Disclaimer: Los personajes de Full Metal Alchemist no me pertenecen.

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¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. Bueno, como hoy probablemente no pueda subir éste capítulo a la hora aproximada que estaba subiendo el resto decidí subirlo antes simplemente porque prefiero "mejor temprano que tarde" a "mejor tarde que nunca" y como dije que iba actualizar todos los días a la aproximada misma hora y me atengo a mis palabras: he aquí el capítulo de hoy, como prometido. En fin, no quiero aburrirlos pero me voy a tomar el atrevimiento de extenderme a penas más para agradecerles. A estas alturas deben pensar que soy reiterativa e insoportable =), pero realmente quiero decirles gracias. En parte, porque roban de su valioso tiempo -que podrían estar invirtiendo en cualquier otra cosa, incluída otra historia- para leer "Redención" así que gracias. Y, más aún, a todas esas personas que además de leerla me hacen saber su opinión. ¡Gracias! No saben lo feliz que me hace leer de ustedes y sinceramente me ayuda muchísimo ya sea para poder corregir lo que deba o para animarme a seguir escribiendo. De una forma, les estoy sincera y felizmente agradecida. Y espero poder seguir sabiendo de ustedes y ojalá pueda también seguir escribiendo cosas que gusten o al menos entretengan mínimamente. ¡Gracias! De verdad, a todos, y especialmente a: Maii. Hawkeye, fandita-eromena, Anne21, Okashira janet, Lucia991, HoneyHawkeye, Sangito y Rei Ayanami (siéntanse libres también, los demás, de hacerme saber su opinión la cual será siempre bienvenida). Ojalá este capítulo les guste... ¡Nos vemos y besitos!


Redención


VII

"La fosa que ambos habían cavado"


Se oyó entonces un suspiro, y después... Bang. Un estruendo. Entonces todo quedó en silencio.

En un movimiento mecánico violento, se puso de pie —Hawk... —sus dedos cerrándose firmemente alrededor de los auriculares. Ella no tenía forma de escucharlo, de oírlo. No había forma de ordenarle que respondiera si estaba viva tampoco—. Maldición... —masculló entre dientes, quitándose el dispositivo para oír y arrojándoselo a Fuery –quien lo atrapó, a pesar de haber sido tomado desprevenido, observando a su superior preocupado- mientras éste en el mismo movimiento se volteaba y tomaba su abrigo, el cual se colocó sobre los hombros sin introducir los brazos en las mangas. Se detuvo un instante—. Pida refuerzos, Sargento —y tras atravesar la habitación rápidamente y a paso firme se marchó. Cerrando tras de sí la puerta de un golpe con tanta fuerza que del portazo se sacudió en sus goznes. Por un instante Fuery pensó que ésta se caería, pero no lo hizo.

A su lado, Hayate soltó otro pequeño gemido a modo de llanto y Fuery solo negó la cabeza y observó al pequeño can —No te preocupes, el General la traerá de vuelta. Espero...

Rápidamente descendió las escaleras, escalón por escalón. Uno a uno, con la sola desesperación de quien tiene prisa y ve que los escalones no terminan más. Giró, otro entrepiso y entonces, más escalones. Una y otra y otra vez, hasta que finalmente alcanzó la planta baja del edificio. Estaba vacía, por supuesto a aquellas horas no habría nadie, aún así no perdió tiempo alguno y mientras descendía se apresuró a colocarse rápidamente los guantes. No los necesitaba, al menos ya no necesitaba ningún círculo de trasmutación para realizar alquimia. No desde que había abierto La Puerta. Sin embargo, la tela de ignición de éstos era la que le permitía crear las chispas necesarias para encender fuego y a menos que tuviera un encendedor consigo –cosa que no tenía porque Havoc no se encontraba con él- no veía otra forma de hacer aquello. Aún con todo, sus guantes seguían siendo la forma más práctica de encender las flamas. Círculos necesarios o no.

Cuando alcanzó la calle, una oleada de aire frío azotó su rostro. En otras circunstancias, habría agradecido el cambio de aire del mohoso y cerrado apartamento al fresco viento nocturno. Si, habría agradecido el no sentirse más sofocado sino fuera por el hecho de que aún se sentía de esa forma y probablemente lo haría hasta asegurarse que ella estuviera con vida. Y, de momento, no podía quedarse a admirar el paisaje nocturno ni mucho menos disfrutar del cambio de ambiente. Por lo que apresurándose sacó las llaves del auto de su bolsillo y se subió rápidamente. Poniendo el coche en marcha y arrancando a toda velocidad. Su vista clavada en el frente. ¡Maldición! ¡Maldición! Repitió en su cabeza, una y otra vez, golpeando a puño cerrado el centro del volante. Tenía que llegar, debía hacerlo. Por favor permíteme llegar a tiempo.

Viró, forzado el vehículo a derrapar a duras penas a causa de la velocidad. Aún así, no bajó la velocidad. Sinceramente, no podía importarle menos pero su mente se estaba nublando una vez más con pensamientos de la muerte de Hughes y el momento en que casi la había perdido a ella también y no podía pensar con claridad. No podía haberla perdido a ella también, simplemente no podía. Debería haberlo sabido, que estaba dejando pasar demasiado tiempo y que aún cuando confiaba en el sensato juicio de su teniente debería haber acudido antes a detener la situación. Era su error de juicio propio. Ahora no tenía más tiempo, debería apresurarse.

Tras virar una vez más, y derrapar en el proceso, aparcó el coche junto a una vereda y descendió del vehículo a toda velocidad. Caminando a paso acelerado en dirección al oscuro callejón. El abrigo sobre sus hombros ondeando bruscamente a la altura de sus tobillos, mientras con su mano derecha jalaba de su guante blanco para acomodarlo mejor. Dedos listos para ser chasqueados. Hasta que lo oyó, su voz. Si, sin duda alguna esa era la voz de Riza. Seria y tensa, más que de costumbre, e incluso un poco estrangulada pero era la voz de su teniente primera.

Riza entrecerró los ojos —¿Una bala al aire? ¿Una amenaza? Pensé que me mataría, general... —sentenció, intentando por todos los medios estirar la conversación. Darse a sí misma más tiempo y obtener la mayor cantidad de información posible para que Fuery pudiera registrar todo lo dicho. Pero el hombre parecía ser del tipo de persona que amaba el sonido de su propia voz porque una vez que había comenzado a hablar no se había detenido.

—Lo haré, teniente. Aunque, como dije, es una pena —musitó, agarrando la punta de un mechón rubio de ella y girándolo en sus dedos antes de dejarlo caer nuevamente—. El infame "ojo de halcón" sin duda alguna me habría sido útil... Tiene instintos agudos, también, en paralelo a sus habilidades de tiradora —ella se mantuvo firme, concentrándose en sus alrededores. Aparentemente, Dornier no se había percatado de unos pasos acercándose lenta y silenciosamente hasta ellos. Ella sí, y de hecho conocía perfectamente ese ritmo de pies al caminar. ¿Qué está haciendo el General acá? Frunció el entrecejo. Sin duda alguna, ella no había dado la señal—. Qué desperdicio... —repitió, deslizando el dedo hasta el gatillo.

Sin embargo, tan concentrado estaba y ensimismado en el placer de regodearse en sí mismo que tampoco oyó el sonido de dos palmas chocando la una con la otra –rápidamente- y luego chocar ambas contra el pavimento. Para cuando se percató de la luz azul característica de una transmutación alzándose de debajo suyo no tuvo tiempo ya de reaccionar antes de que una pared se alzara entre él y Riza. Trastabillando, Dornier retrocedió un paso hacia atrás. Ella se apresuró al lado de Mustang —¡General, ¿qué hace aquí?

Roy permaneció con el semblante rígido y sus dos ojos negros fijos en el objetivo —¿Qué parece teniente? —mano alzada en el aire y dedos juntos y preparados para ser deslizados en un rápido movimiento. Al verlo salir de atrás de la pared, exclamó—. ¿Qué crees que le estabas haciendo a mi valiosa subordinada?

El hombre se enderezó, ojos abiertos desmesuradamente ante la vista. Rápidamente, alzó su arma —¡Mustang! —Roy chasqueó lo dedos—. ¡Aaarrrggggg! ¡¿Qué demonios crees que haces? ¡Te ejecutarán por atacar a otro miembro de la milicia! —por segunda vez, y aún sin inmutarse, volvió a deslizar sus dedos el uno contra el otro rápidamente, fríamente. La mano del hombre frente a él encendiéndose en llamas una vez más. El olor a carne quemada alzándose en el aire.

—Te hice una pregunta —repitió, alzando su mano por tercera vez. Sin embargo, se detuvo al ver que el hombre ya no estaba oyéndolo sino aferrando su muñeca patéticamente y gimiendo de dolor sobre su ahora piel chamuscada de la mano derecha. Bajando sus dedos, permaneció aguardando a recuperar su atención. Su rostro impasible.

—¡¿Qué demonios crees que haces? —bramó, y esta vez sí volvió a lanzar una llamarada en su dirección. Solo que fallando deliberadamente para hacerlo retroceder y caer sobre su trasero en el pavimento. Después de todo, ya no era una amenaza y no había necesidad de causarle ningún daño. Al menos ninguno más del que ya le había causado en la mano e incluso ese probablemente habría sido innecesario para empezar. Pero no había podido evitarlo.

—Protejo a mi subordinada de un miembro corrupto de la milicia, general. ¿Qué parece?

—¡Ja! ¿Y qué pruebas tienes de eso? —escupió, aún aferrando su mano la cual empezaba a enrojecerse violentamente a causa de las quemaduras.

—Una interesante grabación que estoy seguro interesará gratamente al Fuhrer Grumman sobre un miembro de su milicia atentando contra esta y gastando recursos de la misma —la expresión del hombre se tornó una de horror—. Por cierto, recomendaría que haga ver esa mano, señor. Después de ese color viene un desagradable tono verdoso y no querrá pasar por una amputación... —su expresión sombría. Si, conocía cada paso de una quemadura. Cada reacción fisiológica de los distintos cuerpos, cada color y el significado de cada uno de estos y el paso siguiente. Cada resultado. A aquellas alturas estaba perfectamente familiarizado con todo ello. Demasiado familiarizado, más de lo que jamás desearía.

En ese instante, un grupo de policías militares –uniformados de negro- llegaron al lugar y aseguraron el perímetro. Mientras un segundo grupo más pequeño de hombres igualmente uniformados se encargaron de realizar el arresto. Uno de ellos, tras controlar toda la situación, se acercó a ambos y se detuvo frente a él llevándose una mano a la frente —¡Gracias por su ayuda! ¡No esperaba menos del alquimista de la flama! —exclamó, y Roy solo asintió, cansado. Volviéndose, en el instante en que el joven se retiró, a Hawkeye la cual aún permanecía de pie un paso detrás suyo.

—¿Cómo se encuentra teniente? —la cuestionó, inspeccionándola rápidamente con la vista para asegurarse de que no tuviera ninguna herida. Nada. Pensó.

Ella cerró los ojos y asintió —Me encuentro perfectamente, general. Gracias por preguntar —no obstante, en el instante en que se relajó su cuerpo colapsó hacia el suelo. Sus rodillas estaban ligeramente temblando, de forma casi imperceptible, y la sensación que parecía haberla mantenido hasta el momento de pie había desaparecido. La secreción de adrenalina en su torrente sanguíneo había desaparecido también, probablemente, y con ella aquello que la había mantenido firme y relativamente calma frente a la situación de peligro. Ahora, por otro lado, estaba en el suelo, de rodillas, y con la cabeza baja intentando pararse una vez más.

Roy negó con la cabeza y colocó una mano sobre su hombro —Descanse, teniente —le ordenó, haciendo presión para evitar que se pusiera de pie. Luego, quitándose el abrigo de los hombros lo colocó sobre los hombros de ella. Riza alzó la mirada.

—¿General?

Pero él no estaba mirando más en su dirección sino hacia el callejón oscuro donde yacía Dornier esposado y rodeado de un grupo de policías de la milicia —Cuando pueda ponerse de pie la llevaré a su casa. Fue un día largo, después de todo... —musitó. Ignorando la mirada firme de ella sobre él. Sabía lo que diría, que por qué había ido allí en vez de haber ignorado la situación y que por qué se había apresurado y que era un completo idiota. Todas cosas que había oído en el pasado, de todas formas y no quería tener que pensar en nada más. De momento solo estaba agradecido de haber llegado a tiempo para evitar otra tragedia como la de Hughes.

Asintiendo, y comprendiendo los pensamientos de él, Riza bajó la cabeza y aferró el abrigo aún más contra sus hombros. No se había percatado hasta el momento, probablemente por las mismas razones por las que había estado de pie hasta cinco minutos atrás, pero estaba temblando ligeramente a causa del frío. Sin duda alguna, no había anticipado que permanecería tanto tiempo afuera o de lo contrario habría traído un abrigo ella misma pero desafortunadamente no lo había hecho. Y su elección de prendas no ayudaba a la causa.

Finalmente volviéndose a poner de pie, exclamó —Bien, general. Estoy lista —retirándose la prenda de los hombros y devolviéndosela. No obstante, él hizo un gesto negativo con la mano y comenzó a caminar hacia el auto. Seguido de ella.

—Consérvela teniente, parece necesitarla —abriendo la puerta, ingresó al vehículo. Riza lo imitó, subiéndose de igual manera en el asiento de acompañante.

—Muchas gracias... —susurró, entonces, cerrando la puerta y viendo a Roy hacer lo mismo. Pero éste solo colocó la llave en la llave de contacto y la hizo girar calmamente. Poniendo en marcha el auto y volteándose para salir del lugar en que estaban aparcados. Riza dejó escapar una sutil, casi imperceptible, sonrisa.

Por aproximadamente quince minutos condujeron en completo silencio alejándose más y más del lugar y hasta detenerse nuevamente frente al edificio en el que se encontraba Fuery. Al ver el auto, y a ambos a salvo en su interior, soltó un suspiro aliviado y se apresuró junto con su equipo y Black Hayate al asiento trasero. Al ver a su ama, el perro movió la cola.

—Teniente primera, ¡me alegra ver que esté bien! —exclamó, genuinamente feliz. Y ella solo asintió calmamente, agradeciendo la preocupación de Fuery.

—Gracias, Sargento. Y Gracias por cuidar de Black Hayate en mi ausencia.

El muchacho negó con la cabeza y acarició la cabeza del perro que se encontraba sentado a su lado en el asiento trasero —No, es nada. ¡Oh, aquí está bien general! —exclamó, y Roy pisó el freno—. ¡Gracias por alcanzarme! Mañana a primera hora llevaré lo registrado esta noche.

Roy asintió —Agradezco su esfuerzo Sargento. Hasta mañana.

Fuery se bajó, saludó a ambos de pie junto al auto y se retiró a la entrada de un edificio correspondiente a los dormitorios de la milicia. Tras desaparecer, el moreno arrancó una vez más el auto. Nuevamente, en completo silencio.

Riza lo observó de reojo —No deberías haber venido hasta aquí.

Él continuó observando al frente —De haberme demorado más, habría sido demasiado tarde.

Pero ella solo negó calmamente con la cabeza —Podría haber sustraído más información.

Esta vez, fue él quien la observó por el rabillo del ojo. Su semblante inexpresivo —No necesitábamos nada más. Creí haber sido claro cuando dije que no tenía intenciones de perder a un subordinado... teniente.

Ella bajó la mirada —¿Quién fue que me dijo que no debía rendirme fuera cual fuera la situación?

Él frunció el entrecejo —También te dije que no desperdicies nunca tu vida; si mal no recuerdo. Si eres mi ayudante tendrías que ser más sensata que esto. La misión no valía la pérdida de una vida.

Una vez más, bajó la mirada a su regazo, apesadumbrada —Lo siento mucho —su mano alzándose para evitar que el abrigo sobre sus hombros se deslizara fuera de estos y cayera a sus espaldas.

Los dedos de él se enroscaron con más fuerza alrededor del volante. Por un instante, había creído que la había perdido definitivamente. Que esta vez, esta vez no sería un "casi" sino algo concluyente. Algo irreversible y la idea aún con todos los años le resultaba terriblemente insoportable. Casi dolorosa, y no quería volver a pasar por aquello pero sabía que eso era probablemente inevitable. Estando ambos en la milicia, las probabilidades de que alguno de los dos muriera era siempre alta. Siempre presente y Roy no era tan inocente como para creer lo contrario. Aún así, odiaba la sensación de inutilidad que lo invadía cuando la vida de ella estaba en la línea.

Ocultando su expresión tras las sombras que proyectaban su cabello azabache, dijo —Me alegra que esté con vida... eso es todo —sus labios delgado de presionarlos tanto hasta formar una línea.

Riza asintió también, bajando la mirada apenada —Lamento haberlo preocupado, señor.

Una vez más, la observó de reojo. Y tras segundos su expresión había retornado a su habitual neutralidad y formalidad. Sin embargo, Roy sabía que algo estaba en su cabeza. La conversación de aquel día había orbitado demasiado en torno a Ishbal y aún cuando sabía que ella no era tan reticente a hablar del tema como él, sabía también que no había forma de que pudiera estar complacida al respecto. Y Dornier había disfrutado retorciendo el puñal en la herida —¿Te encuentras bien?

—Si —aseguró, aunque su labio inferior temblaba ligeramente, casi imperceptiblemente. ¿Y? ¿Qué se siente? Dispararle a uno de esos paganos en la cabeza... Después de un tiempo, nada. General. Pero no tenía derecho alguno de quejase de su carga a aquellas alturas. Aún así, se permitió por un instante relajarse contra el asiento del auto y acomodarse el abrigo sobre los hombros. Percatándose solo entonces de la fragancia de él impregnando toda la prenda. Olía a almizcle, y cenizas; y su piel probablemente también lo haría dentro de un tiempo si continuaba abrigándose con aquello pero por peligrosa que la idea pudiera parecerle no quería dejarlo ir. No aún, no cuando era todo lo que tenía para aferrarse a algo similar a una sensación de normalidad. Era irónico, realmente, que las cenizas y la pólvora fueran los aromas que la tranquilizaran cuando no deberían serlo. No, la pólvora no debería generar calma en nadie pero por irónico que fuera no era menos cierto. Y era terrible, realmente. Si, terrible.

Enderezándose una vez más en su asiento, lo observó de reojo. Sus ojos caoba deslizándose hasta las manos de él —No debería haber quemado su mano, general.

Roy hizo una mueca —No, probablemente no. Teniente.

Ela asintió, su mirada fijándose en su propia rodilla. La misma que el hombre había manoseado esa misma noche, con la misma mano que Roy le había incinerado hasta dejarla roja completamente. Curiosamente, ella también había deseado hacer lo que él había hecho, solo que con balas en vez de fuego —No era necesario, tampoco.

—No, estoy bastante al tanto de eso también —aseguró, serio y con la vista en el camino.

Su expresión se suavizó ligeramente —No debería actuar tan impetuosamente, general. Podrían degradarlo por su conducta.

Pero él no pareció turbado al respecto —Agradezco su inquietud, teniente. Sin embargo, yo no me preocuparía por eso. No en este caso.

Ella asintió, aún erguida, pero bajando la mirada a sus manos sobre su regazo. Roy ladeó la cabeza ligeramente en su dirección, para luego volver la vista al frente. Ambas manos sobre el volante —Bueno... Ese es un problema menos del que preocuparnos ahora, camino a la cima. ¿No le parece?

Riza sonrió calmamente —Ciertamente, general.

Roy asintió para sí —Con la información que obtuvimos probablemente podamos hacer caer a todos los involucrados en la cadena de mando de Dornier. Además, podemos conectarlos con el grupo reaccionario anti-Ishbalita y atribuirles nuevos cargos de atentados contra la milicia. Eso nos permitirá retomar la reconstrucción de Ishbal sin intromisiones...

—Scar y el Mayor Miles estarán complacidos... —confirmó ella. Y él volvió a dedicarle una mirada de reojo rápida antes de volver a mirar al frente. Su entrecejo fruncido.

Sin duda alguna, la noticia de que Scar había sobrevivido lo había tomado por sorpresa. No, sorpresa no era una palabra suficientemente amplia para explicar la reacción que había tenido al saber que el Ishbalita –que una vez había intentado asesinarlo- estaba vivo. Quizá señalar que había sentido escalofríos al verlo en su oficina sería más exacto, aunque no lo había dejado entrever. Sin duda alguna, tampoco había podido disimular del todo la sorpresa de verlo allí delante suyo, junto a Miles. Pero suponía que era inevitable también. Si, lo recordaba perfectamente porque ese día había estado lloviendo.

Y él odiaba la lluvia —Adelante —había dicho tras oír un golpe en la puerta. Su teniente primera había levantado brevemente la mirada de sus papeles pero había retomado su tarea casi al instante. No sin antes, por supuesto, poner un arma al alcance de su mano en caso de necesitarla para protegerlo. No sería la primera vez que un oficial fuera atacado en el mismo edificio de la milicia (Hughes siendo un ejemplo de ello) y aún sin homúnculos cerca nunca se podía estar demasiado seguro. Sin mencionar que ya era bastante tarde, y afuera la noche acababa de caer.

Haciendo girar su silla hasta quedar de frente al escritorio, Roy se acomodó para recibir a dicha persona. Tenía una idea de quien se podía tratar, dado que él mismo había expresado a la Mayor Armstrong su necesidad de que Miles fuera trasladado con él al Este, bajo su comando esta vez, para poder comenzar a implementar la política Ishbalita. Por supuesto, la mujer en su crudeza se había opuesto al principio, diciendo que si un novato como él no podía entrenar buenos subordinados entonces no merecía estar donde estaba. Menos aún, tener a su mando un hombre de Briggs, que en nada se parecía a los blandengues de Central o del Este. Blandengues como él que durante el golpe de estado se habían rehusado a tomar vidas, y que desechaban la noción de la supervivencia del más fuerte.

Y que además no podía verse el rostro siquiera para afeitarse correctamente, menos aún liderar un país y que probablemente tendría que ser ella quien tomara en última instancia la cima. Por supuesto, no había podido verla pero había imaginado perfectamente la viciosa sonrisa en los carnosos labios de la mayor de los Armstrong, mientras manifestaba su complacencia frente a su invalidez sin el menor remordimiento. Él solo había sonreído, carismáticamente, y le había concedido la razón de forma calma. Para luego mencionarle que el puesto lo ocuparía Grumman. Cosa que, evidentemente, no había complacido a la reina de hielo en absoluto. Aún así, le había advertido que llegaría de todas formas, y que accedía a cederle al Mayor Miles (aún cuando alguien como él no merecía tan valioso soldado) de forma que pudiera vigilarlo para que no continuara ascendiendo como una condenada comadreja con conexiones.

Roy había sonreído, una vez más, y había continuado su camino. La mujer sin duda alguna era algo completamente diferente. Y no podía evitar preguntarse cómo alguien tan amable como el Mayor Armstrong había crecido con una mujer así cerca. Aunque sabía la opinión de ella sobre su hermano menor.

Alzando la mirada, sus ojos negros se habían abierto ligeramente al ver no solo al mayor Miles allí, frente a él, sino a otro Ishbalita tras él. De pie y con su musculosa complexión y aquella cicatriz en forma de X en el rostro. Sus ojos rojos se posaron en él, y Roy sintió un escalofrío descenderle, y fastidio surgirle. Por supuesto, aquello había sido idea de Olivier Armstrong y no dudaba de la malicia ni intención de sus acciones. Era su propia vendetta personal, suponía y no le sorprendía que la mujer hubiera recurrido a recursos tan bajos para fastidiarlo.

—Mayor Miles, reportándose —Scar no dijo nada. En vez de eso, observó de reojo a Hawkeye quien acababa de alzar la mirada para observar a los dos recién llegados. Enemigo o no, asesino o no, Scar había salvado a Roy de desviarse del camino correcto y ella se había asegurado de manifestar en voz alta su agradecimiento. Aún cuando sintiera que era un insulto de su parte el agradecerle a un Ishbalita. Seguro los de su raza se sentirían ofendidos por los agradecimientos de parte de alguien como ella –alguien que había asesinado a tantos en Ishbal- pero había sentido que debía hacerlo. Que era su deber, agradecerle. De no ser por él, Roy no sería quien era y se habría perdido completamente. Scar le había abierto los ojos y por ello, Riza siempre le estaría agradecida. Aún cuando él no quisiera saber nada de ello. Y lo había dicho. Yo no quiero su gratitud...

Roy solo había entrecerrado los ojos —¿Scar también está aquí? —el ex monje Ishbalita no dijo nada pero sus ojos rojos devolvieron la cortesía de reflejar la misma intensidad.

Miles habló —Decidí traerlo conmigo, para trabajar para el resurgimiento de la cultura Ishbalita. Después de todo, no podemos permitir que se muera la cultura ni la religión de su pueblo. La muerte de una cultura es la muerte de un pueblo.

Mustang había asentido, concediendo estar de acuerdo frente a la lógica. No lo negaría, la idea de Scar merodeando por ahí no le complacía aún cuando de hecho sí estuviera agradecido por su participación durante el día prometido. Sin embargo, la lógica no parecía tener grietas y suponía que sería provechoso tenerlo trabajando para la causa. De esa forma, al menos, podía tenerlo vigilado. Y suponía que además se aplicaba a la inversa. Tenía la idea de que Scar estaría vigilándolo también, vigilando cada movimiento hasta que llegara a la cima. En cierto modo suponía que era lo justo. Intercambio equivalente.

Si, gracias a ellos, gracias a Scar y a los Ishbalitas habían sido capaces de superar el problema con los homúnculos y tal y como había dicho Fuery era su turno de devolverles el favor —Ah... Hice la promesa de asumir la responsabilidad por lo sucedido en Ishbal. También, gracias a su raza recuperé mi vista —declaró, y pudo ver a Scar plegando y extendiendo los dedos de su mano intentando, probablemente, contener el impulso de presionar su palma contra su rostro y hacerlo estallar. Era justo también, y él había sabido que el uso de la piedra para recuperar su vista haría enfadar a los Ishbalitas (y probablemente a Acero también) pero era algo que había debido hacer –a pesar de que él tampoco había estado de acuerdo- para poder continuar con su ambición—. Y por eso haré mi mejor esfuerzo —la mano de Scar, y la furia en sus ojos, fue poco a poco cediendo—. Por eso, les concederé los recursos que necesiten para llevar adelante la política. Imagino, Scar, que estarás vigilando mis acciones para asegurarte que no me desvíe de mi camino, nuevamente —la mirada roja le confirmó que sus suposiciones eran, en efecto, ciertas—. Así que eso es todo.

Miles asintió y se volteó para retirarse, junto con Scar. Sin embargo, la voz de Roy volvió a detenerlos —Ah... Y si se encuentra con la Mayor Armstrong por allí, dígale que volví a entrar a la carrera —sonrió—. Ella entenderá.

El Ishbalita asintió y ambos abandonaron la habitación, dejándolo a él plenamente complacido. Seguro, la mujer había creído interesante enviarle a Scar de improvisto solo para hacerlo retroceder y ahora él se tomaba la libertad de devolverle la cortesía haciéndole llegar la información de que había recuperado la vista —Seguro, la Mayor Armstrong no estará complacida.

Riza había sonreído sutilmente —Supongo que no, Coronel.

En perspectiva, la ayuda de Scar había sido mayor de la esperada. Aún así, Roy no terminaba de masticar y tragar la idea del hombre rondando por allí —Eso presumo, teniente. No me favorecía tener atentados contra la reconstrucción de Ishbal seguido. Pero esa era la idea, ¿no es cierto? Desacreditar la política Ishbalita y hacerla ver como una utopía.

Ella asintió nuevamente y Roy volvió a observarla de reojo. Su teniente primera lucía cansada. De hecho, podía ver las bolsas negras bajo sus ojos y sus hombros ligeramente encorvados hacia delante revelando la debilidad de su cuerpo, debilidad que ella intentaba disimular efectivamente enderezándose contra el asiento del auto. Sin embargo, su cabello suelto de su habitual recogido y el abrigo negro colocado sobre sus hombros restaban a la imagen de eficiencia e imperturbabilidad que siempre solía portar y que intentaba conjurar en esta ocasión también. De hecho, si algo hacían era hacerla lucir más cansada de lo que en general parecía.

Y por un instante se sintió tentado a cuestionarla nuevamente sobre su bienestar pero se abstuvo de hacerlo. De preguntar si estaba bien, ya sabía la respuesta. Fuera cual fuera la situación ella siempre estaba bien. Aún cuando eso no fuera necesariamente cierto, pero así era Riza y así había sido siempre. De hecho, su ética y profesionalidad la habían hecho ir a trabajar incluso en esos días en que no se había sentido bien. Estando enferma, inclusive. O cuando nadie más había ido, ella había estado allí. Siempre a su lado, cuidando su espalda y salvando su trasero mojado por la lluvia y cubriendo su negligencia en la oficina. Siempre leal a él, y a nadie más que él. Ni siquiera la milicia tenía su completa devoción a su meta como la tenía Roy, y por eso estaba agradecido. No, no lo negaría; le complacía tener su completa dedicación en la forma en que la tenía pero sabía que eso la estaba desgastando. Día a día. Y odiaba pensar que era él la causa de ello.

Que era él quien ocupaba la mayor parte de su tiempo de vida y que no se sentía arrepentido de ninguna forma por ello. Ella aseguraría que había sido su elección de todas formas y él quería creerle solo para no tener que pensar en su propia arrogancia y culpa al respecto. Así eran las cosas. Él era, después de todo (y como ella había dicho), humano. Simplemente humano Y por ende, egoísta. Egoísta de aquellos que eran importantes para él, aquellos a quienes debía proteger y ella era uno de ellos. No, ella era la más importante de todos ellos. Roy lo sabía. No se engañaría al respecto.

Pisando el freno, en silencio, aparcó junto a la acera que daba a la entrada del edificio donde Hawkeye vivía. Era grande, o eso parecía desde afuera a juzgar por la cantidad de ventanas que daban al frente del edificio, algunas de las cuales estaban iluminadas. La calle, por otro lado, estaba escuetamente alumbrada allí. Dos metros adelante, una de las farolas de hierro negro fundido parpadeaba ligeramente. Su luz cálida prendiéndose y apagándose cada medio segundo, haciendo un ligero sonido similar a un zumbido a causa de esto.

Observando por un instante el farol, Riza se volvió a él —Gracias por traerme hasta aquí general —susurró. Irónico, pensó Roy, viéndola girarse para abrir la puerta del auto. Él podría decir lo mismo.

Sin embargo, antes de que los dedos de ella se curvaran alrededor de la manija de la puerta del vehículo, los dedos de él se adelantaron a hacerlo; sosteniendo la perilla firme sin deslizarla hacia abajo. La mano de ella se detuvo en el aire y ladeando la cabeza se volvió a él. Su garganta secándose repentinamente al ver que en su esfuerzo por haber alcanzado la manija desde su asiento, Roy se encontraba inclinado hacia ella y hacia la puerta. Su rostro peligrosamente próximo al suyo. Su otra mano, libre, aferrada al respaldar del asiento de ella. Sus dedos cerrándose fuertemente alrededor del tapizado, en un intento de recuperar la cordura y detener sus acciones. Evidentemente, no había estado pensando con claridad. Había sido un día muy largo.

Dejando caer su cabeza, rendido, descendió la manija y abrió la puerta para ella. Una pequeña brisa filtrándose por la grieta de la puerta entreabierta —Adiós, teniente.

Ella descendió del vehículo deslizando su cuerpo hacia fuera y cuidando de no entrar en contacto de ninguna forma con el de él. Una vez afuera del auto, se quitó el abrigo de los hombros y lo plegó sobre su antebrazo, dejándolo cuidadosamente doblado sobre el asiento de acompañante a través de la ventanilla abierta —Si, adiós general —lo saludó, llevándose la mano a la frente y chocando los talones. Hayate habiendo saltado del auto y a su lado cuando abandonó ella el coche. Su cola meciéndose suavemente.

Roy asintió, arrancó el auto y se marchó. Dejándola junto a su perro en la calle completamente desierta de Central. Soltando un suspiro, Riza se giró al pequeño can y se agachó a acariciarlo. Su mejilla ligeramente presionada contra el lado de la cabeza del animal. Su mano acariciando el lugar exacto entre sus dos pequeñas orejas, las cuales Hayate había tirado hacia atrás —Estoy un poco cansada, eso es todo —confesó al perro, el cual respondió posando sus dos patas delanteras sobre las rodillas de su ama y con un pequeño lloriqueo y un débil meneo e cola. Por unos segundos, ella permaneció allí.

Sabía que de un momento al otro debería moverse, levantarse una vez más y regresar a su casa oscura y vacía y descansar para comenzar un nuevo día. Esa era la rutina, de todas formas, y Hawkeye era y siempre había sido una persona rutinaria y estructurada en relación a su vida personal. Era más sencillo de esa forma, había concluido, llevar adelante su trabajo y su vida y hacía las cosas más fáciles para ella. Y por ende, le permitía ser más eficiente y efectiva en su labor de proteger la espalda de él. Sin embargo, estaba cansada. No solo su cuerpo, decir que su cuerpo estaba drenado de toda energía era quedarse corta. Una descripción insuficiente, sin duda alguna; pero no era eso. No. Era otra cosa.

Era el paralelismo de su relación profesional con él lo que la estaba drenando y dejando exhausta. Era la fosa que ambos habían cavado entre ellos tanto tiempo atrás y que se estaba llenando de tierra una vez más. Él la estaba llenando, Riza podía verlo, y sin importar cuantas palas de tierra ella removiera él volvía a arrojar más. Más y más, y Riza tenía las manos cansadas y callosas de tanto cavar. Y no estaba segura de querer hacerlo tampoco. Porque no, no se mentiría, ella misma había arrojado algunas palas llenas de tierra por su cuenta en ocasiones. Quizá más pequeñas que las de él, más sutiles, pero lo había hecho y había debido después cavar con más fuerza para compensarlo. Como una doble labor, y sinceramente no tenía fuerzas ya para levantar la pala y seguir cavando. No tenía la fuerza para continuar abriendo la brecha entre ambos como sabía que debería. De los dos, uno debía tener sentido común y esa había sido siempre –no, casi siempre- ella. Riza tenía perspectiva y veía todo el panorama completo cuando él solo veía algunas partes y así funcionaban perfectamente. Él podía ver los detalles, atenerse a las cosas pequeñas y concentrarse en las cosas importantes mientras ella escaneaba el todo con su vista de halcón para procurar que él siguiera viviendo. Para procurar que él tuviera solo que concentrarse en su ambición de llegar a la cima.

Y en algún lugar del camino, Riza sentía que ella misma se había puesto en ese lugar de obstáculo para él. Los homúnculos la habían usado a ella para llegar a Roy y no a Havoc o a cualquier otra persona que él conociera que pudiera ser importante y era su completa y absoluta culpa el haberlo permitido. Había sido negligente, en algunos puntos –lo sabía- como la noche en la casa de él cuando le había permitido trazar el tatuaje de su espalda sobre su ropa y apoyar su frente en su hombro, y el peso de sus decisiones había repercutido directamente en él. En su meta, en su vida. Ella podía ser egoísta –y de hecho, lo era- pero debía recordarse que no podía serlo lo suficiente o terminaría directa o indirectamente perjudicándolo a él. Perjudicando su camino hacia su ambición y eso solo terminaría saboteando todo por lo que ellos habían trabajado. Todo por lo que ella también, había trabajado.

Todo el tiempo invertido, y todas las vidas tomadas y perdidas en el campo de batalla y todos los pecados que habían cometido se convertirían en nada si ella se dejaba enredar en todo aquello. Arrastrar. No podía permitirlo. No si estaba en su poder el pararse firme frente a ello y detener el curso que podían tomar las cosas. No si podía evitar que los pecados de él se convirtieran en eso, en solo pecados, en vez de lecciones de vida para transformar el futuro. Y Riza creía, fervientemente creía, que Roy Mustang podía cambiar el futuro del país. Lo había visto frente a la tumba de su padre y había querido con toda su alma creerlo, creer en algo. Creer en él y lo había hecho. Le había dado la investigación de su padre con las esperanzas de que él convirtiera ese futuro en realidad.

Los resultados habían sido todo menos eso. Y aún así, estaban vivos. Después de todo, seguían en aquel mundo y al menos podían hacer algo con ese tiempo que les quedaba. No enmendar, porque había cosas que jamás volverían a ser como eran pero al menos hacer todo lo que estuviera a su alcance para ayudar.

Por esa razón, debería seguir cavando. Continuar excavando aquella brecha entre ellos. Más y más. Una y otra vez, hasta que solo hubiera un gran agujero de nada entre ellos. Hasta que solo pudieran ser lo que siempre habían venido siendo y serían. Superior y subordinada, y dos personas queriendo hacer algo de los errores de su pasado que solo manchas en su historia. Solo eso. Nada más.

Para ellos, para personas como ellos, no había nada más en el mundo. Esa había sido su elección, después de todo. La elección de Riza, de sacrificar su propia vida y tiempo, y su propia felicidad; y de continuar ensuciando sus manos como soldado para garantizar un futuro distinto. Un futuro mejor para las siguientes generaciones.

Esa era su vida, resultado de sus decisiones, y no debía olvidarse de ello. No debía perder perspectiva, sin importar qué sucediera.

Después de todo, así era ella y así había sido siempre. Alguien de los dos no debía perder la cabeza, y era más probable que esa fuera ella. De los dos, siempre lo había sido. Y siempre lo sería.

Al menos, tenía que serlo. Por el bien de él, por el bien de ambos.