Título: Sin título.
Autor: Merlin's Knight
Fandom: Axis Powers Hetalia.
Personaje/Pareja: Romano/Mónaco.
Rating: K+
Género: Romance.
Advertencia: Malas palabras, quizás algo de OoC. Muchos headcanons.
Notas: Primero que nada, quiero disculparme por el retraso en este capítulo. Honestamente, no tengo muchas excusas: unos días después de publicado el capítulo anterior mi computadora se rompió y tuve que llevarla a arreglar, lo cual tomó varios días; luego de eso tuve mis exámenes y finales. Sin embargo, después de eso se me acaban las excusas, diría que simplemente fue vagancia. Este capítulo es un poco corto, pero espero que les guste, creo que podría haber salido mejor pero ya no quería hacerlos esperar más.
Mónaco observó el juego en sus manos, las cartas que le habían tocado eran casi perfectas, suficientes para ganar la partida como si fuera un juego de niños. Levantó la vista hacia su contrincante, quien le dirigió una mirada que no auguraba nada bueno.
Un principiante se abría acobardado y comenzado a dudar del juego que había obtenido, dándole a su oponente la posibilidad de intimidarlo aún más para que se retirara. Pero Mónaco no era ninguna principiante, había jugado a esto por más tiempo del que se consideraba sano, además, conocía perfectamente a la persona a la que se estaba enfrentando.
Romano sólo trataba de ponerla nerviosa haciéndole creer que tenía un juego ganador; no era la primera vez que lo intentaba y no sería la última. Lo que si consideraba difícil era acertar cuándo esa mirada era un truco y cuando era real, especialmente porque al mirarlo la mayoría de las veces se distraía tratando de adivinar el color de sus ojos ¿marrones?... ¿Verdes?... ¿o una combinación de ambos? (no que Mónaco fuera a decirlo en voz alta, no pensaba darle ese gusto al italiano).
Entrecerró los ojos levemente observando disimuladamente a Lovino; hoy se lo veía confiado y calmado, quizás sí tenía un juego ganador entre sus manos… O quizás, simplemente, había mejorado sus trucos después de tantas reuniones entre ambos.
No importa, pensó, si perdía le daría una razón para invitarlo nuevamente. No era como si no hubiera usado esa excusa antes.
(Por supuesto, eso no iba a pasar porque no había forma de que le ganara con el juego que tenía en las manos, por lo que tendría que ir pensando en otra razón.)
Apelar a su orgullo y hombría sería una buena estrategia, pero estaba segura de que el italiano no caería dos veces en la misma trampa. Una pequeña amenaza podría tener un mejor resultado, decirle que podía enviar a Alemania a ponerlo en forma lo haría aceptar su invitación para otra ronda de juegos en un dos por tres.
Si, definitivamente esa sería su mejor maniobra para poder verlo y pasar más tiempo con él. Usar estas excusas hacía todo menos incómodo, después de todo, todavía no eran amigos tan cercanos como para poder visitarlo a su casa sin razón (para Lovino) aparente.
Porque quizás todo había comenzado con una apuesta que el orgullo de Romano no había sabido rechazar, y que había terminado con el orgullo de Mónaco por el piso. Porque quizás la segunda y la tercera vez que se vieron era una forma de restaurar dicho orgullo por parte de la muchacha, pero con el paso del tiempo eso solo se había convertido en una simple excusa.
Porque Romano podía estar ganándole en sus mejores juegos limpia y llanamente (mentira, eso era imposible, seguramente estaba haciendo trampa) pero eso sólo le daba el pretexto de seguir invitándolo para pasar tiempo con él, dejarlo creer que era su sed de venganza lo que lo llamaba era mejor.
Algún día se lo diré, pensó, mientras le mostraba sus cartas con una sonrisa de suficiencia.
Romano le dirigió una sonrisa condescendiente mientras les mostraba las suyas.
Por el momento, las invitaciones seguirían llegando con más sed de venganza que otra cosa porque el bastardo. Seguía. Ganando.
