─Buenas noches, Milord ─saludó Bates, recibiendo su abrigo─. Llega usted temprano.
─Buenas noches, Bates ─respondió William, pasando por alto el inapropiado comentario respecto a su regreso, y luego se encaminó a la biblioteca; sin embargo, las palabras del hombre a cargo del servicio frenaron sus pasos:
─Disculpe, Milord, la señora Bates quiere saber si tiene su permiso para salir al vestíbulo cuando Milady y la señorita Candy regresen.
Muy a su pesar, William observó, perplejo, al mayordomo. Comprendía la inquietud de la señora Bates, pero su requerimiento le parecía un poco exagerado ¡Por Dios! ¡Él no era un estirado inglés que se molestara por una medida fuera de protocolo! Sobre todo porque entendía que tal acción era propiciada, evidentemente, por el afecto que Candy le inspiraba a la esposa de Bates.
─No hay ningún problema, Bates ─respondió con cortesía─; aunque le sugiero que la señora permanezca en cama hasta cerca de las dos. Candy y Lady Townstead no regresarán antes de esa hora ─observó, complacido, el brillo que apareció en los ojos del hombre y agregó, para que no hubiera ninguna duda─: El baile ha sido un éxito.
─Gracias, señor ─el mayordomo hizo una profunda reverencia, sin poder evitar que una sonrisa de alegría transformara su arrugado rostro─. Le diré a la señora Bates. Ha estado muy ansiosa.
William sonrió, muy a su pesar, mientras observaba alejarse al hombre que había gobernado la casa Ardley en Edimburgo casi desde que él naciera. Bates y su esposa habían sido parte de la familia durante toda su vida en lo que a él se refería; por eso, le resultaba tremendamente exasperante que el matrimonio se mostrara ahora inconcebiblemente formal respecto a él. Tal comportamiento lo intrigaba, pues estaba seguro que jamás había dado motivos para que le trataran así.
No podía ser su posición, supuso; ya que Bates era una de las pocas personas que le conocían desde la cuna y, por ende, estaba enterado desde el principio de su identidad como jefe del clan Ardley; y tampoco podía deberse a la presencia de Candy, puesto que le habían tomado profundo aprecio nada más conocerla. Y sobre Lady Townstead ni siquiera tenía que pensarlo, ya que la anciana dama y la pareja tenían una historia muy interesante en común.
Tras analizar otras posibilidades menos importantes concluyó, con un suspiro de evidente y exasperado enfado, que, con toda seguridad, la respuesta empezaba y terminaba con Aloy: no existía en este mundo otra persona más proclive a inmiscuirse en sus asuntos y arruinarle los buenos momentos. Así había sido siempre, desde que recordara. Aunque apreciaba a su tía abuela, tenía que aceptar que su visión del mundo y la humanidad difería enormemente de la suya.
Muy a su pesar, se preguntó si la anciana se encontraría mejor. Aloy se había negado terminantemente a asistir al baile en Bute House y había optado por permanecer en casa, pretextando dolores de artritis. Resultaba vergonzosamente obvio para todos los habitantes de la casa, que prefería perderse un evento de alta categoría a verse obligada a aceptar la compañía de Candy.
Pensando en Candy, William se dijo que estaría eternamente en deuda con Lady Townstead por encargarse de dirigirla durante la Pequeña Estación. La anciana viuda de Lord Townstead era toda una personalidad que, desde tiempo atrás, él recordaba como una digna oponente de Aloy; además, ella y Candy se llevaban a las mil maravillas, para sorpresa incluso del mismísimo Bates, quien había albergado serias dudas respecto a ello, sobre todo después del penoso incidente del estudio.
William no pudo evitar una amplia sonrisa al recordar el aterrizaje forzado de Lady Townstead sobre la alfombra y la expresión furiosa de la anciana ante su provocación. Estaba seguro que George no lo creería si se lo contaba. Ni siquiera los Bates daban crédito aún, al hecho de que la viuda hubiera encontrado tremendamente gracioso el incidente en vez de enfadarse y salir de ahí dispuesta a no regresar. Sin embargo, a diferencia de los Bates, William comprendía que la dama estaba ya bajo el influjo de la extraordinaria magia de Candy. Así de simple.
William pensó en George, quien se encontraba en el continente en esos momentos, arriesgando la vida mientras llevaba a cabo investigaciones altamente confidenciales y negociaba, en su nombre, algunos contratos importantes. Nunca como esa noche, echaba en falta su compañía. Necesitaba con desesperación confirmar que no se había equivocado de principio a fin. Deseaba hablar con alguien respecto a lo sucedido en el baile, y sabía que ni siquiera los Bates, pese a la enorme confianza que les tenía, eran una opción.
Al pensar en el mayordomo y su esposa tomó una decisión y volvió sobre sus pasos, dirigiéndose a las cocinas. Sabía que los Bates estarían allí, quizá frente a un chocolate caliente y pan recién horneado. El ama de llaves tenía el curioso hábito de dedicarse a hornear en horas poco comúnes, según estuviera preocupada por algo, o emocionada. Y William no dudaba, que toda la servidumbre había cruzado los dedos esa noche, al ver partir a Candy hacia su primer baile.
Mientras caminaba con calma por los pasillos de la enorme mansión, vino a su memoria una anécdota que Bates le contara sobre el primer baile formal ofrecido por su madre. Lady Arwick había sufrido un percance un par de días antes de la fecha y, dado que su lesión le impedía caminar para supervisar personalmente los preparativos, Bates, con toda su buena fe, improvisó una plataforma móvil para poder transportarla por toda la mansión; sin embargo, su padre no consintió en semejante locura y, en vez de eso, él mismo la llevó en brazos a recorrer todas las habitaciones para que diera su aprobación a cada detalle. La noche del baile, su madre había descendido por la escalinata principal esforzándose por lucir totalmente recuperada, ante las orgullosas miradas de todos los sirvientes, quienes le habían obsequiado un cariñoso homenaje dejando caer desde la planta alta pétalos de rosa.
Una sonrisa asomó a los labios masculinos, confiriéndole una expresión de extrema ternura al rostro de William, mientras recordaba que esa noche Candy había descendido esa misma escalinata como toda una princesa. Hasta ese momento no había tenido nunca la oportunidad de corroborar la experiencia que su sobrino Anthony le había relatado profusamente en su última carta: "me recordó tanto a mamá..."
Candy había aparecido en lo alto de la escalera, hermosa en su vestido blanco y luciendo orgullosa el original tocado que él comprara para ella durante su último viaje a Sudamérica. Aunque no habían lanzado pétalos de rosa, todos los miembros del personal habían atestiguado su partida formados en la planta baja, atiborrando el amplio vestíbulo con su presencia y sus buenos deseos. En aquel momento él tuvo la sensación de que el tiempo no existía y pudo sentir que los corazones de todos los presentes latían con la misma emoción que el suyo al contemplar la belleza de la joven; una belleza que, bien lo sabían, era mucho más intensa en el interior, que en el exterior.
Suspirando audiblemente pensó, deprimido, que era hora de reconocer, al menos para sí mismo, que hacía ya mucho tiempo que Candy White había dejado de ser para él la visión de Rosemary y se había convertido en algo mucho más caro y preciado. Algo tan real, que dolía pensar que pudiera llegar a ser tan sólo un recuerdo.
Sin dudarlo, ingresó en el recinto sagrado de la señora Bates. La estancia contigua a las cocinas donde el ama de llaves tomaba diariamente sus alimentos. Sin embargo, la pareja no se encontraba ahí. Un tanto desilusionado, se encaminó hasta la puerta siguiente y, al escuchar voces, comprendió que no sólo los Bates se encontraban despiertos, sino que también el resto de los sirvientes los acompañaban; sin duda aguardando noticias sobre el baile.
Curioso era, pensó, que Candy entre todas las mujeres Ardley, tuviera la capacidad para impactar a la servidumbre a un nivel que tal vez únicamente su madre había conseguido. En América había sido diferente: él podía recordar cada uno de los comentarios malintencionados que escuchara furtivamente de tiempo en tiempo entre los criados y las doncellas. Había supuesto que en casa sería peor, dado el protocolo y el rancio instinto del personal acostumbrado a diferenciar rígidamente los estratos sociales; sin embargo, se había equivocado. Su gente ya amaba incondicionalmente a Candy y, para sorpresa de él mismo, pese a conocer su particular historia le otorgaba sin reservas el trato reservado para una dama de noble cuna.
William recordó la tarde del domingo anterior, cuando sorprendió a Candy elaborando los pastelillos para el té, mientras la señora Bates se esforzaba por cubrir a las dos ayudantes que faltaban en las cocinas. Tenía que reconocer que, por primera vez, se había sentido excluído de su propia casa, pues parecía que la servidumbre congeniaba con Candy, pero se distanciaba de él. Ninguno le había comentado nada sobre el despido de una de las ayudantes. Más tarde, al interrogar a Bates, comprendió que había sido una cuestión de principios para el ama de llaves, puesto que las doncellas en cuestión, desde su punto de vista, le habían faltado al respeto a Candy, y eso era inadmisible.
Inmerso en sus reflexiones, permaneció inmóvil frente a la puerta, sin atreverse a interrumpir en un ambiente que ya no le correspondía. Un sentimiento cálido se expandió desde su corazón a todo su ser al comprender, a la luz de esos dos episodios, lo importante que Candy se había vuelto para el personal.
─¡Se v'ía tan bonita! ─excuchó que decía uno de los mozos, a quien pudo indentificar como Jason, el ayudante en las caballerizas.
─Ya perdí la cuenta de las veces que has dicho eso, Jason ─bromeó una de las doncellas; sin duda se trataba de la prima del niño.
─¡Deja en paz al chico! ─interrumpió el jardinero, de buen humor─, que si él no lo dice lo diré yo ¡Sí s'ñor! La señorita Candy será la más bonita del baile. ¡Si'sta l'amo William se quedó c'n la boc'abierta!
Eso no podía refutarlo, pensó William, esbozando una semi-sonrisa. En su interior, se agitó una emoción desconocida que ahuyentó un poco de la inquietud que le hizo abandonar el baile a temprana hora.
Recordó las palabras de Sir Wayne y de Hamish y no pudo evitar perderse de nuevo en ese extraño sentimiento de desolación que se apoderó de él al comprender que, si bien no en esta noche, Candy al final habría de alejarse de su lado. Lo iba a dejar para correr a los brazos de cualquier otro hombre. El momento se acercaba cada vez más y él no estaba preparado para ello. No estaba preparado para la soledad en que lo sumergiría su partida.
─¡Discúlpeme, Milord! ¡No sabía que estaba usted aquí! ─la consternada voz de la señora Bates cuando lo descubrió al abrir la puerta, lo sacó de sus reflexiones. Automáticamente se llevó un dedo a los labios, pidiéndole de esa manera que no revelara su presencia al resto de la servidumbre.
─Estaré en la biblioteca, señora Bates ─dijo en voz baja y se dirigió a la salida ante la extrañada mirada del ama de llaves. Sin embargo, antes de alcanzar su destino recordó algo importante; algo que había olvidado por completo gracias a las tonterías de Hamish y Sir Wayne: su promesa de bailar con Candy la última pieza de la noche.
─¿Sucede algo, Milord? ─inquirió la señora Bates, notando su repentina preocupación.
─En realidad iba a pedirle que enviara a Kingsley a mi despacho, si es tan amable ─dijo, pensando de pronto en una idea muy especial.
─¡A Kingsley! ─exclamó asustada la mujer, revelándole cuán insual era su petición; y en verdad era extraño que solicitara entrevistarse con el jardinero a esa hora.
─Por favor, señora Bates. Sé que está despierto porque acabo de escuchar su voz. ¡Ah! y también envíeme un poco de ese pan recién horneado. Me perdí la cena.
─Por supuesto Milord ─la mujer se dispuso a regresar a la cocina, pero la interrumpió la voz de William.
─Señora Bates...
─¿Si, Milord? ─respondió el ama de llaves con solicitud.
─Gracias por querer tanto a Candy.
─Eso es algo que no cuesta esfuerzo, Milord ─dijo la mujer con una sonrisa llena de ternura─. Ella es tan buena persona como lo era la señora madre de usted; que Dios la tenga en su santa gloria.
Él sólo pudo asentir, dado que no sabía qué responder a eso y la emoción lo dominaba. Sin decir palabra, salió de la habitación del ama de llaves; seguro de que, esa noche había sido extraordinaria. Al menos para él.
