Metamorfosis
El encuentro con el guardia gris le impactó tanto que, al día siguiente aceptó partir con él para convertirse en uno de ellos. Thom adquirió fe en sí mismo, en la posibilidad del cambio.
Con el devenir de los días, se dio cuenta de que aquel hombre creía con toda su alma en él. Le hacía pensar que en el fondo podía redimirse, ya que no estaba tan corrompido como él mismo se sentía. Gordon Blackwall semejaba más bien ser un héroe de leyenda, de esos que tiempo atrás aceptó que no existían más que en el folclore popular y en las novelas. Una persona de la que cualquiera se enorgullecería considerar amigo o unos padres, llamar hijo. No como el infame Thom Rainier, del que, con toda probabilidad, tan sólo Liddy tenía buena opinión y eso, porque había muerto antes de que su hermano se lanzase al abismo.
"El futuro es incierto, pero todos podemos elegir lo que queremos ser, cambiar el rumbo de nuestra vida. Siempre existe una oportunidad al alcance de nuestras manos". Las palabras del guarda se le habían quedado grabadas a fuego.
En aquel viaje volvió a sonreír. Podía levantarse cada mañana inspirando con fuerza el aire fresco, disfrutar de lo que el Hacedor dejaba al alcance de su mano. Sí, después de todo lo que había vivido consideraba que estaba renaciendo. El peso que portaban sus hombros proseguía ahí, pero al menos ahora era más liviano.
Gordon hablaba mucho y de muchas cosas pero, a diferencia de lo que pudiese parecer, uno deseaba sus conversaciones, escuchaba cada una de sus palabras con atención, porque todo lo que contaba era interesante o divertido.
Lo único que Rainier lamentaba estando a su lado, era no haberlo conocido antes, aunque si lo meditaba con detenimiento, de haber sido así, no lo apreciaría porque si no hubiese hecho lo que hizo, jamás habría estado capacitado para estimar a alguien que luchaba por el prójimo altruistamente. No, de no haberse comportado como un desgraciado con Callier, por muchos Blackwalls que le rodeasen, continuaría siendo un cretino egoísta.
A los dos les gustaban los perros. Los mejores, sin duda alguna, los mabari fereldenos. También coincidían en la belleza del paisaje que la Costa de la Tormenta les ofrecía. Al día siguiente, Thom se introduciría en los Caminos de las Profundidades para hacerse con un frasquito de sangre de engendro tenebroso, algo que formaba parte del ritual de iniciación al que todo guardia gris debía someterse para entrar en la Orden. Una vez hecho esto, Gordon le contaría más.
Por ello era que ambos concordaron, tras montar el campamento, en sentarse lo que restaba del día, sobre unas piedras a contemplar el oleaje batiendo con furia contra las rocas. El crepúsculo del que se hicieron testigos, se trataba de uno de los más hermosos que había contemplado en vida. A Liddy le hubiese gustado.
Desayunaron una liebre asada, el guarda insistió que debía ir bien alimentado y cargado de energía a desempeñar la tarea encomendada.
Las luces de la aurora titilaban cuando se adentró solo en aquella caverna. Olía a moho, a salitre y fango. Le costó acostumbrarse a la oscuridad, mas en cuanto lo hizo, trató de agudizar sus otros sentidos, pues no podía fiarse tan sólo de sus retinas. Extremó la precaución, por lo que él sabía, los engendros estaban acostumbrados a las tinieblas, una ventaja que poseían sobre él. Estaba en su terreno y, el enemigo es más peligroso en su casa, allí donde conoce cada recoveco.
Suponía que lo que encontraría sería un grupo de cuatro o cinco al menos, tal y como el guarda le había comentado, en su lugar vio a dos, deambulando con descuido. Lo cierto es que aquel lugar recóndito debía recibir pocas visitas, motivo por el cual ni siquiera se preocupaban de tomar la cautela necesaria. Una vez más en su vida, arrebató la respiración a un engendro tenebroso.
Llenó el frasquito con sangre, de hecho se le desbordó y sus manos acabaron pringadas de rojizo líquido caliente. Las limpió con tierra antes de cerrarlo, no fuere a ser que se rompiese la prueba de que había matado a una de esas abominaciones.
Salió de allí todo lo rápido que pudo, antes de que los cuerpos fuesen hallados por sus amigos, eso sí, sin olvidar huir con el menor ruido posible. Iba emocionado, la furia guerrera que le asaltaba cada vez que mataba corriendo por las venas.
Con orgullo, al salir de allí, levantó el recipiente, agitándolo para que Gordon lo viese. Éste había quedado aguardándolo en el campamento y ahora acababa de advertirlo cerca de allí. Creyó que se aproximara esperando verlo aparecer. No se fijó en la daga sangrante que su compañero portaba en la mano, ni en el cuerpo que yacía tras él. Venía de la oscuridad, el sol lo deslumbraba y, al igual que se tuvo que acomodar a la ausencia de luz, debía habituarse a la luminosidad del día.
Blackwall le gritó, pero ya era demasiado tarde, había tropezado con un cordel. Una trampa, que de no ser porque el barril del lado izquierdo, el más próximo a él no reventó, quizás por mala activación o por estar defectuosa la pólvora que contenía, hubiese resultado letal.
Les habían tendido una emboscada, por ello tan sólo dos engendros había hallado. Tanto cuidado dentro de la gruta para abandonarlo a tan sólo unos metros. Se levantó con dificultad, los enemigos tendrían que haberle interceptado ya, pero vio cómo Blackwall se batía con fervor contra ellos, tratando de contenerlos.
─¡Huye! ─Quedó un instante paralizado ante la orden del guarda. El antiguo Thom Rainier puede que lo hiciese, la persona que era ahora no.
Dos engendros escaparon del arma de Blackwall, yendo a por Thom. Eran duros, mas no inmortales. La única preocupación que poseía consistía en poder llegar hasta su amigo, pero para ello debía deshacerse de los enemigos frente a él. Desde su posición veía al otro hombre flaquear, lo superaban en número y lo habían herido. La impotencia provocó que su ira fuese in crescendo, una rabia que en batalla lo convertía en letal.
Y entonces lo vio caer, la punta de una espada sobresalía por su espalda. Rugiendo, presa de la vesania, tomó el barril que no había explotado y lo lanzó contra aquel avispero agitado, matando a unos pocos con el impacto, hiriendo a otros y dañando la pierna de Blackwall en el proceso, pero eso ahora ya no importaba, pues no era más que un cascarón vacío de vida.
Aunó todas las fuerzas que poseía y corrió a por los que no habían recibido daño ninguno, una vez rematados, se encargó de los moribundos, a los que intentó prodigar una muerte dolorosa, una tarea que se vio interrumpida cuando más bestias de aquellas comenzaron a brotar de la cueva a la que no hacía tanto él había visitado.
Ese fue el momento de fugarse, dejando el cadáver del guarda a merced de aquellos animales, sin poder siquiera darle un funeral digno. Durante horas corrió, perseguido con implacabilidad. Cuando al fin pudo deshacerse de sus cazadores, la tarde estaba en pleno apogeo.
Buscó agua, se sentía disecado, luego de aplacarla, se sentó fatigado, cautivo de una honda congoja. Blackwall podría haberse salvado, debería quedarse alejado de la gruta aguardándolo y, al ver la emboscada y la cantidad de engendros a los que tenían que hacer frente, simplemente irse y abandonarlo allí. Porque la única muerte del día le correspondía a Thom Rainier. El mundo se habría librado de una porción de escoria. Nadie le echaría de menos, nadie lo lloraría. Pero Blackwall... aquello era injusto.
Lloró de rabia, lloró de pena. Se golpeó incesantemente con el puño en la frente, pensando en qué hacer. Lo lógico era continuar hasta Val Chevin, a la fortaleza de los guardias grises, contar lo que había sucedido. Pero en cuanto diese su nombre, seguro que incluso ellos habrían oído hablar del miserable Thom Rainier. Había perdido el frasco de sangre al detonar la trampa, no poseía pruebas de que la había siquiera recogido. Y además, ¿cómo iba a demostrar que él no había matado a Blackwall? Después de todo no era más que un maldito asesino de niños. No, nadie creería su historia. Volvió a maldecir una y otra vez su suerte, a desear haber muerto y, esta última idea fue adquiriendo más y más fuerza. ¿Por qué no? Podía enterrar a Thom Rainier simbólicamente, permitir que Blackwall, el guarda honorable, aquel que hacía que el mundo fuese un poco mejor sólo por el hecho de existir, prosiguiese vivo para todos.
"El futuro es incierto, pero todos podemos elegir lo que queremos ser, cambiar el rumbo de nuestra vida. Siempre existe una posibilidad al alcance de nuestras manos".
Lo que el guardia gris le había dicho volvía a reverberar en sus mientes. Debía dejarse barba para ocultar la cara, también crecer el pelo, igual que lo llevaba su difunto compañero, así sería más fácil ser él. Porque la esencia de lo que aquel hombre era no debía perderse como una hoja entre la hierba. Y así, entre lágrimas y lamentos, la metamorfosis daba su comienzo.
