Notas de autor:

Tengo que darles un aviso, a partir de esta segunda parte voy a comenzar a escribir el fic en tercera persona. En un principio el fic demandaba ser escrito a través de los ojos de Sora, pero para esta altura ya no es necesario. Si debo explicar el por qué: Es para darle más protagonismo a Mimi y a Taichi, a todos, y para mostrar mejor este Universo Alterno. Lamento las molestias.

No ha pasado menos de un mes como propuse, pero al menos no ha pasado otro año entre cada actualización.

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Segunda parte

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El crepúsculo es lo que separa el día de la noche.

Los del mundo terrenal le temen a la oscuridad y se esconden de ella. Mientras que los del otro lado, las almas perdidas que habitan en el más allá,se mezclan con las sombras de la noche y se vuelven uno con ella.

La gente solía decir que era la hora del día en que los monstruos salían a cazar.

Yato (Narogami) [1]

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Para convertir mi valor en alas.

Dios errante.

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Sora caminada de regreso al apartamento con sus compañeras después de una ardua práctica con el equipo de fútbol. Anochecía, los pájaros ya buscaban refugio en los árboles, el cielo se pintaba de un anaranjado cálido y en las nubes se reflejaban los últimos rayos del sol en un tono rojizo, apacible. Intermedio entre la vida y la muerte: un rojo brillante pero no intenso se postraba en el basto y manso cielo crepuscular. Caminaban lejos de la autopista, pocos autos, muchos transeúntes que bajaban del trabajo o de las escuelas. Las chicas se perdían en la conversación que había iniciado al salir de las instalaciones de la universidad. Sora, al parecer, lo único que mantenía en común con sus compañeras de fútbol era que les apasionaba el mismo deporte, por ello hablaban de Tom, el centro campista del F.C Tokio, y de cómo todas estaban de acuerdo en que podrían secuestrarlo y llevárselo muy lejos de las canchas de fútbol para intentar preservar la genialidad de sus genes futboleros por el futuro del juego bonito. Incluso Tenten, que no le gustaban los chicos, estaba dispuesta a sacrificarse.

La pelirroja, sin embargo, iba un paso lejos del resto. Sus manos cruzadas frente al vientre, sostenía el bolso deportivo del club de fútbol, con cada paso que daba este chocaba contra sus muslos cubiertos por la poca tela de la falda y del abrigo. Las jugadoras no se daban cuenta del ensimismamiento de la otra. Sabían todas que le preocupaba algún asunto. Lo intuían por cómo ésta estuvo jugando los últimos días, pero no se atrevían a preguntar y, conforme pasaban las horas, terminaban haciéndole caso omiso inconscientemente.

Una ráfaga de viento levantó todas las hojas del suelo. La conversación se interrumpió, en su lugar hubo algunos gritos de sorpresa por parte de las muchachas. Los abrigos y bufandas se mecieron al compás del baile arremolinado de las hojas secas. Sora miró por sobre su hombro atendiendo a su instinto de supervivencia que le alertaba sobre una posible amenaza.

Una sombra.

La sintió moverse desde lo más alto del poste de luz —que acabó encendiéndose poco después— hasta un contenedor de basura escondido detrás del otro farol de enfrente, al otro lado de la calle. Con cautela avanzó un paso y se detuvo rápidamente, temerosa; esperó a que la conmoción que causó la ráfaga repentina de aire se desvaneciera, en realidad, aguardaba por aquello —que creyó había visto de soslayo— apareciera ante sí. ¿Acaso sería Taichi, El chico del bosque? Desde lo más profundo de su ser esperaba que no. Ya no lo esperaba, ya no lo ansiaba, ya no lo buscaba. Los fieros deseo de encontrarlo en cada persona que miraba en la calle desde ese encuentro en el bosque, eclipsados por el escalofriante miedo nacido aquel día cuando lo siguió y éste la hirió en su casa. Prefirió pensar en que lo que sus instintos sintieron fue ajeno a él. ¿Un gato podía ser? Nunca salió, de ser ese el caso.

Inhaló y exhaló, sacudiéndose los miedos sin total éxito.

El pie derecho guio el camino, la mano izquierda se extendió atrapando el viento. Quería alcanzar el contenedor, ver qué o quién había causado tal reacción en ella.

—Sora —La aludida sintió el cuerpo estremecérsele. Al girar, Miyako la esperaba, el resto aguardaba medio metro más arriba de distancia a su capitana—. ¿No vienes?

Sora vaciló un instante antes de asentir y caminar a paso apresurado hasta ellas. No volvió a mirar hacia atrás. Doblaron por una esquina y desaparecieron del camino.

La vereda quedó en total silencio. Los árboles de las casas, detrás de sus muros rocosos, se sacudían otra vez por el viento, un viento que había regresado más suave y tolerante, soltaba cánticos silenciosos que hacían bailar a todos los cerezos de la zona habitacional. Hojas muertas caían hasta el suelo a causa de la danza fresca y lenta de las ramas casi huesudas, y en la calle, hasta ese momento solitaria, se comenzaba a escuchar el taconeo cada vez más audible de pasos acercándose. Quien pasase por aquel camino justo en el momento en que la luna atracó los cielos, seguro pensaría que se trataba de una escena puesta por un director del género de suspenso y terror, y sin duda se estremecería temiendo por su vida.

Desde la esquina de la calle se dibujó en su suelo la silueta de un hombre, la sombra se alargaba con cada paso que el dueño de ésta daba. El chirrido del metal contra el concreto del piso, arrastraba la punta de un objeto alargado y delgado por el suelo.

El hombre se detuvo a mitad de la calle y la quietud volvió a reinar en la vereda… solo por poco tiempo.

—¿Piensas seguir escondiéndote? —dijo la voz masculina, perteneciente a la sombra.

Una mujer de larga y lacia cabellera, robusta, con curvas definidas y dotada de una inusual belleza y sensualidad apareció delante del hombre. Vestía un vestido rojo, elegante, contrastaba con la piel pálida de su rostro. Había estado ocultándose en el mismo lugar donde Sora sintió la presencia del algo moverse, aquella mujer pareció emerger desde la oscuridad con un sigilo no propio del mundo.

—Yagami —El tono con que saludó ocultaba sus intenciones—. No esperaba encontrarte por aquí.

—Lamento no poder decir lo mismo —Yagami miraba hacia la hoja de la catana que sostenía en su mano, esta apuntaba en dirección hacia el suelo como si el brillo en la hoja le distrajera de la realidad—. Siendo sincero, has sido difícil de hallar. A pesar de ello, al final haz venido corriendo hacia mí. No sé si agradecerlo o reprochar cuan estúpida has sido.

—Los cielos fueron específicos —se apuró en señalar—. Creí que no podías estar cerca de ella.

El otro prefirió hacerle caso omiso. Arrastró la punta del filo de la catana por el suelo. La fricción entre este y el metal causó un chirrido agudo que hizo que la mujer respirara más rápido de lo normal.

—Tengo una pregunta para ti, Nure —Guardó silencio a propósito, consciente del efecto que causaba en la otra—. No estoy para juegos, espero que me respondas sin rodeos.

El crepúsculo hubo pasado y las estrellas adornaban el cielo. Las nubes se movían tal cual como si le reprodujeran a un ritmo acelerado desde una videograbadora.

Nure le interrumpió. [2]

—Cuando tus superiores se enteren de esto... —Consciente de la amenaza, puso todo el peso de sus posibilidades en un solo lado de la balanza, quiso pensar que estaba siendo temeraria. No caería presa del miedo. No con alguien como él.

—¿Dices que le temo al Consejo supremo? —inquirió, en un tono burlón.

—No, digo que arrastras contigo una maldición poderosa. El Cielo te ha juzgado y perdiste ante sus ojos. ¿Qué haces cerca de la humana?

El muchacho sonrió. Su actitud despreocupada, aquella arrogancia y su cabello despeinado hondeándose con la brisa suave. La luna en el cielo se ocultaba tras las nubes que se dispersaban uniformemente. Levantó el arma y la hizo reposar sobre su hombro. El viento sopló más fuerte, parecía como que, con solo desearlo, pudiese controlar el flujo del aire a su conveniencia, pero no era más que la casualidad o complicidad de la naturaleza que recreaba el escenario perfecto para su acto de venganza.

—Te haré la pregunta —Sonrió, entre sarcástico y divertido. Hizo una pausa y miró por sobre su hombro por primera vez al individuo de espalda a él. Desde ese entonces la burla en sus ojos desapareció. Con el ceño fruncido, la cabeza ladeada y los labios apretados su expresión fue intencionalmente amenazadora—. Envenenaste a Sora —sin embargo, había sonado como una acusación directa y no como una pregunta que requiriera respuesta.

Los espacios dados para seguir disimulando se rompieron. Viéndose sin chance de negar tal acusación lanzó un alarido lleno de odio. La piel de la mujer se desgarró cuando los huesos de su cuerpo comenzaron a transformase, mostrando, como si acabase de quitarse un disfraz, su verdadera naturaleza de demonio. Lo que quedaba de la mujer de cautivadora belleza no era más que el recuerdo. Bajo su forma de Youkai se podía describir como un espíritu con forma femenina [3] —tres veces más grande que un humano promedio— y cola de serpiente. Rugió mostrando los dientes afilados, su abundante cabellera negra se movía teniendo vida propia y sus filosas garras se mostraban amenazantes al hombre que permanecía insondable.

—Morirás esta noche —dijo la Nure onna,agitando su cola que terminaba con una punta metálica (parecida a la de una hoja de una espada de doble filo) contra el piso, dios de la oscuridad.

Yagami bufó una sonrisa divertida. La youkai perdía los estribos. El otro se puso en posición de batalla, empuñando la catana delante suyo. Mostró los dientes en una excitada mueca que reflejaba cuan entusiasmado estaba por el combate que se daría a continuación.

—¿Dios de la oscuridad?—inquirió petulante, ya sin poder contener más la gracia que le causaban las palabras del enemigo.

Blandió la catana en el mismo segundo que cogió impulso y envistió a la mujer serpiente. El primer ataque fue rechazado de un coletazo por la Nureonna. Yagami retrocedió, lamiendo sus labios sonrientes.

—A diferencia de lo que ustedes los demonios creen… —Volvió a coger impulso, esta vez dispuesto a realizar un salto. Su cuerpo que se movía en los aires con la ligereza de una pluma; dio una pirueta que acabó con el muchacho sobre la otra, clavando la hoja de la catana en la espalda del demonio. El lamento del demonio ocultó cualquier otro sonido que pudiera escucharse cerca. Taichi continuó diciendo—: no pertenezco a la raza de dioses oscuros. Que sea Yagami no me hace un dios de la oscuridad [4]

Nure onna pegó otro grito al cielo de dolor.

Zarandeó la cola de un lado a otro buscando su objetivo. El dios enterraba y retorcía el arma en el omoplato de la misma. Nure onna lanzaba golpes al azar sin éxito, el dolor le hacía torcerse como una babosa lo hace ante el contacto con la sal. Lanzaba zarpazos con sus garras hacia la espalda que no alcanzaban a Yagami, pero sí que se hacía daño a sí misma rasgando su piel, llevándose pedazos de la propia carne atrapada en las uñas. El otro sacó la catana esperando poder volver a estoquear al demonio. La cola de este, en un movimiento airado y accidental, logró asestarle un golpe que mandó al dios de lleno hacia uno de los muros, el impacto le hizo perder la catana. Los huesos de su espalda crujieron, él lanzó un gruñido de dolor y acabó cayendo al suelo.

—Maldito dios —rezongó la mujer serpiente. Reptó hacia él, que se apoyaba en una rodilla con una mano en el suelo—. Esta noche vas a morir. No te perdonaré el haberme acorralado y lastimado.

Yagami escupió sangre, limpiando el restante con el dorso del puño.

—¿Por qué será que todas las mujeres que conozco me dicen lo mismo? —preguntó sarcástico; agregando luego—: Además, ¿por qué te enojas? Solo pretendía ilustrarte un poco sobre el folclor japonés. ¿Qué? ¡¿No tienes orgullo patriótico?!

—Maldita sabandija, ¿te burlas de mí? —Arremetió con su cola contra Yagami gritando improperitos y amenazas sin son ni ton—. ¡Me las pagarás!

El aludido rodó contra el suelo esquivando el golpe, pero de nuevo su atacante volvió a envestirlo, escampado de él por pocos centímetros. Una y otra vez el demonio lo arremetió, airosa, deseaba aniquilarlo, dejando en cada azotada toda su fuerza. La catana del dios continuaba tirada lejos, solo podía esquivar los coletazos de la Nure Onna y de vez en cuando perturbarla con sus puñetazos que, aunque la atontaban, no eran suficiente para garantizar un golpe letal. La bestia perdía rapidez y contundencia. Perdía energía y el otro deseaba aprovecharla.

Unos cuantos golpes más, otros cuantos roces menos, cada vez que la esquivaba lograba acercarse mucho más a su boleto de salida.

—¿Qué pretendes al huir de mis ataques? No lograrás nada. No dejaré que te marches después de haberme insultado tanto.

—No pretendo escapar —respondió tan tranquilo que logró, no sabiendo si era posible hacerlo aún más, insultar al youkai que jadeaba del cansancio—. Solo estoy esperando —miró de soslayo la catana—. Me debes una declaración.

—No digas tonterías —Su ira la estaba distrayendo, eso pensó el dios.

Cuando Yagami pensó que había encontrado la oportunidad perfecta para recoger el arma, la mujer serpiente lo sorprendió previendo sus intenciones. La cola logró asestar en un costado del cuerpo del dios que lanzaba un nuevo gruñido. La satisfacción se hizo visible en Nure cuando sonrió al darse cuenta que acertó en el ataque y, mejor aún, cuando lo escuchó gemir por consecuencia suya. Pero no era suficiente, quería más, más sangre, más dolor, que rogara por piedad, que rogara por su vida.

Aprovechó que su adversario no se recuperaba a tiempo del golpe y lo rodeó con su cuerpo de serpiente, apretando como boa constrictor al enemigo.

Los nuevos rezongos del dios fueron música para sus oídos. Reía jactanciosa. Se sabía ganadora.

N-Nure.—La falta de aire, la presión en el pecho, los órganos internos siendo aplastados por músculos poderosos. Yagami no podía articular ninguna frase fluido—. Q-quier… —Apretó mucho más fuerte. El otro ahogó un grito.

Arañaba al demonio en un intento desesperado por librarse de su opresión. Si seguía dentro de su nudo, probablemente moría más rápido de lo que hubiese imaginado.

—¿Dices algo, dios desterrado? ¿Tu último deseo acaso?

—…Quie-ro q-que lo…digas.

—¿Tanto daño te he causado que ya dices tonterías? ¿Qué quieres que te diga? ¿Buscas redención? ¿Deseas que te perdone la vida?

—No. —La brisa que había prevalecido cesó, los árboles dejaron de bailar y la luna volvía a ocultarse detrás de las nubes oscuras. El dios ya no parecía que le faltase el aire, sus ojos se cargaban de sombras, su voz era autoritaria, el cuerpo relajado—. Quiero que digas que fuiste tú quien la envenenó —zanjó. Sus palabras buscaban la verdad.

De pronto la youkai sintió la piel escocerle. Un brillo impertinente emanaba del cuerpo de su adversario, sus cabellos rebeldes y castaños se incendiaban como fuego vivo y peligroso, más que fuego, parecían estar siendo bañados en oro puro. Una mezcla entre dorado y la fogosidad de una flama enrabiada. Permanecía inmóvil, ya no buscaba con desespero el aire, sus huesos no crujían, no había síntomas de que estuviera muriendo. ¿Por qué no estaba temeroso? Ella era la de la ventaja. Era ella la que ganaría al final. Sin embargo, no podía, aunque quisiera, mantener el agarre. El cuerpo del dios no solo brillaba, sino que ardía como si estuviera quemándose. Se alejó escuchando el chirrido de su propia piel al quemarse.

—Verás… —Caminó de espalda hacia ella… con paciencia, tomándose todo el tiempo del mundo, mostrando en cada paso su usual y característica actitud vaga y despreocupada, pero con aires de superioridad y pedantería—. Tengo dos cosas que decirte —Puntualizó—. La primera es que no soy un dios de la oscuridad —Llegó hasta el arma y se agachó para recogerla. La Nure onna sintió que debía de aprovechar la oportunidad que se le presentaba: Yagami estaba con la guardia baja. Un miedo repentino no le dejó moverse, ni siquiera la dejó correr lejos garantizando su supervivencia con la huida forzada—. No soy un Dios oscuro, soy un dios que tiene a emanar brillo, como te has dado cuenta. Fue error tuyo creer que no tendría un as bajo la manga al suponer lo que obviamente no soy. Sin embargo, este no ha sido el mayor error que has cometido.

Yagami se dio la vuelta, con la catana sostenida dentro de su agarre y la mirada escondida debajo del flequillo inquieto. Había levantado el brazo y con el arma apuntaba hacia el demonio. La Nure Onna estaba en shock ante el cabello resplandeciente del dios, ante el aura que desprendía y le cegaba la vista, ante su confianza y determinación de matarla. No tiritaba solo porque su cuerpo no respondía a ninguna de las ordenes que le daba.

Nure—Se estremeció al escuchar su nombre—. ¿Quieres saber qué es eso otro que tengo para decirte? —Yagami levantó la mirada del suelo. Sus pupilas eran dos bolas de fuego y su iris contenía las sombras de almas malditas reclamadas hace siglos por su catana. La misma mirada iracunda que asustó a Sora Takenouchi hacía semanas atrás—. Tengo que enviar un mensaje, uno que se escuche fuerte y claro. Tú, Nure, serás quien me sirva de mensajero. Es que como sabrás, la correspondencia en estos días se ve amenazada por la ineptitud de las agencias de correos. Además, no es un mensaje que pueda dar cualquiera.

—¿Q-qué… qué pr-pretendes? —Castañeaban sus dientes al hablar. Maldijo por dentro cuando se escuchó tan asustada.

Nure, qué descortés —El dios dio un paso, luego otro y otro en dirección al demonio—. Mira que quedarte callada cuando tienes mucho que decir no es muy educado. Y pensar que yo estoy siendo lo más transparente que puedo ser contigo. ¿No tienes nada que decir?

Se detuvo a solo seis pasos de la mujer serpiente.

—Ya veo —dijo, soltando aire por la boca, desilusionado por la falta de palabras que esperaba escuchar—. En ese caso…

Los últimos seis pasos los dio corriendo, con la catana apuntando hacia el frente y su punta buscando apuñalar al enorme objetivo. Ante la amenaza la youkai logró romper las cadenas del miedo que le aprisionaban y usó su extremidad inferior como escudo protector. El sonido del metal contra el metal resonó por la vereda. Yagami blandió su espada una vez más y la Nure onna retrocedió respondiendo a cada ataque de la catana con su cola de manera defensiva. No había mucho que pudiera hacer, las leyendas del dios Yagami eran ciertas después de todo. La ira y deseos de los humanos le prendían con la misma intensidad de un incendio forestal que lo consume todo, como el cerillo hace arder la gasolina, como la Tierra expulsa su furia a través de los volcanes devorando lo que se atravesara en su camino. Yagami no era un dios piadoso, su móvil era la venganza, el odio, el miedo y la desesperanza cargada con una gota de fe. No perdonaba, perdonar significaba para él perder su fama de vencedor. Hubo un momento en que, por su nombre combinado al de su arma de combate, Zeromaru, le reconocieron como El dios oscuro de las cien victorias [5]. Bastante peso había en la oración, y en el mundo demoníaco se sabía que las historias que tenían mucho peso como para heredarse generación tras generación eran ciertas, gran parte de verdad había en ellas.

Si perdía sería reenviada a las fauces del infierno, sería obligada a servir a un demonio mayor y su libertad de ciento de años se perdería a causa de un maldito dios que hubo desaparecido por cien años y que ahora regresaba a proteger a la maldita humana que merecía morir. Pero su orgullo de mujer y demonio no la dejaría bajar los brazos tan fácilmente. Con sus últimas fuerzas lanzó un ataque, esperando al menos poder derribarlo y así huir. No logró su cometido, a diferencia de unos minutos atrás, Yagami estaba siendo controlado por un ímpetu y fortaleza avasallador. No flaquearía con un ataque tan débil.

—Pensé que ya lo habías entendido. —Bajó la catana, permaneciendo de pie sin intenciones de pelear—. ¿Sabes algo? Me estoy aburriendo de hablar solo, quiero que lo digas y no pienso volver a repetirlo.

Nure onna buscó en su mente una frase sarcástica, la más molesta para decir y que hiciera salir de sus casillas al dios, sin embargo, de su boca solo salió un siseo desafiante, la causante de la sonrisa ladina en el otro. Suficiente para el impaciente dios que ya no pensaba seguir jugando con ella, existían mejores maneras de hacer hablar a los demonios.

En tan solo una fracción de segundo, lo que duraba un parpadeo, logró llegar hasta la otra y blandir su espada contra ella, tajeando uno de sus brazos. A la mujer no le dio tiempo de contratacarlo, de sentir dolor, él había sido mucho más veloz y certero que en ataques pasados como si se hubiese estado conteniendo hasta ese entonces. Cayó aparatosa contra el suelo, el punzón en la herida de su espalda alertó todo su cuerpo sobre la caída y del tocón que le había quedado, de lo que fue un brazo, borboteaba la sangre negruzca. Más que quejarse del dolor, rio, siendo una risa mórbida que contenía mucho más que la desagradable intensión de hacer cabrear al dios de la guerra.

Yagami quedó a ahorcadillas sobre ella, con una mano rodeando su cuello y la otra alzada sosteniendo a Zeromaru que apoyaba su punta contra la frente de la youkai.

—Supongo que he perdido —admitió todavía riendo—. ¿Tuve oportunidad si quiera de ganar o todo fue parte de un juego tuyo?

—Tenías ventaja, solo debiste hablar.

—Aceptar la culpa por casi matar a esa maldi-… —Yagami presionó a Zeromaru sobre la piel, la sangre borboteó de inmediato desde la pequeña abertura echa en señal de advertencia—. Lo siento, lo siento. Sé que está prohibido blasfemar contra el Cielo del dios —Reírse ante la gracia que le causaba su propia muerte—. Está bien, Yagami, he sido yo quien ha estado detrás de tu chica. Planeé envenenarla y posteriormente rematarla hasta que no quedara nada de ella. ¿Satisfecho?

Durante un momento los dos mantuvieron contacto visual. La respuesta del demonio con forma de mujer no logró que el dios se espabilara si quiera. Ni una mueca que delatara su conformidad. ¿No era acaso eso lo que buscaba? ¿La verdad? Por esa misma razón resultó ser que no se alegraba. Expulsó aire por la boca y negó con la cabeza.

—No has sido tú —musitó más para sí mismo que para la otra—. Al menos no ha sido una pérdida de tiempo.

—Por supuesto —repuso toda socarrona. Había elegido el peor momento para ser sarcástica cuando agregó—: Proteger a una mujer con la que nunca podrás estar no es pérdida de tiempo, eso dicen…

—Ciertamente no lo es. Disfruto despojándolos a ustedes de sus cabezas.

—Mientras ayudas a aquellos que te lanzaron la maldición a cumplir con su deber de extinguir el mal del mundo. Deberías de hacerte llamar dios corazón.

—Como me llamen no es realmente un problema. Vamos, creo que es hora de que me ayudes a enviar el mensaje para todos aquellos que piensan que Sora es ahora una presa fácil, lo recuerdas, ¿no?

—Podrás hacer ecos en algunos demonios, pero quién quiere destruirlos nunca se asustaría de esta tontería. Envenenarla solo fue su manera de mandarte saludos. Y no, dios de guerra, no sé quién fue quien quiso asesinarla, pero rumores van y vienen sin nombres.

—Bien. —Yagami cerró los ojos, suspirando con fuerza—. De todos modos, lo intentaré.

Pegó su mejilla contra la de Nure Onna y susurró un «Dile a tus amigos que, mientras esté vivo, no le tocarán ni un pelo a ella. Quien se atreva deseará que las llamas del infierno sean las que le consuman». La hoja de la catana descendió hasta el vientre del demonio y se hundió en él. Un ágil y grácil movimiento de su mano dividió en dos mitades su estómago, tal como un pez es abierto cuando lo arreglan. Fue un corte casi limpio. De no ser por lo brusco con que sacó la hoja, pudo evitarse salpicaduras de sangre en toda la calle.

Su piel como si estuviera expuesta en brazas. La herida como tal no causaba su muerte, el escozor de la carne que quemaba desde adentro, sí.

—¿Qué…? —resopló desesperada—. ¡¿Qué me has hecho, infeliz?!

—¿Pensaste que te enviaría al infierno? ¡Jo! Qué ilusa. Tu infierno no es lo suficientemente torturador como para enviarte devuelta allí. Vas a morir y luego, por el resto de tu eternidad, vas a ser consumida por el tormento de las llamas que he preparado solo para ti.

—¡Eres un-…! —Su cuerpo reventó como globo de agua cuando es aplastado por la suela de un zapato, callándola para siempre.

El dios quedó de rodillas al suelo, ambas manos tendidas a los lados, Zeromaru cayó al suelo, Yagami miraba cómo la sangre del demonio era succionada a través del suelo.

No había sido ella.

Desde ese momento se sintió observado.

Gota a gota fue golpeando la superficie. Su propia sangre descendiendo desde la nariz. Todavía no se reponía de la batalla y por ello su cuerpo reaccionaba de esa manera ante ella. Apretó los puños y se obligó a levantar la mirada. Con parsimonia recorrió, desde los zapatos deportivos hasta casi llegar a su rostro, el cuerpo de Sora Takenouchi que lo miraba con una mezcla de miedo y deseo.

Había olvidado cuanto le gustaba mirarla, cómo conocía el camino desde sus piernas hasta su boca. Aquél lunar cerca de la rodilla, los paréntesis que encerraban sus labios cuando sonreía o la arruga en medio de sus cejas cuando se enfadaba. Cien años hubieron pasado desde el último beso. Cuatro semanas y media desde que el aliento de un beso rozó sus labios. La hubo alejado porque dentro de sí mismo sabía que no le convenía. Él era un ser deplorable, condenado, no se merecía que Sora estuviese a su lado por más que lo deseara; la amaba tanto como podía llegar a odiarla. Y se sabía que su odio no era menos fuerte que su amor hacia ella.

—Taichi —le llamó, angustiada.

Se vio obligado a mirarle directo a la cara después de lo que había hecho semanas atrás. Al levantar el rostro sintió el suave toque de la tela, el fresco y reconocido aroma de flores y miel mezclados. Takenouchi se agachó delante de él, deteniendo con su pañuelo el derrame nasal de Taichi.

No era tonta, le temía. Le temía tanto como cuando sintió sus garras rasgarle la piel. En el momento que decidió regresar sus pasos supo que se encontraría con El chico del bosque, las piernas le flaquearon mientras corrió calle abajo. Pero no podía evitarlo. Contrario a cualquier pensamiento que pudo pasarse por su mente, hizo caso a su instinto. El pecho le latía como si supiera que él estaba en peligro. Sentía que debía salvarlo, así tuviese que salir corriendo lejos de él una vez lograra su cometido.

—Eres una tonta —dijo él, rehuyéndole con la mirada—. ¿Acaso no aprendes? Tienes que alejarte de mí.

Sora apretó los labios, sus manos tiritaban contra el rostro moreno.

—Lo sé. No creas que no lo haré en cuanto pueda.

—Estás siendo estúpida, mira que regresar a ayudar al hombre que te hizo daño…

—¿Por qué lo hiciste? —interrumpió—. ¿Por qué haces todo lo que haces?

Las copas de los árboles de flor de cerezo salpicaban sus hojas. Las estrellas volvían a ser visible, la brisa fría revoleteaba moviendo el flequillo del muchacho de ojos de verde oliva, claros y transparente como el agua.

Taichi la observó como si se debatiera en decirle muchas cosas que lo contrariaban a la vez.

—¿Advertirte que no estás segura a mi lado? —indagó.

Sora negó, el grácil movimiento de cabeza movió su cabellera anaranjada, la punta de su pelo rozaba los hombros.

—No. —respondió—. Aparecerte adonde quiera voy.

—No lo hago, si eso es lo que te atormenta. Siempre que voy a un lugar, la que aparece eres tú. Eres más difícil de deshacer que el moho del baño.

En una situación normal Sora habría reído por la comparación, pero ese no fue el caso y prefirió guardar silencio.

—Escúchame —pidió Taichi—. Yo… yo lo sient-…

—No. —zanjó, retrocediendo de inmediato, el pañuelo cayó al piso—. No lo hagas. No. Lo que me hiciste no es algo que pueda perdonarse con tan solo una disculpa.

—No lamento el haberte lastimado aquella vez. Si te soy sincero, una parte de mí lo disfrutó —Sora se tapó la boca con las manos, ahogó el grito y el horror que sintió en aquella acción—. Seré cínico confesándote esto, pero, lo que lamento en realidad es el no haberte podido besar la noche que te llevé a mi apartamento en Tokio.

Sora abrió la boca para decir algo. Sus palabras fueron acalladas por el repentino movimiento del dios.

Se había lanzado hacia ella y le hubo cogido de la mano atrayéndola contra su propio cuerpo, deslizando sus manos debajo de los brazos de la muchacha, apretando los suyos –largos y fibrosos— contorno a su cuerpo que en comparación al del dios era menudo y frágil.

Takenocuhi luchó en contra del abrazo. Luchó contra sus propios deseos de corresponder a él. Luchaba contra el olor —que le embriagaba— de tierra mojada, de césped y… ese agregado que no lograba todavía distinguir, un aroma dulzón que no se alejaba del aroma propio de un hombre, pero no se comparaba tampoco al aroma de ningún otro hombre, mujer, ser que hubiera conocido jamás. Sintió cómo apretaba el abrazo, le escuchó aspirar desde su hombro en donde hubo hundido la cara sin ningún tipo de pudor.

Taichi Yagami necesitaba con urgencia estar así de cerca de ella. Sora, por otro lado, prescindía como diera lugar alejarlo.

Lo empujó haciéndolo caer de culo al suelo. La muchacha se levantó, apresurando el paso dispuesta a alejarse tan rápido como sus piernas le permitieran correr.

La vio alejarse, con el pecho apretado y el deseo que moría despacio de perseguirla.

—Zero —llamó Taichi a la catana.

La hoja del arma resplandeció, el fuerte brillo se esparció por todo el camino como si el hijo del sol hubiese nacido desde el mismísimo lugar.

Cuando la breve luz desapareció, en el sitio donde antes hubo una catana, apareció sentado un joven de tez blanca, tan blanca como la nieve, sus cabellos hondeándose a causa el viento gélido no eran de distinto color, aunque si varios tonos más oscuros. Vestía una polera azul y un blue jean, sus ojos eran rojos, del mismo tono rojizo que bañó a las nubes en la tarde durante el ocaso. Sus rasgos no eran los rasgos que ninguna raza de hombres en el mundo pudiese haber visto, aquellos ojos daban la impresión de pertenecer a los de un dragón. Grandes y redondos, intensos y fieros; lo único amenazante en aquél rostro de facciones finas y delicadas. A primera vista, obviando la mirada amenazante, parecía un adolescente común y corriente, incluso más inocente que el joven promedio.

—Taichi… —murmuró en dirección a su dios.

—Debemos seguir buscando… —dijo sin girar a mirarlo—, al responsable del envenenamiento de Sora en el club.

El muchacho asintió.

—¿Crees que se dio cuenta de lo que sucedió aquí?

—No. —Una vez más respondió Yagami, siempre serio, siempre enigmático. El tipo de voz que implementaría un hombre que nada tiene que perder y que todo lo puede perder—. Habría preguntado.

—Pensé que sacarle información a Nure era prescindible. ¿Por qué la mataste sin preguntar nombres? ¿Por qué la mataste en primer lugar, si ella no fue la que quiso hacer desaparecer a Sora?

Taichi suspiró, cansado del largo día:

—Porque ella no hablaría por más que la torturara, lo sabes. Y merecía morir, quizás no atentó contra ella ese día, pero sí buscaba una oportunidad para hacerlo. Dime, ¿qué otra razón tendría para estar siguiéndola? No dejaré que ni ella ni ningún otro ser se salga con la suya.

—Entiendo, aunque todavía no sé por qué no le cuentas la verdad en lugar de hacerla huir de ti. Podríamos protegerla.

«Porque no quiero volver a verla morir dentro de mis brazos». Lo pensó. Imposible decirlo en voz alta.

Taichi se levantó del suelo y sacudió sus pantalones. Zero prestaba atención a todos sus movimientos desde abajo comprendiendo que la respuesta jamás llegaría. Yagami le tendió la mano y le ayudó a ponerse de pie.

—Estás muy curioso esta noche —Sonreía con cariño.

—Lo siento, no fue mi intención. Solo… —Guardó las palabras dentro de su garganta por un breve instante—. Quiero que seas feliz, Taichi-sama —concluyó.

El otro le sonrió más ancho y genuino.

—Vale, ya te estás poniendo sentimental —Lo jaló de la mano y le rodeó el hombro con su brazo—. Vayamos a casa.

Con aquellas palabras emprendieron el camino a su hogar en donde les aguardaba la tina con agua caliente y mucha comida para contrarrestar el exceso físico que dispusieron en vano.

Ya mañana había tiempo de hablar con Sora, de buscar nuevas pistas.

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N/A 2:Gracias por seguir la historia a pesar del tiempo.

Explicaciones.

FF me cargó el archivo mal y lo que está en cursiva, muchas palabras, las pegó. Si descubren otro error como ese, por fa, háganmelo saber. O cualquier otro que pasé por alto.

Katana o catana: según wikipedia de ambas maneras está bien dicha, usé catana con C porque el word (dios cómo amo volver a escribir en word y tener pc nuevo) me lo corrigió y le hice caso esta vez. Paso una vez con kimono, que me lo ponía con "q" y en la RAE estaba aceptado de esa manera.

*[1]Noragami: es un anime/manga japonés, aparentemente trata sobre demonios. Encontré la cita en internet. Y, ¡Ah! Ha sido ligeramente editada por mí.

[2] Nure onna: Mitología japonesa. Significa mujer serpiente, pero también encontré que significa mujer empapada. La nure onna tradicional es ilustrada como una serpiente con la cabeza de una mujer. En esta versión, está ligeramente modificada al tener la cola con hoja de espada y actuar lejos del agua.

[3] Youkai: Demonio, deidades del inframundo.

[4] Yagami: Según traducciones del internet, Yagami significa dios de la oscuridad o dios oscuro, siendo 'Ya' oscuridad y 'gami' dios. Aunque en general es un apellido común que no se adhiere a la explicación.

[5] Desde la wikimon: El nombre de Zeromaru hace un curioso juego de palabras con el de Taichi. Ya que los kanjis del nombre de Zero pueden ser tomados como un doble cero (00 - "Zero" por el número y "-maru", el cual se puede escribir como circunferencia o circulo), si se unen con el uno (1) que hay en el nombre de Taichi (ichi [一]), se forma el número cien (100). Taichi [V-Tamer] normalmente se refiere a ambos como la "Combinación 100%", debido a que ese era el récord de victorias de Taichi al principio del manga.

En este caso he formado la frase basándonos en el nombre completo Taichi Yagami más el de Zeromaru X, que como sabrán, Yagami puede ser leído como dios de la oscuridad o dios oscuro. Esto pertenece al mundo de V-Tamer, pero Taichi es, al menos en esencia, el de Adventure.

Más adelante, en otros capítulos, se explicará esto del nombre junto a otras cosillas más que ahora serían spoilers.

Ciao,

Genee.