Disclaimer: No me pertenece, porque si me perteneciera... ¡je!


Hace un montón, ¡años! que no escribo de esto. Pero un review me ha hecho reaccionar, y me inspirado. ¡Muchas gracias, Pyb World!


Normalidad


Había sido una noche catastrófica. No porque el Sr. Todd ganara, era obvio. El Sr. Todd siempre iba a ganar, con o sin su ayuda. Era inteligente, mucho. No, había sido catastrófica para sus nervios.

Había estado sentada encima de él, le había tocado, le había acariciado. Muchas mujeres, y la Sra. Lovett lo sabía bien, hubieran matado por hacer eso con cualquier hombre medianamente como el Sr. Todd, ni siquiera tenía que ser él. Uno que le llegase a la suela de los zapatos ya era objeto suficiente de deseo.

Pero ella lo tenía entero, un objeto entero, y estaba en el piso de arriba. Y por lo que parecía, él no estaba tan despierto como ella. Hacía rato que había dejado de hacer ruido y se había metido en la cama, en puro silencio, como él era. Esa era una de las cosas que la habían enamorado de él. Sweeney Todd era silencio, puro silencio y reflexión. La Sra. Lovett tenía la esperanza, la diminuta esperanza, de que tras todos esos pensamientos hubiera hueco para escucharla. Quería creer que también reflexionaba sobre lo que ella decía.

Sin embargo, aquella noche... pff, ahora no podía dormir. No podía dejar de darle vueltas. Y eso que debería estar feliz, habían ganado un montón de dinero, cada vez estaba más cerca de darle la medicina a su padre.

¿Pero dónde había dejado el dinero?

Silenciosamente se deslizó en una de sus batas, de color rosa y tela fina, y con sumo cuidado y unas zapatillas salió al frío pasillo. Trató de no hacer ruido al bajar las escaleras al salón, de no despertar a Tobías, de no despertar a nadie.

Abrió la cerradura de la puerta de metal y con la tímida llama de una vela miró en el sótano a ver si estaba por alguna parte. Nada. La mesa estaba recogida, los platos en la pila y la baraja impoluta en el centro de la superficie de madera.

¿Dónde lo habían metido?

Retornó a la sala, cerrando bien el sótano, por supuesto, y miró alrededor. Ni una bolsa, ni un vaso fuera de lugar... ni un libro muy desencajado. Ningún escondite. Y Dios sabía que en aquella casa no había cajas fuertes. Empezaba a plantearse una.

Sólo quedaba un sitio donde mirar, pero no se atrevía. Aunque lo más seguro es que estuviera allí; en la barbería. Quizá... podría colarse, sin hacer ruido, agarrar la bolsa y salir corriendo. Pero eso sería muy rastrero... o puede que no. Puede que incluso fuera de recibo, para no despertarle.

Además, él había estado espiándola, esas barreras ya estaban muy atrás. Ella necesitaba el dinero más que él.

Así que subió a la barbería y se coló en su habitación tratando de no hacer ruido. Miró por todas partes. Era listo, muy listo. Lo había escondido. Pero ella sabía cómo pensaba; seguro que era capaz de encontrarlo antes de lo que él se esperaba. Hombre que sí. Nadie iba a vencerla en algo así; nadie.

La barbería estaba en completa penumbra, ni siquiera la luna la iluminaba. El pesado cuerpo del barbero roncaba suavemente en su jergón, en la esquina, lejos de cualquier fuente de luz y de espaldas, cara a la pared. Mejor, más fácil para ella. Se puso a gatas y fue hasta la silla. Levantó el cojín con algo de esfuerzo, pero ahí no estaba. Lo siguiente a mirar era el baúl. ¿Habría limpiado la sangre el Sr. Todd? Sería un diablo, pero al menos era limpio. Seguro que sí. Al menos, eso esperaba.

Levantó un poco la tapa del arcón, pero chirrió. La bajó y miró al Sr. Todd; seguía profundamente dormido. La abrió muy rápido para hacer menos ruido, y volvió a mirar. Ni se había movido.

El arcón, que estaba perfectamente limpio, tenía un poco de ropa aquí y allá, material de barbero, como perfumes y esas cosas, y...

—¡Ahahá! —sonrió triunfante al descubrir la misma bolsa de lona con dinero de horas antes.

—¿Qué cree que está haciendo? —la fría voz del barbero la hizo saltar con la bolsa ya en la mano.

—C-Creí que estaba dormido, querido...

—Suelte eso; es mío.

—Cr-creía que era para mi padre, Sr. Todd —se levantó confundida, sin soltar el dinero. El Sr. Todd agarró su mano con fuerza.

—Ya que su padre está tan enfermo, yo me ocuparé de sus medicinas —su voz era fría, dura, siseante. La atravesaba como mil dagas en la piel, sólo atenuado por el latido de su propio corazón en los oídos.

—¿Es que no se fía de mí? —se le rompió la voz a media frase.

—No —de un tirón, la bolsa ya no estaba en sus manos—. Ahora lárguese.

—Pero, Sr. Todd...

—¡Largo he dicho!

La mujer se fue con las lágrimas en los ojos y pasos suaves y tímidos, como esperando a que la llamara. Pero no la llamó. Nunca lo hacía. Prefería tenerla lejos. ¿Quién se había creído? El Sr. Todd empezaba a sospechar que la Sra. Lovett había descubierto su innegable control sobre él, que podía ir meneándose por ahí como quien no quiere la cosa, provocando cosas en los hombres, y luego manejarle a él. Y no era así. No la creía ni un ápice, y no lo haría hasta que viera a su padre moribundo en una cama muerto de dolores. Entonces sí, lo que ella quisiera. Pero hasta entonces, nada. Incluso se abrazó al dinero para dormir, por si se le ocurría volver en mitad de la noche. Ni un pelo se fiaba de ella. Ni uno.

Amaneció una mañana fría y gris, de las más tristes que había visto en su vida. La gente se arrastraba de un lado a otro, somnolienta, a punto de empezar un día para el que ni siquiera estaban preparados.

Desde su ventana, podía verles ir y venir a la tienda de su vecina, a veces incluso subían a la barbería. Pero no se molestó en matar a nadie; no tenía ganas y no hacía falta. Sólo quería contemplar el amanecer y el cielo y sumirse en sus propios tormentosos pensamientos.

A sus pies, la ciudad se erguía sumergida en niebla y humo de factoría, languideciendo a cada segundo que pasaba. Igual estaba su vecina, sirviendo empanadas. Había mirado arriba un par de veces, esperando verle. Él había apartado la mirada y ella había suspirado. Ni una palabra, todo igual. Ese era el juego que había llevado todos aquellos días con los tipos de las timbas, ¿no? Hacer como si nada pasase. Pues nada había pasado. Lo único que entraba en vigor era que había querido robarle, así que se hacía el molesto por ello.

Rondaba la media tarde cuando se puso a llover. La Sra. Lovett llevaba media hora sentada frente a un vaso de cristal intacto en el patio, sumergida en sus propias preocupaciones. Conociéndola se quedaría allí hasta que pasara la tormenta. Era una temeraria.

Suspirando, bajó a ver si la hacía entrar en razón.

—Entre —gruñó—. Se va a poner enferma.

—¿Y? Ni que a usted le importara...

—No puede ponerse enferma.

—¿Por qué, Sr. Todd? —le miró enfadada—. ¿Es que eso no encaja en su plan? Si me pongo enferma, no le serviré, ¿no es eso?

—Exactamente —asintió. Y aunque trató de hacerse la dura, sus ojos reflejaron desilusión—. Entre.

—Pienso quedarme fuera —insistió.

—Entonces tendré que quemar el dinero para la supuesta medicina de su padre para hacerla entrar en calor, Sra. Lovett. No echaré a perder mis planes por sus niñerías.

—¿Niñerías? ¡Niñerías?

—No tiente a la suerte, Sra. Lovett. Mi paciencia es muy limitada —entornó los ojos.

—Que le den, Sr. Todd —dio un rápido trago a su ginebra aguada y se fue dentro, dando un golpe con la puerta que hizo vibrar todos los cristales.

Cuando estuvo fuera de vista giró y se fue por una calle. La Sra. Lovett se preguntó a dónde iría, pero se contuvo de ir a preguntarle. Estaba demasiado enfadada con aquel imbécil. Los hombres eran imbéciles, todos ellos. No podías confiar en su juicio, porque siempre estaba opacado con cualquier tontería. ¡Niñerías, había dicho! ¡Él sí que era un niño! Un niño con un juguete roto, además. Tanta Lucy, tanta Lucy, pero no era capaz de apreciar a las mujeres que SÍ tenía ahora.

Todo su enfado se esfumó de repente y se quedó en blanco. Blanco que pronto fue reemplazado por el temor.

Quizá era eso, quizá por eso la trataba tan mal. Tenía a otra. Estaba claro, había otra en su vida. Alguien en quien todavía no sabía si podía confiarle su venganza, pero que ahí estaba, latiendo. Y la amaba. Seguro que había ido a verla en aquel preciso instante.

Durante horas y lágrimas, su cabeza sólo le daba vueltas al asunto. ¿Cuántas mujeres habían subido? ¿Cuántas habían bajado? ¿Cuántas había visto fuera del horario laborable? ¿Con cuántas había quedado? ¿Cuántas de ellas eran parecidas a Lucy? ¿Cuántas veces se había ido inexplicablemente y había vuelto a las tantas de la noche?

Cuando volvió no había cambiado nada en él, pero quizá no lo había hecho porque había cambiado hace tanto tiempo que ni ella se daba cuenta ahora de lo que era normal y lo que no. Y ni siquiera la miraba. Su mundo se estaba derrumbando y a él no le importaba. No era más que una pieza en su plan.

No era nada.