¡Saludos de fin de semana!

Ya está aquí el siguiente capítulo de mi trenza libresca. Anuncio que los escritores están empezando a cobrarse el uso que de sus vidas / obras hago, pues este es el último capítulo que tengo escrito, no tanto por la imaginación como por el trabajo, mucho que escribir ajeno a caballeros... y mi cosmos -llámesele inspiración- empieza a menguar...

No sé cuánto tarde en escribir y subir el siguiente capítulo, pero bueno, disfruten este, donde, sí, de nuevo vamos a necesitar más pañuelos. O chocolate...

SakuraK Li: En atención a ti, hay mucho Aarón en este fragmento. Yo no tomé tanto en cuenta al Dicaprio en El hombre de la máscara de hierro, me gustó muchísimo más Aramís, ¡cómo se veía lindo con el uniforme negro y de cabello largo Jeremy Irons! Malkovich, Gerard, también me encantaron, ¡la escena donde Porthos intenta suicidarse es tan graciosa!, creo que es mi favorita, y la de John Malkovich cuando va a matar al rey, cuando sostiene frente a sí la espada se ve =P

Liluel Azul: Gracias por unirte a la lectura, espero que te agrade esta rareza. Seiya y Hyoga son dos de los ausentes, junto a mi adorado Shun (es que ya lo maté, ya no podía salir... ¡No es cierto, jajaj!)

InatZiggy-Stardust: igualmente, gracias por leer... ¡Aventura hipótesis, por ahí ya dieron con los autores y algunas obras! Al final de este enredo daré mis razones y recomendaciones.

Ahora, de nuevo opyright a Kurumada y Teshirogi, por sus personajes, y a mis amados, bellos, lindohermosos autores por la inspiración (¿si reanudo el ritual de las rosas y el cognac me regresarían la inspiración?, pregunta la autora, y se escucha un "¡Nunca jamás!").

Pasen y lean... Se vale llorar.


7.– Cae la metralla

El ruiseñor cesa de aletear. Aarón abandona el hatillo de plumas junto al espectro de la rosa y se pone en pie.

Algo lo deja paralizado. Las manos húmedas, se aferra a su colgante de estrella imaginando que es una cruz. El niño pone una petición y una plegaria en el centro de las cinco puntas. "Tuyo por siempre", piensa; en este momento le gustaría leer "Te protegeré siempre".

Otro resplandor. ¿Qué es?

Aarón intenta dar un paso, pero sus zapatos, sus piernas, son parte del suelo. Ahora vienen los truenos, un amanecer blanquísimo en la lejanía.

Desde ese estruendo, desde el final de la calle, se acerca una figura pequeña. Aarón, envuelto en el terror negro, de rocas y mármol, no se da cuenta de su presencia hasta que dicha figura pone una mano en su hombro.

–No tengas miedo, ciudadano–, escucha que le dicen. Quizás estén confundiéndolo. La voz continúa. –Son disparos, nada para morirse. Si quieres puedes venir conmigo, conozco un lugar seguro y divertido.

Aarón se deja guiar por quien se dirige a él con tanta familiaridad, como si ambos se conocieran de siempre, desde el orfanato. Lo observa. Es un niño, no muy grande, como él, un hilván de mugre y harapos del que cuelga una sonrisa abierta. Debe tener casi su edad, uno o tres años menos, tal vez. ¿Por qué sonríe, acaso a él no le dan miedo esos resplandores, esos truenos lejanos?

–¿Qué pasa?

Aarón, al fin, parece haber encontrado su lenguaje, su voz, luego de mucho buscarlos mientras caminaba junto a ese niño.

–¿No estuviste en el desfile? ¡Es la revolución!–, el niño parece bastante entusiasmado, tanto, que baila en vez de caminar, y aún sonríe, en tanto Aarón no ha dejado de aferrarse a su colgante. Ojalá lo proteja, ojalá esta noche vuelva a hacerse día y lo claro se lleve los truenos que por momentos se hacen más esporádicos.

Los niños recorren varias calles. Aarón en silencio, su reciente amigo hablando acerca de conseguir un rifle, de la necesidad de balas, del espía en la barricada y de cómo él lo descubrió y les advirtió a los estudiantes.

–Párate, aquí es–, el niño lo detiene por un hombro, Aarón parpadea; sólo ve una garganta negra. –Ve con Enjolras, dile que Gavroche te trajo y que cumpliré su encargo.

Aarón se queda en silencio, asido a su estrella gris y a sus ruegos. No ha escuchado nada, murmullos, quizá, y cuando voltea, está solo. Quién sabe si su amigo no era sino un fantasma con algo pendiente manteniéndolo atado al mundo de quienes respiran. Sin hacer mucho caso del golpeteo al interior de su pecho, el niño rubio camina hasta el fondo del callejón.

Aquí son más intensos los estruendos, casi cegadoras las explosiones. Aarón llega a escuchar alguna orden de retirada, de esperar hasta ver el rostro del enemigo para evitar el desperdicio de balas, pocas de por sí. Un joven rubio le cierra el paso.

–Gavroche…–, susurra, como si las frases del probable fantasma se hubieran guardado en su cerebro aun sin haberlas escuchado, sin comprenderlas.

–Ese niño… Adelante, ven. Tiemblas como un ruiseñor moribundo.

De repente se encuentra sentado a una mesa con la pata coja, ante un pocillo despostillado que desprende un aroma suave, un vapor tibio. Aarón deja de acariciar la estrella gris que lleva al cuello, la cadena, y rodea la bebida con ambas manos. Pobre, está temblando de frío, escucha, no estaba cerca del desfile, no sabía del levantamiento, míralo, no es frío sino miedo... Son dos mujeres que se refieren a él.

Un poco más allá, junto a un poste, un hombre atado recita siete palabras una y otra vez. Aprieta la mandíbula.

–Amigo, el ratón ha cogido al gato… Amigo…

Aarón lo adivina, esa frase nada más puede ser de quien lo guió hasta aquí. Lo imagina con los ojos en alto y la sonrisa que vuelve polvo de estrellas la suciedad de su rostro. El ratón venció al gato; el gato es ese hombre de espalda apoyada en la columna, ¿y el ratón? ¿Gavroche?

El camino de la noche a la madrugada parece tener unas veinte horas de largo para Aarón. Ha permanecido en silencio desde que llegó, sentado en la silla, viendo cómo sombras entran y salen, escuchando los disparos y las órdenes a ambos lados de la barricada, siempre evitando la mirada del hombre de la columna. Parece una estatua, lo ve como una de esas piedras cargada de siglos que, a veces, han desenterrado en alguna propiedad al momento de construir una ampliación del granero.

La entrada de Gavroche parece acelerar el paso de los relojes. ¿Qué hace aquí?, murmura el joven rubio, el ceño fruncido, lo alejé para salvarlo y regresa.

–Mi parte, camarada–, dice el niño, dirige al joven el saludo de los militares –no hay revolución más que en unas cuantas calles.

El rubio, Enjolras, el líder de la barricada, retrocede hacia el espía atado en la columna, choca con esa mirada de granito.

–Serás ejecutado un minuto antes de caer la barricada…

–¡Oh, y caerá!, de eso puedes estar seguro–, lo interrumpe el hombre.

Aarón observa a Gavroche. Cómo le gustaría tener las campanas que ese niño lleva por alma. Entusiasmarse al recibir un fusil, correr hacia afuera, hacia los disparos de los soldados, como si estuviera dirigiéndose al campo de juegos. En cambio sigue temblando… También le gustaría que los hombres se alejaran de las armas y hablaran para resolver sus problemas. Pero esta noche llena de truenos jamás les permitiría hacer eso. Y la mirada del prisionero. No aguanta, no puede. Quiere salir de allí.

Se levanta de la silla. Camino de la entrada voltea hacia atrás: los jóvenes se mueven de un lado a otro, hay heridos, manos que cargan fusiles con el escaso parque. Es para llenar el tiempo, piensa, una lágrima. Y no sabe qué es peor, si asesinar a pinceladas o a balazos. Pero es más grave hacerlo sin motivo, como pasó con el venado del bosque.

No merece estar ahí. No tiene derecho ni al café ni a la protección del local de sillas rotas y mesas cojas ni a la compañía de Gavroche y Enjolras. Debiera estar junto a la estatua, atado a la columna, en arresto, igual que ella.

–¡Agáchate, ciudadano!

La orden, o el instinto, lo hacen meter la cabeza entre ambos brazos, formar un ovillo en el suelo con su cuerpo, pegarse al dintel de la puerta. Los disparos llenan la oscuridad, las nubes de pólvora le impiden respirar. Carraspea.

–Retírense, o hago saltar la barricada–, escucha Aarón. Desde el hueco de sus brazos alcanza a ver una silueta fina, oscura junto a una antorcha. La respuesta a la amenaza no tarda:

–¡Tú saltarás también!

–¡Y yo también!

La voz golpea los trozos de madera, las baldosas que componen la defensa, la bandera roja. El que habla lo hace en serio.

–¡Mario Pontmercy!

–¡La barricada está libre!

Aarón no puede evitar sonreír; los saludos, la momentánea alegría. Por ahora el joven rubio y sus amigos siguen respirando, como los de más allá. Sería bueno que nadie muriera, dice para sí…

El recién llegado interrumpe sus pensamientos. Es tan joven como el rubio, tiene los cabellos negros, el traje polvoso y la mirada triste. Hay una sombra aposentada en sus sienes. Habría cumplido su amenaza sin dudar, Aarón lo sabe.

En tanto Mario va al fondo del improvisado cuartel, antes un café, Aarón llega hasta donde Gavroche limpia el cañón de su rifle. Cuando va a preguntarle por qué está aquí, si de verdad no tiene miedo, si su familia no está preocupada por él, si le gustan las pinturas, si sabe dibujar, alguien pide ayuda.

Aarón voltea y alcanza a ver a Mario. Tiene a otro muchacho entre los brazos, alguien de cara tan sucia como la de Gavroche. Está herido, llora, toma la mano de Mario. Aarón decide no quedarse ahí. Preguntar por vendas o buscarlas llevaría tiempo, y el muchacho no lo tiene, por lo que rasga el dobladillo de su túnica y se acerca a los dos jóvenes con la tira en la mano. Es tarde: Mario pone un beso en la frente del otro y aprieta un sobre con un nombre puesto en medio, como por olvido. Aarón cierra los ojos del muerto. Sus labios finos, su pecho, el cabello largo, hecho una maraña dentro de la gorra; era una chica vestida de hombre. El niño vuelve a pensar en el venado; si por lo menos le hubiera cerrado los párpados…

El tiempo, sin la influencia de Gavroche, Mario y la joven muerta, con el silencio rondando la barricada, vuelve a hacerse largo.


Por momentos el estruendo cierra la boca. Tenma, el temblor en los dedos y una gota deslizándose desde su sien derecha, avanza pegado a los muros. La vista un poco más adelantada a sus pasos, aunque no tanto como quisiera, lo suficiente para adivinar sombras a la vuelta de la esquina, para indicarle cuándo detenerse y cuándo apretar el paso.

De pronto, un grupo de soldados. Los ojos de Tenma, distraídos por un segundo en contar las numerosas manchas casi púrpuras entre las piedras, le arrojan a la cara el grupo de uniformes azules y rojos, la selva de cañones brillantes, negros bajo la mañana.

Tenma, por instinto, pega todavía más el cuerpo a la pared y se pone en cuclillas. Se cubre la boca para no gritar: delante de esos cañones, paralelos a la calle, un niño todo harapos y cantos, de canasta en el brazo, revisa cadáveres.

Escucha la orden de disparar.

Hay más de un estruendo. Saltan chispas a un lado de los pies del niño, calzados de cuero roto y agujetas sucias, en las piedras, en los cuerpos tendidos –soldados muertos en el enfrentamiento nocturno de la barricada–, sobre la estructura delante del antiguo café. Nada. El blanco se mueve, ríe, agita los brazos, desaparece, incluso tiene voz para seguir cantando.

¿Qué lugar es este donde ejecutan a los niños?, piensa Tenma, y recuerda al hombre que lo sorprendió con el saco de su amigo, bajo la nevada. Sus facciones empiezan a parecer neblina deshilachándose. ¿De verdad se hubiera atrevido a matarlo, como intenta este pelotón con el niño? Tal vez no, se dice, en tanto los soldados siguen fallando.

–La alegría es mi ser / por culpa de Voltaire. / si tan pobre soy yo / la culpa es de Rousseau–, entona el sentenciado casi a gritos, de cara a los hombres que continúan disparándole. Una bala va a estrellarse en un pecho ya vacío de latidos. El niño se queja:

–¡Diablos, me matan a mis muertos!–, y enseña la lengua, y guiña el ojo izquierdo, y ríe. Y vuelve a buscar.

Una cabeza rubia asoma sobre la barricada. Es pequeña, los párpados enrojecidos de llanto, la boca abierta y muda. Niega, se apoya en dos manos entrelazadas. En sus pupilas azules hay un doble del niño que ahora empieza a elogiar la excelente puntería del pelotón. Ese doble no sabe cantar, en cambio grita, suplica, no más, por favor, no sigan disparando. Atrás, los estudiantes, un hombre de edad, fornido y al parecer muy alto, repiten la súplica que tiene en los ojos el niño rubio de adelante.

Al final, junto con el último disparo, estalla el grito al centro de aquella cabeza rubia:

–¡Noooooooooooooooooo! ¡Deténganse, noooooooooooooooooooooo! ¡Gavroooooooooche!

El desgarrón la deja tan exhausta que va a esconderse, a buscar aliento entre las manos ahora separadas. La última palabra, el nombre del niño, se traga cualquier sonido antes de emitirse. El mundo, silencioso, ve cómo el cuerpo de Gavroche se disuelve en un movimiento hacia atrás, cómo su cabeza reposa sobre las piedras. No alcanza a escuchar sus últimas palabras: "Si acabo de caer… la… culpa es de… Volt…" De entre sus dedos arqueados escapan un par de balas, municiones que recuperó para la causa de la barricada porque a sus dueños, muertos igual que él ahora, no les servían más que para hacer mayor el peso que debían cargar dentro de la caja sus deudos.

–Gavroche–, susurra Tenma. Aguanta las lágrimas. ¿Qué hizo? No robar, por lo menos no para su provecho. Los ojos azules del niño de la barricada lo interrumpen. Se parece tanto a Aarón… ¿Cómo estará en la cabaña? Ojalá ya no nieve.

Si pudiera leer los pensamientos de los demás, le asombraría encontrarse con palabras casi idénticas a las suyas en la mente del niño rubio:

–Se parece mucho a Tenma, ¿cómo estará, cuánto faltará para que logre su armadura?


...continuará...

...sin palabras... qué cruel...