Capítulo 7
—¿Más flores? —preguntó Maria, inclinándose sobre el jarrón lleno de margaritas y rosas color rojo anaranjado para inspirar el perfume.
—Uh-huh —dijo Candy, fingiendo interés en el informe que estaba terminando—. Llévalas a la mesa de informes. Alegrarán el lugar.
—Y él volverá otra vez y pensará que no te gustaron.
—No quiero flores de él.
Maria atrapó la nota situada entre las flores, leyéndola en vos alta.
—Lo siento. ¿Cuántas veces lo ha dicho?
—No llevo la cuenta —mintió Candy—. Lo creeré cuando lo diga en serio.
Maria cloqueó.
—Eres una mujer dura, Candy White.
Candy sonrió. No lo era. No realmente. Había descubierto que tenía un corazón grande y estúpido cuando llegó el primer ramo y rompió a llorar.
—Deja de vegetar, muchacha. Anthony ya tiene las manos llenas con los problemas en el parque.
—¿En serio? —dijo Candy, escribiendo SAVE y cerrando. Metió la mano en el cajón por la radio—. Olvidé encenderla.
—Te está esperando en el Mesquite Camping Ground. Dijo algo acerca de un pendenciero partidario de las fiestas y de encontrar algo interesante.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—Lo hice, pero estabas lejos, soñando. Tienen que haber sido las flores.
—Ya te dije. No me importan las flores.
—No, pero no puedes decir lo mismo del hombre que las envió. ¿Puedes? —dijo sonriendo.
Candy frunció el ceño, pero no pudo mantener la expresión por mucho tiempo. Los labios le temblaron con una sonrisa.
—Te veré más tarde, Maria. —Agregó en tono seco—. Mejor ir al rescate de Anthony.
—Sacó las llaves del escritorio y se dirigió al vehículo, ansiosa por salir al sol y lejos de los guiños maliciosos y digresiones que había estado recibiendo del resto del personal del parque una vez que las flores habían comenzado a llegar.
Terry no había faltado a enviarle algo hermoso para saludarla cada mañana durante la última semana.
No que ella pensase por un minuto que reconciliarse sería un suave paseo una vez que devolvió las muchas invitaciones que él había enviado.
Había pinchado el cuero bruñido de Terry, penetrando profundo… aunque sabía que él no se había esforzado por luchar contra la atracción que estalló caliente entre ellos como yesca seca en un incendio forestal.
Que ella ejerciera ese tipo de poder sobre un hombre tan poderoso y masculino la emocionaba hasta la médula. No es que le facilitase trabajar el camino de regreso a sus favores y a su cama. El hombre merecía preguntarte si alguna vez lo perdonaría.
Sin embargo, las defensas lentamente se desmoronaban, más bien como esa cornisa en que se había encontrado encaramada. No estaba segura si duraría otro día.
Encontró a Anthony, parado al borde de la carretera, haciéndole gestos con las manos.
—He oído que tienes las manos llenas —gritó cuando se bajó.
—Sip. ¿Qué te llevó tanto tiempo? ¿Soñar con rosas? —gruñó Anthony, seguido de una sonrisa rápida que le marcó hoyuelos en las mejillas.
Candy lo fulminó con la mirada, pero se echó a reír.
—¿Qué tienes?
—Una fiesta fuera de control, que manejaré, pero tengo algo más, que es apropiado para ti.
Candy levantó la ceja y lo siguió por el camino de herradura. Un agujero recientemente cavado estaba colocado en el centro. Una pala y una caja de plástico colocado junto a él.
—Lo encontré justo así. Se ve reciente.
Otra caja de explosivos. Candy se arrodilló al lado de la caja y levantó la tapa. En el interior había una hoja doblada con una serie de coordenadas y una brillante brújula que el GPS de excursionistas, al lado de ella, requería.
Anthony carraspeó.
Ella levantó la vista mientras él sacaba una pequeña caja de plástico de su bolsillo y se la entregaba.
—Tu misión, si decides aceptarla, agente White, es encontrar el siguiente premio.
Tomándola, Candy echó un vistazo al GPS y a la nota que sostenía y luego miró la expresión divertida de Anthony.
—¿Qué está pasando aquí?
—¿Dónde crees que te llevarán estas coordenadas?
Candy las introdujo en el rastreador y señaló hacia el borde norte. El punto de luz en el mapa topográfico dentro de la pantalla de la pequeña computadora parecía como si estuviera justo en el medio de la propiedad de Terry Grandchester.
—Pensé que te podría gustar quedarte con esto —dijo Anthony con un guiño.
Candy se levantó de la tierra, mirándolo con desconfianza. Algo se estaba cociendo.
—Está fuera de la propiedad del parque. ¿Por qué debería?
Anthony puso los ojos en blanco.
—Dale al muchacho un descanso —dijo—. Sigue el rastro.
Candy se embolsó el rastreador.
—Está bien. Voy a morder. Me pondré en contacto contigo más tarde.
—Hazlo. Buena suerte.
Candy miró por encima del hombro cuando se volvió y vio la enorme sonrisa que rápidamente se borró del rostro de su amigo. Definitivamente, algo estaba marchando, sin embargo luchó contra la vertiginosa ráfaga de esperanza que selevantó en su interior al pensar en qué, o quién la estaría esperando al final del sendero.
¿No lo sabía?, las coordenadas la llevaban directamente de vuelta a la alambrada cortada que ella había visto antes de que Terry la sacara a la rastra para un poco de placer vespertino.
Aparcó debajo del árbol de mezquite y apagó el motor, luego se abrió paso a través de la alambrada y hacia la seca hierba al borde del arroyo. Siguió el punto de luz hacia un recodo en el fondo del arroyo y miró a su alrededor.
Ningún revelador montículo de tierra estaba en las cercanías y ningún ranchero sexy la esperaba en el lugar. Pensando que había sido el blanco de una broma de mal gusto, se volvió para regresar a la camioneta y encontró a Terry de pie en medio del sendero detrás de ella.
Su corazón dio un vuelco en el pecho. Levantó el GPS y la nota.
—¿Idea tuya?
Terry negó con la cabeza.
—De Maria. Fue la mejor de alrededor de una docena de ellas. Estaba desilusionada porque no me ajuste a su plan de resucitar la antigua costumbre comanche del secuestro. —Los labios de Terry se curvaron en una lamentable sonrisa, que se desvaneció rápidamente cuando ella no la devolvió.
—¿Ustedes dos han estado conspirando? —dijo, manteniendo el tono parejo—. ¿Por qué?
—No me devolvías las llamadas.
—Tal vez no estaba dispuesta a hablar contigo.
El pecho de Terry se levantó, luego cayó. La luz se opacó en sus ojos.
—Supongo que esto fue una mala idea. —Concluyo desviando la mirada—. ¿Te han gustado las flores?
Candy inclinó el mentón.
—¿A qué chica no le gustarían?
Arqueó una ceja . Los ojos regresaron para trabarse con los de ella.
—Me refiero a lo que escribí en cada tarjeta.
La profunda trama de la voz y la necesidad evidente en las tensas facciones la convencieron. Una espiral de tensión, un delicioso indicio de expectativa se desplegó dentro de ella.
—Disculpa aceptada.
Tragó saliva y se acercó un paso.
—Archie se ha ido.
—¿Sería cruel si digo que me alegro? No sabía cómo iba a mirarlo a los ojos a plena luz del día.
Candy susurro suave.
—Espero no se haya ido por mucho tiempo.
—¿Eso es un problema?
—Depende si puedes mirarlo a él y a mí y no volverte un cavernícola.
La boca de Terry se crispó.
—Ver que me miras así es todo lo que quiero.
—¿Así cómo? —dijo sin aliento.
Sus manos se cerraron alrededor de los brazos de Candy y la atrajo hacia él.
—Como si no pudieras esperar ni un segundo más para tenerme deslizándome dentro de ti.
Candy acurrucó las caderas más cerca y Terry separó más las piernas. Su polla se endureció contra el bajo vientre de ella.
—A pesar de todo este lugar no es el ideal —susurró—. ¿No pudiste haber colocado las coordenadas de tu dormitorio?
—No te quería corriendo en otra dirección.
Candy cerró los ojos y recostó la mejilla contra el hombro de Terry.
—He terminado de correr. He terminado de luchar, al menos que ambos lo disfrutemos.
El pecho de Terry tembló.
—Siempre ganaré. Soy más grande que tú.
—Soy más mala, pero te dejaré ganar.
Los brazos se deslizaron lentamente hasta rodear la cintura de Candy.
—¿Por qué te gusta estar a mi merced? —preguntó, la mejilla acariciándole el cabello.
—Me gusta estar completamente accesible. Vulnerable. Tal vez incluso un poco temerosa.
—Jamás te lastimaré de nuevo.
—No hagas promesas que no te permitiré mantener.
—¿Te gusta ser zurrada?
—Una certera bofetada puede ser muy… inspiradora.
—¿La camioneta?
Levantó la cabeza y arrugó la nariz.
—Simplemente no quemaría mi culo tan pronto otra vez.
—¿Vienes a casa conmigo ahora?
Ella sonrió, luego gimió y asentó la frente contra el pecho de Terry.
—No puedo. Estoy de servicio. Simplemente no puedo ausentarme.
—Estás cubierta.
Inclinó la cabeza hacia atrás para disfrutar de la maliciosa sonrisa que le curvaba los labios firmes.
—¿Maria?
—Ella ha colocado una tapadera. Te fuiste a casa enferma. Te atrapó vomitando en el retrete.
Los ojos de Candy se ampliaron y le dio un puñetazo en el brazo.
—Todos van a pensar que estoy embarazada.
—¿Es una posibilidad?
La boca de Candy se abrió para negarlo, pero entonces recordó.
—No usaste condón. No estoy tomando la píldora.
Se encogió de hombros.
—Estoy sano.
—Yo también.
—¿Sería tan malo?
—Depende.
—Siempre estás moderando tus respuestas. ¿Lo sería?
—Depende de cómo te sentirías al respecto. Odiaría hacer que Maria parezca una mentirosa. Una dulce señora mayor como ella. —Candy sonrió, relajándose cuando las manos de Terry se movieron desde su cintura para rodearle las mejillas. Se levantó en puntas de pie para encontrarse con su beso—. Necesito una jodida escalera —murmuró cuando la boca de Terry se levantó de la de ella.
—No cuando estamos horizontales, cariño.
Candy sonrió, sintiendo la vista un poco empañada y tratando de no dejarle descifrar la profunda satisfacción que sentía estando de pie dentro de su abrazo. No estaba dispuesta a darle todo lo que exigía… no todavía. Y no porque no hubiera pagado por lastimarla. Ella había hecho su parte de daño al corazón y al orgullo de Terry.
Quería saborear el recorrido. Ni en un millón de años pudo imaginar querer a un hombre tan ferozmente.
Si todo lo que hubiera sentido fuera una fuerte atracción, podría haberle sacado partido por el puro placer y marcharse. Pero no había tenido prevista la persecución implacable de Terry, que la había divertido y desconcertado. Había aterrizado duro en una pendiente resbaladiza y se había acercado peligrosamente a perder todo.
Cuando Terry se dobló para capturarle sus labios de nuevo, se aferró de sus hombros y se levantó para encontrarlo a medio camino. Había pensado que escalar los acantilados era la máxima emoción, pero reclamar el corazón de Terry simplemente podría resultar la mayor alegría.
Terry presionó las manos de Candy en la almohada debajo de la cabeza y se echó hacia atrás, barriendo el cuerpo desnudo con una mirada posesiva.
—Todo mío —susurró, dejando caer un beso en un pezón rosa pálido.
—Para hacer lo que quieras —aceptó Candy, dejando que el cabello de Terry se le filtrara a través de los dedos.
Acarició con la nariz el costado del redondeado pecho.
—He sido un hijo de puta.
—Uh-huh.
—Simplemente caigo en la cuenta de que nunca los besé —dijo, zambulléndose otra vez para reclamar una apretada punta.
Candy gimió y levantó un muslo para montarle la cadera.
Él captó la indirecta y se acercó, soltando el pezón y pasando rápidamente arriba hasta que su cara se sostuvo por encima de la de ella.
Se besaron en una lenta y dulce fusión de labios. Cuando se separaron para tomar aire, él ya estaba azuzándola entre los resbaladizos pliegues. La mirada de Candy se aferró a la de Terry. Confianza, placer y un anhelo conmovedor se reflejaban en los ojos húmedos y verdes y en los suaves labios entreabiertos.
El calor llenó el pecho de Terry. Le rodeó la cara y apoyó la frente contra la de ella.
—Te amo, Candy.
—También te amo. —Sonrió, la humedad de los ojos vertiéndose por los cabellos rubios.
Las caderas de Candy ondularon, levantándose para facilitarle la entrada. El calor líquido le rodeó la polla y comenzó a moverse dentro de ella.
Candy suspiró y lo rodeó con las piernas, luego deslizó los brazos por debajo de él para rasguñar con los dedos su columna vertebral.
Terry se estremeció. El momento era perfecto. Presionando contra la piel suave y cálida, se sumergió dentro de un coño tan apretado y mojado que se sentía como un puño humedecido aferrándose a su polla. Su mente flotó a la deriva, imaginando pasar muchos días y noches hundiéndose entre los muslos de su mujer, reclamándole en cuerpo y alma.
—Esto es hermoso, pero quiero todo de ti.
Terry enterró el rostro en la esquina suave del hombro de Candy para ocultar una sonrisa, ferozmente contento fuera igual de posesiva con él.
Terry se echó hacia atrás, poniéndose de rodillas. Las piernas de Candy cayeron y él enganchó los brazos por debajo de las rodillas de su mujer, levantándole el culo de la cama.
Candy alargó la mano entre ellos, le aferró la polla en un puño ávido y la calzó bien en la entrada nuevamente. Luego las extendió por encima de la cabeza para sujetar con fuerza la cabecera y le brindó una mirada que lo había intrigado desde el momento en que la conoció. Levantó la barbilla. Los ojos de Candy centellando desafiantes.
Los párpados de Terry descendieron y sus labios formaron una sonrisa pequeña y a pretada. Empujó duro, metiéndose hasta el fondo, luego se retiró y se estrelló de nuevo en su interior. Lo hizo una y otra vez, viendo la cara bronceada de Candy tensarse y sonrojarse con un rosado más profundo y los pechos balancease con la vigorosa follada.
—¡Dios querido, Terry! —dijo entre dientes—. ¡Más!
Una sonrisa sopló como una ráfaga de él, le dejó caer las piernas, la instó a darse vuelta y la puso de rodillas. Le cubrió la espalda y le besó la nuca sudorosa.
—¿Cómo lo quieres, cariño?
Llevó una mano hacia atrás para acariciarle la mejilla.
—Sucio. Duro.
Le besó el hombro y se enderezó. Luego la empujó entre los hombros hasta que se apoyó en los codos y su dulce culo se levantó delante de él. Terry rió. Candy nunca hacia lo esperado. Él no lo haría tampoco.
Sujetando ambos cachetes, apretó, luego los soltó y le dio una picante palmada a cada uno.
La cara de Candy se hundió en la cama.
—Por favor, por favor, por favor…
Se agarró la polla justamente debajo de la corona e hizo círculos , humedeciendo la punta.
—No juegues. Tomame. ¡Ahora!
Terry humedeció la punta de su polla y la masajeo con el pulgar, luego frotó la punta sobre el pequeño y fruncido agujero por encima de su coño.
—¿Terry? —preguntó Candy, la voz atenuándose, la alarma haciendo tensar los muslos y las nalgas.
—Respira lentamente, relájate. Confías en mí, ¿verdad? —dijo con voz áspera, disfrutando de la manera en que ella temblaba.
La espalda de Candy se levantó y cayó con respiraciones superficiales y Terry lo tomó como el permiso para continuar. Colocó su polla contra la entrada, presionó los pulgares contra ambos lados para abrirla y se dobló para empujar hacia adentro.
Su aliento silbó entre sus dientes cuando la intensa presión lo rodeó.
La cabeza de Candy se hundió con más fuerza contra la cama, los puños aferrando la colcha con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos.
—Respira amor —susurró—. Déjame entrar.
—No puedo —gimió—. Quema.
—¿Es tan malo? —preguntó, bajando rápidamente una mano por debajo de su polla, acariciándole el coño con los dedos.
Crema hirviendo le empapó las manos y Terry humedeció los dedos para lubricarse aun más la polla, deseando haberlo pensado con anticipación, así tener un tubo de lubricante a mano.
Pero no podía detenerse ahora. A menos que ella se lo pidiera. Una palabra y se retiraría aunque lo matara.
Sin embargo, Candy continuó gimiendo debajo de él. Le sujetó el clítoris y comenzó a hacer círculos sobre él. Cuando un espasmo pequeño y sexy se tensó alrededor de sus dedos, empujó un poco más profundo en su culo y se retiró, tomandolo cada vez más profundo.
Su clítoris maduró, endureciéndose hasta poder tomarlo entre sus dedos.
Suavemente presiono alrededor de él hasta que sintió un leve estrechamiento en la base y se lo estrujó.
Candy se puso rígida debajo de él.
—¿Demasiado? —susurró apremiante.
—¡Joder! Terry… Terry —Sacudió con fuerza las caderas, a continuación las sacudió de nuevo.
Suficiente aliento. Se hundió en su culo, haciendo más profundas sus estocadas mientras sujeta el clítoris firmemente y lo hacía rodar entre los dedos, evaluando su comodidad con la manipulación, por el tenor de sus descarnados y gimoteantes gritos.
El apretado anillo de músculos le cernió la polla lo suficiente para impedir que se corra. Lo necesitaba, porque se estaba hundiendo todo a lo largo del ardiente tejido, los dedos empapados en seda líquida.
La respiración de Candy se atasco y gritó, empujando hacia atrás para encontrarlo.
Cuando dejó de estremecerse, le soltó el clítoris, le aferró las caderas y martilló duramente su culo hasta que estalló su corrida. Terry cerró los ojos, los dedos profundamente hundidos en la carne de Candy mientras la empujaba hacia adelante y hacia atrás.
Cuando el atormentador placer desapareció, su pecho subía y bajaba por las profundas aspiraciones en sus hambrientos pulmones y su atención giró de sus necesidades a las de ella.
Se salió lentamente y le recostó las caderas hacia un lado de la cama, luego se tendió a su lado, abrazándola.
—¿Estás bien? —preguntó, deslizando la mejilla sobre el hombro de ella.
La mano de Candy subió, sin rumbo, vacilante y él la alcanzó para asirla y llevársela hacia los labios.
—¿Te lastimé?
—Una pequeña advertencia la próxima vez —dijo con voz débil—. Parece que no puedo… recuperar el aliento.
No había contestado. Maldita sea. Se desenredó de ella y camino a grandes zancadas hacia el baño donde se lavó y embebió un paño en agua humeante. Cuando regresó, estaba en la misma posición en que la había dejado.
Cuidadosamente, la limpió y luego la cubrió con la sábana.
—¿No vas a volver? —le preguntó.
Cuando la miró a la cara, notó la fatiga que ahondaba las arrugas al lado de los labios.
Debería haberse sentido culpable, pero una vez más, el hijo de puta que era, sintió un arrebato de alegría de que la hubiera agotado, que hubiera reclamado otra parte de ella.
—Eres mía, Candy.
Abrió los ojos y encerró la mirada con la de él.
—Soy tuya. —Una sonrisa apareció en las comisuras de sus labios—. Pero estoy dolorida.
—Lo siento —gruñó.
Curvó una ceja.
—No, no lo sientes.
—Tienes razón —sonrió—. ¿Te hice daño?
—¿Por qué debo responder a eso? ¿Cuándo no va a hacer que te sientas otra cosa excepto… viril?
Terry se acostó en la cama, la espalda contra la cabecera y la atrajo contra su pecho.
Ella tenía la cabeza inclinada, las mejillas deslizándose sobre el pecho.
—Podría hacerme adicta a esta sensación.
—¿A estar dolorida?
Arrugó la nariz.
—No seas idiota. —Relajó el rostro y él podría haber jurado que comenzó a brillar—. Podría convertirme en adicta a tu amor. Mi cuerpo entero se siente completamente sin huesos, pero también nunca me he sentido tan viva.
—¿Mejor que arañar tu camino hasta la cima de los acantilados Fortress sin cuerdas?
—Eres más temible. Podría dar un paso en falso…
—Entonces no tienes que preocuparte, Candy. No te dejaré caer. —Le besó la frente—. Duerme.
Ella se acurrucó más cerca y cerró los ojos, quedándose dormida en instantes.
Terry extendió la mano y apagó la lámpara. Cuando cerró los ojos, se preguntó cuánto tiempo Maria podría sostener la excusa de enferma, porque no iba a dejar a Candy abandonar su cama hasta que dijera que Sí.
Fin
