Capítulo 7

La primera vez que vi a alguien muerto solo tenía seis años. Volvía con mi padre del Quemador, había empezado a llevarme allí hacía poco, pero ya me había aprendido los nombres y las caras de casi toda la gente del mercado negro. Por supuesto, mi padre no me había dicho que la actividad que se realizaba en ese lugar era ilegal, aunque pronto me daría cuenta yo sola; también faltaba poco para que empezara a llevarme al bosque. Mi padre me había presentado a mucha gente y eso me hacía sentir importante y adulta, íbamos inventándonos una cancioncilla sobre quién vendía cada cosa en cada puesto del mercado. Entramos en casa riendo, pues mi padre había hecho una rima muy graciosa, pero nada más abrir la puerta supe que algo pasaba en el interior.

—¡Llévatela! —dijo mi madre nada más vernos. Estaba inclinada sobre la mesa de la cocina, curando a alguien, supuse. Tenía las mangas de la camisa remangadas y gotas de sudor en la frente, aunque estábamos en pleno invierno.

—¿Primrose? —preguntó mi padre.

—Está dormida, Jack. Llévate a Katniss y tarda todo lo que puedas en regresar.

Aquello no me gustó. Era como si mi madre nos estuviera echando de casa, como si mi madre pensara que era más importante atender a un paciente que estar con su marido y sus hijas. Además, había dejado a Prim sola. Prim era un bebé precioso que se reía todo el tiempo y nos hacía reír a los demás. Mi madre la adoraba y siempre andaba a cuestas con ella, jamás la dejaba sola. Así que me solté de la mano de mi padre, que intentaba tirar de mí hacia fuera, para ir a recoger a Prim. Podría estar despierta y estar triste. Prim se ponía muy triste cuando estaba sola, pero nunca lloraba ya que era un bebé buenísimo. Si teníamos que irnos, nos marcharíamos, pero con mi hermana pequeña.

Entré en la cocina y me dirigí hacia la habitación de mis padres, en la que solía dormir Prim. Entonces me di cuenta que había una mujer sentada en una silla. Una mujer joven, mucho más joven que mi madre y mi padre. En realidad parecía una niña más que una mujer, salvo porque sostenía a dos bebés diminutos, uno en cada brazo y le caían tantas lágrimas por las mejillas que parecía que tuviera un grifo abierto en los ojos.

A mí se me llenaron los ojos de lágrimas solo con verla. En esa época odiaba ver a la gente llorar, porque eso significaba que sufrían, y si ellos sufrían yo también tenía que hacerlo. Era como si su tristeza me envolviera y se me metiera por dentro. Odiaba que me pasaran esas cosas. Quise ayudarla a sostener a uno de sus bebés, decirle que yo ya había sostenido a mi hermanita desde que era muy pequeña, así que no iba a dañarlo. Quise ofrecerles a todos un poco de la leche que habíamos comprado en el Quemador. Mi padre siempre decía: donde comen tres comen seis, así que no habría ningún problema y seguro que eso le alegraba, ya que uno siempre estaba más contento con el estómago lleno. Me quedé allí mirándola, pensando en cómo prestarles mi ayuda. Tal vez si cantaba se animaría. A Prim le encantaba que le cantara canciones, primero se partía de risa e intentaba tirarme de las trenzas y luego se quedaba dormida con una sonrisa en los labios. Leche y canciones. Estaba segura de que eso iba a hacer que se sintieran mejor.

No hubo tiempo. Acto seguido, mi padre vino a por mí, me cogió en brazos y vi al hombre que había en la mesa de la cocina.

Estaba muy pálido, con la piel ligeramente azulada y muy quieto, con las manos tendidas a ambos lados del cuerpo que tenía cubierto hasta la cintura por una sábana. Se le veía el pecho hundido, como si estuviera intentando respirar, pero aparte de todo eso, parecía que estuviera echando una siesta. No era como si se quejara o hiciera muecas de dolor, cosa que les había visto a hacer alguna vez a los pacientes de mi madre. Él parecía tranquilo y muy joven, casi un muchacho, igual que la chica de los bebés.

–¿Qué ha pasado? —preguntó mi padre.

—Inhalación de gas en las minas —dijo mi madre, mientras subía la sábana que le llegaba a la cintura para cubrir al hombre con ella por completo.

En aquel momento yo todavía no sabía lo que significaba eso, quería decirle a mi madre que tuviera cuidado, que tal vez la sábana no le dejaría respirar bien y parecía que le estaba costando.

—¿Había más con él? —quiso saber mi padre.

Mi madre negó con la cabeza y entonces le rodó una lágrima por la mejilla.

Fue en ese momento, al verle la cara a mi madre, cuando me di cuenta que el hombre no echaba la siesta, ni estaba pensando con los ojos cerrados ni nada de eso, sino que había muerto. Soñé con él durante una semana seguida, con él, con la chica y con los dos bebés recién nacidos, todos igual de quietos, azules e inmóviles que aquel muchacho, tumbados en mesas.

Cuando fui un poco más mayor supe quiénes eran cada uno de ellos. El hombre muerto, la chica de las lágrimas silenciosas y los dos pequeños, un niño y una niña a los que su madre no volvió a ver, ya que se los quitaron para llevarlos a un lugar en el que se suponía que los cuidarían mejor que ella. La chica también murió joven, por voluntad propia. Todavía, algunas noches, veo la cara de aquel hombre en sueños, hermosa y serena, entre todos los demás muertos.

Todo eso es lo que se me pasa por la cabeza mientras observo a Madge, igual de callada, igual de quieta, igual de pálida, pero increíblemente bonita. No me sale un grito, tampoco me salen lágrimas, solo la miro como embobada, sin llegar a creer que pueda ser ella.

De repente hago una pregunta absurda.

—¿Cómo está?

—Muy muerta —responde Violet, la tributo del Distrito 1, que sigue mascando un chicle.

Violet capta mi atención y vuelvo la vista hacia ella, me quedo hipnotizada viendo como mueve la mandíbula, masticando muy fuerte y muy deprisa. Debe llevar varios días con el mismo chicle y su rubia melena, cortada a la altura de los hombros, apenas se ha despeinado.

No lo entiendo. No entiendo nada de lo que está pasando, por lo que hago mentalmente un recuento: soy Katniss Everdeen, tengo 17 años. Mi casa está en el Distrito 12 pero ahora mismo estoy en otros Juegos. El estadio es igual que mi casa, Gale y su hermano pequeño están conmigo, pero el resto están a salvo. Mi hermana está a salvo, mi madre está a salvo. Peeta está en El Capitolio, pero también está a salvo. Mis amigos están a salvo. Madge está a salvo. Posiblemente tocando el piano o viendo una emisión obligatoria del Capitolio en este mismo salón, pero no llevará el vestido blanco, pues ese se lo pone únicamente los días de la Cosecha.

Vuelvo a contemplar la rosa, blanco inmaculado. Me da miedo tocarla por lo que pueda pasar.

Madge tampoco tendrá una rosa blanca entre las manos, ya que en el 12 no hay rosas de ese tipo. Rosas que inundan la estancia de aroma dulzón y empalagoso, que me impiden que respire, un perfume que se mete en las fosas nasales y no deja entrar aire. Es un olor tan profundo que resulta casi masticable, hace que me maree y me entren náuseas.

Acto seguido vomito lo poco que había comido en el suelo del salón. Gale me agarra de las axilas y me levanta. Estaba de rodillas junto a… eso que se asemeja a Madge. No puede ser ella. Es un truco de Snow, para hacerme daño. Sin embargo, vuelvo a mirarla mientras Gale me arrastra y sí que parece mi amiga, es exactamente igual que mi amiga: su misma boca pequeña y perfecta, sus mismas manos, su mismo pelo largo y rizado.

—¡Katniss respira! —me ordena Gale.

Intento hacerlo. Trato de meter aire en los pulmones y soltarlo. Gale me ha apartado del grupo y me ha llevado a la cocina, me ha sentado en una silla. Él se ha sentado en frente, ha debido de limpiarse la cara porque resulta muy lívido, tiene enrojecido el blanco de los ojos. Me concentro en ellos, parecen más grises de lo habitual, como mercurio líquido.

–Por eso no quería que entraras —me dice—. Quería contártelo primero, prepararte para ello.

—¿Prepararme para qué? —cuestiono. Todavía tengo metido en la nariz el penetrante olor de la rosa—. Es mentira.

Mi amigo se queda callado durante un momento.

—Ojalá pudiera saberlo.

–Yo lo sé —replico—. Claro que es mentira. Es… igual que un muto. Estamos en los Juegos y en los Juegos hay mutos. Es un muto muerto con la misma pinta de Madge, solo eso. En el Capitolio saben hacer estas cosas. Cosas que consiguen derrumbarte.

—Eso espero —me dice—. Cuando llegamos aquí estaban Violet y su padre. Ni siquiera intentaron herirnos y ellos sí que tienen armas. Nos la mostraron, no sabían quién era o si podía ser peligroso —Gale hace una pausa y cierra esos ojos que echan chispas—. Catnip, lleva el vestido de la Cosecha. El que siempre se ponía, con las cintas.

Me sorprende que Gale se fijara en eso. Él y Madge no eran los mejores amigos, que se diga. Gale la tenía manía injustamente, solo por ser quien era, aunque supongo que la cosa cambio cuando se enteró de quién le había llevado la medicina la noche de los latigazos. Yo no se lo dije, eso seguro, pero alguien tuvo que hacerlo.

Gale se levanta y empieza a trastear con los cacharros de la cocina. Esta casa parece intacta, como si la hubieran dejado ayer mismo. Hay una hornilla. Gale lleva una botellita atada al cinturón del mono que vacía en un recipiente y pone a calentar. Prepara un té con unas hierbas, le añade algo que parece miel y me lo pone en las manos.

—Bébete esto —me dice—. Estás temblando, lo has echado todo ahí fuera.

Agarro la taza con un tembleque horrible en las manos, está hirviendo pero me calienta el cuerpo, aunque se me cae parte del líquido. Dejo la taza sobre la mesa y me agacho para recogerlo. Gale hace lo mismo con un paño en la mano. Nos encontramos en el suelo, bajo la mesa, con las cabezas muy juntas.

—Da pena manchar un suelo tan limpio —dice.

—¿Aquí han dejado comida? —inquiero mirándolo, ya que en mi casa no había nada.

Gale me da un beso rápido en los labios. Pasa tan deprisa que casi no me entero.

El problema es que me entero y es justo lo que me faltaba aquí dentro. ¿Por qué lo ha hecho? Creía que teníamos superada esa etapa. Mi amigo se levanta como si nada.

—Hay algunas cosas. No demasiado. Tampoco es que se pueda conseguir comida en el Distrito tal y como lo han dejado.

Me ha besado, me ha puesto veinte veces más nerviosa de lo que ya estaba. Espero que nadie lo haya visto, estábamos agachados bajo la mesa. ¿Dónde están las cámaras en estos Juegos? ¿Habrá cámaras en el suelo? Quiero decirle que en el Capitolio piensan que estoy esperando un hijo de Peeta, que lo que ha hecho puede perjudicarnos de muchas maneras, poner en peligro a Rory, pero Gale parece tan tranquilo, observando desde arriba como me llevo la mano a los labios. Muy bien. Yo haré lo mismo. Por lo menos me ha dado otra cosa en la pensar que no sea Madge. Ahora no podré quitarme de la cabeza a Peeta.

Me incorporo y recupero la taza, las manos me tiemblan el doble que antes.

—Bébetelo—me ordena Gale—. En el bote pone que son hierbas tranquilizantes.

—¿Y la comida de la Cornucopia? —le pregunto entre pequeños sorbos.

Había un puesto con comida, pude verla, antes de que me arrearan en la cabeza y perdiera el conocimiento.

—Creo que se la llevaron los del 2. Casi toda. Tampoco era mucho, teniendo en cuenta todos los que somos. Al padre de Violet le dio tiempo a coger algo. Yo solo conseguí esto —. Me muestra un trozo de cuerda y la botellita que lleva atados al cinturón, además de un botecito con líquido naranja que se saca del bolsillo.

—¿Qué es?

—No lo sé. Estaba en la mesa de las medicinas.

Entonces le muestro el tarro con las palabras escritas que me enviaron Haymitch y Peeta. Se queda mirándolo. Como es bastante más listo que el resto, enseguida descubre lo que dicen las letras invertidas.

—Eso quiere decir que seguramente no estamos en el Distrito. Que todo el mundo está a salvo —comenta—. Y que en el Capitolio todavía te adoran.

—¿Crees que Madge y su familia estarán bien? —inquiero.

—No te habrían mandado eso si tu madre y tu hermana no estuviesen sanas y vivas. No puedo decirte más, tampoco lo sé.

Gale no es de los que se esfuerza en darme falsas esperanzas, es una de las cosas que más me gustan de él, que no me miente. Tampoco se engaña a sí mismo. Aunque lo del beso…

Cuando volvemos al salón estoy más tranquila y decidida a averiguar si realmente se trata de Madge, si es un muto o cualquier otra idea macabra del Capitolio. Sin embargo, en el suelo ya no hay ningún cuerpo ni rastros del vómito. Todo el mundo está sentado en los sofás, algunos sobre la alfombra y han encendido un fuego en la chimenea. Esto no parecen unos Juegos, parece una reunión de amigos. De amigos mal avenidos, dadas las caras del personal.

—La hemos subido arriba. Está en una cama —nos informa Lukas.

—Ven chico —le dice Tom a Gale —, quiero echarle un vistazo a tu brazo.

Mi amigo no pone objeciones y se acerca. Tom inspecciona su herida, vuelca un poco de agua sobre ella y hace una mueca.

—Está infectada. Deberíamos intentar limpiarla a diario —. A continuación comprueba si tiene fiebre y vuelve a poner cara de circunstancias—. ¿Cómo te hiciste el corte?

—Intentando coger un carcaj y un arco —explica Gale—, un tributo del uno me cortó con una espada, ni siquiera sé si lo hizo queriendo, pues me puse en su camino.

—Shimmer ha estado entrenando —dice Violet mirando a su padre con reproche—. Él era de los que iban a la Academia.

—Debía estar muy afilada —advierte Tom—, el corte es bastante profundo. Tenemos que tener cuidado. Necesitarías puntos, pero no tengo el instrumental necesario.

Y aquí es donde vuelvo a sentirme culpable. Gale fue a buscar el arco y las flechas para mí, porque sabía que yo lo querría. Y acabó herido. Se arriesgó, dejando sin protección a Rory y a Emma imagino, y ahora estamos en la misma situación que el año pasado con la pierna de Peeta. Me acerco para observar como Tom venda la herida y en cuanto veo la carne roja por dentro, blanquecina por los lados y con un tono negruzco alrededor empiezo a marearme. No quiero parecer una florecilla en apuros que no hace más que desmayarse, por lo que busco un sitio en el que sentarme. Al menos ya no tengo nada en el estómago que pueda vomitar.

Veo un hueco al lado de Violet y su padre. Dudo en sentarme, pero al final lo hago. Si no han matado a Gale y a su hermano, supongo que también son aliados míos. El padre me sonríe ligeramente, aunque Violet me mira raro. En fin, no puedo caerle bien a todo el mundo.

—¿Aquí hay agua en los grifos? —se me ocurre preguntar.

—No —responden varias personas a coro.

Me pongo en pie. No me siento cómoda sin hacer nada, aunque el fuego de la chimenea resulta reconfortante.

—Pues habrá que regresar al depósito. Podéis darme los recipientes, puedo ir yo sola.

Gale aparece a mi lado y me devuelve a mi sitio, indicando al padre de Violet que le haga un hueco. Tom le ha vendado el brazo, creo que con algo que encontró en mi antigua casa de la Veta.

—Tú no te vas a ninguna parte sin mí. No de momento. Tenemos agua suficiente para pasar la noche.

Voy a discutir con él, pero no lo hago porque al final Leonor pregunta lo obvio.

—¿No creéis que el fuego de la chimenea es hacer señales de humo a los demás tributos?

—Sí, eso —digo, aunque odio tener que estar de acuerdo con Leonor.

—Estos Juegos son diferentes —afirma Lukas.

—¿Diferentes por qué? —inquirimos Leonor y yo al mismo tiempo.

—No es evidente. Todos queremos proteger a alguien —explica Lukas.

Nadie dice nada ante eso, puede que sea verdad. Todos en esta Arena queremos proteger a alguien y tal vez sea lo más importante, algo a tener en cuenta.

En mi caso es cierto. He entrado con la idea de proteger a Rory a cualquier costo. Igual le pasa a Gale. Apuesto todos los dedos de una mano a que Lukas daría su vida por los dos ancianos que se sientan a su lado, sin olvidar que en alguna parte estarán su padre y su hermano, puede que vivos. Tom está dispuesto a curarnos a todos, en lo poco que lo conozco me he dado cuenta que lo único que le interesa es salvar vidas, aunque no sé cómo actuaría si una de sus hijas se encontrase en peligro. De los tributos del uno ya no estoy tan segura, pero Gale se fía de Lawrence, el padre de Violet y Gale no es de los que confían en cualquiera. Sin embargo Violet sigue sin darme buena espina, tiene ojos como de ida. De todas maneras, esto puede explotarnos en la cara en cualquier momento. No dejan de ser unos Juegos, puede que ahora formemos un equipo, pero va a llegar a un punto en que todos queramos defender a nuestros seres queridos.

Un rato más tarde decidimos poner en común todos nuestros suministros (los míos son ninguno) junto con la comida que hemos podido encontrar por la casa. Tenemos el tarro de miel que ha usado Gale antes, varios botes de sirope, judías enlatadas, harina, que mezclada con agua podría convertirse en gachas, varias manzanas, carne seca y la bolsita de fruta que consiguió Lukas. Ojalá pudiera cazar un buen conejo, pero para ello tendría que salir y al menos acercarme a la zona de la alambrada. No sé si estará más allá de los límites de Juegos, aunque creo que deberíamos intentarlo. La proteína nos sentará bien a todos.

Después de repartir la comida equitativamente, con raciones demasiado escasas para mi gusto, reservando la mayor parte, nos preparamos para dormir. Nos repartimos entre los sofás y la alfombra, nadie quiere subir arriba, con Madge o lo que sea eso, de cuerpo presente. Hemos hablado de deshacernos de ella. Violet ha propuesto que le corten la cabeza, para averiguar si se trata de algo humano. Hablando de cabeza, está claro que Violet no está bien del todo. No pienso quietarle el ojo de encima. Tom y Lawrence harán la primera guardia, uno en la puerta principal y otro en la de la cocina. Nos irán despertando para hacer relevos.

Me ha costado un infierno, pero he conseguido que Gale se quede tumbado un rato. Lo tengo a mi lado, mirando el techo, las llamas reflejadas en su pálido rostro. No tiene buena pinta y eso me preocupa. No sé si es por el miedo, la preocupación o la herida, pero hasta en la cocina de mi madre, cubierto de nieve después de los latigazos tenía mejor aspecto. Sin embargo Rory y Emma se han acurrucado juntos, está claro que han hecho equipo y están dándose calor mutuamente. Ninguno tiene ni un rasguño, Gale ha hecho un buen trabajo protegiéndolos.

No paro de dar vueltas. La costilla magullada, que no ha dado señales de vida en todo el día, ha decidido jorobarme ahora con múltiples pinchazos me ponga como me ponga. Cuando quiero recordar Gale me está mirando fijamente, con puntitos de fuego en las pupilas y el ceño fruncido, para variar. No sé qué esperar de él, ¿otro sermón? Últimamente se cabrea conmigo por deporte, aunque no dice nada, solo me mira.

Bueno, pues yo sí tengo algo que decir.

—¿A qué ha venido lo de antes? —le susurro muy bajito. Sólo me faltaba que alguien me oyera.

—¿Qué de antes?

¿Cómo que qué de antes?

—El beso —articulo sin hacer ruido.

Gale se encoje de hombros, hace una mueca y se agarra el brazo herido.

—No sé por qué lo he hecho. ¿Vas a parar quieta?

Eso no es una disculpa pero tendrá que valerme, aunque tampoco parece arrepentido. Decido dejarlo estar y esperar que no se repita. No podemos permitirnos esos juegos aquí dentro, Gale debería saberlo. Poco a poco me voy aturdiendo con el calor del fuego y las respiraciones acompasadas del resto.

Sueño con un humo amarillo que hace que me piquen la garganta y los ojos, escucho pisadas y algunos gritos. Alguien me sacude el hombro con fuerza.

—Katniss despierta.

Abro los ojos de golpe. Es Rory, el hermano pequeño de Gale. Emma está arrodillada a su lado, tapándose la boca mientras se coloca una máscara como la que nos dio Cinna.

—Hay que sellar ventanas y puertas —escucho gritar a Lawrence.

Me incorporo de golpe y noto que tengo náuseas. Gale se quita su máscara y me la pone, se envuelve la cara con la parte de arriba del mono, que se ha arrancado.

—Échales una mano mientras yo busco sábanas o toallas —me ordena señalándome a tres personas sentadas en los sofás.

Son tres tributos nuevos. Tom ya está con ellos. El ambiente es frenético, todo el mundo corre por la casa, subiendo y bajando las escaleras que dan a la parte de arriba, todos con las máscaras puestas. Me fijo en los tributos que están en los sofás, tosiendo incluso con las máscaras. Parecen dos adultos y un niño, si me guio por el tamaño de los bultos. Uno de los adultos tiene al crío acurrucado junto él, aunque por los sollozos, más bien parece una niña.

Me acerco hasta ellos. Madre mía, tienen los monos amarillos prácticamente deshechos, como si se hubieran desintegrado al contacto con ácido. La camiseta de abajo no tiene mejor aspecto y en su piel enrojecida se están formando ampollas. Respiran entrecortadamente, con mucho trabajo, un sonido ronco a través de las máscaras.

Pienso en qué es lo que puedo hacer con ellos, doy vueltas sobre mí misma y me choco contra Tom, que está cargando con la alfombra.

—Busca agua —me dice—, que lo beban si pueden, échaselo en los ojos y la boca. Y en las ampollas. Es mejor que no vomiten. Vengo enseguida.

Hago las cosas en el orden en el que Tom me ha pedido, acabo con las reservas de agua. Les levanto las máscaras para que beban y que se limpien los ojos y les rocío con líquido la piel hasta que agua se agota. Ya no nos va a quedar más remedio que ir a por más, aunque a saber lo que hay fuera si les ha dejado en este estado.

—Es un gas tóxico —dice la chica, como si me hubiera leído el pensamiento. Parece que se encuentran mejor, aunque la más pequeña sigue temblando y tosiendo.

—¿Tú eres el Sinsajo? —pregunta el otro tributo, extrañado.

—Claro que es el Sinsajo Connor. Yo soy Colleen —se presenta la chica—. Este es el idiota de mi hermano gemelo —, agarra a la pequeña entre sus brazos y la sienta en sus rodillas—. Mira Savannah —dice en el oído de la niña—, no te vas a creer quién está aquí para ayudarnos.

Savannah se quita la máscara y me mira con los ojos muy abiertos. Collen se apresura a volver a ponérsela.

—No puedes quitártela todavía cariño.

La niña se echa a mis brazos y me rodea con los suyos, pequeños y rechonchos. Me arrodillo para devolverle el gesto.

—Tú vas a salvarnos ¿verdad Katniss? —dice pegada a mi pelo.

Se me cae el alma al suelo. Es muy pequeña, tendrá unos nueve o diez años, una cría regordeta con el pelo rubio recogido en una trenza.

—Claro —intento tranquilizarla—, ¿te encuentras mejor, Savannah?

—Es nuestra hermana pequeña —dice Colleen, quitándose la máscara. Es una belleza de chica, con el pelo largo y oscuro y los ojos negros. Aunque tiene la piel cubierta de pequeñas ampollas, sigue siendo preciosa.

—Hermanastra —apunta Connor —, por eso es tan guapa y tan rubia. Nuestro ojito derecho.

Lo cierto es que Connor tampoco se queda corto en guapura, como es natural viendo a Colleen, con los mismos ojazos oscuros. Aunque sí que es verdad que Savannah es mucho más rubia. No lo entiendo, ellos dos parecen demasiado mayores para haber entrado en el sorteo mientras la niña parece demasiado pequeña.

—¿Cuál es vuestro distrito? —les pregunto, pues este año nuestro equipamiento no llevan el número de distrito por ningún sitio.

—Somos del Distrito 5 —contesta Connor—. Ninguno deberíamos de estar aquí metidos, pero ya ves, fuimos idiotas.

—Idiota serás tú —se molesta Colleen, dando un codazo a su hermano en las costillas—. Salieron elegidos mis dos primos, también son mellizos, en mi familia casi todos somos mellizos. Qué mala suerte ¿verdad? Dos hermanos elegidos en la cosecha.

—No fue mala suerte — contradice Connor—. Julian, su padre, ha estado montando barullo en la central. Ha creado un sindicato. Seguro que fue por eso.

No descarto que fuera por eso. Consiguieron que yo acabará metida en otro estadio junto a Gale, mi mejor amigo y su hermano pequeño.

Los gemelos hablan a dúo, parece que no puedan callarse. Savannah mira a uno y a otro como si presenciara un partido de tenis.

—La cuestión es que Savannah se empeñó en ir al Capitolio cuando nos lo ofrecieron. La mujer de Julian murió al nacer los mellizos. Y nosotros vinimos con ella —indica Colleen.

—Así que ya ves — dice Connor—, media familia aquí metida.

—Figúrate el drama —asiente Colleen.

—Perdimos a Julian y a mis primos en el baño de sangre.

—Justin y Sarah tienen solo quince años.

—Creemos que siguen vivos. Todos estuvimos de acuerdo en proteger a Savannah.

Parece que todos se encuentran bien, a juzgar por lo que hablan. Tom viene hacia nosotros, acompañado de Gale, Lawrence y Lukas. Gale y Lukas miran anonadados a Colleen. No me extraña, es muy bonita.

—Hemos hecho lo que hemos podido —dice Lukas, quitándose la máscara—. Creo que aquí estamos a salvo, de momento. Apenas ha entrado la niebla.

—¿Qué era? —pregunto.

—Gas mostaza —contesta Lawrence—. Soy profesor en el Distrito 1. Tengo a mi disposición ciertos libros. Es un tipo de arma que usó el Distrito 13 durante la Guerra de los Días Oscuros para contaminar el campo de batalla. Después el Capitolio la copió. Murió mucha gente y agilizó la guerra.

—¿Cuáles son los efectos en las personas? —quiere saber Tom, mientras les arranca la ropa y la echa a la chimenea. Yo ya he usado toda el agua que nos quedaba para limpiarles los ojos y la boca, por lo que no puede hacer mucho más por ellos.

—Dependen de la cantidad a la que están expuestas, la forma y el tiempo de exposición. Según lo que leí, los síntomas no se producían inmediatamente, podían aparecer tras varias horas. Una exposición prolongada podía producir la muerte por asfixia agónica.

—Me duele la tripa —dice la niña agarrándose la barriga.

—Intenta no vomitar cariño, ¿vale? —le indica Tom con dulzura—. Tenemos que evitar que te deshidrates.

—También me duele la garganta —añade Savannah.

—¿Te gusta la miel? —le pregunta Emma, que parece fascinada con los nuevos inquilinos de la casa. Luego nos mira a todos, para saber si ha hecho bien en ofrecérsela.

La nube de humo retrocede, aunque nadie duerme. Lo hemos intentado, pero Savannah nos despierta a todos con sus gritos. La niña no deja de convulsionar, creo que se ha llevado la peor parte de lo que hubiera fuera. Al principio tenía la piel enrojecida pero han empezado a formársele ampollas mucho más grandes que las de sus hermanos.

Todos estamos alrededor de Savannah, intentando que se ponga mejor a base de fuerza de voluntad, ya que poco más podemos hacer. Su hermana la sostiene en brazos y no dejan de rodarle lagrimones por las mejillas. Connor ha reaccionado bastante peor y le ha dado alguna patada a los muebles. También ha amenazado con matar a Snow personalmente mientras buscaba una cámara.

Tengo el miedo en el cuerpo mientras veo como Savannah lucha por respirar y se convulsiona. Teníamos un vecino en la Veta que sufría ataques de epilepsia, le sucedían a menudo, murió antes de cumplir los 15 al asfixiarse con su propia lengua. Sus padres trabajaban en las minas. Savannah se agita como si hubiera perdido el control de su propio cuerpo, igual que él.

—Necesitamos agua y un antibiótico —dice Tom.

Gale le ofrece su botellita con líquido naranja.

—No sé qué será esto. Lo agarré de la mesa de las medicinas.

No puedo seguir aquí. No lo soporto. Esta criatura va a morir a lo largo de la noche y no quiero verlo. Pienso en los cañonazos que todavía no han sonado y me pregunto si harán explotar uno en honor a Savannah. No puede ser que no haya ningún tributo muerto aún, a estas alturas de los Juegos.

Me pongo la cazadora de mi padre, agarro una máscara y todas las botellas vacías que encuentro. Luego lo anuncio:

—Me voy en busca de agua.