The Second Mutation
Capítulo Siete: Pesadilla
A la mañana siguiente, Charles y Erik fueron a la clínica para el control. Erik se presentó ante la médica, mientras Charles se desvestía para el examen. Ella lo revisó y comprobó que todo marchaba en orden. En el momento de la ecografía, Haller se tuvo que excusar por unos minutos y los dejó solos.
-Es increíble que sientas celos de ella –protestó el telépata sentado en la camilla.
Erik se cruzó de brazos.
-Me estuviste leyendo.
-No, Erik. Tus celos eran tan fuertes que me llegaron solos, podría decir que me invadieron. Contrólate antes de que hagas vibrar los metales de la sala.
-No puedo controlarme con la forma en que te mira – respondió Erik enfadado -. Encima puede tocarte.
-¡Erik, por favor! – cortó Charles. No sabía si llorar o echarse a reír -. ¿Crees que encuentra atractivo a un hombre con un embarazo de seis meses y medio?
-¿La leíste alguna vez?
-No ando leyendo a las personas, sabes que respeto su intimidad – cansado, Charles se frotó la frente -. Esto es absurdo, toda esta discusión es absurda. En cuestión de minutos va a entrar otra vez, me hará la ecografía y en lugar de estar ansiosos por conocer el sexo del bebé, los dos estamos discutiendo como una pareja tonta.
-No me parece tonto proteger lo que es mío.
Charles rio.
-O sea que yo soy parte de tus posesiones.
Erik sacudió la cabeza. No había querido decir eso. Charles también lo sabía y solo sonrió para dar por finalizado el altercado.
La doctora regresó y le pidió a su paciente que se recostara como otras veces. Erik se ubicó junto a él y le tomó la mano. Charles conocía el procedimiento de memoria y ya el gel no lo molestaba y el cosquilleo de la máquina le era insignificante. Erik retuvo la respiración en el instante mismo en que oyó los latidos y Charles pudo sentir que el metal de la camilla vibraba suavemente.
-¡Al fin, Charles! – exclamó Haller -. ¿Lo ves? ¿Lo notas? – miró a uno y otro padre -. ¿Lo quieren saber? – ellos asintieron con la ansiedad pintada en los rostros -. Es un niño.
Charles cerró los ojos y Erik le apretó más la mano. Enseguida los abrió y se miraron felices y cómplices. Erik se inclinó para darle un beso.
-Te amo – murmuró el telépata.
Erik lo volvió a besar y observaron juntos el monitor.
…..
Todo Westchester se alegró con la noticia. Raven consideraba que Erik se merecía un buen escarmiento por el tiempo que se mantuvo ausente, pero los veía felices a los dos como nunca habían estado antes. Erik y Charles sentían que nada de lo que habían vivido juntos podía asemejarse a lo que estaban sintiendo con la llegada del bebé. La expectativa y la ansiedad los consumían y no dejaban de plantearse a quién de los dos se parecería más, o si sería una mezcla de ambos padres. También estaba el tema del nombre que los llevaba a discusiones que terminaban en risas. Las semanas pasaron y Charles entró en el séptimo mes de embarazo. Fueron las dos semanas más dichosas y tranquilas. Con Erik a su lado, disfrutaba cada instante y solo la sombra de En Sabah Nur empañaba su felicidad. Aunque Erik le aseguraba que lo vencerían y Charles se convencía de que sería así.
A pesar de los recelos de Magneto, los dos convinieron que lo mejor era contactarse con Moira. Ella se mostró fría cuando se enteró de que Magneto había regresado pero por su promesa y la situación de Charles, le acercó toda la información que estaba recopilando sobre En Sabah Nur y su secta. Charles aprendió que realizaban ceremonias secretas vestidos con ropajes y capuchas que escondieran su identidad. También que entonaban cánticos en griego antiguo y que tenían un líder del que desconocían mayores datos. Magneto estaba de forma constante cerca de Charles y listo para luchar cuando fuera necesario. Hank y Mystique seguían entrenando a los jóvenes y, aunque no se lo decían, los preparaban para una eventual pelea con En Sabah Nur.
Una noche en que los dos se encontraban en la recámara preparándose para dormir, Hank tocó discretamente la puerta para avisarle a Charles que Jean había tenido una nueva pesadilla intensa.
El telépata se dirigió a la habitación de la joven y, por el camino, tranquilizó a cada pequeño que había salido asustado a curiosear de dónde provenía el llanto fuerte. Al entrar, su mente captó el caos de la de Jean, y tuvo que masajearse la cabeza. Con sus poderes la joven había bloqueado las imágenes inconscientemente y Charles no pudo ver qué había soñado. Notó que la madera de las paredes se había corroído y había un calor intenso.
Jean ya estaba despierta y se encontraba sentada en la cama con expresión de pánico. Respiraba profundo y se secaba los ojos. Al verlo entrar, se calmó levemente y el calor comenzó a disminuir.
-Tranquila – murmuró Charles, mientras ubicaba su silla junto a la cabecera -. Ya pasó todo. Estás alterada. Bebe un poco de agua – le entregó un vaso de la mesa de luz -. Respira profundo. Eso es. Tranquilízate que estás aquí con nosotros, sana y salva.
Jean obedeció y dio algunos sorbos. De a poco, tras aspirar y exhalar aire varias veces, fue recuperando la calma.
-Lo vi – suspiró -. Vi a En Sabah Nur. Está vivo. No lo destruí como creíamos.
Charles trató de mantenerse sosegado.
-Cuéntame tu sueño.
-No fue un sueño – declaró Jean, angustiada -. Sentí que era el futuro, lo que nos espera. Vi a un niño de unos diez años sentado en un trono alto y dorado. Desde allí miraba al mundo. Luego el niño se transformó en él. Su cara, su cuerpo, todo él se convirtió en En Sabah Nur. El mundo se incendió y había muerte, destrucción y mucho dolor. ¡Fue horrible! – se cubrió el rostro, llorando.
Charles cerró los ojos y respiró hondo. No podía ser: primero se había comunicado con él, luego con Erik y ahora a Jean le enseñaba el futuro que planeaba.
-¿Eso es el futuro? – preguntó la joven con desesperación.
-No – contestó Charles, enfático -. El destino no está escrito sino que depende de nosotros. Esos son sus deseos pero no permitiremos que se vuelvan realidad. Nosotros somos muchos y él está solo.
-Pero, entonces, está vivo – concluyó Jean.
Charles asintió.
-No sé si vivo sea la palabra correcta pero no acabamos con él como pensábamos. Está buscando la manera de regresar.
-¿Trató de comunicarse con usted?
-Lo hizo como contigo a través de los sueños – confesó Charles -. Está buscando un portal, un medio para conseguirlo.
Jean quedó en suspenso. Era una joven inteligente.
-El niño que me enseñó sentado en el trono, ¿podría ser…? – no se atrevía a terminar la frase y le observó el vientre.
Charles asintió.
-Su plan es lograrlo a través de mi hijo. Por eso estaremos atentos. No te preocupes, Jean. Ya estamos trabajando en ello.
-¿Cómo podremos detenerlo? – desesperó.
-Ya encontraremos la manera – le contestó el telépata con calma -. Ustedes se están entrenando y Erik me está protegiendo. Yo estoy protegiendo al bebé y sabré luchar contra él cuando haga falta. Ahora quiero que duermas, tienes que descansar. Cualquier sueño, pensamiento, o idea que tengas, quiero que me lo hagas saber, ¿de acuerdo?
Jean sintió y se recostó. Charles la cubrió con las sábanas y, después, salió de la silla para sentarse a su lado en el colchón.
-Cierra los ojos.
Jean obedeció.
Charles le apoyó el pulgar en la frente para enviarle paz y sosiego. Jean se fue relajando de a poco y, pronto, quedó dormida. El telépata entró en su mente para verificar que estuviera teniendo un sueño tranquilo. Regresó a su silla y abandonó la recámara. Afuera lo aguardaban Hank y Erik, que se había acercado más tarde.
-Soñó con él – comunicó Charles seriamente -. Le enseñó por medio de imágenes que quiere a nuestro hijo para encarnarse en su cuerpo, y poder dominar y destruir el mundo.
-Primero tus pesadillas, ahora las de ella – exclamó Hank preocupado -. Tenemos que actuar, Charles. No podemos seguir aguardando.
-¿Qué podemos hacer? – cuestionó Charles nervioso -. Me cuido, cuido a mi hijo, ustedes me cuidan a mí. Estamos todos atentos a su nacimiento pero no se me ocurre nada más qué hacer por ahora.
-Hay que buscar la forma de destruirlo – dictaminó Erik -. Me dijiste que MacTaggert iba a traerte más información en estos días. Necesitamos más datos sobre él, necesitamos conocer más, descubrir cuál es su punto débil, cuál es la manera de acabarlo.
-Pero parece inmortal – suspiró Hank.
-No lo es – declaró Charles -. Él no está vivo. Según lo que investigué, está en otra dimensión, esperando el cuerpo de mi hijo para regresar. Si descubriéramos la ubicación de esa dimensión, si pudiéramos atacarlo allí. Tal vez sea la solución que necesitamos.
-No sé cómo hacer viajes astrales – opinó Hank.
-Eso es peligroso – advirtió el telépata -. Al hacerlo, el viajero deja su cuerpo expuesto para que la invada cualquier entidad extraña.
-Seríamos el recipiente perfecto para él – adujo Erik -. Escuchen los dos, no solucionaremos nada esta noche. Charles, necesitas descansar. Tampoco es bueno que estés pensando en esto antes de dormir. Hank, nos vemos en la mañana.
Charles y Hank se mostraron de acuerdo con él. Los dos amantes regresaron a su habitación, mientras que Hank enfilaba a la suya en dirección contraria. Al llegar se metió cada uno en su lecho y trató de dormir.
En medio de la madrugada, Erik despertó por los ruidos y gemidos de Charles. Prendió el velador y vio que sudaba y murmuraba en sueños. Tenía una expresión de angustia que lo sobresaltó. Rápidamente lo envolvió en sus brazos y comenzó a susurrarle al oído para que se despertara. Mientras lo abrazaba, percibió que tenía el vientre abultado muy caliente.
-Charles, Charles. Despierta, por favor. Despierta.
Charles soltó un grito de dolor. Se incorporó en la cama y se abrazó el vientre con las dos manos.
-¡Me lo quitó! – gritó, espantado y sin abrir los ojos -. En Sabah Nur me lo quitó. ¡Se llevó a nuestro hijo! ¡No está! ¡Vi cómo me lo arrancaba y se lo llevaba con él!
-¡Charles! – exclamó Erik, tomándolo de los hombros -. Despierta. Estás teniendo otra pesadilla. Estás aquí, en la cama conmigo. Abre los ojos y mira tu barriga. ¡Mira! Aun estás embarazado. El bebé está allí.
-¡No! – aulló.
Desesperado, Erik lo abrazó con fuerza.
-Charles, abre los ojos, por favor.
El telépata por fin obedeció y se encontró con la mirada angustiada de su amante.
-Mírate, Charles – suplicó Erik -. Tócate, nuestro hijo está allí.
Charles se acarició el vientre y notó que la criatura se movía alterada. Suspiró profundo, mientras observaba ya su abdomen, ya a Erik y ya la habitación. De a poco fue volviendo en sí.
-Tuviste una pesadilla – comentó Erik, apretándolo contra sí.
-Fue horrible – exclamó Charles, espantado -. Peor que la que tuve un mes atrás. Estaba atado en esa especie de altar, dentro de la pirámide, y En Sabah Nur me abrió el vientre y me quitó el niño. ¡Se lo llevó con él y yo no podía hacer nada!
A Erik no se le ocurrió más que seguir acunándolo. Charles estaba aterrorizado como pocas veces lo había visto. La sola mención de la pesadilla que había tenido, bastó para que Magneto también se asustara. Ya estaban teniendo demasiado contacto con ese monstruo. Bastaba apenas menos de dos meses para que el niño naciera y todavía no habían encontrado una solución.
-Mañana planeamos con Peter ir a la ciudad y volver por la tarde – comentó Erik -. Pero podríamos cancelarlo y me quedaría contigo.
-No – contestó Charles, cerrando los ojos. Tenía la cabeza apoyada justo sobre el corazón de su amante y sus latidos lo estaban tranquilizando -. Ve con Peter. Yo me quedaré aquí. Hank y Raven estarán alertas.
-No me gusta la idea de dejarte – confesó Erik -. No ahora después de estos mensajes que estamos recibiendo.
-Erik, sal con Peter, por favor. Él te necesita.
-Tú me necesitas también.
Charles deshizo el abrazo para mirarlo a los ojos.
-Te necesito y te tengo aquí conmigo – adujo -. Sabes, me parece que tal vez la idea de encontrar la dimensión donde está atrapado ahora sea la solución adecuada. Déjame discutirlo con Hank. En cambio, tú sal con Peter. Necesitas despejarte.
-De acuerdo – aceptó Erik y volvió a abrazarlo -. Pero ante la menor duda dímelo y cancelaré la salida.
…..
A la mañana siguiente, después de que Erik y Peter salieron, Charles se ocupó de asuntos de la academia para no pensar en En Sabah Nur. A media mañana recibió un llamado de la doctora Haller. Acababa de recibir los resultados de unos exámenes que se había hecho y quería que los discutieran juntos. Charles sintió que el corazón se le subía a la garganta porque aunque no sonara preocupada, temió que hubiera problemas. Pero ella le aseguró que no se trataba de nada malo. Sin embargo, era imperante que platicaran porque necesitaría un tratamiento especial.
Charles colgó el teléfono y se frotó la sien. Podría esperar a Erik pero recién regresaría por la tarde y cansado de la salida. Llegó a la conclusión de que debía ir solo y le pidió a Hank que lo llevara en coche hasta la clínica.
-¿Estás seguro de que no quieres que entre contigo? – insistió Hank, mientras iba conduciendo.
-No – negó Charles con la cabeza -. Es que quiero aprovechar la visita para preguntarle por cuestiones personales, ya sabes, íntimas.
Hank asintió y no dijo más nada. Charles deseaba discutir con ella la conveniencia de mantener relaciones sexuales en el último tiempo por el tamaño de su vientre y la cercanía del parto. Lo ideal hubiera sido que Erik estuviese presente pero no era así y necesitaba conversarlo.
Hank aparcó en el estacionamiento de la clínica y lo acompañó hasta el consultorio. Una vez que Charles entró, fue hasta la cafetería para beber algo mientras lo esperaba.
Charles entró, saludó a Haller y los dos se ubicaron enfrentados junto al escritorio. Ella sacó los papeles de un sobre para enseñarle los resultados del último examen al tiempo que le explicaba que sería un tratamiento breve que no revestía gravedad alguna. De igual manera, Charles ya casi estaba sudando de la ansiedad.
De repente, comenzó a sentirse mareado y con sueño, mucho sueño. Bostezó y se restregó los ojos. La criatura en su vientre dejó de moverse como si se hubiera quedado dormida instantáneamente. Charles se masajeó la panza y volvió a bostezar.
Haller notó que algo raro pasaba.
-¿Estás bien, Charles? – preguntó sorprendida.
Charles quiso responderle que estaba exhausto pero sintió una oscuridad que lo envolvía y absorbía por completo. Solo escuchó que Haller exclamaba: "¡Charles!" y no oyó ni sintió más nada.
…
Charles abrió los ojos. Estaba acostado boca abajo a lo largo de uno de los altares y reconoció el techo de la cámara de la sala del ritual de transferencia. Era el mismo de donde En Sabah Nur había hecho descender la pirámide dorada para iniciar el rito. Miró hacia los costados y vio los jeroglíficos tallados en los muros, el trono enorme que se alzaba a sus espaldas y las estatuas gigantescas de los Cuatro Jinetes. Yacía en el mismo altar donde Archangel lo había depositado siete meses atrás. Estaba dentro de la pirámide, estaba en El Cairo. Desesperado quiso levantarse y notó que tenía las muñecas aferradas a los costados del cuerpo con cerraduras de acero. Comenzó a moverse frenético e irguió el cuello para mirar más allá pero su vientre abultado le tapaba la visión. La criatura seguía durmiendo tranquila y podía percibir a través de sus ondas cerebrales que estaba sana.
-Esto es una pesadilla – murmuró para sosegarse y cerró los ojos -. Todo está bien. Estoy en Nueva York, en la clínica. Esto no es más que otra pesadilla.
Sin embargo, la intuición le decía que esta vez estaba viviendo la realidad. ¿Acaso lo habían secuestrado? ¿Qué le había ocurrido exactamente? Abrió los ojos y vio que ahora lo rodeaban personas con túnicas y capuchas carmesí. ¿Quiénes eran? De inmediato recordó las fotografías que Moira le había enseñado una vez de los participantes de la secta adoradora de Sabah Nur. Eran los mismos. ¿Qué le había pasado? ¿Los miembros lo habían secuestrado? ¿Dónde estaba Hank? ¿Dónde estaba la doctora Haller? Advirtió que una figura se acercaba vistiendo una túnica dorada con jeroglíficos bordados. Se notaba que se trataba del líder. Llegó hasta los pies del altar y se quitó la capucha.
-Buenos días, Charles Xavier – saludó solemnemente.
Charles quedó de una pieza al ver de quién se trataba.
…
Hola:
Estaré actualizando el domingo.
