Pero Lyra le puso un dedo en los labios. Sé quedo mirándolo con ojos inocentes, y luego besó sus labios... sólo que de forma poco inocente.

-¡Venid aquí! -llamó entonces Scorpius-. ¡Minnie va a leer el nuevo capítulo!

Así que Albus y Lyra fueron hacía donde estaban Rose y Scorpius para escuchar el nuevo capítulo.

-Me encantaría estar allí -confesó Lyra, sentándose junto a Albus.

-Ya sabes que no podemos hacerlo -respondió Albus-. Si lo hiciésemos, luego no podríamos volver, y tendríamos que vivir en ese tiempo.

-Mientras tú estés conmigo, no me importa -dijo Lyra, besándolo.

-Eso sería muy irresponsable por vuestra parte -interrumpió Rose-. Si lo hicieseis, causarías una alteración en el espacio-tiempo y...

-¿Y mandar los libros no la causa? -preguntó Albus. Antes de que Rose pudiera responder, fue interrumpida por su novio.

-Callaros, que Minnie ha empezado a leer -dijo Scorpius.


De vuelta a nuestra sala XD

-... El sauce boxeador -leyó McGonagall, mientras está y Molly fruncían el ceño; y Remus se ponía pálido.

El final del verano llegó más rápido de lo que Harry habría querido.

-Entendemos el sentimiento -dijeron los gemelos Weasley.

Estaba deseando volver a Hogwarts, pero por otro lado, el mes que había pasado en La Madriguera había sido el más feliz de su vida.

Sirius le sonrió a Harry. Él, seguramente más que nadie, entendía lo que Harry sentía. Era lo mismo que el animago sentía al llegar el inició del curso y tener que irse de casa de los Potter hasta las Navidades.

Le resultaba difícil no sentir envidia de Ron

Ron miró a Harry, incrédulo. Ni en sus más profundos pensamientos habría imaginado que Harry sentiría envidia de él.

cuando pensaba en los Dursley y en la bienvenida que le darían cuando volviera a Privet Drive.

-Más vale que no hagan nada -gruñó Will con una voz que daba miedo, haciendo que Harry y Emily, que sé hallaban a sus lados, sé apartaran.

La última noche, la señora Weasley hizo aparecer, por medio de un conjuro, una cena suntuosa que incluía todos los manjares favoritos de Harry y que terminó con un suculento pudín de melaza.

-No fue difícil -dijo Ron-. Mamá me preguntó que era lo que más comías cuando estábamos en Hogwarts.

-Gracias, señora Weasley -dijo Harry con una sonrisa.

-No fue nada, cielo -replicó Molly con una sonrisa.

Fred y George redondearon la noche con una exhibición de las bengalas del doctor Filibuster, y llenaron la cocina con chispas azules y rojas que rebotaban del techo a las paredes durante al menos media hora.

-Genial -dijeron Bill y Charlie-. Esos son nuestros hermanos.

Después de esto, llegó el momento de tomar una última taza de chocolate caliente e ir a la cama.

A la mañana siguiente, les llevó mucho rato ponerse en marcha.

-Como siempre -gruñó Molly, mirando mal a sus hijos.

Se levantaron con el canto del gallo, pero parecía que quedaban muchas cosas por preparar. La señora Weasley, de mal humor, iba de aquí para allá como una exhalación, buscando tan pronto unos calcetines como una pluma. Algunos chocaban en las escaleras, medio vestidos, sosteniendo en la mano un trozo de tostada,

Harry, Ron y Ginny soltaron una carcajada, mientras que Percy reía disimuladamente. Fred y George fruncieron el ceño.

-¿Qué pasa? -preguntó Tonks.

-Nada -respondieron Fred y George a la vez.

-Sólo que Fred y George se chocaron en las escaleras, y lo preguntaron, en nombre de la barba de Merlín, por qué había un espejo en mitad de las escaleras -respondió Ginny, mientras reía.

Toda la sala empezó a reír, menos los gemelos Weasley, que se cruzaron de brazos.

y el señor Weasley, al llevar el baúl de Ginny al coche a través del patio, casi se rompe el cuello cuando tropezó con una gallina despistada.

Toda la sala soltó una carcajada, menos Molly que reñía a Arthur por ser tan descuidado.

A Harry no le entraba en la cabeza que ocho personas, seis baúles grandes, dos lechuzas y una rata pudieran caber en un pequeño Ford Anglia.

-Magia -canturreó la sala.

Claro que no había contado con las prestaciones especiales que le había añadido el señor Weasley.

—No le digas a Molly ni media palabra

-Estúpido libro -gruñó Arthur, cuando Molly lo miró mal.

-¿Qué has dicho? -preguntó Molly con dulzura.

-Nada, cariño -dijo Arthur, sonriendo encantadoramente.

—susurró a Harry al abrir el maletero y enseñarle cómo lo había ensanchado mágicamente para que pudieran caber los baúles con toda facilidad.

"Pobre papá" pensaron los hijos Weasley, al ver que su madre volvía a la carga.

Cuando por fin estuvieron todos en el coche, la señora Weasley echó un vistazo al asiento trasero, en el que Harry, Ron, Fred, George y Percy estaban confortablemente sentados, unos al lado de otros, y dijo:

—Los muggles saben más de lo que parece, ¿verdad?

-O más bien los maridos mienten más de lo que parece -gruñó Molly.

—Ella y Ginny iban en el asiento delantero, que había sido alargado hasta tal punto que parecía un banco del parque—. Quiero decir que desde fuera uno nunca diría que el coche es tan espacioso, ¿verdad?

El señor Weasley arrancó el coche y salieron del patio. Harry se volvió para echar una última mirada a la casa. Apenas le había dado tiempo a preguntarse cuándo volvería a verla, cuando tuvieron que dar la vuelta,

-Habéis vuelto bastante pronto -dijo Sirius con burla.

porque a George se le había olvidado su caja de bengalas del doctor Filibuster.

McGonagall frunció el ceño y miró mal a su alumno, mientras que Molly le reñía.

-Me dijiste que se te había olvidado el caldero.

-Y era verdad -se defendió George-. Las bengalas estaban dentro de el caldero.

Cinco minutos después, el coche tuvo que detenerse en el corral para que Fred pudiera entrar a coger su escoba. Y cuando ya estaban en la autopista, Ginny gritó que se había olvidado su diario y tuvieron que retroceder otra vez.

-Ojala no hubiésemos vuelto -gruñó Harry. Ginny le sonrió.

-No era el diario de Ryddle -le confesó en voz baja-. Era mi otro diario.

-¿Tenías dos diarios? -preguntó Harry.

-Sí -respondió la pelirroja-. Uno era mi diario personal, donde escribía lo que me había pasado en el día; y el otro era el diario de Ryddle, donde escribía mis sentimientos.

Cuando Ginny subió al coche, después de recoger el diario, llevaban muchísimo retraso y los ánimos estaban alterados. El señor Weasley miró primero su reloj y luego a su mujer.

—Molly, querida...

—No, Arthur.

—Nadie nos vería. Este botón de aquí es un accionador de invisibilidad que he instalado. Ascenderíamos en el aire, luego volaríamos por encima de las nubes y llegaríamos en diez minutos. Nadie se daría cuenta...

-Hacedlo -suplicó Sirius como un niño pequeño.

—He dicho que no, Arthur, no a plena luz del día.

-Aguafiestas -murmuró Sirius, cruzándose de brazos.

Llegaron a King's Cross a las once menos cuarto. El señor Weasley cruzó la calle a toda pastilla para hacerse con unos carritos para cargar los baúles, y entraron todos corriendo en la estación. Harry ya había cogido el expreso de Hogwarts el año anterior.

-Gracias por la información. No lo sabíamos -dijo Will, poniendo los ojos en blanco.

La dificultad estaba en llegar al andén nueve y tres cuartos, que no era visible para los ojos de los muggles. Lo que había que hacer era atravesar caminando la gruesa barrera que separaba el andén nueve del diez.

-Visto así parece bastante estúpido -dijo Neville.

No era doloroso, pero había que hacerlo con cuidado para que ningún muggle notara la desaparición.

—Percy primero —dijo la señora Weasley, mirando con inquietud el reloj que había en lo alto, que indicaba que sólo tenían cinco minutos para desaparecer disimuladamente a través de la barrera. Percy avanzó deprisa y desapareció.

A continuación fue el señor Weasley. Lo siguieron Fred y George.

—Yo pasaré con Ginny, y vosotros dos nos seguís —dijo la señora Weasley a Harry y Ron,

-No entiendo que no captasteis de esa frase -gruñó Molly. Harry y Ron se miraron nerviosos.

cogiendo a Ginny de la mano y empezando a caminar. En un abrir y cerrar de ojos ya no estaban.

—Vamos juntos, sólo nos queda un minuto —dijo Ron a Harry.

Harry se aseguró de que la jaula de Hedwig estuviera bien sujeta encima del baúl, y empujó el carrito contra la barrera. No le daba miedo; era mucho más seguro que usar los polvos flu.

Harry hizo una mueca. Ese año no había sido muy seguro.

Se inclinaron sobre la barra de sus carritos y se encaminaron con determinación hacia la barrera, cogiendo velocidad. A un metro de la barrera, empezaron a correr y...

¡PATAPUM!

-Vamos, Minnie. No es momento de bromas -dijo Sirius.

-No es ninguna broma, Black -gruñó McGonagall, arrogando el libro a Sirius. Esté lo cogió, y leyó la onomatopeya completamente incrédulo.

Los dos carritos chocaron contra la barrera y rebotaron. El baúl de Ron saltó y se estrelló contra el suelo con gran estruendo, Harry se cayó y la jaula de Hedwig, al dar en el suelo, rebotó y salió rodando, con la lechuza dentro dando unos terribles chillidos.

-Pobre Hedwig -dijo Luna.

Todo el mundo los miraba, y un guardia que había allí cerca les gritó:

—¿Qué demonios estáis haciendo?

-Estrellándose contra la barrera por diversión -respondió Tonks con burla.

—He perdido el control del carrito —dijo Harry entre jadeos,

-Es más divertida la respuesta de Tonks -dijo a Charlie, sonriendole a la pelirrosa. Remus frunció el ceño ante eso.

sujetándose las costillas mientras se levantaba. Ron salió corriendo detrás de la jaula de Hedwig, que estaba provocando tal escena que la multitud hacía comentarios sobre la crueldad con los animales.

-Parece que nadie se da cuenta de que se han chocado contra la barrera, y que no es culpa de ellos -dijo Hermione.

—¿Por qué no hemos podido pasar? —preguntó Harry a Ron.

—Ni idea.

-Respuesta universal de Ron-se burló Hermione, mientras Harry reía.

Ron miró furioso a su alrededor. Una docena de curiosos todavía los estaban mirando.

-Cotillas -dijo Sally.

—Vamos a perder el tren —se quejó—. No comprendo por qué se nos ha cerrado el paso.

Harry miró el reloj gigante de la estación y sintió náuseas en el estómago. Diez segundos..., nueve segundos... Avanzó con el carrito, con cuidado, hasta que llegó a la barrera, y empujó a continuación con todas sus fuerzas.

-No creo que funcione -gruñó Alastor.

La barrera permaneció allí, infranqueable. Tres segundos..., dos segundos..., un segundo...

—Ha partido —dijo Ron, atónito—. El tren ya ha partido. ¿Qué pasará si mis padres no pueden volver a recogernos? ¿Tienes algo de dinero muggle?

Harry soltó una risa irónica.

—Hace seis años que los Dursley no me dan la paga semanal.

-Me sorprende que te la dieran alguna vez -dijo Will.

Ron pegó la cabeza a la fría barrera.

—No oigo nada —dijo preocupado—. ¿Qué vamos a hacer? No sé cuánto tardarán mis padres en volver por nosotros.

Echaron un vistazo a la estación. La gente todavía los miraba, principalmente a causa de los alaridos incesantes de Hedwig.

—A lo mejor tendríamos que ir al coche y esperar allí —dijo Harry—.

McGonagall frunció el ceño. "Si Potter sugirió que esperaran en el coche, ¿por qué llegaron volando?"

Estamos llamando demasiado la aten...

—¡Harry! —dijo Ron, con los ojos refulgentes—. ¡El coche!

—¿Qué pasa con él?

—¡Podemos llegar a Hogwarts volando!

-¡RONALD WEASLEY! -gritaron Molly y McGonagall a la vez. Esté se encogió en su sitio.

-¡Ese es nuestro hermano! -gritaron Fred y George.

—Pero yo creía...

—Estamos en un apuro, ¿verdad? Y tenemos que llegar al colegio, ¿verdad? E incluso a los magos menores de edad se les permite hacer uso de la magia si se trata de una verdadera emergencia, sección decimonovena o algo así de la Restricción sobre Chismes...

El pánico que sentía Harry se convirtió de repente en emoción.

-Como no -dijo Hermione, rodando los ojos.

-¡Si! ¡Ese es mi ahijado! -dijo Sirius, dando un salto en el aire.

—¿Sabes hacerlo volar?

-Por supuesto -dijo George.

-Nosotros le enseñamos a él y a Ginny -explicó Fred.

Error.

Molly empezó a reñirles por enseñar a conducir a sus hermanos.

—Por supuesto —dijo Ron, dirigiendo su carrito hacia la salida—. Venga, vamos, si nos damos prisa podremos seguir al expreso de Hogwarts.

Y abriéndose paso a través de la multitud de muggles curiosos, salieron de la estación y regresaron a la calle lateral donde habían aparcado el viejo Ford Anglia.

Ron abrió el gran maletero con unos golpes de varita mágica. Metieron dentro los baúles, dejaron a Hedwig en el asiento de atrás y se acomodaron delante.

-No hubiera sido más fácil mandar una nota con Hedwig -preguntó Emily.

-Fácil y aburrido -respondió Will.

—Comprueba que no nos vea nadie —le pidió Ron, arrancando el coche con otro golpe de varita. Harry sacó la cabeza por la ventanilla; el tráfico retumbaba por la avenida que tenían delante, pero su calle estaba despejada.

—Vía libre —dijo Harry.

Ron pulsó un diminuto botón plateado que había en el salpicadero y el coche desapareció con ellos. Harry notaba el asiento vibrar debajo de él, oía el motor, sentía sus propias manos en las rodillas y las gafas en la nariz, pero, a juzgar por lo que veía, se había convertido en un par de ojos que flotaban a un metro del suelo en una lúgubre calle llena de coches aparcados.

-Tienes ideas muy raras -murmuró Neville.

—¡En marcha! —dijo a su lado la voz de Ron. Fue como si el pavimento y los sucios edificios que había a cada lado empezaran a caer y se perdieran de vista al ascender el coche; al cabo de unos segundos, tenían todo Londres bajo sus pies, impresionante y neblinoso.

-Me encantaría verlo -dijo Sally.

-Puedo mostrártelo por la noche -le susurró Sirius-. Londres de noche, en el aire es increíble.

Entonces se oyó un ligero estallido y reaparecieron el coche, Ron y Harry.

—¡Vaya! —dijo Ron, pulsando el botón del accionador de invisibilidad—. Se ha estropeado.

-Suerte Potter -dijo la sala, mientras Harry rodaba los ojos.

Los dos se pusieron a darle golpes.

-Dar golpes es la solución para todo -dijo Will, sonriendo.

El coche desapareció, pero luego empezó a aparecer y desaparecer de forma intermitente.

—¡Agárrate! —gritó Ron, y apretó el acelerador. Como una bala, penetraron en las nubes algodonosas y todo se volvió neblinoso y gris.

—¿Y ahora qué? —preguntó Harry, pestañeando ante la masa compacta de nubes que los rodeaba por todos lados.

—Tendríamos que ver el tren para saber qué dirección seguir —dijo Ron.

—Vuelve a descender, rápido.

Descendieron por debajo de las nubes, y se asomaron mirando hacia abajo con los ojos entornados.

—¡Ya lo veo! —gritó Harry—. ¡Todo recto, por allí!

El expreso de Hogwarts corría debajo de ellos, parecido a una serpiente roja.

-Harry, serpiente y roja no pueden ir juntos -le riñó Sirius.

—Derecho hacia el norte —dijo Ron,

-Como que Hogwarts se halla en el norte -replicó Luna.

comprobando el indicador del salpicadero—. Bueno, tendremos que comprobarlo cada media hora más o menos. Agárrate. —Y volvieron a internarse en las nubes. Un minuto después, salían al resplandor de la luz solar.

Aquél era un mundo diferente. Las ruedas del coche rozaban el océano de esponjosas nubes y el cielo era una extensión inacabable de color azul intenso bajo un cegador sol blanco.

—Ahora sólo tenemos que preocuparnos de los aviones —dijo Ron.

-Y ahora es el clásico momento en el que un avion aparece -dijo Bill.

-No llames a la mala suerte -gruñó Charlie.

Se miraron el uno al otro y rieron. Tardaron mucho en poder parar de reír.

Era como si hubieran entrado en un sueño maravilloso.

Aquélla, pensó Harry, era seguramente la manera ideal de viajar: pasando copos de nubes que parecían de nieve, en un coche inundado de luz solar cálida y luminosa,

-Tenéis que llevarnos -dijeron Hermione y Ginny a la vez. Harry y Ron asintieron, algo acobardados.

con una gran bolsa de caramelos en la guantera e imaginando las caras de envidia que pondrían Fred y George

-Nosotros no teníamos envidia -dijeron los dos mencionados.

cuando aterrizaran con suavidad en la amplia explanada de césped delante del castillo de Hogwarts.

-¿Con suavidad? -repitió Ron, incrédulo.

-¿En el césped? -dijo Harry, aún más incrédulo.

Comprobaban regularmente el rumbo del tren a medida que avanzaban hacia el norte, y cada vez que bajaban por debajo de las nubes veían un paisaje diferente. Londres quedó atrás enseguida y fue reemplazado por campos verdes que dieron paso a brezales de color púrpura, a aldeas con diminutas iglesias en miniatura y a una gran ciudad animada por coches que parecían hormigas de variados colores.

-Definitivamente tienes ideas muy raras -dijo Tonks.

Sin embargo, después de varias horas sin sobresaltos, Harry tenía que admitir que parte de la diversión se había esfumado. Los caramelos les habían dado una sed tremenda y no tenían nada que beber. Harry y Ron se habían despojado de sus jerséis, pero al primero se le pegaba la camiseta al respaldo del asiento y a cada momento las gafas le resbalaban hasta la punta de la nariz empapada de sudor.

-Vale, ya no nos apetece tanto -dijeron Hermione y Ginny a la vez.

Había dejado de maravillarse con las sorprendentes formas de las nubes y se acordaba todo el tiempo del tren que circulaba miles de metros más abajo, donde se podía comprar zumo de calabaza muy frío del carrito que llevaba una bruja gordita. ¿Por qué motivo no habrían podido entrar en el andén nueve y tres cuartos?

-Eso me gustaría saber-dijo Remus, con frustración.

—No puede quedar muy lejos ya, ¿verdad? —dijo Ron, con la voz ronca, horas más tarde, cuando el sol se hundía en el lecho de nubes, tiñéndolas de un rosa intenso—. ¿Listo para otra comprobación del tren?

Éste continuaba debajo de ellos, abriéndose camino por una montaña coronada de nieve. Se veía mucho más oscuro bajo el dosel de nubes.

Ron apretó el acelerador y volvieron a ascender, pero al hacerlo, el motor empezó a chirriar.

Harry y Ron se intercambiaron miradas nerviosas.

Al igual que en la sala.

—Seguramente es porque está cansado —dijo Ron—, nunca había hecho un viaje tan largo...

Y ambos hicieron como que no se daban cuenta de que el chirrido se hacía más intenso

-Eso no fue muy inteligente, muchachos -les regañó Dumbledore.

al tiempo que el cielo se oscurecía. Las estrellas iban apareciendo en el firmamento. Se hacía de noche. Harry volvió a ponerse el jersey, tratando de no dar importancia al hecho de que los limpiaparabrisas se movían despacio, como en protesta.

-Potter, Weasley -gruñó Alastor, mientras que los dos mencionados se encogían en sus sitiso.

—Ya queda poco —dijo Ron, dirigiéndose más al coche que a Harry

-Iba para el coche, la verdad -dijo Ron.

—, ya queda muy poco —repitió, dando unas palmadas en el salpicadero con aire preocupado.

Cuando, un poco más adelante, volvieron a descender por debajo de las nubes, tuvieron que aguzar la vista en busca de algo que pudieran reconocer.

—¡Allí! —gritó Harry de forma que Ron y Hedwig dieron un bote

-Casi me diste un infarto -se quejó Ron, mientras el resto de la sala reía.

—. ¡Allí delante mismo!

En lo alto del acantilado que se elevaba sobre el lago, las numerosas torres y atalayas del castillo de Hogwarts se recortaban contra el oscuro horizonte.

-Hogwarts -canturrearon los adolescente, ante la mirada divertida del director y de la subdirectora.

Pero el coche había empezado a dar sacudidas y a perder velocidad.

—¡Vamos! —dijo Ron para animar al coche, dando una ligera sacudida al volante—. ¡Venga, que ya llegamos!

-Hazle caso -gimieron sus hermanos.

El motor chirriaba. Del capó empezaron a salir delgados chorros de vapor.

Harry se agarró muy fuerte al asiento cuando se orientaron hacia el lago.

-No creo que te vaya a ayudar -dijo Luna, preocupada.

El coche osciló de manera preocupante. Mirando por la ventanilla, Harry vio la superficie calma, negra y cristalina del agua, un par de kilómetros por debajo de ellos.

-Creo recordar que a partir de veinte metros, caer en el agua duele igual que si cayeran a tierra -comentó Emily.

-Gracias por tu inyección moral, hermanita -dijo Will, viendo como la sala se había quedado pálida.

Ron aferraba con tanta fuerza el volante, que se le ponían blancos los nudillos de las manos.

Ron hizo un gesto de dolor y se frotó los nudillos.

El coche volvió a tambalearse.

—¡Vamos! —dijo Ron.

Sobrevolaban el lago. El castillo estaba justo delante de ellos.

-Vamos -dijo la sala.

Ron apretó el pedal a fondo.

Oyeron un estruendo metálico, seguido de un chisporroteo, y el motor se paró completamente.

-¡No! -exclamó la sala.

—¡Oh! —exclamó Ron, en medio del silencio.

El morro del coche se inclinó irremediablemente hacia abajo. Caían, cada vez más rápido, directos contra el sólido muro del castillo.

-Qué no sé estrellen -suplicaron algunos.

-¿No creéis que si nos hubiésemos estrellado, habría un agujero en el muro? -preguntó Harry.

―¡Noooooo! —gritó Ron, girando el volante; esquivaron el muro por unos centímetros

Todos suspiraron aliviados.

cuando el coche viró describiendo un pronunciado arco y planeó sobre los invernaderos y luego sobre la huerta

Neville hizo una mueca.

y el oscuro césped, perdiendo altura sin cesar.

Ron soltó el volante y se sacó del bolsillo de atrás la varita mágica.

Ron hizo una mueca al recordar su varita.

—¡ALTO! ¡ALTO! —gritó, dando unos golpes en el salpicadero y el parabrisas, pero todavía estaban cayendo en picada, y el suelo se precipitaba contra ellos...

—¡CUIDADO CON EL ÁRBOL! —gritó Harry, cogiendo el volante, pero era demasiado tarde.

¡PAF!

-¡Au! -sé quejó la sala.

Con gran estruendo, chocaron contra el grueso tronco del árbol y se dieron un gran batacazo en el suelo.

Del abollado capó salió más humo; Hedwig daba chillidos de terror; a Harry le había salido un doloroso chichón del tamaño de una bola de golf en la cabeza

Sally miró preocupada a su ahijado.

, al golpearse contra el parabrisas; y, a su lado, Ron emitía un gemido ahogado de desesperación.

—¿Estás bien? —le preguntó Harry inmediatamente.

—¡Mi varita mágica! —dijo Ron con voz temblorosa—. ¡Mira mi varita!

-Agradece que no sea tu cuello -dijo Hermione.

Se había partido prácticamente en dos pedazos, y la punta oscilaba, sujeta sólo por unas pocas astillas.

-Mi varita -dijeron Ron y Charlie a la vez. Todos miraron con confusión al segundo de los Weasley hasta que recordaron que la varita de Ron había sido propiedad de Charlie Weasley.

Harry abrió la boca para decir que estaba seguro de que podrían recomponerla en el colegio, pero no llegó a decir nada. En aquel mismo momento, algo golpeó contra su lado del coche con la fuerza de un toro que les embistiera y arrojó a Harry sobre Ron,

-Ya sabíamos que había algo entre ellos dos -dijo Fred con una sonrisa burlona.

Harry, Ron, Ginny y Hermione enrojecieron, mientras la sala reía.

al mismo tiempo que el techo del coche recibía otro golpe igualmente fuerte.

-No -susurró Remus, pálido.

-¿Qué sucede? -preguntó Sirius.

-El sauce boxeador -fue la respuesta del hombre lobo. Sirius también se puso pálido.

—¿Qué ha pasado?

Ron ahogó un grito al mirar por el parabrisas, y Harry sacó la cabeza por la ventanilla en el preciso momento en que una rama, gruesa como una serpiente pitón, golpeaba en el coche destrozándolo.

El resto de la sala, al entender donde se hallaban los chicos, también sé pusieron pálidos.

El árbol contra el que habían chocado les atacaba. El tronco se había inclinado casi el doble de lo que estaba antes, y azotaba con sus nudosas ramas pesadas como el plomo cada centímetro del coche que tenía a su alcance.

-¡Qué hace un árbol tan peligroso en un colegio! -gritó Molly a Dumbledore.

Remus sintió una punzada de culpabilidad.

-Puede ser muy útil, Molly -la tranquilizó Sally, guiñándole un ojo a Remus. Esté se quedó sorprendido.

-¿Le has dicho a Sally que soy un hombre lobo? -preguntó Remus a Sirius.

-No -respondió esté.

—¡Aaaaag! —gritó Ron, cuando una rama retorcida golpeó en su puerta produciendo otra gran abolladura; el parabrisas tembló entonces bajo una lluvia de golpes de ramitas, y una rama gruesa como un ariete aporreó con tal furia el techo, que pareció que éste se hundía.

—¡Escapemos! —gritó Ron, empujando la puerta con toda su fuerza, pero inmediatamente el salvaje latigazo de otra rama lo arrojó hacia atrás, contra el regazo de Harry.

-Si, definitivamente hay algo entre ellos -dijo George, ganándose otra ronda de risas.

—¡Estamos perdidos! —gimió, viendo combarse el techo.

-La alegría personificada -dijo Will con sarcasmo.

De repente el suelo del coche comenzó a vibrar: el motor se ponía de nuevo en funcionamiento.

—¡Marcha atrás! —gritó Harry, y el coche salió disparado.

El árbol aún trataba de golpearles, y pudieron oír crujir sus raíces cuando, en un intento de arremeter contra el coche que escapaba, casi se arranca del suelo.

-Qué cerca estuvo -dijo Neville.

—Por poco —dijo Ron jadeando—. ¡Así se hace, coche!

El coche, sin embargo, había agotado sus fuerzas. Con dos golpes secos, las puertas se abrieron y Harry sintió que su asiento se inclinaba hacia un lado y de pronto se encontró sentado en el húmedo césped.

-El coche os ha echado -dijo Charlie, incrédulo.

Unos ruidos sordos le indicaron que el coche estaba expulsando el equipaje del maletero; la jaula de Hedwig salió volando por los aires y se abrió de golpe, y la lechuza salió emitiendo un fuerte chillido de enojo y voló apresuradamente y sin parar en dirección al castillo. A continuación, el coche, abollado y echando humo, se perdió en la oscuridad, emitiendo un ruido sordo y con las luces de atrás encendidas como en un gesto de enfado.

-Nunca creí que vería a un coche enfadado -dijo Sally.

-Técnicamente no lo has visto, sino leído -dijo Sirus.

-Ya sabes a lo que me refiero -dijo Sally, poniendo los ojos en blanco.

—¡Vuelve! —le gritó Ron, blandiendo la varita rota—. ¡Mi padre me matará!

-¿Te preocupa papá? -preguntó Bill

-Preocúpate por mamá -dijo Percy.

Pero el coche desapareció de la vista con un último bufido del tubo de escape.

—¿Es posible que tengamos esta suerte? —preguntó Ron

-Ron, nos hemos hecho la misma pregunta desde el inicio del primero libro -dijo Emily.

embargado por la tristeza mientras se inclinaba para recoger a Scabbers, la rata

-Podría haber sido aplastada -gimió Ron.

—. De todos los árboles con los que podíamos haber chocado, tuvimos que dar contra el único que devuelve los golpes.

Se volvió para mirar el viejo árbol, que todavía agitaba sus ramas pavorosamente.

—Vamos —dijo Harry, cansado—. Lo mejor que podemos hacer es ir al colegio.

-Por fin dices algo sensato, Potter -dijo Ginny.

No era la llegada triunfal que habían imaginado.

-No nos habíamos dado cuenta -dijeron los bromistas.

Con el cuerpo agarrotado, frío y magullado, cada uno cogió su baúl por la anilla del extremo, y los arrastraron por la ladera cubierta de césped, hacia arriba, donde les esperaban las inmensas puertas de roble de la entrada principal.

—Me parece que ya ha comenzado el banquete —dijo Ron, dejando su baúl al principio de los escalones y acercándose sigilosamente para echar un vistazo a través de una ventana iluminada—. ¡Eh, Harry, ven a ver esto... es la Selección!

-Justo a tiempo llegasteis -dijo Tonks.

Harry se acercó a toda prisa, y juntos contemplaron el Gran Comedor.

Sobre cuatro mesas abarrotadas de gente, se mantenían en el aire innumerables velas, haciendo brillar los platos y las copas. Encima de las cabezas, el techo encantado que siempre reflejaba el cielo exterior estaba cuajado de estrellas.

A través de la confusión de los sombreros negros y puntiagudos de Hogwarts, Harry vio una larga hilera de alumnos de primer curso que, con caras asustadas, iban entrando en el comedor. Ginny estaba entre ellos; era fácil de distinguir por el color intenso de su pelo, que revelaba su pertenencia a la familia Weasley.

-La localizaste muy rápido -comentó Hermione, mientras que Harry y Ginny se sonrojaban.

Mientras tanto, la profesora McGonagall, una bruja con gafas y con el pelo recogido en un apretado moño, ponía el famoso Sombrero Seleccionador de Hogwarts sobre un taburete, delante de los recién llegados. Cada año, este sombrero viejo, remendado, raído y sucio, distribuía a los nuevos estudiantes en cada una de las cuatro casas de Hogwarts: Gryffindor,

-¡Gryffindor! -exclamaron los bromistas.

Hufflepuff,

-¡Hufflepuff! -gritó Tonks.

Ravenclaw

Luna sonrió ante la mención de su casa.

y Slytherin.

-¡Buuuuu! -abuchearon los gemelos y Sirius.

Harry se acordaba bien de cuando se lo había puesto, un año antes, y había esperado muy quieto la decisión que el sombrero pronunció en voz alta en su oído. Durante unos escasos y horribles segundos, había temido que lo fuera a destinar a Slytherin,

-No nos lo recuerdes -gimieron los leones de la sala.

la casa que había dado más magos y brujas tenebrosos que ninguna otra, pero había acabado en Gryffindor, con Ron, Hermione y el resto de los Weasley. En el último trimestre, Harry y Ron habían contribuido a que Gryffindor ganara el campeonato de las casas, venciendo a Slytherin por primera vez en siete años.

-Tampoco nos recuerdes que Slytherin había ganado siete años seguidos.

Habían llamado a un chaval muy pequeño, de pelo castaño, para que se pusiera el sombrero.

-Colin -susurró Harry con algo de cariño. Al fin y al cabo, aunque el chico fuera muy pesado, se hacía querer.

Harry desvió la mirada hacia el profesor Dumbledore, el director, que se hallaba contemplando la Selección desde la mesa de los profesores, con su larga barba plateada y sus gafas de media luna brillando a la luz de las velas. Varios asientos más allá, Harry vio a Gilderoy Lockhart,

-Idiota -murmuró Ron.

vestido con una túnica color aguamarina. Y al final estaba Hagrid, grande y peludo, apurando su copa.

—Espera... —dijo Harry a Ron en voz baja—. Hay una silla vacía en la mesa de los profesores. ¿Dónde está Snape?

Severus Snape era el profesor que menos le gustaba a Harry. Y Harry resultó ser el alumno que menos le gustaba a Snape, que daba clase de Pociones y era cruel, sarcástico y sentía aversión por todos los alumnos que no fueran de Slytherin, la casa a la que pertenecía.

McGonagall frunció el ceño, y Dumbledore pensó que tenía que hacer algo con la actitud de Severus.

—¡A lo mejor está enfermo! —dijo Ron, esperanzado.

-Ojala -dijo Remus,

—¡Quizá se haya ido —dijo Harry—, porque tampoco esta vez ha conseguido el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras!

-Qué sea así -suplicó Sally.

—O quizá lo han echado —dijo Ron con entusiasmo—. Como todo el mundo lo odia...

-Completamente cierto -dijo Sirius.

—O tal vez —dijo una voz glacial detrás de ellos

-Mierda -dijo Will.

— quiera averiguar por qué no habéis llegado vosotros dos en el tren escolar.

Harry se dio media vuelta. Allí estaba Severus Snape, con su túnica negra ondeando a la fría brisa. Era un hombre delgado de piel cetrina, nariz ganchuda y pelo negro y grasiento que le llegaba hasta los hombros, y en aquel momento sonreía

Neville tuvo un escalofrío.

de tal modo que Ron y Harry comprendieron inmediatamente que se habían metido en un buen lío.

—Seguidme —dijo Snape.

Sin atreverse a mirarse el uno al otro, Harry y Ron siguieron a Snape escaleras arriba hasta el gran vestíbulo iluminado con antorchas, donde las palabras producían eco. Un delicioso olor de comida flotaba en el Gran Comedor, pero Snape los alejó de la calidez y la luz y los condujo abajo por la estrecha escalera de piedra que llevaba a las mazmorras.

-Directos a la boca del lobo -murmuró Tonks.

-Más bien a la boca de la serpiente -aclaró Charlie.

—¡Adentro! —dijo, abriendo una puerta que se encontraba a mitad del frío corredor, y señalando su interior.

Entraron temblando en el despacho de Snape.

-Lo entendemos -dijeron los gemelos Weasley.

Los sombríos muros estaban cubiertos por estantes con grandes tarros de cristal, dentro de los cuales flotaban cosas verdaderamente asquerosas,

Algunos hicieron un gesto de asco.

cuyo nombre en aquel momento a Harry no le interesaba en absoluto. La chimenea estaba apagada y vacía. Snape cerró la puerta y se volvió hacia ellos.

—Así que —dijo con voz melosa— el tren no es un medio de transporte digno para el famoso Harry Potter y su fiel compañero Weasley. Queríais hacer una llegada a lo grande, ¿eh, muchachos?

—No, señor, fue la barrera en la estación de King's Cross lo que...

-No te esfuerces en gastar saliva, Harry

—¡Silencio! —dijo Snape con frialdad—. ¿Qué habéis hecho con el coche?

Ron tragó saliva. No era la primera vez que a Harry le daba la impresión de que Snape era capaz de leer el pensamiento.

-Puede hacerlo -dijo Remus.

-Aunque es ilegal -dijo Tonks.

Pero enseguida comprendió, cuando Snape desplegó un ejemplar de El Profeta Vespertino de aquel mismo día.

—Os han visto —les dijo enfadado, enseñándoles el titular:

«MUGGLES» DESCONCERTADOS POR UN FORD ANGLIA VOLADOR

Y comenzó a leer en voz alta:

—«En Londres, dos muggles están convencidos de haber visto un coche viejo sobrevolando la torre del edificio de Correos (...) al mediodía en Norfolk, la señora Hetty Bayliss, al tender la ropa (...) y el señor Angus Fleet, de Peebles, informaron a la policía, etcétera.» En total, seis o siete muggles. Tengo entendido que tu padre trabaja en el Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles —dijo, mirando a Ron y sonriendo de manera aún más desagradable—. Vaya, vaya..., su propio hijo...

-No te metas con mi hijo, Snape -susurró Arthur.

Harry sintió como si una de las ramas más grandes del árbol furioso le acabara de golpear en el estómago. Si alguien averiguara que el señor Weasley había encantado el coche... No se le había ocurrido pensar en eso...

-Pues podrías haberlo pensado antes -le regaño Sally.

—He percibido, en mi examen del parque, que un ejemplar muy valioso de sauce boxeador parece haber sufrido daños considerables —prosiguió Snape.

-El árbol jamás te ha importado, Quejicus -murmuró Sirius.

—Ese árbol nos ha hecho más daño a nosotros que nosotros a... —se le escapó a Ron.

—¡Silencio! —interrumpió de nuevo Snape—. Por desgracia, vosotros no pertenecéis a mi casa, y la decisión de expulsaros no me corresponde a mí. Voy a buscar a las personas a quienes compete esa grata decisión. Esperad aquí.

Ron y Harry se miraron, palideciendo. Harry ya no sentía hambre, sino un tremendo mareo. Trató de no mirar hacia el estante que había detrás del escritorio de Snape, donde en un gran tarro con líquido verde flotaba una cosa muy larga y delgada.

-Mejor no mires ahí -dijo Emily, que se había puesto verde.

Si Snape había ido en busca de la profesora McGonagall, jefa de la casa Gryffindor, su situación no iba a mejorar mucho. Ella podía ser mejor que Snape, pero era muy estricta.

-Puede que sea muy estricta, pero también es muy justa -dijo Sirius, sonriendole a su profesora favorita. McGonagall le sonrió de vuelta.

Diez minutos después, Snape volvió, y se confirmó que era la profesora McGonagall quien lo acompañaba. Harry había visto en varias ocasiones a la profesora McGonagall enfadada, pero, o bien había olvidado lo tensos que podía poner los labios, o es que nunca la había visto tan enfadada.

-Mientras tenga tensos los labios, aún os podéis salvar -dijo Remus.

Ella levantó su varita al entrar.

Harry y Ron se estremecieron, pero ella simplemente apuntaba hacia la chimenea, donde las llamas empezaron a brotar al instante.

-¿Creísteis que os iba a hechizar? -preguntó Luna.

-Estabamos en el despacho de Snape -respondieron los dos chicos.

—Sentaos —dijo ella, y los dos se retiraron a dos sillas que había al lado del fuego—. Explicaos —añadió. Sus gafas brillaban inquietantemente.

Ron comenzó a narrar toda la historia, empezando por la barrera de la estación, que no les había dejado pasar.

—... así que no teníamos otra opción, profesora, no pudimos coger el tren.

—¿Y por qué no enviasteis una carta por medio de una lechuza? Imagino que tenéis alguna lechuza —dijo fríamente la profesora McGonagall a Harry.

Harry se quedó mirándola con la boca abierta. Ahora que la profesora lo mencionaba, parecía obvio que aquello era lo que tenían que haber hecho.

-A veces lo más obvio es lo que más cuesta ver -dijo Luna.

-En efecto, señorita Lovegood -dijo Dumbledore con una sonrisa.

—No-no lo pensé...

—Eso —observó la profesora McGonagall— es evidente.

Llamaron a la puerta del despacho y Snape la abrió, más contento que unas pascuas.

-Eso no es bueno -dijo Sirius.

Era el director, el profesor Dumbledore. Harry tenía todo el cuerpo agarrotado. La expresión de Dumbledore era de una severidad inusitada. Miró de tal forma a los dos alumnos que tenía debajo de su gran nariz aguileña, que en aquel momento Harry habría preferido estar con Ron recibiendo los golpes del sauce boxeador.

-Mismo sentimiento -dijo Ron con una mueca.

Hubo un prolongado silencio, tras el cual Dumbledore dijo:

—Por favor, explicadme por qué lo habéis hecho.

Habría sido preferible que hubiera gritado. A Harry le pareció horrible el tono decepcionado que había en su voz.

-Eso es realmente lo peor -dijo Sirius.

No sabía por qué, pero no podía mirar a Dumbledore a los ojos, y habló con la mirada clavada en sus rodillas. Se lo contó todo a Dumbledore, salvo lo de que el señor Weasley era el propietario del coche encantado, simulando que Ron y él se habían encontrado un coche volador a la salida de la estación.

-Claro, porqué hay muchos coches voladores en la calle -dijo Emily sarcásticamente.

Supuso que Dumbledore les interrogaría inmediatamente al respecto, pero Dumbledore no preguntó nada sobre el coche. Cuando Harry acabó, el director simplemente siguió mirándolos a través de sus gafas.

—Iremos a recoger nuestras cosas —dijo Ron en un tono de voz desesperado.

—¿Qué quieres decir, Weasley? —bramó la profesora McGonagall.

—Bueno, nos van a expulsar, ¿no? —dijo Ron.

-Ronnie, Ronnie Ronnie -dijo Fred.

-Tienes que saber, que aunque revientes unos baños -dijo George.

-Inundes la sala común de Slytherin con mocos de trol -añadió Remus.

-Hechices los libros de la biblioteca -dijo Fred.

-O conviertas el uniforme de todos los Slytherin en tutus de ballet -dijo Sirius.

-¡Jamás serás expulsado! -acabaron los cuatro.

-Sólo expulsó por asesinato y/o violación -explicó Dumbledore.

Harry miró a Dumbledore.

—Hoy no, señor Weasley —dijo Dumbledore—. Pero quiero dejar claro que lo que habéis hecho es muy grave. Esta noche escribiré a vuestras familias. He de advertiros también que si volvéis a hacer algo parecido, no tendré más remedio que expulsaros.

Por la expresión de Snape, parecía como si sólo se hubieran suprimido las Navidades.

-Más bien las Navidades Morti -dijo Sirius, con burla.

Se aclaró la garganta y dijo:

—Profesor Dumbledore, estos muchachos han transgredido el decreto para la restricción de la magia en menores de edad, han causado daños graves a un árbol muy antiguo y valioso... Creo que actos de esta naturaleza...

—Corresponderá a la profesora McGonagall imponer el castigo a estos muchachos, Severus —dijo Dumbledore con tranquilidad—. Pertenecen a su casa y están por tanto bajo su responsabilidad.

-¡Por suerte! -exclamaron Harry y Ron.

—Se volvió hacia la profesora McGonagall—. Tengo que regresar al banquete, Minerva, he de comunicarles unas cuantas cosas. Vamos, Severus, hay una tarta de crema que tiene muy buena pinta y quiero probarla.

-Usted no estará emparentado con los Weasley, ¿verdad? -preguntó Sally.

-No lo sé -respondió Dumbledore-. Pero sería genial ser familia de los Weasley.

Todos los Weasley de la sala se sonrojaron.

Al salir del despacho, Snape dirigió a Ron y Harry una mirada envenenada.

Se quedaron con la profesora McGonagall, que todavía los miraba como un águila enfurecida.

-Mientras no os mire como un león enfurecido estáis a salvo -dijo Sirius.

—Lo mejor será que vayas a la enfermería, Weasley, estás sangrando.

-¿Qué? -gimió Molly. ¿Por qué nadie le había dicho que su bebé estaba herido?

—No es nada —dijo Ron, frotándose enseguida con la manga la herida que tenía en la ceja—. Profesora, quisiera ver la selección de mi hermana.

-Al final te acordaste de mí -dijo Ginny, sonriendole a su hermano.

—La Ceremonia de Selección ya ha concluido —dijo la profesora McGonagall—. Tu hermana está también en Gryffindor.

—¡Bien! —dijo Ron.

-Cualquiera diría que no esperabas que estuviera en Gryffindor -dijo Ginny en broma.

—Y hablando de Gryffindor... —empezó a decir severamente la profesora McGonagall.

Pero Harry la interrumpió.

—Profesora, cuando nosotros cogimos el coche, el curso aún no había comenzado, así que, en realidad, a Gryffindor no habría que quitarle puntos, ¿no? —dijo, mirándola con temor.

-Una jugada inteligente, Potter -le alabó Alastor-. Peligrosa, pero inteligente.

La profesora McGonagall le dirigió una mirada penetrante, pero Harry estaba seguro de que había estado a punto de sonreír. Tenía los labios menos tensos, eso era evidente.

-Minnie siempre se preocupa por sus cachorros -dijo Remus con una sonrisa.

—No quitaremos puntos a Gryffindor —dijo ella, y Harry se sintió muy aliviado—. Pero vosotros dos seréis castigados.

Eso era menos malo de lo que Harry se había temido. En cuanto a que Dumbledore escribiera a los Dursley, le daba lo mismo. Harry sabía perfectamente que los Dursley lamentarían que el sauce boxeador no lo hubiera aplastado.

Todos gruñeron ante eso.

La profesora McGonagall volvió a levantar su varita y apuntó con ella al escritorio de Snape. Sonó un ¡plop! y apareció un gran plato de emparedados, dos copas de plata y una jarra de zumo frío de calabaza.

-Tenemos hambre -dijo el trío hambriento. Todos rodaron los ojos.

—Comeréis aquí y luego os iréis directamente al dormitorio —indicó—. Yo también tengo que volver al banquete.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, Ron profirió un silbido bajo y prolongado.

—Creí que no nos salvábamos —dijo, cogiendo un emparedado.

—Y yo también —contestó Harry, haciendo lo mismo.

—Pero ¿cómo es posible que tengamos tan mala suerte? —dijo Ron con la bocallena de jamón y pollo

Hermione hizo una mueca y le dio una colleja a Ron.

-No hables con la boca llena -le regaño.

—. Fred y George deben de haber volado en ese coche cinco o seis veces y nunca los ha visto ningún muggle. —Tragó y volvió a dar otro bocado—. ¿Y por qué no pudimos atravesar la barrera?

Harry se encogió de hombros.

—Tendremos que andarnos con mucho cuidado de ahora en adelante —dijo, tomando un refrescante trago de zumo de calabaza—. Si al menos hubiéramos podido subir al banquete...

—Ella no quería que hiciéramos ningún alarde —dijo Ron inteligentemente

-Este libro cada vez me sorprende más -dijo Ginny con asombro.

—. No quiere que nadie llegue a pensar que está bien eso de llegar volando en un coche.

Cuando hubieron comido todos los emparedados que podían (en el plato iban apareciendo más, conforme los engullían),

-Quiero un plato de esos -gimió el trío hambriento.

se levantaron y salieron del despacho, y tomaron el camino que llevaba a la torre de Gryffindor. El castillo estaba en calma, parecía que el banquete había concluido. Pasaron por delante de retratos parlantes y armaduras que chirriaban, y subieron por las escaleras de piedra hasta que llegaron finalmente al corredor donde, oculta detrás de una pintura al óleo que representaba a una mujer gorda vestida con un vestido de seda rosa, estaba la entrada secreta a la torre de Gryffindor

—La contraseña —exigió ella, al verlos acercarse.

-Cierto, no conoceis la contraseña -dijo Neville.

-Un descuido de mi parte -admitió McGonagall.

—Esto... —dijo Harry.

No conocían la contraseña del nuevo curso, porque aún no habían visto a ningún prefecto, pero casi al instante les llegó la ayuda; detrás de ellos oyeron unos pasos veloces y al volverse vieron a Hermione que corría a ayudarles.

-Y como siempre, yo a su ayuda -murmuró Hermione, divertida.

—¡Estáis aquí! ¿Dónde os habíais metido? Corren los rumores más absurdos... Alguien decía que os habían expulsado por haber tenido un accidente con un coche volador.

-Eso ha ido más rápido que de costumbre -dijo Sally, asombrada-. Normalmente los rumores tardan unas cuantas horas en propagarse.

-Eso fue por Snape -dijo Percy-. Gritó en medio del Gran Comedor que Harry y Ron se habían estrellado con un coche volador.

—Bueno, no nos han expulsado —le garantizó Harry.

—¿Quieres decir que habéis venido hasta aquí volando? —preguntó Hermione, en un tono de voz casi tan duro como el de la profesora McGonagall.

—Ahórrate el sermón —dijo Ron impaciente— y dinos cuál es la nueva contraseña.

—Es «somormujo» —dijo Hermione deprisa—, pero ésa no es la cuestión..

-Mal -dijo Sally-. Primero el regaño y después la contraseña.

-Lo tendré en cuenta -dijo Hermione con una sonrisa maliciosa.

No pudo terminar lo que estaba diciendo, sin embargo, porque el retrato de la señora gorda se abrió y se oyó una repentina salva de aplausos. Al parecer, en la casa de Gryffindor todos estaban despiertos y abarrotaban la sala circular común, de pie sobre las mesas revueltas y las mullidas butacas, esperando a que ellos llegaran.

-Se supone que han hecho algo mal, no tenéis que aplaudirles -gruñó McGonagall a los leones.

Unos cuantos brazos aparecieron por el hueco de la puerta secreta para tirar de Ron y Harry hacia dentro, y Hermione entró detrás de ellos.

—¡Formidable! —gritó Lee Jordan—. ¡Soberbio! ¡Qué llegada! Habéis volado en un coche hasta el sauce boxeador. ¡La gente hablará de esta proeza durante años!

Dumbledore sonrió sin que nadie lo notara. Tenía la impresión de que ese años los superarían.

—¡Bravo! —dijo un estudiante de quinto curso con quien Harry no había hablado nunca.

Alguien le daba palmadas en la espalda como si acabara de ganar una maratón.

Fred y George se abrieron camino hasta la primera fila de la multitud y dijeron al mismo tiempo:

—¿Por qué no nos llamasteis?

-¿Por qué no tenían teléfonos? -preguntó Emily, irónicamente-. Además, ¿como sabéis eso?

-Mi culpa -admitió Harry.

Ron estaba azorado y sonreía sin saber qué decir. Harry se fijó en alguien que no estaba en absoluto contento. Al otro lado de la multitud de emocionados estudiantes de primero, vio a Percy que trataba de acercarse para reñirles. Harry le dio a Ron con el codo en las costillas y señaló a Percy con la cabeza. Inmediatamente, Ron entendió lo que le quería decir.

-Lo conozco desde hace catorce años -dijo Ron-. Claro que te entendí.

—Tenemos que subir..., estamos algo cansados —dijo, y los dos se abrieron paso hacia la puerta que había al otro lado de la estancia, que daba a una escalera de caracol y a los dormitorios.

—Buenas noches —dijo Harry a Hermione, volviéndose. Ella tenía la misma cara de enojo que Percy.

Harry y Ron se estremecieron. Hermione enojada era algo que no querías ver.

Consiguieron alcanzar el otro extremo de la sala común, recibiendo palmadas en la espalda, y al fin llegaron a la tranquilidad de la escalera. La subieron deprisa, derechos hasta el final, hasta la puerta de su antiguo dormitorio, que ahora lucía un letrero que indicaba «Segundo curso». Penetraron en la estancia que ya conocían; tenía forma circular, con sus cinco camas adoseladas con terciopelo rojo y sus ventanas elevadas y estrechas.

Los ex-alumnos de Gryffindor suspiraron nostálgicamente.

Les habían subido los baúles y los habían dejado a los pies de sus camas respectivas.

Ron sonrió a Harry con una expresión de culpabilidad.

—Sé que no tendría que haber disfrutado de este recibimiento, pero la verdad es que...

-La verdad es que fue impresionante -dijo Will.

La puerta del dormitorio se abrió y entraron los demás chicos del segundo curso de la casa Gryffindor: Seamus Finnigan, Dean Thomas y Neville Longbottom.

—¡Increíble! —dijo Seamus sonriendo.

-No es la palabra que yo usaría -dijo Sirius.

—¡Formidable! —dijo Dean.

-Tampoco.

—¡Alucinante! —dijo Neville, sobrecogido.

-¡Esa es! -exclamó el animago, sonriendole a Neville.

Harry no pudo evitarlo. Él también sonrió.

-Fin del capítulo -dijo McGonagall.

-De acuerdo -dijo Dumbledore-. ¿Les parece si hacemos los mismo turnos de lectura?

-Yo no quiero volver a leer -se quejó Ron.

-Ron, son siete libros ¡Vas a tener que leer antes o después! -le dijo Hermione-. Y mejor que sea antes.

Ron hizo una mueca, pero cogió el libro.


Hola gente,

séptimo capítulo.

¡Por fin han llegado a Hogwarts! Y yo no tengo nada que decir TT. Bueno, la verdad es que si.

¿Remus le contara a sally que es un hombre lobo antes de que salga en la lectura?

Aunque como ya habéis notado, Sally sabe la verdad del lobito XD.

Espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18