Disclaimer: Nada de lo que podáis reconocer me pertenece, es propiedad de Stephenie Meyer. La canción es Never Surrender de Skillet. Escribo fics sin ánimos de lucro.
¡Hola! Esta vez he tardado mucho menos, seguro que no os lo esperabais ;) Como ya dije, este capítulo es más de transición que otra cosa, pero estoy muy contenta con el resultado y creo que explica muchas cosas de Bella. Espero que también os guste.
Advertencia: En este capítulo se describen escenas de abuso sexual. Si eres sensible a este tema, por favor, no sigas leyendo. No me hago responsable de los perjuicios que pueda ocasionar.
Capítulo Seis
Isabella Swan
Do you know what it's like when
You're scared to see yourself?
Do you know what it's like when
You wish you were someone else
Who didn't need your help to get by?
Estaba sentada al borde del sofá mientras retorcía las manos. Tomé una bocanada de aire intentando organizar mis pensamientos y decidir por dónde era mejor empezar. Había cosas que no quería contarles, pero que iba a ser inevitable que supieran para que pudieran entender por lo que estaba pasando. A pesar del tiempo que llevaba con ellos, que debía ser ya una eternidad, aún notaba lo fácil que sería volver a caer, dejarme llevar por cualquier cosa que cerrara la herida que tenía en el pecho. Ya no era sólo Edward, aunque todo había empezado con él. Saber que me quería, que siempre lo había hecho, me revitalizaba, pero no me sanaba por completo. Podía sentir todavía el dolor, la necesidad, la vergüenza…
─Supongo que debería empezar por lo que pasó después de que Edward se fuera ─murmuré, hablando más para mí misma que para ellos. Los vampiros permanecían inmóviles, esperando a que me decidiera. Suspiré─. Muy bien. Allá vamos.
─Puedes contarnos cualquier cosa, Bella ─intervino Carlisle antes de que yo pudiera comenzar. Le miré a los ojos, un poco desconcertada─. Nadie va a juzgarte.
Ah, sí. Crear un entorno seguro. Era la primera norma del buen médico. Le sonreí entre divertida y agradecida. Sabía que tenía buenas intenciones, pero nada de lo que dijera iba a hacer de esta experiencia algo más fácil. Esme me cogió la mano y la apretó por un segundo, como para ratificar las palabras de su marido. Sonreí más ampliamente y le devolví el apretón. No miré a Edward en ningún momento antes de comenzar a hablar:
─Tras tu marcha pasé unos meses bastante malos. Estaba como perdida en mí misma, como si todo a mi alrededor se hubiera difuminado. Esto permaneció así hasta que empecé a bajar a La Push a ver a Jacob, supongo que os acordáis de él ─Edward gruñó en respuesta y yo sonreí. Por supuesto que se acordaban─. Mejoré poco a poco con su ayuda. Me animaba, me hacía reír y conseguía que los días pasaran más rápido. Sin que me diera cuenta se convirtió en mi mejor amigo, la persona a la que siempre podía acudir y pasar un buen rato. Pero entonces llegó ella.
─¿Ella? ─preguntó Esme en un susurro.
─Victoria ─respondí.
El odio parecía corroer mis venas. Aún la recordaba. Salvaje y bella, con el pelo rojo contrastando contra su piel blanca como si fueran llamas y los ojos del color de la sangre recién derramada. Recordaba sus manos como garras, sus dientes afilados, su mirada asesina. Me estremecí sin quererlo, asustada de su recuerdo. Victoria aún protagonizaba muchas de mis pesadillas.
─Estaba furiosa por lo que le hicimos a James ─continué, cerrando las manos hasta formar puños─. Se enteró de que ya no me protegíais y formó un ejército de neófitos.
─¿Por qué? Ella sola se habría bastado para acabar contigo ─dijo Carlisle, confuso. Me estremecí al pensar en ello─. Perdóname, Bella. No quería ser tan brusco.
Negué con la cabeza.
─Está bien, no te preocupes. Respondiendo a tu pregunta, Victoria necesitaba a los neófitos porque sí había alguien protegiéndome: los hombres lobo.
Esme, Carlisle y Edward se miraron entre sí con el reconocimiento en su rostro. Sabían perfectamente a qué me refería. Ellos ya se habían topado antes con los habitantes de La Push y conocían su capacidad de cambiar de forma. Edward parecía intranquilo y yo no entendía por qué hasta que me preguntó:
─¿Black también? ─Asentí con la cabeza, al tiempo que deducía lo que estaba pensando─. ¿Seguiste relacionándote con él a pesar de ello?
Ambos conocíamos la respuesta, pero volví a asentir de todas formas. Eso le enfureció e incluso Carlisle, la persona más razonable que había conocido en mi vida, frunció el ceño con preocupación.
─Asumiste un gran riesgo, Bella. Los licántropos, especialmente los jóvenes, son muy inestables. Podrían haberte hecho daño.
Sus palabras me enfurecieron. ¿Qué sabían ellos? No los conocían como yo. No los habían visto bromear entre ellos ni el cariño que brillaba en sus ojos cuando se miraban los unos a los otros, siendo como hermanos. No los habían visto reunidos alrededor de una mesa, riendo y compartiendo la comida. No conocían a Emily y a Sam, ni habían visto el amor que se profesaban. No habían conocido a Leah, tan guapa y tan indomable. Tampoco a Quil ni a Embry, siempre dispuestos para hacerme reír. Tampoco a Seth, tan joven y amable. No los vieron entrenarse hasta la extenuación para hacer frente a un ejército que los doblaba en número. No vieron morir a Seth, a Sam, a Leah, a Jacob… No sabían absolutamente nada.
─No permitiré que digáis una sola palabra en su contra ─escupí, más enfadada de lo que me había sentido en mucho tiempo─. ¿Dónde estabais vosotros mientras ellos morían por protegerme? ¿Dónde estabais cuando Victoria le arrancó la cabeza a Seth o cuando mordió a Jacob? Vosotros os desentendisteis totalmente de la situación así que no os atreváis a insultarles.
Los tres vampiros guardaron silencio ante mis palabras. No era el mismo tipo de enfado que había tenido antes. No estaba dominada por una ira irracional, no sentía el irrefrenable deseo de destruirlo todo a mi alrededor. En cierto modo era mucho peor que eso porque estaba perfectamente cuerda, sabía lo que decía y lo que hacía. Mi ira era real, tenía un por qué, y mis palabras helaban la sangre porque eran ciertas. Ellos me abandonaron a mi suerte y no tenían ningún derecho a insultar a los que habían dado su vida por protegerme de uno de los suyos.
─Llevas razón, Bella ─Nuevamente, era Carlisle quien se disculpaba, pero sabía que los tres estaban arrepentidos por igual, incluso Edward─. Perdóname.
Asentí, pero mi enfado no estaba del todo aplacado. Lo dejé correr por el momento, decidida a no dejarme distraer de nuevo. Quería contar mi historia e iba a hacerlo hasta el final.
─Se enfrentaron a los vampiros, aunque estaban en desventaja ─continué─. Al final vencieron, pero muchos de la manada murieron. Jacob ─Mi voz se quebró al pronunciar su nombre. Le había querido tanto─ murió también. Victoria le mordió varias veces mientras peleaban. Jacob le arrancó la cabeza, pero tenía demasiada ponzoña en la sangre. Las heridas no se cerraban y no había manera de parar la hemorragia. Murió desangrado.
Noté las lágrimas cayendo por mis mejillas. Mis manos temblaban. Nunca había hablado a nadie de cómo murió mi mejor amigo, la persona que me había sacado del pozo de dolor y autodestrucción en el que me sumí tras la partida de Edward. Me dolía el pecho cuando pensaba en él a pesar de los años. Sabía que era culpa mía y cargaría con el peso de su muerte durante el resto de mi vida.
La mano de Edward se cerró alrededor de las mías con gentileza. No me había dado cuenta de lo fuerte que había estado apretando mi agarre hasta que él hizo que separara los dedos. Me dolían. Pensé que se apartaría de mí entonces, pero no lo hizo. Cogió una de mis manos y entrelazó sus dedos con los míos. Su pulgar me acariciaba la piel haciendo círculos. Le miré. Sus ojos estaban llenos de comprensión, dolor y culpa. Quise acariciar su mejilla, borrar esos sentimientos de hermosa mirada, pero me quedé ahí, hipnotizada bajo su toque. El momento se alargó durante unos segundos hasta que recordé qué era lo que estaba diciendo. Mi mano se apartó de la suya. No podía dejarme llevar de esa manera. No era justo.
─Después de eso todo fue a peor ─continué, secándome las lágrimas e intentando controlar el temblor en mi voz─. Estaba como catatónica. No comía, no dormía. Si no hubiera sido por Charlie me habría dejado morir en mi cama. Un día, empezó a gritarme. Supongo que intentaba hacerme reaccionar de alguna manera. Me amenazó con mandarme a vivir con mi madre en Jacksonville ─Me reí amargamente. Ojalá lo hubiera hecho─. Eso le habría servido unos meses antes, pero a esas alturas ya me daba igual todo. Finalmente, Renée le llamó, le dijo que era mejor que me fuera de Forks, que estar ahí no me ayudaba. Charlie me llevó a la estación de Port Angeles, desde donde se suponía que tenía que coger una avioneta hasta el aeropuerto. Era el mismo viaje que había hecho desde Phoenix sólo que ahora iba a Florida y no a Arizona. Supongo que fue eso lo que me dio la idea.
Vi a Edward fruncir el ceño y aparté la mirada. Ahora empezaba lo verdaderamente escabroso de la historia. Esto era lo que ellos querían oír.
─No llegaste a Jacksonville, ¿verdad? ─dijo Edward, triste.
Negué con la cabeza.
─No, y ojalá lo hubiera hecho ─Suspiré. ¿Habrían sido las cosas diferentes si hubiera estado con mi madre? Jamás podría saberlo, pero al menos habría pasado años con ella antes de que… No, no podía pensar en eso─. Tenía algo de dinero ahorrado así que compré un billete a Phoenix, tiré mi móvil y alquilé una habitación en un hotel de mala muerte. Pasé una semana sin preocuparme por nada más que los ruidos que hacían los otros inquilinos y que me despertaban de vez en cuando. Sin embargo, no pude pagar más mi habitación y me echaron a la calle. Deambulé por la ciudad sin saber qué hacer, pero sin intención de regresar. No podía mirar a mi familia a la cara, no podía seguir con mi vida como si tal cosa. Estaba… ─¿Cómo podría describir un vacío tan grande? ¿Una desesperación tan profunda que no era capaz de pensar en nada más? ¿Un dolor que me paralizaba y no me permitía pensar? ─. No sé explicarlo. No me importaba nada. No pensaba en nada más que en lo mucho que me odiaba. En que merecía haber muerto con los demás.
Me quedé en silencio una vez más intentando manejar las emociones que me estaban desbordando en ese momento. Recordar era duro, dolía más de lo que había esperado. Me presioné a mí misma para continuar porque sabía que si me detenía en ese momento tardaría mucho tiempo en volver a reunir el valor para sincerarme. Necesitaba sacar todo eso de mi sistema o me consumiría.
─Empecé a vivir en la calle. Mendigaba o robaba, según lo desesperada que estuviera. Debo decir que soy una ladrona pésima ─Torcí el gesto, recordando algunas palizas que me había llevado en algunas ocasiones─, pero mejoré lo justo para salir airosa la mayoría de las veces. No sé cuánto tiempo pasó, no más de unos meses, hasta que me cansé de la ciudad. No sabía lo que buscaba, pero no estaba allí. Por primera vez en mi vida, hice autostop en una de las salidas de la ciudad. Sabía que me estaba arriesgando mucho, pero tampoco es que me importara. No dudé en subirme al primer coche que aceptó recogerme ─Me detuve un segundo para pensar en cómo iba a contar esto. Un suspiro agotado se escapó de mis labios. En realidad, sólo había una manera─. No recuerdo su nombre, sólo sé que tendría unos treinta años y era atractivo, ese tipo de gente que ves en las películas y tienen familias maravillosas. Me tranquilizó mucho cuando me enseñó la foto de sus hijos, un chico y una chica. Sí recuerdo el nombre de la niña, Sarah, pero nada más. Me dio unas chocolatinas que llevaba en la guantera. Estaban derretidas y me dejaron los dedos pegajosos, pero me moría de hambre, así que fue una de las mejores comidas de mi vida ─El silencio era pesado ahora, temeroso. Todos sabían hacia dónde se dirigía la historia, pero nadie dijo nada. Continué─. Por la noche, paramos en un motel de carretera. Me acuerdo de lo aterrada que estaba. Es como una historia que nadie cuenta pero que todas y cada una de las mujeres del mundo conocemos. Qué extraño, ¿verdad? ─Mi voz se había vuelto más aguda, estridente, y ya no pensaba en lo que decía.
─Bella, no tienes por qué…
Corté a Esme antes de que pudiera decir una palabra más. Si me decía que no era necesario, que no tenía que hacerlo, me detendría en ese instante y jamás volvería a abrir la boca. Yo quería contarlo, necesitaba que supieran lo que me había pasado para que entendieran. Necesitaba que Edward me escuchara porque nada iba a poder ser lo mismo entre nosotros.
─Pidió dos habitaciones y pagó en efectivo. Eso me tranquilizó, la verdad, me sentía más segura si no tenía que dormir con él. Estaba quedándome dormida cuando llamó a la puerta. No sé por qué abrí como si fuéramos amigos de toda la vida. Podría haber sido mucho peor, recuerdo que hubo un momento en el que pensé que había tenido suerte. No me arrancó la ropa ni me hizo daño. No me penetró siquiera, de hecho, fue extremadamente gentil ─Apreté los dientes mientras luchaba contra las lágrimas. No iba a derrumbarme ahora─. Primero me pidió que me sentara en la cama y yo le obedecí. Tomó mis muñecas y las ató juntas. No me defendí. Le observé como si fuera una simple espectadora, totalmente ajena a lo que estaba pasando. Luego, me abrió la boca y dejó una pastilla sobre mi lengua. Recuerdo que se deshizo rápidamente y no pasó ni un minuto antes de sentir cómo el cuerpo se me dormía. Apenas estaba consciente, pero recuerdo cada segundo. Me desnudó despacio, con cuidado de no hacerme daño. Estuvo horas tocándome, tirando, pellizcando, palpando… Debía de haber amanecido cuando finalmente se corrió sobre mí.
Mis últimas palabras fueron demasiado para Edward. Me sorprendía que hubiera soportado permanecer en silencio durante tanto tiempo. La silla se rompió al estrellarse contra el suelo y la mesa corrió la misma suerte cuando Edward la volcó. Le observé mientras caminaba fuera de la habitación a paso humano, destruyendo cuanto se encontraba en su camino. Esme tomó mi mano con los ojos brillando de pena. Sollozaba sin lágrimas. Me di cuenta de que yo también estaba llorando. Era la primera vez que me había atrevido a mirar atrás de esa manera, a recordar aquella noche en la que finalmente perdí mi inocencia. Sabía que la reacción de Edward no era un rechazo, la parte más cuerda, más lógica de mí misma, sabía que lo que sentía era una ira irrefrenable, el mismo instinto asesino que casi le dominó aquella noche en Port Angeles. Pero otra parte de mí, la más insegura, la que seguía sintiéndose sucia, insistía en que jamás podría mirarme de la misma manera, en que probablemente acababa de cambiar sus sentimientos para siempre. Si de verdad Edward me seguía queriendo, lo más probable era que dejara de hacerlo tras escuchar mi historia. ¿Por qué no te defendiste? Se preguntaría. ¿Por qué no tuviste más cuidado? ¿Por qué no llamaste a tu madre desde una cabina telefónica? ¿Por qué te fuiste sola a Phoenix? ¿Por qué te subiste en el coche de un desconocido?
Edward regresó minutos después más controlado, pero con los ojos negros. Estuve segura de que si hubiera tenido a ese hombre delante lo habría despedazado. No quise imaginarme el estado en el que estaba la sala de juegos, que había sido sometida al huracán de su ira asesina. Sin embargo, yo sólo podía pensar en que al menos no me miraba con asco. Tomé una bocanada de aire para tranquilizarme. Mi cuerpo no dejaba de temblar. Continué con un hilo de voz:
─Cuando terminó se vistió, me desató y me metió en la cama. Me dio otra pastilla más antes de irse y me dormí. Volvió al de unas horas con el desayuno. Me dijo que era mejor que me portara bien, que me había prometido llevarme a donde yo quisiera y que iba a cumplir su palabra así que era mejor que nos lleváramos bien. Recuerdo que asentí y él me sonrió. Nos montamos en el coche y cuando llegamos a un pueblo le pedí que me dejara ahí. Cumplió su palabra y me dejó marchar. También me dio otras cuatro pastillas de regalo. Me pregunté por qué no me mataba, pero tras pensarlo durante un tiempo llegué a la conclusión de que en realidad no le hacía falta. Sabía perfectamente que yo no era nadie, que no iba a ir a una comisaría a denunciarle. Me había convertido en una sombra, la gente ya no me veía como una persona ─La peor parte ha pasado, me dije. No me sentía ni mejor ni peor, sólo aliviada de haberlo soltado de una vez─. No hay mucho más que contar a partir de aquí. Robé, mendigué y viajé de un sitio a otro como podía cuando podía. Las pastillas que ese hombre me había dado me ayudaron a dormir sin pesadillas durante cuatro noches y me volví totalmente adicta a ellas. Después fui probando con otras cosas, más fuertes y más peligrosas. Trabajé a veces, pero no duraba demasiado. Conocí a Bran, un chico callejero como yo, en Chicago, en uno de esos trabajos en los que sólo aguanté tres días, y vivimos juntos. Estar con él me hacía sentir mucho más segura y supongo que a él también. Nos hicimos amigos muy rápido y compartíamos el dinero que robábamos y todo tipo de drogas, daba igual lo que fuera. Bran hacía que todo pareciera divertido. Además, tenía la asombrosa capacidad de encontrar casas abandonadas y escondites allá donde fuéramos.
Sonreí al pensar en él, pero rápidamente la sonrisa se borró de mi cara. ¿Qué habría sido de él? ¿Cómo se debió de sentir al ver que me había marchado, que le había abandonado después de robar la mayor parte del dinero que nos quedaba? ¿Me habría esperado? ¿Me habría buscado? Me sentía totalmente agotada emocionalmente. Ya no era capaz de lidiar con nada más y decidí que no podía pensar en ello ahora. No me quedaban fuerzas para nada.
─Estabas sola cuando te encontramos ─dijo Carlisle con delicadeza, consciente del cambio en mi expresión─. ¿Qué pasó con Bran?
─Le abandoné ─Bajé la cabeza para no tener que mirarlos. Sería demasiado doloroso ver la decepción en sus ojos además de lo avergonzada que me sentía─. Habíamos salido esa noche. Nos emborrachamos y nos metimos unas rayas con una amiga de Bran, creo. O quizás la conocimos cuando volvíamos a nuestro escondrijo. La chica alquiló una habitación de hotel, fue ahí donde me desperté. Miré a mi alrededor y… Todo era un completo caos. De pronto vi en lo que me había convertido. Por primera vez en mi vida sentí el deseo de saltar al vacío y dejar que todo acabara de una vez. Ese sentimiento de absoluta derrota me asustó. Cogí algo del dinero que nos quedaba y me largué. Vosotros me encontrasteis unos días después. Eso es todo.
El silencio pesó sobre mí como una losa. No estaba segura de lo que iba a pasar ahora y me daba miedo levantar la cabeza y encontrarme con sus miradas. Entonces, Edward se acercó a mí y volvió a tomar mi mano entre las suyas. La sorpresa me hizo mirarle y ya no pude apartar los ojos de él.
─Gracias por contarnos esto ─susurró con ternura─. Has sido muy valiente, Bella. Ahora descansa.
Asentí. Estaba agotada. Lo único que me sentía capaz de hacer en ese momento era dormir durante días enteros. Por alguna razón la perspectiva me resultaba agradable. Sabía que por una vez no iba a tener pesadillas. Por fin, después de tanto tiempo iba a poder descansar. Al despertar tendría que volver a lidiar con la culpa y el dolor, pero ahora no. Ahora solo necesitaba dormir. Así que dejé que Edward tirara de mi mano hasta ponerme en pie y me despedí de Carlisle y Esme. Subimos las escaleras en silencio, dejando las conversaciones incómodas para otro momento.
Mi cama parecía el lugar más maravilloso del mundo después de una noche entera sin dormir y un amanecer tan complicado, tan largo y difícil. Edward me condujo hasta ella y se dio la vuelta mientras me desvestía. Su caballerosidad me conmovió. No hice ninguna broma esta vez por su mojigatería. Estaba agradecida por ella. Estaba feliz de que él no fuera como los demás, como esos monstruos que habitaban el mundo y se aprovechaban de cualquier oportunidad para hacer daño. Me seguía sintiendo segura con él. No tuve que decirle que se tumbara a mi lado ni tampoco que podía rodearme la cintura con su brazo. Él entendió, como siempre había hecho. Dejé que se pegara a mi espalda, que aspirara el olor de mi pelo e incluso que rozara la piel sensible de detrás de mi oreja con sus labios. Estaba a punto de dormirme cuando escuché su voz, lejana, pero clara como el cristal:
─Tú no tuviste la culpa de nada, amor.
Me dormí con el arrullo de mi nana y algo menos de peso en el corazón.
Hasta aquí el sexto capítulo. Espero que os haya gustado e intentaré que no pase mucho tiempo antes de la próxima actualización, pero como ya he dicho en otras ocasiones la universidad es mi prioridad.
Muchísimas gracias por los favs. follows y especialmente los comentarios. Sois las mejores, de verdad.
¡Hasta la próxima!
