Capítulo 7:

Permanecieron durante dos tortuosos y agobiantes días enteros detenidos en el mismo lugar a la espera de que ella se sintiera mejor. Para cuando sus riñones dejaron de doler, casi no tenían provisiones. Shippo y Kikio habían llegado hambrientos hasta ellos. No había forma de que pudieran negarles la comida. Esos dos imprevistos provocaron que en la mochila no tuvieran provisiones suficientes para atravesar el desierto. Podrían hacerlo solo con agua y sin comida, era una opción, pero ninguno de ellos estaba dispuesto a soportar a Kikio con el estómago vacío, así que Inuyasha tomó una determinación.

― Iré al supermercado en la ciudad.

Los tres dejaron lo que estaban haciendo, sorprendidos por su determinación. Ella ya sabía que él había hecho eso antes, que lo hizo por ella, para salvarla. En aquella ocasión, estaba inconsciente y no se enteró de nada. En ese momento, era totalmente diferente. La sola idea de pensar en Inuyasha enfrentándose a los soldados en la ciudad la angustiaba. ¿Y si no podía volver en esa ocasión? ¿Y si lo atrapaban? Nada bueno podía esperarle de ser capturado.

― Os dejaré armas para que podáis defenderos, pero, si podéis huir en vez de luchar, no dudéis en hacerlo.

Kikio y Shippo asintieron con la cabeza mientras lo escuchaban atentamente. Ella ya se sabía ese protocolo de memoria y se limitó a observarlo con el ceño fruncido y el corazón encogido. No quería que fuera.

― ¿Lo habéis entendido todo?

Los dos asintieron con la cabeza de nuevo.

― ¡Oh, Inuyasha eres tan valiente!

Apretó los puños al escuchar a Kikio. La muy descarada estaba sacudiendo los pechos a propósito para que él la mirara. Sin embargo, no supo interpretar la mirada que Inuyasha le dirigió. ¿La miró con desdén o con interés?

― Recordad, no os hagáis los héroes.

Ella también tomó su propia determinación entonces.

― Voy contigo.

Inuyasha dejó caer de entre sus manos el arma que estaba preparando para Kikio, algo insólito en él, y se volvió hacia ella como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo. Tanto Shippo como Kikio la contemplaron también con la incredulidad pintada en la cara. Sabía lo que estaban pensando, que se había vuelto loca y en verdad debía estarlo porque se había enamorado de Inuyasha Taisho. No tenía intención de permitir que se pusiera en peligro él solo.

― Kagome, no puedes venir… — musitó — ¡Es peligroso!

― Eso lo decidiré yo solita.

Su respuesta lo enfadó clarísimamente. No le gritó, ni frunció el ceño, ni adoptó su pose habitual de enfado, pero supo interpretar su silencio a la perfección. Antes de que nadie más lo notara, la agarró, tiró de su muñeca para levantarla y, sin decir una palabra, la arrastró hacia los árboles para hablar en privado. Si creía que iba a convencerla para no acompañarlo con esa actuación de macho dominante, lo llevaba claro. Era testaruda de nacimiento.

― ¿Te has vuelto loca? ― le riñó cuando estuvieron solos ― ¡Sabes lo peligroso que es ir a la ciudad!

― ¡Por eso mismo quiero ir!

― ¿Tú te estás escuchando?

La verdad era que eso no había sonado tan bien como en su cabeza. Tenía que replantearlo.

― Bueno, entiéndeme… yo…

― Tú eres una loca suicida. ― la acusó ― Te quedarás aquí y descansarás. ¿Tengo que recordarte que ayer mismo apenas podías moverte?

Era muy desconsiderado por su parte recordarle ese momento de debilidad y le miró de forma reprobatoria para demostrarle que no aprobaba sus crueles comentarios. A continuación, se cruzó de brazos para demostrarle que no pensaba ceder ni un ápice. Luego, lo miró con altivez, algo que había aprendido de Kikio Tama; probablemente, la única cosa que aprendió de ella. Si Inuyasha pensaba que iba a convencerla para que se quedara allí sola esperándolo con el corazón en un puño, todavía no conocía la cabezonería de los Higurashi. ¡Era legendaria!

― ¡No vendrás! ― repitió, impasible.

Los dos se quedaron de brazos cruzados, el uno frente al otro, mirándose con los ceños fruncidos, apretando con fuerza los dientes para competir a ver quién aguantaba más de los dos. De repente, tras unos instantes de tensión, sus ceños de aflojaron y los dos se empezaron a reír al mismo tiempo de lo cómico de la situación. Inuyasha suspiró el primero, rompió la distancia entre los dos y colocó sus grandes manos sobre sus hombros para tirar de ella hacia él hasta que se unieron en un estrecho abrazo. Quiso llorar en ese momento por dos motivos: el primero, porque Inuyasha no la abrazaba desde que apareció Kikio; y, el segundo, porque nunca la había abrazado de ese modo, como si la vida le fuera en ello. Nunca la había abrazado ningún hombre de esa forma.

Ocultó la cabeza en el hueco entre su cuello y su hombro para evitar que viera las brillantes lágrimas en sus ojos y se aferró a él con fuerza. No quería que la soltara nunca aunque era consciente de que lo haría en cuestión de segundos. Así pues, cuando sintió que aflojaba su agarre, lo estrechó más fuertemente entre sus brazos, obligándolo a no romper el abrazo. Entendiendo el gesto, él volvió a tomarla entre sus brazos con fuerza.

― Entiéndeme, Kagome. ― musitó con los labios pegados a su cabello ― No quiero que te ocurra nada malo.

Era muy tierno que se preocupara por ella, tanto que se le estaba desbocando el corazón en el pecho. No obstante, él no entendía que ella también se sentiría muy mal, preocupado por él, angustiada.

― Estaré preocupada por ti si vas solo…

― Kagome…

Se separaron ligeramente para mirarse a los ojos, presos del hechizo que los había embrujado a ambos desde que se conocieron. Con toda la naturalidad del mundo, cerraron los ojos al mismo tiempo y se acercaron hasta que sus labios se unieron por primera vez en los últimos dos días. No fue un beso apasionado, agresivo, ni salvaje como los que solían compartir. Fue lento, tierno, suave y realmente placentero para los dos. Aquel beso decía más de ella, de sus sentimientos, de lo que hubiera deseado decir. Aun así, Inuyasha le había correspondido; no salió huyendo de su corazón. Eso era bueno, ¿no?

― Tú, en verdad… — tragó hondo — ¿Estarás preocupada por mí?

― ¿No acabo de decírtelo?

¿Por qué la miraba de esa forma? Parecía como si acabara de ver un fantasma. ¿Tan mal aspecto tenía? Necesitaba un espejo.

― Mis padres han sido las únicas personas que se han preocupado por mí… — admitió al fin, dando por terminadas todas sus preocupaciones estéticas — Yo nunca les hice caso, solo les di más motivos para que se preocuparon. Es la primera vez que alguien más…

Se sonrojó por sus palabras y bajó la vista avergonzada y feliz. Quería ser esa persona especial que siempre se preocupara por Inuyasha.

― Por favor, vayamos juntos. ― le suplicó con lágrimas en los ojos ― Me sentiré mejor así y tú no dejarás que me ocurra nada, los dos lo sabemos.

En respuesta a su súplica, la soltó y comenzó a dar vueltas alrededor de ella con las manos agarradas detrás de la espalda, como si fuera un animal enjaulado. Lo observó con el corazón en un puño, sin atreverse a interrumpirlo, rezando para que Inuyasha cambiara de opinión. No quería que fuera él solo; no quería comerse la cabeza pensando que a lo mejor no volvía a verlo. Él era fuerte, lo había visto en acción. Sabía que era imbatible en combate, pero no era invencible. Si le hacían una emboscada, si le apuntaba un francotirador o… ¡No quería seguir pensando en todas las posibilidades!

Inuyasha dio por finalizada su larga reflexión con un suspiro. Entonces, la miró con determinación. Ya había tomado una decisión.

― Vendrás conmigo.

Saltó de alegría e incluso gritó y le echó los brazos al cuello para llenarle la cara de besos. Él se dejó mimar un poco al principio, pero, como si acabara de recordar algo importante, la agarró y la apartó de él para darle instrucciones.

― Me obedecerás, Kagome.

Asintió con la cabeza sin dejar de sonreír.

― Esto no es una broma. Tienes que hacer todo lo que yo diga al pie de la letra. — le advirtió — Si por cualquier razón te pidiera que huyas y me dejes allí, también lo harás.

¡No podía hacer eso! No podía pedirle algo semejante. ¡No lo haría!

― Pe-Pero…

― Si no estás dispuesta a aceptar mis condiciones, no vendrás.

Bien, la había puesto entre la espada y la pared. La opción de ir con él bajo esas condiciones no le gustaba nada, pero le gustaba mucho menos la opción de quedarse allí esperándolo con la idiota de Kikio parloteando sobre lo fácil que le estaba resultando quitárselo. Ni en sus mejores sueños conseguiría quitarle a Inuyasha. Aunque él decidiera no volver a verla tras regresar a Estados Unidos, sabía que tampoco buscaría a Kikio. Inuyasha tenía mucho mejor gusto.

Inuyasha le insistió con la mirada. Tenía que decidirse de una vez.

― Está bien, acepto.

― Júramelo. ― le exigió.

Sí que era metódico.

― Te lo juro.

Aceptó su juramento con un gruñido tan masculino que se le olvidó respirar. Si estuvieran solos y ella no tuviera la regla… Como justamente se encontraba en la situación contraria, se dejó agarrar, intentando olvidar lo cálido que era su contacto y lo siguió de vuelta hacia su improvisado campamento de refugiados. Kikio y Shippo discutían, tal y como ya era costumbre, sobre uno de los muchos caprichos de la mujer. ¿Acaso no se daba cuenta de que no era más que un niño? Nunca había visto algo semejante en una persona adulta. Kikio siempre sería egoísta y caprichosa.

― Kagome y yo iremos juntos a la ciudad. Vosotros nos esperaréis aquí.

Les cayó toda una sarta de quejas y de lloriqueos. Kikio no dejaba de despotricar sobre lo cruel que era por dejarla allí; Shippo suplicaba que no lo dejaran solo con la morena.

― ¡Silencio! ― ordenó Inuyasha ― La decisión ya está tomada.

Tiró de ella, dispuesto a que se pusieran en marcha antes de que fuera demasiado tarde, pero las palabras a su espalda los detuvieron.

― Iremos con vosotros.

Los dos se volvieron hacia Kikio pensando que debía haberse vuelto loca. ¿Tan celosa estaba de que tuviera una relación con Inuyasha que estaba dispuesta a poner en peligro su vida? No podía creerlo. Sabía que Kikio no lo quería, que solo jugaba para fastidiarla a ella, mas nunca imaginó que pudiera llegar tan lejos por su estúpida rivalidad. Además, estaba claro que Shippo no se podía quedar solo. Miró a Inuyasha horrorizada, rezando para que encontrara una solución al problema.

― No vendréis. ― contestó tajante ― Os quedaréis aquí.

― ¿Y cómo vas a impedirlo? Podemos seguiros si nos da la gana.

Nunca en toda su vida como agente de la CIA había sido chantajeado de esa manera tan descarada por una civil. Había permitido que Kagome lo acompañara porque ella estaba preocupada por su seguridad. Además, tenía razón al decir que no estaría más segura en ningún otro sitio que no fuera a su lado. Ahora bien, llevarse también al centro de los problemas a la charlatana de Kikio y a un niño pequeño era algo que no podía permitir. Para su desgracia, la mujer obstinada no quería ceder y era demasiado arriesgado marcharse poniendo a prueba si su amenaza era cierta o no. Por eso, terminó permitiéndoles acompañarlos con un gruñido.

Los últimos días habían sido de descanso. No dormía tanto desde que se lanzó en paracaídas sobre esa maldita isla. Tampoco se había preocupado tanto por el bienestar de una persona desde que su madre tuvo aquel accidente de coche que la había dejado coja de por vida cinco años atrás. Sabía que lo que Kagome estaba sufriendo era algo natural para las mujeres, que estaría bien, que se pasaría al igual que todos los meses. Ninguno de esos pensamientos evitaba que él mismo se sintiera mal cada vez que ella rechazaba la comida por temor a no retenerla en el estómago o cuando se tumbaba en posición fetal, retorciéndose de dolor. Le había dado largos masajes en los riñones y no se había separado de su lado a no ser que fuera absolutamente necesario durante los últimos dos días.

Shippo también le había hecho compañía a Kagome. Sabía de muy buena mano que la había ayudado a mantener los ánimos levantados. El niño le hacía sonreír, era todo un bromista, justo lo que ella necesitaba. También sabía que Kagome estaba muy preocupada por él aunque no lo dijera en voz alta. Sabía lo que sucedería con Shippo en cuanto volvieran a Estados Unidos. Buscarían a sus familiares cercanos y les preguntarían si querían ocuparse de él. Si aceptaban, podía tener la suerte de vivir con unas buenas personas o la mala suerte de tener una horrible familia. Si rechazaban la oferta, iría directo a un orfanato del estado, desde el cual podría ser o no adoptado. No era la primera vez que se enfrentaba a un caso así.

Kikio era un caso aparte. Era una de las mujeres más desagradables que había tenido la mala fortuna de conocer en toda su vida. Justo la clase de mujer que había temido que fuera Kagome al conocerla, la clase de mujer que le ponía los pelos de punta. Por Kagome, sabía que fueron juntas al instituto y que nunca se llevaron demasiado bien. Por Kikio, sabía que ella era la maravillosa jefa de animadoras y Kagome una rata de biblioteca. ¿Rata de biblioteca? ¿Qué sabría ella? Seguro que no sabía ni leer en condiciones. La cuestión era que no lo dejaba en paz. Se pasaba el día entero encima de él, diciéndole lo maravilloso que era, lo mucho que lo adoraba y lo genial que sería que ellos dos se vieran después de volver a casa. Ahora bien, él sabía que no era su tipo, que estaba haciendo todo aquello porque se había percatado de lo que sucedía entre Kagome y él. Solo quería fastidiar a su enemiga. Ante ese descubrimiento, decidió pasar del asunto, aunque temía que Kagome se lo tomara como una verdadera ofensa. Kikio no querría volver a verlo después de todo aquello ni aunque él quisiera, pero Kagome era otro asunto. A ella sí que quería volver a verla.

El hecho de que otra persona ajena a su familia estuviera preocupada por él era un concepto nuevo, algo que nunca antes le había sucedido. ¡Era tan maravilloso! Cuando Kagome le dijo que estaba preocupada por él, que no podía quedarse allí sola pensando en lo que a él podría sucederle, se le ablandó el corazón hasta tal punto que habría hecho cualquier cosa que ella le pidiera. No quería preocuparla, no quería que ella sufriera por él y, al mismo tiempo, la idea lo fascinaba. Nunca había tenido una relación seria. Sus relaciones anteriores se basaban en algún polvo que otro en un callejón durante su adolescencia y relaciones basadas únicamente en el sexo en su época adulta. Nada que afectara a sus sentimientos o a los de otra persona. Nada basado en el amor hasta entonces.

Se adentraron en la ciudad escondiéndose entre los escombros de edificios y monumentos, utilizando las puertas de los edificios de oficinas para cubrir grandes distancias ocupadas por los soldados. No se molestaron en ir demasiado lejos, no merecía la pena correr el riesgo. Por eso, entraron en el primer supermercado que encontraron. Antes de entrar, él hizo las comprobaciones pertinentes para asegurar el perímetro. Una vez dentro con su séquito, bloqueó la puerta y dejó preparada la salida de emergencia por si a algún soldado se le ocurría entrar. La puerta bloqueada sería un muy buen aliciente para que llamara a toda una milicia.

Kagome se llevó a Shippo a la cafetería en cuanto llegaron. Decía que un niño debía tomar leche y Shippo llevaba dos semanas sin probar ni un poco. Escuchó a Kikio decir algo sobre que iba a buscar cosméticos. A pesar del deseo que sintió de dar su opinión sobre esa estúpida idea en su situación, se calló para ser políticamente correcto. No era ningún juez, no juzgaba a los civiles; solo los protegía. Se decidió a inspeccionar los pasillos mientras los otros cubrían sus necesidades para revisar el listado de productos disponibles para su travesía. Ese supermercado tenía toda la pinta de no haber sido asaltado todavía. Tal vez, estuvieran mejor organizados de lo que imaginaba, tomando los supermercados uno por uno para no encontrarse sin nada repentinamente. Fuera como fuese, tenían de todo.

Al llegar a la cafetería, vio al niño sentado sobre un taburete, tomándose una gran taza de cola cao con tostadas con mantequilla y mermelada de frambuesa. Se sentó a su lado con mirada suplicante. Kagome tomaba café en ese momento y le ofreció una taza que tomó encantado. No probaba café desde que cayó en esa isla.

― El pan de molde estaba caducado desde hace una semana, pero, al tostarlo, puede ser comestible hasta dos semanas después de su fecha de caducidad. ― comentó mientras le ponía delante el plato repleto de tostadas que ella había preparado ― Si quieres, no te morirás.

No dudaba de su palabra. Cogió un par de tostadas y las untó con mantequilla; la mermelada no le gustaba. Mordió encantado el pan, recordando los desayunos en su propio apartamento. Después, probó el café. Era el mejor café que había probado en toda su vida. Las palabras de su padre resonaron en su cabeza en ese momento. Lo recordó diciéndole que encontraría a la mujer de su vida cuando esta le preparara el café a su gusto sin saberlo de antemano. Miró a Kagome sin poder dar crédito. ¿Ella era la mujer de su vida?

― ¿Dónde está Kikio? ― preguntó el niño.

La sola mención de la otra mujer fue suficiente para tensar el ambiente.

― Dijo algo de unos cosméticos…

― Típico de ella. ― musitó Kagome enfadada ― Aunque estamos en guerra, no puede dejar de mirarse en el espejo.

Prefirió quedarse calladito, hacer como que no le importaba en absoluto aunque estuviera muy de acuerdo con ella. Odiaba tener que ser políticamente correcto durante las misiones. A veces, deseaba decirle algunas cosas a los desagradecidos civiles que le tocaban. Kikio era una de esas civiles que se estaba buscando una reprimenda a pulso. Si su actitud no mejoraba… ¿Qué iba a hacer? Su obligación era rescatarlos con el menor número de daños posibles. Estaba completamente fuera de su jurisdicción insultarlos, pegarlos, castigarlos o incluso decidir no rescatarlos. Solo podía dejar a un civil en tierra hostil si firmaba un documento donde renunciaba a la ayuda de su país. Desearía que Kikio lo firmase en ocasiones.

Intentando apartar esos pensamientos negativos de su mente, recordó que Kagome parecía molesta porque su ropa no era adecuada para ese sitio. Vio una sección de moda que, aunque no era ninguna maravilla, podría cubrir sus necesidades básicas.

― Si quieres, hay ropa aquí. Podrías conseguir algo más adecuado para el desierto.

― Tal vez lo haga mientras desayunáis. Asegúrate de que se toma toda la leche, ¿vale?

Asintió con la cabeza y la vio marcharse en la dirección que él le indicó. Cuando bebió de nuevo de su taza, la cara de susto del niño le llamó la atención. Siguió la dirección de su mirada hasta ver una enorme jarra de cristal llena de cola cao. ¿Pretendía que se bebiera todo eso?

Avanzó entre los pasillos buscando la ropa que Inuyasha le había prometido. Hacía días que rezaba para encontrar una tienda de ropa, algo con lo que vestirse adecuadamente para ese tiempo y para ella. Estuvo a punto de gritar bingo cuando dio con la sección de moda. Atravesó la zona masculina y se detuvo un rato en la de niño para seleccionar algunas prendas para Shippo. El pobre tenía la ropa llena de agujeros y manchas. Seguro que agradecería algo nuevo y más cómodo. A continuación, se detuvo en la sección de mujeres, donde empezó a rebuscar.

― Estos pantalones largos parecen cómodos… ― palpó la tela color beige ― y el tejido es muy apropiado para este tiempo…

Se quitó los short vaqueros allí mismo, aprovechando que estaba sola y se subió los pantalones para comprobar que la talla fuera la correcta. Le quedaban perfectos. Encontró un top azul celeste parecido al suyo que también se probó. Bien, estaba conjuntada y todo lo quedaba bien. Su siguiente paso fueron los zapatos. Se le cocerían los pies con unas playeras y no quería volver a ver unas chanclas en un tiempo largo. Se decidió por unas bailarinas de tela muy cómodas y flexibles con una suela lo bastante gruesa como para no agujerearse con facilidad.

― Ropa interior… ― musitó en ese momento ― Necesito ropa interior.

La lencería había sido su mayor deseo desde que se inició la guerra. Odiaba lavar y relavar una y otra vez su braga de bikini, la cual no podía usar durante un día entero hasta que se secara. Con el período, no pudo cambiársela ni una vez. Ese era el momento indicado para asegurarse ropa que complementara su higiene diaria. Con ese pensamiento en mente, escogió un conjunto negro que se probó en los probadores de la tienda. Se lo dejó puesto. Ya era hora de cambiar. Volvió a vestirse y regresó a la zona de la ropa interior para coger un par de conjuntos más con los que alternarse cada día y un paquete de bragas de algodón por si acaso.

Con eso ya estaba lista para el viaje. Se disponía a marcharse cuando vio un montón de vestidos que le hicieron detenerse. Sin poder resistirlo, los examinó uno por uno hasta dar con uno que sacó del montón para mirarlo mejor. No era para nada adecuado, pero, por alguna razón, quiso probárselo. Se quitó toda la ropa excepto las bragas y se puso el vestido allí mismo. Nunca antes había llevado un vestido amarillo.
Descubrió sorprendida que no le quedaba mal. Atado al cuello con unas finísimas tiras favorecía su pecho con un ancho escote en uve y se ajustaba deliciosamente a todas sus curvas hasta la mitad del muslo. Era la clase de vestido atrevido que ella no había llevado nunca.

Giró delante del espejo, intentando verse a sí misma desde todos los ángulos. ¿Le parecería más interesante a Inuyasha si vestía de esa forma? Aunque estaba mal decirlo por su parte, se veía genial. Nunca se había visto tan sexi. ¡Demonios! Estaba haciendo el tonto como Kikio con sus cosméticos. Se suponía que no estaban de paseo allí.

― ¡Qué vestido más sexi!

Se volvió avergonzada, cruzando los brazos delante de su cuerpo para protegerse de la mirada de Inuyasha. La había descubierto admirándose en el espejo como si fuera una narcisista.

― Aunque la mujer que lo lleva es más sexi…

Inuyasha se detuvo a su lado y le sonrió mientras apartaba el cabello de su hombro, echándolo hacia su espalda.

― Lo siento… ― se disculpó ― Ya había terminado. Vi los vestidos y…

― ¿Por qué te disculpas? Si no te lo hubieras probado, me habría perdido esto.

Para remarcar sus palabras más gráficamente, agarró su mano y le hizo girar sobre sí misma como si fuera la muñequita de una caja de música para verla al completo.

― ¡Guao! ― exclamó ― ¡Estás perfecta!

Y ella se sentía exactamente así cuando él la miraba y le hablaba de esa forma. Sus brazos fuertes y musculosos la rodearon antes de que pudiera predecirlo y la estrecharon contra su cuerpo. Inuyasha la besó de esa forma tan sensual y excitante que despertaba la pasión en su cuerpo.

― Inuyasha, aún no puedo…

¡Maldita menstruación! Todavía le faltaba todo ese día y parte del siguiente para que terminara por completo.

― Shhhhhhhhh. ― mordió su clavícula juguetonamente ― Hay otras cosas que podemos hacer…

Volvieron a besarse y se movieron buscando alguna superficie sobre la que sentarse o tumbarse. Inuyasha dio con un taburete, se sentó y la ayudó a sentarse a horcajadas sobre su regazo metiendo las manos bajo su falda. Se besaron con salvajismo mientras las manos de cada uno acariciaban al otro ansiosamente hasta que el sonido de un objeto, quizás un bote, cayendo al suelo, los asustó.

― ¿Qué ha sido eso?

Al volverse, vieron no muy lejos de allí un bote de crema rodando por el suelo. Debía estar mal colocado, ya que no se veía a nadie cerca. Lo ignoraron al deducir que no estaban en peligro y continuaron a lo suyo.

Los observó con los puños apretados desde su escondite. Se había peinado su enmarañada melena, se había depilado con una cuchilla, se limpió como pudo la cara con leche y crema facial y estaba maquillada, pero, cuando iba a pasar al pasillo de las cremas para el cuerpo y los utensilios para el cuidado dental, los vio. Estaban en la sección de ropa, Kagome llevaba un vestido muy sexi que no pegaba para nada con ella y se lo estaban pasando pipa mientras ella no echaba un polvo desde hacía meses. ¿Cómo esa mojigata podía mantener a ese hombre junto a ella? Se le había insinuado, estaba dispuesta a acostarse con él para quitárselo. ¿Por qué la rechazaba? ¿Qué tenía la rata de biblioteca que a ella le faltara? La odiaba desde el instituto. Ella, sin ser animadora ni reina del baile de fin de curso, le quitaba a todos los hombres y se hacía la inocente. En esa ocasión no iba a fallar. ¡No volvería a humillarla!

El vestido hacía tiempo que se encontraba arrugado en su cintura y la camiseta de Inuyasha había desaparecido. No podían dejar de besarse ni un solo instante, el ambiente estaba cada vez más caldeado. Le estaba insistiendo para hacer el amor aunque ella aún sangrara, decía que no le importaba la sangre. A pesar de su reticencia inicial, en verdad estaba a punto de aceptarlo. Tenía más ansias de él que nunca y no había leído en ninguna parte que fuera imposible hacerlo en su estado o que fuera malo.

― Inuyasha… — musitó dispuesta a darle la respuesta que él tanto deseaba.

― ¡Kagome!

Los dos saltaron del taburete y se colocaron bien la ropa frenéticamente al escuchar la voz de Shippo. Shippo estaba muy cerca. Si el niño no se hubiera decidido por buscarla a gritos, los habría encontrado en plena faena. No podía ni imaginar el efecto que eso podría tener en la mente aún inocente del niño.

Inuyasha se puso una camiseta blanca de algodón que cogió de la tienda y se adelantó para darle tiempo para que se vistiera en condiciones. Aprovechó para quitarse el vestido y volvió a ponerse la ropa que había escogido para lo que quedaba de viaje. Para cuando apareció Inuyasha con el niño, ya estaba lista., como si nada hubiera sucedido aunque por dentro todavía estuviera ardiendo. Quedarse a medias era lo peor. En ese momento más que nunca, desearía haber aceptado la oferta de Inuyasha a la primera. Seguro que podrían haberse aliviado antes de que llegara Shippo.

Lo mejor era simular normalidad ante el niño.

― ¿Por qué no te pruebas esto, Shippo? ― le entregó el montoncito de ropa que había apartado ― Tu ropa está rota.

― Claro.

El niño se dirigió hacia el probador sin tener la menor sospecha de lo tensos que estaban ambos por su repentina aparición. Intercambiaron miradas ansiosos cuando estuvieron solos porque no habían podido terminar lo empezado e Inuyasha le prometió con la mirada que no lo dejaría pasar. Nada podría haberle alegrado más que leer esa promesa en su mirada.

Se frotó los ojos al sentirlos irritados. Hacía unos días que las lentillas estaban perdiendo su efectividad. No podría aguantar por más tiempo con ellas.

― ¿Crees que tendrán lentillas aquí? ― le preguntó a Inuyasha.

― ¿Usas lentillas?

Claro, nunca le había dado ningún indicio para creer que lo hiciera. Inuyasha no tenía ni idea de que sin gafas o lentillas solo veía manchas borrosas.

― Sí, no veo nada sin ellas. — explicó brevemente.

― Había una sección de farmacia… — recordó — Igual tienes suerte y puedes aprovechar para reponer tu botiquín.

― Buena idea. ― le dio un beso en la mejilla ― Cuida de Shippo.

Decidió dejarlo a cargo de Shippo para recorrer ella sola los pasillos en busca de la famosa farmacia. Teniendo en cuenta que la sección de cosmética estaba allí al lado, no debía estar demasiado lejos. Eran dos secciones que solían presentarse bastante cercanas en los supermercados. Efectivamente, la encontró justo un pasillo antes de la sección de fruta y uno después del de cosmética. Frunció la nariz con desagrado por el olor. Casi toda la fruta estaba pasada.

Rebuscó entre los estantes con ansiedad mientras notaba como el picor en sus globos oculares iba en aumento. Desde que se había vuelto consciente de esa molestia, le dolía más que antes. Tenía que quitarse las lentillas antes de que sus ojos se irritaran tanto que no pudiera ponerse otras lentillas. Encontró entonces la estantería con las lentillas. No pudo menos que dar gracias a que tenían su número con un suspiro de puro alivio cuando dio con la caja. Lamentablemente, eran de usar y tirar, para unas horas. Solo había tres cajas de tres pares de lentillas cada una. Si usaba una caja al día o intentaba estirarlo para usar dos pares de lentillas al día, aguantaría hasta el campamento de la CIA.

Se sentó con las piernas cruzadas en el suelo y cogió un bote de colirio. Se quitó las lentillas con esfuerzo sin poder evitar llorar. Odiaba su vista. A continuación, se echó unas gotas de colirio en los ojos para la irritación. ¡Cómo escocía! No podría ponerse las lentillas en un buen rato. En ese momento veía tanto como si acabara de despegar los ojos tras una noche de profundo sueño. Le recordaba a la sensación de cada mañana en su apartamento, cuando abría los ojos y buscaba las gafas palpando con una mano la mesilla de noche.

Su intención era de esperar relajada a que terminara el efecto, pero Inuyasha la agarró por detrás y la levantó bruscamente.

― ¡Tenemos que irnos!

A juzgar por su urgencia, los soldados debían haber descubierto que alguien había tomado el supermercado. ¡Justo en ese momento!

― Inuyasha no veo nada ahora y no puedo ponerme las lentillas hasta dentro de un rato…

La creyó al ver que lo buscaba con sus manos como si no supiera que estaba justo frente a ella. Le arrebató las cajas con las lentillas para guardarlas en la mochila que había llenado apresuradamente con latas en conserva y se inclinó para levantarla y subirla sobre su hombro. Había jurado protegerla y por Dios que iba a cumplirlo por muy difícil que se lo pusieran.

Continuará…