DISCLAIMER: LOS PERSONAJES PERTENECEN A JK Y LA HISTORIA A JUDE DEVERAUX, YO SOLO ADAPTO ESTA HISTORIA PARA EL DISFRUTE DE LOS SEGUIDORES DEL DRAMIONE.

HECHAS LAS ACLARACIONES, PERDON POR TARDAR MAS DE LA CUENTA EN SUBIR EL CAPITULO. COMO COMPENSACION SUBIRE OTRO EN UN RATO.

SI ENCUENTRAN ALGUN ERROR EN EL CAPITULO, POR FAVOR REVIEW Y LO CORREGIRE LO ANTES POSIBLE.

6

Cuando Hermione se despertó, se preguntó si Malfoy-Black habría abandonado ya la isla. ¿Habría vuelto a su camioneta para continuar con ese proyecto cuyo diseño había tomado prestado de una revista?, se preguntó. No pudo evitar que la inundara la rabia por sus flagrantes mentiras.

Se levantó y le echó un vistazo al retrato del capitán Abrax, sin prestarle mucha atención. Esa mañana no sintió beso alguno.

Entró en el cuarto de baño para ducharse y lavarse el pelo.

«¿Qué hago ahora?», se preguntó mientras se enjabonaba. El hecho de que S.A.R. Malfoy le mintiera no debería afectar su estancia en Nantucket. Antes de llegar, ni siquiera sabía que él estaba en la isla. Además, nunca se había planteado la posibilidad de llegar a conocerlo. Sí que había sopesado la probabilidad de solicitar trabajo en su estudio de arquitectura, de la misma forma que hacían la mayoría de los estudiantes.

Una vez que salió de la ducha, se secó el pelo, se lo recogió y se maquilló de forma suave, tras lo cual volvió al dormitorio para arreglarse. La ropa que le había comprado Pansy seguía en las bolsas, en un rincón de la estancia. Vació el contenido de la bolsa de Zero Main en la cama y al abrir el papel de seda no pudo contener una sonrisa. La ropa era sencilla, pero el tejido era maravilloso. Como Nantucket. Como sus casas. Había dos camisas, un jersey de punto, un pañuelo, unos pantalones negros de lino y un estuche con unos pendientes de turquesas.

—Puedo salir a explorar la isla —se dijo en voz alta mientras contemplaba el enorme retrato—. ¿Qué piensas, capitán? ¿La camisa azul o la melocotón?

Hermione no se sorprendió al ver que se movía el cuello de la camisa azul. Sin embargo, estaba doblado, de manera que lo lógico era que recuperara la forma original. No obstante, prefería creer que había sido obra del capitán.

—Gracias —dijo.

El simple hecho de pensar que no estaba sola en la casa la hacía sentirse mejor. Que su compañero hubiera muerto hacía más de doscientos años era un detalle que no pensaba analizar.

Cuando se vistió, respiró hondo y abrió la puerta. Lo primero que vio fue un narciso en la puerta. Bajo él había un sobre blanco grande.

Su primer pensamiento fue que se lo había enviado su padre. El segundo, que tal vez Eric la había localizado.

En cuanto abrió el sobre, descubrió la letra de alguien acostumbrado a manejar una pluma.

Por favor, acepta mis disculpas por el malentendido.

Draco Malfoy Black VII

Hermione miró la nota sin dar crédito. ¡El séptimo! ¿Quién tenía un nombre que habían llevado seis generaciones antes que él? Claro que su nombre no era lo más importante. La noche anterior le había mentido descaradamente sobre su profesión. Draco sabía que ella viviría un año en la isla y que era una estudiante de Arquitectura, y había hecho todo lo posible para evitar que ella hablara del tema que ambos adoraban.

En la escalera, encontró más flores que fue recogiendo una por una. Cuando llegó a la planta baja sonreía de oreja a oreja. Se las llevó a la cocina y, como sabía dónde se guardaban los jarrones, cogió uno y lo llenó de agua. Los alegres narcisos estaban preciosos en la mesa de la cocina.

Miró por la ventana trasera hacia la casa de invitados, pero todas las luces estaban apagadas. Pensó que Draco aún estaría durmiendo y se dirigió al salón familiar.

Lo encontró sentado en uno de los sillones orejeros, con esas largas piernas estiradas al frente y un periódico entre las manos. Por un instante, Hermione contempló su perfil y no pudo evitar el aleteo que sintió en el corazón. Además de ser un brillante arquitecto, estaba como un tren.

De repente, volvió la cabeza y la descubrió. Sus ojos adquirieron una expresión luminosa, como si acabara de verla como mujer. Sin embargo, la mirada cambió al instante y la miró como si... bueno, como la miraba su padre.

Debería haberse puesto la camisa color melocotón.

—Buenos días —la saludó Draco—. ¿Has dormido bien?

—Estupendamente —respondió ella.

Lo vio doblar el periódico, que después dejó en una mesa, y coger un ramillete de rosas de pitiminí.

—Son para ti.

Hermione se acercó para olerlas, pero cuando su mano se acercó a la de Draco, él retrocedió. Hermione se dio media vuelta para ocultar su ceño fruncido.

—Voy a ponerlas en un jarrón.

«De acuerdo», pensó. La noche anterior le había dejado bien claro que no admitía hablar de arquitectura y en ese momento era evidente que tampoco quería que hubiera contacto físico.

—Siento mucho haberte mentido sobre mi trabajo —le dijo. La había seguido hasta la cocina y estaba tras ella—. Es que pensé que...

—¿Que intentaría convertirlo en mi mentor? —Estuvo a punto de sonreír al pensar en la forma en la que había descrito su «trabajo».

—Pues sí, la verdad. —Le regaló una sonrisilla.

Hermione hizo todo lo posible para no mirar su labio inferior y su sonrisa, que había dejado sus dientes al descubierto. Le dio la espalda de nuevo para que no viera la expresión que estaba segura que tenían sus ojos.

—¿Te apetece desayunar conmigo en Downyflake?

Hubo algo en la invitación que la dejó mosqueada. Como si Draco pensara que estaba obligado a disculparse, que era imprescindible invitarla a salir. ¿Pensaría que por el hecho de estar viviendo en su casa tenían que pasar tiempo juntos... aunque no le apeteciera?

Hermione lo miró con una sonrisa. Una sonrisa que no le llegó a los ojos, algo que no era culpa suya.

—Es que tengo trabajo pendiente, así que prefiero quedarme aquí. Hay bollitos en el frigorífico.

—Me los he comido —confesó él, con un deje irritado en la voz.

«Estoy segura de que las mujeres nunca lo rechazan», pensó Hermione.

—Saldré a comprar más.

—No puedes sobrevivir a base de bollería —replicó Draco, que frunció el ceño.

Hermione no pudo evitar que la sonrisa fuera genuina en esa ocasión.

—Seguro que en Nantucket venden comida además de bollería. Estoy segura de que incluso podré encontrar un restaurante en el centro del pueblo.

—En Downyflake venden donuts. Los hacen todas las mañanas.

—Ah —exclamó Hermione, como si le hubiera gustado la idea.

—¿Has explorado la isla? —le preguntó—. ¿O solo has caminado desde el ferry hasta aquí? Eso apenas es nada.

Hermione se limitó a mirarlo en silencio. Había algo en su voz que no le parecía sincero. ¿Qué lo había hecho cambiar de opinión? La noche anterior se había negado a hablar de sí mismo, y había asegurado que se marchaba de la isla. En ese momento le regalaba flores y se disculpaba. ¿Por qué?

—Alquilaré un coche y...

Draco puso los ojos en blanco.

—Siento haberte mentido, ¿vale? Nantucket es mi hogar. El lugar donde me refugio de la gente que me pregunta de dónde saco mis ideas o qué planes tengo para el futuro. ¡Y los estudiantes son los peores de todos! Uno de ellos me preguntó si podía ofrecerle alguna perla de sabiduría. ¿Yo, ofrecerle una perla de sabiduría? ¿Como si fuera un profeta del Antiguo Testamento? Y ya si hablamos de las estudiantes... —Dejó la frase en el aire e hizo una pausa—. Lo siento. Anoche me pillaste desprevenido. Me imaginé que tendría que responder a todas tus preguntas y... otras cosas más.

Hermione lo contemplaba en silencio, alucinada. Draco acababa de describir todo lo que ella planeaba hacer, incluyendo esas «otras cosas más». Mientras hacía la maqueta de la capilla, había imaginado que él le decía que era genial y después... Bueno, después se había imaginado que por fin saboreaba su labio inferior.

Por supuesto, no podía decirle eso.

—Yo también necesito pasar temporadas alejada del trabajo —replicó Hermione, y supo que era su turno para mentir. Había proyectado trabajar el doble mientras estaba en Nantucket.

—Entonces ¿qué te parece si salimos a desayunar y planeamos qué hacer durante tu estancia en Nantucket? Te enseñaré dónde está el supermercado, Marine Home y otros sitios esenciales.

—De acuerdo —respondió ella—. Prometo no hacer preguntas sobre arquitectura.

—Puedes preguntarme lo que quieras —dijo Draco.

Sin embargo, su tono de voz no encajaba con sus palabras. Parecía que estaba invitándola a pegarle con un bate de béisbol cada vez que le apeteciera.

—Vale —repuso con seriedad—, si pudiera ofrecerle una perla de sabiduría a un estudiante, ¿cuál sería?

—Pues... —respondió él, devanándose los sesos en busca de una respuesta.

—Era una broma —le aseguró Hermione—. Quería tomarle el pelo.

Draco la miraba como si le resultara un misterio indescifrable. Acto seguido, abrió la puerta trasera.

—¿Te importa si vamos en mi camioneta?

—Me he pasado media vida en una —contestó Hermione, aunque él no replicó.

La camioneta de Draco era roja y vieja. En la parte trasera llevaba una enorme caja de herramientas y una nevera portátil. En el interior había arena y polvo, pero nada más. Los asientos estaban usados, pero en buenas condiciones.

Dio marcha atrás para salir a Black Lane y después tomó la ruta que Pansy y ella habían hecho a pie. La estrecha calle estaba silenciosa.

Al final, justo antes de doblar para enfilar Main Street, señaló con la cabeza una casa emplazada a la derecha.

—Ahí vive mi prima Lexie con su compañera, Luna. Plantan flores para vender.

—¿Ahí ha conseguido los narcisos y las rosas?

—Sí —contestó con una sonrisa—. Luna las cortó.

—¿Y la tal Luna le preguntó para qué las quería?

—Su verdadero nombre es... no me acuerdo ahora mismo, pero siempre la hemos llamado Luna. Solo tiene veintidós años y ha pasado todos los veranos aquí con sus padres, pero hace un par de años, después de que sus padres se marcharan, ella se quedó.

Hermione lo miraba mientras conducía. La desaseada barba y el pelo hacían que aparentara más de los treinta y seis años que sabía que tenía.

—Parece que está enamorado de ella.

Draco sonrió.

—Todo el mundo está enamorado de Luna. Es una chica muy dulce.

Hermione miró por la ventana la preciosa hilera de casas de Main Street. Los adoquines hacían que la camioneta avanzara dando tumbos, hasta tal punto que se vio obligada a aferrarse a la puerta. Pese a la belleza que la rodeaba, no pudo evitar sentir una punzada de desilusión. Llevaba de subidón desde que vio a Draco Malfoy en su embarcación, sonriéndole a una chica con unos pantalones demasiado cortos. Había supuesto que podría aprender de él, trabajar con él. Y esa noche, mientras releía su poema, incluso había pensado en tener una aventura con él. Sería algo que después podría contarles a sus nietos. Esa línea de pensamiento la había ayudado a olvidar no solo que su novio la había abandonado, sino también el miedo de pasar un año sola en un lugar donde no conocía a nadie.

Sin embargo, todo lo que había imaginado se había ido esfumando poco a poco. No habría conversaciones sobre arquitectura con ese hombre tan ilustre. Ni mucho menos tendría una aventura con él. Draco parecía sentirse atraído por ella, pero había apartado la mano de un brinco cuando estuvo a punto de tocársela. Seguramente se guiaba por una regla inquebrantable en lo referente a las estudiantes y, sin embargo, se derretía al pensar en una chica llamada Luna... a quien todo el mundo adoraba.

—¿Siempre estás tan callada como ahora? —le preguntó él.

Ante ellos se extendía el precioso pueblo de Nantucket, con sus maravillosos edificios. Se detuvo en una señal de stop y dobló a la derecha. Pasaron frente a una librería pequeñita y después frente a una magnífica iglesia. Era una calle repleta de casas, todas ellas fascinantes.

—Es como viajar al pasado —comentó Hermione—. Entiendo por qué se refugia en Nantucket. Creo que mi madre viene a menudo, muy a menudo.

Draco la miró al instante. Victoria pasaba el mes de agosto en Nantucket todos los años desde que él era pequeño. Era una mujer guapa y simpática, y a él le encantaba charlar con ella. Sin embargo, sabía que su hija no estaba al tanto de sus visitas a la isla.

—Este es mi espacio privado —solía decir Victoria.

A lo que Abrax replicaba:

—Aquí es donde plagias tus argumentos.

Todos los años, el primer día de agosto, la tía Andy le entregaba a Victoria uno de los diarios que las Black habían escrito a lo largo de los siglos. Durante el resto del mes, Victoria se pasaba las mañanas leyendo la letra antigua y elaborando la línea argumental básica de su siguiente novela. Se saltaba los detalles aburridos sobre la cantidad de tarros de encurtidos que las mujeres preparaban e iba directa a lo más emocionante.

Victoria se negaba a que alguien descubriera de dónde «plagiaba» sus argumentos, en palabras de Abrax, de modo que había mantenido en secreto sus visitas a Nantucket. No lo sabían ni sus amigos, ni la editorial, ni mucho menos su hija. Sin embargo, era un secreto a medias, ya que en la isla todos estaban al tanto. Durante once meses al año, Black House era el lugar donde se celebraban las reuniones que Andy convocaba, pero en agosto, mientras Hermione estaba con su padre, la casa se convertía en un lugar alegre lleno de música, baile y risas.

Draco volvió al presente.

—Aquí hay una confitería —le dijo a Hermione cuando se detuvo en el siguiente stop—, y preparan tartas de boda.

—Y Luna se encarga de las flores —comentó ella—. Hablaré con mi amiga Pansy, pero no creo que me quede. Es que...

Draco esperó a que terminara la frase, pero no lo hizo.

«¡Genial! —pensó—. Si no se queda, todos se enfadarán conmigo.» Su abuelo estaba convencido de que Hermione tenía la clave para descubrir qué le había sucedido a su preciosa Valentina. Ken quería que su hija aprovechara ese año para crear una carpeta de diseños. Y Victoria era la peor. Llamaba con frecuencia y aunque jamás se lo había dicho abiertamente, Draco sabía que quería ver los diarios personales de la tía Andy, que estaban ocultos en algún lugar de la casa.

Además, Lexie le echaría la bronca por haber ahuyentado a Hermione, y Luna se entristecería muchísimo. Sin duda alguna, todos sus parientes dirían que la había espantado porque quería recuperar su casa.

Lo mirara por donde lo mirase, no le convenía que Hermione se marchara antes de que se acabara el año.

Mientras recorrían el pueblo, Hermione miraba por la ventanilla las casas, en especial cuando llegaron a dos rotondas, una de las cuales era una glorieta. La amabilidad de los conductores le resultaba asombrosa. Draco se detenía para dejar pasar a los conductores que aguardaban a fin de poder salir de las calles secundarias y ellos se lo agradecían levantándole la mano. Coches, personas, bicicletas, animales... todo el mundo tenía su espacio y se respetaba. Todo el mundo daba las gracias.

Se detuvieron y aparcaron en el estacionamiento de un pequeño edificio sobre cuya puerta había una enorme rosquilla donde se leía DOWNYFLAKE.

—¿Por qué se llama así?

—Ni idea —contestó Draco—. Pregúntale a Sue.

Él abrió la puerta y la invitó a pasar. Se trataba de un restaurante acogedor que a Hermione le gustó de inmediato. Y por fin tuvo la primera impresión de lo que significaba haber crecido en la isla. Draco conocía a todo el mundo. Saludó al personal y a casi todas las mesas, que estaban llenas de clientes.

—Sentaos donde queráis —les dijo una mujer muy guapa que les ofreció una carta.

—Gracias, Sue —replicó Draco, que eligió un reservado situado junto a una ventana. Antes de llegar, se detuvo para saludar a un grupo de hombres sentados a una mesa muy grande con los que habló de ciervos y de embarcaciones. Después, siguió hacia el reservado y se sentó junto a Hermione—. Lo siento. He pasado unos días fuera y todos quieren ponerme al tanto de las novedades. Hola, Sharon —le dijo a una camarera muy mona, alta y delgada.

—¿Volviste anoche? —le preguntó ella con un precioso acento irlandés mientras le ofrecía a Hermione una carta y le servía un café a Draco.

Hermione asintió para que le sirviera también café. Cuando la chica se marchó, le echó un vistazo a la carta.

—¿Qué está mejor?

—Todo está bueno.

—Creo que me pediré las tortitas de arándanos y un par de donuts.

Draco se volvió, le hizo un gesto a Sharon con la cabeza y cuando la chica volvió, Hermione le dijo lo que quería. Draco no habló.

—¿No va a pedir? —le preguntó Hermione cuando la camarera se alejó.

—Siempre pido lo mismo, así que se limitan a traérmelo.

—No acabo de imaginarme lo que debe de ser vivir en un sitio donde los restaurantes saben lo que vas a pedir.

Draco miró por la ventana un instante.

—Cuando estoy en Nueva York, echo tanto de menos Nantucket que a veces creo que acabaré evaporándome.

—¿Qué hace cuando le pasa eso?

—Si es posible, cojo un avión y me vengo a casa. La tía Andy siempre estaba aquí, siempre ocupada con algo y mi... —Dejó la frase en el aire. Había estado a punto de mencionar a su abuelo, algo inusual ya que había sido un tabú durante toda su vida.

Sin embargo, fue como si Hermione le leyera el pensamiento.

—Pansy me ha dicho que Nantucket es uno de los lugares del mundo con más casas encantadas. ¿Ha visto algún fantasma? A lo mejor hay alguno en Black House.

—¿Por qué lo preguntas?

Hermione se percató de que eludía sus preguntas.

—Porque pasan cosas raras. Fotos que se caen de las mesas, trozos de hollín que se desprenden de la chimenea, ese tipo de cosas. Esta mañana estaba tratando de decidir entre una camisa azul y una de color melocotón y el cuello de la que llevo puesta se movió.

Draco sabía que a su abuelo le gustaba el azul.

—Hay muchas corrientes de aire en la casa. ¿Has oído cómo cruje el suelo?

Seguía eludiendo sus preguntas.

—No, pero creo que un hombre me besó en la mejilla.

Draco no sonrió.

—¿Te asustaste?

—Qué va. Me gustó. —Estaba a punto de añadir algo más, pero una pareja de edad avanzada se acercó a ellos para saludar y para decir lo mucho que sentían que Andy hubiera muerto.

Hermione se bebió el café y observó a Draco mientras este hablaba y sonreía. Con esa barba canosa y descuidada, y el pelo tan largo parecía cansado. Había seguido su carrera hasta el punto de saber que era un trabajador incansable. A veces, parecía que todo aquel que podía permitirse una casa diseñada por Draco Malfoy acababa encargándole el trabajo. Se habían publicado al menos cuatro libros sobre su trabajo y otros muchos con fotos de sus diseños. Sus proyectos salían en la mitad de las revistas que se vendían en los quioscos. A menudo, Hermione se había preguntado si ese hombre dormiría.

Era raro pensar en él como una persona con vida privada, con amigos y familia. El hecho de que poseyera un don extraordinario era un detalle aleatorio. Se suponía que iba a quedarse en la isla, pero le había dicho que pensaba marcharse y Hermione suponía que lo que quería era alejarse de ella y de todas las cosas que había planeado preguntarle.

Cuando la pareja se alejó, Draco bebió un sorbo de café.

—Gracias por las flores —le dijo ella—. Ha sido un detalle por su parte.

—No debería haber mentido.

—Hizo bien. De no haber mentido, lo habría bombardeado con preguntas. No hace falta que se vaya de Nantucket. Le prometo que no lo incordiaré. —Aunque lo había dicho antes, en esa ocasión lo hizo sin resentimiento—. No le haré preguntas sobre diseño ni sobre cómo se inspira para tener esas ideas. Ni siquiera le preguntaré cómo consiguió diseñar el edificio Klondike. Al menos, mientras estemos en Nantucket. Aquí será Draco Black para mí, no el famoso y genial Draco Malfoy. Pero... —Le sonrió—. Fuera de la isla, no le prometo nada. ¿Trato hecho?

Draco le regaló una sonrisilla porque no estaba seguro de lo que debía responderle. Esa mañana había entrado de nuevo en la casa para echarle un vistazo a la maqueta de la capilla que había hecho Hermione. Su socio, Tim, le había enviado otro mensaje de correo electrónico diciéndole que necesitaba el diseño para la casa de California lo antes posible. La pareja de actores quería un proyecto de Draco Malfoy, no el diseño de otro arquitecto del estudio. Querían que fuera Draco en persona quien les planeara la casa.

Esa mañana, Draco había tenido la idea de convencer a la pareja de que debían aceptar un diseño de Hermione Granger. Les había hablado de su padre, el hombre que a él le había enseñado todo lo que sabía. Había enfatizado que Hermione estaba empezando y que ellos serían los primeros en tener un boceto suyo. Y que una capilla privada, escondida en algún lugar de su enorme propiedad sería ideal.

De esa manera, ofreciéndole un trabajo a Hermione podría devolverle a Ken todo lo que había hecho por él.

—Será como si pasara el testigo.

—¿Cómo dice?

Draco no se había dado cuenta de que había hablado en voz alta.

—Estaba pensando en el trato que ofreces, muy generoso por tu parte. En mi época de estudiante mi sed de conocimientos era insaciable. —«Entre diversión y diversión, claro», añadió para sus adentros. Lejos de casa y rodeado por todas aquellas universitarias de piernas largas... acababa la mitad de los diseños unas tres horas antes del plazo de entrega.

Le sonrió. Lo que debía hacer era conseguir que Hermione le enseñara la maqueta y mostrarse sorprendido al verla. No quería que pensara que había estado fisgoneando, o que alguien que no existía le había enseñado su diseño.

Les llevaron el desayuno. Huevos revueltos con espinacas, beicon y queso, y un muffin de grosellas para él. Hermione había pedido tortitas de arándanos y un par de donuts cubiertos por chocolate.

Mientras empezaba a comer, Draco pensó que debía distraer a Hermione de la idea de abandonar la isla. Necesitaba un motivo para quedarse en Nantucket.

—¿Sabes que las bodas son uno de los grandes negocios de Nantucket? Mueven millones. No sé mucho del tema, pero estoy seguro de que no sería muy complicado organizarle la boda a tu amiga.

—¿Y su novia, Luna, me ayudaría?

Draco sonrió de oreja a oreja, de modo que Hermione sintió que se le erizaba el vello de la nuca. ¡Ese labio inferior! Apartó la mirada.

—Luna no es mi novia. Es un imposible para mí. Soy demasiado... —Se pasó una mano por la barba mientras buscaba la palabra adecuada. ¿Vulgar? ¿Soez? ¿Demasiado masculino?

—¿Demasiado viejo? —le preguntó Hermione.

—¿Viejo? —repitió, mirándola.

—Ha dicho que es muy joven. Veinte años, ¿no?

—Acaba de cumplir veintidós. Su padre le regaló un frigorífico para su cumpleaños.

—¡Ah! —exclamó ella—. ¿Y lo envolvió con papel de regalo?

En esa ocasión, Draco se percató de que estaba bromeando.

—Conociendo a su padre, seguramente lo llenó de billetes de cien dólares. Que Luna le devolvería después. Está decidida a mantenerse con su trabajo.

—¿Con las flores?

—Sí, además trabaja en una floristería. Puede aconsejarte sobre las flores para la boda.

Hermione no sabía si admirar a esa chica tan joven o si odiarla por hacer que la gente se enamorara de ella.

—Y, por supuesto, también está Valentina. Puedes averiguar cosas sobre ella.

—¿Qué parte de las bodas organiza? ¿Las tartas? ¿La fotografía? —Hermione se preguntó cuántas novias tendría Draco en la isla.

La estaba mirando con una expresión tan penetrante que tuvo la impresión de estar siendo observada a través de un microscopio.

—¿No te han hablado de Valentina?

—Parece que se han dejado muchas cosas en el tintero. Mi madre viene a menudo a Nantucket y a juzgar por la cantidad de material que he encontrado en el armario del dormitorio verde, sus estancias son frecuentes. Y luego está usted. Me resulta difícil creer que siendo una estudiante de Arquitectura, haya acabado en una casa cuyo dueño es una Leyenda Viva de Estados Unidos.

—¿Una qué? —Draco parecía horrorizado.

—Una Leyenda...

—Te he oído, pero eso es ridículo.

Hermione se tomó su tiempo para masticar mientras lo miraba.

—¿Son cosas mías o cada vez que le hago una pregunta directa, como por ejemplo sobre mi madre o los fantasmas o por qué estoy aquí, usted se sale por la tangente?

Draco estuvo a punto de atragantarse mientras contenía una carcajada. Si no le hubieran dicho que era hija de Victoria, lo habría adivinado en ese mismo momento.

—¿Tu madre no es esa escritora famosa?

—Si creció en Nantucket y vuelve a casa cada vez que puede, y mi madre pasa temporadas en la isla con tanta asiduidad que incluso tiene un dormitorio en su casa que parece la Ciudad Esmeralda, estoy segura de que la conoce.

Draco cogió la taza de café para ocultar la sonrisa.

En ese momento, era el turno de Hermione de mirarlo cual halcón acechando su presa.

—Sé que mi madre es la responsable de que yo pase este año en Black House. ¿Qué está tramando?

—¿Te importa si me como uno de tus donuts?

—Cójalo. La pregunta del millón es por qué me está ofreciendo hacer todas esas cosas para que no me vaya de la isla.

—¡Draco! ¿Qué pasa, tío? —dijo una voz masculina.

—¡Salvado por la campana! —murmuró Draco entre dientes.

—¡Ja! Ni de coña —replicó Hermione.

Un chico que le pareció conocido se acercó a la mesa.

—Veo que lo has encontrado —le dijo el chico a Hermione—. Me recuerdas, ¿verdad?

Recordó que se llamaba Wes, pero dijo:

—Fes, ese es tu nombre, ¿no?

Él se echó a reír.

—Es maravilloso ver que una chica guapa recuerda cómo me llamo. No estarás liada con este vejestorio, ¿eh?

Hermione seguía sonriendo y vio con el rabillo del ojo que Draco fruncía el ceño.

—¿El señor Black y yo? ¡Qué va!

—Genial —dijo Wes—. ¿Te apetece venir conmigo al Festival de los Narcisos este fin de semana? Seguiremos el desfile en el coche viejo de mi padre y después haremos un picnic en Siasconset.

—¿Qué llevo?

—Solo tu preciosa persona. Mi madre y mi hermana se encargarán de cocinar.

—Es algo familiar, supongo —comentó Hermione al recordar que Wes había dicho que era primo de los Black.

—En ese caso, tendríamos que invitar a toda la isla. Voy a salir hoy en mi embarcación, ¿te apetece acompañarme?

—Me...

—Vamos a ir a ver a Dilys —la interrumpió Draco con firmeza—. Y tenemos cosas que hacer en el pueblo.

Hermione mantuvo la vista clavada en Wes.

—Además, el señor Black y yo tenemos muchas cosas de las que hablar.

—Pensándolo bien —replicó Draco—, quizá sea mejor que te acompañe.

Hermione se volvió y le regaló una sonrisa afectuosa.

—Es mi anfitrión y creo que deberíamos conocernos mejor, ¿no le parece?

—He venido a desayunar, así que podría sentarme con vosotros —sugirió Wes—. Además, llevo semanas sin ver a Dilys.

—Hemos acabado —dijo Draco, que se puso de pie y dejó dinero en la mesa.

Downyflake no aceptaba pagos con tarjeta.

—Hasta el sábado —se despidió Hermione de Wes mientras se marchaba, con Draco pisándole los talones.

Una vez en la camioneta, Draco tuvo que salir del estrecho aparcamiento, algo que hizo con facilidad.

—Bueno, ¿qué interés tiene mi madre en que yo viva en Nantucket? —preguntó Hermione en cuanto salieron a la calzada.

—Ni idea —respondió él.

Hermione se percató de que estaba diciendo la verdad.

—A ver, todo esto me ha pillado por sorpresa —confesó Draco—. Mi tía Andy murió y me enteré de que le había dejado la casa familiar, que debería haber pasado a mis manos, a la hija de Victoria, para que la habitara durante un año. Confieso que me enfadé mucho cuando me enteré. —La miró para ver cómo se lo tomaba.

—No lo culpo. Yo también me habría enfadado. ¿Por qué viene mi madre a la isla?

—¿En busca de inspiración? —aventuró él, tratando de fingir ignorancia—. ¿Sus libros no se ambientan en un pueblo marinero?

—¿No los ha leído?

—No. —Lo que no dijo fue que no los leía porque estaban inspirados en sus antepasados. ¿Quién quería leer que su tatarabuelo tuvo varias aventuras? ¿O que un primo lejano posiblemente mató a su cuñado?

—¿Por qué no me dijo mi madre que venía a Nantucket? Todos los años me mandaba con mi padre durante el mes de agosto. Me decía que ella se iba a la casita de las montañas de Colorado para pensar y crear el argumento de sus novelas.

«En realidad, se pasaba ese mes leyendo los diarios de mi familia, uno a uno», pensó Draco, aunque guardó silencio.

—¿Venía aquí en vez de irse a Colorado?

—Ha pasado todos los veranos en la isla desde que yo tenía catorce años.

Hermione abrió la boca para hablar, pero la cerró de nuevo. ¿Eso significaba que las estancias en la casita de Colorado era una invención?

—¿Por qué me ha mentido durante todos estos años?

Draco deseaba no haber comenzado la conversación. Él no era quien tenía que aclarar todas esas cosas con Hermione.

—A lo mejor se sentía muy unida a mi tía —contestó en voz baja.

Tanto su abuelo como su madre le habían dicho que su tía Andy se pasó semanas en la cama después de que Victoria se llevara a Hermione tras su primer verano en Nantucket. Había superado con gran entereza las muertes de sus familiares, ya que era una mujer fuerte. Ella era la que consolaba a los demás.

Sin embargo, aquel verano fue distinto. Después de que Ken descubriera a su mujer y a su socio en una situación comprometida, la vida ordenada y tranquila que llevaba quedó destrozada. Durante la vorágine que siguió, Victoria huyó llevándose a su hija Hermione, que entonces tenía cuatro años, para que Ken pudiera calmarse. Acabó en la isla de Nantucket, destrozada y sin saber qué hacer para sobrevivir. Aceptó el puesto de ama de llaves y cocinera en la casa de la señorita Andromeda Black. Aunque ni siquiera era capaz de encender los quemadores de la antigua cocina y se negaba a limpiar, Andy la aguantaba porque Hermione y ella se hicieron inseparables. Fue mucho más tarde, después de que Victoria encontrara los diarios y empezara a escribir su primera historia, cuando Andy se aferró a la esperanza de que Victoria y Hermione se quedarían en la isla.

Y podría haber sucedido así de no ser por la insistencia de Victoria en guardar el secreto. Cuando se llevó a la pequeña Hermione de Nantucket, Andy estuvo al borde de la muerte. Y solo Draco vio cómo afectó a su abuelo. Su madre, que no era una Black, no podía ver a Abrax, pero él sí. Ni siquiera la muerte del padre de Draco había afectado tanto a su abuelo.

—¿Por qué se la ha llevado? —le susurró Abrax a Draco—. Hermione pertenece a este lugar. Desde siempre.

Draco no logró que su abuelo le explicara lo que quería decir, pero para entonces Ken llegó a la isla y la vida de Draco sufrió un cambio radical.

—Es posible —dijo Hermione, refiriéndose al comentario anterior de Draco—. Mi madre tiene un leve problemilla con los celos.

—¿Contigo?

—Sí, enseguida se pone celosa si alguien traba amistad conmigo. En el instituto, no podía llevar chicos a casa porque...

—No, me refería a si eras tú la que se ponía celosa.

—Hace un mes habría dicho que no, pero mi novio me dejó hace poco. Eric me dejó tirada y se fue con otra. Me dieron ganas de matarlo.

—¿Y a ella no?

—Es tan tonta que no se enteraba de lo que estaba pasando.

Draco soltó una carcajada y Hermione no pudo evitar sonreír.

—¡Es demasiado pronto para reírse! —exclamó—. Me pasé todo el trayecto en el ferry llorando y comiendo chocolate.

—¿Ah, sí? —dijo Draco—. ¿Es un remedio habitual entre las mujeres cuando se sienten abandonadas? —preguntó con toda la inocencia que fue capaz de fingir.

—En mi caso, sí.

—Solo han pasado unos días. ¿Qué ha hecho que lo superes?

—Vi... —Dejó la frase en el aire. Había estado a punto de decir: «Vi tu labio inferior.» En cambio, clavó la vista en el paisaje. Se encontraban en una zona rural y las casas estaban bastante separadas entre sí, aunque construidas con esa madera de cedro grisácea tan característica de Nantucket.

—Pensé que habías estado ocupada con algún proyecto que te ayudó a olvidar tus problemas —dijo Draco.

Hermione pensó en la maqueta de la capilla que había escondido en el armario de la planta baja. Teniendo en cuenta que Draco entraba y salía de la casa a su antojo, sabía que tenía que guardar la maqueta y los planos para que él no los viera por casualidad.

—No es nada importante —replicó—. Explíqueme quién es la tal Dilys.

DENTRO DE UN RATO SUBIRE EL PROXIMO CAPITULO, PERO EN ESTE PODEMOS VER COMO DRACO PUEDE SER AMABLE CUANDO QUIERE. ADEMAS DE UN POCO MAS DEL PASADO DE VICTORIA Y LA TIA ANDY.

NOS VEMO EN UN RATO