Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío


19 de agosto de 1997, Ministerio de Magia, Londres

Percy intentó centrarse en la carta que estaba leyendo, por tercera vez en menos de dos minutos, sin éxito.

Esa mañana había insistido en que él revisaría el grupo de cartas de respuesta que habían llegado, comparándolas con la lista de familias pendientes de confirmar su asistencia a Hogwarts ese año. Aquella semana era el último plazo para responder a las misivas que habían enviado a cada una de las 477 casas, de los 477 estudiantes. Aún quedaban cerca de 120 alumnos sin responder.

Al igual que el primer día que habían trabajado juntos, Percy había insistido a Audrey que él podía hacer esa parte del trabajo, es decir, todo el trabajo; aunque la razón que había tenido aquella misma mañana no era la misma que tuvo en un comienzo.

Cuando iniciaron aquel "proyecto" juntos, Percy de verdad no había confiado en que ella hiciera un buen trabajo, así que había preferido hacerlo él mismo, aunque tardara más. Los siguientes días, había notado que Audrey trabajaba bien. Era organizada y ordenada, no perdía el tiempo y tenía buenas ideas.

En lo que respectaba al trabajo, era una persona confiable. No, ese no era el motivo por el que, aquella mañana, le había casi ordenado que se sentara a tomarse algo caliente mientras él se encargaba de revisar papeles.

La verdadera razón era que Audrey había llegado esa mañana con aspecto de caerse desmayada en cualquier momento.

Se veía cansada y pálida. Y su palidez resaltaba más las oscuras manchas bajos sus ojos. Ojos cansados.

Le gustaría pensar que la idea de hacer él el trabajo esa mañana tenía que ver con que, estando así de cansada, ella haría mal todo y Percy tendría que luego revisar todo el trabajo que ella había hecho en aquellas condiciones. Pero no, no podía engañarse, no con ese pequeño detallito.

La verdad era que le había preocupado que se viera tan enferma y estaba esperando que pudiera descansar un par de horas.

Que, por lo demás, era el motivo por el que Percy no podía concentrarse en el pergamino que tenía entre las manos.

Audrey llevaba unos buenos quince minutos luchando contra el sueño. Cuando parecía quedarse dormida, despertaba sobresaltada, el té caliente haciendo equilibrio en el borde de la taza de porcelana.

Así que Percy llevaba los mismos quince minutos mirándola, atento a salvar la piel de Audrey de una posible quemadura, si hacía falta.

Releyendo el pergamino que tenía en la mano por décima vez en dos minutos, Percy se encontró preguntándose, no por primera vez, qué era de la vida de Audrey Collingwood cuando no estaba ayudándole en el Ministerio. O cuando no estaba a las órdenes de Kingsley Shacklebolt. Había dicho que estaba soltera y de su familia había mencionado a su hermano y la distancia entre ellos.

¿Vivía sola? Quizá sufría de insomnio. Solía pasarle a él de vez en cuando, habitualmente a fin de año, para navidad o para la fecha en que su madre cumplía años.

O quizá le había pasado algo el día anterior. Quizá después de unas horas de sueño, se sintiera mejor y le contara qué le había pasado.

Levantando la vista hacia ella nuevamente, Percy la encontró, al parecer, finalmente dormida. Mentón apoyado en el pecho, el cabello azul ocultando parcialmente su cara. La tacita de té equilibrándose en su regazo.

Con un movimiento de su varita, Percy hizo levitar la taza hasta una mesa al otro lado de la habitación, alejando de forma definitiva la posibilidad de posibles derrames de líquido caliente sobre la piel de la mujer.

Cuando la taza estuvo lejos y sobre una superficie segura, Percy volvió a mirarla intentando decidir qué hacer a continuación. No era una posición cómoda para dormir, eso era claro, pero no quería despertarla. No sólo porque se había tardado en sucumbir de una vez por todas al cansancio, sino también porque...bueno, no sabía muy bien qué decirle si despertaba.

Una Audrey dormida era mucho más manejable para él en ese momento, que una Audrey despierta, mirándolo con ojos oscuros y atentos, que parecían tener el poder de leerle la mente sin esfuerzo. Y el poder de sacarle verdades, cuando él había estado feliz ocultando cosas personales en los últimos años.

Las mujeres definitivamente no eran su especialidad. Le costaba hablar con ellas, con la excepción de su única novia, Penélope. Ambos habían terminado su relación como un acuerdo mutuo, sin mucho sentimiento de por medio. Pero ya que estaba en esa, así mismo habían iniciado aquella relación, como un acuerdo. Eran compatibles, muy amigos y se ayudaban mutuamente. Nunca hubo mucho más. Y eso que aquello había durado tres años.

A Audrey la conocía hace cuatro días y el nivel de desconcierto que sentía a su alrededor le hacía pensar que la forma en que interactuaban era algo que, al parecer, no le había pasado antes. No era que no sabía qué decirle porque no había nada que decir. Sino porque estaba nervioso. Iba a arruinarlo, estaba seguro.

Pero, ¿arruinar qué?

Decidiéndose de una vez por todas, se levantó y rodeó su escritorio, acercándose a la mujer dormida. Cuando estuvo a su lado, no pudo reprimir los deseos de aprovechar la oportunidad de mirarla de cerca.

Acuclillándose, apoyó los brazos en sus rodillas, cuidando de no tocarla accidentalmente. El plan era que no despertara.

De cerca era aún más evidente lo cansada que estaba. Tenía una piel pálida y lisa, de aspecto cremoso. Que mirando con atención, Percy notó que no era tan pálida como daba primera impresión, sino quizá el contraste con el resto de sus colores...el azul, particularmente.

No había pecas en su rostro, al diferencia del de él, que estaba plagado de ellas. Tenía una nariz pequeña y bonita y con una pequeña marca puntiforme a un costado. Desconcertado, Percy miró la marquita por unos minutos antes de entender que, probablemente, ella se había perforado la nariz en algún momento. La idea era extrañamente atractiva.

Aquel día llevaba un jersey tejido, blanco con pequeñas motitas de colores, que le quedaba amplio al rededor de los hombros, dejando a la vista un delgado cuello, de aspecto igualmente cremoso que el resto de su piel. Un cuello quizá un poco más delgado de lo que se podría considerar saludable.

¿Estaría ella comiendo bien?

Sacudiendo la cabeza, Percy se puso de pie y, en un proceso muy, muy lento y usando un brazo y su varita, logró moverla hasta una posición cómoda a lo largo del sofá, dispuesto a dejarla dormir al menos hasta la hora de comer.

No podría recuperar energías si no comía bien, eso estaba claro.

Audrey lo estaba pasando de lo mejor. Estaba en el campo, de espaldas sobre el césped, la luz del sol sobre su cara. La gente podría considerarlo un pasatiempo aburrido, pero aquel tipo de descanso era algo que Audrey no solía tener, así que definitivamente iba a disfrutarlo.

Le gustaba el color que se veía tras sus párpados cerrados cuando el sol daba directo en ellos.

Una sombra sobre su cara la hizo arrugar el ceño. ¿No podían dejarla tranquila? Tomar sol era gratis, maldición. Decidió que quizá el dueño de la sombra entendiera por sí mismo que ella no quería interrumpir su descanso y se fuera por cuenta propia. Eso sería sensacional y...

Una mano cerrándose sobre su hombro la hizo reaccionar como pocas cosas podrían lograr que lo hiciera. Conocía aquella mano, Dios, por qué no la dejaba en paz.

Sobresaltada, Audrey se sentó rápidamente, alejándose del alcance de Theo.

Abrió los ojos de golpe, buscándolo rápidamente con la mirada e intentando descubrir en qué estado de mal ánimo se encontraba para saber cómo actuar a continuación. Pero entonces Audrey descubrió que no había Theo. Ni campo, ni césped. Sol, sí. Sobre ella. Y ella sobre el sofá en la oficina de Percy.

Era Percy quien la tomaba por el hombro, su expresión mostrando algo similar a la preocupación.

-¿Estás bien? Lamento haberte sobresaltado.

Audrey lo miró a los ojos, y no encontró nada malo en ellos. El azul de sus ojos era limpio y sincero. Percy no debía disculparse, al parecer había sido ella quien lo había asustado a él.

Colocando una mano sobre la de Percy que aún estaba en su hombro, Audrey se enderezó en el sofá, intentando controlar su respiración y alejar la sensación de leve pánico que la había asaltado hace un minuto.

-Estoy bien, disculpa. No recuerdo muy bien, pero creo que estaba soñando algo poco agradable -mintió Audrey rápidamente -. ¿Qué hora es?

-La una menos cuarto.

Mierda.

Había dormido cerca de cuatro horas. Qué desastre.

-Lo lamento.

Percy le sonrió, aun en cuclillas frente a ella.

-No lo hagas. Algo me dice que necesitabas de forma desesperada esas horas de sueño. Y sé que este sofá es particularmente cómodo. Valió cada galeón que invertí en él.

Audrey le sonrió de vuelta, encantada y ya más tranquila. Percy estaba siendo muy amable con ella.

-Vamos -le dijo Percy volviendo a ponerse de pie con agilidad y logrando confundirla en el proceso-, es hora de comer algo. Muero de hambre.

Dos segundos después, Percy tomaba su abrigo y se acercaba a la puerta.

Audrey lo miró de reojo, mientras recuperaba su bolso y salía apresuradamente tras él. ¿Pensaba él comprar algo rápido en la pequeña cafetería en el piso -1 del Ministerio? Porque no le apetecía mucho tomar aquel café desabrido que servían ahí. Y tampoco había traído nada para comer.

Sus finanzas estaban particularmente malas últimamente y Ric y ella se habían sentado a discutir varias cosas al principio de semana. Habían acordado, entre otras cosas, que cocinarían para varios días para intentar ahorrar. Y eso implicaba saltarse comidas durante el día y llegar a comer al apartamento.

Es decir, no tenía comida para aquella hora del día. Y no tenía dinero para comprar nada.

Con un nudo formándose en sus tripas, Audrey siguió a ciegas a Percy, intentando idear alguna forma para salir de aquel problema. El "no tengo hambre" era su habitual. Decir que tenía una manzana en el bolso, para más tarde.

¿Aceptaría su excusa Percy?

Merlín, Audrey esperaba que sí, se moriría de la vergüenza si...

Darle con la cara a un muro podía ser realmente efectivo para sacar a alguien de sus deprimentes pensamientos. Eso era verdad.

Vergüenza era ir por los pasillos caminando-corriendo sin poner atención a nada y chocar con un muro. Lo bueno era que Percy había logrado tomarla por los hombros y evitar que rebotara hasta el piso. Lo otro bueno, era que no había sido un muro, sino una persona.

El hombre, de unos 50 años había hecho parte del trabajo también, en el proceso de impedir que su trasero tomara nueva residencia en el piso del pasillo del segundo piso del Ministerio. Mientras Percy la empujaba por los hombros hasta una posición vertical, el hombre hacía lo mismo, tirándola de las muñecas, las que al parecer había atrapado cuando ella rebotó contra él con mucho menos que "poca gracia".

Audrey se volvió a acomodar sobre sus propios pies, desasiéndose del agarre del hombre, antes de sonreírle con una disculpa en la punta de la lengua.

Disculpa que no dijo en voz alta, porque entonces notó que aquel hombre, pelirrojo, no la miraba a ella, sino a Percy (igual de pelirrojo), por encima de su hombro.

Mirando de reojo hacia atrás, Audrey notó que Percy, que aún la sujetaba por los hombros, le devolvía la mirada en silencio. Un silencio tan malditamente tenso que Audrey tragó saliva, nerviosa.

Pasaron cinco segundos...y, como ella era pésima para mantener silencios tensos, habló.

-Hola -le dijo Audrey al hombre, ofreciéndole una mano-, soy Audrey Collingwood. Trabajo con Percy, lamento haberlo atropellado.

Percy entonces salió de su Modo Estatua y dio un paso adelante, ubicándose parcialmente entre ella y el otro hombre pelirrojo. Divertida, notó que su compañero de trabajo estaba rojo como una manzana madura.

-Disculpa, disculpa -¿Lo había avergonzado presentándose a sí misma? -, Audrey, te presento a Arthur Weasley. Padre, bueno...ella es Audrey. Trabaja conmigo.

Al parecer, no había mejor forma de hacer reaccionar a un hombre tan estricto como él, que recordarle su falta de modales. Ja.

Arthur le sonrió entonces y ella vio claramente lo parecidos que eran.

-Mis disculpas de nuevo, señor Weasley.

-Con Arthur basta, querida. Y no hace falta disculparse. Fue un choque de poca escala. No hubo heridos ni damnificados, gracias a Merlín.

¡Ah, a Audrey le gustaba aquel hombre!

Riéndose, Audrey se giró a ver a Percy, que la miraba serio como la misma muerte.

-No hacía falta presentaciones, Percy. Era evidente que son padre e hijo. Se parecen mucho.

Percy dejó escapar una mueca, en su expresión estoica.

-¿En lo pelirrojo?

-No, en los ojos felices cuando sonríen.

Las cejas de Percy casi desaparecen tras el cabello que había caído en ondas sobre su frente. Y Arthur Weasley no dijo más, mientras sonreía.

Y el silencio se hizo presente de nuevo.

Audrey odiaba los silencios.


-¿Por qué azul?

Audrey levantó la vista, lejos de la carta de comida del local al que la había llevado Percy y lejos de los precios que ella no podía pagar.

-¿Qué? -preguntó levemente sobresaltada, mirándolo a los ojos.

-Tu cabello. ¿Por qué azul?

-Ah. Ric, mi mejor amigo, es peluquero. Arregla y cambia el color del cabello de la gente -aclaró cuando Percy le puso cara de "qué demonios" -. Intentábamos probar una nueva mezcla para ver cuánto podría durar un color como este en el cabello de una persona. Soy el conejillo de indias. Y, según Ric, el color azul era una buena elección para mí.

-Es cierto, te sienta muy bien.

Audrey tuvo que reír ante eso.

-Percy, dijiste una palabrota de alto nivel cuando me viste entrar por primera vez a la oficina del Ministro.

Percy tuvo la decencia de sonrojarse hasta la raíz del cabello.

-Verdad -dijo aclarándose la garganta -, pero fue la primera impresión. Admite que el color azul es un poco...sorprendente. Pero sí te queda bien. Probablemente a nadie le quede bien el cabello azul, pero...creo que a ti sí. Resalta tus ojos. Creo.

Vaya...

-Eh...gracias, Percy.

-De nada. Ahora, ¿podrías dejar de mirar esa carta y elegir algo? ¿O quieres memorizarla? Yo invito.

¿Ah?

-¿Qué? No...no tienes que-

-Yo invito. Me has ayudado mucho estos días, déjame hacerlo.

-Percy, hoy dormí tres horas y media en tu sofá. Si a eso le llamas ayudar, no creo que...

-¿Ya quieren ordenar?

Audrey miró a la mujer que acababa de aparecer a su lado, como salida de la nada, con libretita y lápiz en mano.

-Un pastel de carne y un refresco de naranja para mí. ¡Ah! y el pastel de manzana para el postre.

Audrey lo miró, avergonzada. ¿Diría algo si sólo pedía agua y una ensaladita? No podía usar su habitual "no tengo hambre" porque de sólo pensar en la comida que había ordenado Percy, le habían sonado las tripas. Tripas traidoras.

-Audrey -le dijo Percy en voz baja, llamando de inmediato su atención -, sólo pide, ¿quieres?

Sus ojos, como siempre cuando le hablaba, eran claros y sinceros.

-Yo...yo quiero la porción de lasaña y un jugo de frambuesa, por favor.

Con movimientos rápidos, Audrey devolvió a la chica la estúpida carta y se quedó callada. Estaba roja como tomate, estaba segura.

-¿Siempre te pones así en las citas?

Ah...um.

-¿Perdón?

-En una cita. ¿Siempre te pones así de nerviosa? -Percy lo estaba pasando de maravilla, era evidente.

-¿Estamos en una cita?

-Sólo estamos tú y yo y te estoy invitando a comer. Yo creo que sí.

Guau. Eso lo hacía su primera cita en...bueno, en mucho tiempo. Y Percy estaba logrando algo por lo que ella tuvo ganas de alzarse sobre la mesa y besarlo ahí mismo. La estaba invitando a comer y a la vez, dándole una salida a su pequeño y ojalá no tan evidente problema de dinero.

-No, la verdad no. Sólo...ha pasado algún tiempo desde mi última cita.

-¿Sí? Digo lo mismo.


Audrey lo estaba pasando de maravilla. Estaba disfrutando su "cita" con Percy como no disfrutaba nada hace mucho tiempo.

Eran más de las siete de la noche y ella y Percy seguían en la pequeña mesita del rincón en la que se habían sentado a almorzar.

Hace más de cinco horas.

Habían comido entre preguntas, respuestas y risas nerviosas en un comienzo. ¿En qué casa estabas en Hogwarts? Ravenclaw. Gryffindor. ¿Cuál era tu materia preferida? Herbología. Encantamientos. ¿Cuál es tu comida favorita? Italiana. La de mi madre. ¿Qué animal es tu patronus? Una mariposa. Una lechuza. ¿Tienes mascota? George Michael, mi gato. Tenía una lechuza, pero ya no.

Luego durante el postre, donde habían compartido el pastel de manzana de Percy y habían pedido café para acompañarlo; habían conversado un poco más de sus vidas. Audrey había mencionado sus empleos, la pastelería a la que renunció y su trabajo nocturno. Percy le había preguntado, acertadamente, si había trabajado hasta tarde el día anterior y Audrey le respondió con la verdad. Le había confesado a Percy, además, que ella y Ric estaban teniendo algunas dificultades financieras, pero que se mantenían optimistas con sus planes de reunir dinero y comprar una propiedad para los dos. Percy la había escuchado con atención y le había contado luego que le gustaría vivir en algún lugar en el campo, con árboles en el patio trasero y donde se pudiera ver el cielo claramente. Audrey, que había cerrado los ojos unos segundos para imaginarlo, le había dicho que eso sonaba como un muy buen lugar para vivir.

Horas después y con una botella de vino tinto abierta en la mesa, seguían hablando de sus vidas. O riéndose de ellas, más bien.

-¿Cuántos novios has tenido?

La pregunta, si debía ser sincera, había tomado algo por sorpresa a Audrey.

-Dos. ¿Y tú?

-¿Novios? Ninguno, pero sí tuve una novia por un par de años.

Audrey se rió abiertamente, antes de tomar un sorbo de su copa.

-¿Qué pasó?

-Penélope y yo llegamos a la misma conclusión. Éramos buenos amigos, pero no estábamos enamorados. O quizá ni siquiera muy buenos amigos, ya no hablamos mucho.

Bueno, aquella sí era una buena razón para terminar una relación.

-Cuéntame de tus novios, Audrey.

-Ay, mejor no.

Percy movió una mano en el aire, como alejando físicamente su pobre respuesta.

-Vamos, yo te conté de la mía.

Carajo.

-No son buenas historias, Percy.

-Casi nunca lo son. Sino, no serían ex-novios, ¿no?

Audrey se apoyó en el respaldo de su silla y lo miró seria. ¿Podría ella contarle esa parte de su vida? Se avergonzaba un poco de aquellos capítulos de su historia. Pero ya había hablado con Percy temas que le avergonzaban un poco y él sólo la había escuchado y había comentado lo que pensaba. Nada más, ni nada menos. No se había burlado hasta el momento.

¿Pensaría menos de ella, si le contaba?

¿Y por qué le importaba lo que pensara Percy de ella?

Un buen par de segundos después, Percy aún no le decía "olvídalo, no es necesario que me digas nada" y seguía mirándola, expectante. Respirando profundo, Audrey tomo una decisión.

-Mi primer novio se llamaba Jeff. Lo conocí el Hogwarts, era de Ravenclaw y era brillante. Solía ayudarme con mis ensayos y a estudiar, fue por eso que comenzamos a hablar y luego a salir. Él, yo y mi mejor amiga Diana éramos algo así como nuestra propia versión de un trío dorado. Salíamos, nos reíamos, nos ayudábamos, nos metíamos en problemas. Éramos inseparables. Hasta que ellos se volvieron demasiado inseparables y, de la nada, no hubo espacio para mí.

-Ouch. ¿Terminó contigo para salir con ella?

-Ja, ojalá. Salía con ella cuando aún era mi novio.

-Estás de broma.

-No lo estoy -le respondió Audrey riéndose -, hasta que un día Diana se puso a llorar de la nada y comenzó a pedirme disculpas, para luego confesar. Era una buena chica, llevaba meses sintiéndose como basura por ir a mis espaldas, pero Mister Ravenclaw era brillante en más de un aspecto y la tenía convencida de que todo saldría horrible si ella abría la boca.

-¿No salió todo horrible? -preguntó Percy, apoyando los brazos en la mesa.

-Para Jeff sí. Hice explotar su mochila con todos los ensayos de fin de año en ella.

-Woah...eres maligna, Audrey.

-Lo sé, lo sé. Y Diana no volvió a ser mi mejor amiga después de eso, pero creo que era para mejor. Ya no podía confiar en ella como lo hacía en un principio.

-Es difícil recuperar confianzas perdidas. Es como ir contra un río, y cuesta arriba.

-Um...un río, ¿eh? Aunque no imposible, ¿sabes? Sólo tendrías que esforzarte y mojarte mucho en el proceso.

Percy la miró fijamente unos segundos, antes de sonreírle ampliamente.

-Tienes razón.


La noche estaba muy fresca y Audrey venía a notarlo sólo cuando estaba en la mitad de la calle, a las ocho de la noche, con sólo un jersey delgado encima.

Percy se había levantado a pagar la cuenta y Audrey había decidido esperarlo afuera.

El cielo estaba despejado, aunque no muchas estrellas eran visibles, como era habitual en aquella parte de la ciudad. Parte de la ciudad que ella conocía bien, porque Percy había elegido, por casualidad, un restaurante que quedaba cerca de su edificio.

-¿Frío?

Audrey saltó un par de centímetros fuera de su piel. Maldición, no lo había escuchado salir.

-No tant-...¿qué haces?

-Te abrigo.

Percy ignoró su protesta muda, cuando intentó evitar que le acomodara sobre los hombros su capa negra y no se detuvo hasta que logró anudarla bajo su barbilla.

-No era necesario, ¿sabes? -le reclamó Audrey, soplando fuera de su cara un mechón de pelo azul, mientras se abrazaba a sí misma bajo la gruesa capa de Percy.

-Sí lo era. Vamos, te acompaño a tu casa.

Percy dio un paso adelante y se quedó esperando a que ella hiciera el siguiente movimiento.

Podría negarse y terminar su "cita" en ese mismo lugar, pero...

-Gracias. Es por acá. De hecho, son sólo tres cuadras.

-¿En serio? Qué fortuna que este fuera mi lugar favorito para comer pastel de carne.

-Qué fortuna, precisamente.

La calle estaba casi vacía, con la excepción de una que otra persona que salía de algún local y cruzaba la calle. Era martes, por lo que el poco movimiento no era tan raro, incluso si estaban en pleno centro de la ciudad.

-¿Qué hay de tu segundo novio?

Audrey lo miró de reojo. Percy había hecho la pregunta sin mirarla. Miraba la luna, de hecho.

A Audrey le hubiese gustado pensar que eran las dos copas de vino que se había tomado, y no la confianza que empezaba a sentir con él, pero infiernos...iba a responder con la verdad.

Volviendo a abrazarse a sí misma y mirando también a la luna, Audrey abrió la boca.

-Se llamaba Matheo. Theo, le decían sus amigos. Lo conocí en un cumpleaños de un amigo de Ric. Muggle. Conversamos casi toda la noche. Se rió con las tonterías que yo decía. Mencionó que le gustaba el color de mi piel, el de mis ojos. Y yo me reí como idiota. Y luego no paré de comportarme como idiota por muchos meses.

-¿A qué te refieres? -Percy ahora la miraba.

-Me preguntó, una semana después de que nos conocimos, si quería ser su novia. Le dije que sí sin siquiera pensarlo. Un mes después, me invitó a vivir con él. Encantada le dije que sí. Estaba tan feliz, Percy. No podía creer que cosas tan espectaculares me estuvieran pasando a mí.

-¿Lo amabas?

-Mucho. ¿Y has oído eso de que el amor nos hace ciegos? Pues es malditamente cierto. Ciega e idiota, eso fui. Al comienzo fueron sólo gritos, y me convencí de que era sólo que Theo tenía un carácter un poco fuerte. Luego comenzaron las burlas. Ya no le gustaba el color de mi piel, decía que parecía constantemente enferma. Ya no le parecía lindo el color de mis ojos. Solía compararlo con el color del barro húmedo. Solía tratar de humillarme en público, mencionaba que estaba "pasada en kilos", que no intentaba verme linda para él. Que me vestía como una anciana -Audrey tragó saliva, y se enfocó en la luna que tenía casi encima -. En la mitad de mi ceguera de imbécil enamorada entendí que era mi culpa, que no estaba haciendo todos los esfuerzos y que era afortunada porque Theo no me había dejado aún. Recuerdo que junté dinero y compré ropa nueva. Ropa interior nueva, más bien. Quería darle una sorpresa. Pero, por supuesto, no me salió muy bien. Theo encontró mi ropa nueva primero y me acusó de engañarlo. Que claramente aquella ropa la usaba con otro hombre. Esa fue la primera vez que me golpeó.

Audrey quiso mirar a Percy, para ver qué cara tenía puesta, pero no lo encontró. Sobresaltada lo buscó y lo encontró un par de pasos tras de ella, quieto y muy, muy serio.

-¿Percy?

Percy sólo se quedó mirándola fijamente y no hizo ademán de moverse, por lo que Audrey se devolvió sobre sus pasos hasta él.

-¿Percy? -volvió a preguntar, esta vez mirándolo a los ojos, hacia arriba debido a la diferencia de estaturas. A esa hora de la noche sus ojos, se veían de un color más similar al gris que al azul habitual. Y ya no estaban tan claros como ella se había acostumbrado a verlos. Ahora había sombras en aquellos ojos de color casi perfecto.

-Lo lamento -susurró Percy.

-¿Qué lamentas?

-No haberte conocido antes. No haber estado ahí para ayudar.

El corazón de Audrey empezó a latir más rápido, notando a la vez que estaban de pie, frente a frente, realmente muy cerca uno del otro.

-No hagas eso. No te hagas responsable de algo así. El único responsable fue él. Me costó notarlo y entenderlo, pero esa es la verdad. Sólo él es responsable de sus actos. Yo de los míos. Tú de los tuyos.

Percy mantuvo el silencio por unos segundos, antes de alzar una mano y acomodar un mechón de cabello azul tras su oreja.

-Lo lamento de todos modos.

Su voz era casi un susurro. Y no era necesario más. Sus caras estaban a sólo centímetros de distancia. Audrey se encontró a si misma abandonando los ojos de Percy, para mirar esta vez su boca. Cuando lo había visto por primera vez, le había parecido que su boca no formaba más que una línea seria. Ahora, viendo tan de cerca sus labios, no pudo sino encontrarlos...atractivos. E invitadores.

-Si eres responsable de tus actos y yo de los míos...

-Hazlo, Percy.

Sin más necesidad de palabras, Percy redujo la distancia entre ellos y la besó suavemente en los labios. Un beso breve, seguido de otro. Seguido de otro no tan breve.

Audrey lo tomó por el cuello, dejando que sus manos se abrieran paso por su cabello, a la vez que Percy se abría paso en su boca.

Percy sabía a vino. Y dulce. Y era perfecto.

Abandonando su boca por un instante, Audrey intentó recuperar la respiración. Y la compostura. Merlín, el hombre daba buenos besos.

Percy apoyó la frente contra la de ella y Audrey volvió a cerrar los ojos, respirando profundo. Concentrándose en todo. En el ruido de la noche de martes en el centro de Londres. En La luz de luna sobre ellos. En el aire frío contra su piel. En Percy, respirando su mismo aire.

-¿Cuál es tu color favorito, Percy? -preguntó en voz baja.

-El azul.

Audrey volvió a besarlo.


Amor para todos ustedes. Si pueden, cuéntenme qué les pareció el capítulo. Besos!