
La simple idea de dormir sola le molestaba, especialmente luego del día que había tenido. Probablemente eso resultara en no poder dormir en absoluto.
—Entonces me quedo —Emma accedió, de buena gana.
Y ahí estaba, durmiendo, junto a ella. Como lo venía haciendo apenas un puñado de días, y como Regina quería que lo hiciera por siempre.
¿Siempre?, se preguntó, asustada ante sus propios pensamientos, y volvió la vista a la mujer de facciones inocentes y relajadas frente a ella, y se dijo que siempre era demasiado tiempo para que cualquier cosa perdurara. No había nada que fuera tan duradero, como para abarcar la inmensidad de esa palabra. Siempre era un sinónimo de eternidad, y ni el Universo tenía aquello garantizado.
Volvió a rozar la piel de Emma con la yema de sus dedos, logrando la misma reacción anterior, donde las marcas retrocedían y un pequeño halo de luz tomaba su lugar. Sí, se dijo, siempre o lo que sea que eso dure.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de la rubia y la morena se permitió apreciarla con el detenimiento que haría a alguien sentirse incómodo.
—Buen día —saludó, mientras trataba de abrir los ojos, pero una luz bastante brillante pareció molestarle. Entre lo poco que lograba distinguir, la silueta de Regina se volvía casi imposible. Ese maldito sol, se dijo la rubia, mientras entreabría un poco los ojos, tratando de acostumbrarse a aquella claridad de a poco— Espera... ¿estás brillando? —trató de hacerse sombra con una de sus manos.
—No. Por supuesto que no —Regina retiró su mano de la mejilla de la sheriff y tomó un poco de distancia estratégica, como si tan solo cuatro centímetros adicionales fueran a mantenerla a salvo de la forma inquisitiva en que estaba siendo analizada. Ella no brillaba, por el amor de Dios, en todo caso si quería ver a alguien brillar, con gusto la pondría frente a un espejo.
—No me digas que eres de esa clase de vampiro que brilla con el sol —Emma hizo un gesto de disgusto—, porque eso sería realmente patético. Edward es un baboso, y si eres una de esas hadas con colmillos, creo que-
—Oh por Dios, señorita Swan —Regina hizo una mueca de horror al notar a cuál libro estaba haciendo referencia la rubia, y no. Simplemente no. No si eso involucraba compararla con Edward Cullen. Eso iba en su lista de "cosas que en el mundo no tienen razón de ser", justo debajo de la idiotez monumental de creer que ella se hubiera tomado la molestia de envenenar a Snow White, sólo porque alguien creyera que su hijastra era la más bella del reino. Como si eso fuera siquiera remotamente posible, de cualquier manera.
Pero Emma parecía estaba convencida.
La siguiente hora se fue con la velocidad de un suspiro, entre risas y teorías. Mientras ella tomaba un baño, escuchaba del otro lado de la puerta a Emma balbucear sobre luz, al mismo tiempo que buscaba alguna explicación en sus cremas faciales. Cuando salió del baño, y fue turno de la rubia de usarlo, no hubieron muchos minutos consecutivos sin que una hipótesis tan disparatada como la anterior explicara el por qué de que la piel de una persona brillara como si fuera un maldito reflector.
—Pero, ¿estás segura? —insistió, aún confundida y casi segura de que no lo había soñado— Quizá eres como esos dioses de la película Hércules, ¿la has visto? Probablemente sí, todo el mundo vio Hércules, y ahí los dioses brillan —lo volvió a meditar, en voz alta.
Sus cejas parecían no querer dejar de estar arrugadas de esa forma tan infantil, y sus labios se torcían graciosamente mientras pensaba en alguna teoría lógica para el hecho de que un cuerpo humano brillara. Y Emma Swan, tan Charming como una persona podría ser, buscaba esas respuestas en libros para adolescentes, cremas faciales que ni siquiera usaba desde que había magia en Storybrooke, y películas de Disney.
—Estabas soñando —Regina gesticuló con ambas manos, fingiendo fastidio, mientras bajaban las escaleras una junto a la otra y se dirigían automáticamente a la cocina.
—¿Con los ojos abiertos? —Emma hizo un gesto de incredulidad.
—¿Y cómo sabes que estabas con los ojos abiertos? —contrarrestó la morena— Quizá sólo soñaste que estabas despertando, y ahora tratas de torturarme en base a lo que tu disparatada imaginación te dictó en estado de inconsciencia.
—Digamos que estaba soñando —empezó la rubia.
—Lo estabas —afirmó la otra.
—Digamos que así era —recalcó la primer palabra, como si fuera una simple situación hipotética—, ¿crees que signifique algo?
—Por supuesto —confirmó Regina, dirigiéndose a la alacena, directamente sacando las cosas que necesitaría para preparar ella misma el chocolate al que Emma era adicta—, que necesitas consumir menos azúcar, querida.
La rubia rió, ante aquella respuesta, y levantó las manos en el aire, con las palmas extendidas, en rendición. Si Regina estaba tan segura, haría el esfuerzo. Después de todo, se trataba de su cuerpo, y si ella misma anduviera brillando por la vida, se hubiera dado cuenta. Probablemente había sido un sueño.
Luego de desayunar y de enviar a Henry al colegio, Regina decidió que no volvería a la oficina hasta tener algunas cosas resueltas. Se garantizaría unos cuantos seguros antes de siquiera pensar en enfrentarse a lo que sea que sus declarados enemigos planearan.
Después de todo —pensó, mientras pasaba unas cuantas páginas en un álbum de Henry de la pasada navidad, donde salían todos sus amigos en Granny's, festejando una fecha que en su mundo no significaba nada— siempre hay alguien que puede hacer el trabajo por ti.
Emma pasó por su lado y se dejó caer sonoramente en el sofá, mientras mordía una manzana y ojeaba las fotos junto a ella.
—¿Qué haces? —preguntó, mientras alzaba una ceja en dirección a la imagen de un sonriente y sonrojado Henry, bajo el abrazo de una muy alegre Ruby.
—Busco una manera de conseguir información —contestó, y a Emma le pareció una verdad tan absoluta como que los ojos de esa mujer eran marrones.
Se preguntó qué podría conseguir en observar unas cuantas fotos viejas de su hijo compartiendo su precioso tiempo con gente que no era ella; pero si no hacía daño, no intentaría detenerla. Después de todo, conociéndola, sus métodos luego de haber recibido un ataque tan abiertamente hostil podían ser algo cuestionables. Le alegraba verla en un humor tan apacible luego de que casi la arrastraran a algún agujero el día anterior. Asique no insistiría, ni intentaría formar parte de aquello. Que buscara su inocente información en esas fotos.
Lo que le recordaba...
—¿Te importa si salgo un momento? —preguntó, logrando que Regina levantara la vista por primera vez desde que había comenzado a ojear esas fotos.
—¿Estás pidiéndome permiso? —alzó una ceja, divertida— Lo siento, me confundes con tu madre, querida —bajó la vista al álbum de nuevo, y ojeó unas cuantas fotos más.
—Sí, olvídalo —la rubia se encogió de hombros y dio media vuelta.
—¿A dónde vas? —preguntó la morena, sin levantar la vista del álbum— Considerando que no sea algo demasiado privado, como ir a pescar con tu sucio pirata, o pedirle consejos para la aplicación correcta de delineador...
—Voy a buscar una manera de conseguir información —contestó la rubia, con una mueca de autosuficiencia que hizo que la alcaldesa frunciera el ceño; pero mantuvo su dignidad y no levantó la vista ni una sola vez. Jugar con sus propias respuestas crípticas era astuto, y atrevido. Obligarla a responder más específicamente a aquello, implicaba que ella tuviera que hacer lo mismo. Y esa no era una opción que quisiera tomar.
—Tienes hasta la hora del almuerzo para regresar —sentenció, como un dictador lo haría y sin dar lugar a cuestionamientos de ningún tipo. Emma rió ante esa actitud, y la morena fingió no notarlo.
—Lo siento, me confundes con Henry —contraatacó la Salvadora, con diversión y, justo cuando una de las cejas de la morena pareció tensarse, agregó, no sin la misma diversión—No me perdería tu comida por nada del mundo. Regina detuvo el gesto de su ceja en el camino y siguió con lo suyo, complacida.
Aquello dio por finalizada su leve disputa, y Emma, sin perder tiempo, tomó su chaqueta roja del perchero —porque Henry había manejado tenerla en su habitación durante los tres meses que ella había pasado desaparecida, como ítem de buena suerte, y decidió que, ya que ella había vuelto, era hora de regresársela. Aquella vil excusa le hizo pensar que quizá su pequeño estaba más grande de lo que le gustaría admitir, y que ya estaba en la edad en la que simplemente extrañar a una de sus madres no es una opción válida. Mucho menos admitirlo.
Se deslizó dentro de su chaqueta favorita y, luego de una leve despedida con un gesto de la cabeza de su parte y un movimiento desinteresado con la mano de parte de Regina, salió.
La puerta se cerró con un golpe suave, y Regina volvió a mirar ese álbum, ésta vez con más atención y su propósito para nada oculto en su sonrisa, al dar con una imagen de Henry junto a una de las monjas menos brillantes de la pandilla de Blue.
El álbum era una especie de soporte gráfico, en el que se basaba para recordar quienes estaban a su disposición en el pueblo, y cuáles de esos le podían ser útiles. Era un pueblo más grande de lo que aparentaba, y demasiada gente como para ponerse a recordarlos a todos.
Sacó la foto de detrás de la lámina protectora y observó el dorso, sin perder esa expresión que indicaba un triunfo.
—Hermana Astrid —leyó en voz alta.
Lo había pensado durante su largo baño de esa mañana, mientras limpiaba cada parte de su cuerpo donde recordara haber tenido una marca el día anterior, y cada una de esas partes que habían querido gritar de dolor, entonces le pedían venganza. Pero ella era uno de los chicos buenos ahora, asique no podía simplemente ir arrancando corazones a diestra y siniestra por la vida, y volviéndolos cenizas con el mismo placer de antaño. Un héroe buscaba siempre otra salida, una en la que no tuviera que matar a nadie y pudiera ganar causando el menor daño posible.
Las monjas con menos vocación se pasaban gran parte de la mañana recluidas en sus celdas, orando por mantener su fe estable y no caer en las tentaciones de la carne. Y aunque aquel último pensamiento la asqueó de maneras indescriptibles, recordó como dicha monja casi, casi cedía ante los encantos que pudiera encontrar en Leroy, tras toda esa barba, suciedad, poca estatura y malas caras crónicas.
Para su suerte —de Regina, no de la monja—, las oraciones de ese tipo se hacían en soledad, y sin varitas.
Le daba un poco de risa, a decir verdad, pues sus creencias en un ser divino y superior, eran algo que ella misma había implantado en sus memorias, como parte de la maldición y para mantenerlas alejadas de todo objeto o libro mágico que se pudieran cruzar; después de todo, su religión aborrecía a los hechiceros de todo tipo, considerando la magia negra y blanca la misma clase de abominación. Y, aún después de haber recuperado sus recuerdos y varitas, la mayoría de ellas seguía llevando una estrecha relación con su fe, como si aquello fuera algo real y no absolutamente artificial; y a Regina, en ese momento, le pareció una de las mejores cosas que había hecho en toda la maldición.
Levantó su mano en el aire, movió ligeramente la muñeca y, una sonrisa y un poco de humo violeta después, había desaparecido.
Era un viejo hábito, en realidad. Algo que había dejado por ganar el corazón de Henry, pero tan necesario en esas circunstancias que recurrir a ello era casi una obligación —o al menos eso se dijo mientras recorría ese gris y oscuro corredor que llevaba a las celdas del convento.
El lugar era frío, y húmedo, y por el amor de Dios, les vendría demasiado bien una mano de pintura, o mínimo un calefactor, para no morir heladas.
¿Qué eran, hippies? Estaba bastante segura que Dios no tendría nada en contra del progreso. Pero teniendo en cuenta el lugar en el que vivían, podría tranquilamente mandarlas a vivir a los bosques con el resto de los sucios pordioseros con que Robin Hood mantenía amistad, y su nivel de vida no cambiaría en lo absoluto. Podría también aprovechar para convertir ese convento en un centro comercial, o algún lugar recreativo para que los niños de la ciudad tuvieran algo que hacer en lugar de simplemente mirar televisión todo el día. Cualquier cosa sería más útil que un inmueble de ese tamaño siendo desperdiciado en un montón de mojigatas hablándole a una cruz.
Una voz podía oírse murmurar un montón de palabras pegadas y absolutamente mal pronunciadas, más adelante. Regina supuso que sería una de esas oraciones que se utilizaban en los rezos, no estaba segura en realidad, pero contaba con que fuera su monjita elegida la que estuviera haciendo horas extras.
Se dirigió directamente a la puerta de la cual parecía provenir aquel susurro, y observó por la pequeña ventana: de rodillas, junto a su cama, sosteniendo un rosario frente a una Biblia abierta, estaba esa monja. Astrid, repitió para sus adentros, y agradeció lo incauta que era la gente religiosa, mientras abría lentamente una puerta sin seguro, y entraba sin ser notada, porque, obviamente, la oración se practicaba con los ojos cerrados. Incautas, en verdad.
—Hermana Astrid —Regina repitió el nombre que había visto escrito con letras mayúsculas en tinta azul en el dorso de la foto, advirtiéndole de su presencia con ello, sólo para que ésta volteara a verla. La delgada monja volteó a verla con tanta velocidad que Regina temió por su cuello por un breve instante.
—Señora Alcaldesa —murmuró, seguramente luego de tragarse un grito que involucraría pedir auxilio porque la Reina Malvada estaba en su celda. Lo que sí había sido innegable, fue la forma en que la saliva había pasado por su garganta, lenta y pesadamente, mientras sus grandes y expresivos ojos parecían temblar—, ¿qué puedo hacer por usted?
—Es simple, en realidad —la morena sonrió, con toda la letalidad que ese gesto suyo era capaz de transmitir—. Necesito algo de ti —agregó, y vio a la monja asentir, dispuesta a darle lo que quisiera. Regina ensanchó su sonrisa, complacida, y metió la mano en su pecho, con velocidad, cuidando no apretar demasiado en el proceso, o tendría un cuerpo que esconder y otra monja que buscar—. Gracias por tu colaboración, querida —dijo, arrancándole el corazón de un simple tirón. Astrid no tuvo tiempo ni de respirar para cuando aquello hubo terminado.
Regina guardó el corazón en una caja de madera y, con el mismo movimiento de muñeca que la había llevado ahí, regresó a su mansión.
Henry estaba en la escuela aún, Robin y Roland no regresaban de su cacería, y Emma había ido a Dios sabe dónde. Estaba absolutamente sola en casa y, si bien eso le hubiera desatado un huracán de emociones negativas alguna vez, en esos momentos, sentía esta extraña euforia por llevar a cabo su más reciente plan.
Se sentía uno de los chicos buenos, jugando como los chicos malos lo harían, sólo por el bien mayor. Era como una de esas ocasiones en las que Snow White hacía un sin fin de villanías en nombre del bien, y nadie era capaz de lanzar una mirada acusadora en su dirección, sólo porque sus intenciones la respaldaban. Claro que Regina era por mucho más lista que ella, como para dejarse ver haciendo tales actos no-tan-heroicos. Sólo era cuestión de realizar bien las cosas, de calcular exactamente qué hacer y cómo, sin jugadas demasiado sucias, y todo saldría bien. Si Blue cooperaba, Astrid tendría su corazón de nuevo en su pecho antes de que siquiera comenzara a extrañar el molesto sonido de sus latidos.
Caminó hacia su estudio con la caja en las manos, cerró la puerta detrás de sí, y, dándole la espalda a la entrada, se sentó delicadamente en el sofá, con esa gracia que sería imposible de lograr para cualquier otra persona sin ensayarlo mil veces antes y fallando miserablemente.
Abrió la caja de madera y extrajo el pequeño bulto rojo, brillante, y que palpitaba estable y a un ritmo aparentemente saludable.
—Astrid, querida, ve a buscar a la Madre Superiora —ordenó, con amabilidad, como si le hiciera gracia el hecho de que, lo pidiera de la forma que lo hiciera, la pobre monja debía obedecer—. Cuando estén a solas, cuéntale que tengo tu corazón en mi poder. Dile que debe venir a verme sola, y que prometo que todo estará bien si responde unas cuantas inquietudes que tengo. Y que no debe avisarle a nadie más, porque su pandilla de amigos no tendrá un corazón que recuperar entonces; a no ser que, por supuesto, traigan una aspiradora y estén dispuestos a juntar las cenizas de mi alfombra.
La monja ni chistó, pues no podía en realidad, asique sólo hizo lo que Regina le ordenó a la primer oportunidad que tuvo.
Los minutos pasaron, uno tras otro sin detenerse y, mientras esperaba, Regina decidió que cocinaría algo. Tenía manzanas frescas en su canasta, y hacer un pie como postre para luego del almuerzo, parecía una gran idea. Arrancar corazones por el bien mayor tenía su encanto, al parecer, pues estaba de un humor inmejorable.
El sonido del timbre resonó por toda la casa mientras ella sacaba un pie de manzanas ya listo del horno. Blue se había tomado su preciado tiempo para llegar, y en cualquier otra ocasión se hubiera sentido ligeramente ofendida; pero esta vez lo tomó como una buena señal. Probablemente había entrado en pánico por los primeros minutos, y habría considerado los pros y los contras de avisar o no avisar a los Charming sobre el asunto.
El que hubiera demorado tanto en decidirse por acudir a su llamado, y que estuvieran tocando el timbre en lugar de simplemente tirar la puerta abajo, era algo que se atrevería a considerar bueno.
Cerró la puerta del horno y se sacó los guantes, los dejó sobre la isla de la cocina y se dirigió hacia la puerta de entrada.
—Me alegra que sí pudiera venir —sonrió, con cortesía ensayada, y se hizo a un lado para que la mujer vestida en azul oscuro, y que portaba una expresión siempre rígida en su rostro, pudiera entrar—. Lamento haber tenido que contactarla de esa manera tan descortés, pero debido a acontecimientos recientes, me temo que no tenía demasiadas opciones, ¿o sí? Vamos, sígame, madre. Dejé un pie enfriándose en la cocina —le hizo una seña con la mano y caminó delante de ella. La monja la siguió.
—¿Qué quieres saber? —preguntó, sacándose los guantes y apretándolos con nerviosismo entre sus manos, una vez estuvieron una delante de la otra, con la isla de la cocina justo en medio de ambas. Observó los movimientos en extremo casuales de la reina, mientras se tomaba unos segundos para contestar aquello.
—Sólo un par de cosas que estoy segura podrá usted facilitarme —le dio la espalda, mientras llevaba el postre hacia la otra punta de la cocina—. Es una tontería, en verdad, sólo necesito saber qué planea Snow White con ese fuerte, y por qué no puede dejarme en paz, con mi familia, mientras ella juega al arquitecto —dijo, mientras abría la ventana.
—El fuerte es por protección. Como habrás notado, está ubicado rodeando la mansión del Hechicero. Hay demasiada magia en esa casa, como para simplemente dejarla a la intemperie y a merced de cualquiera con un poco de ambición —contestó, sin siquiera hacer un solo gesto. La mujer era, en ocasiones, tan inexpresiva como una carta de póker.
—¿Y su cruzada en mi contra? —insistió, volteando a verla por un momento, con confusión. Era lo que más le importaba de su pregunta, en realidad, porque el fuerte hubiera sido absolutamente irrelevante si la hubieran incluido en sus planes, en lugar de dibujar una muralla china entre bandos. La repentina hostilidad de los padres de Emma le había chocado como una puerta de cristal en medio de su camino lo haría. Sin avisos, de repente. Sólo había dado un paso y estaba rodeada de cristal quebrándose a su alrededor.
Volvió a girar hacia el pie de manzanas recién hecho, lo acercó todo lo que pudo a la ventana, y lo dejó ahí para que tomara frío.
—Eso no lo sé —contestó, momentos después—. Sólo sé que una vidente le dijo algo que la hizo cambiar de opinión acerca de su confianza en ti.
—¿Qué vidente? —Regina arrugó las cejas— ¿Qué le dijo?
—No lo sé —la monja se encogió de hombros.
—¿Cómo sé que no me estás mintiendo? —se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la isla, tratando de darle más extensión a sus palabras por medio de su mirada.
—Porque quiero creer que incluso los villanos tienen palabra, y que me devolverás el corazón de Nova si cumplo mi parte del trato —explicó la otra, aparentemente tranquila y conforme con su respuesta.
Regina le sostuvo la mirada unos instantes y luego resopló por la nariz, con fuerza, pretendiendo desestimar el hecho de que la hubiera llamado "villano"; pero si contestaba aquello y trataba de hacerle ver que no estaba en lo cierto, probablemente Blue utilizara la carta de "le sacaste el corazón a la, probablemente, menos malvada de todas mis monjas" en su contra y, a decir verdad, no había excusa para aquello. Sólo alguna del tipo "no iba a matarla de verdad", lo cual la dejaría sin objeto para negociar. Asique sólo cerró los ojos un momento, e inhaló un poco de aire, mientras contaba mentalmente hasta diez.
—¿Para qué necesitan a Zelena? —recordó a su hermana, y se sintió extraña al preguntar por ella.
Blue pareció pasar saliva antes de abrir la boca y aclarar su garganta. Regina alzó una ceja. Quizá la respuesta sí fuera importante.
—Snow quiere... —empezó, dudando de la forma en que contestaría aquello—. Quiere ver si Zelena es capaz de conseguir una forma de guiarnos a Merlín —terminó de decir, pero poco en realidad tuvo sentido en las habilidades que Regina conocía de su media hermana que la pudieran llevar a aquello. No es como si la Bruja Retorcida fuera una brújula de hechiceros, o algo por el estilo. Pero eso lo averiguaría luego. Por ahora, tenía un par de pistas a seguir: la vidente, y la conexión entre Merlín y su hermana.
Era más que suficiente por un simple corazón, aunque había otra cosa que le inquietaba, y picaba en su interior, con ansias de adquirir respuestas.
—Una última cosa —mencionó, en voz baja—, ¿qué posibilidades hay de que el polvo de hadas se haya equivocado en señalar algo? —preguntó, tratando de sonar casual.
—Depende de la situación —la monja no se esperaba aquella pregunta, pues no tenía demasiado que ver con la disputa que les concernía—, aunque rara vez ocurre. Es decir, supongo que es posible que algo salga mal, es un poder bastante limitado, pero desde que existo jamás he visto que algo falle.
—Ya veo —la morena bajó la vista un segundo, y pareció estar asimilando la información un momento, tratando de poner un par de pensamientos en orden—. ¿Y hay alguna forma de romper algo hecho por medio de él?
—De nuevo, depende de qué se trate —explicó el hada, cada vez más confundida—. Si es un hechizo, como el de Pinocho, se rompe en el momento en que él rompe su promesa. El polvo de hadas se maneja como toda magia, en verdad. Siendo magia blanca, las emociones y las motivaciones puras cobran cierta importancia, y la mayoría de las veces tienden a afectar de alguna manera el conjuro o situación en la que se emplea.
—Entonces, si algo hubiera sido predicho, de alguna forma...
—Oh, el destino —interrumpió Blue, casi en un suspiro de respeto, como si se tratara de una Ley Divina que mereciera mención aparte. Regina asintió, apretando los labios en una mueca que indicaba un leve disgusto ante la simple mención de aquella palabra—. El polvo de hadas no tiene mucho que ver con él, excepto por el poder desvelar las conexiones preexistentes; como tu y Robin Hood siendo almas gemelas, por ejemplo —la monja sonrió, levemente, como si aquello fuera algo bueno en lo absoluto. Regina torció los labios en otra mueca y la monja ladeó la cabeza con infinita curiosidad en su rostro.
—Entonces no se puede hacer nada —murmuró la morena, con cierta resignación imposible de ignorar en su voz.
—No he dicho eso —el Hada Azul volvió a hablar, con cautela, sin saber exactamente qué terreno estaba pisando—. No entiendo por qué alguien querría romper un lazo como lo es el de un alma gemela, pero... hay un vínculo incluso más grande que puede deshacer la fuerza de aquella marca del destino.
—¿Cuál? —preguntó Regina, más rápida y enérgicamente de lo que hubiera deseado. Blue abrió la boca para contestar, pero se oyó un portazo provenir desde la entrada de la mansión, y unos pasos pesados y con cierto deje de pereza, hicieron que Regina girara la cabeza hacia el otro lado de inmediato— Emma —susurró, reconociendo su caminar. Volvió la vista a Blue con rapidez. Movió su muñeca en el aire y la caja de madera que contenía el corazón de Astrid apareció en su mano libre—. Eso sería todo —dijo, con prisa.
—Gracias por mantener tu palabra —Blue asintió con su cabeza, y mostró una expresión solemne en su rostro, mientras tomaba la caja entre sus manos. Sacó su varita de entre sus ropas, dispuesta a irse.
Luego de eso, y una mirada que oscilaba entre curiosa y conocedora del hada, desapareció.
La morena enderezó rápidamente su postura, trató de alisar la tela de su vestido con sus manos, aún si no hubiera ni una sola arruga en él, y se sentó en una de las banquetas junto a la isla. Arregló su cabello levemente y, poco después, Emma entró en el lugar.
—Hey —dijo la rubia, con repentina desconfianza, mirando a su alrededor—, ¿acabas de hacer magia, como, hace dos segundos? —preguntó, rodeando la isla y mirando por la ventana.
—No —contestó Regina secamente, siendo aquello verdad. No había hecho magia, al menos no dos segundos atrás. Quizá sí unos diez.
—Claro —la rubia asintió, aún con esa desconfianza tan propia de ella—, ¿cómo estuvo tu búsqueda?
—Informativa —contestó la morena, mientras la recorría con la vista de arriba abajo. Tenía las botas embarradas, y el cabello revuelto como si hubiera corrido un maratón. Su ropa se veía desarreglada, y aún así la encontraba innegablemente hermosa. Destructivamente hermosa. Volvió la vista a sus ojos—. ¿Qué hay de tu búsqueda?
—Agitada —contestó la sheriff, mientras caminaba hacia la ventana abierta. Regina alzó una ceja, esperando una explicación, y Emma pretendió ignorarla, mientras se inclinaba un poco para olfatear el pie. Manzanas, se dijo, y sonrió.
