Nombre del capítulo: Cosas incómodas.

Advertencias: Disclaimer TMNT versión humana; los personajes no me pertenecen, créditos a Nick. OoC [Fuera de personaje]. AU [Universo Alterno]. Situaciones dramáticas, vergonzosas, cómicas y nada románticas. Nada de lo ocurrido aquí tiene que ver con la serie original; todo es creado sin fines de lucro.

Puntos a tener en cuenta: Narración. —Diálogo. «Pensamientos». –Aclaraciones–.

Total de palabras: 1240.

Notas: No tengo mucho que decir, pero me gustaría que me agradecieran (?). Okno :v

Lo escribí y terminé hoy, así que si tiene fallas ortográficas avisen porfa ;u;

Y todavía no me he recuperado del todo, pero como los quiero les hago este regalo desde mi fría y poco cómoda silla enfrente de la computadora (?), y lo hago también porque mientras estaba acostada me abrumaban y me ahogaban las ideas (?


Capítulo 6: Cosas incómodas.


—¡Agh! Odio levantarme tan temprano y caminar después. —Se quejó con molestia el pelirrojo mientras observaba con ojos cansados las ruidosas calles a su alrededor.

—¿De qué hablas? —Preguntó inocentemente su hermano menor mientras caminaba animado e infantil por la acera—. Si nos levantamos más tarde que de costumbre, y desayunamos bien.

—Pero no pude dormir lo suficiente —se excusó amargadamente—. Además, esta ciudad es de lo más ruidosa. —Declaró notando todo el barullo de bocinas y autos yendo de aquí para allá, además de los cientos de personas que estaban por todos lados hablando por sus teléfonos.

—Eso es lo mejor de este lugar —afirmó Miguel Ángel con una sonrisa entusiasta—. Es bastante movida, no es tranquila ni quieta como en Japón.

—No sé cómo te pueden gustar lugares así. —Aclaró entre dientes.

De pronto el rubio detuvo su andar al olfatear en el aire algo realmente conocido ya por su estómago. Giró la vista, buscó y buscó, hasta hallar el cartel que anunciaba lo que tanto deseaba encontrar.

Una pizzería.

Sus ojos se iluminaron como grandes estrellas.

—¡Quiero comer una pizza! —exclamó de repente, espantando al pelirrojo, quien le dio un sopapo.

—No —negó burdo—. Iremos a casa ya. De seguro Leo está preparando el almuerzo, o quizás es posible que ya lo haya terminado. De todos modos, no podemos comer tanta pizza. Mikey, podrías perder tu figura.

—¿Eh? Pero si jamás en mi vida he engordado. —Se quejó ya desanimado. Su hermano rodó los ojos y estirándolo del brazo aceleró el paso tratando de alejarse lo más posible de esa pizzería.

Siguieron su camino a casa. Por suerte lo habían memorizado o se hubieran perdido hacía rato.

De vez en cuando notaban algo extraño. Miradas, muchas miradas, la mayoría femeninas, y algunas otras de otros chicos. Rafael bufó con molestia y casi con asco. «Había olvidado que aquí la homosexualidad está realmente permitida».

—Vamooos, Rafa —intentó nuevamente el menor tratar de convencer a su hermano—. Hay muchas pizzerías. Detengámonos en alguna a comer al menos un pedazo.

—No.

—¡Yo quiero un pedazooo! —lloriqueó Mikey.

—No, y no me vas a convencer. Yo no soy Donnie.

El menor dejó de llorar falsamente, y puso cara de decepción.

Ouuu… Con Donnie sí funciona… —se quejó en silencio mientras se cruzaba de brazos y seguía caminando a un lado del pelirrojo.

Por otro lado, Rafa seguía notando las miradas intensas de las personas a su alrededor, y de vez en cuando escuchaba una que otra chica suspirar y charlar en susurros con alguna compañera de lo lindos que eran ambos –pero Mikey no prestaba atención a ninguna otra cosa que no fueran los carteles donde mostraban los diferentes tipos de pizzas que vendían–.

El ojiverde bufó con molestia y trató de acelerar el paso. Pero igual seguía viendo mujeres por todos lados que los miraban y hablaban entre sonrisas tontas o pervertidas.

«Por Kamisama, ¿acaso todas aquí son así de idiotas por los hombres?» se preguntó con molestia.

De seguro si se acercaba a pedirle alguna cosa a cualquiera de ellas, estas caerían a sus pies como simples tapetes.

Sin querer y sin darse cuenta debido a que ya se había puesto a divagar terminó por chocar contra alguien, y ambos salieron golpeados.

—¡Oye! —Se quejó con molestia el chico, observando a la alta fémina de fulminantes ojos amarillos y corto cabello azul que tenía enfrente y con quien había chocado—. Tú…

—No molestes, idiota —avisó fríamente ella, dejando sin palabras al joven—. Y no te metas en mi camino. —Y dichas esas palabras, rodeó al pelirrojo y continuó su anterior rumbo.

Y Rafael quedó de piedra. Nunca antes lo habían tratado de esa manera –ya que por lo general las personas con solo verlo se disculpaban con algo de miedo y salían corriendo–, y menos una mujer. Impactado todavía y con un ligero y extraño sentimiento que crecía a cada segundo, dio vuelta y miró esa corta cabellera y esa imponente silueta alejarse.

—¡Oye! —La llamó, y efectivamente la chica se detuvo y lo miró con molestia—. ¿C-cómo te llamas?

—¿Mm? —Pareció quedar confundida, pero luego sonrió de lado y volvió a caminar en su dirección hasta quedar frente a él—. Parece que tienes agallas, niño —declaró sin borrar su sonrisa, pero luego la cambió por una más tranquila—. Mona Lisa, un placer. —Le extendió la mano con cortesía.

—A-ah… Rafael, s-soy Rafael —contestó nervioso y con un ligero rubor en las mejillas, y le estrechó la mano—. U-un placer también.

—Eres un chico valiente —afirmó la peliazul—. Supongo que podríamos encontrarnos en un tiempo. Adiós. —Se despidió con una sonrisa coqueta, para luego dar vuelta y alejarse.

Y el chico se había quedado de piedra y con los ojos en blanco, para luego sonreír como idiota y tambalearse.

—Esperaré ese tiempo con ansias. —Alegó ilusionado.

Mientras tanto, Miguel Ángel ya había salido corriendo a meterse en una de las pizzerías más cercanas.


—Dime, Leo —pidió la castaña a la par que ponía los platos sobre la mesa—, ¿cómo es allá en Japón?

—¿Mm? —El pelinegro dejó de mirar su comida para mirarla a ella con algo de confusión—. ¿A qué te refieres?

—Bueno… Hay cosas diferentes allá de donde vienen, ¿no? —aventuró ya poniendo los cubiertos y las servilletas.

Leonardo se había quedado en blanco unos segundos mientras recordaba su hogar, hasta que finalmente reaccionó luego de ladear un poco la cabeza. Sonrió nervioso.

—Ah, sí —afirmó, volviendo a la realidad nuevamente y respondiendo a la pregunta de la chica—. La verdad sí, algunas cosas son diferentes.

—¿Cómo qué?

—Ah… Hay demasiado tráfico aquí en comparación a la ciudad en donde nosotros vivíamos.

—Ah.

Y silencio. Mucho, mucho silencio.

—Siendo sincero este lugar tiene demasiada tensión —aclaró de repente Donnie apareciendo de la nada, y espantando tanto a Miwa como a Leo—. En mi opinión ustedes necesitan más conversación que solamente esa, ¿no creen? Digo, si quieren fortalecer los lazos familiares deberían preguntar cosas más personales, como por ejemplo: Miwa, ¿de qué color es tu ropa interior?

Cri.

Cri.

Cri.

En ese momento, la atmosfera realmente se volvió oscura, y las miradas del pelinegro y la chica parecieron perder brillo. Ambos retomaron sus labores ignorando lo que les había causado el comentario del científico.

—¿Qué? ¿Dije algo malo? —preguntó confundido el castaño, y los dos mayores lo miraron fríamente y casi de manera asesina por dentro.


Continuará.