¡Hola, querido público lector! Hoy he tardado un poco más en actualizar (es sábado u.u) porque les he puesto un capítulo de ocho mil palabras ._. Y ésta semana tuve mucho trabajo, no pude editarlo a tiempo, así que solo hice unos pequeños ajustes y para no fallar como cada viernes… aquí está. Espero que les guste, como cada vez.

Me encantaría recibir uno de tus comentarios, porque eso ayudaría a crecer ésta historia.

Y para no entretenerme más, les dejo para que lean :—D

Declaración: Frozen no me pertenece, así como ninguno de los personajes que reconozcas aquí, todos pertenecen a Disney.

¡Muchas gracias a Vetara, YuriLover24 y jexichan89 por añadirme a sus favoritos! ¡Y gracias a ti por seguir ésta historia! \ :—D /

Capítulo VII

Fenómeno

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Lo que menos quería Elsa, era recibir visitas esa mañana, tenía las suficientes cosas qué resolver como para perder el tiempo en charlas que no ayudarían a bajar la pila de documentos alzados sobre su escritorio y de los cuales, cada día llegaban más, y no solo de trabajo, algunos eran pésames retrasados dirigidos a Idun o a ella, cosas que ya no le interesaba leer.

Pasó la tarea de responderlos a Mérida y a Megara, mientras que ella se enfocaba en las cosas que de verdad urgían. Llevaba toda la mañana metida ahí, encrespada por asuntos que no la ponían muy contenta en ocasiones, y que hacían que de vez en cuando su voz se escuchara más alto de lo normal, llamando a una de las dos chicas afuera.

—Suerte —se deseaban una a la otra cuando eran solicitadas.

Agdar era un hombre organizado, sin duda, pero había dejado bastantes pendientes por concluir y Elsa quería revisar con calma cada uno de ellos. La rubia era más práctica que el hombre. Agdar tenía un corazón discretamente bondadoso, diciendo "sí" a cosas que probablemente no servirían más que para darle el empujoncito empresarial a algún interesado, pero Elsa sabía decir "no", rotundamente.

Y como si no fuera suficiente para la empresaria, el día se empeñaba en hacerle pagar las consecuencias de algún error del pasado a intereses sublimes. Mérida se introdujo a la oficina y anunció con evidente fastidio en el rostro —Le dije que no, pero no se irá sin que lo recibas, y sabes que es capaz de tirarte la puerta.

Sin la necesidad de que la chica aclarara de quién le estaban hablando y porqué, la rubia lo dedujo sin mayor seña —No —resolvió con un hilillo de voz, dejándose caer sobre la silla. Mérida fue consciente de esa reacción. Bastantes veces fungió como testigo de los desaires incontrolados de Hans cuando Elsa se negaba a cumplirle un capricho o simplemente desaparecía por días sin comunicárselo, entonces el muchacho perdía todo control y sacaba sus garras para amedrentar a Elsa, solo que Elsa no se dejaba amedrentar por nadie.

—Hazlo pasar.

Apenas la chica salió de la oficina, un enfurecido Hans se abrió paso caminando ferozmente sin detenerse hasta que su cara estuvo a medio metro ante la de Elsa, justo donde se encontraba el escritorio, como si hubiese tomado la medida exacta de sus pasos. Enfocó la mirada directamente en la rubia, con ambas palmas de las manos abiertas y puestas sobre la fina madera talla del escritorio de roble. Sus ojos echaban chispas y todo su rostro era como el de un búfalo enfurecido preparado para atacar —¿Hasta cuándo pensabas decírmelo?

Elsa le devolvió la mirada. Si había algo propio de ella, era no bajar la vista por grande que fuera el enemigo. No le temía a nadie, o por lo menos, si acaso se encontrara asustada, su cerebro enviaba la orden directa a cada uno de sus sentidos para actuar de lo contrario, mostrándose desafiante, y eso Hans lo sabía, porque no era la primera vez que se encontraban en una situación como esa.

—Te voy a decir dos cosas, Hans —. Ella dijo, sin despegar sus ojos azules de los verdes de él —La primera: puedes bajar la voz, tomar asiento y mantener controlado tu iracundo temperamento para que podamos conversar como la gente civilizada que presumes ser. La segunda: puedes optar por abrir la puerta, salir por donde llegaste y no buscarme hasta que puedas hablarme como un hombre, no como simio enfurecido.

Y eso bastó para enfurecerlo aún más, no solo por lo de "simio enfurecido", sino porque él sabía perfectamente que Elsa no era una chica con la que se podía jugar, de ninguna manera. Elsa de Arendelle jamás se dejaba maltratar ni pisotear por nadie, y Hans no iba a ser el primero.

El pelirrojo no tuvo otra opción que respirar profundo, cerrar los ojos y tragarse su temperamento y dignidad para acatar las órdenes de su novia, pues la última vez que decidió probarla, Elsa lo dejó fuera de una negociación casi cerrada que lo arruinó por seis meses antes de que su padre abogara por él, y también mandó desaparecer su auto sin que se pudiera probar la implicación de la muchacha; esa fue la última, la primera y la única vez que el pelirrojo lo hizo, así que si él se creía inteligente, debía aceptar la oferta que le estaba siendo ofrecida y tomar uno de los lugares señalados frente al escritorio.

Hammer llegó hasta él y lo palmeó discretamente para instarle a ocupar una de las sillas. El pelirrojo obedeció, por extraño que le resultara al mismo Hammer, y tomó asiento junto a su delgaducho hermano.

—Elsa, te ruego lo disculpes, Hans solo está…

—No necesitas hablar por él, Hammer, te aseguro que sabe defenderse solo, ¿no es así, Hans?

La rubia habló sin quitarle la vista de encima al ojiverde, que seguía con esa cara ardiendo por el enfado, pero aun con los dientes apretados estaba reacio a simplemente callar —¿Por qué no me dijiste que ibas a quedarte en Noruega?

Elsa no tenía intención de ponerse a charlar como si de viejos amigos se tratara, así que respondió de la manera más seca que pudo encontrar —Porque desde que llegué he estado muy ocupada y no he tenido tiempo de comunicarme contigo.

—Soy tu novio.

—Y también un hombre de negocios; sabes cómo son éstas cosas, deberías comprender. Mi padre ha muerto y sinceramente no estaba de ánimo para telefonearte y llorar, había muchas cosas por resolver aquí.

—¿Pensabas decírmelo? —insistió el muchacho, y la rubia tuvo que hacer maña de todo su autocontrol para no echar a patadas ella misma a los dos hermanos, Hammer no tenía la culpa, pero en ese momento Elsa no podía separar al trigo de la cizaña.

—Sí, Hans, pensaba decírtelo, pero no por ahora.

—¿Y cómo es que Mérida está aquí y yo apenas me he enterado ayer?

—¿Has hecho un viaje tan largo solo para venir a reclamar que me desapareciera?

—No sólo por eso.

—¿Entonces? —Apretó la mandíbula, el gesto que avecinaba que la charla estaba por concluir con un: he escuchado lo suficiente, no tengo tiempo para atenderte ahora. Te llamo después.

—En realidad, Elsa, ese solo es un motivo… de Hans —tartamudeó el hermano más grande, acomodándose las lentillas —venimos también por otra razón.

La rubia echó su gélida mirada sobre el tímido hermano que trataba de mediar el tenso ambiente que se había formado en la oficina, y eso hizo que el chico se encogiera en su asiento. Hammer jamás podría lidiar con esa mirada. No era su culpa, ni Hammer, ni muchos más tendrían la fortuna de salir victoriosos ante ese par de icebergs que se venían contra su insignificante barco.

—¿Qué otra cosa los ha traído por aquí?

—Ne-negocios —volvió a responder el chico de los ojos almendrados, que a Elsa siempre le recordaban a los de Eugene. Pensó en Eugene y en cuanto lo extrañaba, y cómo le gustaría tenerlo cerca en ese momento, burlándose de Hans. Ya lo escuchaba con sus típicas frases "¿qué pasó, grandote? ¿Te mandaron a freír espárragos?", o "vete a ver si ya puso la marrana", frases latinas que Elsa nunca entendía bien qué significaban —Nos llegó un comunicado acerca de que… de que… ca-cambió la sede de la reunión que-que estaba programada en Nueva York para la-la semana pasada.

—Así es — la chica respondió, tomando algunos papeles de su escritorio para ordenarlos —Como voy a quedarme por acá un tiempo considerable, no puedo estarme en Nueva York para postergar una fecha allá, y necesitamos avanzar con esa reunión. ¿Va a venir Halklel? —Elsa particularmente se dirigía a Hammer ahora, ignorando con esmero a un enfadado Hans que perdía la vista en las paredes de la oficina, con ese aire altivo que le impedía mostrarse admirado del poder de los otros.

Hans era algo así como el niño auto-mimado de mamá y papá. Auto mimado porque los Southern no eran realmente una familia benevolente con sus trece hijos, todos varones. Cada vez que nacía uno, la familia, considerablemente más Halklel, el padre, se volvía más hostil; no era una novedad para los conocidos que el matrimonio esperaba con ansias una hija. Para los Southern no era lo mismo sentar la unión entre dos importantes familias cuando ofrecías la mano de tu hijo varón, y con ello ceder las riquezas para beneficio de terceros, a recibir ese beneficio a causa de la mano de tu hija, asegurando un futuro más prometedor en el mundo empresarial con un negocio redondo. La familia estaba agotando sus recursos financieros a causa del exceso de tomar malas decisiones y Halklel urgía maneras de librarse de los problemas económicos que se avecinaban, por eso Hans no fue bien recibido y nacer como el número trece tampoco ayudó a suerte sino todo lo contrario, se le consideraba casi una maldición, por ese motivo Elsa podía ser la forma de redimir su pesada carga de llegar al mundo; ella no era cualquier hija de hombre millonario, era una de Arendelle. Desde aquella vez que se conocieron circunstancialmente en una de esas tantas reuniones empresariales e intercambiaron algunas palabras de cortesía, el pelirrojo fue impulsado a salir con ella. Se volvió un hombre romántico por ese tiempo, incluso llevaba flores. La noticia de su relación formal hizo que Hans dejara de ser el hijo de la mala suerte, para pasar a ser la perla de gran precio que sacaría del hoyo a los Southern.

Hans sabía lo que acarrearía su suerte si Elsa lo dejaba, sus privilegios serían derribados por debajo del suelo. Y Hans no quería volver a ser invisible, él era el ambicioso más interesado de toda su familia después de todo. No solo la presión lo hacía trabajar más de la cuenta, Hans tampoco era tonto, la muchacha no solo era poderosa, también era guapa y tenía esa cualidad pocas veces vista que completaban a una casi perfecta mujer: tenía un cerebro que pensaba. Y encontrar a una así por esos días era cosa sumamente difícil.

El pelirrojo no tenía la mínima sospecha que la rubia jamás pensó en tener algo serio con él. Cuando hicieron oficial su noviazgo, fue a razón de que Elsa traía una borrachera encima que no le permitía pensar con claridad, motivada porque cierta pecosa de Noruega se había empeñado en no salir de su mente toda la mañana, a Elsa dejó de preocuparle el resto de las cosas. Dejó que Hans hiciera público su noviazgo, a fin de cuentas, cuando Elsa lo deseara, simplemente le diría "hasta aquí", y punto. Era cruel, pero la rubia no estaba interesada en que la gente pensara que era buena.

—Definitivamente él estará aquí para entonces, Elsa, pero nos ha enviado a nosotros para… aclarar estos… puntos importantes —y giró su rostro en dirección a Hans, cuidando de que éste dijera algo, lo que Elsa interpretó como que Southern había enviado particularmente a Hammer, y Hans simplemente se coló —y por si se te ofrece algo en lo que podamos ayudar.

—No, muchas gracias, lo estoy resolviendo todo en persona y va excelente.

—¿C-cómo está Idun? ¿Cómo estás tú?

—Mi madre lo está llevando bien y yo hago lo que puedo. ¿Hay otra cosa que deseen tratar conmigo?

—La verdad es que sí, Elsa —respondió el muchacho buscando entre su portafolios, con esa torpeza característica de su persona, motivada ahora por la fría experiencia de estar tratando con esa enigmática chica que los miraba como si tuviera otra cosa mejor que hacer —Tengo algunas dudas respecto al documento que nos hicieron llegar antes de que… p-pasara lo del accidente y me-me gustaría preguntártelo.

—Adelante.

El chico se acomodó torpemente las gafas para preparar su discurso, pero apenas pronunció las primeras palabras Mérida llamó de nuevo desde la puerta.

—Elsa, tienes una llamada.

La rubia la miró, confundida —No puedo recibir llamadas ahora, tómale nota y dile que le telefoneo después, quien quiera que sea.

—Es Anna Von Bjornson, pero dijo que no era muy importante si estabas ocupada.

La platinada alzó los ojos, un par de orbes azules que se aclararon después de permanecer oscuros como una noche despejada. Mérida amaba verlos brillar como si cientos de cristales brillaran al mismo tiempo dentro de ellos.

—No, está bien… ya salgo, tomaré la llamada desde tu intercomunicador. Caballeros —se levantó de su sitio, con una extraña actitud que Hans nunca le había notado antes, no muy diferente de la actitud torpe que siempre tenía Hammer. Fue evidente que de manera intempestiva se convirtió en un manojo de nervios que le hicieron soltar los documentos que estaba ordenando, y estos cayeron desparramándose sobre el piso. Recogió algunos, que volvió a soltar, entonces solo los pateó debajo de la mesa y apuñó otros tantos sobre el escritorio de roble —Me-me disculpo un momento… No tardo.

Si antes el rostro de Hans no se mostraba para nada contento, la poco usual actitud de la que todavía consideraba su novia, no lo estaba ayudando a mejorar.

—¿Anna Von Bjornson? —Inquirió el joven más delgado —¿De dónde me suena?

—Sólo espero que esa llamada sea más importante que atendernos a nosotros —bramó Hans, cruzado de brazos.

Elsa tomó el intercomunicador de Mérida con cierto nerviosismo, ante la mirada curiosa de las dos mujeres que hacían uso de su diplomacia para no alterar más las emociones de su líder, que ahora no lo estaba resolviendo mejor. Los ojos de cada una siguieron los movimientos de las manos pálidas cuando éstas hicieron malabares en el momento que el teléfono estuvo a punto de caer al suelo. Les arrojó una miradita apenada y el aparato bailoteó de nuevo en sus manos antes de finalmente encontrar su punto de enfoque en la fría oreja de la rubia, solo que al revés. Sonrió para ellas, las mejillas tornadas carmín, su actitud no podría ser más adorable cuando su voz al fin pudo atender a la persona que aguardaba su contestación.

—¿H-hola? ¿Anna? ¿Está todo bien?

Una tartamuda pelirroja respondió al otro lado de la línea —Sí, sí… ahmm… ¿no te interrumpo? ¿Estás ocupada? Ay, soy tan torpe, seguramente que estás ocupada —se quejó —lo siento, no se me ocurrió pensar en eso antes de llamarte; no es nada, te llamo después… es decir, si puedo llamarte después… ¿podría?

La rubia presumió otra iluminada sonrisa que hizo que los ojos de Mérida se volvieran circunspectos hacia el teléfono que la platinada sostenía entre sus manos —Anna, no estoy ocupada. Dime, ¿qué sucede?

¿En serio? —Hizo una breve pausa para luego continuar —Es que… son éstas cosas que me están dando problemas, de la varianza y algunas cuestiones de probabilidad, no consigo captarlo todo.

—Muy bien, dime de qué se trata y lo resolvemos ahora mismo.

La pelirroja pareció sopesar de nuevo el asunto —¿Segura que no estás ocupada?

Elsa volvió a sonreír, ésta vez más relajada —Absolutamente. Cuéntame y no te alteres, hazlo paso por paso, ¿de acuerdo?

La platinada hizo un torpe ademán para indicarle a Mérida que se llevaba el teléfono a la sala de reuniones, y que regresaba enseguida. Por fortuna, Mérida conocía tan bien a su heterogénea jefa, que fue perfectamente capaz de descifrar sus torpes ademanes con pericia. No obstante, Elsa no se salvó de esa mirada intrigada de la chica pelirroja, que volvió a Meg cuando la rubia desapareció.

—¿Quién es Anna Von Bjornson?

Minutos más tarde, la implacable platinada regresó a su oficina con una esplendorosa sonrisa de oreja a oreja, sonrisa que no pudo ocultar hasta que se encontró de nuevo con los varoniles rostros de los hermanos Southern, aguardando su regreso.

—Estoy de vuelta —fue lo único que se molestó en decir, sin acompañarlo de una disculpa que ambos hermanos esperaban si es que Elsa se preocupara por mostrarse un poco menos descortés con sus visitas.

—Era muy importante tu llamada, ¿cierto? Por eso que optaste por concederle un espacio considerable en tu agenda, desvalorizando nuestra reunión.

—En efecto, Hans, era muy importante —respondió la chica, recargándose fijamente sobre su escritorio y enfrentando increpante la mirada endurecida del joven —¿Y bien, Hammer? Soy toda oídos.

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Apenas llegar a casa y sacarse las zapatillas, Elsa tomó el móvil y marcó el número de Anna, una emocionada pelirroja que hizo de todo por evitar emitir un gritito de entusiasmo le respondió al otro lado de la línea.

—Hola, solo llamo para preguntarte qué tal ha salido todo.

¡Genial! Creo… es que… hice las comprobaciones y los resultados han quedado exactos, estoy segura que mañana volveré a casa con una estrellita en la frente.

—Me parece estupendo. Te tomas una foto y me la envías.

La dulce risa de Anna fue como un jarabe contra la tos que refrescó el pecho de Elsa —Has sido de gran ayuda, Elsa, de verdad; no sé qué hubiera hecho sin ti.

—Cuando quieras, me gusta presumir.

Anna se quedó un momento escuchando la cándida voz de la platinada al otro lado del teléfono, y trató de grabarse el sonido de cada "s", los tonos bajos y altos que usaba en cada frase, incluso estaba tentada a escribir cada palabra desconocida en su propio léxico, para después buscarla en el diccionario y la próxima vez que hablara con Elsa, sorprenderla con un acervo más elaborado, más elegante, como la rubia lo era. Se perdió en ese tono agudo de la muchacha, la voz de Elsa sonaba un poco grave, pero hablaba con una paz que bien podría arrullar los sueños de Anna. La pecosa dedujo que tenía qué hacer algo con eso, o terminaría volviéndose adicta a esa voz.

Sintió un cosquilleo ante la atención con la que la rubia le estaba hablando, incapaz de creer que una chica tan ocupada como ella se tomara el tiempo para telefonearla. Anna pensó que Elsa solo le había pedido su teléfono como un signo de cortesía, el pensamiento de que en verdad la llamaría quedó fuera de su lógica, pero ahora lo estaba haciendo, Elsa la estaba llamando. Y peor era pensar que la empresaria podía hacer eso a las tres de la mañana y Anna la atendería gustosa, sin lanzar su perorata más hiriente como muchas veces se las ganaba Mulán o Rapunzel, porque la pelirroja odiaba ser interrumpida de sus sueños.

Como la pecosa no dijo nada más, la platinada aprovechó para dar el giro a la conversación.

—Sé que otro día será tu cumpleaños pero, de cualquier forma te lo pregunto: ¿asistirás al evento por los nuevos socios de ArendCorp?

¿Yo? —la pregunta la tomó por sorpresa. ¿Elsa quería que fuera a la reunión? ¿Elsa quería asegurarse que iría? ¿Elsa quería invitarla?

─Sí. Tu familia es invitada honorable.

¿No es una reunión solo para empresarios?

—Tu padre es nuestro consejero, así que formas parte del proyecto de algún modo, ¿no es así?

Hubo otro del lado Von Bjornson, seguido de un ladrido de Sven y un "chist" de Anna; la rubia esperó, paciente —Elsa… ¿me-me estás invitando?

La chica de Arendelle escuchó la pregunta de Anna e intempestivamente abrió los ojos. Elsa deseaba que Anna dijera que sí, que iría, preguntárselo era solo una forma indirecta de averiguarlo, sin que ella sospechara que la chica que le hablaba en ese momento tenía otros intereses respecto de ella. En un segundo, la imagen de cabello cobrizo suelto sobre una espalda cubierta de pecas y piel rosácea invadió la nariz de Elsa, que hasta pudo oler la imagen, como si el objeto principal de ésta se hubiera materializado ante su nariz; le atribuyó un olor a fresas recién recogidas del campo, y la imagen resultaba más seductora de lo que ella haya pensado en un principio.

La última vez que vio a Anna engalanada en un vestido de noche fue durante la graduación de su hermana en la preparatoria. Llevaba un lindo vestido negro ajustado a sus formas adolescentes, con un bonito tocado hacia arriba, nada majestuoso, porque Elsa sabía que Anna era solo lo suficientemente femenina como para que la gente que la mirara andar a su paso, no tuviera duda que era mujer, pero difería mucho con el resto de las adolescentes vanidosas que se maquillaban como actrices de cine y ajustaban sus ropas para atraer al sexo contrario. Anna solo tuvo un interés en su adolescencia, y ese interés le correspondía como ella era, no necesitaba más. Fantasear con la imagen de una Anna de dieciocho años, bastante bien crecida y formada, hizo que Elsa emitiera un débil "oh" que enseguida disfrazó con una falsa tos para no mostrarse avergonzada.

—P-Perdón, ¿qué has dicho?

—Pregunté si seguías ahí.

—Oh… sí… sí, claro… aquí sigo. Es que yo…

La pregunta que le hiciera Anna hacía un par de minutos le volvió a la mente. Era claro que Elsa quería ver a Anna toda vez que fuera posible, era claro que deseaba verla esa noche en esa reunión, ataviada como a la chica le pareciera bien, en ropas deportivas o en un lindo vestido, como sea que ella fuera, pero verla nada más. Sin embargo, tras la pregunta también vino a su mente que así como añoraba estar con ella, a la vez quería, necesitaba estar lejos de Anna.

Unos años atrás Elsa se fue de Arendelle dejando precisamente a esa chica sola; había huido de Anna por razones que consideraba todas las noches desde que decidió tener una relación oculta con ella, no podía ésta vez pretender, así sin más, volver a su vida de forma tan abrupta. Incluso Elsa no quería volver a su vida.

Jamás había dejado de amar a Anna, en ningún momento; fueron unos años difíciles desde su partida. Elsa no volvió a experimentar ningún calor parecido al que desprendía la pelirroja de ojos verde azules. Ella era el aliento de su vida. Si bien el cuerpo de Elsa era elevadamente frío del resto, Anna siempre lograba mediar su temperatura. Elsa amaneció en varias camas durante su estancia en Nueva York, cada vez, provocada por una borrachera a la que recurría cuando el recuerdo de la muchacha ya le era insoportable y le pesaba grandemente, como un costal que no podía llevar a cuestas. No siempre Elsa tuvo sexo con otras chicas, la mayoría de las ocasiones se quedaba dormida antes de consumar el acto, otras veces reaccionaba a tiempo. Pero cuando le era imposible, cuando el deseo por volver a ver los ojos claros de aquella chica, acariciar su cuerpo, besar sus pecas, aspirar el aroma dulce de su cabellera cobriza la envolvía haciéndola presa de sus emociones, Elsa simplemente caía. Pronunciaba su nombre en cada beso, entre sus sueños, en cada caricia; aruñaba, mordía creyendo que hacía suyo el cuerpo de aquella joven. Era Anna todo el tiempo. Era la explicación más lógica de su cercanía con Mérida y de por qué no terminaba con Hans, los necesitaba a ambos, para olvidarse de ella, aunque el efecto causado era todo lo contrario.

No, calor no. Elsa tenía que conformarse con el frío, ella no podía ofrecer nada más que eso. No podía estar cerca de Anna, por su propia seguridad.

Cerró los ojos y suspiró pesadamente —Yo…

No me importa que sea mi cumpleaños al día, siguiente apuesto que te ocuparías de hacer de las doce de la noche algo muy divertido para recibirlo —dijo con sarcasmo la muchacha —Pero, dudo mucho que mi padre quiera llevarnos, quizá solo asistan mi madre y él; si acaso se ofrece la oportunidad, no dudes en que estaré ahí para apoyarte.

"No, Anna", pensó Elsa, es mejor que no asistas.

Elsa nunca había sido una persona normal, nunca. Ella nació diferente. Toda ella estaba conformada por rasgos poco humanos. Aunque se mirara cada vez en el espejo y viera su imagen formada con ese toque femenino, tocara su piel compuesta por células tan comunes, palpara sus mejillas pálidas y rosáceas y se alisara el cabello platinado natural… no podía dejar de pensar en lo distinta que era del resto del mundo. A simple vista, podría parecer una mujer ordinaria, con una piel hermosamente pálida y suave al tacto, pero era imposible ocultar los cristales de hielo que emanaban de ella cuando sus emociones la envolvían. Sus ojos, tan azules como hielo sólido, proyectaban figuras brillantes que los hacían únicos, muy hermosos, pero también… muy peligrosos. Elsa nunca fue capaz de alejar de su mente aquella imagen de un Agdar ensangrentado a causa de los cristales de hielo que brotaron de los ojos azules como decenas de astillas que le provocaron distintos cortes por toda la cara y los brazos.

Le desconcertaba su conformación. Elsa sabía que era una chica bonita, pero se desatendía de hasta qué nivel la consideraba hermosa la gente. No entendía cómo Anna pudo soportar el frío que ella desprendía cada vez que la pelirroja la abrazaba; si bien no es que Elsa estuviera hecha de hielo, y si bien a menos que alguien prestara especial atención a toda ella, se daría cuenta de esos detalles, Elsa parecía tan normal como todos. Pero no lo era, resultaba obvio que no lo era, Elsa solo constituía… un fenómeno de la naturaleza.

—No te preocupes, solo preguntaba —atinó a decir, volviendo de su escrutinio. Anna no tenía por qué cargar con ese fenómeno.

Escuchó un suspiro resignado del otro lado de la línea, y se preguntó si una vez más Elsa estaba rompiendo el corazón de la pequeña, porque si lo había hecho, era lo mejor para ambas.

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—¿Qué te pasa? Es hora de entrenar, has estado tan… indiferente toda la mañana —Mulán hizo una mueca divertida a Anna mientras le jalaba de la mejilla, pero la pelirroja solo la ignoró, no parecía estar de ánimo —Ya, ¿qué sucede? ¿No me vas a decir? —La asiática increpó los ojos en ella, admirando las pecas de su amiga. Un dedo juguetón se deslizó por la nuca de Anna, enredándose en el cabello cobrizo —Aun tienes esto aquí, ¿en serio no piensas decirme quién te lo hizo?

Mulán estaba ahora acariciando la mancha roja que Anna tenía situada detrás de su cuello, la pelirroja no sabía desde cuándo estaba ahí, solo lo supo una vez que Rapunzel lo señaló mientras ambas nadaban en la alberca, y como no tenía una forma precisa, sus padres dedujeron que probablemente se debía a una extraña mancha de nacimiento que estaba creciendo al mismo tiempo que la joven.

—No pasa nada, Mulán, sólo estoy un poco… distraída.

—Eso, ¿por qué estás distraída? —La pelinegra olvidó lo que estaba haciendo para regresar de nuevo la atención a los ojos cerúleos de Anna —Nunca lo haces —la pelirroja fue consciente de los largos segundos sin soltar una respuesta, hasta que suspiró y bajó la mirada al suelo —Basta, vámonos ahora. Arriba, señorita, tenemos qué entrenar —Mulán quitó el balón de las manos de su mejor amiga y lo puso entre su brazo libre para halar a la chica —No estás ligera, Anna.

Y como si de momento hubiese tenido una epifanía, Anna abrió los ojos y finalmente dijo algo más que solo suspiros.

—Mulán… ¿y si te digo que estoy enamorada?

—Ja, no te lo creería —respondió la otra con un gesto burlón en el rostro —Nunca lo has estado y jamás te ha preocupado antes… Jamás has mencionado a ningún chico, así que yo no creo que… —se detuvo —espera… ¿estás hablando en serio?

Cuando vio el rostro de la pelirroja perdido en la nada la tomó de las mejillas y le habló de frente, como si Anna le hubiese confesado una enfermedad mortal —Anna, háblame, ¿estás diciéndome que te has enamorado? —No hubo respuesta —¡Anna! ─gritó la chica.

—Sí-sí… creo que sí.

—¡Ahhh! —La joven pelinegra abrió mucho la boca y la dejó así por varios segundos, tantos, que Anna ya estaba pensando cómo iba a ayudarla a volver la mandíbula a su sitio —¡¿Quién es el afortunado?! ¡¿Por qué no me lo habías dicho?! ¡Dime su nombre ahora!

La pecosa por fin la miró con atención —No, estoy bromeando, tonta; vamos a entrenar —le quitó el balón que Mulán había atesorado en su brazo libre y corrió al centro de la cancha, llamándola con la mano —¡Venga!

—Loca —murmuró la pelinegra, sin embargo se sintió aliviada.

Los silbatazos envolvieron pronto la explanada y de un lado a otro se escucharon gritos de chicas entrenando que se perdían entre las órdenes de un emocionado entrenador. La cancha de volibol percibía a algunos curiosos en las gradas de ambos lados, como siempre, Rapunzel y su séquito de amigas estaban ahí, eufóricas, sus clases de etiqueta también eran sentadas como espectadores en esos momentos, cuando ver al exitoso equipo de Anna entrenar se convertía en la liberación de sus emociones internas.

Anna estaba acostumbrada a todo eso, era el protocolo de todos los días. Dos horas de entrenamiento diarios en una explanada con curiosos que sentían el éxito del equipo como propio. A lo que no estaba acostumbrada Anna, era a verla a ella ahí.

—¡Cuidado!

El balón rebotó en la cabeza de la distraída pelirroja, mandándola directamente al suelo.

—¡Anna, ¿estás bien?!

—¡¿Anna?!

La chica se tocó la cabeza, más por una reacción de costumbre que por haberse hecho daño—Estoy bien, estoy bien, solo… me distraje —dijo, tocándose de nuevo la parte trasera, como si hubiese recibido un fuerte golpe ahí, pero Anna no se había golpeado en realidad, su acción funcionó en reacción al espasmo de ver a Elsa sentada en las gradas más cercanas al centro del juego.

—Pues tienes así toda la mañana, ya va siendo hora de que despiertes.

Anna lanzó una mirada asesina a Jane y luego se dirigió al entrenador —¿Puedo tomarme cinco minutos?

—Que sean diez —el corpulento hombre se dirigió al equipo y luego particularmente a Anna —¡Escuchen, tomémonos diez minutos para descansar! Anna, ¿vas a estar bien? Deberíamos llevarte a la enfermería para que te revisen.

—Sólo necesito un poco de aire y descanso, tuve tarea anoche y creo que la desvelada me afectó. Tomaré un momento y estaré repuesta.

—Bueno, diez minutos, Anna. Si necesitas más, solo indícamelo.

Melody ayudó a la pecosa a levantarse y la chica se alejó de ella dándole las gracias, porque su interés estaba centrado ahora en la rubia platinada que se había puesto de pie desde que Anna cayó al suelo.

—¿La cabeza sigue en su sitio? —Fue el saludo poco cortés de la rubia, sin embargo fue obvio para Anna que solo estaba bromeando para no recordar el acontecimiento de manera dramática.

—Sí, —Anna respondió, sonriendo y tocándose otra parte de la cabeza —solo fue un golpe leve, nada importante.

—¿Qué sucedió?

La menor de los Von Bjornson tomó del brazo a la rubia instándola a sentarse, y Elsa obedeció mecánicamente —Cansancio —mintió la chica, pero de inmediato cambió el tema —Nunca te había visto venir a uno de los entrenamientos.

—Bueno, tú me invitaste y acá me tienes, aunque creo que he venido en un mal día.

—No, para nada, solo debo desvelarme menos con las tareas.

—Te he dicho que cuando necesites una mano, me lo hagas saber.

Los labios de la pelirroja se curvaron en una tímida sonrisa, se colocó un mechón cobrizo detrás de su oreja y añadió —¿Tú practicas deportes?

—No, yo no —respondió la de los ojos azules, riendo como si de un chiste se tratara —Algunas veces solo hago patinaje.

—¿De verdad? Yo no sé patinar, podrías enseñarme.

—Claro —Elsa se perdió en los ojos azul verdosos de Anna, encontrando en ellos la misma mirada tierna que tenía la pelirroja desde que era una temerosa niñita que no podía sostenerse sobre los patines a menos que Elsa la guiara. Rapunzel lo encontraba fastidioso —Tienes… —Anna dio un respingo cuando los fríos dedos de Elsa tocaron su mejilla para limpiarle la cara —Oh, lo-lo siento.

—Qué manos tan frías —exclamó la pequeña, y sus cejas se arrugaron siguiendo con sus ojos el movimiento de las manos de Elsa volviendo a su sitio.

La platinada se mostró nerviosa y centró su atención en el portafolios de cuero que había dejado a sus pies —Debo irme ya.

—Pero recién llegaste.

—En realidad no, recién tú me notaste. Llevaba buen rato aquí.

La muchacha pelirroja se irguió en toda su estatura, a una diferencia de altura considerable porque la platinada había subido un escalón —Elsa… quisiera…

—¿Nos vemos mañana? —Tampoco dio tiempo a responder, se inclinó y besó su mejilla —Cuídate, Anna.

Una corriente tempestuosa de frío le recorrió las arterias y los vellos se le pusieron de punta, ella no fue capaz de responder al beso que Elsa había dejado caer delicadamente sobre su mejilla, todo lo que logró concebir es que, a pesar de sentirse muy frío, Anna seguía teniendo mucho calor. Las mejillas se le pusieron rojas y tuvo que darse un momento de exhalaciones profundas antes de regresar para seguir entrenando con el equipo. ¿Qué había sido eso?

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Elsa se estaba dando tumbos emocionales, ¿por qué? ¿Por qué era tan condenadamente difícil para ella alejarse simplemente de Anna? Ya lo había hecho una vez, y le desgarró el alma, pero lo había conseguido. Se sentía estúpida porque luego de todo el trabajo que implicó alejarse de ella, tuviera que volver y buscar estar cerca de la pelirroja, porque eso es lo que ella hacía, buscarla, pretenderla.

No quería cometer el mismo error de antes, no quería envolverla en un romance que luego tuviera que dejar, porque eso es justamente lo que pasaría, Elsa no se quedaría en Arendelle más que una temporada, y después seguiría con su vida en Nueva York. Pero eso no era lo que más le causaba estragos emocionales a la joven empresaria, lo que más le dolía a Elsa, era convencerse a sí misma que Anna ya no tenía sentimientos por ella. No existía una tortura mayor.

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—Deberías imprimir una imagen suya en tamaño natural y ponerla en la cabecera de tu cama.

Anna saltó en su lugar y con un gesto enfadado se echó encima de las cosas que tenía sobre la cama.

—Vas a ser la presidenta del Club de fans de Elsa de Arendelle, ¿cierto, hermanita?

—Oye, no tienes derecho a…

—Eres tan patética como todo ese grupo de perdedores que están detrás de ella, pero debes entender que no tiene nada de especial, Elsa de Arendelle solo es una rubia del montón que ha tenido la buena fortuna de heredarlo todo.

—No es solo por eso, Elsa es mucho más que su cabello o su dinero.

—¿Entonces aceptas que estás enamorada de ella?

El rubor le corrió por todo el cuerpo a la pelirroja, concentrándose en sus pecosas mejillas. Bajó la cabeza, evitando la mirada perspicaz que Rapunzel le dedicaba.

—¿De-de qué estás hablando? No digas tonterías.

—Humm… —soltó la rubia —parece que en la escuela son pocos los que no están detrás de sus faldas, y tú no eres una de ellos. ¿Sabes, hermanita? Siempre me he preguntado qué es lo que las relacionaba a ustedes dos tan cercanamente cuando eran más jóvenes, ahora me doy cuenta de una cosa: son un par de insípidas.

—Tú sólo estás celosa porque Érick está de nuevo tras ella —la increpó la joven.

Antes de que pudiera predecirlo, la ojiverde saltó sobre la cama y apresó a le pelirroja contra ella —¡No vuelvas a repetir eso, ¿escuchaste?!

—Es la verdad, —bramó Anna, jadeando por el esfuerzo de soportar el cuerpo de Rapunzel encima —tu querido Érick está como perro buscando lamerle la mano como siempre; ya no te hace el mismo caso de antes, ¿no te das cuenta?

—¡Cierra la boca, Anna! —Los ladridos de Sven llamaron la atención de Olsen, que no tardó en asomarse tras la puerta.

—¡¿Puedo saber que está pasando?! —Las dos muchachas se quedaron quietas, mirándose la una a la otra sin decir una palabra —Más vale que hablen ahora, porque de cualquier forma, las castigaré a las dos.

—Anna está diciendo estupideces.

—¿Perdón? —Se defendió la chica —Yo no fui a meterme a tu habitación, has sido tú quien ha venido aquí.

—Basta —dijo el rechoncho hombre, metiéndose dentro para no llamar la atención de Eridan — Exijo una explicación inmediata.

Anna se quitó de encima a Rapunzel, quien le agradeció el gesto —Rapunzel quiere estar en el equipo, y yo le dije que no. Estamos cerrando un torneo y no podemos aceptar a nuevos integrantes.

Olsen pareció decepcionado —¿Esa era la razón de su pelea?

—Sí, pero ya no importa, no es como que quiera perder mi tiempo en tonterías —La ojiverde caminó hasta la puerta acomodándose el cabello —Ya me buscaré otro lugar donde tú no estés.

Y la puerta se cerró.

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Pronto la universidad se convirtió en el lugar favorito de Anna, si antes le encantaba estar ahí, cuánto más ahora que tenía motivos para levantarse todos los días y encontrarse con ella, con Elsa. Aunque no todos los días lo lograba, pero esas veces, esas pocas veces, Anna simplemente era feliz. Tan solo con una mirada de la rubia, una sola, era capaz de transformar su mundo en algo más que mágico.

Envidiaba que fuera la frívola de Rapunzel quien compartía una clase con ella, pero por otro lado pensaba que era mejor que cursara unos años menos, de otra forma cómo se concentraría en las clases teniendo a Elsa tan cerca, no se creía capaz de poner atención, no con esos cabellos platinados meciéndose según el viento, y con el aroma mentolado de la chica invadiendo sus fosas nasales.

La nueva distracción de la pelirroja no estaba siendo nada agradable para Mulán, sabía que algo le pasaba pero ella no lograba descifrar qué. ¿Enamorada? Mulán sabía de Kristoff, pero también estaba segura que Kristoff no era más que un pasatiempo de la pelirroja, es decir, eran algo parecido a amigos con derechos, no más, Anna no lo quería, no románticamente, pero tampoco se atrevía a pensar que lo estuviera de Elsa; por lo que todos decían, Elsa solo era un objeto de admiración para la pecosa, y una vieja amiga que había regresado, no más que eso.

Anna vio ese día a Érick acercarse a la platinada, abordándola como el Don Juan que el chico era. Érick no era exclusivo de Rapunzel, aunque ella llevaba años detrás del joven; de vez en cuando salían pero Érick era conocido por salir con varias mujeres a la vez, y también era sabido por todos que desde la preparatoria estuvo interesado por la chica de Arendelle, y ahora que había regresado él volvía a estar interesado en ella, no había duda.

La deportista sintió una punzada cuando el pelinegro tomó la mano de Elsa, pero la rubia rápidamente se zafó de su agarre. Llevaba rato observándolos con demasiada aprehensión desde su mesa, y Mulán ya se había cansado por estar intentando llamar su atención sin alcanzar el éxito.

─¿Crees que lleguen a ser algo?

─¿Quiénes y qué?

─Elsa y Érick.

─Ah… No —resolvió la muchacha, sin mucho interés —Elsa no tiene cara de andar con un casanova como Érick, parece una chica inteligente.

—Lo es.

—Además Érick está saliendo con Rapunzel, ¿no? —preguntó Jane, llevándose un puño de M&M's a la boca y escondiendo aun su cabeza en la revista académica que estaba leyendo.

—Ya no, pelearon y han dejado de salir.

—Bueno… no me digas que te gusta Érick —quiso indagar la asiática, con un tono falsamente desinteresado.

—Claro que no, tonta, solo digo que él no es una buena opción para Elsa, porque, ella es perfecta; no andaría con alguien como él.

—No, tampoco lo creo. ¿Puedes quitarles la vista de encima ya?

Pero Anna no la escuchó, porque seguía ensimismada en la descomunal pareja de enfrente —¿De qué color son los ojos de Elsa? —Su pregunta hizo que Jane finalmente les prestara atención y volviera también la cabeza, para emitir una respuesta conforme, porque la muchacha estaba segura que todo el mundo conocía el color de los ojos de Elsa.

Mulán resopló —Es obvio, Anna, son azules.

—Sí, pero, ¿qué tipo de azul? Estoy haciéndome una idea de qué tono exactamente tienen, porque hay distintos. No es lo mismo un azul celeste que uno cobalto. Y algunas veces ella los tiene oscuros, como un azul muy subido. Pero es difícil discernir su tono real, no me parecen azul celeste, ni marino.

Mulán enarcó los ojos para observar con más detalle —Azules —se empeñó en resolver, para ella todos los azules eran igual.

—Azul cobalto —dijo la pelirroja —Y son hermosos… Ella es hermosa.

—Oh, sí, muy hermosa —Jane confirmó la admiración de Anna, haciendo alarde a la imagen de Elsa que la revista de la Universidad había publicado en su actual edición, presumiendo su movilidad.

La plática de las jóvenes fue interrumpida por otro rubio que se sentó a su mesa, de manera brusca.

—Hola, chicas.

—Kristoff. ¿Qué estás haciendo aquí? —Jane le hizo un espacio al montañero para que estuviera más cómodo.

—Bueno, ya es un hecho, el próximo semestre seré un alumno regular de ésta universidad.

—¿Lo conseguiste?

El chico curvó los labios en una tímida sonrisa y asintió —¡Genial, Kristoff, ahora serás nuestro compañero!

—Parece que se cumplirá tu sueño de no venir más a la escuela en el auto de Rapunzel, pronto podrás venir en mi trineo —bromeó el muchacho y Anna le respondió con una palmadita divertida en la espalda, pero compartió la dicha de su amigo, y más porque tenía razón, Anna odiaba ir con Rapunzel a la escuela —Bueno, debo volver a casa, sólo quería compartirles la buena noticia —Y luego se dirigió a la pecosa —¿Vienes?

—Sí —la chico dijo, recogiendo sus libros y su mochila.

A Kristoff se le ocurrió tomar la mano de Anna justo cuando ambos pasaban por el lado donde Elsa y Érick seguían conversando. Anna creyó notar una mirada extraña en Elsa, como si hubiese sido consciente de las manos entrelazadas, pero descartó la posibilidad que se le había pasado por la mente, era imposible que estuviera celosa.

—Elsa.

—Kristoff.

Los ojos de la pelirroja se quedaron fijos en la rubia mientras atravesaba la puerta rumbo a la salida; la mirada azulada le devolvió el gesto y no volvió al del pelo azabache hasta que Anna finalmente se perdió.

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Definitivamente tenía que saberlo.

Estacionó el vehículo en la entrada principal de la casa de los Von Bjornson. Se quitó las gafas para sol y subió el cierre de su chaleco de cuero. Antes de abrir la puerta y salir del coche se miró al espejo y peinó sus rubios mechones de cabello platinado llevándolos hacia atrás, ese día se sentía particularmente hermosa, era como si la reina que habitaba en ella se levantara como un león rugiente que reclamaba su trono en la selva, capaz de devorar a cualquier animal inocente que se cruzara en su camino, particularmente si ese animal medía casi dos metros y tuviera cabello de princesa. Ningún cuerpo, por más corpulento que estuviera, podría en ese momento acallar la furia que llevaba guardada dentro. Entonces se dirigió a la casa con paso firme.

Geiri, el viejo guardia que custodiaba la casa de los Von Bjornson desde tiempos inmemoriales y que la había recibido con apreciada cortesía, anunció su llegada; las princesas la recibieron con evidente fastidio pero a la vez, era el alivio que les faltaba a sus huecas cabezas que no podían terminar un sencillo trabajo de cálculo sin su cerebro.

—Te estábamos esperando, Elsa; hace rato que nos rompemos la cabeza descifrando la probabilidad de los misterios divinos que nos encomendó Persie.

—Los vimos en clase, creí que no tendrían mayores problemas.

Hello —dijo Jazmine, levantándose para servirse más té —no somos tan cerebritos como tú y Bella dijo que no podía venir.

—Así que estamos en apuros.

La rubia desvió la mirada hacia Aurora, que estaba sentada cerca de la ventana, mirando despreocupadamente a su vez hacia el amplio jardín de los Von Bjornson.

—Aurora resolvió uno —señaló la platinada y cuando concentró su vista hacia donde Aurora estaba mirando se encontró con una pelirroja que jugaba con el husky en el jardín —¿Has podido ayudarles?

Aurora por fin apartó la vista de su objeto de admiración para prestar atención al equipo, y recriminó con los ojos a Elsa —Si hubiese podido ayudar, hace rato habríamos terminado.

La empresaria tomó asiento buscando paciencia dentro de ella, estaba segura Aurora fue renuente a ser de ayuda porque simplemente no quiso apartar la vista de la ventana si eso implicaba perderse la bonita vista de cabellera cobriza que jugaba afuera —¿Cuáles son?

Blanca le pasó el libro sobre las piernas y señaló con el dedo el recuadro de ecuaciones que tenían qué resolver. La rubia miró de nuevo hacia la ventana, pero Anna había desaparecido con todo y su mascota. Resopló —Veamos, esto es muy sencillo.

Anna había visto el coche de la rubia estacionado afuera, y al instante sus mejillas se encendieron en rubor. Elsa estaba ahí, en su casa. Había escuchado a Rapunzel decirle a sus amigas que pedirían su ayuda con la tarea, pero no se dio cuenta cuando ésta la llamó.

—Vamos, Sven.

Entró a la casa tratando de hacer el menor ruido posible y se asomó a la sala, todas estaban prestando atención a la rubia. Una borrosa imagen le llegó a la mente a la chica, una donde ocurría una escena semejante, sólo que las muchachas en la sala lucían más jóvenes y Elsa tenía puesto un vestido azul y mallas, en lugar de esos vaqueros sexys, botas y chaleco encima. Se quedó observando un momento, pero no a todo el grupo, se quedó observándola a ella.

De repente Ariel se puso de pie y tomó el libro que Elsa tenía en sus manos, cada una se incorporó para tomar un lugar aparte y Anna se apartó de su escondite. Ya se imaginaba lo que diría Rapunzel si la veía espiando, seguramente le echaría en cara su obsesión por una de sus amigas, seguramente volvería a increparle lo enamorada que se veía de esa muchacha, y Anna no quería ser descubierta, Anna no tenía intención de que todos supieran que, si bien no estaba para nada enamorada de Elsa, no era solo simple admiración lo que le atraía de ella.

Se echó aire con la mano y caminó hasta la cocina, dispuesta a apagar ese fuego que avivaba cada vez que contemplaba esos cabellos platinados mecerse con el viento, su fiel husky la siguió.

Anna abrió el refrigerador y sacó una jarra de agua, tomó un vaso y vertió el líquido en él. Estaba bebiendo cuando sintió la presencia de alguien más a sus espaldas.

—¿Me das un poco de esa? —La voz rasposa de la platinada casi le provoca una muerte por asfixia. El agua se le atoró en la garganta y Anna tuvo que toser para abrirse espacio.

—Sí, sí… seguro —se movió para coger otro vaso pero entonces la muchacha tomó el que ella sostenía y del cual había bebido antes la pelirroja.

—Gracias, eres muy amable —Anna vio poco a poco desaparecer el agua mientras era bebida, hasta que Elsa terminó el contenido y extendió el objeto de cristal de nuevo a su dueña —Gracias, en serio eres muy amable, has salvado mi cuerpo de una deshidratación inminente —. Un hilillo de agua fría recorrió sus labios, y un segundo, un segundo fue suficiente para que la pecosa se paralizara pensando en la forma en cómo ella podía desaparecerlo; se imaginó bebiendo de los labios de Elsa, se imaginó bebiendo los labios de Elsa.

La lengua rosada de la rubia salió para atrapar el líquido y dejar solo un rastro de humedad en sus labios enrojecidos, todo ese movimiento fue para Anna como uno de esos comerciales que se miran en la noche por TV, cuando ya no hay ninguna transmisión que valiera la pena; comerciales de doble sentido que manipulan las mentes de los tele espectadores antes de que estos vayan a la cama y duerman esperando que llegue la mañana para adquirir un nuevo producto inservible. Si era así, Anna por supuesto que compraría esos labios, o lo que sea que anunciaran; el labial rojo encendido con aroma a cereza, la pasta de dientes que permitía una blancura luminosa, el enjuague bucal que dejaba un aliento fresco en la sensual boca de esa rubia. Lo que sea compraría Anna si lo anunciara la sensual chica que tenía delante.

—¿Me quedo con él?

La pelirroja salió de su trauma y miró a la ejecutiva, que seguía con la mano estirada hacia ella, ofreciendo el vaso.

—Hola, señoritas.

Sven ladró y saltó corriendo hacia Kristoff. Elsa miró recelosa la acción del husky, era su husky, ella se lo había obsequiado a Anna, Kristoff no tenía nada qué ver con él.

—Te quiere —atinó a decirle al montañero.

—Sí, bueno, yo lo cuido cuando Anna no está en casa, así que el muchacho y yo somos amigos, a veces nos tomamos juntos una cerveza, ¿no es así, muchacho? —El joven palmeó al perro y éste le lamió la mano —Ha crecido, ¿no es verdad? Era un cachorro que apenas caminaba cuando lo trajiste, gordo y peludo.

—Sí —respondió Elsa sin mucho entusiasmo.

Mientras los jóvenes conversaban, la pecosa hizo algo que su mente no pudo controlar: abrió de nuevo el frigorífico y sacó la jarra, vertiendo más agua dentro del vaso que habían usado antes las dos chicas. Buscó la seña, la huella de los labios que no eran suyos y cuando la encontró, colocó el vaso por ese lado para beber de él. Eso le hizo sentir como si su boca se había juntado con la de la rubia, en ese gesto tan infantil y lleno de descaro. Se quedó quieta cuando abrió los ojos y los dos muchachos la observaban en silencio.

Las mejillas se le pusieron más rojas y echó el agua que recién había bebido.

—Lo siento, lo siento… yo…

—¿Estás bien? —preguntó Kristoff, abrazándola por la espalda. Elsa gruñó en silencio.

—Sí, sí, yo solo… —volvió a toser, más para deshacerse de su situación embarazosa que por estarse ahogando con el agua —Estoy bien —fingió sonreír, pero su rostro estaba más rojo que un tomate.

"¿Qué cosa acabo de hacer? ¿Qué acabo de pensar?" Se dijo para sí misma. "He hecho el amor con los labios de Elsa o… con la huella de los labios de Elsa".

—Tengo qué volver con las chicas. Gracias de nuevo por el vaso de agua, Anna. Que estés bien, Kristoff —y luego miró al perro — Hasta luego, Sven.

Se dirigió a la puerta y antes de atravesarla echó una mirada de vuelta a los personas de las que acababa de despedirse, Kristoff llevaba a Anna tomada del brazo, saliendo por la puerta por la que había llegado y que daba al extenso jardín de los Von Bjornson. Hace tres años, Elsa había conducido por ese mismo camino a Anna donde terminaba el jardín y comenzaba el bosque, entonces los brazos que rodeaban a la pelirroja eran los suyos y no los del chico de la montaña.

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El jarrón salió disparado y se impactó con fuerza contra la pared. Estaba enojada, estaba sumamente enojada. Se echó de bruces sobre la cama y miró hacia el suelo, con los ojos entornados por la furia, su gesto se fue relajando poco a poco hasta que la tristeza se cernió sobre ellos, tomó el teléfono y marcó.

—Hola, Eugene. Sé que te estoy despertando a ésta hora de la mañana en Nueva York pero, realmente necesitaba hablar contigo.

Nena, sabes que puedes llamarme a la tumba y aun así me levantaré para escucharte… siempre y cuando me compres un café y donas espolvoreadas La rubia sonrió —¿Qué te aqueja?

—Anna me besó —hubo un silencio sepulcral del otro lado de la línea —y yo le correspondí.

Eugene sabía la historia de Elsa con Anna, ella se la había contado toda. El chico muchas veces le instó a recuperar su romance con la niña, pero ella simplemente se negó. El latino no aprobaba la decisión de Elsa sobre Anna, le parecía injusto para ambas partes, y aunque entendía los motivos de Elsa, él no le daba la razón, porque ponerse en el lugar de la deportista le hacía pensar que todo había sido más injusto para ella.

Habla.

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¿Merezco un review por el esfuerzo? :/ Estoy terminando esto a la una de la mañana solo para no fallarles u.u ¿Ha quedado bien? ¿Mal? ¿Me cortó un brazo? u_u Ja, ja, XD

Chicos… y chicas, debo anunciarles que es posible que el próximo capítulo tarde un poco, tampoco será mucho, tal vez un par de días más, eso es porque tengo eventos la próxima semana y no podré editar el siguiente capítulo a tiempo quizá, por lo que si no lo ven publicado el viernes, es posible que para el lunes sea seguro, yo estoy más interesada en culminar éste proyecto. Mis disculpas, pero soy heroína y hay un mundo qué salvar afuera XDDD

Espero me comprendan u.u

Mis agradecimientos especiales a quienes comentan mi trabajo:

Madh-M: En realidad nos falta alguien en Arendelle :v Los personajes van y vienen… creo :I Me pasa igual, Anna me fascina, es como que te dan ganas de apapacharla a la pequeña *—* Espero que Elsa no la lastime tanto u_u Muchas gracias por ser la primera en comentar éste capítulo :—D

Passenger: Te entiendo, yo siempre llego tarde a todos lados :v Y si es una cita, peor :v Cuando me case, llegaré tarde, solo para asegurarme que el novio ya está en la iglesia, así no me andaré con que me deje plantada, el desgraciado :v Muchas gracias porque tarde, pero te has tomado el tiempo de escribirme, es tan lindo de tu parte :'D

Frank Lester: No tengas miedo de darme tu mejor crítica, acepto de todo tipo, escribo por amor a las letras y por oficio, y me ayuda a crecer la crítica de personas que saben de esto :—) Megara no es el personaje más importante en la historia, pero la veremos recurrentemente, así que espero que sea conforme esperas, porque nunca he visto Hércules, así que no conozco su psicología ._. Si la riego, abofetéame :I Un beso.

Tasiakrood: ¿Qué te hace el pobre? Él es tan bueno y lindo XD Si te cae gordo ahora, no imagino lo que te provocará después :—/ Cuando aparezca bajo todo su peso :—O Muchas gracias por seguir mi historia y siempre comentarla, es hermoso que le dediques un momento :—)

Crhismas-Machine: Wow, ¿es en serio todo eso? Porque si es así, espero que cuando publique mi otro fic Elsanna te provoque lo mismo :—D Ya que ese tiene más acción del tipo Rápido y furioso XD Carlos, me pone muy contenta que seas tan lindo en escribirme por aquí y por privado, me agrada mucho leerte. Así que, en cualquier parte del mundo donde te encuentres ahora, te mando un gran abrazo, amigo :—)

Sato-Girl: Por poco y no aparecías en mis menciones, pero tu review me ha llegado a tiempo. Me alegro que esperes por la actualización, espero que éste nuevo capítulo sea de tu agrado y me digas si merezco seguir escribiendo XD Recibe un abrazo de mi parte :—D

Nos estamos leyendo, chicos, espero, se pueda el viernes. Besos a todos… LindsayWest…